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miércoles, 17 de junio de 2015

Hoy nos vemos en la utopía.


Luis Gaspar Orozco de las Heras (2015) Manifiesto DEMUN. Democracia mundial. Una utopía necesaria. Burgos: Dos soles. (131 págs.).
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Hoy, miércoles, 17 de junio, presento el libro de Luis Gaspar Orozco de las Heras, junto al autor, el editor de Dos Soles y mi amigo José María Arribas. Será en la librería Rafael Alberti, en Argüelles, calle Tutor, 57. Metro Argüelles, insigne diputado de las Cortes de Cádiz. Es un lugar acogedor y agradable. Quien se anime a asistir verá que no exagero.
 
Orozco ha escrito un breve texto en forma y con título de Manifiesto, acogiéndose así a una venerable tradición opuscular en la que aparecen muy conspicuas figuras que han dejado huella de su paso por el mundo. En nuestro tiempo, el manifiesto más conocido es el Manifiesto del Partido Comunista, de Marx y Engels, publicado el revolucionario año 1848, si bien le había sido encargado antes a Engels, quien lo había redactado como un Catecismo, en forma de preguntas y respuestas. Menos mal que llegó Marx y le metió su brillante pluma. O sea, lo cambió de arriba abajo. Es el más famoso, sí, pero no el primero. El término aparece en la historia del Concilio de Trento, del canonista libertino Paolo Sarpi, en 1619. Anterior al comunista es también el Manifiesto de Cartagena del libertador Bolívar (1812). Luego del comunista, los manifiestos se han generalizado, han pasado a las artes (rara es la vanguardia que no cuenta con uno), las religiones, las sectas, los movimientos y hasta los contramovimientos. El célebre libro de Walt Whitman Rostow, Las etapas del crecimiento económico, publicado en 1959, llevaba como subtítulo Un manifiesto no comunista. En todos los casos, el nombre designa un escrito conciso, con una declaración de opiniones e intenciones manifiestas que tratan de subvertir el orden constituido. Cualquier orden.

Y eso en los nombres. La cosa en sí, sin el título, tiene muchos otros ejemplos. Para Palinuro, el primer manifiesto de la modernidad cristiana son las 95 tesis que Lutero fijó en 1519 en la puerta de la iglesia de Wittenberg, que no se llamaban así. Tampoco se llamaban manifiesto la Declaración inglesa de derechos de 1689, ni la de Virginia, ni la de la independencia de los Estados Unidos, ambas de 1776. Tampoco la Declaración francesa de derechos del hombre y el ciudadano o el opúsculo del abaté Sieyès ambos en 1789. Realmente los manifiestos han contribuido a cambiar la historia de la humanidad.

Pica alto el autor yéndose a tan proceloso género. Su texto contiene diez tesis. Tiene pues forma de decálogo. En la siguiente edición quítele o añádale una para que los comecuras como este crítico no se malicien influencias testamentarias. Por lo demás, hace bien, porque adopta una perspectiva filosófica, muy apropiada a su formación y ejercicio profesional de docente de filosofía. Esa perspectiva amplia, holista, le permite abordar nada menos que el lamentable estado del mundo contemporáneo y proponer una vía de solución. Un auténtico manifiesto. Una especie de actualización de aquel Blueprint for Survival enormemente popular en su época y que, si no yerro, fue el primer grito de alarma ante la catástrofe ecológica, ya en 1972. Esta preocupación está muy presente, agravada, en las preocupaciones de Orozco a lo largo de toda su obra. Si el capitalismo -que es el villano principal del relato- debe ser eliminado y sustituido por algo distinto no es solo porque cause explotación, miseria, desigualdad, injusticia, sino también porque destruye la Madre Tierra.

Por partes. Orozco es relativamente sistemático. Al comienzo del manifiesto acumula las críticas el desorden existente; en la segunda mitad argumenta a favor de su solución: la revolución democrática mundial (pp. 76, 123).

En cuanto al diagnóstico, Orozco da por supuesto que todos coincidimos con los males apuntados por Naomi Klein y lo que de verdad le indigna es que pueda defenderse un modo de producción tan dañino, destructivo, irracional e inhumano con argumentos tan simples y falsos como los de la doctrina neoliberal, que es pura ideología, a su juicio. Sin duda. Pero la cuestión intrigante es ¿por qué triunfa una ideología tan necia y falsa que ignora u oculta datos obvios de la antropología cultural y otras ciencias? ¿Por qué se imponen simplezas y topicazos abiertamente falsos como las teorías del "libre mercado" cuando es obvio que el capitalismo es un inmenso sistema de explotación, oligopolio, monopolio y captura de rentas? Al margen de explicaciones más o menos incidentales, también será porque del otro lado no hay explicación alternativa, ni siquiera bajo la forma de ideología. Eso apunta a una carencia en el relato de Orozco que merece cierta atención. Según su pensar el capitalismo es un sistema intrínseca, necesaria, inevitable y únicamente malo. Pero esto contradice la experiencia inmediata de que es el modo de producción que ha traído mayor grado de bienestar y progreso a la humanidad, se mire como se mire, excepto, claro es, si se adopta una visión rousseauniana y se acaba diciendo que lo único sensato es retornar a la feliz condición del buen salvaje. No es el caso, por supuesto, pero, quiérase o no, algo de eso resuena en las tesis actuales sobre el decrecimiento. Siete mil millones de habitantes, todos con legítimas rising expectations, no caben en un Walden. Marx y Engels, en su manifiesto, escribieron (Marx, en realidad), las páginas más entusiásticas sobre la fuerza y el progreso del capitalismo, cuya capacidad de desarrollo es tan grande que padecerá de crisis de sobreproducción hasta la final. Es un punto de vista más equilibrado, aunque quizá no pueda ya valorarse como tal a la vista del fracaso de sus predicciones sustitutorias. Hoy no tenemos Blueprints que contraponer al capitalismo y solo nos queda esperar que las mismas fuerzas ciegas que empujan el sistema al hundimiento permitan encontrar las soluciones que garanticen la supervivencia. En el fondo, nada nuevo bajo el sol. La humanidad siempre ha sobrevivido a base de encontrar solución a los problemas que amenazan su supervivencia, generalmente causados por la acción de ella misma.  

A eso se dedica la segunda parte del libro que es un prontuario para la acción. El último desastre impuesto por un capitalismo depredador, inhumano, injusto, es la globalización (p. 76). Aunque filósofo, Orozco tiene los pies en la tierra y camina como todos, hablando pestes de la globalización pero acomodándose a ella porque es inevitable y tratando de usarla con la astucia y la inteligencia con que los maestros de las artes marciales nos aconsejan valernos de la fuerza ciega del enemigo en nuestro provecho. Es lo mismo que la navegación a vela.
 
El remedio de Orozco es arrebatar el poder a los ricos a nivel planetario a través de la revolución democrática mundial. Es una perspectiva cosmopolita que suena a música celestial en los oídos de los politólogos de tradición que los realistas políticos llaman con cierto desdén "normativa", al estilo de David Held, que lleva años bregando con la propuesta de un gobierno democrático universal. Hacer realidad la cosmópolis republicana kantiana. Y la insistencia en la forma democrática es aquí crucial. Orozco piensa en una revolución democrática en todos los órdenes y especialmente en la gestión de los sistemas políticos, salud, educación, derechos políticos, sociales, laborales, justicia, paz y seguridad y economías sostenibles (pp. 100/108). Un programa completo. El recientemente fallecido Rudolph Rummel, fundador de la teoría de la pax democratica, estará batiendo palmas de alegría en el más allá al ver cómo se difunde su concepción, basada en un enunciado estadístico que él da por apodíctico: que las democracias entre sí no guerrean. Si quieres la paz, democratízate.
 
¿Y cómo llegamos a esta situación, cómo encaramos un futuro vestido de democracia mundial? ( p. 123). Pues a través de la utopía. Llegado aquí, Palinuro confiesa su simpatía abierta por el autor, pues el pensamiento utópico le es muy caro. En el fondo, las utopías también son como manifiestos. Algunas dieron forma a movimientos políticos y sociales de cierta repercusión: los falansterios de Fourier, los icarianos de Cabet, los saintsimonianos, los "nacionalistas" de Bellamy, etc. Las utopías son literatura política de acción. Incluso las distopias de los siglos XX y XXI, cuando el concepto ha vuelto a ser reivindicado en los discursos revolucionarios. Erik Olin Wright habla de "utopías reales". Orozco, de "utopía necesaria". Hasta el punto de identificarlo con el Principio Esperanza, de Bloch, con el que Orozco cierra su obra, que presentaremos hoy.
 
Librería Rafael Alberti, c/ Tutor, 57. Metro Argüelles. Hora: 19:00.  

jueves, 26 de marzo de 2015

El accidente.

Minutos después de conocerse la noticia del accidente del vuelo GWI9525 de Germanwings empezaron a aparecer tuits insultando a las víctimas por ser catalanas. Se enconó la cosa, hubo muchas protestas, se recogieron los tuits más ofensivos y se denunciaron, la policía empezó a investigar y algunas de las cuentas más infames desaparecieron. Todo eso en unas horas. Por supuesto, el contenido de la mayoría de los tuits insultantes, criminal.

Este hecho parece dar la razón a los pesimistas civilizatorios cuando dicen que, según avanza el nivel tecnológico de la humanidad, se degrada su condición moral. En mi opinión no es así, no porque haya otro tipo de relación entre el desarrollo tecnológico y el moral sino porque no hay ninguno. La naturaleza humana es invariable y eterna. Eso es lo que nos permite entender a nuestros antepasados del paleolítico y permitirá a nuestros sucesores entendernos a nosotros dentro de 20.000 años, hasta que la naturaleza humana cambie, cosa que no es descartable sin más, claro.

Pero, mientras no cambie, incorporará un grado difícil de medir de maldad. El problema de la existencia del mal quizá sea el más profundo de la filosofía, le ética, la teología. El mal y sus parientes, la crueldad, la saña, la alegría por el dolor ajeno. Lo que hace la tecnología es evidenciarlo, no suscitarlo. Y obligar a tratarlo como lo que es, como un delito. O sea, que de haber alguna relación entre tecnología y moral, sería positiva. Aunque modestamente. Tipificar como delitos la manifestación pública de tal bajeza moral y la injuria a las víctimas y sus allegados es, a todas luces, un avance. Pero justamente, esa tipificación testimonia que se trata de una realidad. Y una realidad permanente. Quizá perenne. El peor enemigo del ser humano es el ser humano. Un lobo, decía el filósofo. Y una hiena, y un buitre y una cucaracha.

Palinuro no entiende nada de aeronáutica y, tras escuchar a varios tertulianos expertos en aviación, está peor que al principio. Espera el dictamen de las autoridades cuando hayan estudiado el contenido de las cajas negras. Con un punto de escepticismo porque no es infrecuente que se mantenga alguna disparidad de criterios y haya versiones encontradas de las causas del accidente. Ojalá estén ahora claras.

Llama la atención la celeridad con que las organizaciones de compañías low cost han salido a atajar las interpretaciones que vinculan precios bajos con baja seguridad. Y la celeridad con que la prensa se ha hecho eco del desmentido, añadiendo estadísticas. No hay, se dice, relación directa entre el low cost y la siniestralidad. No la habrá si así lo dicen las estadísticas y los expertos. Pero en esa negación hay algo que choca el normal y pedestre sentido común: este airbus A320 que se ha estrellado tenía más de veinticinco años y más de 58.000 horas de vuelo. Lufthansa lo había apartado del servicio y lo había vendido, probablemente como hace con docenas de otros aparatos cuando hayan realizado determinadas horas y kilómetros de vuelo. Germanwings lo había comprado, sin duda a buen precio, aunque esto, a su vez, acabe siendo lioso porque, al fin y al cabo, esta empresa es una filial de Lufthansa. Pero, a lo nuestro: no sé si habrá alguien en la tierra que sostenga que montar en un avión de un año y 3.000 horas de vuelo, por ejemplo, sea tan seguro como hacerlo en otro de 25 años y 50.000 horas de vuelo. Además, si así fuera, ¿por qué los venden las compañías? ¿Solo porque los modelos nuevos traen mejoras estéticas pero no de seguridad? No es creíble.

La idea es clara: low cost no quiere decir high risk. Pero ¿qué quiere decir low cost? Pues lo que dice: bajo coste. No bajo precio, que es como se ha interpretado porque, en efecto, los precios son muy bajos. Esta es la esencia misma de la competencia en el libre mercado, eje del espíritu capitalista: prosperas si eres capaz de ofrecer el mismo bien o servicio a menor precio. Quien lo consigue, hace negocio, como sabemos desde la historia del Ford T y de mucho antes. ¿Cómo se reducen precios? La vía más normal y recurrida es reduciendo costes. ¿Cuáles? En principio, los superfluos. Las líneas low cost son, en realidad, líneas no frills. Pero tales reducciones pueden tener efectos colaterales que incidan en la seguridad. Por ejemplo, costes de personal, horas de vuelo, periodos de descanso, ritmos de trabajo. Eso se puede llamar de muchos modos. Uno de ellos es el aumento de la productividad que, haciéndose siempre en nombre del beneficio, acaba considerando a las personas como mercancías; la tripulación como mano de obra explotable y el pasaje como bultos a los que hay que acomodar en el mínimo espacio posible. Y ahora, después de la impresión del accidente, de la consternación y el trastorno, a lo mejor empieza una batalla legal. Es de suponer que las víctimas viajaban en unas condiciones de seguro aceptables. Porque los seguros también son costes y también reducibles.
Las low cost son producto de la competencia entre líneas aéreas. La competencia es el alma del capitalismo, ese sistema que se escandaliza justamente ante la degradación moral de la gente pero, a su vez, degrada la vida de esa gente que no solamente viaja en vuelos low cost sino que es probable que tenga empleos low cost, salarios low cost, viviendas low cost, educación low cost, sanidad low cost y pensiones low cost. O sea, una vida low cost.

sábado, 14 de febrero de 2015

Contrapodemos


Asís Tímermans (2015) ¿Podemos? Madrid: última línea. (194 págs).

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Según reza la portada, este libro va por la segunda edición. Podemos está de moda. Es negocio escribir sobre este novísimo. Y acertado hacerlo rápidamente porque, como están las cosas, quizá dure poco. Un ascenso tan vertiginoso e inesperado puede agotarse con la misma celeridad porque no se sostiene sobre bases firmes, sino sobre ilusiones muy vivas y sinceras, pero momentáneas. En otras palabras: la revelación de mayo de 2014 puede no llegar a la nueva temporada de septiembre de 2015. Se dirá que Podemos tendrá más votos que IU, UPyD, o Equo. Es posible, pero, al haber planeado una estrategia basada en la mayoría, no alcanzarla será perder. Y los sondeos empiezan a mostrar señales de inflexión en la curva. No es solamente que la intención directa de voto se haya estancado o que (sondeo de Metroscopia de hace unos días) la cantidad de quienes jamás votarían a Podemos sea ya superior a la de quienes sí lo harían, sino también que la aparición del fenómeno ha dado lugar, sin duda como fenómeno no querido, a una recuperación del PSOE. 

Pero todo esto son vaticinios. Entre tanto, las librerías hierven de ensayos sobre Podemos, la mayoría, rendidos, a favor; algunos otros en contra, generalmente infumables. Pero también hay excepciones. El de Asís Tímermans está más documentado que la media, tiene mayor trabajo de investigación, más distancia crítica y, por tanto más interés. Tiene también el tono doctrinario típico neoliberal de estar dando lecciones de mercado libre continuamente. Pasa mucho con los seguidores de esta idea. Recuerdan a los saintsimonianos, que no podían abrocharse solos los mandilones y debían ayudarse unos a otros formando círculos y no de Podemos precisamente. 

Estas narrativas neoliberales son siempre miríficas. El libre mercado es todo: panacea, elixir de la eterna juventud, néctar, ambrosía, crecepelo, bálsamo de Fierabrás y poción mágica de los druidas. Todos los bienes proceden de ella, único orden racional, humano, benéfico, equitativo, justo. Y todos los males son siempre, siempre, culpa de los demás. Si la derecha fracasa en sus políticas desreguladoras, la culpa es suya por no ser suficientemente desreguladora. Si lo hace la izquierda, se pasó de frenada en la regulación. Es un modo de razonar prepopperiano porque la cuestión no es si las hipótesis se falsan o se validan. La cuestión es que las hipótesis se convierten en conclusiones y no se pueden falsar, por lo cual la teoría prueba claramente no ser teoría sino ideología. Y funciona como tal.

Salvado ese primer escollo, sin embargo, el libro es de lectura interesante y provechosa. Está bien escrito, es ameno y, en ocasiones, tiene gracia. Su idea fundamental y reiterada a la hora de explicar el éxito de Podemos es que han rescatado y emplean conceptos necesarios, imprescindibles pero que los políticos al uso han abandonado o pervertido como "decencia", "Patria", "democracia", "libertad" y "derechos humanos" (pp. 23, 30, 88). Tímermans tiene buen olfato porque, aunque ahora es ya claro que las relaciones entre Podemos e IU son tormentosas, cuando él escribió el libro no daban esa impresión. Sus líderes habían militado en la federación y asesorado a sus grandes figuras (p. 38). No se veían como competidores y Pablo Iglesias llegó a afirmar que quienes verdaderamente le preocupaban eran los de UPyD (p. 48)

Y ¿de dónde sale esta fresca y potente corriente de renovación de la izquierda? Según Tímermans, Monedero y un grupo de profesores de Políticas parten de la idea de la Transición como traición, una derrota de la izquierda (p. 53) que ahora corresponde remediar acabando con el sistema que instauró, llamado el Régimen. Son un grupo de amigos: Ariel Jerez, Heriberto Cairo (p. 58), Cotarelo, Verstrynge (p. 61). Supongo que está en lo correcto pero, por lo que hace al caso de Cotarelo, autor de Palinuro, no puede ser más errado. Al margen de la amistad o no amistad, que es un libre sentimiento humano, Cotarelo no solo no sostiene la tesis de la Transición como traición (más bien la tiene como una componenda dictada por el miedo y la incompetencia de las partes y que ha entrado en crisis) sino que es señalado por algunos de los teóricos de la traición como el fabulador y embellecedor de esa teoría legitimatoria de la transición a los auténticos objetivos de izquierda. Y no solo eso sino que se encuentra tachado de franquista de acuerdo con la explicación de Tímermans acerca del fenómeno desde el punto de vista de los ideólogos de Podemos: la transición fue un proceso diseñado por el franquismo para perpetuarse (p. 107). No está mal el hallazgo: Palinuro/Cotarelo tachado de "franquista". Ya advertí que el libro de Tímermans tenía momentos divertidos.

Para Tímermans no hay duda de que el líder de Podemos, Pablo Iglesias, está dentro de la más acrisolada tradición comunista, pero es un comunista avanzado, neotecnológico, mediático, habitante del siglo XXI y no del XIX como sus antecesores y en nada se nota más esa diferencia que en la seguridad de que quien no tenga clara la función esencial de la TV en nuestra sociedad para los fines revolucionarios no tiene nada que hacer (p. 76). Con ese concepto nació la Tuerka (p. 79). Únicamente el asalto a los medios, la colocación del discurso a través de los medios la izquierda "verdadera", haría realidad aquella llamada a conseguir un sorpasso que solo el infeliz gutenberguiano de Anguita había pretendido a través de IU sin levantar un palmo del suelo. Había que superar el vuelo de la gallina, entrar en los bastiones de articulación ideológica de derecha, en programas como, el Gato al agua o el cascabel al gato o Intereconomía (p. 86). Para ganar.

Ganar es la gran misión histórica de esta renovación de la izquierda que, a su vez, se ve como la solución de la crisis actual del capitalismo. Ganar, ¿qué? Javier Iglesias, padre de Pablo, fue de la FUDE, relata Tímermans (p. 100) y sostiene que en Iglesias "confluye la frialdad del experto en comunicación con la emotividad del que está librando una batalla. Estrictamente hablando, una guerra: la que perdieron sus padres y sus abuelos. La que él está dispuesto a ganar" (p. 105) Sus abuelos es posible pero, si el padre era de la FUDE, organización, por cierto, a la que perteneció el franquista Cotarelo desde sus orígenes, no perdió guerra alguna porque ambos nacimos después de ella y sospecho que Javier bastante después que yo, para fortuna suya. La idea esencial, matriz, inspiradora es ganar y la bestia que tira de su carro, el pragmatismo (p. 123) que a Tímermans escandaliza sobremanera pero no tanto a este crítico que, quizá erróneamente, suele avecinar el pragmatismo no con la madurez o el cinismo de la vejez sino, contrariamente a un parecer extendido, con un impulso juvenil recocido con los años.

Tímermans presta atención a los desencuentros internos en Podemos entre el mainstream y las gentes procedentes de la antigua Liga Comunista Revolucionaria (p. 108). Esta aparece reconvertida hoy en la Izquierda Anticapitalista que Jaime Pastor, Miguel Urbán y otros (p. 160) han importado en España procedente de Francia. Les sirve para reproducir las consigna litúrgicas de estos sacerdotes de la pureza bolchevique al grito de "¡todo el poder a los círculos!"  (p. 160). Son ecos de los sucesores de los soviets, lo cual es muy posible que acabe provocando cierto conflicto en el interior de la organización.

El asalto al paraíso vendrá con un partido hegemónico (p. 170), capaz de aplicar un programa que Tímermans considera en todo similar a la estrategia del judoka (p. 119/120), consistente en dar a la gente básicamente lo que pide:  Estado del bienestar (p. 123); reparto trabajo (129); banca pública, el Estado empresario, derecho a la vivienda contra propiedad privada (p. 139); fiscalidad de los ricos (p. 141); renta para todos (p. 143); expropiaciones (p. 145); libertad de información (p. 149); control de la educación (p. 151); y derecho a decidir (p. 153). No es preciso que el autor se esfuerce mucho en demostrar el carácter quimérico, la imposibilidad de estas medidas. Le basta, a su juicio, con hacer una pregunta que considera definitiva: ¿con qué dinero va a hacerse todo eso? Imposible olvidar que Tímermans procede de una escuela de pensamiento económico que venera como dogma irrefutable el principio de TINSTAFL o There Is Not Such A Thing As A Free Lunch.

Ahí reside la verdadera discrepancia, al menos con Palinuro. Todo depende de lo que se considere "gratis". Los ricos Epulones que en el mundo han sido y son han almorzado siempre gratis a costa del trabajo de los demás. No sé si esto convierte a Palinuro en simpatizante de Podemos, pero sí muestra que no comulga con ruedas de molino. No comulga con nada.

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viernes, 2 de enero de 2015

Desalmados obedientes.


Ni nacimiento del Señor, ni amor cristiano, ni espíritu de la Navidad.

La muy pía alcaldesa de Madrid, contertulia habitual de la Virgen de la Almudena y de la Paloma, comienza el año ordenando cinco desahucios. Innecesario recordar lo que significa un desahucio para una familia, esa institución en cuyo favor se manifiestan los obispos en las calles con pancartas. Y no es una familia; son cinco. Y no son cinco; son decenas de miles.

Con un ser humano tratado injustamente ya se colma la medida de lo tolerable. Pero es que, además, no es uno; son, somos, centenares de miles, millones. El castigo, el maltrato, afecta a la mayoría de la población por uno u otro motivo. No es un comportamiento aislado, singular, de especial crueldad. Es una industria; una política.

Los datos referidos a los perjudicados por la racanería oficial con el fármaco de la hepatitis C están también en los cientos de miles. Y, en muchos casos, es perjuicio de vida o muerte. Un gobierno que tiene dinero para dar 11.000.millones de € a la Iglesia, rescatar bancos o autopistas en quiebra, para comprar armamento inútil o pertrechar a la fuerza pública con fines fáciles de imaginar, no tiene dinero para rescatar las vidas de sus gentes.

Claro, porque no son gentes, no son seres humanos o, si lo son, no son iguales a los privilegiados, que vienen de estirpe, según doctrina que profesaba Rajoy de joven y sigue profesando hoy  a juzgar por sus actos. Son números. Y como números los tratan unos gobernantes que carecen de toda idea de eso que dicen profesar y llaman humanismo cristiano. Rajoy no cree que el paro sea un drama humano que atenta contra el principio mismo de la dignidad de la persona; no cree que los contratos basura que su gobierno propicia destruyan esa dignidad y pongan a los trabajadores a merced de los patronos en condiciones de esclavitud. O sí lo cree y le da igual. Lo que le importa en presentar datos estadísticos que corroboren la fábula de la salida de la crisis que, según leo, Sánchez y Mas se han tragado ya. El paro, el paro juvenil, la subcontratación, la precariedad, la emigración, afectan a millones de personas, pero para el presidente del gobierno son cifras con las que sostener que hay tres décimas más de afliaciones a la seguridad social o que el PIB ha aumentado otras dos décimas. Contando, por cierto, que ya es el colmo, el producto de la prostitución y el tráfico de drogas.

Como todo les da igual y carecen de sentimientos, de un mínimo de pundonor y humanidad, dicen lo primero que se les pasa por la cabeza si entienden que puede apuntalar esa leyenda que el servicio de comunicación de La Moncloa está fabricando sobre la salida de la crisis. Aunque sea una monstruosidad. Así, de Guindos sostiene que ya se ha perdido el miedo a perder el puesto de trabajo. Realmente inaudito. Con cinco millones de parados y otros tantos pendientes de contratos basura en condiciones de absoluta precariedad, que no saben si trabajarán o no la semana siguiente, hace falta ser un desalmado para decir algo semejante. O un inconsciente. O ambas cosas, que será lo más probable.

Ciertamente, desalmados. Pero al servicio de alguien o algo. La historia no se agota en el anecdotario personal. Tiene explicaciones que afectan a las instituciones, a la estructura misma del sistema. La clave está en el capitalismo y, para no enfadarme con los puristas que defienden el tipo ideal, diré, de este capitalismo. Dudo mucho de que haya otro, pero no lo niego sin más. En este, las cosas son diabólicamente simples: el poder real lo detentan las grandes corporaciones y entidades financieras que son como dioses todopoderosos invisibles a los mortales, habitantes de un remoto Olimpo al que llamamos mercados. Y desde donde rigen los destinos de aquellos, con una irremediable tendencia a convertirlos en infiernos.

A tales fines los poderes se valen de los gobiernos a través de los partidos políticos institucionales, encargados de convertir en políticas sus decisiones. Verdad que unos lo hacen de buen grado, como los partidos conservadores, y otros rezongan algo, como los socialdemócratas. Pero todos cumplen órdenes porque, aunque algunas (por ejemplo, desahucios en masa, despidos por miles, recortes a cientos de miles) puedan disgustar a alguno, que siempre habrá, no creen que exista alternativa, ni pueden imaginarla o quizá no quieran. También ellos defienden su interés que es una parte congrua del beneficio del expolio al bien común. Porque ese es el contenido esencial del capitalismo: la explotación del común en beneficio privado. Unos dan las órdenes y se quedan la parte del león; otros las cumplen y se quedan la del zorro.

Estos partidos están encargados de poner el Estado, con todos sus aparatos propagandísticos y coercitivos al servicio de quienes mandan. Medios, establecimientos educativos, fundaciones se encargan de adoctrinar a la población en la creencia de que el Estado debe ser neutral, mínimo, desaparecer en favor de esa dinámica angélica según la cual el beneficio privado ilimitado redunda luego en provecho general a través de la famosa teoría del trickle down (las salpicaduras) que es una verdadera burla cuya mejor traducción sería la parábola del rico Epulón. Si las doctrinas y manipulaciones ideológicas no bastan ni siquiera con los Evangelios en la mano, se echa mano de la policía, las fuerzas de seguridad, las redes de espionaje y, en último término, el ejército.

Una prueba evidente de ese espíritu es la Ley Mordaza en tramitación parlamentaria. Una norma que es una vergüenza y debiéramos recurrir en todos los foros políticos y judiciales, nacionales e internacionales porque es una agresión a los derechos y libertades de los ciudadanos a quienes estos desalmados tratan como a siervos de la gleba. Eso sí, entre rezo y rezo.

Quieren estar preparados por si la gente descubre que la fábula de la salida de la crisis es una patraña de gabinete de comunicación. Porque la llamada crisis es, en realidad, la condición permanente que le preparan los que no la padecen. No hay crisis para las grandes fortunas, los beneficios de las empresas, los de la banca; solo la hay para la gran mayoría, los parados, los jubilados, los dependientes, los trabajadores, las mujeres, los jóvenes. Y aquellos beneficios dependen de que esta crisis se prolongue. La crisis es el capitalismo.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Panorama desde el vídeo.


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Aquí un vídeo con el que estoy de acuerdo y me gusta mucho. Tiene subtítulos en español. La autora, Kanka Kanak, me pide que ayude a difundirlo y así lo hago encantado. Es sencillo, directo e irrefutable.

miércoles, 22 de enero de 2014

El lobo de la cocaína.

El consumo de drogas ha sido frecuente y habitual a lo largo de la historia y su origen se remonta a sociedades muy antiguas. A veces más, a veces menos extendido; a veces uso de las clases altas, a veces de las bajas. El  opio estaba muy extendido en la Inglaterra del siglo XIX y XX, antes y después de la era victoriana, tanto entre las clases acomodadas como lo prueban las Confesiones de un comedeor británico de opio, como entre el pueblo y los bajos fondos, como se ve en la novela de Sax Rohmer, Dope, publicada ya en el siglo XX. Esa prevalencia obligó a las autoridades británicas y también a las estadounidenses a regular el consumo, a regular los llamados opium dens de Chinatown.

Algo parecido a lo que sucede en nuestro tiempo, caracterizado por una expansión del consumo de drogas, tanto en cantidad como en diversidad. En algunos países europeos están despenalizados ciertos aspectos de este consumo. En otros latinoamericanos se legaliza la marihuana y lo mismo está haciéndose en algunos estados de los Estados Unidos. El debate está en la calle porque el consumo ilegal, fuente de ingresos fabulosos en negro que luego se blanquean por vías delictivas e influyen en el desarrollo del capitalismo, también está en la calle. Y en los despachos.

Porque tal es la verdadera protagonista de esta larguísima película (tres horas) de Scorsese: la cocaína. Bueno el capitalismo financiero especulativo frenético de los años ochenta y noventa, cuando se fue generando la burbuja que estallaría luego en el siglo XXI. Un capitalismo movido por un corazón de nieve. Y de todas las demás drogas, crack, anfetaminas, drogas de diseño y, por supuesto, las socialmente toleradas tabaco y alcohol. Y todo a raudales.

Olvídense los discursos legitimatorios sobre la racionalidad del capitalismo y el funcionamiento de los mercados. El mundo se mueve a impulsos de decisiones imprevisibles, intuitivas, irracionales, que no distinguen entre la legalidad y el delito y cuya moral es una especie de calvinismo a la inversa: hay que enriquecerse, triunfar para llevar luego no una vida de santidad sino de depravación. La lección se la explica una especie de gurú con quien contacta el protagonista al comienzo de su carrera de broker: mira, chico, no quieras entender nada porque aquí nada es inteligible ni previsible. Nadie sabe qué va a pasar mañana, así que, cuando veas la ocasión cógela. Es lo que siempre se ha dicho de la Fortuna que por eso la pintan calva, pero elevado a muy alta potencia.

Es una historia real acerca de cómo un tipo llamado Jordan Belfort y salido de ninguna parte, llega a la cúspide de la especulación financiera, convirtiéndose en el broker de mayor éxito de Wall Street y su final a manos del FBI, que no necesariamente de la justicia. Son tres horas de narrativa exuberante, atropellada, abigarrada, a un ritmo endiablado, una verdadera lección de cine que tiene un punto de exhibicionismo. No creo que dañe a la película acortarla algo, quizá media hora. Todos los planos están logrados, pero la profusión de escenas de multitudes cometiendo todo género de excesos y con diálogos cruzados torrenciales plagados de tacos quizá abrume algo. Desde luego, Di Caprio sobreactúa en varias ocasiones. Dicen que busca un Óscar. Si se lo dan en proporción a su gesticulación, le corresponderían dos. 

La dirección es magistral y tal la entrega del equipo a la historia que da la impresión a veces de que la obra no es crítica con esa forma de ser, de actuar, de vivir, con esas relaciones sociales y económicas, sino, al contrario, laudatoria. Sabemos que toda la operación consiste en especular e inflar unos dineros que se estafan a las gentes con labia de agentes de bolsa, así, tipo preferentes en España. Pero casi nunca vemos a los estafados ni se exponen las consecuencias de las estafas en sus vidas. La historia es la de los estafadores y narrada con detalle psicológico, casi acaba consiguiendo que sintamos cierta simpatía por algunos de ellos. Empezando por el propio Jordan que, en el fondo, no es una mala persona. Hay que ver cómo quiere a sus compañeros de fechorías. 

La clave de esta aparente paradoja está en una brevísima secuencia al final de la historia, la única vez, si no me equivoco, en que aparece el interior del metro de Nueva York. Esa escena simboliza, como una bomba, el espíritu crítico de la película. A algunos no les parecerá suficiente. Es cosa de la imaginación de cada cual.

sábado, 28 de diciembre de 2013

La socialdemocracia confusa.

La derrota electoral de 2011 provocó una sacudida en la conciencia del PSOE. Se cerraban de modo humillante dos legislaturas muy distintas. La primera, la del no nos falles, la exhiben los socialistas con orgullo como ejemplo. La segunda, la del PSOE PP la misma mierda es, terminó con lo que bien podría llamarse un voto de castigo que los dejó sin saber a dónde mirar, como un boxeador noqueado. Tal fue la confusión que convocaron una conferencia política. Es una respuesta típica. Cuando en una organización no se sabe qué hacer, se nombra una comisión. Llamarla Conferencia Política, convocar expertos, intelectuales, gente interesada, indagar por las tendencias de la sociedad, pretender una renovación programática, casi un cambio de piel o de rumbo formaba más parte de escenografía. Pasó el evento y el resultado fue múrido, aunque sus partidarios sostienen que se verá cuando esté redactado el programa electoral.
 
Entre tanto, la socialdemocracia carece de discurso propio. Va a remolque de los acontecimientos y aparece casi obsesionada por sus fortunas electorales, más bien sombrías. Tampoco es una situación extraña. Sucede con la socialdemocracia europea en general. El hecho de que los socialdemócratas alemanes vayan a gobernar en alianza con la derecha que en Francia está en la oposición, pone de manifiesto las confusiones, las incertidumbres, la anfibología de una socialdemocracia confusa, carente de una teoría.
 
Curiosamente esa falta de teoría nace de su propio triunfo. El socialismo democrático semeja una sociedad que hubiera alcanzado su objetivo social. Solo le queda disolverse ... o buscarse otro objetivo. La realización es indudable. El socialismo democrático reivindicaba la democracia frente al comunismo y otras formas de socialismos autoritarios. Hoy ningún socialista, por radical que sea, cuestiona la democracia, al menos explícitamente. A su vez, frente a la derecha, el socialismo democrático erigió el Estado del bienestar, la economía social de mercado que todos dicen respetar, incluso quienes están empeñados en acabar con ellos. Basta con escuchar a Rajoy sosteniendo, con su habitual crédito, que el Estado del bienestar es un "objetivo irrenunciable".
 
La fórmula se realizó: democracia más capitalismo regulado según el Estado del bienestar. Lo que la muy profesoral Constitución española llama "Estado social y democrático de derecho". Triunfó, venía triunfando en Europa desde los años cincuenta, y a la vista está hoy que presidió sobre la más larga etapa de estabilidad política, crecimiento y desarrollo económicos, pleno empleo,  falta de crisis y mejora sustancial de las condiciones generales de vida.

El triunfo del neoliberalismo y la consiguiente crisis económica han hecho saltar por los aires aquel modelo y no parece que haya uno alternativo distinto de la propuesta de retornar al perdido, como si las condiciones socioeconómicas pudieran repetirse en la historia. Pues, lo dicho, cuando el colectivo no sepa qué hacer, nombre una comisión.

Es un momento excelente para que los socialdemócratas europeos convoquen una especie de convención europea de la izquierda, sin exclusiones (ya habrá bastantes que se autoexcluyan) que trate de ofrecer una explicación del actual estadio de desarrollo del capitalismo. La globalización es un hecho y el nombre que damos a una situación internacional de guerra económica de todos contra todos bajo la hegemonía militar occidental crecientemente cuestionada por la potencia china y un abanico de guerras locales que se usan como mecanismos de control regionales. En esas circunstancias, ¿existe un programa de mínimos de la izquierda para Europa? Debería ser, además, uno susceptible de acordarse con la derecha conservadora, tradicionalista, nacionalista, pero no neoliberal, que la hay en el continente y hasta en España. Es el fanatismo neoliberal el causante de las crisis y cualquier táctica aconseja desactivarlo aislándolo, por el peligro que, como todo extremismo, entraña.

Además de aplicarse el tratamiento europeo, la socialdemocracia española podía proponer la convocatoria de otra convención extraordinaria en España para deliberar sobre la organización territorial del Estado y su fórmula política. La Convención debería tener carácter materialmente constituyente. Podría debatir en paralelo al funcionamiento normal de las instituciones de la monarquía parlamentaria.  Pero sin exclusiones ni cuestiones indiscutibles. Las conclusiones solo podrían ser dos: a) un acuerdo sobre alguna forma de Estado que obligara a reformar la Constitución y b) una falta de acuerdo sobre la forma de Estado, con remisión a un referéndum en España sobre el reconocimiento del derecho de autodeterminación. También podría no haber conclusión alguna. Nada nuevo, pues esa es la situación en que nos encontramos.

En cuanto a las conclusiones positivas, la reforma constitucional es asunto tasado pues la propia Constitución establece procedimientos para proceder incluso con una reforma total. En cuanto al referéndum a escala española se plantea una cuestión añadida: qué hacer si, como es previsible, los resultados en Cataluña y el resto de España están invertidos. Allí, mayoría cualificada a favor de la autodeterminación; aquí, al revés, mayoría cualificada en contra. Los catalanes se habrán autodeterminado de hecho y, por eso mismo, acumulado una razón más para hacerlo de derecho.
 
Es inexcusable el pronunciamiento de la izquierda española. Pero ¿se encuentra a la altura de las circunstancias? ¿Es capaz de hacer una propuesta propia con la amplitud de miras y la viabilidad necesarias?  La crisis española es crisis de Estado y debe tratarse a nivel de Estado. De nada sirve seguir a la derecha viéndolo como un asunto de legalidad y no de legitimidad. Está cuestionado el modelo de la transición y es absurdo ocultarlo.
 
Por cierto, esa hipotética convención podía adoptar como primera medida, invitar, al menos como observador, a Portugal. Si la izquierda propugna la unión política del continente, bien puede predicar con el ejemplo.

martes, 3 de diciembre de 2013

La Cina è vicina.

Esto va a estallar por algún sitio. Estábamos acostumbrados a las etiquetas de made in China, en Taiwan, en India, en Bangladesh. Tranquilizaban nuestras no muy inquietas conciencias. Anunciaban condiciones laborales infrahumanas, explotación, salarios de hambre. Pero lejos, muy lejos, a miles de kilómetros del civilizado y cristiano Occidente. Además, eran asiáticos, extranjeros, otros.  Ahora las etiquetas dicen made in Italy. Pero anuncian las mismas condiciones de explotación y esclavitud. Aquí. Ahora. Bueno, pero siguen siendo extranjeros. Chinos, para más señas y, probablemente, "ilegales". (Seguro que algún neoliberal dice que estos chinos han elegido entre ser explotados en China o en Europa. Y prefieren Europa. Libertad de elección). En fin, siguen sin ser de los nuestros.

¿Seguro? Incluso olvidándonos de que los chinos son exactamente igual que nosotros y tienen la misma dignidad, no es cierto que sigan siendo otros. Veamos. La prensa habla de esclavitud. Vale, pero, ¿qué es la esclavitud? ¿En qué se distingue de una reforma laboral que deja a los trabajadores a merced del capricho de los empresarios? Esos chinos que han muerto achicharrados en Italia vivían en condiciones inhumanas, sin ningún tipo de seguridad laboral. Pero eso pasa entre nosotros y, sin duda, en más países de la próspera Europa: inmigrantes de todo tipo, gentes reducidas a la más extrema necesidad, dependientes de la arbitrariedad de mafias (recuérdese otra forma de esclavitud como la sexual) o de empresarios sin escrúpulos.

¿Será en la jornada laboral? Siete días a 16 horas diarias. Vale. ¿No dicen los empresarios que hay que trabajar más y ganar menos, abolir las vacaciones pagadas, suprimir el descanso dominical? La diferencia es meramente cuantitativa y camino llevamos de reducirla a cero.

¿Será en la paga? ¿Un euro la hora es esclavitud? ¿Y cuatro euros la hora? ¿O dos?

La globalización provocó la llamada deslocalización de las empresas, en busca de mano de obra barata. Ahora los países receptores, a su vez, deslocalizan aquello que les rinde más beneficio: mano de obra esclava. De esta forma, los empresarios que producían en el exterior explotando mano de obra nativa, pueden ahorrarse los costes del transporte. Tienen mano de obra esclava que acabará contagiando al conjunto de la fuerza de trabajo.

La tendencia a la esclavización del trabajo es inherente al capitalismo. A no ser que se le ponga freno mediante una política de justicia social que parece haber abandonado el escenario, substituida por un cálculo de beneficio propio en el contexto de sálvese quien pueda.

viernes, 18 de octubre de 2013

Risas, lágrimas y crujir de dientes.


Risas. Cospedal interpuso en febrero una demanda en defensa del derecho al honor contra Luis Bárcenas por sus acusaciones y contra El País por difundirlas. Bárcenas no podrá comparecer hoy en el juicio por encontrarse enjaulado en Soto del Real y habrá de declarar por vídeoconferencia, como si fuera Rajoy. La secretaria general, a quien, probablemente, parece de perlas que el ex-tesorero esté en la cárcel, sostiene que sus acusaciones son falsas y calumniosas pero ha tenido que tragarse ya a base de pruebas periciales que los papeles son genuinamente barcénigos. Y ahora se encuentra en una situación delicada, crítica, al no poder quitarse de encima así como así la acusación de haber recibido varias pastuquis por los más estrafalarios motivos. Y en esa situación se ha colocado ella sola, por su carácter intemperante y precipitado al ir a los tribunales a las primeras de cambio. Debería haber aprendido de la prudencia de Rajoy, quien no demanda, ni se querella, ni denuncia, ni las pía siquiera. Se limita a afirmar que es todo falso salvo alguna cosa y tira millas. Pero Cospedal es puro temperamento y eso le pierde. Es muy de ver con qué coraje y decisión ha dos años que pedía la restitución en sus cargos en el partido del injustamente acusado Bárcenas. Afirmaba, con esa seguridad algo avasalladora que la acusación contra Bárcenas era una trama de la Fiscalía y la Policía Judicial, movida por el PSOE al que también acusaba de haber implantado en España un "Estado policial". Es de risa, ¿no? Entre el Bárcenas víctima de los sociatas al Bárcenas delincuente (probablemente también en connivencia con los sociatas) ¿qué media? Pues simplemente que ahora se sabe lo que por entonces Cospedal, como secretaria general, no podía ignorar. ¿Qué crédito puede tener cuando asegura que no cobraba pastuqui en sobres?

Lágrimas. Cierra Fagor, abrumada por una deuda de 800 millones. Fagor, el buque insignia de la Cooperativa Mondragón, a su vez ejemplo de organización económica alternativa al capitalismo pero inserta en la lógica del mercado. Una esperanza convertida en realidad durante cincuenta años. Fagor tuvo ya un serio tropiezo hace un tiempo y recurrió a la caja de solidaridad de las otras empresas de la cooperativa. Hubo sus más y sus menos. Algunas se negaron a eso, a cooperar, pero la mayoría tiró de sus ahorros e inyectó una ayuda a Fagor que, como se ve, no ha servido de nada, de forma que la empresa ha cerrado en concurso de acreedores, a ver qué se salva de la quema. Y sobre todo, quién. La otrora reina de los electrodomésticos tenía unos 5.000 trabajadores, de los cuales unos 2.000 eran socios cooperativistas. Ahora, una de las cuestiones más angustiosas es exactamente en qué situación jurídica quedan los socios. La de los trabajadores está clara; la de los socios, no. Un motivo más de aflicción ante un hecho sumamente lamentable por cuanto parece sancionar la maldición de que en el seno del mercado no hay margen para finalidades redistributivas o igualitarias. Las cooperativas organizadas en la lógica del mercado se enfrentan a los fallos del mercado como cualquier empresa.

Crujir de dientes. Entrando en la segunda parte de la legislatura, el gobierno ha dado orden al aparato de propaganda de sembrar la idea de que la recuperación está en marcha. El ministerio de Economía augura sólida recuperación para 2015, año electoral, con los mismos datos con que augura todo lo demás. Más divertidamente convincente ha estado Botín quien, al parecer, encantado de tener a Rato a sus órdenes, ha tenido un ataque de Tío Gilito, cuando se baña en oro, exclamando que ¡llega dinero de todas partes! Rato sigue teniendo olfato. En esta orquesta faltaba el concertino y allá fue el príncipe Felipe a contar a los empresarios de las naciones hermanas, reunidos en Panamá, que la economía española está encontrando su camino y recuperando competitividad. No sé si a los empresarios extranjeros les interesa que la economía española sea competitiva; supongo que la preferirán no competitiva para vender ellos sus productos. No podemos estar en todo y el heredero del trono está haciendo su aprendizaje. Lo increíble es que estos mensajes de optimismo, alegría y buenos augurios se hacen en el momento en que el gobierno impone a los gobiernos municipales y autonómicos un recorte de 17.441 millones de euros para 2014. Un recorte, un tajo en servicios que prestan estas administraciones y son esenciales para los ciudadanos. A lo mejor hay salida de la crisis. Pero será con crujir de dientes.

domingo, 30 de junio de 2013

De la codicia.


De vez en cuando un cura prominente, un obispo, el mismo Papa, se descuelga atribuyendo la crisis actual al generalizado relativismo moral de una época que ha dado la espalda a Dios. Los medios se hacen eco de la noticia pero esta no suscita muchos comentarios de plumillas o solemnes tribunos por considerarse que, aunque el clero ejerza su cometido, lo hace con unos argumentos peculiares y muy alejados del normal raciocinio de las cosas. 

Todo el mundo achaca la crisis a factores estructurales, objetivos, independientes de la voluntad de las personas, tanto más de sus creencias religiosas y morales o de sus sentimientos. La burbuja inmobiliaria, los hedge funds, la falta de controles, las políticas de desregulación neoliberales (si hablan los socialdemócratas), las sistemáticas intervenciones del Estado socialdemócrata en el mercado (si hablan los neoliberales), la especulación financiera, son algunas de las causas invocadas. El olvido de Dios tiene aquí escaso cometido.

Y, sin embargo, los curas no andan esta vez tan descaminados. Ya sea la burbuja, los fondos, la desregulación o cualquier otra razón, en el fondo de la crisis aparece un elemento de motivación humana presente en todas las explicaciones: la codicia, el desmedido afán de riquezas, la acumulación de caudales. Es algo parecido a la explicación eclesiástica del olvido de Dios, pero no es lo mismo. Y no es lo mismo porque los curas son los primeros en sucumbir a esa oscura pasión de la codicia.

Es la codicia la causante de la crisis; el afán de lucro llevado al paroxismo en un terreno falto de normas o despojado de ellas. Los ejemplos los tenemos a diario: fortunas que se calculan en miles de millones de euros. ¿Para qué puede querer alguien miles de millones de euros? Es como esos magnates, gobernantes ladrones o delincuentes de éxito que poseen colecciones de cientos de coches de lujo. Nadie puede conducir de modo placentero cientos de coches en su vida. Esa es la cuestión, el problema de la codicia es su falta de límite. La clase ociosa, según Veblen se consagraba al consumo ostentoso. La acumulación de riquezas tenía una finalidad humana comprensible: hacer rabiar al vecino de envidia viendo cómo entras y sales de tu casa a través del helipuerto de tu terraza. Pero la actual epidemia de codicia ya no es como aquella. Hasta el consumo ostentoso ha desaparecido. De vez en cuando puede salir alguna noticia especialmente llamativa como que tal o cual gobernante tenga una especie de serrallo de menores en una villa del Mediterráneo, por ejemplo. Pero, justamente, cuando se conocen se entienden como delitos, no como ejemplos y los mismos protagonistas ocultan sus actividades en lugar de hacerlas ostentosas.

Hoy es tal la acumulación de riqueza que no hace falta manifestarla con verbenas. Al codicioso le basta con que se sepa. Tantos millones en cuentas en Suiza, tantos en paraísos fiscales. La lista de la codicia internacional la da todos los años el Forbes, los periódicos la reproducen y la gente se entretiene averiguando quién sea más rico, si Gates, Slim o Buffett. Para qué quieran estas gentes esas inmensas fortunas si ni siquiera pueden invertirlas, es un misterio. El misterio de la codicia.Vivir es acumular sin tasa y siempre quedará el consuelo de ser el muerto más rico del cementerio.

En un segundo escalón, los ejecutivos, aquellos famosos protagonistas de la revolución de los managers, de James Burnham, el antiguo trostkista, aparecen invadidos por el mismo virus de la codicia. Los gestores se ponen sueldos millonarios, se blindan frente al despido con cláusulas multimillonarias y se garantizan pluses y pensiones escandalosos. Seguramente hicieron la revolución, porque están quedándose con todo. Quieren escalar cuanto antes el paraíso de los ricos, subirse al carro. Los ejemplos de estos cuadros dirigentes en depredación directa de las entidades que gestionan los dan las cajas de ahorros. Un caso específico y pintoresco es el de Cebrián quien, al parecer, se autoasignó un sueldo de un millón de euros al mes en los años pasados, a cuenta de la menesterosa PRISA. Vuelve la pregunta ¿para qué quiere un mortal un millón de euros al mes? ¿Para sentirse Dios? Y ¿en qué cambia esta ingente acumulación el carácter y la imagen del personaje, cuyo valor tampoco coincide con su precio?

Los managers han probado asimismo que, además de las retribuciones estratosféricas que se autoasignan, pueden recurrir sin grandes miramientos a las vías ilegales para incrementar su peculio. A sus suculentas pagas como senador y tesorero, al parecer Bárcenas decidió añadir un buen bocado de comisiones ilegales y ahora se encuentra contando sus cuartos en una celda de Soto del Real. Hasta tres golosos sueldos llegó a acumular Cospedal y unos presuntos sobresueldos nada desdeñables. 1.500.000 euros puede haber recibido en sobres barcénigos el hoy presidente del gobierno. Hasta 700.000 el anterior presidente del PP, Aznar. Hasta 800.000 la ministra Mato y suma y sigue con lo más granado del PP que más parece la Cofradía del Santo Sobre.

La crisis ha ahondado la gran divisoria social, polarizando la sociedad en una ínfima minoría de acaudalados y una inmensa mayoría de desposeídos. Se esta esfumando el espejismo de las "clases medias", cuya misión era apaciguar los ánimos, moderar los gestos y buscar soluciones de compromiso. Los ricos son cada vez menos y cada vez más ricos y los pobres cada vez más y más pobres. O, lo que es lo mismo, una minoría detenta el capital y, con ello, todos los medios de producción y la inmensa mayoría no tiene nada y, ahora, con la riqueza concentrada como nunca lo ha estado, ni siquiera tiene trabajo. Y el futuro dirá porque esas ingentes cantidades de dinero, esas montañas de billetes en unas cuantas manos, producto de la especulación, el delito, la codicia y la explotación de los trabajadores son improductivas, no se invierten en nada últil que genere riqueza y trabajo, sino que solo se mueven en circuitos ficticios y solo sirven para generar más dinero, para hacer más ricos a los ricos, nominalmente porque ya no pueden serlo más. Pero siguen acaparando, acumulando, con el Estado a su servicio, dándoles beneficios fiscales, amnistías, facilidades para continuar hundiendo la economía productiva.

Es la codicia de la gente, una pasión irrefrenable e insaciable.

(La imagen es un grabado de Georg Grosz, titulada "La libertad del obrero".

domingo, 19 de mayo de 2013

La vida en un paraíso fiscal.


Los paraísos fiscales son las válvulas de seguridad del capitalismo. Si la pequeña Suiza pudo mantener su neutralidad durante la segunda guerra mundial no fue gracias al poder de su ejército. Los alemanes, que habían engullido Francia y estaban haciendo lo propio con la Unión Soviética, hubieran tardado horas en invadir y controlar el país. Suiza salvaguardó su neutralidad escudándose en el poder invisible del dinero. El capitalismo necesita un punto de seguridad en mitad de la vorágine que provoca su propensión actuar sobre bases crediticias. Cuando dos Estados se enfrentan en guerra tratan de destruirse mutuamente pero hay algo en lo que ambos están interesados para garantizar sus transacciones y sus suministros y aprovisionamiento, que es el valor del dinero. La independencia de la banca es el aspecto fundamental. Es la doctrina alemana en materia de bancos centrales que, en el orden internacional, adquiere su manifestación en la existencia de un pequeño país alpino que en realidad, es un banco.

Al poco tiempo se haría evidente que la base del éxito no radica en el hecho de ser o no un banco, sino en cómo se maneje. El negocio está en el secreto bancario. A partir de aquí, el mundo se ha llenado de Suizas. Solo en Europa ha de haber más de una veintena. Debido a su carácter abstracto y su intangibilidad, las mayores cantidades de dinero caben en los espacios más angostos. En un disco duro, que hasta puede ser portátil. Dadas las circunstancias, es extraño que nadie haya inventado todavía el paraíso fiscal ambulante, por ejemplo, una furgoneta VW, al estilo de las de los hippies de los setenta, que recorra los países del viejo continente ofreciendo secreto bancario a quien pueda interesarle.

Los paraísos fiscales absorben cantidades astronómicas de dinero que, invertido en sus países de origen, garantizarían su avance. Un billón de euros acumulan los europeos, esto es, el PIB de España. En todo el mundo, al parecer, se escamotean 23 billones de euros. Cantidades ingentes. Pero lo que no se ve con claridad es cómo pueda ponerse coto a esta situación, por mucho que pública y reiteradamente se comprometan a hacerlo el G-20, la UE o el sursum corda. ¿Cómo va a hacerse? ¿Suprimiendo la libertad de circulación de capitales? No suele proponerse porque se considera un gran avance y, sobre todo, porque el propio capital sanciona a quien no la respeta privándole de su presencia. Lo primero que exige el capital en esas a modo de cartas internacionales para garantizar las inversiones mundo adelante es, precisamente, la seguridad de repatriación de beneficios o del principal de la inversión, incluso en condiciones leoninas.

Parece como si el único modo real de combatir los paraísos fiscales fuera convertirse en uno.  Si no puedes combatirlos, únete a ellos, reza el viejo proverbio. Y, al final, prácticamente todos los Estados recurren a los paraísos fiscales. Pues ¿qué otra cosa son esos fondos, esos bonos de bajísima rentabilidad que todos ofrecen y cuyo máximo atractivo es el hecho de ser opacos al fisco? Efectivamente, si se quiere combatir la fuga de capitales en un país, una de las formas es garantizarles la misma intangibilidad e inmunidad que si no estuvieran. Esa voluntad, tan reiteradamente expuesta como escasamente aplicada, de combatir los paraísos fiscales parece cumplir la función de una jaculatoria. 

La única forma real de combatir los paraísos fiscales es eliminar el secreto bancario, implantar una autoridad internacional capaz de obligar a terceros a hacer diáfanas sus transacciones financieras. Cosa que será muy difícil cuando los mismos Estados que quieren eliminar los paraísos fiscales acogen y amparan el secreto bancario en su jurisdicción. Entre otras cosas, porque suelen estar gobernados por gentes y organizaciones que suelen ser buenos clientes de los paraísos fiscales. Y sobre todo porque es muy difícil, si no imposible, combatir la esencia misma del sistema, consistente en la búsqueda de beneficios privados al coste que sea, y querer que el sistema siga intacto.

lunes, 15 de abril de 2013

Palinuro en el Nouvel Observateur. En español

Cuelgo aquí la entrevista que me ha hecho y publica hoy el Nouvel Observateur. Quedo muy agradecido a la publicación francesa por la oportunidad de exponer mis ideas sobre asuntos que me preocupan.

A petición de algún amable lector doy la versión española, traducida por mi mismo. No se culpe a nadie más de los posibles gazapos.



Profesor: usted organizó una mesa redonda el 24 de mayo de 2012 a raíz de la victoria de la izquierda en las últimas elecciones, abriendo así un debate sobre la cuestión: “Después de Francia, ¿fin de la hegemonía neoliberal?” Es un tema amplio ya que apunta al fin de un modelo económico y de un mecanismo del que todo el mundo asegura que casi no es posible librarse. ¿Se trata de una sociedad que está al final de su camino? ¿Cuáles son los elementos que, desde su punto de vista, lo llevan a esta pregunta? ¿Por qué eligió ese tema?

R. Cotarelo: A comienzos de la crisis, algunos expertos y personalidades políticas, especialmente el señor Sarkozy, entonces presidente de Francia, decían que era imprescindible “refundar” el capitalismo. Estaba claro entonces que el modelo neoliberal del capitalismo –esto es, el predominio de la economía financiera sobre la real- estaba agotado y no tenía futuro. Se decía que estábamos a la búsqueda de una alternativa.. Cinco años más tarde sabemos que esta alternativa no existe en el marco del modo capitalista de producción (mcp). Para encontrarla sería necesario romper con el modelo ya que “refundar” el capitalismo no será suficiente.

Pero no parece que haya otros modos de producción. Desde el hundimiento de los sistemas comunistas en los años noventa, la izquierda se mantiene en la oposición y critica el capitalismo, pero no cuenta con un modelo alternativo propio. No se trata de aceptar la idea de Hayek según la cual las crisis cíclicas son inherentes al capitalismo y, por lo tanto, inevitables. Pero nosotros, que no somos Hayeks, carecemos de alternativa. No tenemos una teoría satisfactoria del modo de producción distinta de la del capitalista.

La razón y el sentido común nos obligan a reconstruir el antiguo pensamiento socialdemócrata, es decir, la aceptación del modo capitalista de producción para reformarlo y regularlo y hacer de él un sistema más humano y más justo. Eso es lo que el PSOE trató de hacer en España en las dos últimas legislaturas, no consiguiéndolo a causa de la brutalidad de la crisis

Escogimos el tema “Después de Francia, ¿fin de la hegemonía neoliberal?” para la mesa redonda porque, al haber triufado el socialismo democrático en Francia, uno de los países europeos cuyo ejemplo se sigue en otras partes, podía plantearse de nuevo la cuestión de una vuelta a un programa de la izquierda que, sin romper con el modo de producción capitalista, diese lugar a una reedición de la “economía social de mercado" que funcionó tan bien en los años 50 y 60 en Europa.

¿Está el socialismo francés en condiciones de combatir la crisis, mostrar el camino y ser la vanguardia de Europa? Esta año habrá elecciones legislativas en Alemania. Si estas acaban con una victoria de la socialdemocracia, habrá nuevas expectativas para dar una respuesta viable a la crisis.

En 1981, el mundo asistía a la victoria de la izquierda en Francia con la elección de
François Mitterrand. Un año después era la vez de España, con Felipe Gonzàlez. Estábamos en pleno apogeo del neoliberalismo. ¿Se planteaba esta cuestión entonces?

Por supuesto. Poco antes de Mitterrand en Francia y González en España, Margaret Thatcher y Ronald Reagan habían triunfado en Inglaterra (1979) y en los Estados Unidos (1980). Entonces se lanzó un fuerte ataque contra el Estado del bienestar, gracias a la hegemonía conservadora de los think-tanks republicanos o emparentados que proporcionaban la teoría. Era un movimiento de antiguos intelectuales de izquierda pasados a la derecha. Conocían muy bien las tesis de Gramsci sobre la importancia de la lucha ideológica, sobre todo en la época de los medios de comunicación de masas.

Los años 80 vieron un combate idológico por conquistar el alma de las clases medias en las sociedades desarrolladas. Eran las clases que habían apoyado los programas sociales del Estado del bienestar pero que, asfixiadas por la política fiscal de los partidos socialistas, redistributiva y progresiva de esos años, buscaban una alianza nueva con los sectores acomodades en detrimento de las clases populares. La cuestión, indecisa hasta entonces, se zanjó diez años después a causa del hundimiento del comunismo, presentado como la victoria definitiva del modo capitalista de producción y del neoliberalismo. Se empezaba entonces a hacer propaganda con el llamado “dividendo de la paz” justo en el momento en que se declaraba la primera guerra del Golfo o primera guerra del nuevo imperialismo

En aquel momento, a comienzos de los años 90, la nueva crisis de 1992 afecta sobre todo a Europa que debe además hacer frente a las consecuencias de la reunificación alemana, esto es, el momento en que un Estado europeo de 60 millones de habitantes devoraba de golpe otro Estado de 17 millones y se disponía a hacer la digestión. Es la crisis que señala el fin del keynesianismo, una crisis llamada de stagflation, completamente nueva, imposible de resolver con la política económica de la entreguerra. Entonces, la socialdemocracia adopta puntos de vista parcialmente neoliberales con la esperanza de mejorar sus resultados electorales.





(M. Thatcher y R. Reagan, representados en la emisión de los guiñoles británicos)

La izquierda española, la izquierda francesa y en el orden europeo, con el PSE del que aquellas forman parte, ¿no son en sí mismas en último término neoliberales? ¿Existe el socialismo en verdad? El fracaso de Zapatero, ¿no se debe a las políticas neoliberales? Y ese fracaso ¿no debe servir de aviso al gobierno de Hollande?

La socialdemocracia adopta posiciones neoliberales presionada por su necesidad de ganar elecciones frente a unos electores que cada vez se han hecho más conservadores. En mi opinión el socialismo existe como lo ha hecho siempre en nuestras sociedades democráticas, bajo la forma de un “Estado social y democrático de derecho”, por invocar el Preámbulo de la Constitución española de 1978, esto es, lo que algunos autores (Elías Díaz, por ejemplo) llamaban “la juridificación de la vías al socialismo". El socialismo aparecía más como un proceso, un camino, una vía, más que como una realidad definitiva. Era una polémica venerable. Es de recordar aquí la célebre polémica entre Eduard Bernstein (“el fin no es nada; el movimiento, todo”) y Rosa Luxemburgo (“el movimiento no es nada; el fin, todo”).

A primera vista, desde luego, el fracaso de Zapatero se debe a sus políticas neoliberales. Basta con ver los resultados de las elecciones del 20 de noviembre de 2011 (38º aniversario de la muerte de Franco) para verlo. Pero aun encuentro más interesante preguntarse si estas políticas no eran más el efecto que la causa del fracaso del expresidente. ¿Cómo olvidar que de 2008 a 2010 Zapatero trató de vencer la crisis con políticas expansivas clásicas a lo Keynes que solo agravaron la situación hasta que la experiencia del fracaso de esta política le forzó a cambiar el curso de acción?

No es preciso avisar al gobierno de Hollande del fracaso del socialismo español. Parece que ha tomado buena nota. Por otro lado, en mi opinión, el problema principal de la izquierda francesa (como lo fue antes y sigue siéndolo para la izquierda española) es su capacidad de estar a la altura de las esperanzas despertadas por la victoria de Hollande sobre una derecha agotada y minada por contradicciones internas.

Hagamos un poco de ficción. El sistema neoliberal se hunde. ¿Cuál será, según usted, el régimen socioeconómico más apropiado para substituirlo? Dentro de Désirs d'Avenir, el socialecologismo está en el centro de nuestros debates. ¿Piensa usted que puede ser la base de una recuperación económica?

No me parece que el modo capitalista de producción esté amenazado. Sobre todo desde la incorporación de la República Popular China al mainstream del capitalismo mundial. Lo que se hunde son las formas de gestionarlo. Si el enfoque neoliberal pierde su predominio (y sigue sin estar claro del todo), la alternativa, si es que hay alguna, sera el resultado de la correlación de fuerzas en presencia, pero parece razonable suponer que se tratará de reestablecer una u otra forma forma de economía social de mercado


La ecología es un imperativo político. Pero hay otros y no solamente en cuanto búsqueda de nuevas formas de actividades industriales, especialmente productivas en general sino en cuanto que búsqueda de nuevas formas de gestión de las actividades que ya se realizan. Será preciso explorar nuevas líneas productivas, nuevos yacimientos de empleo (de las que ya se hablaba en el Libro Blanco de Delors en 1995), nuevas reformas del derecho del trabajo, nuevas relaciones industriales (¿por qué no intentar generalizar experiencias como la Mitbestimmung alemana?), de innovaciones como el establcimiento de un salario mínimo vital, etc.


Cuando estamos obligados a buscar alternativas por necesidad de supervivencia, deben considerarse todas las posibilidades, sin concentrarse en una sola y admitir que, a fin de cuentas, la solución puede ser una de compromiso, una mezcla imperfecta, impura, quizá contradictoria, pero de carácter práctico, esto es, algo realizable. No hay que olvidar el famoso apotegma de Hölderlin en Hiperión: “lo que convierte este mundo en un infierno en la manía de algunos de traer a él el cielo.”
 



(Photo. du journal Le Monde de Ségolène Royal, présidente de Désirs d'Avenir, pensant à une nouvelle gauche, elle déclare "La social-écologie, un autre modèle")

Agradezco a Raymond Cotarelo Garcia, esta entrevista. También agradezco a François Coll, por su colaboración. Espero que este artículo ayude a los lectores a hacerse una idea de la situación. Gracias a los lectores y lectoras por su fidelidad. Pueden ustedes compartir el artículo por mail, en sus blogs, en sus páginas de FB o Twittrer o copiando y pegando esta URL : http://loeildelajeunesse.blogs.nouvelobs.com/archive/2013...

miércoles, 10 de abril de 2013

Los paraísos fiscales.


La lista de 130.000 grandes evasores fiscales del mundo entero revelada por un consorcio internacional de periodistas contiene la clave de la presente crisis y la fórmula para resolverla si se tiene voluntad política. El "Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación" ha accedido a la información por un procedimiento similar al de la "lista de Falciani", solo que ahora la evasión es planetaria, hay documentadas millones de fichas y, según parece, el dinero que los ricos del mundo tienen oculto oscila entre 16 y 24 billones de euros, equivalentes a la suma de los PIB de los Estados Unidos y el Japón. En Alemania en concreto, como se ve en la imagen, casi el equivalente al 18% del PIB está en paraísos fiscales y el 1% en paraísos fiscales con los que hay tratados de intercambio de información.  Con ese dinero en circulación en sus países probablemente no habría crisis.


A este extremo hemos llegado a través de una curiosa paradoja. Hace unos 175 años, en los primeros tiempos de la revolución industrial, se lanzó la consigna de proletarios del mundo, uníos, pues se creía que el proletariado era una clase internacional y en su lucha contra el capital debía organizarse internacionalmente para evitar que se le dividiera y enfrentara con discursos nacionalistas. 175 años después lo que verdaderamente se ha internacionalizado ha sido el capital. El proletariado sigue tan dividido y enfrentado como siempre. En lugar del internacionalismo proletario tenemos el internacionalismo del capital. El nombre técnico es "libertad de circulación de capitales" que hoy, con la globalización, es prácticamente irrestricta en casi todo el mundo, mientras que no hay libre circulación de personas, salvo en algunos puntos, como la UE y en esta demediada.

Esa libertad de circulación es la fuerza del capital. Este ahueca el ala cuando la legislación de un Estado le incomoda, y desaparece de la noche a la mañana, refugiándose en países mejor avenidos o en los paraísos fiscales. Estos son, en realidad, como islas de bucaneros desde las cuales el capital especula en la economía mundial, arruina a los países y pone de rodillas a los gobiernos que, limitados al ámbito de la soberanía territorial carecen de armas para combatir los ataques del capital. A más de 40 años del lanzamiento de la idea de la tasa Tobin, todavía no se ha implantado impuesto alguno sobre las transacciones financieras (ITF), como propone Attac. Hay un tímido proyecto en la UE de establecer uno mediante un sistema de cooperación reforzada de un modesto 0,1%. Eso es todo.

Pero los paraísos fiscales, los masivos fraudes a las haciendas de los países, recuérdese, no son solamente causas de la crisis sino verdaderos delitos que deben ser perseguidos en los tribunales. El SPD propone en Alemania una bateria de ocho medidas concretas para luchar contra el fraude fiscal en la esperanza de que sirvan de acicate para otros Estados. Son dos cuestiones muy claras: 1ª) la lucha contra los Oasis fiscales (es el nombre alemán) es prioritaria; 2ª) además, es internacional. La lucha contra los abusos del capital internacional solo puede hacerse con instrumentos internacionales. Es una tarea inmensa, pero si hay voluntad política, puede ser decisiva para poner orden en un planeta desquiciado.

Entre tanto y mientras ese momento llega, debe hacerse justicia como hasta la fecha, en el ámbito estatal o nacional. El Consorcio famoso debe entregar sus listas a los tribunales de justicia (en todo caso, muchos de los 270 periódicos coordinados en el proyecto ya están publicándolas) para que estos procedan. Entre esos 130.000 nombres hay, al parecer, una cantidad de españoles. Sería el momento de cotejarlos con los de la lista Falciani y hacerlos públicos todos. Hay que recuperar el dinero defraudado y castigar a los culpables. Y dejarse de amnistías fiscales, "regularizaciones" y otras triquiñuelas que solo benefician a los evasores.

En todo caso, los nombres deben ser públicos. Aunque solo sea para comprobar cuántos de estos evasores fiscales acostumbran a largar discursos a la peña sobre el patriotismo y la nación, sea esta española, catalana, vasca, etc. Más que nada, para saber de qué va cada uno. A ver si resulta que el nacionalismo consiste en hablar aquí de la Patria y de darlo todo por ella pero de llevarse luego los dineros a Suiza. Es decir, a ver en qué medida los nacionalistas (todos, por supuesto, los españoles los primeros) hacen como escépticamente dictamina Martín Fierro:

De los males que sufrimos
hablan mucho los puebleros,
pero hacen como los teros
para esconder sus niditos:
en un lao pegan los gritos
y en otro tienen los güevos.

(La imagen es una foto de Wikimedia Commons en el dominio público).

domingo, 24 de marzo de 2013

En el cielo y en la tierra.

El abrazo de Castel Gandolfo. Esos dos angelicales ancianos en sus albas vestiduras son quizá lo más cercano que podamos imaginarnos al reino de los cielos,  a donde ahora se llega en helicóptero..

Entre tanto, aquí en la tierra, el caso de Chipre pone a prueba el sistema político europeo. Es una muestra más del proteico carácter del capitalismo, capaz de convertirse en su contrario para sobrevivir. Esa quita del 20% de todas las imposiciones superiores a 100.000 euros es una medida que cualquier partido de izquierda aplaudirá incluso con mala conciencia por no haberse atrevido a tomarla él. Pero el gobierno chipriota es muy de derecha. Y ¿qué hace un gobierno de derecha adoptando medidas de izquierda? Obviamente, refundar el capitalismo.

No podemos saber en qué pensaban en concreto aquellos líderes, como Sarkozy, que prometían la refundación del capitalismo en los primeros momentos de la crisis actual. Pero sí podemos ver que los gobiernos aplican a la crisis como soluciones las medidas que la provocaron. Hasta que dejan de hacerlo y aplican las de la oposición, como esa quita del veinte por ciento. Una medida claramente confiscatoria y que afecta a los más pudientes, una medida de izquierda pero adoptada por un gobierno de derecha, prueba evidente de su validez.

Desde el comienzo de la crisis las autoridades han venido advirtiendo de que España no es Irlanda, ni Grecia, ni Portugal, ni, ahora, Chipre. Claro, España es España, desde luego pero ¿por qué no habría de adoptar una decisión de tipo chipriota, una tasa sobre los depósitos bancarios? Al fin y al cabo eso es lo que es la política de austeridad impuesta por el gobierno. No se tocan los depósitos bancarios pero se reducen los sueldos, se aumentan los impuestos, se establece todo tipo de tasas y exacciones a la población del común que equivalen a una quita pero en donde quienes pagan más son los que tienen menos. Por eso el gobierno no impone tasas a los depósitos bancarios. Prefiere sacarle a la gente el dinero literalmente del bolsillo.

Hay quien dice, para encontrar una lógica insider, que la mayor parte de los depósitos superiores a 100.000 euros en Chipre son rusos. O sea, Chipre nacionaliza recursos rusos. Antaño un caso como este podía ser un casus belli. Hoy, la guerra no es pensable, al menos de momento. Pero esa es consideración anecdótica. La cuestión principal es que un gobierno de derecha adopta una medida típicamente de izquierda porque es buena para salvar el capìtalismo. La pregunta inmediata es: ¿por qué Rajoy no aplica en España lo que ve hacer en Chipre y no lo que vio hacer en Baleares y Valencia?

jueves, 31 de enero de 2013

¿De qué está hecho el capital?

El capital; no el dinero. El pobre dinero no tiene la culpa de nada. Cuando, en mis años mozos, traduje La filosofía del dinero, de Simmel, quedé convencido de que se trata de uno de los más maravillosos inventos de la humanidad. El dinero es la materialización de una idea, de algo que, en sí mismo, carece de consistencia: la idea del valor y la necesidad de medirlo. Por eso al principio la idea estaba adherida a la cosa que era valiosa normalmente por escasa, la moneda (que viene del latín Moneo, de Venus Moneta) era la cosa misma: la sal, la piel, la oveja, la vaca. Luego se descubrió el valor nominal y apareció el papel moneda, el dinero, que ya era rizar el rizo de la segunda abstracción. Pero el valor seguía midiéndose en términos de escasez.

Lo anterior se ve claramente con un ejemplo cotidiano: ¿es hoy el trabajo escaso? No, hay de sobra. El trabajo, por tanto, vale muy poco, casi nada. Y los salarios tienden a cero. Esto, sin duda, es inhumano, dado que el trabajo, la fuerza de trabajo, es todo con lo que cuenta la inmensa mayoría de la humanidad para sobrevivir. Pero la culpa no es del dinero, sino del capital que no son lo mismo, aunque a veces se confundan. No todos los ricos son capitalistas, pero seguramente todos los capitalistas serán ricos.

El capital es el dinero en acción, igual que el viento es el aire en movimiento. El capital es una relación social, como decía Marx. Esa relación se da en una sociedad con una determinada distribución del dinero, de la riqueza, en la que algunos tratan de incrementar la suya a base de cambiar la vida de los demás. Es entonces cuando actúan como capital y pueden hacerlo de modo legal o ilegal, moral o inmoral. El capital tiende a saltarse la legalidad y la moralidad, las que experimenta siempre como enojosas restricciones al logro de su objetivo del máximo lucro. Un ejemplo bien claro y evidente es la noticia de que algunas afamadas empresas españolas o extranjeras pero con presencia en España explotan trabajo infantil en otros continentes. Y, de seguir las cosas así, quizá se haga también en este y en este país.

Le viene de antiguo al capital. Prácticamente todas las empresas capitalistas del mundo comenzaron con eso que los economistas llaman "acumulación primitiva" de capital. Fundamentalmente actividades de robo, saqueo, piratería o rapiña luego consagradas con el paso del tiempo y las leyes y hasta ennoblecidas. El capital tiende al delito como la cabra al monte. Por eso se inventaron las regulaciones, intervenciones, legislaciones que el capital está siempre tratando de sacudirse. Es legítimo preguntarse ¿de qué está hecho el capital?

Pues básicamente de lo que un juez -obligado siempre a hablar de casos y personas concretas- acaba de dictaminar en el de Urdangarin, que este está poseído por un desmedido afán de lucro. Un desmedido afán de lucro lleva a alguien a traspasar la línea de la legalidad y jugarse su buen nombre y el de los suyos en actividades empresariales, de acumulación primitiva, en las que todo vale, el nombre del Rey o de una amiga del Rey.

Más o menos lo mismo que impulsa a Bárcenas. Sus actividades empresariales parecen ser muy variadas, desde el sector agropecuario al comercio de obras de arte. Pero están fundamentadas en un dinero acumulado de modo presuntamente ilícito. El capitalista, ya se sabe, tiende a ignorar las barreras legales y, cuando estas se levantan, a aprovecharse de ello. Por eso Bárcenas se acogió a la amnistía fiscal de su compañero de partido, el ministro Montoro. Y, de paso, ha creado un nuevo problema político al gobierno. Sin duda por orden de este, Hacienda se columpió negando en declaración pública que Bárcenas se hubiera acogido a la amnistía fiscal. Bárcenas ha probado ante el juez que, en efecto, "blanqueó" casi once millones de euros. Es decir: ahí, señoría, están once milloncejos del ala, "regularizados", como dice la ley y no "blanqueados", como dice la chusma. De los otros once hasta los veintidós que había en un principio, aquí nadie sabe nada.

¿De qué está hecho el capital? De lo que dice el juez, "el desmedido afán de lucro". Y otro día hablamos de la Iglesia.

miércoles, 2 de enero de 2013

Los eternos preguntones.


Carlos Fernández Liria (2012) ¿Para qué servimos los filósofos? Madrid: La Catarata.


Una pregunta encabeza este libro, lo cual es muy propio de los filósofos quienes, como los científicos, son seres específicamente inquisitivos. Y, de preguntar, empezar por uno mismo. ¿Para qué sirven los filósofos? Para hacer preguntas, algo constitutivo de los seres humanos. Así es este libro, una serie de preguntas saltando aquí y allá a lo largo de unos capítulos no escritos con una unidad de sentido, sino recogidos en un volumen con diversa procedencia. Tiene pues algunos (pocos) de los vicios de este género y algunas (muchas) de sus virtudes. No es reiterativo y, en cambio, es muy variado, siempre dentro de la mirada filosófica. El socorrido hilo conductor lo proporciona la lucha contra el plan Bolonia en donde el autor viene siendo muy activo desde 2000. Bolonia es la destrucción de la Universidad humboldtiana e implica el retorno a una oscurísima Edad Media (p. 139). Palinuro coincide y le llama la atención ese recurso a la nueva Edad Media que nos acecha. Viene a ser una idea parecida (aunque de otro signo) a la de Alain Minc en su libro de ese título, La nueva Edad Media, de 1993. Y los dos recuerdan la célebre obra de Nicolás Berdiaeff, aunque, para este, la nueva Edad Media, lejos de ser oscurísima era brillantísima. La Edad Media como metáfora.
Pero el libro va mucho más allá y mucho más acá del combate antibolonio. Hay en él otro tipo de temas muy sugestivos que, al aparecer y desaparecer a lo largo del texto, es preciso reorganizar, con el consiguiente riesgo de interpretar mal
¿Para qué sirve la filosofía? Para nada y para todo. Para gobernar a los hombres y, a través de ellos, el mundo. Así se sigue del brillante y original capítulo sobre el proceso de Sócrates quien habla aquí, no por boca de Platón, sino del propio autor. La pretensión de la filosofía se justifica por su uso de la razón, de la razón pura, desinteresada, exenta de contaminaciones histórico-culturales. Una razón de inmediato asimilada a la Ley por sus caracteres de abstracción, universalidad y generalidad (p. 55) Lo propio del Estado de derecho, identificado con la respuesta a la eterna cuestión de la filosofía política sobre la mejor forma de gobierno. Fernández Liria lo tiene claro: el Estado de derecho con tres notas concomitantes de división de poderes, publicidad en el sentido kantiano, e inmunidad de los representantes parlamentarios, "artilugios institucionales" (p. 44). El imperio de la ley se da por supuesto.
El problema de esta forma política es su coexistencia con el capitalismo (p. 72) que viene a ser entendido como el triunfo de la burguesía frente a los ideales de la Revolución francesa y taxativamente condenado como el mayor obstáculo a la libertad (p. 99).
En el análisis de la Ilustración, Fernández Liria señala que el requisito para la independencia civil en el Estado de derecho imaginado por los iusnaturalistas es la propiedad. Esta es la prueba de la verdad o falsedad del orden político. No siendo la propiedad universal, la consecuencia es el sufragio censitario, modo crudo de consagrar la desigualdad de los seres humanos precisamente con aquello que los hace tales. Locke sostenía que los tres derechos naturales esenciales a todo ser humano eran la vida, la libertad y la propiedad. Que eso de la propiedad lockeana es peligroso se delata en que su seguidor, Jefferson, no la incluyó en los derechos de la declaración de independencia que pasaron a ser: la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Hasta la libertad podía quedarse en una declaración firmada por propietarios de esclavos, pero no la propiedad.
Tema conflictivo el de la propiedad. Si no lo he entendido mal, el autor propone resolverlo universalizándola mediante criterios posibilistas, tipo Tasa Tobin o renta básica (p. 79). En la medida en que el Estado es pensado, como siempre y, desde luego, desde Hegel, como el único interesado en la universalidad de estos propósitos de la ley y la razón, corresponde hoy a los trabajadores, a los asalariados, defenderlo frente a los ataques de la burguesía neoliberal que apunta a la nueva Edad Media (p. 47), la selva de las privatizaciones. Ese tipo ideal de Estado de derecho no es compatible con ninguna forma de conquista partidista del Estado, ni siquiera de la del partido de uno mismo si lo tuviere. Identificado el Estado con el derecho, su empleo partidista equivale al uso de una justicia partidista, esto es, una contradicción en los términos, un oxímoron.
No sé si, a fuerza de coincidir con el autor, le atribuyo intenciones que no tiene, pero detecto en su punto de vista una forma de razonar que precisamente trato de exponer en una obra de próxima aparición. Una forma de razonar que se abre paso con otra pregunta: ¿se equivocó la izquierda al entender que debía "superar" la Revolución francesa? Sin duda el capitalismo consagra una especie de traición de los ideales de la revolución imponiendo ese sistema que el marxismo critica con la dualidad democracia formal/democracia real. Pero, a su vez, aquí viene lo interesante del punto de vista del autor, el marxismo cometió el grave error de aceptar los vicios del capitalismo (p. 94), con aberraciones como la del "hombre nuevo" (p. 47) para acabar produciendo una forma de totalitarismo (p. 96). Imagino que se refiere más especialmente al comunismo. Pero la crítica es, desde luego, formidable para venir de quien se considera a sí mismo "comunista antisistema", si estoy en lo cierto.
De ser correcta esta interpretación, desde luego lo imperativo es volver a los ideales de la Revolución francesa. Es mi punto de vista, rehacer el camino, no tirar al niño con el agua sucia. Cuando un ideal se falsea, la culpa no es del ideal sino de quien lo falsea. La falta de respeto a los derechos humanos no es un argumento en contra de los derechos humanos. Así que también aplaudo su recuperación de la idea ilustrada del progreso como una victoria frente al tiempo (p. 86). Este es válido incluso en el problemático sentido moral. Su confianza en el derecho lo lleva a negar el relativismo. La prohibición de la esclavitud y el avance del feminismo son pruebas objetivas del progreso. Ello sin ignorar que puedan producirse retrocesos, incluso muy pronunciados. Él mismo predice uno con la nueva Edad Media.
Ya no me resulta tan convincente la reiterada condena del capitalismo como el mayor obstáculo a la libertad (p. 99). No porque se contradiga el canto que hace Marx al capitalismo en el Manifiesto como gran liberador de fuerzas productivas y avance sino porque, no habiendo sido capaces los anticapitalistas de procurar un orden social más libre que los capitalistas, la afirmación de que el capitalismo es el mayor obstáculo a la libertad solo puede sustentarse en una convicción de futuro, en una ideología. Cierto que el capitalismo ha posibilitado la extensión de esas instituciones en las que el espíritu objetivo hegeliano facilita la libertad, pero lo que hoy está en marcha es un proceso de destrucción de lo avanzado (p. 115). Cabe imaginar qué pensaremos de la situación si decidimos que el mercado es el cerebro de la totalidad hegeliana (p. 115) y, al mismo tiempo le otorgamos la condición de demente. Suena aquí la idea de la anarquía del mercado pero el hecho es que, demente o anárquico, injusto y cíclicamente catastrófico, el mercado garantiza la existencia de los órdenes sociales mientras que las formas de organizar la producción al margen de él, no lo han conseguido. Por eso, el problema de la relación del capitalismo con la libertad es complicado.
Desde luego puede compararse la privatización neoliberal con un nuevo feudalismo. Todo relaciones entre privados. Bolonia es un ataque directo a la Universidad como servicio público que se debe, no a la sociedad, sino a la verdad. Privatizarla es un suicidio; algo tan absurdo como privatizar la justicia (p. 149). Sin embargo, hasta esto está en recámara. No tanto la actividad judicial en sí (aunque el encarecimiento de las tasas es una forma de privatización) como otras acividades de la administración de justicia, cual los establecimientos penitenciarios. Los anarcocapitalistas probablemente los pondrían en pública subasta. O sea, los externalizarían. Puede ser un negocio tener mano de obra barata en un penal. Así que el proceso de privatización de la Universidad es un frente de batalla abierto.
El ataque a la Universidad pública es, en el fondo, un ataque a la función pública. Fernández Liria analiza agudamente cómo la condición de funcionario, con el colofón de la libertad de cátedra es lo que da a estos la libertad. La libertad es posible con seguridad en el empleo (p. 119). Esa faceta es la que la privatización pretende romper para someter la crítica y el espíritu libre a la ignominia de la incertidumbre y el miedo al futuro que convierte a unos hombres en dependientes de otros, lo cual es la base de la tiranía como algo opuesto a la obediencia a la ley que es la base de la libertad, según recordaba Rousseau. Esa convicción es la que lleva a muchos neoliberales a propugnar la abolición de la tenure, estadounidense, esto es, la seguridad en el empleo del profesrorado universitario El odio neoliberal al Estado es el odio a esa condición exenta de los funcionarios y así, mientras la izquierda pretende extender la condición funcionarial a toda la sociedad como base de seguridad generadora de libertad, la derecha pretende eliminarla, reduciendo a la mayoría de los seres humanos a la condición de inseguridad y dependencia de los caprichos del amo o las fuerzas ciegas del mercado.
Paso por alto, pues no puedo eternizarme, algunas interesantes elaboraciones sobre los ideales universales de lo bello, lo bueno y lo justo y otras sugerencias. Es un libro valioso, lleno de ideas y de preguntas que invitan a la reflexión y a la respuesta.