viernes, 2 de enero de 2015

Desalmados obedientes.


Ni nacimiento del Señor, ni amor cristiano, ni espíritu de la Navidad.

La muy pía alcaldesa de Madrid, contertulia habitual de la Virgen de la Almudena y de la Paloma, comienza el año ordenando cinco desahucios. Innecesario recordar lo que significa un desahucio para una familia, esa institución en cuyo favor se manifiestan los obispos en las calles con pancartas. Y no es una familia; son cinco. Y no son cinco; son decenas de miles.

Con un ser humano tratado injustamente ya se colma la medida de lo tolerable. Pero es que, además, no es uno; son, somos, centenares de miles, millones. El castigo, el maltrato, afecta a la mayoría de la población por uno u otro motivo. No es un comportamiento aislado, singular, de especial crueldad. Es una industria; una política.

Los datos referidos a los perjudicados por la racanería oficial con el fármaco de la hepatitis C están también en los cientos de miles. Y, en muchos casos, es perjuicio de vida o muerte. Un gobierno que tiene dinero para dar 11.000.millones de € a la Iglesia, rescatar bancos o autopistas en quiebra, para comprar armamento inútil o pertrechar a la fuerza pública con fines fáciles de imaginar, no tiene dinero para rescatar las vidas de sus gentes.

Claro, porque no son gentes, no son seres humanos o, si lo son, no son iguales a los privilegiados, que vienen de estirpe, según doctrina que profesaba Rajoy de joven y sigue profesando hoy  a juzgar por sus actos. Son números. Y como números los tratan unos gobernantes que carecen de toda idea de eso que dicen profesar y llaman humanismo cristiano. Rajoy no cree que el paro sea un drama humano que atenta contra el principio mismo de la dignidad de la persona; no cree que los contratos basura que su gobierno propicia destruyan esa dignidad y pongan a los trabajadores a merced de los patronos en condiciones de esclavitud. O sí lo cree y le da igual. Lo que le importa en presentar datos estadísticos que corroboren la fábula de la salida de la crisis que, según leo, Sánchez y Mas se han tragado ya. El paro, el paro juvenil, la subcontratación, la precariedad, la emigración, afectan a millones de personas, pero para el presidente del gobierno son cifras con las que sostener que hay tres décimas más de afliaciones a la seguridad social o que el PIB ha aumentado otras dos décimas. Contando, por cierto, que ya es el colmo, el producto de la prostitución y el tráfico de drogas.

Como todo les da igual y carecen de sentimientos, de un mínimo de pundonor y humanidad, dicen lo primero que se les pasa por la cabeza si entienden que puede apuntalar esa leyenda que el servicio de comunicación de La Moncloa está fabricando sobre la salida de la crisis. Aunque sea una monstruosidad. Así, de Guindos sostiene que ya se ha perdido el miedo a perder el puesto de trabajo. Realmente inaudito. Con cinco millones de parados y otros tantos pendientes de contratos basura en condiciones de absoluta precariedad, que no saben si trabajarán o no la semana siguiente, hace falta ser un desalmado para decir algo semejante. O un inconsciente. O ambas cosas, que será lo más probable.

Ciertamente, desalmados. Pero al servicio de alguien o algo. La historia no se agota en el anecdotario personal. Tiene explicaciones que afectan a las instituciones, a la estructura misma del sistema. La clave está en el capitalismo y, para no enfadarme con los puristas que defienden el tipo ideal, diré, de este capitalismo. Dudo mucho de que haya otro, pero no lo niego sin más. En este, las cosas son diabólicamente simples: el poder real lo detentan las grandes corporaciones y entidades financieras que son como dioses todopoderosos invisibles a los mortales, habitantes de un remoto Olimpo al que llamamos mercados. Y desde donde rigen los destinos de aquellos, con una irremediable tendencia a convertirlos en infiernos.

A tales fines los poderes se valen de los gobiernos a través de los partidos políticos institucionales, encargados de convertir en políticas sus decisiones. Verdad que unos lo hacen de buen grado, como los partidos conservadores, y otros rezongan algo, como los socialdemócratas. Pero todos cumplen órdenes porque, aunque algunas (por ejemplo, desahucios en masa, despidos por miles, recortes a cientos de miles) puedan disgustar a alguno, que siempre habrá, no creen que exista alternativa, ni pueden imaginarla o quizá no quieran. También ellos defienden su interés que es una parte congrua del beneficio del expolio al bien común. Porque ese es el contenido esencial del capitalismo: la explotación del común en beneficio privado. Unos dan las órdenes y se quedan la parte del león; otros las cumplen y se quedan la del zorro.

Estos partidos están encargados de poner el Estado, con todos sus aparatos propagandísticos y coercitivos al servicio de quienes mandan. Medios, establecimientos educativos, fundaciones se encargan de adoctrinar a la población en la creencia de que el Estado debe ser neutral, mínimo, desaparecer en favor de esa dinámica angélica según la cual el beneficio privado ilimitado redunda luego en provecho general a través de la famosa teoría del trickle down (las salpicaduras) que es una verdadera burla cuya mejor traducción sería la parábola del rico Epulón. Si las doctrinas y manipulaciones ideológicas no bastan ni siquiera con los Evangelios en la mano, se echa mano de la policía, las fuerzas de seguridad, las redes de espionaje y, en último término, el ejército.

Una prueba evidente de ese espíritu es la Ley Mordaza en tramitación parlamentaria. Una norma que es una vergüenza y debiéramos recurrir en todos los foros políticos y judiciales, nacionales e internacionales porque es una agresión a los derechos y libertades de los ciudadanos a quienes estos desalmados tratan como a siervos de la gleba. Eso sí, entre rezo y rezo.

Quieren estar preparados por si la gente descubre que la fábula de la salida de la crisis es una patraña de gabinete de comunicación. Porque la llamada crisis es, en realidad, la condición permanente que le preparan los que no la padecen. No hay crisis para las grandes fortunas, los beneficios de las empresas, los de la banca; solo la hay para la gran mayoría, los parados, los jubilados, los dependientes, los trabajadores, las mujeres, los jóvenes. Y aquellos beneficios dependen de que esta crisis se prolongue. La crisis es el capitalismo.