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sábado, 4 de enero de 2014

Una historia del siglo XXV.

Llegará un tiempo en que la humanidad muestre fotografías como esta para ejemplificar la degradación, la barbarie y la estupidez de la raza humana. Lo sé de cierto porque el otro día, cuando mi amigo H. G. Wells me invitó a tomar el té en su casa y a mostrarme su máquina del tiempo, nos dimos una vuelta por el siglo XXV y eso es lo que más me llamó la atención. Aproveché una visita a una escuela de enseñanza primaria y pedí permiso para traer a nuestro tiempo un breve capítulo de un libro de educación cívica que reproduzco aquí sin variar una coma:

"En una época que presumía de civilizada era costumbre de las gentes adineradas reunir a docena o docena y media de personas adultas, provistas de armas sofisticadas que entretenían sus ocios asesinando animales indefensos y pavonéandose después por ello, considerándolo una hazaña, mientras trasegaban licores, fumaban cigarros habanos, se ponían ciegos de comida y, llegado el caso y si sus esposas no estaban, corriéndose unas juerguecitas. Llamaban "deporte de la caza" a estas reuniones y solían decir con orgullo que eran cosa de hombres, incluso de machos, pues de eso presumían.

Esta costumbre, también llamada "montería" estaba muy extendida en España, país con nulo respeto por la vida, bajísimo nivel cultural, oscurantismo religioso (allí presumían de monteros hasta los curas) y acendrado servilismo. Según se dice -si bien hoy no hay pruebas de ello- el pueblo español disfrutaba viendo asesinar en público toros bravos en espectáculos que llamaban "corridas" elevadas a la condición de "patrimonio cultural" por algún gobernante patriótico.

Los asistentes a esas monterías solían ser grandes empresarios, poderosos financieros que aprovechaban la matanza para apalabrar negocios. Los acompañaban altos cargos del Estado, dirigentes de partidos políticos, personalidades de la vida pública con cuyo concurso -a veces delictivo y generalmente inmoral- se cerraban los tales negocios. Estos dos puntales monteros iban a acompañados de una tropa de tiralevitas, logreros, aventureros y delincuentes que se encargaban de que las partes se entendieran y obtenían por ello un beneficio en forma de comisiones o de la facturación inflada de la misma cuchipanda.

Las monterías podían ser más importantes que una reunión del consejo de ministros, otra institución desconocida en nuestro siglo de feliz anarquía universal. En realidad, era allí en donde la élite económica, financiera, política, social, tomaba las decisiones de gobierno de lo que ella misma llamaba "una gran nación".

Contaba con el antecedente más venerado por la hermandad montera, el general Franco, de quien todo el mundo, excepto la Real Academia de la Historia, tenía el peor concepto, considerándolo un general felón, traidor, delincuente, dictador y genocida. Por supuesto la élite, respetuosa con el saber solvente de las instituciones, seguía el criterio de la Academia y, pues era franquista, Franco era su modelo.

Con razón: el caudillo Franco había ennoblecido la caza, pues no solamente era un infatigable montero (así como recurrente pescador de cachalotes) sino también un artista, capaz de inmortalizar el arte cinegética por medio de la del gremio de San Lucas, la pintura. Pintaba el general en un estilo muy suyo retratos, bodegones y escenas de caza que, como la que se ve, suplían ciertas deficiencias creativas con una sinceridad que hacía las delicias de los psiquiatras. Los cuadros del caudillo están expuestos en su casa museo del Pardo, lugar de peregrinación de los monteros de la "gran nación".
 
Franco cazaba y gobernaba el país mientras abatía ciervos, jabalíes u osos. España era una finca de caza. De rojos, de caza mayor y menor y hasta de peces, pues también le daba al salmón. Los franquistas no iban a ser menos. Cuentan las crónicas que cierta catástrofe ecológica llamada "Prestige" sucedió estando el ministro competente de cacería, a tiros con las bestias. Igualmente algún historiador crítico ha revelado que lo que costó el cargo al socialista Bermejo, ministro de Justicia, no fue que anduviera de cacería con el juez Garzón sino el hecho insólito, el atrevimiento nunca visto, de que dos plebeyos, poco más que dos patanes, osaran ir de montería, actividad reservada a los de toda la vida, esto es: a los nobles, los ricos y el enjambre de pelotas, mamporreros, correveidiles, delincuentes, periodistas corruptos e intelectuales mercenarios, todos los cuales posibilitaban la tranquila gobernación del coto nacional.
 
Y como no iban a ser menos, los franquistas idearon una medida ingeniosa: apropiarse por ley los espacios públicos del país como cotos de caza y prohibir a la población el tránsito por ellos cuando estaban en actividad. Se abrió entonces un debate entre los monteros tradicionales y los neoliberales. Los tradicionales insistían en que, como todos no somos iguales, pues unos tienen escopeta y otros no, lo lógico era prohibir a los civiles pasear por el campo en días de caza; por su bien; para que no les pasara nada. Era una restricción de la libertad de circulación pero dictada por una noble preocupación paternal de los señoritos por los siervos.  Los monteros neoliberales, en cambio, eran enemigos de toda restricción de la libertad, incluida la de andar por el campo en tiempo de caza. Cada cual toma sus decisiones libremente, calculando riesgos y beneficios. El riesgo era grande. Alguien podía llevarse un tiro. Bueno; era un asunto entre particulares. Que lo arreglaran ellos y no metieran en danza el Estado.
 
¿Cabría pensar en una montería en la que, en uso de su libertad, unos seres humanos se contrataran como blancos de caza, piezas por abatir a cambio de una paga? Cabría -decía el neoliberal-, todo dependería de la paga y de si esos seres humanos creían que les compensaba el riesgo. Aumentaría la demanda de caza pues siempre es más divertido disparar contra una persona que contra un oso y los contratados no como ojeadores sino como ojeados, si salían vivos, podían ganarse sus buenos cuartos. Otro asunto entre particulares. Además, ser pieza de montería siempre será mejor que no ser nada. Que cada cual elija. Libremente.

A esa doctrina llamaban neo-liberalismo y sostenían que era un avance de la civilización y el progreso.


Hasta aquí el breve capítulo de un manual de educación cívica del siglo XXV que me traje como recuerdo del futuro. Porque lo que es el presente...



martes, 17 de abril de 2012

Recuerdos de un elefante.

El primo George era un gran elefante. Culto, íntegro, voluntarioso, sensible y muy hospitalario, fueron estas buenas cualidades las que lo perdieron. En especial su aficion por el trato con los hombres, sí, esos bípedos implumes devastadores a quienes nuestros amigos los houyhnhnms, llaman yahoos, término que los propios yahoos, en su estólida ignorancia, atribuyen a una plataforma de correo electrónico, ignorando que la palabra quiere decir precisamente eso, "hombre". En verdad, hombre tosco, brutal, degenerado. O sea, hombre a secas.
George era sabio a fuer de viajado. Había estado en la India y allí había conocido a Ganesh quien le enseñó la gran habilidad con la que él después se ganó la vida por los caminos del mundo hasta volver a casa. Sabía tenerse de pie sobre un ratón. Me lo presentó una vez. Se llamaba Ercolino y era un gran roedor pues sostenía a George sin fatigarse y eso que mi primo pesaba casi diez toneladas. Ganesha cogió cariño a George y lo nombró Gran Proboscídeo del Africa meridional con jurisdicción sobre todo el Kalahari y obligación de pagarle un tributo anual en un rico forraje, al que el dios era muy aficionado, que crece en la savana africana pero no se conoce en Asia. ¡Y no estaba orgulloso ni nada George de patrullar las ardientes arenas con su gualdrapa de seda hindú en la que se leía en sánscrito "Alguaciles de Ganesha. Satrapía africana"!
Hacía ya tiempo que lo veía poco. Se había casado con una hermosa elefanta de la selva y, siendo un loxodóntido hogareño, apenas salía de casa salvo para ir al trabajo. Sin embargo, un día vino a verme muy excitado: había llegado un grupo de yahoos que parecían civilizados, quería entablar relaciones con ellos y me invitaba a acompañarlo porque creía que podría serle de utilidad dado mi conocimiento del inglés, que adquirí mientras, siendo niño, trabajaba para Walt Disney haciendo Dumbo. Me negué en redondo. No era necesario señalarle el peligro que lleva siempre para nosotros el trato con estas bestias frenéticas cuando van de lo que llaman "caza". Pero él insistía. No había peligro, decía el infeliz; en la expedición venía un yahoo que era Rey de España y, al tiempo, presidente de honor de WWF, es decir, ¡un amante de los animales! Venía, además, acompañado de un grupo de damas y caballeros entre los que destacaba por su belleza, elegancia y cualidades espirituales, una noble alemana, al parecer sentimentalmente relacionada con el yahoo hispano, de nombre Corinna zu Sayn-Wittgenstein. "¡Una Wittgenstein!", exclamaba el bueno de George, "¡Podré hablar con ella del Tractatus Logicus-Philosophicus, que fue lectura obligada en mi época de Brahmín en la India."
Dije que no lo acompañaría y mientras él, algo mohino, emprendía viaje al encuentro de los visitantes, yo me metí en la red en busca de información sobre aquel extraño Yahoo, llamado Juan Carlos de Borbón. La conexión en el Kalahari no es muy veloz pero, cuando accedí a la información, se me encalabrinó la trompa: el yahoo en cuestión era un peligro para cualquier ser vivo a su alcance: empezó sus días matando -diz que accidentalmente- a un su hermano y siguió luego su infausta carrera sembrando la tierra de cadáveres: búfalos, ciervos, urogallos, jabalíes, jaguares, tigres de Bengala y hasta un simpático oso de la estepa. Aquel yahoo, como todos los de su especie, era una máquina de matar; la tal Sayn-Wittgenstein lo azuzaba para hacer negocios con una clientela de nuevos ricos palurdos que pagaban lo que fuera por ir a exterminar fauna africana en compañía, decían, de un auténtico rey que, a su vez, acudía allí atraído no por el encanto filosófico de la dama sino por otro menos elevado y más horizontal.
Cuando me di cuenta del peligro que George corría, salí a toda velocidad en su busca, barritando desesperadamente. Pero George estaba lejos y no podía oírme. De hecho, ya había avistado el safari y hacia él se encaminaba con esa tranquilidad de espiritu que caracteriza los espiritus nobles. Cambié la forma de comunicación y le envié aviso de riesgo por microondas terrenas. Si George estaba todavía en este mundo, tendría que recibirlas por las patas y quedar avisado. Justo cuando acababa de enviarlas, sonó el eco de un disparo y yo supe que había llegado demasiado tarde.
Redoblé la velocidad de la carrera y cuando, por fin, entré en la linde la savana el espectáculo era desolador. A cien metros, George yacía muerto, con la tapa de los sesos levantada mientras el yahoo posaba satisfecho con la escopeta humeante, junto a la malvada princesa y a sus pies, mi infeliz primo George. Verlos y arremeter contra aquella pareja de estúpidos criminales fue todo uno. Ignoré a la mujer pues los elefántidos no atacamos a las mujeres y me fui sobre el reyezuelo de la tribu ibérica. Lo empujé levemente con la trompa y le rompí una cadera. Me disponía a aplastarle la cabeza sentándome sobre ella cuando se me apareció Ganesha y me ordenó perdonarle la vida. Tenía que perdonarlo porque, al y al cabo, nosotros somos dioses e hijos de dioses y tenemos que tener piedad con estas criatura imperfectas que sólo sobreviven matando y destruyendo, sobre todo, si como era el caso con el yahoo a mis pies, no sabían hacer otra cosa de provecho pues habían pasado su vida parasitando a sus semejantes.
No me convenció el discurso de Ganesha porque, al fin y al cabo, a diferencia del pobre George, yo he sido siempre un agnóstico pero entendí el razonamiento de que, si acababa con los días de aquella piltrafa humana, que se retorcía en el suelo de dolor, acabaría siendo tan abyecto, cruel e inmundo como él. "Déjalo ir", me dijo Ganesha, "No lo tiene fácil. Su mujer lo ignora, sus hijos no se lo toman en serio, sus amantes lo tienen como un activo de negocios y alguno de sus parientes políticos, más ladrón que Caco, puede acabar arrastrándolo a la cárcel, que es la jaula en la que los yahoos encierran a los otros yahoos que se pasan de listos o de tontos. Su propio pueblo nunca le ha tenido mucho respeto y, ahora, con sus últimas hazañas muy al estilo de los crápulas de sus antepasados, aumentan los partidarios de darle boleto y cambiarlo por una República.
Lo de la República me sonaba mucho. Recordé que era la forma preferida por mi amigo y anfitrión, Palinuro, en cuya casa, que tenía la forma de una elegante trirreme troyana, me alojaba cuando iba de excursión a Europa. Precisamente, la última vez, cuando fui de librerías a Madrid, a buscar un libro sobre un elefante que acababa de publicar el gran José Saramago, que tanto nos entendia, El viaje del elefante. Comprendí entonces la profundidad del maestro Ganesha: entre los yahoos hay de todo, incluso extremos contrapuestos. Hay Saramagos y hay Juan Carloses.

lunes, 16 de abril de 2012

Es más de lo que parece.

El octogésimo primer aniversario de la proclamación de la IIª República iba a pasar sin pena ni gloria. Alguna tímida bandera, varios actos conmemorativos, culturales, de la memoria histórica y, desde luego, el hervidero de la red. Pero poco más. La República tiene muchos menos partidarios de lo que se cree, sobre todo desde que parte de la izquierda ha dado en la flor de sostener que esta, la izquierda, es compatible con la monarquía, sin duda en aplicación de la doctrina de la accidentalidad de las formas de gobierno, de gran prosapia en el país.

El destino, sin embargo, juega al sarcasmo y un aniversario taciturno y apagado se ha convertido en una efeméride rutilante, no solo por los muchos méritos de lo que se conmemora, sino por la naturaleza ramplona, chabacana, ruin y ridícula de la realidad que sirve de comparación. La expedición cinegética de este hemingwayano monarca en un momento especialmente grave para el país sobre el que reina ha provocado una crisis, una verdadera convulsión en la que se recuerda que el prestigio de la Corona está bajo mínimos y la monarquía como institución se la juega. La sola mención del caso ha puesto a prueba la lealtad de los dos partidos mayoritarios que, con alguna voz discordante en el PSOE, han obtenido la máxima calificación: los asuntos de la Corona no se comentan. No comment, tradición anglosajona. En algún momento el PSOE fue un partido republicano, pero ya no lo es. ¿Cabe, pues, hablar de dos partidos dinásticos como en la primera Restauración? Cabe. Un rasgo más del peligro que encierra para la izquierda el identificarse en demasía con un régimen contra el cual se había constituido.

Pero hay más. La aventura del rey no es solamente cinegética, pues tiene ribetes específicamente borbónicos. Según parece, la familia real será real pero no es familia. De inmediato vienen los dinásticos a recordarnos que estas son cuestiones privadas del monarca que tiene tanto derecho a la intimidad como bla, bla, bla. En este momento el dinástico ha descendido un escalón para convertirse en cortesano adulador. Por supuesto, Juan Carlos de Borbón puede hacer lo que le dé la gana, pegársela a su señora, vivir en concubinato y hasta mantener un serrallo (siempre que sea de su bolsillo), pues es un hombre libre y, mientras esté dentro de la ley, los demás no tenemos nada que decir. Pero Juan Carlos de Borbón es también rey de España, voluntariamente, por cierto, y vive de dar ejemplo en un conjunto de valores que incluyen la Patria, el trono, la religión, la bandera, la familia. Si el rey va contra alguno de estos valores, ¿por qué no contra todos? De hecho, el coronel Martínez Inglés sostiene que es felón y traidor a la Patria.

Pero, sobre todo, sea uno o sean todos los valores atacados, ¿qué crédito puede darse, qué respeto tributar a quien hace lo contrario de lo que dice? Y esto no afecta solamente al rey sino también a la reina Sofía. Veamos, ¿estoy equivocado o la reina profesó el catolicismo abjurando (supongo) de la iglesia ortodoxa? ¿No suele estar en los oficios religiosos de la liturgia católica? Si es así, ¿qué pinta en Atenas asistiendo a la pascua ortodoxa? Personalmente me es indiferente pero ¿no son excluyentes las creencias religiosas? La reina Sofía es muy libre de poner su fe en donde quiera, pero conviene saberlo para que sus súbditos españoles, mayoritariamente católicos, conozcan con quién comparten el culto.

Se respira en esta historia mezcla de borbonismo tradicional, conflictos de matrimonios, asuntos judiciales, un aire no ya de decadencia, sino casi apache, de ruedo ibérico con alta tecnología. Y se echa de menos algún bravo clérigo capaz de amonestar públicamente al monarca sobre los peligros de la depravación, de ir contra la ley d Dios en asuntos matrimoniales. Se echa de menos un Thomas Beckett, incluso un Tomás Moro. A cambio contamos con un Rouco Varela, que hará la vista gorda siempre que le den unos terrenitos para la iglesia.

Dicen los partidos dinásticos que las últimas peripecias de la Corona no tienen influencia alguna sobre la institución y que la monarquía no está en cuestión. "No toca" hablar de Monarquía/República. Como dicen los políticos, no es un debate que esté en la calle. Sobre todo si ellos lo acallan en los despachos. Pero está en la calle. De esta es prácticamente imposible que la Corona salga incólume, sobre todo ahora que ya se conoce el nombre y el rostro de la noble, elegante y razonablemente joven señora que organiza las cacerías del rey. De exacerbarse el asunto, los partidos dinásticos quizá propugnen una abdicación del rey en su hijo que parece un Borbón menos zascandil, con un toque plebeyo y romántico, al estilo de su tatarabuelo, Alfonso XII.

Los republicanos seguiremos pidiendo un referéndum sobre la forma de gobierno de España. Tenemos muy pocas posibilidades de lograrlo. Pero eso pasa con todos los ideales y la República lo es.

domingo, 19 de julio de 2009

Los misterios de la caza.

Según parece el señor Fernández Bermejo dice que "la izquierda no entiende la caza". Atónito me quedo. No sospechaba que hubiera algo que entender. Supongo que la transcripción de la entrevista tiene sus exigencias y que el entrevistado matizó su respuesta y dijo algo distinto, más elaborado, que "el poder desconoce la relación del hombre con el bosque" y otras fantasías que insinúan que la caza es como una recuperación de aquella relación feraz, primitiva, brutal del hombre con el medio en los orígenes pero en la época contemporánea lo que, obviamente, es absurdo. Poco hay que entender allí donde a unos pavos armados les sueltan doscientas perdices para que se líen a tiros con ellas. Y conste que por caza no se refiere uno solamente el hecho de andar por los montes escopeta en mano sino también a sus momentos y rituales. Puede saborearse acudiendo a un restaurante de cazadores, de esos de ambiente rústico, con mucha piedra ornamental, chimeneas y cabezas de ciervos y jabalíes por las paredes, algo sólo equiparable en su buen gusto a las cabezas de toros de los locales taurinos. O seguir su rastro por el de los galgos ahorcados en esos bosques de que habla el exministro. Casos aislados, por supuesto.

En fin que tiene razón don Mariano, que la izquierda no entiende la caza, y que siga Vd. por ahí dando tiros a cuanto se mueve pues al parecer lo realiza a Vd. mucho.

(La imagen es una foto de Lisergia, bajo licencia de Creative Commons).