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domingo, 22 de mayo de 2016

El romanticismo en conserva

El otro día llevé a mis hijos al Museo del Romanticismo, en la muy madrileña calle de San Mateo. No lo había visitado desde que lo reabrieron hace algunos años tras tenerlo cerrado durante algunos más para reformas. Vaya por delante que ha quedado estupendo, con su fachada neoclásica reluciente y un muy arreglado jardín interior puesto al gusto romántico y en el que no pudimos sentarnos porque estaba de bote en bote.

No solo ha quedado muy bien por fuera; también por dentro. Este antiguo palacio de Matallana, de mediados del XVIII, tenía experiencia acumulada en cosas de arte, cultura y exposiciones porque fue la primera sede de una Comisaría Regia (o algo así) de Turismo que autorizó Alfonso XIII por empeño del Marqués de la Vega Inclán, que fue su director y principal impulsor del turismo español. Mi desprecio por la aristocracia cortesana no me ciega al extremo de no ver que De la Vega Inclán hizo un gran trabajo en pro del turismo y del patrimonio artístico y cultural. Gracias a él fue posible la casa del Greco en Toledo, arregló la Alhambra y, en 1924 fundó el Museo Romántico (como se llamó entonces y hasta hace poco) en el mismo lugar que ocupa hoy y, además, donó numerosas piezas de su colección. Un buen y competente administrador. Seguramente por eso lo echaron cuando en 1928 se creó el Patronato Nacional de Turismo.

El museo está magníficamente montado con un doble criterio que hace la visita muy grata y llena de sorpresas. De un lado es un palacio de mediados del XIX, conservado como vivienda con todo lujo de detalle y es mucho porque mucho era el lujo en que nadaba la clase alta. Nada que ver con el país del que vivía, en el que casi el 90% de la población era analfabeta, la gente pasaba hambre, las guerras carlistas mantenían viva la llama del odio cainita y lo que quedaba en pie se lo llevaba el bandolerismo. Los salones suceden a los salones, salas, habitaciones de los más diversos usos. A todas puede asomarse el visitante: comedor, despacho, dormitorios, sala de billar, habitación de los niños, etc. Sobre esta organización, la administración ha dividido la infinidad de piezas que se muestran (pintura, grabados, cerámicas, mobiliario, armas, mapas, juguetes, alfombras, tapices, etc) en bloques temáticos: la época, la vida social, el universo masculino, el femenino, la infancia y la familia, el artista y el genio, amor y muerte, constumbrismo, orientalismo y paisaje y la religión. El resultado de la mezcla es felicísimo, convierte la visita en un paseo didáctico sumamente instructivo y muy bien presentado, con criterio científico.

Se agradece ese espíritu, aunque arramble con alguna telaraña del pasado. El día, anterior, hablando de Mariano José de Larra, dije a mis hijos que los llevaría a ver la pistola con que este se suicidó, que estaba en el Museo Romántico. Así desperté su interés. Pero resulta que el nuevo espíritu del Museo ya no admite rumores ni imprecisiones. En una vitrina se muestran, sí, dos pistolas de duelo, pero nada se dice de que una de ellas fuera con la que se suicidara Larra al más puro estilo romántico a causa de su amor por Dolores Armijo. Hechas las correspondientes pesquisas, un funcionario nos informó de que, en efecto, las dos pistolas eran donación de la familia de Larra, pero no hay constancia fechaciente de que con una de ellas pusiera fin a sus día el bueno de Fígaro, de quien, por cierto, era gran admirador mi bisabuelo, Emilio Cotarelo, quien editó unos artículos inéditos de Larra bajo el título de Postfígaro.La ciencia, de la que Palinuro es firme defensor, ilumina el presente, aunque hace polvo las ilusiones en que se refugia el pasado.


Esto de la lucha de la ciencia contra las brumas de la superstición y las cómodas leyendas del pasado, aparece aquí de refilón de nuevo.  En otro lugar del museo se exhiben dos litografías de José Ribelles que representan al gran actor del primeros del XIX, Isidoro Maíquez, sobre quién ese mismo Emilio Cotarelo escribió una excelente biografía que se ha reeditado hace unos años, así como otra de la espléndida y malograda actriz Maria Ladvenant. Una de las litografías muestra a Maíquez en el papel de Otelo y la otra en el de Óscar de la obra de un francés, traducida por Nicasio Gallego, Óscar, hijo de Osián. La manía del "osianismo" había llegado a España. Hoy nadie se acuerda de él y, sin embargo, está en la base de mucha imaginación popular-nacionalista del XIX y, desde luego, impregna buena parte del espíritu romántico. Goethe, que había traducido los poemas de Macpherson, tragándose íntegra la leyenda medio folklore medio impostura, tiene a Werther leyendo todo el rato el Fingal.

La pintura no es gran cosa, pero están representados todos los pintores románticos, Gutiérrez de la Vega, Esquivel, Casado del Alisal, Federico Madrazo y Kuntz y, por supuesto, los "goyescos" Eugenio Lucas Velázquez y Vicente López. Probablemente el 90% de los cuadros sean retratos: de Isabel II varios, uno de Fernando VII y mucha nobleza y clase burguesa. Un retrato de San Gregorio, de Goya y algunos paisajes urbanos de Jenaro Pérez Villaamil que siempre me ha gustado bastante. Varios lienzos y dibujos de un artista muy seguido en la época, Leonardo Alenza, con una veta caricaturesca aguzadísima. Su obra seria apenas se mira, pero su sátiras antirrománticas se reproducen con frecuencia, casi como obra anónima, cuando no lo es. Dos fotografías de mediados de siglo de Isabel II y su marido, Francisco de Asís, obra del fotógrafo de la corte isabelina, el francés Jean Laurent, son muy curiosas de ver.

Lo extranjero pide capítulo aparte. Una proporción altísima del exquisito mobiliario (casi todo él estilo Imperio) es de fabricación catalana o de otros países europeos. Los instrumentos musicales, pianos, arpas, etc, ni que decir tiene, también extranjeros. Este páramo de habilidad y creatividad que es España ya lo era en el XIX. Solo lo más rústico es español. Y lo extranjero compite con lo propio hasta lo más castizo: los abanicos franceses nada tienen que envidiar a los españoles. 

Merece la pena pasar un par de horas en esta casa-museo. Se siente uno de otra época.

domingo, 6 de marzo de 2011

Tener redaños.

En realidad yo quería hablar de cine, pero la foto de marras... En fin que aproveché un hueco y me acerqué a ver Valor de ley, de los hermanos Coen. Y, como esto es España, el cartel tiene un título (Valor de ley), un subtítulo (True Grit), que es el título en inglés y un supratítulo en el más recio estilo de la moral amenazante del siglo de oro: El castigo siempre llega. Ya solo esta insólita afirmación invita a no entrar; pero como se trata de los hermanos Coen y no hay progre que se prive de unos buenos Coen, allí nos fuimos.

Los hermanos están fabulosos, hay mucho tiro, mucho degüello, ojos comidos por los buitres, cadáveres rellenos de serpientes de cascabel y caballos reventados en medio de una noche salvaje. Los intérpretes, extraordinarios. La niña, Hailee Steinfeld, genial y Jeff Bridges hace un Reuben Rooster Cogburn fantástico que echa fuego con ese solo ojo ciclópeo. Matt Damon sale bien parado del papel de LaBoeuf que es muy difícil por lo relamido y marginal. Porque el busilis del asunto no es la persecución del asesino por los agentes de la ley sino el duelo que se entabla entre Mattie Ross y Rooster Cogburn, quedando la pregunta en el aire: ¿quién tiene True Grit?

De todas formas ya pueden decir los Coen lo que quieran de que su True Grit no es una remake de la de Henry Hathaway con John Wayne, en 1969. Es inevitable, es una remake. Eso no quiere decir que haya de ser peor que la otra. Habrá mucha gente que la considere superior y tendrá buenas razones. A los waynófilos no van a convencernos. No era necesario que se esforzaran tanto en marcar las diferencias, alterar el comienzo y el final. Tampoco que Bridges se cambiara el parche de ojo. Las coincidencias, lo jugoso, está en el centro, en los grit y ahí la diferencia también es notable en el estilo narrativo. Hathaway era de la vieja escuela del Western en la que la gente se moría cerrando los ojos y no saliéndosele las tripas por la boca.

Todo eso da igual porque la gran diferencia la marca John Wayne, el Duke, como siempre. Fue, creo, su última peli y su testamento, seguramente por eso, porque se iba, le dieron su único Óscar. Había algo de nostálgico en aquel pistolero siempre al servicio del bien (El hombre que mató a Liberty Valance es una clase teórica en imágenes sobre el origen del Estado de derecho), que no encontró ningún "americano" con True Grit. Ni siquiera su hijo, que no pasó de secundario y a su órdenes. Ese matasiete al final cede la antorcha a una chiquilla de catorce años en la que parece encarnar el espíritu de las Hijas de la revolución americana, que es una organización muy curiosa sobre la que hablaremos algún día.

Resumiendo, si me apuran, la diferencia es palpable en la escena del enfrentamiento en un calvero: a un lado, Cogburn a caballo, al otro, cuatro forajidos; el breve diálogo a gritos y la carga mutua en el mejor estilo de un duelo medieval visto con los ojos de Un yankee de Connecticut en la corte del Rey Arturo. Pero lo mejor es verlo y oírlo.



The Duke.


domingo, 28 de septiembre de 2008

Uno de los grandes.

Posiblemente haya hoy media docena de actores tan buenos como Paul Newman, sino mejores. Pero Newman es de los que tiene uno asociados con la adolescencia y son indiscutibles porque forman parte de la propia biografía, están unidos a momentos en que la vida comenzaba a desplegarse y traen recuerdos que encienden de nuevo el ánimo con el fuego del dulce pájaro de la juventud. Qué se le va a hacer. Precisamente no vi mucho cine reciente de Newman porque no me gustaba verlo envejecer. Lo tengo fijado en esa edad de plenitud que va entre El largo y cálido verano (que cuenta una historia fascinante con densidad faulkneriana) y El golpe, que es como se llamó aquí The Sting, la segunda vez que Newman compartía actuación con Robert Redford, después de aquel peliculón que fue Butch Cassidy and the Sundance Kid, también traducida aquí como Dos hombres y un destino, hay que fastidiarse. Entre estas dos creo haber visto todas las demás, lo he visto como Billy el Niño, piloto de carreras, marido con problemas, militar judío, jugador ventajista, etc. Y siempre guardaré el recuerdo de ese tipo frío pero cercano que irradiaba un magnetismo inexplicable que no dejaba indiferente a nadie.

(La imagen es una foto de Mister Scratch, bajo licencia de Creative Commons).

sábado, 7 de junio de 2008

Un hombre elegante.

Como llevo toda la semana en Burgos, liado con los exámenes de la UNED, que son un curro y el escaso tiempo libre lo he dedicado a seguir de cerca la no-crisis económica, ésta que no existe, no pude dedicar ni medio comentario a la muerte de Mel Ferrer, acaecida hace un par de días. Pero no quiero dejar pasar la ocasión de postear sobre uno de los actores que más me gustaron en mi adolescencia, aunque no fuera uno de aquellos galanes aplastamundos triunfadores a quienes nada se resistía. Ferrer nunca alcanzó un estrellato comparable a Clark Gable, Gary Cooper, Burt Lancaster, John Wayne, etc. Creo que era demasiado refinado, sutil, matizado, para ello. Además era hombre de matices, cosa peligrosísima porque, al no estar cortado de una sola pieza, te puede caer algún papel de malo y, sobre todo, si lo haces bien, eso te puede costar la carrera. Que yo creo que es lo que le pasó con su papel de Noel, Marqués de Maynes (el señor de la Côte d'Azyr en la novela de Rafael Sabatini), refinado, malvado, peligroso espadachín al que ha de hacer frente el buenísimo André Moreau (Stewart Granger), alias Scaramouche, una peli con los más fabulosos duelos a espada que he visto en mi vida y que riánse Vds. de los de Errol Flynn o los del "temible burlón". La verdad es que, aunque la peli estaba tan cargada como unos dados de tramposo a favor de Moreau, siempre me cayó mejor De Maynes y eso gracias a Mel Ferrer.

Me ocurría lo mismo con la adaptación que hizo King Vidor de Guerra y Paz. Aunque el director y los productores, De Laurentiis y Ponti, estaban empeñados en ensalzar la figura del afrancesado Pierre Bezujov (Henry Fonda) en detrimento de la del príncipe Andrei Bolkonski (Mel Ferrer), contradiciendo con ello el espíritu de Tolstoy, Bolkonski salía ganando siempre a mis ojos.

Lo vi en algunos otros films de los que guardo recuerdos dorados porque me impresionaron mucho. El primero, era yo casi un niño, Los caballeros del Rey Arturo, aunque he de confesar que por entonces andaba más entusiasmado con Robert Taylor, que hacia de Lanzarote y, claro, la bellísima Ava Gardner, de Ginebra. Vista de nuevo muchos años después, hay que reconocer que Mel Ferrer sale muy airoso del desagradecido papel de Rey Arturo que le encasquetaron en la ocasión. Ferrer volvio a compartir papel (aunque como figura más de segundo plano, el destino de este actor) con Ava Gardner en la versión que hizo Henry King de la novela de Ernest Hemingway, Fiesta, que es como se llamó en español The Sun also Rises y que es una de las que más me gustan, no de Hemingway sino de todo el mundo y que tardé mucho en ver. Los protagonistas son Tyrone Power y Ava Gardner y a Ferrer le dieron el papel también secundario del judío Robert Cohn, complejo, difícil carácter con el que todos se meten. Pero Ferrer lo bordó.

Para mi gusto, donde Ferrer se superó fue en el papel del titiritero cojo de Lilí, con Leslie Caron, pues era el punto central y el verdadero protagonista de aquella historia poética, sentimental y tierna que le gustaba a todo el mundo, incluidos los chavales. Vamos, que miro hacia atrás y todavía lo veo de tipo gruñón y enamorado, con aquel gesto adusto y unos ojos que lo traicionaban continuamente. En efecto, un prodigio de actor en la gama de matices. Descanse en paz.

(La imagen, con Audrey Hepburn, entonces esposa de Mel Ferrer, con éste, Frank Sinatra y el príncipe Romanov en Las Vegas en 1956, el año de Guerra y paz, es una foto de Danperry, bajo licencia de Creative Commons).

jueves, 22 de noviembre de 2007

Murió Balarrasa.

Nos acompañó en los años oscuros del franquismo. Con su aspecto desgarbado, el pelirrojo narigudo que parecía hablar con el gaznate era un símbolo de nobleza, discreción, saber hacer e integridad. Destacaba con luz propia en el territorio del espectáculo en aquel tiempo de ordinariez, mal gusto y ramplonería generales. En él intuíamos la entereza de un espíritu que, sin alharacas, no se doblega; una forma, a su manera, de lo que mucho después se llamaría "el exilio interior". Y tan interior: había conservado la nacionalidad argentina y no se nacionalizó español, creo, hasta los años ochenta.

Siempre estuvo rodeado del respeto, el cariño y la admiración de quienes lo trataron. No lo conocí de niño, pero el matrimonio Fernán-Gómez/María Dolores Pradera vivía en la misma calle que mi abuela materna, un par de números más abajo y mi primo, que también vivía allí, jugaba con los dos hijos del matrimonio, de los que siempre habló muy bien. Igual que de sus padres. Como lo hacía todo el mundo.

No estoy inventándome nada. La fotografía que reproduzco la he encontrado en la página web del gran poeta José García Nieto quien en el año de 1950 organizó un almuerzo en el Café Gijón en homenaje a Fernando Fernán-Gómez al que se sumaron todas las letras españolas del momento: Jacinto Benavente, Wenceslao Fernández Flórez, Gerardo Diego, Melchor Fernández Almagro, Mario Pena, Adriano del Valle, Enrique Jardiel Poncela, José López Rubio, César Gonzalez Ruano, Eduardo Llosent, Conrado Blanco, Camilo José Cela, Víctor Ruiz Iriarte, Pedro de Lorenzo, Antonio Buero Vallejo, Mariano Rodriguez de Rivas, Mercedes Fórmica, José Suárez Carreño y José García Nieto. Impresionante. En la foto creo reconocer a algunos de ellos y, en todo caso, es un documento histórico.

Propulsado por este reconocimiento espontáneo y fervoroso que siempre le tributó el público -incluso los niños de entonces, que siempre son los críticos más temibles; hay que ver qué gancho tenía para los niños-, así como sus pares y la sociedad civil y no, por supuesto el oficialismo del régimen, Fernán Gómez ha tenido el privilegio de hacer una larga, brillante y fructífera carrera en la que se han acumulado películas (como actor y director), novelas, alguna poesía, mucho teatro y bastante televisión. Una vida plena, voto a tal. Y se mantuvo como referente vivo en la cultura española hasta el día de hoy, agigantándose con el tiempo y resistiéndose con gran exito a ser convertido en un icono de universal veneración pero irrelevante. A sus ochenta años, Fernán-Gómez seguía siendo Fernán-Gómez, capaz de interpretaciones como la de La lengua de las mariposas.

Uno se había acostumbrado a verlo aparecer así, como un mito, un hombre orquesta y una opinión de peso y autorizada. Pero, para mí, Fernando Fernán-Gómez será siempre el curita Javier Mendoza, de Balarrasa, una magnífica peli de 1951 de José Antonio Nieves Conde, con guión de Vicente Escrivá, en la que también trabajó todo lo que sería el estrellato español de cine y teatro de los años cincuenta, Prendes, Bódalo, Fajardo, Caba Alba, etc. Una historia que era como un colofón a la guerra civil y que retrataba la España de entonces con un grado de precisión, lirismo y competencia cinematográfica como he visto poco por ahí. Imposible olvidar ese carácter de truhán calavera que se encuentra cara a cara con la muerte en la guerra civil, lo que le hace sentir el llamado de Dios, cambia radicalmente, simpre movido por intensas pasiones, profesa cura... y se mete en un follón que recordará en un larguísimo flah back muchos años después en los hielos de Alaska.

Adiós, Balarrasa.

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