Mostrando entradas con la etiqueta Amor.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Amor.. Mostrar todas las entradas

viernes, 8 de abril de 2011

Los curas y el sexo.

La obsesión de los curas con el sexo sólo es comparable a la que tienen con el dinero, dos cosas que les están prohibidas. Ya se sabe que prohibir es incitar a hacer, decir o pensar lo prohibido, como se sigue de universal y permanente experiencia. La religión judeo-cristiana que aquellos profesan comienza no con el pecado por haber roto una prohibición divina, sino con la misma prohibición. Dios permite todo a la pareja original excepto comer fruto del árbol del bien y del mal. El caso era prohibir algo. Podría haber sido mirar el vuelo de una golondrina o meter el pie en un charco. Pero le tocó al árbol, en concreto al manzano. Hubiera podido ser el peral, la higuera o el naranjo. Pero fue el manzano y ahí se acuñó la interpretación metafórica de los seres humanos, su naturaleza y su destino por los siglos de los siglos.

La mujer no puede contener su insana curiosidad, víctima de su escaso juicio y trae la perdición sobre la especie que, sin embargo, engendra. Así queda fijado el estereotipo femenino que se repite con diferencias en otros lugares y culturas. Pandora por Eva. Hasta la manzana tiene variaciones. Las del paraíso y la que arroja la irritada Eris, también mujer al fin y al cabo, sobre la mesa de los dioses para que se arme Troya. De aquí sale la animadversión de la Iglesia hacia las mujeres. Pero no suele preguntarse cómo se fija el estereotipo masculino porque Adán, ¿qué es? Un pobre diablo que corre a su perdición por no poder resistirse a los encantos de la mujer.

Al llenar el sexo de prohibiciones la Iglesia sigue la tradición. A España ha venido un cardenal italiano a decir que el sexo fuera del matrimonio es un desorden y que el uso del preservativo no es santo. Respecto al sexo extramatrimonial, ignoro si los católicos son más alegres que los no católicos pero sí sé, porque es obvio, que en lo del preservativo (y prácticas contraceptivas en general) prestan tanta atención a las prohibiciones de la jerarquía como los ateos o los apóstatas. Basta con ver la tasa de natalidad en España.

De todos modos, estas prohibiciones, tan fundamentadas como la de la carne de cerdo entre judíos y musulmanes, afectan sólo a los católicos y ellos sabrán lo que hacen. Es una cuestión de creencias privadas. ¿O no se quiere que sean privadas sino públicas, o sea, válidas para todos los matrimonios? Aun así tampoco sería grave mientras se limite a ser un deseo. Lo malo es cuando se quiere imponer a la fuerza, a lo que la Iglesia es muy aficionada. Porque los adultos son tan libres de hacer un contrato como de romperlo, guste o no a la jerarquía, y la justicia sólo intervendrá cuando de la ruptura se derive un perjuicio injusto para alguien.

Este intento de la Iglesia de imponer sus criterios a toda la sociedad civil está siempre presente. El cardenal en cuestión sostiene que la familia es la unión del hombre y la mujer. Las otras uniones, dice Monseñor (o quizá se le haya escapado), son privadas. Es decir unas son públicas y, por lo tanto, más, y otras son privadas y, por lo tanto, menos, son las uniones de hecho de Rajoy. No se trata de demostrar que una forma sea superior a otras sino que éstas son inferiores porque así lo dice la ley. Pero las leyes se cambian porque se han hecho para los hombres y no al revés y su función es ampliar los derechos, ser inclusivas, tratar por igual a quienes son esencialmente iguales, con independencia de sus opciones sexuales.

Pero es que esto del sexo es en verdad obsesión en el clero precisamente porque lo tienen prohibido, con lo cual no dejan de hablar de él, de pensar en él. Esa tan frecuente como extendida, silenciada, consentida y hasta justificada práctica de la pederastia, ¿no proviene de la prohibición de la sexualidad? Si la prohibición se levantara es de suponer que descendería la proporción de paidofilia en la Iglesia.

Y tiene mucha gracia con qué seguridad hablan los curas de aquello que desconocen. Les viene de oficio porque ¿acaso saben más de Dios que de las relaciones sexuales? Lo hacen con verdadero virtuosismo. Los sermones son las piezas más importantes de la liturgia cristiana pues son el ámbito de la publicidad y la propaganda. Ahora bien, el conocimiento de que presumen los clérigos para hablar del sexo, como de Dios, no puede estar basado en la experiencia directa y es, por lo tanto, un conocimiento libresco, formalmente perfecto. Dice el mentado Cardenal con sofistería propia de la cátedra de San Pedro que cuando la sexualidad se integra en el amor verdadero se tiene el gozo completo. Es posible, pero ese amor depende tanto del matrimonio como de la crecida del Nilo. Verdad es: los curas presuponen que el amor verdadero sólo cabe en el matrimonio y en su matrimonio. Pero esa es una tontería demasiado vulgar para tenerla en cuenta.

lunes, 31 de enero de 2011

Las mujeres y sus asesinos.

En lo que va de año han muerto seis mujeres en España asesinadas por sus parejas o exparejas. Habrá pocos problemas sociales de los que más se hable, a los que más atención se preste tanto en las instituciones como en los medios, a los que se dedique mayor cantidad de recursos, que provoquen más repulsa social y sobre los que se hagan más campañas de eso que se llama "concienciación". Y aun así, seis mujeres asesinadas en un mes son triste testimonio de que esta peste no cede.

No cede porque anida en lo más profundo de las culturas humanas, todas ellas patriarcales. No es un problema español, ni europeo, ni cristiano. La violencia de género en la China es una verdadera lacra y en los países musulmanes no solamente no es delito sino que es virtud. Esa violencia se encuentra en la base misma de la civilización y erradicarla va a costar mucho. Hasta hace poco también en Occidente se la glorificaba como prueba el vicioso concepto del "crimen pasional" que contaba con todo tipo de atenuantes y hasta gozaba de simpatía social... siempre que el crimen lo cometiera el hombre; si era la mujer la cosa tomaba otro cariz. En el hombre imperaba ese noble sentimiento que todo lo explica y justifica, el amor, que lo lleva a matar lo que ama, según reza el famoso verso de Oscar Wilde en la Balada de la cárcel de Reading.

La matanza tiene caracteres globales (¿hace falta recordar los feminicidios de Centroamérica, los asesinatos de Ciudad Juárez, los crímenes del Congo?) y por tanto resulta ridículo plantearla en términos de opciones confesionales, locales, de secta o partido. Decir, como dicen los obispos españoles, que la violencia de género es más frecuente en las parejas de hecho que en los matrimonios canónicos es ser verdaderamente sectario. La violencia es de género y se da por igual en todos los matrimonios, religiones, clases, razas o cualquier otra determinación que no sea la esencial aquí: el sexo.

El proceso de emancipación de las mujeres es, lógicamente, imparable. Es verdad que discurre con mucha lentitud porque se enfrenta a intereses adquiridos, convicciones muy profundas, complejos de todo tipo, normas morales, tradiciones, leyes, costumbres, sistemas filosóficos y hasta estructuras lingüísticas; pero discurre, avanza. Y, al avanzar, socava la posición dominante de los varones, sus privilegios, sus derechos innatos a ser los amos de aquellas a quienes dicen amar. El género en conjunto siente la amenaza y el individuo en concreto cree que se realiza en sus carnes cuando (como ha sido el caso en uno de los dos últimos asesinatos) el objeto de su amor, o sea su esclava, le dice que quiere divorciarse. Se vuelve tan loco que, en muchos casos, además de asesinar a su pareja, trata de suicidarse.

Es que eso del amor justificalotodo es un cuento. Porque los hombres no solo matan a las mujeres una a una en ejercicio de su peculiar sentido del amor, también las asesinan por decenas en ejercicio de su peculiar sentido del negocio, por ejemplo en México. No es la relación; es la conciencia que los hombres tienen de las mujeres como instrumentos para la realización de sus superiores fines. Cambiar esa conciencia va a costar más que convencer a la humanidad de que la tierra gira en torno al sol. Y, por supuesto, en primera línea de quienes se opusieron entonces a la teoría heliocéntrica están los mismos que ahora van en contra de ese cambio de conciencia: los curas.

Así que, resumiendo, menos bromas con el feminismo que es una concepción justificadísima que todos debiéramos compartir. Cada vez que escucho expresiones como femininazismo u oigo advertencias sobre las denuncias falsas como venganza femenina o quejas por los privilegios de las mujeres a través de las cuotas o escandalizadas críticas de ruptura del principio de igualdad ante la ley a propósito de la discriminación positiva, pienso que el machismo no es un punto en el espacio sino una actitud continua con gradaciones que empieza cuestionando la legitimidad del feminismo y termina asesinando a las mujeres.

(La imagen es una foto de United Nations, bajo licencia de Creative Commons).

martes, 13 de octubre de 2009

Mapa del jardín que se bifurca.

Curiosa, entretenida, magnífica peli la de Isabel Coixet. Un juego sinestésico delicioso. Un torrente de imágenes más o menos espectaculares pero todas muy bien escogidas y de alta calidad, ajustadas a una gama y variedad sorprendente de sonidos para que durante todo el rodaje no se pierda conciencia del título. Una película que tiene una especie de héroe colectivo, amorfo, imponente: la ciudad de Tokio, descaradamente captada por una cineasta de gran sensibilidad en sus momentos reveladores: restaurantes, calles concurridas, lonja del pescado, líneas de metro atronador, silencio de los cementerios, intimidades de viviendas privadas, consejos de administración de poderosas empresas, tiendas a pie de calle, meublés à la dernière. No hay descanso y la ciudad va contando su leyenda, un poco al estilo de aquella épica urbana que trazó a principios de siglo John Dos Passos y referida a otra gran urbe que nada tiene que envidiar a Tokio: Nueva York, Manhattan Transfer.

Hasta aquí la parte puramente cinematográfica, la belleza y la plasticidad de unas imágenes que son eso, una lírica visual de la gran ciudad palpitante. Además, la peli tiene una historia de cuyo guión es también autora Coixet. Incluso está editado como libro que es muy coveniente leer (Isabel Coixet, Mapa de los sonidos de Tokio, Barcelona, Tusquets, 2009, 116 págs.) antes o después de ver la peli porque ilustra mucho y perfila bastantes detalles. El argumento es asimismo un hallazgo: la historia de una trabajadora de la lonja del pescado en una sección de despiece de lo que parecen atunes, que lleva una doble vida: trabajadora del pescado por la noche y asesina a sueldo por los días. Tueuse aux gages que se dice en Francia, cuya cultura está muy presente en la peli, especialmente a través de muy célebres canciones. El punto de partida es un artificio literario que sirve para situar al narrador en cierto modo fuera de la trama o con un metalenguaje: la chica, Ryu, (Rinko Kikuchi), atractiva y misteriosa, traba amistad con un viejo ingeniero de sonido que acaba siendo (aunque sólo lo descubrirá después) su único amigo. Este ingeniero, enamorado de ella, un pagafantas, es el narrador de la historia que aparece contada en pasado a través de su recuerdo en la reconstrucción de los sonidos de la vida de Ryu ya que, según se colige, ésta lleva un micrófono (imagino que inadvertidamente) con el que el ingeniero capta todos los momentos de su vida cuando no está con él, pues vive con la obsesión de comprender el misterio de Ryu. Y gracias a eso, a que ha grabado incluso las conversaciones telefónicas de ella, es capaz luego de reconstruir la historia y dotarla de sentido, aunque ya será tarde. Esa voz en off del pagafantas tiene mucha más importancia en la peli que en el libro ya que en éste son más fáciles de justificar las escenas en que no interviene la propia Ryu y de las que es imposible que el ingeniero tenga conocimiento. Se trata de la única inconsecuencia narrativa de la historia.

El guión, la historia en concreto, da un giro decisivo en el momento en que Ryu recibe el encargo de matar a un pequeño tendero de nombre David, un catalán afincado en Tokio, que rige una tienda de vinos y a quien el desesperado padre que acaba de perder una hija suicidada hace responsable de la desgracia. Recibido el encargo, Ryu pone en marcha lo que para ella es una rutina mil veces practicada. Sin embargo, en este caso, el asunto se tuerce porque aparece el amor, que todo lo desbarata y la historia tiene un final inesperado.

¿O quizá no tan inesperado? Es el caso que, al introducir la variante citada, Coixet ha elegido deliberadamente contar una historia en lugar de otra. La que pudo haber contado era la de que la rutina se cumplía, Ryu asesinaba a David lo que obligaría a hacer otra invención que sería lo natural y lo que, confieso, más me hubiera gustado. La historia que ha relatado, sin embargo, es una de amor que, al final es la que se apodera de su película; una historia que camina sobre dos pies: las andanzas del extranjero español en Tokyo, el choque cultural, la adaptación, las idiosincrasias etc y el enamoramiento de Ryu de alguien que sólo busca sustituir a la novia que perdió, con abundantes, prolijas y no muy interesantes escenas de sexo.

Tengo la impresión de que, al escoger la segunda opción, la convencional de la historia de amor, Coixet ha fastidiado la película y que la sorpresa de su final, cuando llega, ya no es ni sorpresa. Una vez enamorada, Ryu deja de ser un misterio salvo para el pagafantas que escucha sus conversaciones con David y cómo folla con éste. Pero ese misterio ya sólo es el de porqué la mujer a la que quieres no te quiere pero quiere a otro.

Pero no hay que hilar demasiado fino y si uno no pretende que le cuenten la historia que uno querría encontrar sino la que realmente hay, la película y el libro, dicho sea de paso, ilustrado con buenas fotos del film, están muy bien. Como dice el ingeniero, la historia de uno que ama y otra que no sabe que es amada o, como se dice, siempre en el ámbito cultural francés "l'un qui s'enmerde et l'autre qui souffre".

A todo esto hay una dimensión intercultural que no sé hasta qué punto es buscada por la directora cuya gran categoría invita a pensar que lo es: David (Sergi López) es el único que no se entera de nada: su primera novia muere porque él no supo impedirlo y ni huele el sentido de su relación con Ryu. No estoy seguro de si esta espesura sentimental e intelectual se deriva del hecho de que David sea extranjero o de que sea un hombre. Me inclino por las dos.

martes, 3 de marzo de 2009

Expiación.

Fui el otro día a ver esta preciosa película (El lector) de Stephen Daldry a la que he quedado enganchado. Una delicada obra de arte en la que se cuenta una historia de amor que prende repentinamente entre dos seres humanos que, a causa de su diferencia de edad, han vivido, están viviendo y vivirán después tiempos muy distintos, lo que marcará sus vidas definitivamente por las muy diferentes formas que tienen de encarar su pasado.

El caso es que estaba reflexionando sobre la peli y cómo abordaría su comentario cuando recibí uno de mi amigo Pablo Iglesias Turrión quien, habiendo ido a ver el mismo film, estaba debatiéndolo con un profesor amigo suyo y me enviaba el enlace a su blog El gesto de Antígona en el que hay una entrada cuyo título lo dice todo: El Lector y el Holocausto. Un diálogo con mi amigo Norman Radcliffe en el que puede verse cómo ambos debatientes discrepan acerca del transfondo de la historia, pero no de la historia misma que se cuenta en la película ni del juicio estético o moral que les merezca o, cuando menos, yo no lo he visto. Por eso, tras responder a Pablo que Palinuro hablaría de la peli y de su comentario enlazando a su blog, decidí seguir adelante con el mío y referirme al final a su muy interesante debate.

A mi modesto entender El lector cuenta una historia de amor profundísima entre dos seres humanos ordinarios, casi vulgares, desde esa perspectiva que a veces toma el arte y que tanto se parece curiosamente a la del derecho penal: la perspectiva estrictamente individual: se habla de estos seres humanos concretos en este tiempo concreto, de personas físicas hic et nunc y no de principios, símbolos, emblemas, ideologías o personas morales. Y en ese contexto histórico-biográfico determinado la historia es muy sencilla: la del primer amor entre un adolescente, Michael, y una bella joven cobradora de tranvía en Berlín, Hanna, como quince años mayor que él, de cuyo pasado nada sabemos, mientras que sí se nos ilustra sobre la clase social y circunstancias del joven en el Berlín de los primeros años cincuenta.

La peli me parece estupenda, aunque tiene algún momento poco logrado en la ambientación de los años sesenta (que también recorre), pero eso importa poco. Sólo las breves escenas en que Michael y Hanna salen de excursión por el campo (obviamente, antes de la construcción del muro) son tan deliciosas y típicamente alemanas en el espíritu de los Wandervögel que uno perdona algunos errores livianos. La fotografía está muy bien, la interpretación de Kate Winslet es extraordinaria y el núcleo del guión, lo que el guionista ha hecho de modo magistral, esto es, narrar dos historias en tiempos distintos en una unidad de acción sólo puedo calificarlo de maravilloso. Me quedé prendado.

El lector es, entre otras cosas, probablemente, una metáfora sobre la grandeza de los sentimientos de la gente sencilla, pequeña, la gente indefensa frente a las grandes maquinarias ideológicas, conceptuales, que definen el tiempo en el que viven y que, como monstruosos Molochs verbales las destruyen sin que tengan posibilidad alguna de defenderse; es más, sin que lleguen a entenderlas. ¿Cree alguien que la condición de Hanna (que no especifico aquí por no reventar la peli a quien no la haya visto) es inocente a la hora de enjuiciar qué posibilidades reales tuvo ella, Hanna Schmiz, de sobrevivir con una u otra dignidad a su tiempo? ¿No es obvio que la definición de todos los seres humanos como "seres en el tiempo" sólo puede ser excogitación de algún gran filósofo que, por añadidura, era nazi? ¿No hay una distancia abismal entre las posibilidades de Hanna y las de Hitler frente a su tiempo, que fue el mismo? ¿No es obvio, patente, palmario que si Hitler hubiera muerto prematuramente la vida de Hanna hubiera sido radicalmente distinta mientras que si Hanna hubiera muerto prematuramente la de Hitler hubiera sido la misma? ¿No es cierto que la relación hombre-tiempo es muy distinta según de qué hombres estemos hablando?

En cuanto a la culpabilidad, cuestión central en la película, desde luego, hay dos. Pero la esencial, la que constituye el meollo moral de la historia e invita a una atribulada reflexión no es la responsabilidad por el Holocausto (sin ser ello cosa baladí, desde luego) sino la que se deriva del hecho de que Michael, que sabe la causa verdadera por la que Hanna Schmiz admite haber redactado el informe incriminatorio, calla y permite que sea injustamente condenada. ¿Venganza por su primer amor frustrado? ¿Complicidad con la llamada justicia del vencedor? ¿Confabulación con la hipocresía que tan gallardamente denuncia su compañero de seminario? ¿Castigo suplementario de Hanna por haber tenido el pasado que tuvo? ¿Respeto a la decisión de ésta, libremente tomada en un sentido, en fín, heideggeriano? ¿Consumación de su amor mediante renuncia al ser amado? Que cada cual decida en un complejo problema moral que afronta un individuo concreto. Pero que no se olvide que siempre, siempre, que hay un problema moral, al final, decide un individuo; no una idea, un partido, una doctrina o un valor. Un individuo.

Para mí, Michael comete una acción repugnante, es culpable de una verdadera injusticia pues, estando a su alcance evitarla, no lo hace y permite que se condene a una inocente. Porque, haya hecho lo que haya hecho, Hanna es inocente en ese punto concreto y el primero que tendría que señalarlo es el futuro jurista Michael. Si hay una definición de injusticia que todos los seres humanos admitimos sin sombra de duda es la de que se castigue a un inocente sabiendo que lo es. Por eso creo no exagerar si interpreto que todo lo que sucede después en la vida de Michael, su fracaso matrimonial, su distanciamiento de su hija, su soledad e inadaptación es el resultado de su arrepentimiento por aquel hecho indigno que lo lleva a expiarlo como lo hace, pero no le impide coronar la historia con el fracaso definitivo que acaba como acaba.

Para mí estos son el mérito y la originalidad de la película. Vuelvo ahora sobre el asunto del Holocausto que, sin duda es importante, pero aquí sirve únicamente como telón de fondo para que comparemos dos formas del mal e, irónicamente, dos formas de víctimas. Estoy de acuerdo con Pablo Iglesias en adjudicar a la ejecución del Holocausto (no así también a su planeación) una dimensión funcionarial, administrativa, burocrática, y arrebatarle todo tinte épico. Pero eso tampoco aminora la calificación moral del plan en su conjunto como la acción del mal absoluto, trascendental, sobre la tierra, lo inconmensurable e inaprensible para la conciencia del ser humano. Lo inhumano absoluto ejecutado con la seriedad y eficacia de los funcionarios prusianos, la indiferencia de los burócratas kafkianos. Precisamente ese el punto de vista de la famosa peli de Stanley Kramer, Nurnberg en su título original que aquí se llamó, vaya por Dios, Vencedores o vencidos. Como se recordará se trata de un proceso a cuatro jueces nazis, cuatro hombres cultos, con claro discernimiento moral. Uno de ellos, escandalizado de que se les acuse de haber posibilitado el exterminio de cientos de miles, millones de judíos, en un momento se acerca a otro preso, un funcionario que estaba a cargo de los hornos crematorios, y le pregunta si fue posible aquello y el otro, sin perder su compostura, le dice que ciertamente, que todo depende de la logística de los campos, la cantidad de hornos, la rapidez y eficacia de su funcionamiento. Burócratas, desde luego. Obediencia debida, desde luego. Pero cegarnos al extremo de no ver que no todos eran iguales no nos lleva muy lejos: el cerebro que concibió aquella monstruosidad tiene una responsabilidad; quienes desde los puestos de mando de la sociedad, los jueces, los filósofos, los juristas, los profesores de Universidad, la explicaron, justificaron y aplicaron tienen otra (aunque no sea más que por el hecho, también señalado en la peli de Kramer, de que una negativa suya hubiera tenido un valor testimonial y moral que no hubieran tenido otras) y quienes llevaban a cabo las tareas rutinarias tenían otra. Señala Pablo muy bien lo tremendo de la pregunta de Hanna al juez: ¿qué hubiera hecho Vd. en mi lugar? Pero no sé si por modestia o reparos, no la lleva a sus últimas consecuencias que son que esa pregunta se nos hace a nosotros. ¿Qué hubiera hecho yo? Repito, al final somos los individuos los que tenemos que actuar solos y bajo nuestra responsabilidad.

Por último, lo de que la justicia es la justicia del vencedor siempre (a lo que hacia referencia la torticera traducción del título de la peli de Kramer al español durante la dictadura de Franco) es tan obvio que siente uno un poco de incomodidad al hablar de ello. ¿Acaso no es la justicia la aplicación de la moral del momento respaldada por la coacción, por la fuerza? ¿Y no es obvio que sólo puede haber fuerza allí donde no hay otra que la supere pues en tal caso es ella la fuerza? La justicia sólo es posible si está respaldada por la violencia que sólo es tal si no hay otra mayor que ella. Tal es la razón por la que, si no recuerdo mal, Anatole France encontraba absurdo que en el mundo hubiera más de un ejército ya que, al haber dos, uno tendría que ser inferior al otro y quedar eo ipso vencido. La justicia del vencedor es, en realidad, un pleonasmo. Sólo hay un modo de concebir una justicia que no esté respaldada por la fuerza, que no sea del vencedor: la de una sociedad anarquista.

jueves, 19 de febrero de 2009

Una fábula de amor.

Estupenda película esta de Danny Boyle, el de Trainspotting. Es fascinante. Está basada en una novela india y tiene que ser así porque juzgo imposible que a un occidental se le ocurra una historia de este tipo con unas características tan acusadamente no occidentales. Esto sí que es alianza (o choque) de civilizaciones.

Se trata de una historia de amor, fórmula de éxito asegurado eterno mientras la humanidad sea lo que es, entre dos niños (niño y niña) que crecen en la miseria de los arrabales de Bombay, una historia de amor que se ve obstaculizado e impedido a lo largo de su infancia y adolescencia hasta que ya en su juventud se impone porque, como le dice él (Jamal) a ella (Latika) es su destino. Mientras esta historia de amor llega a su sorprendente final en unos diez años el relato nos muestra a un ritmo trepidante, sin descanso, con abundancia de efectos especiales y escenas sorprendentes en un alarde de dirección como he visto pocos, la realidad de la India contemporánea en su abigarrada complejidad: la vida de miseria de los barrios de chabolas, las más diversas formas de la picaresca y los extremos a que han de llegar los chiquillos solos, abandonados, para sobrevivir, cayendo a veces en manos de delincuentes que los usan para sus fines, el tumultuoso desarrollo de Bombay, convertida en Mumbai, a través de la gigantesca especulación del suelo, las luchas de bandas de delincuentes, gangsters y pistoleros, la explotación de los trabajadores precarios, los conflictos religiosos entre hindúes y musulmanes y, por supuesto todo ello sobre algunas de las constantes de la vieja India de las historias clásicas: las ciudades superpobladas, los dédalos de callejuelas de barrios pobres, los largos trenes en los que se apiña todo tipo de pasajeros, las muchedumbres, los hacinamientos, las jerarquías sociales, los ricos y los pobres y los turistas occidentales.

Desesperado por no poder reunirse con su amada, secuestrada por una banda de pistoleros, Jamal, que es analfabeto, decide participar en el famoso programa-concurso de televisión "¿Quién quiere ser millonario?" en la esperanza de que como la tele la ve el país entero, sobre todo ese programa, Latika lo haga también y sepa en dónde encontrarlo. El programa es de preguntas y respuestas que, si son acertadas, van aumentando la cantidad de dinero a un ritmo veloz de doble o nada. Las preguntas son complicadas pero Jamal va contestándolas todas lo cual levanta las sospechas del presentador que no entiende cómo un chaval al que, obviamente, el dinero no importa nada (ya que siempre dobla y no se retira) consigue acertar siempre por lo que piensa que quizá esté haciendo trampas. Así hace que lo detenga la policía la noche anterior al último programa en el que, si acierta la pregunta, se llevará veinte millones de rupias y será rico, para interrogarlo, cosa que hace la policía con torturas incluidas. Pero Jamal no hace trampas. Quiere el destino que sepa la respuesta a las preguntas que se le van haciendo porque cada una de ellas está relacionada con un episodio violento o trágico de su existencia de niño y adolescente en el que estaba cada respuesta concreta, lo que proporciona el medio para que la peli nos cuente todo lo mencionado antes, como una especie de cuadro sociológico de la India, a base de flash-backs. Es el destino del que él está tan seguro que va actuando por su cuenta. Hasta llegar a la última pregunta, la de los veinte millones de rupias, cuando todo el país está literalmente paralizado ante el televisor para ver el resultado y que también remite a un episodio concreto de su infancia pero cuya respuesta ignora esta vez.

Definitivamente la peli merece la pena. Es tan distinta de lo que vemos normalmente en las pantallas que constituye una experiencia.

viernes, 9 de mayo de 2008

El amor como puente.

Está muy bien esta peli de Isabel Coixet. Es una versión de la novela de la serie de Kerpesh de Philip Roth que no he leído pero que pienso hacer en cuanto la reciba, pues ya la he pedido, porque, al explicar Coixet que ha hecho algunos cambios sobre el guión originario y que incluso llegó a rodar dos finales, aunque aquí obviamente sólo se visiona uno, entra la curiosidad por saber cómo se corresponden esos cambios con el espíritu y la trama y la historia de la novela. Porque al personaje central sí que no lo ha tocado: al mismísimo David Kepesh, ya envejeciendo y siempre obsesionado por la literatura y el sexo.

La historia retrata los intensos amores entre un hombre mayor y una hermosa joven con una diferencia entre ambos de treinta y tantos años. Se entiende que la historia me interese porque me toca de cerca pero es que, al margen de esto, está magníficamente bien contada. Hay mucho sexo. Claro, Kerpesh no piensa en otra cosa, hasta que descubre que se ha enamorado como un crío de la joven ex-alumna y ésta lo ha hecho de él como una cría; sólo que ella lo es... o quizá no tanto.

Es el caso que la descarnada se atraviesa en la historia un par de veces y ésta se convierte en una paseo por el amor y la muerte de mucha intensidad emocional. El amor aparece como lo que es (cuando es), como una pasión que enajena a los seres humanos y la muerte también, pero esto lo dejo aquí porque las críticas no deben destripar las tramas .

Penélope Cruz me parece una gran actriz con un rostro sobrio pero de gran patetismo, y es bellísima, con una belleza clásica de armonia de rasgos, ojos grandes y profundos y un cabello negro que encuadra un rostro de una extraña sensualidad. Tiene razón nuestro héroe el intelectual judío Kepesh al enamorarse de sus tetas: son soberbias. Pero, y ello debe de ser resultado de que la peli esté dirigida por una mujer, Kepesh también es un sexagenario muy atractivo: tiene la mirada brillante, se lo ve fibroso, no tiene grasa y los pliegues del rostro no son flácidos, de hecho se pasa un tiempo con el torso desnudo, luciendo vello gris, y su calva tersa y reluciente da la respuesta a la sensualidad del rostro de Cruz. Es como si ambos llevaran el sexo en la cabeza.

Yo hubiera rodado más escenas en exteriores al tratarse de Nueva York, lo que hubiera aligerado la carga de primeros planos en lánguidas escenas pre o postcoitales, aunque eso seguramente casa más con ese mundo densamente erótico en que habita Kepesh. Me hubiera paseado más por Central Park y, entre los numerosos guiños y referencias cultas de que está cuajada la historia (Goya, Velázquez, Shakespeare, Kafka, etc) hubiera ido a pasear junto a la estatua de Alicia en el país de las maravillas, subida a un hongo, a hablar con el Mad Hatter.

Los diálogos son muy buenos siendo densos, y la doble narración que oscila entre el relato directo y lo que Kelpesh cuenta a un amigo, otro viejo como él, laureado poeta con el que se reúne periódicamente a jugar al squash construye un contrapunto narrativo que sin duda en la novela se lleva a sus últimas consecuencias. Porque es una cesura que se presta a mucho: por un lado, el personaje vive y por otro reflexiona en voz alta con su amigo sobre ese vivir suyo. Esto es, al tiempo que construye la historia reflexiona sobre ella hasta que llega un momento en que toma una decisión (o una no decisión) que lo trastoca todo y no es capaz de explicársela.

Uno de los rasgos que distingue el tono suave de Coixet es que cualquier otro director no hubiera deperdiciado la ocasión de hacer algunas tomas con los personajes jugando, dando raquetazos, restando, cortando el saque, saltando de aquí para allá, como ardillas, como hay que hacer en el squash, lo que daría ritmo y movimiento a la historia. Ella no. Los hace hablar en la pista, en la sauna, pero nunca los pone a actuar. La acción es interior, de pasión.

(La imagen es una foto deWallyg, bajo licencia de Creative Commons).

lunes, 24 de marzo de 2008

Amor de filósofo.

El amor es uno de los temas inagotables de la creatividad humana, algo sobre lo que no nos cansamos de hablar, de escribir o de leer, un tema de universal interés, por encima de las diferencias culturales, geográficas o cronológicas de los seres humanos. El amor es el hilo conductor de infinidad de relatos de todo tipo, la base explicativa de mitos y religiones y la clave de muchas construcciones filosóficas. Por eso me llamó la atención la idea del señor Muñoz Redón de escribir este curioso libro (Las razones del corazón. Los filósofos y el amor. Ariel, Barcelona, 2008) en el que examina lo que sobre tan inagotable asunto tiene que decir un puñado de filófos. No conocía nada del autor que, según reza la contrasolapa de la obra, ha publicado más de una veintena de libros "con un notable éxito de público y crítica" y he podido ver que algunos ellos llevan títulos que hacen pensar en un divulgador con cierto toque para los temas de buena venta (Filosofía de la felicidad, La cocina del pensamiento, etc) cosa que imagino no lo hará bienquisto de los intelectuales al uso, que prefieren los libracos de indigesta lectura y difícil venta.

Ciertamente, la obra no se plantea grandes cuestiones, sino que se limita a ser un florilegio de reflexiones o acontecimientos vitales en las que se relacionan de algún modo el amor con el nombre de algún filósofo. La fórmula es buena y el libro de grata cuanto amena lectura, recomendable, por ejemplo, para un viaje. Consta de cuatro apartados, cada uno de ellos sobre un aspecto de la visión del autor sobre el amor ("alma", "cuerpo", "yo" y "nosotros") y cinco filósofos que hayan visto o padecido o practicado el amor con especial hincapié en dicha visión monográfica. Para entendernos, el apartado "alma" trata de Platón (como era de esperar), Pedro Abelardo (como era de temer), Rousseau, Kant y Maritain (cual era inevitable) y algo similar sucede con los otros temas.

No es una obra sistemática, ni falta que le hace y, por lo tanto, carece de sentido señalar las ausencias. Cualquier lector medianamente informado se preguntará por qué no se abordan otros filósofos cuyas aportaciones (bien reflexivas, bien biográficas) al tema de la obra probablemente sean muy conocidas. Sobre todo teniendo en cuenta que la selección de autores es muy personal y arbitraria. Algunos, por ejemplo, sólo en un sentido muy amplio cabe calificarlos como filósofos,así Ovidio, Fourier, Freud, Wilhelm Reich o Carl Rogers. No por nada sino porque no cumplen uno de los requisitos más razonables que puedan exigirse para ser considerado como tal, que es el de figurar en los manuales de historia de la filosofía.

Esta falta de carácter sistemático es la que explica asimismo que la obra verse tanto sobre lo que los distintos filósofos han especulado acerca del amor como sobre lo que el amor ha hecho con los distintos filósofos. Por ejemplo, el capítulo en el que se acumulan citas de Kierkegaard sobre el tema eterno contrasta con otro en el que lo que se cuenta es la conocida peripecia personal de Pedro Abelardo y Eloísa, con la castración del primero, el que hoza (innecesariamente a mi modesto entender) en las miserias humanas de la biografía final de Sartre o la persistencia monogámica de Bertrand Rusell en su prolongada vida.

Algunos capítulos traen informaciones curiosas y es muy de agradecer que el autor trate en pie de igualdad los casos de amor heterosexual y homosexual, lo que ayuda a entender las ideas y el comportamiento de pensadores como Foucault o Barthes, por quien Muñoz Redón dice sentir especial predilección.

Por último, no tiene mayor importancia pero convendría que el autor revisara algunas erratas garrafales o errores de bulto del texto que son sin duda producto del apresuramiento con el que la obra está manifiestamente escrita en prueba evidente de que falta un corrector de estilo cualificado. Por ejemplo, en la página 33 Bernardo de Claraval aparece como "Bernardo de Carbajal", lo que incluso permite sospechar en una metedura de pata del corrector ortográfico de Word, ese que -al menos en la versión que tengo yo- corrige todos los Karl transformándolos en "Kart" y todos los Losantos en "Lozanitos". En la página 59 se convierte a Raisa Oumancof, esposa de Jacques Maritain, en una exiliada de la Unión Soviética siendo así que se estableció con su familia en París en los años noventa del siglo XIX, mucho antes de que apareciera la URSS. En la página 81, se dice que el Nuevo Mundo amoroso, de Charles Fourier, no se publicó en vida del autor (lo que es incierto, ya que la primera edición data de 1829, antes de la muerte de Fourier) sino en 1967, influyendo luego mucho en Reich y Breton. Esto último es imposible ya que en 1967 Reich llevaba diez años muerto y Breton uno.

Por lo demás, no hay que buscar en las cosas lo que éstas no pretenden tener. El señor Muñoz redón es de pluma ágil y amena, y el libro se lee de un tirón, cosa de agradecer.