sábado, 19 de noviembre de 2016

El hacedor de reyes

Se dice, y es cierto, que la legitimidad de la monarquía es la del 18 de julio. Fue Franco quien nombró rey al padre del actual, sustituyendo por tanto al abuelo, al que no dejó reinar y saltándose la legitimidad dinástica que es la decisiva en la monarquía hereditaria. Franco dejó la monarquía en el paquete del atado y bien atado. Pero, si no hubiera habido alguien capaz de vincular la decisión de la dictadura con el refrendo popular, el intento podría haber fracasado. Ese fue el truco de la transición que muchos celebraron como un procedimiento inteligente mientras otros callaban y una minoría rechazaba el plan.

La fórmula que se encontró entre la reforma y la ruptura diose en llamar "ruptura pactada". Ahora predomina una visión muy distinta de aquella época, una visión crítica y certera, pero tardía. El pasado no puede recomponerse. Los juicios sobre él cambiarán y seguirán cambiando, pero él mismo, no. La Transición consistió en esencia en meter de matute la monarquía en la ley que había de refrendar la democracia. Ese es su núcleo y pórtico de lo que vino después. El punto fue la Ley Para la Reforma Política que, por cierto, se tramitó como octava Ley Fundamental del Estado de Franco, ley de peculiar nombre y no menos peculiar contenido pues habilitaba al pueblo soberano al que recurría en referéndum a ejercer esa misma soberanía que, evidentemente, solo se ejercitaría si el referéndum era positivo. Si fuere negativo, la soberanía regresaría al Jefe del Estado, el heredero de Franco, el rey designado. Y, en efecto, la LPRP se sometió a referéndum el 15 de diciembre de 1976 con resultados apabullantes. Participó el 77,8 por ciento del censo; media/alta en España. Los votos "sí" fueron el 94,17 %; los "no" 2,56 %; los en blanco 2,97 %. Al margen de lo que cada cual piense del contenido, el resultado fue un éxito para los convocantes. El mayor, si no yerro, de todos los obtenidos en las más diversas consultas en los 40 años siguientes. El artífice, casi en solitario, de ese éxito fue Adolfo Suárez.

Suárez fue un gran político. Quizá sea lo único que fue. Pero lo fue. Era relativamente joven cuando se produjo el hecho biológico. Había empezado su carrera política en el Movimiento (era un "azul"), pero se le había muerto el patrocinador. La casualidad lo puso en contacto con el futuro monarca a través de López Rodó,  siendo él capitoste de la RTVE y, por lo tanto, hacedor de su imagen. El resto es anecdótico. La carrera de Suárez terminó tan sorprendentemente como había empezado, con una dimisión de presidente del gobierno que nadie ha aclarado, una revuelta en su partido y una posterior aventura al frente de otro que se saldó con varios fracasos hasta que el hombre decidió retirarse y abandonar sus pretensiones de volver.

Fue entonces, ya retirado de la política activa, cuando propuse a la Complutense que lo nombrara Doctor Honoris Causa. La Complutense aceptó y el rey pidió asistir, es decir, presidir. Pero la investidura hubo de postergarse porque, por aquellas fechas, se habían descubierto las andanzas de Mario Conde y aún estaba reciente la metedura de pata de la Complutense al investirlo a su vez honoris causa con asistencia del Rey. Había que esperar tiempos mejores. Que tardaron en llegar. Pero llegaron. Dos o tres años después, habiendo cambiado el Rector, la Complutense invistió doctor honoris causa a Suárez. Lo suyo había sido una labor de ingeniería política o cómo transformar una dictadura en una democracia sin que se rompa la vajilla. Cierto, mucha gente cuestiona que "aquello" (es decir, "esto") fuera una democracia. Para otros, en cambio, la dictadura no fue una verdadera dictadura. En política se discute todo. Lo incuestionable es que el hacedor de aquella filigrana fue Suárez, el ambicioso joven "azul". Al rey lo nombró Franco, pero lo confirmó Suárez. Y siempre es interesante saber cómo.

Este vídeo, al parecer censurado durante más de veinte años, procede de un reportaje de los años 90 de Victoria Prego que nunca ha dicho nada, que yo sepa. Y quizá ni haga falta. La sensación que produce esta noticia apunta a una especie de ánimo oculto, una conspiración, algo reprobable, para arrebatar la decisión explícita sobre la monarquía a la soberanía popular. Pero no hubo nada de eso, sino hasta lo contrario. El propio Suárez dice que las cancillerías pedían referéndum monarquía/república y añade que Felipe González -entonces republicano- también lo pedía. Pero, según los sondeos, si lo hacían, perdían. Es decir, no dejaron de hacer el referéndum invocando el carácter superior de la monarquía, que no se puede someter a voto popular, sino que lo hicieron por razones prácticas, porque pensaban que lo perdían. Pero eso es bastante razonable. Nadie convoca elecciones si va a perderlas y le es lícito hacer otra cosa.

En lo de "otra cosa" es donde está la insólita habilidad de Suárez que se manifestó con sobriedad gracianesca en los apartados 1 y 2 del artículo 1º de la Ley, dos prodigios de lenguaje performativo pero de segundo grado porque la realidad que crean está implícita: "Uno. La democracia, en el Estado español, se basa en la supremacía de la Ley, expresión de la voluntad soberana del pueblo. Dos. La potestad de elaborar y aprobar las leyes reside en las Cortes. El Rey sanciona y promulga las leyes." Esos dos aparentemente generosos enunciados darían para tratados enteros de Política. Y hasta de teoría literaria. Son la fórmula mágica de la Transición: ¿Quién habla aquí? Curiosamente el Estado español, el de Franco, que ya se había declarado constituido en Reino en otra Ley Fundamental, tan válida como esta. Y ese "Estado español" se hace demócrata y devuelve al soberanía al pueblo así de pasada. El apartado dos es de la mejor literatura picaresca. Tras despojar al Caudillo de la potestad legislativa, se la otorga a las Cortes y al Rey que, por cierto, nadie sabe de dónde ha salido. 

Pero allí estaba, votado por más del 94 % de los electores, personificando una monarquía cuyo nombre no aparece en el texto. No es una conspiración. Es un escamoteo de la institución propia de la tradición picaresca del país y, desde luego, fruto del ingenio de Suárez quien, en efecto, fue un gran político que consiguió lo que se había propuesto sin que sus posibles adversarios lo vieran. 

Ya nunca sabremos cuánta gente hubiera votado por la monarquía en un posible referéndum explícito monarquía/república. Seguro que el 94 %, no. Pero podemos averiguarlo convocando uno,