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miércoles, 6 de julio de 2016

El odio a lo catalán

En un incidente típico y normal en cualquier lugar del Estado (esta vez en las Baleares), un castellanoparlante se dirige a un catalanoparlante en términos agresivos y ofensivos. Mucha gente -no solo entre los nacionalistas- protesta y hasta pide que el agresor sea sancionado. Pero héteme aquí que este encuentra un defensor en un personaje de izquierda quien señala que la ofensa no es tan importante porque se inscribe dentro de la catalanofobia estructural y que, en cambio, cargar contra aquel, al fin al cabo un trabajador, sería injusto.

Catalanofobia estructural. Muy interesante expresión que significa, exactamente que en la sociedad española hay una actitud generalizada de odio a lo catalán, algo que todo el mundo sabe pero nadie reconoce de forma pública y formal. Al contrario, los discursos edulcorantes hablan siempre de lo bien que nos llevamos y lo mucho que nos queremos castellanohablantes y catalanohablantes. Mentira. En España hay "catalanofobia estructural" y esto tiene unas consecuencias determinadas en aspectos a corto, medio y largo plazo que trato de analizar en mi artículo de hoy en elMón.cat y cuya versión castellana es la siguiente:

Catalanofobia estructural.

Dice Carles Puigdemont que cuanto antes nos vayamos de España, mejor. Presidente: eres un radical. ¿Cómo propones marchar de un país caracterizado por una catalanofobia estructural? ¿No estás a gusto? Recuerda que esa atinadísima definición viene de la izquierda en donde, desde los tiempos de Lévy-Strauss, se mueren por tratar con buenas estructuras, que son como los cimientos de la casa de sus volanderos pensamientos.

¡Catalanofobia estructural! ¿Qué se le va a hacer? España y yo somos así, Señora. España es estructuralmente catalanófoba como Chile propenso a los seísmos y Bangla Desh al monzón. Condición natural hombre, que no conviene torcer ni manipular porque no somos dioses, aunque hablemos en su nombre. Pretender que la gente se comporte civilizadamente cuando la estructura impone otra cosa es pura demagogia de derechas.

Sí, presidente, de derechas. Es como pretender que el ministro del Interior garantice la seguridad y la libertad de todos los ciudadanos, administrados y contribuyentes, ignorando el hecho natural y hasta ciclópeo, de que hay una catalanofobia estructural. No, señor, el ministro tiene que distinguir entre ciudadanos normales, estructuralmente catalanófobos, y catalanes a la hora de saber contra quién organiza la guerra sucia para defender a los ciudadanos de bien que son esos que estacionan los coches con ayuda de un querubín.

¿Marcharnos cuanto antes de España, un país moderno en el que el ministro del Interior fabrica los delitos de acuerdo con sus esbirros y un puñado de fiscales y gacetilleros a sueldo? Independizarnos de unos gobernantes que fabrican pruebas delictivas falsas contra un alcalde democráticamente elegido? ¿Dejar de pertenecer a un país en el que antaño se fusilaba al presidente de la Generalitat y hoy, en prueba de su modernidad, solo quiere procesarlo penalmente por haber consultado a la población?

No has calculado bien las ventajas que de la pertenencia a España se siguen para Cataluña. Por ejemplo, ahora parece que el ministerio del Interior va a abrir una nueva vía de investigación para descubrir a la opinión pública las sórdidas maquinaciones de la gente de tu entorno y el cúmulo de delitos que cometías en tus anteriores responsabilidades, como alcalde de Girona. Si fueras trigo limpio, como le gusta a monseñor Cañizares y no mala hierba, como la que extirpa monseñor Echenique, pondrías todos tus archivos a disposición del ministerio del Interior para que pudiera inventarse un par de delitos con que acusarte y dar carnaza a la prensa amiga.

Una vez que la izquierda ya ha decidido que la catalanofobia en España es estructural, estaremos más cerca de encontrar una solución de mutuo respeto, admiración y cariño para que los catalanes entiendan cómo, a pesar de todo, los españoles los aman. Tómese por ejemplo otro grupo de españoles capaces de dejarse la piel por tender puentes entre Cataluña y España, esto es, el de los socialistas. El señor Iceta, en un alarde de audacia, decidió volver diez casillas atrás en el juego de la oca por el que el PSC camina hacia la irrelevancia, proponiendo ahora un referéndum a la canadiense que previamente había rechazado y previamente a lo previamente había solicitado. Típica inconstancia socialdemócrata. Por fortuna tomaron la palabra los órganos catalanes de dirección de PSOE para rechazar esa peligrosa aventura referendaria que ignora los límites estructurales de España. Así no fue necesario esperar el inevitable ukase que llegaría desde Ferraz en Madrid con un “no” rotundo a las veleidades secesionistas y quizá también con un cordón de seda para que se resuelva la molesta presencia de Iceta al modo que se hacía antes con quienes disgustaban por sus actos a los sultanes de la Sublime Puerta.

Debes tener en cuenta, Presidente, que España, como nación de naciones, también es estructura de estructuras y la catalanofóbica no es más que una pequeña fracción de un mosaico mucho más amplio y variado en el que todos los pueblos del Estado encontramos nuestro lugar ideal, un terreno en el que, además de catalanofobia, hay taurofilia, fascismolatría, monarcofagia, clérigomanía y cleptodemia.

Solo un ingenuo iluso estaría dispuesto a vagar por los espacios siderales en lugar de sentirse cómodamente encadenado en las mazmorras de un Estado que vive de la luz de Trento.