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sábado, 28 de mayo de 2016

Desde lo más profundo del tiempo

El Museo Arqueológico Nacional tiene una interesante exposición de los hallazgos de una misión española de la Universidad Autónoma en los confines de Oriente próximo en la península de Omán. Comisariada por Joaquín Córdoba Zoilo, catedrático de Historia antigua de esa universidad, muestra los resultados de los trabajos de ese equipo de españoles, incorporados a una misión internacional y aporta datos muy interesantes, fascinantes incluso, sobre una civilización de la que, hasta hace poco no se sabía prácticamente nada, ni siquiera en dónde estaba: la del país de Magán. Algún texto sumerio hablaba, al parecer, de los "barcos negros" (porque los calafateaban con betún) que llegaban de aquel lugar que debió de florecer como centro de comercio del cobre para el golfo pérsico entre el 2300 y el 500 a.d.C. Imagino que la existencia de este centro -no me atrevo a llamarlo emporio- y algún otro vecino, como Mleiha y el puerto de Dibba, ciudades caravaneras fortalecerán las viejas teorías difusionistas. Luego, llegó la decadencia y pareció habérselo tragado la tierra, de forma que algunos conjeturaban que podía incluso encontrarse en el África, otros en Yemen, o en Irak. Ahora, gracias al encomiable trabajo de estos investigadores ya sabemos que se encontraba en lo que hoy es el Emirato de Sharjah, en el cuerno de la península arábiga. Puro desierto.

Los materiales que se muestran son básicamente cerámicas, cuentas, utensilios, puntas de flechas y lanzas, alguna piedra con inscripciones, tumbas individuales y colectivas, diferentes tipos de enterramientos con rituales desconocidos. Todo habla de asentamientos humanos durante un larguísimo periodo que va desde los orígenes más oscuros en el paleolítico hasta la Edad del bronce y todo también documentado porque, como dicen los investigadores con legítimo orgullo, ponen voz a los que no la tienen, los sacan de la oscuridad y nos los muestran, interpretando su existencia que, por lo que cabe colegir de la pobreza y rusticidad de la muestras, debía de ser muy dura durante siglos y siglos. 

Dos o tres consideraciones se imponen al visitante que se siente trasportado a las condiciones de vida de aquellas comunidades que peleaban por sobrevivir en un clima muy adverso. La importancia que adquieren los vestigios funerarios que aquí, como en muchas otras partes, son el vínculo que nos une con civilizaciones extinguidas y casi por entero desaparecidas de la faz de la tierra. Es ese deseo de perdurabilidad que ha alentado siempre en el corazón de los seres humanos el que los lleva a proveer a los difuntos de cantidad de objetos que al cabo de siglos, milenios, nos hablan de cómo eran y con el auxilio de varias ciencias nos permiten pasar de las conjeturas o teorías sólidas sobre sus vidas, sus costumbres, sus enfermedades, incluso, aunque no tanto sobre sus creencias y otros elementos puramente espirituales.

En algún lugar nos informan los miembros de la expedición, si no he leído mal que la esperanza de media de vida era de 27 años. Da que pensar y mucho y en muchas direcciones. Dante escribió la Divina Comedia n'ell mezzo della sua vita y contaba treinta. La esperanza de vida hoy en España está en torno a los 80. ¿Qué cabe hacer en 27 años teniendo, además que consumir la mayor parte en procurar la supervivencia en condiciones sumamente duras? Y, sin embargo, uno piensa que aquellas gentes eran como nosotros, se reían, festejaban, se adornaban (hay muchos collares, adornos, pulseras), se enamoraban y se peleaban... 

Los periodos de florecimiento y decadencia debieron ser intermitentes pero algo les dio seguridad y continuidad, algo que debieron a su puro ingenio y que los españoles han sabido descubrir y explicar: un ingenioso sistema de regadío subterráneo que les permitió desarrollar la agricultura. Lo cual es congruente con esa teoría de que todas las formas de civilización primitivas y prehistóricas se han fundamentado en sistemas de regadío. Hay una reproducción a escala de esos pasadizos tallados en el subsuelo por los que discurrían las aguas que se almacenaban en las capas freáticas en un país desértico y que ellos, que debían ser competentes zahoríes, descubrieron y supieron aprovechar. 

Solo por ver esa obra de ingeniería del neolítico (supongo) merece la pena acercarse a esta curiosa exposición que documenta la existencia de unas gentes de las que no sabíamos nada y de las que seguimos sin saber gran cosa. Gentes a las que tenemos que hacer un sitio en nuestra galería que muestra el proceso por el que los seres humanos han conseguido adueñarse de un mundo en el que empezaron siendo absolutamente insignificantes y hoy están a punto de destruir. 

lunes, 9 de septiembre de 2013

La vida de los muertos.


En un paisaje ondulado, de tierras rojizas, un secarral con flora de yucas, pitas, agaves,  cactus, chumberas, palmeras, cipreses, limoneros y pinos solitarios, a treinta kilómetros de Sevilla, en Carmona, hay una preciosa necrópolis romana del siglo I, época Claudia, muy próxima a un curioso anfiteatro del mismo tiempo. Ambos son resultado de unas excavaciones que se hicieron en los años ochenta del siglo XIX. Varios eruditos locales, bajo la ilustrada guía de un pintor inglés, afincado en la ciudad, crearon una asociación privada para exhumar lo que suponían era un conjunto arquitectónico, sin saber en concreto de qué se trataba, aunque presumiendo la necrópolis por la naturaleza de los objetos que venían encontrándose. Se aprovechó un desmonte para un camino y se puso en marcha una excavación con métodos científicos, a los que no era ajena entonces España pues los había introducido Carlos III, procedente de Nápoles, a fines del siglo anterior.

El cementerio es modesto, como corresponde a la población de la que se nutría y que no podía ser muy abundante, aunque las leyendas explicativas del museo, impregnadas de cierto patriotismo local, convierten la Carmo romana en una especie de emporio tierra adentro. Poco podía ser en comparación con la vecina Hispalis. En esa misma modestia está su encanto. En eso y el hecho de que esté muy bien cuidado y transmita una sensación de paz y sosiego a plena luz del día.

Las guías oficiales insisten en las piezas consideradas "importantes", la tumba de una tal Servilia, probablemente una notable patricia que, ciertamente, es impresionante; la de Postumio y, por supuesto, el dato curioso, la tumba llamada "del elefante" porque en ella se encontraba una estatua a tamaño reducido de este paquidermo que puede aún contemplarse, aunque en muy mal estado, en el museo. Ese elefante tenía una funcionalidad que los escritos y el correspondiente vídeo ilustran: era ornamento de las ceremonias anuales del casamiento de Cibeles con Atis. Meter a los dioses en faena siempre viste mucho y así se corona la idea de la antigua importancia de Carmo. Además, son dioses exóticos, de origen frigio, que debieron llegar con las naves fenicias hasta la zona de la antigua Tartessos y luego se extendieron. Y ese elefante los acompañó desde África. Atis es un dios del eterno retorno que, como Osiris, muere y resucita cada año para perderse en el seno pródigo de la madre tierra, la antiquísima Cibeles,

Ciertamente, son entretenidas estas quisicosas de las grandezas humanas y divinas, pero el encanto de la ciudad de los muertos de Carmo es, precisamente, su modestia, su carácter vulgar, popular. Sin duda, se marcan bien las diferencias de clase y hay tumbas en las que se hizo mucho dispendio, aunque nada comparado con otras necrópolis romanas en las que abunda el mármol, los sepulcros de lujo, los poéticos epitafios. La mayoría de las tumbas aquí son columbarios familiares o no familiares, de gente sencilla, que enterraba a sus muertos y luego convivía con ellos en muchas ocasiones a lo largo del año. Por eso está tan cerca el anfiteatro que, por cierto, es de proporciones reducidas. Antes o después de la función, quizá se hiciera una visita a los antepasados, que tan próximos estaban.

Son tumbas con entrada que se practicaba a menudo pues en el mundo romano se rendía frecuente culto a lo muertos, que formaban parte del panteón hogareño bajo la forma de dioses manes, lares y penates o dioses de abajo, los que habitaban bajo tierra. Las entradas eras escaleras excavadas en la roca o escalas que se ponían al efecto. Ese era el asunto: la casa de los muertos bullía de vivos con mucha frecuencia en tratos cotidianos con los Di Manes. Y eso se nota veinte siglos después. 

Hasta la tumba llamada de las columnas que las guías ensalzan con razón por su elegancia, puede verse como una parte, aunque separada, del domus. Está construida a modo de compluvium y a uno le gusta fantasear que el agua que caiga y se estanque en el impluvium en el centro, alegrará el eterno descanso de aquellas cenizas amorosamente guardadas en urnas del más diverso tipo.

Por cierto, era domingo, las cuatro de la tarde de un día agradable, sin excesiva calor. Pero éramos doce visitantes para todo el lugar, dos de ellos, guiris. Y nos encontrábamos de tumba en tumba. La adyacente ciudad de Carmona, a cuya entrada hay una estatua de una Lavinia imaginaria, parecía agitada por una fiebre casamentera. Grupos de jóvenes, ataviad@s de boda iban y venían portando además provisiones, bebidas, bocatas comprados en un chino, para los festejos posteriores al enlace. 

La vida sigue.