sábado, 18 de febrero de 2017

Allá van leyes do quieren reyes

Toda decisión judicial es susceptible de interpretaciones diversas, hasta contrarias. Incluso dentro de los mismos tribunales. Esta del caso "Noos" como todas. Para unos es un ejemplo de manual de justicia que place al príncipe, al poder político. Para otros, como El País, una vigorosa muestra del Estado de derecho que refuerza la independencia de la justicia en España. Para otros, el asunto no está del todo claro, aunque, por razón del cargo, no puedan ser más explícitos, como cuando el juez Castro dice que no se esperaba este tipo de sentencia. Es una forma de hablar. En realidad es la que esperaba todo el mundo, una sentencia política. Esto no prejuzga su calidad técnico-jurídica. Al fin y al cabo se han necesitado unos siete meses para trabajarla. Estará bien trabajada. Eso también se verá. Pero tiene un innegable efecto político, se quiera o no y favorable a la monarquía. Piénsese en cómo presentar un rey cuya hermana cumple condena por un delito. Está bien que el Estado de derecho impere, como dicen todos, pero sin pasarse. Al fin y al cabo, si el padre de la infanta ahora absuelta es inmune e inviolable, lógico es que algo de esa aura caiga sobre la hija. 

La generosidad de trato al consorte es lo más difícil de justificar. El país está lleno de reclusos con condenas similares o mayores por delitos que todo el mundo opina son menores. El trato de favor parece evidente. La justicia del príncipe, más que justicia, es gracia del príncipe hacia sus allegados y, aunque Urdangarin no es hijo, tampoco es un señor que pasaba por la calle.

En absoluto viene esta sentencia a hacer realidad los deseos de El País. Eso es claro. Pero, se nos dice, es que lo verdaderamente importante, lo que revela la verdad de la igualdad de todos ante la ley no son estas minucias de uno años arriba o abajo de condena, sino el hecho mismo de que personas de real alcurnia puedan ser procesadas como cualquier hija de vecina.  

A la vista está que no fue así desde el principio, ni en el curso de su accidentado desarrollo ni, por supuesto, en su conclusión. Lo sabemos todos. Y cada cual lo interpreta luego como quiere. Per siempre allá van leyes do quieren reyes.