miércoles, 4 de enero de 2017

Puigdemont, el arruinador

Mi artículo de hoy en elMón.com, titulado "¿Quién arruina a quién?". Una revista de supuesto análisis y verdadero delirio político asegura que Puigdemont puede ser uno de los personajes que nos "arruinen" el nuevo año 2017. No hace falta entretenerse mucho con ese vaticinio, aparte de pedir humildemente que estos sabiondos dejen de rendirse a los anglicismos más torpes. "Arruinar un año" puede ser algo cargado de sentido en inglés, pero carece de él por entero en castellano. Los años no son ricos ni juegan a la bolsa y, por tanto, no pueden "arruinarse"; como tampoco pueden arruinarse las esperanzas, los deseos, la felicidad, etc.

De todas formas, al margen de este pequeña pelea perdida de antemano frente al cada vez más acentuado spanglish con que nos castigan semiletrados de todo pelaje, lo interesante de esta acusación es que se dirija a Puigdemont, quien no hace otra cosa que  cumplir el mandato que el electorado emitió en las últimas ediciones.

Si alguien está arruinando a España en todos los sentidos, incluido el castizo y literal, es Rajoy, el presidente de los sobresueldos, al frente de una presunta asociación de malhechores.

Aquí la versión castellana del artículo:

¿Quién arruina a quién?
                                                                                                                             
“Politicon” vaticina que Puigdemont es uno de los personajes europeos que pueden “arruinar el año 2017”. Ese concepto de ruina es demasiado abstracto. Hay que averiguar no qué se puede arruinar sino a quién. En principio la ruina tiene tres posibles pacientes, España, Cataluña y la UE. Con respecto a las dos primeras las posibilidades de Puigdemont son muy buenas. Si se produce la independencia, es posible la ruina de España, pero no la de Cataluña. Si no se produce, la ruina de Cataluña no es ni probable. Ambas posiciones ganadoras, así que “Politicon” sabrá lo que dice. En cuanto a la UE, será preciso ver qué situación movería su intervención, cosa que, como siempre, dependerá de quién se perfile como ganador.

De todas formas lo profundamente erróneo de ese vaticinio reside en su personalización. Da a entender que haya o no confrontación grave entre España y Cataluña depende exclusivamente del capricho del presidente de la Generalitat. La movilización social, institucional, política en pro del referéndum de autodeterminación y en parte, asimismo, de la independencia, al parecer, no cuenta.

La presión en pro del referéndum y, dentro de él, de la independencia no obedece al designio personal de nadie. Es cierto que Puigdemont no es un presidente electo como lo hubiera sido Mas a quien en definitiva se votó primero y se vetó después. Pero ha sido designado por la mayoría de votos que había ganado las elecciones. Elecciones en las que han votado millones en favor del referéndum, de la independencia y de la República Catalana, un objetivo tan legítimo (los independentistas piensan que más) como el de dejar las cosas según están, con Cataluña sometida a una España retrógrada coronada por una monarquía cuya fuente de legitimidad es el franquismo. Esto, para “Político” tampoco cuenta.

Es irónico que atribución de la potencialidad arruinadora se dirija en exclusiva a Puigdemont, que es uno de los polos personalesde la confrontación, mientras que queda exonerado de responsabilidad alguna el otro polo, Rajoy. Visto desde fuera es difícil entender por qué en el actual conflicto entre España y Cataluña, el responsable de la ruina ha de ser el catalán y no el español, cuya negativa al diálogo se aprecia en el hecho de que le haya costado cinco años pronunciar la palabra. Lo mismo le paso a Zapatero con la palabra “crisis” y al contumaz Rajoy con la de “Bárcenas”. Nada de extraño pues el diálogo es una actividad  profundamente repugnante a un gobierno neofranquista.

Y esa es la verdadera ruina de España y no solo en 2017, sino también en los años posteriores, esto es,  la que acarrean Rajoy y su gobierno en su actitud de inmovilismo absoluto: el referéndum no se puede hacer;  la reforma de la Constitución no es necesaria; la legislatura durará cuatro años; aquí no pasa nada y la respuesta al independentismo catalán la darán los jueces, la policía, las cárceles y, si es preciso, las fuerzas armadas. Se apuesta porque el país siga como está en la creencia de que eso es posible. Lo cual es problemático porque no resulta factible gobernar un territorio cuya parte más adelantada plantea un problema permanente de desobediencia institucional. Dicho en otros términos, no es posible gobernar un país con un estado de excepción oculto no menos permanente que la desobediencia a la que se enfrenta. Porque estado de excepción oculto es la sistemática persecución judicial de los representantes democráticamente elegidos en las distintas instituciones catalanas. La deriva hacia un tratamiento puramente represivo, autoritario y fascistizante del conflicto catalán se ve en la metáfora de que un antiguo policía franquista, convertido en juez, encause a un representante democrático catalán, el concejal Coma, con presunta arbitrariedad.

Si alguien puede arruinarnos el año 2017 es justamente el presidente Rajoy porque su obstinada negativa a todo tipo de negociación con la Generalitat no apunta a una solución del conflicto, sino a su agudización. A la larga las relaciones entre el Estado y Cataluña pueden “ulsterizarse”, no en el sentido de que haya recurso a la violencia, pues está descartado en Cataluña por el carácter pacífico y democrático del movimiento, sino en el sentido del enquistamiento de una situación de enfrentamiento permanente entre comunidades y sus instituciones.


La ruina de España convertida en un Estado fallido si, tras demostrar el 9N de 2014 que no puede garantizar el cumplimiento de la ley en la totalidad del territorio bajo su jurisdicción, reincide permitiendo la celebración del referéndum en 2017. Y, si no lo permite y ha de reprimirlo por la fuerza, la ruina será mayor.