domingo, 1 de febrero de 2015

Los socialistas enseñan los dientes.

El PSOE celebra este finde en Valencia una convención política de baronías. Reúne a sus candidatos a las elecciones autonómicas. Y parece dispuesto a recuperar iniciativa, recomponer fuerzas, redefinir espacios, formular un discurso y redactar un programa para las elecciones.
 
El primer paso ha sido desenfundar la vieja bandera de la socialdemocracia. Vieja, pero no antigua y que conserva un gran prestigio. Por eso se la apropian los de Podemos. Socialdemocracia y su equivalente, socialismo democrático, siguen siendo vacas sagradas. La prueba es que la crítica a los socialdemócratas, generalmente radical, no es por serlo sino por haber dejado de serlo, por haberla traicionado.
 
Ahora solo falta llenar de contenido ese venerable atavío. Es fácil en un primer envite pues basta con reclamar la reparación, consolidación y expansión del Estado del bienestar en su doble acepción de economía social de mercado y protección de los derechos, especialmente los económicos y sociales y para todos. Conviene hacerlo en el doble frente práctico y teórico, esto es, arbitrando las políticas necesarias y generando teoría, doctrina, capaz de oponerse a la abrumadora hegemonía de la doctrina neoliberal, tanto más asfixiante cuanto que es un cadáver. Una ocupación esta teórica que los socialistas abandonaron hace mucho tiempo, víctimas de un practicismo ciego.
 
Y ojo al practicismo, que vuelve. Lo hace bajo fórmulas aparentemente realistas que el PSOE comparte con la derecha y son puras vaguedades del tipo de "ocuparse de los problemas reales de los ciudadanos", estableciendo un orden de prioridades sin consultar a esos mismos ciudadanos. La Convención puede decidir y seguramente lo hará en el anunciado programa, reducirse a las políticas prácticas y olvidarse de los asuntos de principios, siempre incómodos, como los fastidiosos temas de Estado.
 
Pero es un error porque deja a los ciudadanos una opción entre extremos: el inmovilismo en todos los terrenos de la derecha, incluso una posterior involución, y el proceso constituyente de Podemos en el que se podrá discutir de todo porque todo está abierto y en cuestión. Entre ambos hay un espacio amplio ocupado por gente que quiere cambios sustanciales pero acotados. Acotados ¿a qué? Pues a la cuestión de la Iglesia y el Estado, la de la Monarquía y República y la del carácter plurinacional de España. No se trata de que se saquen una fórmula del caletre, aunque con la federal ya lo han hecho, pero sí de que no se nieguen en redondo a abordar la cuestión llegado el caso.
 
En definitiva, el problema mayor de los socialistas es el crédito. Lo tienen bajo mínimos. Recuperarlo no va a serles fácil. Y menos si siguen colaborando con un gobierno que se niega a dar cuenta de sus actos en el Parlamento y no asume responsabilidad política alguna por prácticamente nada. Y muchísimo menos si son incapaces de cumplir con su deber de oposición y presentar una moción de censura ya.
 
Por eso, mucho dependerá del discurso de hoy de Sánchez en la Convención. Si anuncia la moción de censura, reconstruye la opción socialdemócrata, tanto en el plano práctico, factible, como en el teórico o de principios y anuncia políticas de socialismo democrático estará en la senda de la recuperación y además se hará un favor a sí mismo, consolidando su posición con el apoyo de los barones que han hecho una exhibición de unidad.
 
La unidad es mandato de supervivencia. Unidad interna. Es suicida que haya gente conspirando por los rincones y malmetiendo. Al PSOE le interesa terminar con eso sin perjuicio, naturalmente, de la libertad de los militantes para ir por ahí haciendo su vida. Combinar ambas cosas es muestra de sabiduría. Unidad con libertad. Es hermoso ver la libertad en compañía de la lealtad; pero no es imprescindible. Si la libertad no permitiera la deslealtad no sería libertad.
 
Pero esa unidad debe ser incluyente, aglutinante. Está bien que en el PSOE haya una corriente organizada, Izquierda Socialista. Pero estaría mejor que tuviera mayor relevancia y peso. Ahora, además, hay muchos socialistas pasándose a Podemos y otros están ocupados montando puentes y pasarelas que apuntan a posteriores trasvases. No haría mal el PSOE ofreciendo acomodo en su seno a esos grupos de protestones de la izquierda. A lo mejor podía invitarlos a la redacción del programa. Sería un gesto.
 
Los socialdemócratas españoles podían recordar el caso del laborista británico Ken Livingstone, llamado Ken el Rojo, un trotskista que fue dos veces alcalde de Londres entre 2000 y 2008, creo, bien es cierto que la primera como independiente porque los laboristas lo expulsaron. Lo readmitieron para la segunda porque los trotskistas han sido siempre una fuerza en el Partido Laborista. Eso aquí es impensable. ¿Por qué?