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viernes, 5 de julio de 2013

Su Majestad el Rey de España


"Al Rey la hacienda y la vida se han de dar; pero el honor es patrimonio del alma y el alma solo es de Dios", dice el bueno de Pedro Crespo, ese Pedro Crespo que habita en el corazón de todos los españoles. El honor. He ahí la piedra en la que tropieza la raza. Otras naciones, también defensoras de ese preciado bien, no han tenido inconveniente en renunciar a él, en ser alevosas, felonas, traidoras, por creer que les iba en ello la supervivencia. Pero no los españoles. ¿Felones? ¿Traidores y alevosos los españoles? Jamás. Pueden haber sido crueles, depredadores, genocidas, tiránicos. La furia española viene de antiguo. Pero lo han sido por razones nobles. Antes de nada, el honor.

La monarquía, otrora justificada en el poder de las armas directamente blandidas por los monarcas en los campos de batalla, descansa hoy exclusivamente sobre el respeto, sobre el honor. Al extremo de que este la define cuando se dice que es una magistratura honorífica, cosa que tampoco asusta mucho pues suele matizarse como meramente honorífica. En todo caso, honra, honor, ejemplo, virtud (incluso la "virtú" maquiavélica, que viene de la "areté" griega), elegancia y liberalidad. Eso es lo que la Monarquía exige de y para sí misma.
 
Pero no es lo que procura. La dinastía de los Borbones está tachonada de comportamientos vituperables, ya considerados como hereditarios. Algunos ejemplos sobresalen: Carlos IV y Fernando VI fueron, entre otras cosas, felones y traidores, entregando la corona a Napoleón. De la Reina Isabel solo se conocen desatinos, libertinajes y puro delirio. Alfonso XIII creía que la sociedad estaba compuesta por caballos y militares y el resto era carne de cañón.

El actual en el oficio nunca estuvo muy sólidamente anclado en el corazón de sus súbditos. Las derechas no eran monárquicas sino franquistas y las izquierdas, ya se sabe, de la casta de Caín republicano. La distinción que muchos hacían (al parecer por prudencia) al afirmar que no eran monárquicos, sino juancarlistas, pretendiendo ser pragmática, era una afrenta a la esencia misma de la Monarquía pues reducía la figura del Rey no a la del sucesor dinástico (que, de todos modos, tampoco lo es) de la Corona, sino a la de un vulgar caudillo de origen cuartelario. Un Rey nombrado por un militar.

Una pléyade de intelectuales y comunicadores ha elaborado una especie de leyenda, legitimando la figura del Rey -y, de paso, de la Monarquía- por su valor instrumental. La Monarquía ha sido el medio utilizado por los dioses para devolver la democracia y las libertades y derechos a los españoles. El Rey es la transición misma; la democracia; el Rey es el cambio. ¡Viva el Rey! Es posible pero, si lo ha sido, fue como heredero y albacea de Franco; no como su opositor y alternativa. Tanto es así que hay quien dice que fue Franco quien trajo la democracia a España pues él ya sabía que el Borbón sería felón, como un Juliano, y haría lo contrario de lo que había jurado hacer. Suena algo a fábula pero he leído y oído cosas peores. En todo caso, aquí se quede la cuestión de la legitimidad de origen de la monarquía juancarlista, terreno propicio y muy sugestivo para los debates de expertos en estas cosas de la realeza.

El caso es que la Monarquía, la Corona, el Rey, Juan Carlos y su familia, llevan unos años dando tumbos cuesta abajo a toda velocidad en la estima de los ciudadanos. Los datos que ofrecen los barómetros del CIS, mantenidos en el tiempo, con consideración negativa hacia la Casa Real deben de tener a esta en permanente estado de aflicción que se añadirá al martirio que sufre con el procesamiento del duque rampante. Ya el empleo del término denota que, a la vejez, el monarca borbonea. El sentido en que se emplea aquí "martirio", es el popular, el folklórico que tanto aman los Borbones, el que apunta al sufrimiento (generalmente de amores), al tormento. Pero martirio no es eso, sino que se refiere a una inmolación gozosa que de sí mismo hace el creyente a mayor gloria de Dios y recompensa suya. Y no veo a Juan Carlos con una palma; más bien con muletas, mudos testigos de sus desvaríos.

Y ahí es donde la dinastía se ha precipitado en el abismo del desprestigio y el deshonor. La opinión, supongo, estará dispuesta a pasar por alto algún que otro desliz. Al fin y al cabo, todos somos humanos y del Rey suelen decir los papanatas que es una persona normal, como tú y como yo. Pero hay fuerte sospecha de que no es un desliz sino un comportamiento general, continuado y normalmente criticable, cuando no reprochable. Es imposible que la opinión pública pase por alto tantos osos, elefantes, miles de millones de fortuna según Forbes, tratos poco claros con la Hacienda pública, amigas íntimas de próxima residencia, yernos presuntamente hampones, familiares con dimes y diretes, yates, intervenciones poco afortunadas o directas meteduras de pata diplomática y de las otras. La caída de la imagen del Rey -de quien todo el mundo se acuerda cuando algún mandatario dimite, incluso aunque sea Papa, para recomendarle lo mismo- ha arrastrado a la institución. El otro día, el público del Real silbó y abucheó a la Reina. No a la Reina con Wert, cosa comprensible, sino a la Reina sola. El espejo de la discreta y sufrida dama que lleva con dignidad tanto ultraje se ha quebrado. Ni la Reina suscita respeto. Aquí el honor cuenta poco.
 
Lo dijo Ortega, ¿no? Pues ya está. Y tal.

(La imagen es una foto de Wikimedia Commons, bajo licencia Creative Commons).

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Borboneo.

La Casa Real acaba de inaugurar página web en casareal.es cuya interfaz está en captura a la izquierda. Enhorabuena a Palacio en donde, como se sabe, las cosas van despacio. A paso de tortuga. Una página web en 2012 ya tiene mérito. De todas formas, como tiempo han tenido, no está mal: sobria, elegante, recatada. No se quiere transmitir idea de oropel o boato sino de cercanía, cotidianidad y amor por la familia, firme promesa de perennidad de la institución.
En cualquier caso, enhorabuena, ya puede la Real familia comunicarse con l@s ciudadan@s directamente, sin cortapisas. Así, la salida al aire de la Real Web (o Real Red o Royal Web, para unificar idiomas) ya trae una carta del Rey se entiende que a todos los españoles. ¿Y qué dice el Borbón? Exactamente lo que el gobierno quiere que diga y, además, con sus mismas palabras. No es la primera vez que el gobierno se vale del Rey para apuntalar su política de partido. Hace unas fechas Rajoy llevó al Monarca a presidir el consejo de ministros en que se aprobó la orgía de recortes y cercenamientos, con lo que le cargó con parte de la responsabilidad.
Y ahora aparece el Borbón hablando como si fuera el gallego. Es sorprendente. La derecha parte del principio de que las instituciones y símbolos del Estado están al servicio de su ideología. Así que el Rey recorta y el Rey avisa a las tribus de vascones y cataláunicos de que no persigan quimeras. Por si esto fuera poco, suena el toque viril del cuartel en la voz del teniente general retirado Pedro Pitarch de que La independencia de Cataluña es impensable, ni por las buenas ni mucho menos por las malas. ¿Queda claro? Aviso de que el ejército español no ha ganado una sola guerra internacional en trescientos años; pero las guerras contra su propio pueblo las gana siempre.
Oído el Rey y oído el espadón, si quieren los lectores nos ponemos a hablar de cómo se presenta la cosecha de vino este año.
¿Que no? ¿Que queremos seguir hablando de política? Pues nos la estamos jugando porque ya está claro que la Corona ha tomado partido, el partido del remo. Esa expresión de remando a la vez es del vademécum de los propagandistas de la derecha. Igual que ese futuro de Europa y de España, que no se le cae a Rajoy de la boca. Pero lo más preocupante es el caveat que viene a continuación, cuando nos enteramos de que lo peor que podemos hacer es dividir fuerzas, alentar disensiones, perseguir quimeras, ahondar heridas. Las quimeras del Rey, siempre más culterano, equivalen a la algarabía de Rajoy, algo más vulgar. Y lo de ahondar las heridas en un país en el que decenas de miles de sus hijos yacen asesinados en las cunetas para desconsuelo de sus allegados suena a real metedura de gamba o habitual destemplanza de Rajoy. Y ¿en nombre de qué hay que remar juntos, y dejarse de quimeras y rencillas? En nombre de un ente que la carta real designa como Transición Democrática, así con las dos mayúsculas del Te Deum, una TD entronizada en una perfección inamovible.
Tengo la impresión de que esa carta, escrita al dictado del gobierno, es un golpe duro a la legitimidad de la Corona por cuanto esta aparece involucrada en un conflicto político y de un modo sorprendentemente represivo, prohibitivo. Dice el Monarca que no son tiempos para escudriñar esencias. No sé qué entenderá Juan Carlos por "escudriñar" pero, sea lo que sea, la pegunta inmediata es: ¿por qué no? ¿Porque lo dice él? ¿Y quién es él para determinar qué hagan las gentes con sus esencia? Porque escudriñar en las esencias es fundamental en la conciencia de todo nacionalismo, incluido el español.
En resumen, la carta es una nueva muestra del error de la dinastía, el borboneo, esto es, el compadreo entre la Corona y el gobierno. Si al resurgir del borboneo añadimos las amonestaciones militares, el cuadro que empieza a emerger de España en estos momentos es preocupante. Es de suponer que, por muy de derechas que sea, el gobierno hará respetar la supremacía del poder civil. Pero el borboneo, la interferencia del Rey en la política, todavía es peor. Casi merece más la pena que el monarca se vaya de safaris, aunque se caiga.
(La imagen es una captura de la página web de la Casa Real, casareal.es).

jueves, 26 de marzo de 2009

Retrato del Rey al vitriolo.

Mi amigo Iñaki Errazkin, uno de los puntales del periódico digital InSurGente, cuya línea editorial suele clasificarse en la izquierda extrema, por encontrar algún calificativo de uso común con el que yo no estaría completamente de acuerdo, ha publicado un libro sobre el Rey (Hasta la coronilla. Autopsia de los Borbones, Txalaparte, Tafalla, 2009, 341 págs.) o, por mejor decir, contra el Rey. En realidad es algo más puesto que no solamente versa sobre don Juan Carlos I sino sobre todos los Borbones españoles a partir de Felipe V. Y los trata con ánimo descaradamente necrofílico ya que subtitula su obra Autopsia de los Borbones. Curioso título. Podría entenderse aplicado en sentido metafórico a los Borbones muertos pero para los vivos está más complicado el asunto, salvo que nos percatemos de que el término está utilizado en sentido desiderativo. Y eso nos pone ya sobre la pista de uno de los rasgos más claros del libro: es una obra militante en su antimonarquismo, su antiborbonismo, su antijuancarlismo y, es de suponer, su correspondiente republicanismo. Está claro, el autor no pretende adoptar una actitud de objetividad o imparcialidad (en las que, probablemente, como periodista crítico, no cree) sino de clara beligerancia contra la institución monárquica, contra la dinastía Borbón y contra el actual portador de la Corona.

El otro rasgo es que, aunque la obra abarca más o menos trescientos años de la historia de España (desde comienzos del siglo XVIII a comienzos del XXI), no está escrita en el espíritu de los trabajos académicos de reposada historiografía sino como una apasionada crónica periodística, sin darse mucha fatiga con las cuestiones de fuentes y metodológicas, sino yendo directamente a lo anecdótico por pintoresco y trazando una especie de fresco de la evolución de España en ese tiempo, anclada en una visión crítica y sarcástica de los acontecimientos que la caracterizaron y resaltando sobre todo su aspecto esperpéntico.

El objetivo principal de la obra es el monarca felizmente reinante en España (me parece, no estoy seguro, que el autor jamás utiliza el nombre del país en singular sino que siempre se refiere a él como "las Españas", designación que era muy frecuente en Siglo de Oro) pero, de hecho , le ocurre lo que al protagonista de la célebre novela de Laurence Sterne, La vida y opiniones de Tristram Shandy, que nace aproximadamente a la altura de la página doscientas cincuenta o trescientas de la obra, según sea la edición. Algo similar sucede con don Juan Carlos que aparece por primera vez en el libro de Iñaki como protagonista a la altura de la página 195 y la abandona en la 277; es decir, le está dedicada menos de la tercera parte del libro, aunque alguno podrá argumentar que hasta eso es demasiado, dada la banalidad del personaje.

La explicación de tal hecho radica en que Errazkin parece convencido de que hay una condición moral, psicológica, de los Borbones, que estos tienen unas características que los distinguen y se manifiestan con contumacia a lo largo de la historia, trátese de Felipe V, Fernando VI, Carlos IV, Fernando VII, Isabel II, Alfonso XII, Alfonso XIII o Juan Carlos. Sólo excluye a Carlos III por las habituales razones de que era hombre culto y que fue un excelente alcalde de Madrid. Esas características vienen a ser que los Borbones son zafios, ignorantes, tiránicos, alborotadores, promíscuos, incompetentes, incontinentes sexuales, infieles, arbitrarios, no muy despiertos... en fin, una joya de familia y una familia de joyas.

La parte dedicada a la historia de los Borbones (desde Felipe V hasta Alfonso XIII y, más allá, la dictadura de Franco que habría que comprender como la etapa del Spanish Pretender, don Juan que no llegó a ser Juan III muy a su pesar) se lee con mucho agrado. Consiste en una serie de relatos engarzados a través de las anécdotas y sucesos más sobresalientes de los respectivos reinados que dejan a los protagonistas muy mal parados. Claro que no peor de lo que ellos se mostraron a sí mismos o de cómo los reflejaron los testimonios de sus contemporáneos o el juicio de los historiadores. No conozco de ningún escritor o cronista español o extranjero de cierta altura intelectual que tenga algún buen juicio para esta sarta de egoistas ineptos y bastante necios. Así que, aunque Errazkin parece regoderase en dibujar la vacua pomposidad de Felipe V y las lamentables condiciones espirituales de Fernando VI o Carlos IV, no va más allá de lo que la historiografía, incluso la más conservadora, reconoce.

Lo mismo cabe decir de Fernando VII a quien ningún escritor de mínima categoría concede respeto alguno: taimado, bribón, criminal, necio, tiránico, el cuadro que dibuja Errazkin está también en el mainstream de la historiografía. Si acaso hace algo más de hincapié en la incontinencia sexual, el priapismo del monarca, pero lo atribuyo a una especie de alegre juicio del autor que tiende a tener una visión rabelaisiana de los personajes sobre los que diserta. No hace falta decir que el reinado de Isabel II obtiene un tratamiento pormenorizado en la obra. He echado de menos una referencia a las magníficas novelas de Valle Inclán sobre la Corte de los milagros en las que se encuentran páginas soberbias sobre el Espadón de Loja y los hábitos sexuales de la Reina castiza así como los melindres del Rey consorte. En cambio está muy bien traido el libro que los hermanos Bécquer publicaron a raíz de la "Gloriosa" de 1868, con sus versos e imágenes procaces, que retratan una época. Es de interés que el autor subraye un elemento sobre el que la historiografía (complaciente aunque sea antimonárquica por un falso criterio de prudencia) pasa como de puntillas. Dado que, según abundantes testimonios don Francisco I de Assis no conoció carnalmente a su regia esposa, está claro que la estirpe borbónica queda en ese momento interrumpida y enriquecida con injertos procedentes de otras cepas.

Don Alfonso II, triste de ti y don Alfonso XIII reciben asimismo su merecido. En el caso del último, además de los habituales escarceos sexuales y la nube de amantes, hijos bastardos, se tratan los aspectos más políticos en relación con la guerra del África, la dictadura de Primo de Rivera y el advenimiento de la República.

Finalmente, la obra desemboca en la persona del monarca español actual. Vaya por delante que, de las pocas cosas en las que el autor y yo coincidimos en esta vida, una de ellas es nuestro firme criterio de que la actual Monarquía española es ilegítima y que debiera dejar paso bien a la restauración de la IIª República, bien a la instauración de la IIIª. Y, a partir de aquí, ya discrepamos en todo. Pero como el libro trata de aquello en lo que coincidimos, no haya cuidado que no querré subrayar nuestras discrepancias excepto en un par de observaciones que tengo reservadas para fastidiar un poco al final, pues las críticas que son sólo laudatorias aburren hasta a las ovejas.

Franco que todo lo que tenía de ignorante en cualquier asunto del mundo de su época lo tenía de cazurro y profundo conocedor del espíritu de sus compatriotas, supo mantenerse en el poder mediante una combinación de puro terror, dictadura bestial e inmisericorde, marrullería internacional y astucia interior para enfrentar a unas facciones políticas con otras. De las autorizadas, se entiende, de las franquistas. Las otras estaban todas en la cárcel, en los cementerios o en las cunetas. El ejemplo más acabado de esta hábil política de contraponer aspiraciones encontradas lo prácticó con las distintas ramas monáquicas y, por último, enfrentando al padre (don Juan) con el hijo (don Juan Carlos), con una habilidad diabólica, apostando porque el hijo acabaría pasando por encima de los mejores derechos del padre. Exactamente lo que sucedió.

Errazkin da una idea de la transición con la que coincido sólo en parte y que se define mejor que nada con el término que utiliza para caracterizarla. Según él, la transición fue una transubstanciación. No está mal, es ingenioso pero me temo que el fenómeno fue bastante más complejo para definirlo con un solo término. Con posterioridad a este fenómeno, el seguimiento que Errazkin hace de la biografía de don Juan Carlos es inmisericorde. De cuál fuera la función del Rey durante la intentona de Tejero de 1981 desde el punto de vista de Errazkin da idea el hecho de que tome como fuente de referencia al Coronel Amadeo Martínez Inglés que sostiene que el golpe se dio con conocimiento y autorización del Rey y en su beneficio. Lo que sucedió después, dirá Errazkin, es que, Borbón al fin al cabo, dejó a sus compinches en la estacada.

Reitero que el libro está escrito no desde una perspectiva académica sino periodística y que, por lo tanto, priman los aspectos más pintorescos, un pelín subidos y los que ayuden a contemplar el cuadro de un Rey con unas condiciones morales detestables. Así, nuestro autor investiga y narra pormenorizadamente tres aspectos de la vida del Rey que den esta imagen: sus aficiones cinegéticas (con la muerte del infeliz oso Mitrofán), sus abundantes escarceos amorosos (con especial atención a las supuestas relaciones con la actriz Bárbara Rey) y su ingente fortuna, amasada por procedimientos nada transparentes.

En resumen, un libro ágilmente escrito y de recomendable lectura para quien quiera tener una imagen a pluma gruesa de los Borbones en general y éste en particular y también, cómo no, del autor: un vasco independentista, de extrema izquierda que habla casi tanto de sí mismo y sus amigos en la obra como del objeto de ésta.

Un par de observaciones críticas de distinto calado. En nuestro tiempo la historia no siempre la escriben los vencedores. A veces los vencidos toman la palabra y su narración, como es este caso, es distinta de la de aquellos. Pero ¿es más cierta? Para muchos, desde un punto de vista moral quizá sí; para casi todos desde otro pragmático me temo que no. Un ejemplo: poco antes de morir Franco dijo que lo dejaba todo "atado y bien atado". Santiago Carrillo, a su vez, cuando don Juan Carlos fue nombrado sucesor "a título de Rey" lo saludó como "don Juan Carlos el Breve". Pregunta: ¿quién acertó?

Segundo orden de cuestiones sólo con ánimo de hurgar en divertidas desavenencias. Dice Errazkin, hablando de Felipe V: "Nadie podía imaginar entonces que la criatura se convertiría en el monarca de los vecinos del sur ni que su reinado iba a durar la friolera de 45 años y 21 días, récord temporal aún imbatido" (p. 23) Se referirá a España porque se me ocurren dos ejemplos que contradicen el caso, uno antes y otro después de Felipe V. Antes, el caso del abuelo de Felipe V, Luis XIV de Francia, el Rey Sol, que reinó 54 años, si no ando equivocado; después, don Fidel Castro, que ha sido ******* (póngase lo que más plazca: presidente, tirano, caudillo, dictador, jefe, primer camarada, salvador integérrimo, padre de la Patria, etc) de Cuba durante 49 años.

Dice igualmente Errazkin hablando del asesinato de don Antonio Cánovas del Castillo: "De hecho, él mismo moriría en atentado el 8 de agosto de 1897. Sería, claro, en el desafecto País Vasco... y esta vez el tirador no falló." (p. 129) Un curioso párrafo para analizarlo con detalle. ¿Qué significa ese "claro"? ¿Yerro si digo que Iñaki quiere connotar un paralelismo entre el atentado contra el político malagueño y el que dio el pasaporte a don Luis Carrero Blanco y que para el autor fue el verdadero elemento desencadenante de la transición? No, no yerro. Pero, por desgracia, el atentado de Santa Águeda fue locativamente hablando por entero fortuito ya que, al asesino, el anarquista italiano, Michele Angiolillo, "claro", el "desafecto País Vasco" le traía al pairo.

Dice Errazkin: "Cuando me preguntan quién es la peor persona con la que me he topado en mi ya larga vida, siempre respondo sin titubeos que Felipe González Márquez, el dirigente del PSOE (político-mlitar) que fuera presidente del Gobierno entre los años 1982 y 1996. Ni Franco ni Aznar ni Rouco Varela ni el asesino de la catana. Normalmente, el entrevistador, hombre o mujer, se revuelve en su asiento, arquea una ceja y masculla un espontáneo y escandalizado "¡pero hombre...!" (p. 204). ¿Se entiende por qué decía yo antes que el autor habla casi tanto de sí mismo en este libro como de don Juan Carlos? Bueno; yo no digo "¡pero hombre!" porque ese juicio sobre González ya lo había oído así o en parecidos términos en otras bocas. Lo que sí digo es que requiere también un cuidadoso análisis, esta vez psíquico. ¿Basado en qué? En ese "sin titubeos" que canta más que La Traviata.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Los Borbones insultando, como siempre.

Dos veces en el último siglo y medio ha echado el pueblo español a los Borbones y dos veces ha vuelto esta familia a lomos de militares para seguir viviendo a costa de la gente al tiempo que la insulta. Los parásitos no entienden de dignidad. La última vez, con este Juan Carlos de Borbón, alevín del genocida Francisco Franco, perjuro y enemigo de su propio padre, a quien se saltó en la sucesión al trono por capricho del tirano. Y con él llegó su esposa, una señorita griega que cambió de religión por conveniencia personal y se pronuncia ahora en asuntos políticos, morales y científicos que no le competen y algunos de los cuales están sub iudice lo que implica que, para servir a la secta del Opus Dei, esta señora ha transgredido el ordenamiento jurídico. Lo verdaderamente estúpido es que el presidente del Gobierno salga en defensa de una señora que, si pudiera, le haría comerse sus leyes y en sentido estricto.

Se le suma una de las miembras de la familia, una infanta Pilar, hermana del Rey, que vive, como todos ellos, de los impuestos de los españoles, insultando y diciendo que el escándalo montado por la reaccionaria de su cuñada es una "chorrada". Aquí, señora mía, no hay más chorrada que Vd. y su clan de gorrones que, siguiendo sus atavismos, ya no ocultan más el desprecio que sienten por este pueblo que los mantiene.

¿Por qué no volvemos a echarlos? A lo mejor, a la tercera de verdad va la vencida y nos quitamos por fin de encima a esta manga de ineptos, reaccionarios e insultones.

(La imagen es la cubierta de un libro publicado bajo seudónimo por los hermanos Bécquer en 1868-1869 en el que se burlaban de la Reina Isabel II, tatarabuela del actual monarca y mujer de costumbres licenciosas, al frente de una corte de corruptos, cornudos, adúlteros, ladrones y sinvergüenzas).