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domingo, 11 de marzo de 2012

¿Se puede ser más canalla?

Quizá sí, pero debe de ser muy difícil. Cuando el exfalangista y neofranquista Aznar trató de colgar a ETA el atentado del 11-M con el único fin de ganar las elecciones tres días después, no sólo dio la bajísima medida de su calaña moral (que luego ha corroborado al ir por el extranjero hablando mal de su país) sino que sentó un ejemplo que muchos otros, igual de abyectos han seguido, aunque esta vez no con el fin de ganar las elecciones, sino de vender periódicos.

Si querer ganar elecciones mintiendo descaradamente sobre 200 cadáveres es repulsivo, prolongar durante años la misma patraña, la misma superchería sólo para vender periódicos es todavía peor. Es condición humana que el sufrimiento de unos sirva para el enriquecimiento de otros. Pero no suele darse de un modo tan evidente, directo y claro: alimentando las estupideces de la conspiración del 11-M, El Mundo hace caja.

Lo de menos es aquí que, en el camino, se arrastre por el lodo un proceso judicial que fue modélico y se atuvo a todas las garantías, que se difame y calumnie a las fuerzas de seguridad del Estado y a los jueces que no ceden al matonismo de los conspiranoicos. Lo de más es que, aparte de vender periódicos, la contumacia en la propalación de este bulo sin consistencia alguna revela la condición psicótica de quienes lo alientan. Estos mendas son unos megalómanos con fantasías de omnipotencia infantil que debieran ponerse en manos del psiquiatra en lugar de amenazar con reventar la confianza de los españoles en sus instituciones.

Los crímenes del 11-M.

Así, con esta mentira amaneció el infausto día 11 de marzo de 2004. Bien es verdad que Aznar mismo había llamado al parecer a los directores de los periódicos para colocarles el embuste con el que este innoble personaje pensaba ganar las elecciones tres días más tarde sobre los cadáveres de 200 personas. El diario corrigió la patraña de inmediato en cuanto comenzó a saberse que Aznar y su gente estaban mintiendo a todo el mundo con el fin de hacer cosecha electoral.
¿Qué hubiera pasado si El País no rectifica? Pues que se encontraría como hoy El Mundo, que sigue sosteniendo la mentira ya sin más finalidad que atentar contra la democracia en España y hacer todo el daño que pueda a la convivencia entre los españoles. ¿Es un problema de lentitud neuronal? Por supuesto, también. Pero sobre todo es un problema de encanallamiento moral. Quienes manipulan de este modo el sufrimiento de tantas personas durante tantos años no merecen más que desprecio. ¿Que el partido en el gobierno (el mismo que pretendió mentir a a los españoles con la autoría del 11-M) los apoya? Pues más desprecio para él. Mucha gente pretende no darse por enterada de este inmundo atropello y hacen como si estuvieran tratando con gente normal aunque equivocada. Allá cada cual. Para Palinuro quien no llama cobardes inmorales a quienes se valen del dolor ajeno para sus planes, en el fondo, los ayuda.

miércoles, 1 de abril de 2009

Blogorismo de los lentos.

Dijo el lunes en TVE el señor Rajoy que él sabe ahora, cinco años después de los hechos, que el autor de los atentados del 11-M no fue ETA. Exactamente lo que hizo su jefe que se enteró de que en el Irak "no había armas de destrucción masiva" cuatro años después de invocarlas para invadirlo.

¿Son algo lentos, pelín mentirosos, no andan sobrados de vergüenza o las tres cosas a la vez?

(La imagen es una foto de 20 Minutos, bajo licencia de Creative Commons).

sábado, 20 de diciembre de 2008

El famoso "borrado masivo".

No entiendo por qué se ha organizado este guirigay a raíz de la afirmación del señor Rodríguez Zapatero (a la izquierda, en la foto de Público trasladando cajas imaginarias como acostumbra en la entrevista con Gabilondo en Cuatro) de que hubo un "borrado masivo informático" en La Moncloa cuando el señor Aznar dejó el cargo. Eso se sabe desde hace más de cuatro años, desde que los socialistas ganaron las elecciones de 2004 y hubo que hacer traspaso de poderes. El señor Aznar entendió, con buen criterio, que una cosa era traspasar los poderes y otra muy distinta traspasar las mentiras, las trolas, los embustes con los que él personalmente y su gente trataron de endosar la responsabilidad de los atentados de Atocha a ETA. Por supuesto no les importó que se pudiera tirar al niño con el agua sucia fundamentalmente porque el niño estaba tan sucio como el agua y así se iban también por el sumidero las mentiras de la guerra del Irak y todas sus demás mentiras.

viernes, 24 de octubre de 2008

¿Quién ha sido? (II)

Como decía ayer termino hoy con la crítica al libro de Montero, Lago y Torcal. Ahorro las descripciones de las metodologías empleadas (generalmente variantes de ecuaciones de regresión) todas escrupulosamente expuestas en los distintos trabajos.

Wladimir G. Gramaño (El 14-M sin el "shock" del 11-M: un análisis longitudinal) ya dice suficientemente en el título de qué va: de que el resultado del 14-M hubiera sido más o menos el mismo aunque no hubiera habido atentados. Para ello se vale de las funciones de popularidad y voto (PV) que aclaran las oscilaciones en dos series temporales (apoyo a los gobiernos y porcentajes de votos a los partidos) con datos de los barómetros del CIS en estimación de mínimos cuadráticos ordinarios (p. 206). Según Gramacho hay tres razones que apuntaban a una victoria del PSOE en 2004: 1ª) ha sido tradicionalmente el más beneficiado por el voto estratégico; 2ª) aunque haya habido una desmovilización de la izquierda en 2004 se invirtió la tendencia; 3ª) hay un creciente desencanto de los votantes del PP en la VII Legislatura (p. 216). De las tres razones la segunda me parece contingente y no apropiada; la tercera coincide con el argumento de Montero/Lago en el libro. En definitiva, el análisis de los barómetros del CIS "sobre las diferencias de intención de voto al PP y al PSOE durante el periodo 1996-2004 proporciona fundamento suficiente a la afirmación de que el resultado del 14-M no debe ser clasificado como atípico." (pp. 222/223).

Francisco A. Ocaña y Pablo Oñate (Elecciones excepcionales, elecciones de continuidad y sistemas de partidos) levantan acta de lo inesperado de la victoria del PSOE en 2004 con una diferencia de casi cinco puntos porcentuales sobre el PP y un aumento de 8,5 puntos en la participación (p 225). Miden después la fragmentación del sistema español de partidos, que encuentran moderada; la concentración, que es la más alta desde 1977; la competitividad, reducida respecto a 2000; la polarización, la más reducida desde 1977; la volatilidad que juzgan moderada. Añaden el factor muy hispánico del regionalismo (p. 239) para llegar a la conclusión de que las de 2004 son elecciones de continuidad desde el tercer periodo electoral, inaugurado en 1993.

Alberto Penadés e Ignacio Urquizu-Sancho (Las elecciones al Senado: listas abiertas, votantes cerrados y sesgo conservador) abordan un asunto insólito en los estudios electorales españoles y de gran interés. Dada la nula relevancia de la cámara alta, casi nadie se molesta en estudiarla. Sin embargo tiene valor simbólico y algún otro que los autores subrayan con acierto. El simbólico se refiere al hecho de que en las elecciones de 2004 el PP obtuviera más senadores que el PSOE cosa que el estudio explica no como una oposición al resultado de las elecciones al Congreso sino como el efecto de un sesgo conservador en las elecciones al Senado que los autores miden claramente en sus dos puntos: el reparto desigual de escaños entre la población y la ventaja de la distribución geográfica del voto popular (pp. 247 y 254). En las cuarenta y siete circunscripciones peninsulares el PSOE obtuvo el 48,4% del voto y 87 senadores (46,3% del total) mientras que el PP consiguió el 37,4% del voto y 91 senadores (48,4% del total) (p. 255). La desproporción es obvia y deja claro que el PP también perdió de hecho las elecciones al Senado al quedar en la península (otra cosa son las ciudades autónomas y las circunscripciones insulares) 11 puntos por debajo del PSOE. Los autores abordan otras dos cuestiones que, sin tener relación directa con el tema del libro, presentan gran interés: la poca relevancia de las listas abiertas como hipotético mecanismo corrector del predominio de los partidos sobre los votantes ya que, dicen, los electores no hacen un uso "sofisticado" de ellas (p. 269) y, más curioso aun, el hecho que deducen de los datos de que el Senado propicie un "voto sincero", como lo llaman, esto es, un voto "más expresivo que estratégico" (p. 271).

Mariano Torcal y Lucía Medina (La competencia electoral entre PSOE y PP: el peso de los anclajes de ideología, religión y clase) sostienen que el electorado español está estabilizado desde 1993 y, aunque los cambios de 2000 y 2004 mostraron una alta volatilidad, ésta no tiene por qué deberse a cambios de preferencias partidistas sino que puede ser resultado de procesos de oscilación entre la abstención y la movilización (p. 279), argumento probabilístico e hipotético que no acaba de resultar convincente. Encuentran los autores que la ideología es el anclaje más fuerte, seguido de la religiosidad, que es algo menor y en cuanto a la clase social aprecian que, a excepción de lo sucedido en 2004, las clases trabajadoras votan al PSOE frente a las de servicio, trabajadores no manuales y propietarios que lo hacen al PP (p. 290). Su conclusión general es que el proceso de estabilización tiene una alteración en 2004 en que se dio un efecto movilizador favorable al PSOE porque su composición social e ideológica es más heterogénea y los factores de anclaje pesan menos que en el voto conservador (p. 301). Por cierto la diferencia de elasticidad entre votantes del PSOE y del PP es muy reveladora.

Álvaro Martínez Pérez (Ideología, gestión gubernamental y voto en las elecciones españolas) analiza las elecciones de 2004 en comparación con las anteriores desde 1986 y se mueve en el terreno de la teoría espacial, esto es, las autoubicaciones ideológicas (p. 317). Sus resultados confirman la tesis de Fiorina de que la dicotomía entre voto por issues y voto por ideología es más aparente que real, pues los votantes analizan la gestión del gobierno a través de sus ideologías (pp. 318/319), una conclusión que coincide con la teoría del Framing y su venerable antepasado el interaccionismo simbólico; igualmente se confirma el teorema del votante mediano: el partido que lo pierde, pierde las elecciones (p. 320).

Guillem Rico ("¡No nos falles!" Los candidatos y su peso electoral) aborda un asunto que tiene mucha prosapia en historia y filosofía política: la función del individuo en la historia, si bien él lo hace en una perspectiva empírica partiendo del hecho de que en las elecciones de 2004 se dieron dos circunstancias de interés: los tres partidos de ámbito nacional estrenaban dirigente-candidato y el presidente incumbent no se presentaba (p. 334). Llega a la conclusión de que las imágenes de los líderes condicionaron el comportamiento individual de los votantes en 2004 y que la influencia del líder del PSOE consiguió mayor alcance que sus rivales (p. 358).

Marta Fraile (El voto por rendimientos: los temas económicos y sociales) somete a análisis la teoría del voto económico (VE) y la hipótesis del premio-castigo (p. 362) para comprobar la de que la probabilidad de que un elector crítico castigue al partido del gobierno será mayor cuanta mayor credibilidad reconozca al principal partido de la oposición (p. 365). Su conclusión es que la magnitud del voto económico retrospectivo parece haber sido mucho mayor en las elecciones de 2000 que en las de 2004 (pp. 387, 389). Se lamenta la autora de no haber tenido una encuesta panel preelectoral y hace una honesta advertencia metodológica al final de su trabajo muy digna de tenerse en cuenta (p. 390).

Carlos González Sancho (Intermediarios personales, conversaciones políticas y voto) presenta un muy original e interesante trabajo sobre los intermediarios personales, etc como formas de "atajos" heurísticos en el acopio de información necesaria para la comunicación en democracia y, por ende, la adopción de decisiones, especialmente el voto (p. 393). Un trabajo de pionero en España. El análisis se hace a través de las correlaciones estadísticas entre la percepción de competencia (del interlocutor), la frecuencia de las conversaciones y las características personales de los interlocutores (p. 404). Aunque el 11-M se suspendieron las campañas, no lo hicieron las conversaciones y el autor entiende el resultado como "una sanción electoral a la gestión del Partido Popular (PP) a lo largo de su mandato, a la cual se añadiría un castigo adicional ocasionado por la atribución de responsabilidad por los atentados y la gestión de la crisis consecuente" (p. 407). De puro sentido común.

El libro se cierra con un capítulo en que los editores hacen balance de lo conseguido respecto a la tarea de averiguar cuáles fueron las claves de las elecciones de 2004 y piensan que se ha conseguido otro objetivo: marcar la estructura de lo que debe ser un "trabajo sistemático sobre elecciones y ciudadanos y fijar así una pauta para estudios sucesivos de esta naturaleza" (p. 421). Parece que lo han logrado y esta obra puede ser la primera (de hecho, ya hay una segunda sobre elecciones autonómicas y locales de 2007 que reseñaremos próximamente) de una serie a la que deseo tan saludable futuro como el que tuvo el primer estudio sobre elecciones generales de David Butler en Inglaterra, publicado desde 1945 hasta hoy, aunque haya sus diferencias.

Señalan los editores que las elecciones de 2004 fueron de continuidad más que de cambio (p. 422), lo que ha quedado abundantemente demostrado y aprovechan para hacer un resumen de las aportaciones substantivas del libro al acervo de nuestro conocimiento sobre elecciones en España en lo tocante al abstencionismo en relación con la edad (p. 431), la clase social (y el escaso consenso sobre la infuencia en el voto), el descenso del voto religioso (p. 431) y la importancia de la ideología, si bien complementada con otros factores (p. 432). Sin duda, los otros factores son importantes pero más lo es que se pueda probar científicamente el peso de la ideología a los sesenta años de que se hubiera decretado su final o su crepúsculo; y una importancia viva, nada que ver con la que puedan tener los llamados conceptos zombies.

En resumen, aquí queda un trabajo colectivo que será referencia para las elecciones de 2004 y quien quiera sostener la teoría del "vuelco" tendrá que refutar la impresionante batería de de pruebas empíricas que contiene o cambiar de murga.

jueves, 23 de octubre de 2008

¿Quién ha sido? (I)

Las elecciones generales de marzo de 2004 fueron muy traumáticas a causa de los atentados del 11-M que, además de los muertos, los heridos y los destrozos psicológicos y materiales que causó, provocó una grave alteración de la vida política española. Pero no porque, como han venido sosteniendo el PP y sus medios afines, aquellas bombas produjeran un vuelco electoral imprevisto y dieran una inmerecida victoria al PSOE, sino precisamente porque, amparada en esta falsa interpretación, la derecha española estuvo deslegitimando las elecciones e introduciendo un factor de inestabilidad en el sistema político que sólo se ha calmado (relativamente) con la subsiguiente derrota en 2008. Todavía hace un par de días, el señor Sánchez Dragó aconsejaba al juez Garzón que mandara detener al señor Rodríguez Zapatero que había llegado al poder gracias a un atentado.

A lo largo de la VIII legislatura, el partido conservador y los medios que lo apoyan, singularmente el diario El Mundo, la cadena de radio de los obispos COPE y la televisión pública de la Comunidad de Madrid, Telemadrid, dieron pábulo a la tesis de que los atentados del 11-M prácticamente robaron las elecciones al PP. Y prosiguieron con la labor de manipulación y engaño a que se dedicó frenéticamente el Gobierno del PP entre el 11 y el 14-M para ocultar la verdadera autoría del crimen y cargársela a ETA. En aquellos días tal mistificación tenía, cuando menos, una razón utilitaria pues el Gobierno pensaba, con buen motivo, que si se atribuían los atentados a Al Qaeda perdería las elecciones, mientras que si se le cargaban a ETA las ganaba. Que la patraña se haya mantenido hasta el día de hoy, pasando por encima de las conclusiones de una comisión parlamentaria de investigación y de un proceso penal en la Audiencia Nacional ya visto y sentenciado sólo puede tener objetivos más confusos pero no menos inconfesables: justificar la actuación del gobierno ex post facto, deslegitimar la victoria electoral del PSOE, crear un clima de inseguridad e intranquilidad que pensaban los beneficiaría en posteriores elecciones y mantener unidos a sus apoyos en una política de confrontación. Todo ello sin ánimo alguno de minusvalorar la fabulosa capacidad de la derecha española para el histrionismo más celtibérico y su desprecio por las reglas normalmente no escritas de los usos democráticos civilizados.

Para desmontar tantas patrañas tan torpemente urdidas como descaradamente mantenidas no era suficiente el discurso ordinario o periodístico por muy de sentido común que fuera sino que era necesario aportar argumentos con consistencia empírica, científica, que probaran irrefutablemente que la verdad era otra. A cubrir esta necesidad viene el libro coordinado por José Ramón Montero, Ignacio Lago y Mariano Torcal (Elecciones generales 2004, Madrid, Centro de Investigaciones Sociológicas, 2008, 486 págs), tres reputados investigadores en cuestiones electorales que encabezan una serie sistemática de trabajos de otros especialistas que no dejan lugar a dudas acerca de qué interpretación cabe dar al resultado electoral. La conclusión principal del libro es que los atentados del 11-M no supusieron "vuelco" alguno, que las elecciones de marzo de 2004 no fueron "excepcionales" en sentido político (obviamente sí humano). A la altura del diez de marzo PSOE y PP estaban prácticamente en "empate técnico", cualquiera hubiera podido ganar por estrecho margen, aunque parecía tener más probabilidades el PSOE y los atentados sólo vinieron a aportar algunas décimas porcentuales más a su triunfo.

El trabajo que los tres coordinadores publican (y así lo explican en un último capítulo de reflexión) trata de ser un análisis completo de las elecciones desde las diversas pespectivas sobre las que existen modelos teóricos explicativos del comportamiento electoral y de los que se disponen de abundantes datos empíricos. Estos proceden en la inmensa mayoría de los trabajos tanto de una encuesta postelectoral realizada por TNS/Demoscopia dirigida por Richard Gunther y José Ramón Montero en abril-mayo de 2004 con una muestra representativa de 2.929 ciudadanos, como de las series de datos del CIS, en especial sus barómetros, con recurso en ocasiones a otros bancos como el Estudio General de Medios. Todos los trabajos aplican modelos teóricos de comportamiento electoral à la page y emplean metodologías estadísticas refinadas que en la mayoria de los casos descansan sobre diversos tipos de ecuaciones de regresión logística binomial o multinomial complementados con índices de indiscutida eficacia explicativa. Y a fe que el resultado es el que los coordinadores se han propuesto y con contundencia.

Para Julián Santamaría (Las elecciones generales de 2004 en su contexto) el PP concurría a las elecciones de 2004 con un buen balance de la VII legislatura en política económica y lucha antiterrorista. En su opinión le faltó capacidad para interpretar y administrar su éxito (p. 37) porque se equivocó a su vez al interpretar los resultados de 2000 (p. 42). Sendas encuestas realizadas por Noxa Consulting el 10 y el 12 de marzo mostraban que la intención de voto al PSOE sólo subió un punto porcentual (p. 58). El atentado no modificó la tendencia general que, sumando intención de voto y simpatía, era de o,3 puntos a favor del PSOE un mes antes, 1,5 puntos diez días antes y 2,6 dos días antes. Al final fueron 4,9 puntos. Concluye Santamaría: "...el PSOE habría ganado en todo caso, con o sin atentado. Lo único que cabe discutir es si lo habría hecho o no por la misma diferencia." (p. 58) Que no es poco discutir. Coincido con el autor en lo grueso de la afirmación pero no me parece que una diferencia de 2,3 puntos, casi el doble de la distancia dos días antes sea asunto baladí. Lo que sucede es que tampoco creo que ese empujón viniera dado por el atentado en sí sino, como creo colegir del trabajo de Montero en este libro, del modo en que el Gobierno lo gestionó. Es lo mismo y no es lo mismo porque igual que se pueden hacer análisis contrafácticos de qué hubiera pasado si no habiera habido atentado (que se hacen) también podrían hacerse midiendo qué hubiera pasado si el Gobierno, en lugar de ponerse a mentir, hubiera gestionado el atentado de modo sincero y noble. Téngase en cuenta que, además de no incurrir en el odium que su actitud le granjeó, hubiera tenido la superaditividad que le hubiera ganado su actitud.

Antonia María Ruiz Jiménez (Competición política y representación de mocrática: la oferta electoral de los partidos) procede a un análisis cualitativo de los programas electorales de doce partidos utilizando para los datos el Comparative Manifest Project (p. 70) y el programa ATLAS/ti para análisis de documentos asistidos por ordenador, y se centra en tres cuestiones: el tono general de la campaña (negativismo, etc), las cuestiones "españolas" (esto es, terrorismo y organización territorial del Estado) y la división izquierda/derecha (en las cuestiones relativas al Estado del bienestar y las fiscales). La campaña no fue muy negativa (salvo en el caso de ERC). La dimensión nacional estuvo más presente en los partidos nacionalistas que en los "nacionales" (p. 86), cosa bastante lógica dado que estos no tienen que reivindicar la nación. Es lo más llamativo. Las otras conclusiones son esperables. Los partidos y los programas, dice Ruiz Jiménez no son iguales y los ciudadanos ven que entre los dos nacionales hay más desacuerdos que acuerdos (p. 105).

Víctor Sampedro, Óscar García Luengo y José Manuel Sánchez Duarte (Agendas electorales y medios de comunicación en la campaña de 2004) parten de la conocida tesis de Sampedro de que el 11-M hubo un "colapso de la esfera pública democrática" (p. 108). Los partidos trataban todos de imponer su agenda mediática pero sólo lo consiguió el PP. La metodología que emplean es el análisis de piezas informativas de cinco periódicos (El País, El Mundo, ABC, La Vanguardia y El Periódico) relativas al llamado "caso Carod" entre enero y marzo de 2004 con la creación de media events (p. 126) y el analisis de las televisiones (TV1, Telecinco, Antena 3 y La Cuatro) en relación con los cinco grandes temas de la campaña: terrorismo, Estado del bienestar, modelo de Estado, estrategias de la campaña, coaliciones y tripartito (p. 130). El PP dominó la campaña; las posibilidades del PSOE se vieron muy mermadas pero, al final, el primero perdió las elecciones en lo que colijo sea el efecto del "colapso de la esfera pública democrática". Para los autores que en esto discrepan de otros en el libro, el PP no cometió ningún error al plantear su campaña para deslegitimar al PSOE y desmovilizar a su electorado. Al contrario, tuvo un triunfo considerable gracias al control mediático que ejerció (p. 141). Pero obviamente, no fue suficiente para que el triunfo se convirtiera en victoria.

Joan Font y Araceli Mateos (La participación electoral) sostienen que en España contamos con una mayoría de "electores constantes" (p. 156) y que la participación en 2004 fue alta, pero no más de lo que fue en 1977, 1982 y 1996. En verdad, los atentados del 11-M tuvieron un efecto movilizador mínimo porque la movilización se había dado ya en la campaña electoral (p. 157). No cabe, pues, hablar de una participación excepcional producto de un hecho extraordinario (p. 167).

José Ramón Montero e Ignacio Lago (Del 11-M al 14-M: terrorismo, gestión del Gobierno y rendición de cuentas) niegan la teoría del vuelco electoral. Según los datos anteriores al 14-M PP y PSOE estaban prácticamente empatados y la recuperación del segundo respecto al primero (que había tenido 10 puntos porcentuales de ventaja en 2000) se debe a: a) que los electores responsabilizaron al Gobierno del 11-M a causa de la guerra del Irak; b) la manipulación sobre la autoría de los atentados; c) la valoración negativa de casi todos los ámbitos de gestión gubernamental en los cuatro años anteriores, esto es, el Gobierno había creado una opinión pública negativa que aumentó con sus errores (p. 179). Este último punto me parece importante pero casa mal con la tesis de Santamaría de los éxitos del Gobierno en la VII legislatura que simplemente no habría sabido administrar. Los autores reflejan bien el dilema del Gobierno del 11 al 14-M: si se probaba que había sido ETA, ganaría las elecciones por tratarse de una valence issue (o sea, acuerdo general), pero si se probaba que había sido por el Irak las perdería porque éste era una position issue (o sea, desacuerdo). Proceden a una interesante estimación cuantitativa de la incidencia de los atentados con un modelo de regresión binomial y análisis de volatilidad antes y después de los atentados con varias simulaciones contrafácticas y concluyen que el 11-M tuvo un efecto significativo pero no decisivo. No hubo vuelco ni voto del miedo. Los españoles responsabilizaron el Gobierno del 11-M por la guerra del Irak y, además, estuvieron en contra de cómo el Gobierno gestionó la crisis (p. 200). "La derrota del PP no puede atribuirse ni exclusiva ni principalmente a los terribles atentados del 11-M sino al funcionamiento de los mecanismos básicos de responsabilidad política y de control democrático." (p. 204)

El libro tiene todavía otra serie de trabajos no menos interesantes y algunos verdaderamente poco frecuentes o incluso novedosos, como el análisis de las elecciones al Senado o el que versa sobre los intermediarios personales y las conversaciones políticas. Pero como no se puede abusar de la paciencia de nadie (incluido el mismo bloguero) quédese el asunto para el post de mañana.

sábado, 19 de julio de 2008

El autor intelectual.

Daba servidor por supuesto que, al conocerse la sentencia del Tribunal Supremo sobre el 11-M, cesaría la payasada de los bulos de los de la kangoo, el bórico, la cadena de custodia, la dinamita y el Conde de Montecristo. Era mucho dar por supuesto. Me entero leyendo El Plural de que ayer hubo zafarrancho de combate en la COPE, en donde llamaron a las cosas por su nombre y declararon que el "régimen" ha dejado de ser un Estado de derecho. Si no es un Estado de derecho será una dictadura y una dictadura de los jueces dado que lo que enfurece a estos genios de la conspiración es una decisión judicial. ¡Caramba!

¿No será que, conmemorándose ayer el deciocho de julio, aniversario del Glorioso Alzamiento Nacional, a los intervinientes en el programa se les disparó la lengua? ¡Ah! ¿Quién lo diría? Setenta y dos años ya y aquí estamos, como en el primer día, dispuestos a cambiar de régimen. Con la Iglesia se cuenta, pero no con los militares ¡Malhaya la OTAN, cuna de masones, que ha convertido a los militares españoles en una especie de militares-civiles! Si no es por la OTAN ya estarían los cuartos de banderas en los cuarteles en ebullición. Ahora hay una expectativa razonable de carrera por los meandros de la Alianza y los oficiales más fogosos, que quieren entrar en acción, se apuntan a las misiones humanitarias, para llevar una vida de milicia posmoderna.

En fin, que dictamina el señor Trillo que nos quedamos sin saber quién fue el "autor intelectual" de la barbaridad del 11-M. Es que no es fácil encontrar "autores intelectuales" distintos de los materiales. ¿Quién fue el autor intelectual del asesinato del archiduque Francisco Fernando, en 1914? Quizá pueda decirse que el del atentado de Mateo Morral fuera Francisco Ferrer, aunque el tal Morral actuaba por su cuenta, pero ¿quién fue el autor intelectual del asesinato de Carnot, de Cánovas del Castillo o de Abraham Lincoln? ¿Quién el de la matanza de Peterloo? ¿Quién el del Paso de las Termópilas? Los autores intelectuales separados de los materiales no caen del cielo. Por lo general, quien realiza los hechos es quien los ha pensado y planeado previamente, porque suele ser el único de quien él mismo puede fiarse al cien por cien. Véase el caso del Solitario. Planeaba sus operaciones por escrito, como si fueran acciones militares, que en cierto modo lo eran.

Por lo demás, lo único que interesa al Derecho es la autoría material que ya contiene suficiente autoría intelectual en sí misma dado que los seres humanos son responsables de sus actos salvo algún caso excepcionalísimo que no se da aquí. ¿Que, además de esa responsabilidad genérica se quiera ver otra específica, una influencia inductora maligna, como una especie de mesmerización? No creo que nadie se niegue apriori a comprobar cómo efectivamente algún fenómeno paranormal resulta real. Pero hay que demostrarlo; hay que probar que las mesas se mueven solas, las cucharillas se doblan también solas, las velas se apagan sin aire y el ácido bórico, además de matar cucarachas, mata cristianos. En tanto no suceda tal cosa, los que han puesto las bombas son los que pensaron en poner las bombas, que no es necesario ser muy excéntrico para admitir inferencia tan baladí.

La fábula de la crítica a la "versión oficial" es que ni siquiera es una historia alternativa medianamente creíble. Es más, en algunos momentos ha llegado a ser de cine, como esa "explicación" según la cual los cuerpos de los suicidas de Leganés no son el resultado de la explosión sino que ya estaban allí cadáveres antes de la deflagración habíendo llegado congelados, como un pescado de la empresa criogesa. Francamente resulta difícil de comprender que gente mayor de edad interrumpa sus vacaciones para atorrar el espacio radioeléctrico con ese tipo de majaderías u otras de similar jaez. A lo mejor es que echan tan en falta el "autor intelectual" porque son ellos los que lo necesitan y no lo encuentran; alguien que razone por ellos.

Curiosamente es algo parecido a lo que sucede con los gobernantes, especialmente estos, que tratan de escabullirse de la realidad a base de circunloquios y de anatematizar palabras. Llega un momento en que se quedan sin discurso, como los conspiranoicos, y les vendría bien un "autor intelectual". Está claro que ponerse frente al Gobierno con decisión y firmeza y mucho optimismo tiene buena prensa, pero no basta. Luego hay que decir algo con sentido y, si no se puede echar la culpa al ácido bórico, habrá que buscar algo. El tacto, la buena mano y un poco de suerte ayudan, pero conviene no aburrir al auditorio que tiene tendencia a dormitar. Lo que sucede es que eso que los del ácido bórico tienen que lograr a base de reescribir La guerra de los mundos, el Gobierno lo tiene gratis a cuenta de una realidad turbulenta que lo supera a cada telediario. Es bueno tener las audiencias pendientes de uno pero llega a ser peligroso que vivan en un sobresalto, en zozobra, sin saber qué será de ellas en la siguiente media hora, esto es que vivan en una crisis permanente.

¡Ah, caramba! ¿Quién será el autor intelectual de la crisis? Creo que el presidente Rodríguez Zapatero, muy preocupado por hallarlo ha hecho lo que hace siempre en estos casos: nombrar una comisión de expertos. Como con la tele. Luego de seis meses, cuando la crisis sea pasado, la comisión dictaminará, como suele, que un caballo es un dromedario y la crisis no más que una aceleración coyuntural de la desaceleración del crecimiento contrario al crecimiento negativo. O sea, para entendernos, el ácido bórico.

Las mágenes son tres dibujos del Pére Ubu, del mismo Alfred Jarry, de 1903, 1896 y 1897.

viernes, 18 de julio de 2008

Se acabó la payasada.

Sabido es que en los procesos penales, en donde se enfrentan intereses contrarios, la única verdad que puede quedar razonablemente establecida es la verdad judicial que, por regla general, nunca deja enteramente satisfecha a ninguna de las partes, pero que es la única que un orden social racional puede admitir. Ante toda sentencia que cierra un caso y sin contar con la eventualidad, siempre posible, de un error, la verdad habrá de ser la que digan los tribunales que ha sido. Frente a ella siempre será posible sostener hipótesis distintas más o menos fundadas o fantásticas, siempre se podrá decir que la sentencia no condena a todos los culpables o no todos los condenados son culpables, pero esas especulaciones no pueden gozar de operatividad social alguna.

En el caso del 11-M, la sentencia que ayer dio a conocer el Tribunal Supremo cierra el proceso definitivamente con unos condenados, unos absueltos y una interpretación de los hechos razonablemente fundamentada que atribuye el atentado a una célula yihadista y excluye toda participación de otras instancias delictivas, ETA, policías corruptas, el PSOE o cualesquiera otras tenebrosas conjuras que los partidarios de la llamada teoría de la conspiración han venido proponiendo durante años desde las páginas de El Mundo o Libertad Digital. No obstante es curioso comprobar cómo los mismos medios sostienen que la sentencia no prueba lo que prueba sino lo contrario, esto es, que no se conoce al "autor intelectual" del atentado y que las sucesivas memeces que se fueron argumentando a lo largo del proceso siguen en pie, que si la cadena de custodia, la kangoo o la dinamita utilizada. Por no hablar del uso torticero que se hace de la muy fundada observación del Supremo acerca de que los trenes se destruyeron demasiado pronto, precluyendo la posibilidad de posteriores exámenes, que viene a presentarse como la prueba del nueve de que el proceso es una chapuza. La sentencia pone fin a la payasada pero los payasos quieren seguir con la función, entre otras cosas porque es muy duro quedar tan evidentemente en ridículo.

Se comprende que quienes han estado cuatro años torpedeando el procedimiento hasta el momento mismo de la vista pública no están interesados en el descubrimiento de verdad alguna distinta de la que insidiosamente llaman "versión oficial" porque saben de sobra que no existe y que frente a la dicha "versión oficial" sólo tienen una serie de brumosas insinuaciones que ofrecer (y que la sentencia denuncia de forma meridianamente clara) cuya finalidad es deslegitimar el proceso, paralizarlo y dejarlo en el limbo de que todo sea posible para justificar retrospectivamente aquel delirio del Gobierno del PP en el año 2004 de colgar el atentado a ETA con el doble fin de escurrir el bulto por el disparate de la participación de España en la guerra del Irak y de ganar las elecciones.

Lo asombroso no es que unos orates o aprovechados hayan intentado colocar una historia de ufología para lo cual han dispuesto de medios escritos abundantes y hasta de un canal de televisión como TeleMadrid, puesta a su servicio por entero y de la difusión de todas las patrañas imaginables que pudieran obstaculizar la labor de la investigación, y que hayan intentado hacerlo en sede judicial; lo asombroso es que haya habido gente que diera crédito a semejante sarta de majaderías y, sobre todo, que éstas llegaran a ser esgrimidas por defensas y letrados en el curso del procedimiento en una vergonzosa falta de ética profesional.

Que los citados medios de la conspiración seguirán proponiéndola como "explicación" es muy de esperar por cuanto entra dentro de la mitología (de hecho ya lo han apuntado) según la cual corresponde a la prensa "de investigación" (que maldito lo que ha investigado en esta caso) la tarea de cumplir las funciones que las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado no cumplen. Por descontado, es una prolongación de la misma payasada; pero no cesará de repente sino que, como los viejos soldados, irá fading away.

(La imagen es una foto de Don Fulano, bajo licencia de Creative Commons).

miércoles, 9 de julio de 2008

Adiós a las cucarachas.

En su sentencia sobre el caso del ácido bórico la Audiencia Nacional ha desmentido la ultima patraña que los fabuladores de la conspiración etarra/moruna habían fabricado con la intención de deslegitimar el proceso por los atentados del 11-M. Y no solamente de deslegitimar dicho proceso sino también de atacar el buen nombre a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, de insinuar connivencia entre el PSOE y los terroristas del 11-M, en definitiva, con la intención de hacer el trabajo sucio al PP y conseguir triunfar allí donde aquel fracasó, esto es, en el intento de hacer creer a cuarenta millones de personas, contra toda evidencia, que ETA era la autora de la matanza del 11-M.

Durante la legislatura pasada la COPE y El Mundo se emplearon a fondo para generar una versión alternativa, distinta de la "oficial" sobre qué pasó el 11-M. Los episodios más chuscos de ese empeño, los "peones negros" de Luis del Pino, la mochila de Vallekas, la cinta de Mondragón, la furgoneta Kangoo, hicieron correr ríos de tinta y fueron objeto de rechifla general. Todo ello, sin embargo, no obstó para que en una admirable conexión de intenciones, el PP convirtiera en interpelaciones parlamentarias cualquier disparate con el que abriera su información El Mundo. Cuando se les preguntaba a los políticos conservadores si no creían estar haciendo el ridículo dando pábulo a las memeces de la teoría de la conspiración, respondían inevitablemente que las "investigaciones" periodísticas habían servido para destapar la corrupción del Felipismo a pesar de no contar con las simpatías de casi nadie. Esto es, el modelo que se aplicaba a la presunta conspiración española (y en la que se hacía cómplices a los terroristas etarras, los musulmanes, los policías y guardias civiles corruptos, los políticos del PSOE) era el de Watergate, una obsesión para El Mundo.

La sentencia de la Audiencia Nacional deja claro lo que ya estaba claro desde el principio, desde que se conocieron los hechos: que los peritos deslizaron en su informe una imaginaria vinculación entre los islamistas del 11-M y ETA con el fin de liarla, más o menos de acuerdo (vaya Vd. a saber cuánto acuerdo y a qué precio) con El Mundo que sus superiores eliminaron; que los superiores no cometieron delito alguno. Hasta aquí está bien, se ha hecho justicia judicial y los cuatro mandos policiales son muy de felicitar por ello. Pero no creo se haya hecho justicia por así decirlo "total". Creo que los cuatro mandos policiales han sido repuestos en su honor, pero queda por establecer ahora la conducta de los peritos que los acusaron.

Se recordará que la primera vez que este sumario llegó a un juez, lo fue al señor Garzón, quien estaba aquel día de guardia, el cual, tras tomar las declaraciones debidas empezó imputando a los peritos un delito de falsedad en documento público. Se armó entonces el habitual bochinche en los medios, con El Mundo y La Cope bramando contra el juez y poniendo todo lo imaginable en entredicho. Finalmente hubo una decisión judicial por razón de competencia que separó el sumario del juzgado del señor Garzón y lo llevó a uno de instrucción presidido por una juez, Gemma Gallego, que fue la que decidió imputar a los mandos policiales, esos a los que la sala de lo penal de la Audiencia Nacional acaba de absolver.

Pero ¿y los peritos, que acusaron falsamente a los mandos de falsificación, los que alteraron a sabiendas una fecha en un informe para falsearlo? ¿Van a irse de rositas? Espero que los mandos policiales absueltos procedan judicialmente contra ellos. Y si no lo hacen estos espero que lo haga el PSOE. Es importante que se impida la judicialización sistemática de la política que realiza el PP y la instrumentalización de los tribunales de justicia, cosa que va muy en detrimento de su dignidad. Es necesario que sean estos tribunales de justicia los que establezcan si los peritos cometieron delito o no al acusar a los mandos superiores y que sean los mismos tribunales los que establezcan si ese intento de comisión de un delito a su vez se hizo de modo gratuito o mediante algún tipo de pago. ¿Cómo olvidar al señor Trashorras, el delincuente Trashorras diciendo que mientras "estos" (los de El Mundo) paguen, yo les cuento la guerra civil"?

La vida pública no puede estar a merced de la chequera de algún desaprensivo. ¿O sí?

(La imagen es una foto de Rinzewind, bajo licencia de Creative Commons).

martes, 13 de mayo de 2008

Tres días que conmovieron a España.

Por acuerdo generalizado en la politología española las elecciones de 1982 se consideraron "cataclismáticas" pues el partido del Gobierno se hundió, el PSOE obtuvo su más abultada mayoría absoluta y el segundo partido de la derecha quedó a una enorme distancia de él. En las elecciones de 2004, veintidós años después, los resultados no fueron parecidos en modo alguno, ganó los comicios la oposición pero por estrecho margen y el partido del Gobierno, lejos de hundirse, obtuvo un muy apreciable resultado que le permitió hacer una oposición estruendosa y contundente a lo largo de la legislatura. Sin embargo, las elecciones se celebraron a los tres días del peor atentado en la historia de Europa, con un grado muy agudo de enfrentamiento entre las fuerzas políticas y con la esfera pública en estado de colapso como certeramente define la situación Víctor Sampedro en este libro (Victor Sampedro Blanco (Coordinador), Medios y elecciones 2004. La campaña electoral y las "otras campañas", Madrid, 2008, 278 págs, obra publicada por la Editorial Universitaria, la Universidad Rey Juan Carlos y la Universidad de Granada). Así que si no "cataclismáticas", las elecciones de 2004 fueron "trágicas".

Víctor Sampedro es un reputado estudioso e investigador en comunicación política desde una perspectiva que es a la vez crítica y empírica (dos facetas que no suelen aunarse con frecuencia) y que lleva una temporada concentrado en poner en claro las relaciones entre los medios de comunicación, los agentes políticos y la "esfera de lo público", aquí protagonizada por las multitud spinoziana en elaboración de Antonio Negri en las elecciones generales de 2004, como se prueba por un libro anterior (Sampedro (Coord.), Multitudes Online Madrid, los libros de la catarata, 2005)> que ya versaba sobre las movilizaciones populares de marzo de dicho año.

En la obra en comentario, que ha redactado conjuntamente con un brillante equipo de colaboradores, Sampedro somete a análisis la precampaña electoral de 2004 aplicando dos marcos teóricos muy productivos (agenda setting y teoría del framing, que reaparecerán en posteriores capítulos) a una recopilación de fuentes escritas tomadas de cinco diarios de referencia, El País, El Mundo, ABC, La vanguardia y El Periódico de Catalunya para examinar cómo el gobierno del PP controló la agenda mediática hasta el atentado del 11 de febrero creando un "pseudo evento mediático" con la filtración de la famosa entrevista de Carod Rovira con los terroristas de ETA. Dos o tres conclusiones son aquí relevantes: hubo diferencias entre la prensa de Madrid y la catalana; el Gobierno controló bastante bien la agenda mediática y, salvo excepciones, la prensa se plegó.

En el análisis de la campaña propiamente dicha, Sampedro (en colaboración con Óscar García Luengo y Ariel Jerez) toma de muestra 280 piezas de las cadenas de televisión TV1, Antena 3, Tele Cinco y Canal + y, garantizando la validez empírica de la codificación mediante un alto valor del coeficiente de fiabilidad, llega a la conclusión de que "El Partido Popular gestionó de modo eficaz su estrategia de agenda. Logró establecer como prioritarios en todas las televisiones los temas con mayor rentabilidad electoral. Consiguió redefinir la agenda de su principal adversario, el PSOE, y de las cadenas de televisión afines, obligándolas a tratar los temas más desfavorables." (p. 94).

El capítulo tres es un agudo ensayo de impecable factura empírica a cargo de Óscar García Luengo sobre "Negativismo y confrontación en televisión", también durante la campaña electoral y en las cadenas citadas más arriba. Su conclusión de que el negativismo no es tan acusado como creen los autores de la teoría de la videomalaise termina con un típico understatement: "el tono de las noticias en la televisión española durante el período de referencia se escora más hacia los parámetros de lo negativo" (p. 112)

El cuarto capítulo, a cargo de Andreu Casero Ripollés, analiza las estrategias políticas, la construcción mediática y la opinión pública en el 11 de marzo, considerado como un "caso excepcional". Se vale para ello de las concepciones de la Sociología fenomenológica de la "construcción social de la realidad", de Berger, Luckman, Schütz, et al. utilizadas a modo de framing. Establece unos rasgos característicos del "caso excepcional" entre los que extraigo, por parecerme el más explicativo fenomenológicamente, el de las estrategias políticas de las cadenas de televisión con su función de selección informativa en virtud del concepto de "beligerancia informativa con el terrorismo" que, "por un lado obliga a posicionarse haciendo imposible la asunción de neutralidad, la inhibición e incluso la discrepancia en temas relacionados con el terrorismo" y al mismo tiempo es una noción que "en el caso español se encuentra fuertemente vinculada a la banda terrorista ETA" (p. 123) lo que llevaba el agua al molino del Gobierno. Por cierto, me permito observar la fuerza de esta estrategia que hasta el autor utiliza la expresión convencional oficial y obligada de banda terrorista ETA. El resto del capítulo es igualmente interesante. Entiende el autor que en los días 12 y 13 se produjo una ruptura de la dependencia cognitiva de las masas/multitudes que llevó a las movilizaciones del día 13 (el "colapso de la esfera pública" de Sampedro) valiéndose fundamentalmente de los medios digitales (p. 128). Estos días fueron de "universos simbólicos enfrentados" lo que puso en marcha un proceso deliberativo, horizontal, periférico, autónomo y crítico, que cuestionó el papel y las funciones institucionales desempeñadas tanto por los medios convencionales españoles como por el sistema político-institucional." (p.136)

Esto es, con el Gobierno del PP controlando la agenda mediática, los medios absorbidos en su onda, la "esfera pública colapsada", si al final se produjo un vuelco electoral (que ya venía parcialmente predicho en los sondeos) fue gracias a la movilización espontánea de la "multitud" autoorganizándose a través de las nuevas tecnologías. Así es también como se razona en el capítulo cinco a cargo de Rafael Durán Muñoz, quien contrapone la teoría de la espiral del silencio a la de la espiral de la "mentira prudente" de Timur Kuran, llegando a la conclusión de que "un sector significativo de la ciudadanía rompió la espiral de la mentira prudente entre los partidos políticos (...) y forzó, si no el conocimiento de la verdad, sí el de la gran mentira que se había impuesto inicialmente." (p. 161).

Cierran el libro dos capítulos que me parecen menos logrados tanto por el interés en sí como por la relevancia de los resultados. Uno de ellos de Sampedro, Bruno Carriço Reis y Andrea Reis sobre las "otras campañas", toma pie en la expresión y la práctica zapatista de las últimas elecciones de México (muy dentro de este espíritu de las movilizaciones sociales autoorganizadas) para medir cómo se articuló la agenda social y ciudadana recogida en los medios durante las elecciones de 2004 (p. 166). Es ingeniosa la periodificación en "once días de campaña, tres de perplejidad y siete de movilizaciones postelectorales" (p. 175). De hecho abundan en la obra percepciones penetrantes muy notables. En este caso, por ejemplo, es curioso comprobar cómo los picos informativos de los tres diarios que aquí se analizan son el 12 de marzo para El País (que informa del atentado), el 13 de marzo para El Mundo (que habla del poder de convocatoria del PP en la manifa del 12) y el 14 de marzo para ABC (que informa del "acoso" a las sedes del PP) (p. 231). Pero los resultados del trabajo son entecos y los autores reconocen "...la preeminencia clara de los actores políticos sobre los sociales como promotores de la agenda ciudadana y, de modo notable, del partido del Gobierno que no sólo mantuvo la iniciativa durante la campaña, sino que la incrementó entre el 11-M y el 14-M." (p. 232)

A mi entender se echa de menos aquí una especie de recapitulación general de este libro con todo su importante trabajo que deje en claro cómo a pesar de tenerlo todo mediáticamente planeado al comienzo de la campaña (los "pseudoeventos" mediáticos), de controlar la agenda, de imponer los marcos interpretativos, de tener a la oposición uncida a su carro mediante los discursos estratégicos, etc, el resultado fue el vuelco electoral en situación de práctica ausencia de los agentes políticos tradicionales, sustituidos por una espontánea öffentlichkeit crítica armada de móviles e internet.

Finalmente, el último capítulo, de Sampedro et al. aun siendo un intento muy encomiable de abrir el analísis a los nuevos fenómenos del ciberespacio y la blogosfera y de haber hecho un gran trabajo de operacionalización, verdaderamente ingenioso, no da resultados relevantes por la incuria de los partidos políticos a la hora de gestionar y mantener vivas sus páginas web. Es de reseñar que sólo el PSOE contestó a las cuestiones planteadas por el equipo investigador y que los únicos foros activos fueron los de PP sin que el detectar en ellos un tipo de censura errática permita hacer comparaciones válidas porque las otras fuerzas políticas no tenían foros.

En conclusión una obra de investigación colectiva de interés sobre un tema de enormes posibilidades en el vasto campo de la comunicación política. Si tuviera que trasmitir algún ruego a los investigadores iría en el sentido de que la próxima vez incluyan un apartado para los medios radiofónicos, cuya importancia en el debate público en nada cede a la prensa escrita o a la televisión, cuenta habida de que la imbricación entre información y militancia política es aquí, en algunos casos, extremada. Por ello mismo tanto más interesante.


La obra en este ya largo comentario incluye un segundo volumen (Víctor Sampedro Blanco et al. (coordinadores) (2008) Televisión y urnas 2004. Políticos, periodistas y publicitarios 158 págs.) editado por las mismas entidades que el primero, de un notable interés por cuanto constituye una guía didáctica práctica para el estudio específico de algunas de las cuestiones tratadas en el primer volumen y otras nuevas. Está redactado como tal guía práctica, con baterías de preguntas y temas de reflexión y, lo que es más notable, viene con dos DVDs en los que se recogen los elementos gráficos y audiovisuales que sirven de apoyo a la investigación del primer volumen y abren vías nuevas en el segundo.

En concreto los temas tratados son: el "Caso Carod", correspondiente a la aguda y sutil reconstrucción que de este asunto hace Sampedro en el primer volumen.

El capítulo segundo, a cargo de Óscar García Luengo et al., versa sobre la encuestra preelectoral del CIS que, como es tradicional, se publicó con anterioridad a las elecciones y las interesantes y significativas divergencias en los sesgos con que las distintas cadenas de televisión la trataron.

El tercer capítulo (Sampedro/Vizcaíno-Laorga) analiza en profundidad un programa doble que hizo Telecinco, con una presentación de los dos candidatos principales, Rajoy y Rodríguez Zapatero, en De carne y hueso, doblado luego con otro llamado Cara a cara con el que se pretendía crear una especie de debate virtual entre ambos ya que, se recordará, en aquellas elecciones (como en las de 1996 y 2000) no hubo debates televisados reales. En este programa doble, la conclusión de los autores es que la imagen que se dio de los candidatos coincidía con la que ellos estaban interesados en proyectar (p. 92).

El capítulo 4 (mismos autores) analiza un programa especial de perfiles biográficos emitido por Canal + cuyas conclusiones (p. 106) son literalmente idénticas que las del programa de Telecinco en lo que juzgo que debe de ser una errata de paginación.

El capítulo 6 (mismos autores), sin duda el más divertido, es un estudio sobre un debate ficticio emitido por Canal + en el contexto de las noticias del guiñol. Al comienzo de este capítulo hay una afirmación de la que discrepo por parecerme injusta. Dicen quienes firman el capítulo: "Ante el rechazo de los candidatos a la Presidencia del Gobierno a mantener un debate, las televisiones intentaron suplir esa limitación." (p. 109) Eso no fue así. Tanto en 1996 como en 2000 y en 2004 los distintos candidatos socialistas pidieron debates televisados y fueron los candidatos del PP (Aznar primero, dada su amarga experiencia de 1993 y Rajoy después, que pensaba que tenía las elecciones ganadas) quienes se negaron. Un prurito de imparcialidad no puede llevarnos a tratar como iguales a los desiguales y no reconocer a cada cual su parte y su responsabilidad. A mayor prueba de lo que se dice más arriba, en las recientes elecciones de 2008, con el PP en la oposición (y, por tanto, interesado de nuevo) ha vuelto a haber debate.

Un último capítulo de Enrcanación Hidalgo, García Luengo y Manuel Trenzado hace un estudio minucioso y sistemático de los distintos estilos de vídeos de propaganda electoral de los partidos.

Este segundo volumen es, repito, una guía didáctica que carece de los vuelos teóricos y explicativos del primer volumen, pero su utilidad es enorme.

martes, 11 de marzo de 2008

Cuarto aniversario.

Se cumple hoy el cuarto aniversario del mayor atentado terrorista en la historia de Europa. Un atentado de tal impacto que llevó al entonces gobierno del PP, responsable de haber metido al país en una guerra sumamente impopular en el Irak que lo había provocado, a la convicción de que, si se probaba que el crimen era obra de terroristas islamistas, perdería irremisiblemente las elecciones. Y de esta convicción saltó a la muy insensata conclusión de que tenía que escamotear los hechos a la opinión pública, mentir a ésta, engañarla, insistir en que lo que a todas luces parecía ser "A" porque era "A", en realidad era "Z". Un empeño tan inmoral como estúpido que no solamente le costó perder las elecciones sino que tuvo atrapado a su partido, el PP, durante cuatro años en una maraña de fabulaciones, embustes, más mentiras, delirios y puras mentecateces, tratando de ocultar su embuste originario y de dar un vuelco a la situación, desalojando al PSOE del gobierno.

Hoy, cuatro años después, los tribunales han hablado dejando clara la autoría de los crímenes de Atocha y enviando a los culpables que aun están vivos a la cárcel con largas condenas. Al mismo tiempo, el PP ha vuelto a pagar en las urnas el precio de haber pasado los últimos cuatro años dando pábulo a las estupideces de la llamada "teoría de la conspiración", es decir, ha vuelto a perder las elecciones.

Pues bien, los principales fabuladores de las patrañas sobre la "verdadera" autoría de los atentados de Atocha, siguen en sus trece si bien su eco es hoy infinitamente menor. No obstante, no tengo claro que, en una última pulsión suicida, el PP no se decida a alinearse de nuevo con estos charlatanes de crecepelo. Al fin y al cabo, algunos de los principales responsables del gigantesco intento de fraude de 2004, los señores Rajoy, Acebes, Zaplana, siguen en sus puestos. Que sigan.

Mientras tanto, los demás rendimos homenaje a las víctimas de aquellos crueles atentados.


jueves, 8 de noviembre de 2007

Sigue lloviendo.

Casi parece mentira pero la publicación de la sentencia del 11-M, en lugar de zanjar el debate público lo ha reanimado. No es solamente que el señor Rajoy se llame andana diciendo por un lado que acata la sentencia y por otro que su partido apoyará actividades encaminadas a posteriores investigaciones que nadie pide y nadie sabe en qué dirección habrían de ir. Es que ahí está otra vez el señor Del Pino, como un nuevo Hércules Poirot, poniendo en evidencia la torpeza (quizá la complicidad, quién sabe, dice muy campanudo el citado señor Del Pino) de la policía, mochila va, kangoo viene. Es que vuelven los "peones negros", los que se reunían los sábados porque "querían saber", algo que me recordaba cuando los catalanes en Madrid se reunían también los sábados a bailar sardanas en el Retiro. Espero que el señor Montilla no vea aquí "desafección" hacia Cataluña, sino todo lo contrario.

(Por cierto eso que dice el señor Pujol de que se han dado casos de taxistas de Madrid que han echado a clientes al oirlos hablar catalán me parece gordísimo. Creo que el señor Pujol o cualquier otro que haya presenciado los hechos debe formular la correspondiente denuncia. El taxista que haya cometido una fechoría como esa debe perder su licencia o, cuando menos, verse obligado a llevar un distintivo que diga "soy anticatalán").

¿La sentencia? ¡Ah, sí, la sentencia! ¿Quién se acuerda ya de que hubo una sentencia? En este mundo frenético de medios que todo lo devoran, ya está descontada, ya ha sido analizada y se ha visto que, siendo correcta, era lamentablemente insuficiente ya que, según el señor Aznar, no nos ha permitido saber nada de lo que verdaderamente importa. Así que otra vez a buscar a ETA, que no debe de andar muy lejos.

Precisamente ayer el presidente de la FAES, que no para, se reiteró en sus afirmaciones en la comisión parlamentaria del 11-m, esto es, que todos los terrorismos son iguales y que los autores del 11-m no están lejos. Claro que no; unos están en la cárcel y otros, enterrados; todos cerca. Fue como un documental de época. Y así parecen haber decido que quieren comportarse en el PP. Son la manifestación de lo que decía Eurípides, "aaquel a quien los dioses quieren perder primero lo vuelven loco". En ello están los dioses con la derecha, en sembrar la locura que los llevará al desastre electoral de marzo próximo. Una impresión de este tipo puede sacarse mirando el video que han hecho los socialistas sobre las responsabilidades por el atentado de Atocha en IPSOETV. En él se ve claramente no sólo cómo el Gobierno del momento intentó mentir a la desesperada sino cómo, también, presa de un extraño frenesí, intentó seguir haciéndolo la oposición hasta el día de hoy y, lo que es más chusco, cómo aún continúa en ello, cuando ya ni los micrófonos creen lo que fielmente trasmiten, puesto que más del ochenta por ciento de la población atribuye los atentados de Atocha a los islamistas.


La fiscal Olga Sánchez publica un buen artículo en El País sobre el proceso, rebosante de indignación ante el comportamiento de quienes desde los medios, trataban de hacer abortar el proceso judicial. Se llama Vocación por conocer la verdad y es un ataque contra quienes han estado propalando versiones rocambolescas de los hechos a mayor gloria de la venta al número. Muy bien por la fiscal, aunque ya preveo que los linchadores oficiales de la derecha van a despellejarla. ¡Una fiscal escribiendo para el grupo Prisa! Pobre fiscal.

En todo caso, por extraño que pueda parecer y ante el estupor general, esa gente, con el señor Aznar en cabeza (ya que la del señor Rajoy no cuenta) sigue mintiendo. Siguen lloviendo mentiras con la misma estólida indiferencia con que el señor Acebes continúa fabulando agresivamente ante las cámaras. Inasequibles al desaliento. Como su mentor, el de Cuelgamuros, que abrió una Causa General contra todos los que no le secundaron en la rebelión acusándolos de... ¡rebelión militar!

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viernes, 2 de noviembre de 2007

No enmendalla.

Teniendo al señor Zaplana, el PP podía prescindir tranquilamente del señor Losantos que ni de lejos puede alcanzar el grado de olímpico cinismo del otro. Donde el locutor se desgañita, el portavoz no pierde la compostura pero, en esencia, dicen lo mismo. Por una especie de tácita división del trabajo, el trazo grueso y la chocarrería corresponden al primero mientras que el segundo hasta hace gala de cierta bonhomía aunque el fondo de sus palabras tiene similar carga explosiva en contra de la convivencia pacífica en el Estado de derecho.

Ante la contundencia del fallo judicial, que no deja resquicio alguno a las rocambolescas insinuaciones de la banda mediática, el PP ha reunido a sus cerebros en busca de un prontuario de argumentos para esgrimir en público. Ayer el señor Zaplana los lanzó todos:

Fue el gobierno del PP el que detuvo a los autores con celeridad, mientras los dirigentes del PSOE agitaban el patio a su favor a raíz del atentado. Es difícil dar con una fórmula más inepta. Claro que el Gobierno del PP detuvo a los responsables del atentado. Cumplió con su deber sin que ello sea enmienda del fallo que tuvo al no impedir que el delito se cometiera en primer lugar. Si el argumento es inepto, la literalidad en que parece haberlo expuesto el señor Zaplana es demencial:

"Aznar, Rajoy, Acebes y yo mismo somos miembros de un partido que estando en el Gobierno detuvo a los terroristas que ayer fueron condenados por el tribunal. Mientras esto sucedía, Zapatero, Rubalcaba, Blanco y otros utilizaban ese atentado para ganar las elecciones, y todo lo que dijeron en esas horas trágicas precisamente la sentencia lo ha desacreditado."
¡Un partido deteniendo terroristas! Original.

"No se pueden acreditar vínculos ni con ETA, ni con Al Qaeda, ni con Irak" y que Zapatero se desdiga de sus palabras en el Congreso de que el 11-M era una respuesta directa a la presencia militar española en el Irak. Pero es que hay vínculos y vínculos, como sabe cualquiera. El que se da entre el 11-M y el Irak es genérico y nunca se esgrimió en sede judicial. Abundantemente probado queda en la sentencia que los condenados son islamistas radicales en guerra santa, y alguno de los autores no condenados aquí, de hecho, han muerto en operaciones de la yihad en Afganistán y/o el Irak. El vínculo entre el 11-M y ETA es específico, concreto y había que probarlo. No se ha probado, luego no lo hay. Caramba, no es tan difícil de entender y no hay simetría posible entre el señor Rajoy balbuciendo incoherencias sobre que haya que investigar en las galaxias y la determinación del señor Rodríguez Zapatero advirtiendo de que aquí se ha hecho justicia.

Pues sí, se ha hecho justicia, la derecha ha quedado con la retaguardia al aire y no hay manera de disimular el descalabro. El señor Zaplana, desde luego, tiene tablas y mucho mérito eso de salir a dar la cara en momentos tan fastidiados. Claro que el señor Acebes no le va en zaga en punto a rostro pétreo cuando afirma, componiendo angelical gesto, que su partido jamás alentó teoría de la conspiración alguna.

Ese asunto de la "autoría intelectual", que no se encuentra en la sentencia, aunque el señor Rajoy dijera lo contrario en su primera comparecencia cuando, como suele pasarle, hablaba sin saber bien lo que decía, es un triste subterfugio que no convence a nadie. ¿Cómo que no se ha condenado a los "autores intelectuales"? Desde luego que sí, al menos a los que siguen vivos.

"Utilizaron el atentado" del 11-M para ganar las elecciones generales de 2004, "ahora están dispuestos a utilizarlo para no perder". Pues sí, es verdad, eso es lo que va a pasar. Pero no porque el PSOE se aproveche de las catástrofes sino porque el PP las organiza y, luego, miente sobre ellas para tratar de obtener ventajas electorales. Lo bueno es que parece que piensan seguir así. Camino de otro desastre.

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jueves, 1 de noviembre de 2007

La autoría intelectual.

Creo que puedo buscarme la vida como profeta. Decía ayer servidor que los de la teoría de la conspiración, los ufólogos, los de "queremos de saber", el coro mediático del PP y el propio PP en definitiva, no darían su brazo a torcer y encontrarían el medio para seguir cuestionando el proceso del 11-M, sembrando dudas, deslegitimando la administración de justicia y al conjunto de funcionarios, gentes privadas e instituciones que han trabajado denodadamente para esclarecer los hechos, llevar a los culpables ante la justicia, procesarlos en un juicio justo y condenarlos en un tiempo breve en proporción a la magnitud de sus delitos.

Tal cual. A minutos de hacerse pública la sentencia con un resumen claro y contundente del juez Bermúdez ya estaba el señor Rajoy dándole a la ambigüedad, insinuando malicias, augurando más intoxicación y mentiras, con los medios de la derecha acatando la sentencia pero encontrándola insuficiente y la legión de agujerólogos todos batiendo el cobre y señalando que la decisión, además de insuficiente -o por eso quizá- es también insatisfactoria. ¿Cómo es posible si los rigurosos razonamientos del tribunal sentenciador ha ido destripando una a una y minuciosamente todas las patrañas de la teoría de la conspiración: la furgoneta "kangoo" (y el gadget adyacente de la orquesta Mondragón), la mochilita de vallecas, la cadena de custodia, la marca del explosivo, los suicidas de Leganés, el ácido bórico y el seudoinforme del señor Díaz de Mera? Muy sencillo, por medio de un Deus ex machina al revés; esto es, en vez de una aparición providencial, una desaparición providencial: los "autores intelectuales", los inductores, para entendernos, se han volatilizado. Me cachis. Habiendo sido absuelto El egipcio y exonerados de la acusación de inducción un par más de ellos que podrían haber sido los master minds de la operación, únicamente quedan los "chicos de los recados". Sólo se ha condenado a los autores materiales, una manga de infelices y al parecer descerebrados, faltos de toda capacidad intelectual, especie de robots sin ideas. En este "argumento" es vital cargar desprecio racista sobre los acusados ahora condenados. El caso es sostener contra viento y marea que seguimos sin saber quiénes idearon la operación.

¡Ah, la autoría intelectual! ¡Qué lindo invento! He aquí la fórmula para seguir insistiendo en que detrás del 11 -m puede estar ETA...o algo peor. (¿Peor? ¿Qué? Ahora lo digo). Y eso a pesar de que el tribunal practicó la prueba testifical con etarras encarcelados que solicitaban las defensas y que aquella se ha valorado como irrelevante para la causa.

...De momento y con las informaciones de que hoy disponemos. Por supuesto en el futuro pueden aparecer datos que obliguen a reabrir la causa o abrir una nueva relacionada con ésta. Eso es claro y nadie se opone a ello. ¿Quién va a decir que no quiere que haya una investigación judicial sobre asuntos de interés público? Pero de momento, ahora mismo, hay una sentencia que descarta expresamente toda vinculación entre ETA y la célula islamista radical del 11 -M, única autora del atentado en lo material, en lo intelectual y en lo transustancial. Que la sentencia no sea firme no la hace menos sentencia. Y según ella, de ETA nada. Pero nada de nada.

Así que habrá que ir a buscar la autoría intelectual a otra parte. Y aquí es donde viene lo gordo, lo peor de que hablaba antes, para parte de la derecha esa autoría intelectual corresponde al PSOE. Puede parecer una exageración mía, pero no es así. Léase el post que aparece en una bitácora colectiva de cierta audiencia:

"Nos falta analizar la actitud del PSOE en el asunto del 11-M. No creo que la actual directiva del partido fuese quien lo preparara todo, ni de lejos, les falta capacidad intelectual e instinto para maquinar, lo de ellos es vivir al día y rezar para que los nacionalistas no presionen demasiado. Pero todo, absolutamente todo, indica que algunos ex altos cargos y mandos policiales adictos al PSOE, como comienza ya a demostrarse, estaban en el ajo de cuanto ocurría. Estoy convencido que el autor intelectual de la masacre es un ex alto cargo de PSOE. Este ex alto cargo no parió el plan pero sí la idea de un “sobresalto” en determinada fecha, luego es a él a quien debe atribuírsele la autoría intelectual."
Esto se decía el 13 de noviembre de 2004, la bitácora se llama Batiburrillo y es del agregador Red liberal. A lo mejor es lo que quieren decir los de la conspiración cuando preguntan qué tienen el PSOE y el Gobierno en contra de la idea de seguir investigando en el atentado de Atocha. Clarísimo: quieren irse de rositas tras haber sido autores intelectuales, inductores del 11-M, mamma mia. No era inocente el señor Miguel Ángel Rodríguez cuando decía ayer en 59" que, según el juez Juan del Olmo, el atentado del 11-M se hizo para cambiar el gobierno de España. ¿Quién está más interesado en cambiar el Gobierno de España? El PSOE. Y yo no quiero decir nada, pero ahí queda eso.

Dejo para otro momento refutar el argumento del señor Miralles ayer en el mismo programa de que la investigación periodística puede obligar a revisar una investigación judicial anterior aportando nuevas pruebas, extrapolando a este el caso de los GAL. Es francamente aburrido.

Les dejo con un video que han colgado unos en You Tube sacando punta a las insensateces del señor Aznar en relación con la bebida y la conducción.

Francamente bueno. La fuerza apabullante de la imagen.

La primera imagen del post sintetiza admirablemente una teoría de la conspiración para las Torres Gemelas, obra de Ben Laden y Bush al mismo tiempo bajo la advocación de Hitler. Obvio.

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miércoles, 31 de octubre de 2007

Atentos a la pantalla.

A las once de la mañana de hoy, treinta y uno de octubre de 2007, se dará a conocer la sentencia en el proceso por el llamado 11-M. O sea, tres años, siete meses y veinte días después del hecho más sangriento de la historia reciente española (hay que remontarse a la guerra civil para encontrar algo parecido) los tribunales dictan su juicio tras una cuidadosa instrucción, un proceso justo y una vista oral ejemplar, aclarando los hechos y pronunciando las penas que corresponden.

La tupida red de patrañas que integra la llamada "teoría de la conspiración" sufrirá, seguramente, un severo revés judicial. Pero no se dará por afectada porque su arraigo como forma de pensar no solamente obedece a ciertos intereses políticos (del PP y sus medios) sino también a una tendencia psicológica presente en nuestras sociedades y que presupone siempre un público numeroso que consume historias disparatadas a título de explicación de fenómenos sociales. Son los de los Ovnis, el regreso al futuro, la parasicologia y el espiritismo.

Los de la conspiración explicarán la sentencia como un paso más en la supeditación de todos los poderes a una oscura voluntad demoníaca o algo así. Y cuando se pronuncie el Tribunal Supremo, que seguramente habrá de intervenir en vía de recurso, tampoco se aceptará la verdad judicial. Quienes perdieron las elecciones que creían ganadas el catorce de marzo de 2004 todavía no han entendido que no perdieron por el atentado en sí sino por la forma increíble en que lo "gestionaron" las autoridades. Razón por la cual va a sucederles lo mismo. Es no querer enterarse de por dónde caen los chuzos.

La teoría de la conspiración que tiene elementos de Rocambole, Rouletabille, Fantomas y Arsène Lupin al mismo tiempo ha sido un pulso que ciertos medios han echado con la realidad, esto es un intento de sustituirla por un relato distinto, acorde con los intereses del partido de la derecha. ¿No se dice que lo que no está en los medios no existe? Pues eso querrá decir que lo que está es la realidad. Ciertos medios han acabado creyendo esas ilusiones de que ellos son los taumaturgos de la feria y que pueden inventarse la realidad. Eso es soberbia y lo demás, tortitas y pan pintado.

(La imagen es el monumento a las víctimas del 11-M junto a la estación de Atocha).

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martes, 7 de agosto de 2007

Al Qaeda, al servicio de Zapatero.

Por las barbas del profeta que esto pasa de castaño oscuro. Los de Al Qaeda han vuelto a atribuirse la matanza del 11-M. Aquí tiene que haber gato encerrado. Tanta insistencia por apuntalar la "versión oficial" del Gobierno seguramente oculta algo. Es probable que, en su retiro veraniego, el juez Gómez Bermúdez, por fin, esté atando cabos y comprendiendo cómo aquel horrible atentado fue obra material de ETA, bajo la dirección intelectual del PSOE, ansioso por ganar las elecciones del único modo que sabe, esto es, asesinando, y con la complicidad de unos cuantos agentes corruptos de las fuerzas de seguridad del Estado y los servicios secretos. La verdad acrisolada y verdadera que ya adelantó el PP cuando estaba en Gobierno, sostuvo después el señor Aznar en sede parlamentaria y han estado reptiendo como carracas sus periodistas, todos ellos injustamente ninguneados por un aparato de propaganda del Gobierno que no permite escuchar más voces que las de los incondicionales. Sin duda para evitar que tan resplandeciente verdad se abra camino en el espíritu judicial, se ha montado esta extraña farsa en la que un terrorista de Al Qaeda, que seguramente será de Alcorcón, recaba en un video la autoría de un crimen que cometieron otros. En fin, ya falta menos para que se descubra toda la patraña, queden al descubierto los verdaderos culpables y exonerados los infelices injustamente acusados. Y para entonces, ¡tiemble Vd., señor Rodríguez Zapatero!

martes, 3 de julio de 2007

Visto para sentencia.

Es como ha quedado el juicio por el 11-M; y vistos para el arrastre los mendas que llevan tres años haciendo lo imposible por embarullar las cosas, cuestionar la acción de la policía, los jueces y fiscales, sembrar sospechas e insidias y mezclar consideraciones políticas y judiciales en sucesivos intentos de que no se celebre el juicio, que no pueda esclarecerse la verdad porque ésta es perjudicial para los intereses del PP, el partido en el Gobierno cuando se produjeron los atentados de Atocha.

A los efectos de conseguir estos fines, los responsables han empleado todos los medios: periódicos sin escrúpulos, emisoras de radio monotemáticas, libros, movilizaciones populares, interpelaciones parlamentarias, declaraciones en comisiones de investigación. Todo con el fin de orientar el interés de la opinión pública y las pesquisas e investigaciones de las autoridades en una dirección contraria a la que marcaban los hechos y las pistas, una que nunca se pudo definir con claridad sino sólo mediante insinuaciones y sugerencias de mala fe porque nunca tuvo la menor base empírica.

Toda esta febril actividad ha tratado de suscitar en la opinión pública española una impresión similar a la que se consiguió en otros casos -que actúan aquí como modelos, igual que el Watergate fue el caso con cuya aura se pretendió disfrazar la labor de zapa de El Mundo durante los años del "infame Felipato"- en los que una coalición de periodistas y tertulianos amarillos, políticos sin escrúpulos y simples delincuentes consiguió que el PSOE perdiera las elecciones por la mínima, en el entendimiento de que jamás se le ganaría en una contienda electoral limpia.

Así llegó el señor Aznar al poder y así quiere hacerlo el señor Rajoy. Por eso reproduce el modelo y alimenta la "teoría de la conspiración" con comentarios ambiguos, que le dan pábulo, si bien últimamente esos comentarios debe de hacerlos el señor Rajoy muy para su coleto. La idea primera era hacer ver que estábamos ante la lucha de los medios críticos, verdaderamente independientes contra un vulgar intento de cover up a cargo del Estado, como si esto fuera "En nombre del padre". Por eso también al día de hoy Libertad Digital sigue hablando de la Versión oficial, como si hubiera una.

Pero no, no hay una "versión oficial", sino que los hechos se han expuesto y analizado públicamente de un modo minucioso y, en su día, habrá una sentencia que será la "verdad judicial"; para los demócratas, la verdad a secas; para los de la teoría de la conspiración, una vuelta de tuerca a la "versión oficial"; o sea, algo inaceptable. Lo curioso del caso es que, además de no existir la "versión oficial", tampoco lo hace la "versión no oficial" pues quienes atacan a la primera son incapaces de citar hecho o prueba algunos que vinculen a ETA con el 11-M.

Dado que el juicio está visto para sentencia y que la autoria islamista parece ser la única suficientemente probada, muchos comentaristas sugieren a los fabuladores de la teoría de la conspiración que cejen en su empeño, pidan perdón a la opinión pública y, si son políticos, que dimitan. Pero esto implica un ingenuo desconocimiento de la estofa de que están hechos unos individuos que pretenden obstaculizar el normal funcionamiento de la justicia, incluso mediante actos, como el del señor Díaz de Mera, que pudieran ser constitutivos de delito.

Estos no solamente no se arrepienten de lo hecho (aunque sepan perfectamente que es algo imperdonable) sino que reinciden en ello, sostienen que el caso se cerrará en falso, que no se habrá investigado lo suficiente, con lo que se desliza en el ánimo de la gente la idea de que se ha condenado a unos inocentes, mientras que los auténticos culpables campan por sus respetos, cada vez más envalentonados. Es una canallada, pero da considerables réditos políticos y económicos, ya que este tipo de historias conecta bien con creencias populares y supersticiones ingenuas sobre la maldad de fuerzas oscuras y el día definitivo del ajuste de cuentas. Que son un negocio, vamos.

miércoles, 20 de junio de 2007

¡Viva la mentira!

Así es, ¡viva la mentira! Gracias a la mentira la vida tiene salero. Si siempre se dijera la verdad, las relaciones humanas serían imposibles. Es necesaria la mentira y en proporción no menor a la verdad. En realidad, de proporción debiera ser la misma, ya que muchas veces, la verdad y la mentira son las dos caras de una misma moneda. En todo caso a lo que aquí voy es a la importancia que tiene una buena mentira en el debate político. Si todo el mundo dijera la verdad la política no existiría; claro que tampoco lo harían la diplomacia o la religión, por ejemplo. Pero eso da igual, lo interesante es que sin mentira no habría política.

Hay mentiras y mentiras, como hay guerras y guerras y armas y armas. Hay mentiras que son como ametralladoras, mentiras-torpedo y mentiras como baterías de grueso calibre, que se disparan desde detrás de las líneas enemigas y van a voleo, al tuntún, a hacer el mayor daño que puedan. Mentira de grueso calibre es que Abc y El Mundo salgan diciendo que sí, que hubo reuniones del Gobierno con ETA/Batasuna. La mentira venía de una publicada por Gara, que ya había publicado otra trola sobre unos supuestos "compromisos" incumplidos por el Gobierno. Innecesario decir que no había habido tales compromisos. Ahora el bulo son las reuniones. En poco tiempo, Gara va a publicar como noticia que el Gobierno de España está en manos del PSOE.

Claro que los desmentidos, a los mentirosos compulsivos parece como que los animan y acaban fabricando realidades ficticias, laberintos, interacciones complejas, mundos aparte en los que se recluyen, teniéndolos por verdaderos. Por más veces que las pruebas, las declaraciones, los momentos procesales han desmentido las fábulas de la "conspiración" del 11-M, ésta ha seguido prosperando, inmune a la comprobación empírica de los hechos porque se basa en un cuestionamiento básico de todo, incluso de los instrumentos de medición. Resulta evidente que la teoría de la conspiración no quiere que haya un proceso, sino un golpe de Estado, que no es lo mismo. En tanto se produce el último, sus teóricos seguirán insultando, agrediendo, acusando sin pruebas, en definitiva, provocando.

En ese bombardeo de posiciones con baterías de grueso calibre, éstas apuntan ahora que concluye la vista oral y comienzan las deliberaciones, a los tres magistrados que han de sentenciar y en especial al juez Gómez Bermúdez. Que Dios lo coja confesado.

martes, 19 de junio de 2007

Y punto.

El señor Juan Carlos Rodríguez, abogado de la acusación particular de la AVT, ha hecho un alegato final en el juicio del 11-M que quintaesencia la divertida "teoría de la conspiración". No ha faltado ni una de las memeces que los partidarios de este bulo han venido propalando en los últimos tres años: que si la furgoneta "kangoo", la mochila de Vallecas, los explosivos estos, otros o los de más allá y el aluvión de sospechas, insidias, trolas e infundios sobre la actuación de las fuerzas de seguridad y sobre el proceso en general.

Hasta la saciedad se ha señalado ya que el principal inconveniente con que tropiezan estos fabuladores frenéticos (medios de comunicación de la derecha, periodistas avispados, politicastros conservadores) es que, al tiempo que difunden todo tipo de rumores y dudas sin fundamento sobre las pruebas del proceso, no aportan ni una sobre su versión alternativa, alternativa a la que llaman "versión oficial". Es más, ni siquiera tienen una versión, sino una nebulosa de insinuaciones sobre si ETA pudo participar en algún momento no precisado, si algún servicio secreto que no se menciona pudo meter el cazo en otro momento tan poco precisado como el anterior y así hasta la saciedad.

No hay un relato lineal de lo que pudo pasar distinto del de la "versión oficial", ni lineal ni en zigzag. No hay nada más que el intento de embarullarlo todo, tomando pie en la generalizada tendencia a encontrar explicaciones oscuras y abracadabrantes de los acontecimientos en cuanto tienen algo de emoción o dramatismo. No veo grandes diferencias entre estas necedades y las fabulaciones truculentas sobre los "auténticos" autores del atentado a las Torres gemelas o las "verdaderas" causas de la muerte de Diana de Inglaterra. Falto, pues, de todo apoyo probatorio, el señor Rodríguez concluyó una parte de alegato con un contundente: "ETA estaba. Y punto." Genial.

Muchos creen que esta sedicente "teoría de la conspiración" es una obra de cuatro orates, de esos de los márgenes lunáticos de la sociedad avanzada, tipos que tan pronto fundan una secta de suicidios mutuos como le meten cuatro tiros en la barriga a John Lenon. Nada más incierto. Ese conjunto de estúpidas patrañas está perfectamente pensado, calibrado, urdido para tratar de impedir que haya proceso del 11-M y que, de haberlo, llegue a buen puerto. Para impedir que se sepa la verdad porque quienes lo han puesto en pie saben que dañará al PP, partido de Gobierno cuando sucedió el atentado. Los autores son unos inmorales, desde luego, pero unos inmorales movidos por una clara finalidad política y también económica ya que, con la proliferación del cuento, han ganado y siguen ganando mucho dinero.

La finalidad política, esto es, exculpar al Gobierno del PP de Aznar de toda responsabilidad mediata por el atentado (aunque sea obvio que éste es movido por la invasión del Irak) y hacerle el juego en su mentira sobre la autoría de ETA, está clarísima en la intervención del señor letrado Rodríguez, cuando dice que el Gobierno de Aznar fue un "firme baluarte de la lucha antiterrorista". Pues menos mal, porque si no llega a serlo, la fantasmagórica ETA habría volado el todo Madrid. Igualmente queda patente cuando afirma que, después de la decisión de los tres de las Azores de invadir y saquear un país, los españoles acudimos allí "en misión humanitaria". Está claro que, quienes ha planeado y llevado a cabo este nuevo ataque contra las instituciones democráticas españolas que llamamos "teoría de la conspiración" saben que lo de menos es si lo que se dice tiene algún indicio de verosimilitud o no. Son como los etarras: la idea es aprovechar todos los resquicios, los intersticios del Estado de derecho para ocuparlo con su discurso, para exponer sus tesis, en forma abreviada, clara rotunda. ¿Que no son verdad? ¡Si lo sabran ellos, que las han inventado! Pero lo importante es que se expresen, que a la gente no le quede más remedio que oírlas. Algo se conseguirá. Exactamente las técnicas de propaganda de ETA.

Pero, a diferencia de lo que sucede con ETA, en este caso de los "conspiradores", como carecen de capacidad para atentar, sus patrañas no son solamente inmorales sino estúpidas e inútiles. Y punto.