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jueves, 14 de noviembre de 2013

Guardianes de la vida eterna.


La milenaria China nos visita, bajo la forma de los llamados guerreros de Xián del ejército de terracota que acampan en el centro de arte Fernando Fernán Gómez, en la madrileña Plaza de Colón. Es la segunda vez que vienen en unos diez años pero parecen nuevos y hasta rejuvenecidos con sus curiosos sombreros, sus corazas, sus pantalones, espadas de bronce, objetos de jade, sus caballos con sus arneses. Es una ínfima avanzadilla del ejército que hizo esculpir para acompañarlo en su mausoleo el creador del primer imperio y primer emperador chino, Qin Shihuang, en el siglo III a. d. C. Y su héroe epónimo pues, según ciertas fuentes está en la etimología de "China", aunque otras lo nieguen.

Este Qin Shihuang fue un personaje extraordinario, que tiene la historiografía dividida y no solo en lo referente a su nombre sino también su persona, su carácter, su gobierno. Una tradición lo presenta como un déspota cruel y despiadado y otra como un gobernante clarividente y estas tradiciones a veces se alternan en el tiempo. En la actualidad parece tener buena prensa. Mao Tsetung lo valoraba mucho por haber creado la nación china y haberla defendido de los asaltos de los bárbaros nómadas del Norte. De hecho fue él quien hizo erigir la primera de las varias murallas de la China, de la que ya solo quedan vestigios. Ese buen nombre actual viene también propiciado por la conclusión de que la leyenda según la cual mandó enterrar vivos a cuatrocientos letrados, legistas, literatos, sabios es eso, una leyenda.

No obstante, el emperador Qin debía de profesar cierta inquina a los intelectuales porque lo que sí parece más cierto es que mandó quemar todos los libros de pensamiento que se encontraran y prohibió el cultivo del confucianismo. Solo esto es ya una revolución, dada la centralidad moral (medio religiosa, medio civil) de Confucio en aquel país. Recuerda la revolución de Akhenaton en Egipto más de mil años antes: un emperador que quiere cambiar los sentimientos, las creencias, la moral, la religión de un pueblo. Lo decisivo en el chino no es que se hiciera llamar Qin, sino Shi que, según tengo entendido, quiere decir "divino". O sea, el primer emperador decía ser dios, una pretensión en la que le han seguido muchos hasta el día de hoy.

El atributo esencial de dios es la inmortalidad y actualmente hay acuerdo general en que el emperador Qin estaba poseído de un frenesí: ser inmortal. Envió expediciones a lejanas tierras en busca del elixir de la vida eterna y, si no ando desencaminado, murió de regreso de un viaje en el que, además de asegurar su imperio, buscaría esa pócima maravillosa. Y, mientras tanto, ¿qué hacía? Había mandado esculpir su ejército en arcilla, al tamaño natural, uno a uno. Lo que se dice, un trabajo "de chinos" porque, aunque los cuerpos y miembros están hechos en serie con moldes, los rostros están individualizados y, por ahora, se han descubierto ocho mil. Una obra gigantesca en la que se empleó para excavar más de 20.000 metros cuadrados y construir el mausoleo unos 700.000 prisioneros de guerra. Si Qin no conseguía la inmortalidad, quería ir a la otra vida protegido por el que había sido la columna de su poder, el ejército, soldado por soldado, arquero por arquero, caballo por caballo. Y, según dice la historia, en algún momento tuvo un ejército de 100.000 hombres.

Aquí es donde, me malicio, entra la prohibición de Confucio. El venerado maestro había dejado dicho que se enterrara a los muertos sin nada o con alguna baratija de valor simbólico. Estaba en contra de los enterramientos de boato por varias razones. La obra del emperador no encajaba en la doctrina, así que fuera doctrina y fuera libros. Él a construir su ejército para presentarse en el más allá en toda su gloria. Luego, los sobresaltos de la historia, los reinos en lucha, las revoluciones, el hundimiento de la dinastía, hicieron que aquel enorme mausoleo se lo tragara literalmente la tierra, quedara sepultado en el olvido. No estoy muy seguro de si se mantuvo la memoria siquiera como leyenda.

El hecho es que en 1974 unos campesinos, cavando para hacer un pozo, dieron con este prodigioso mundo subterráneo, con sus ocho mil figuras individualizadas, una excavación que aún no se ha concluido pero que, al parecer, alguien ha calificado como la octava maravilla del mundo. No es muy original, pero se hace uno una idea viendo además esta exposición que suple su carácter infinitesimal con diversos recursos, incluidos vídeos y abundante información, alguna especialmente pertinente. Por ejemplo esa que recuerda que el color gris uniforme de las figuras es lo que queda tras dos mil doscientos años de lo que fue una viva policromía. Algo que tendemos a olvidar a tal extremo que nos cuesta imaginar también coloreadas las estatuas griegas y romanas. Y lo estaban.

Los expertos discuten sobre el significado de esta obra increíble y abundan las teorías y las especulaciones: la magnificencia del poder, el símbolo de la defensa, el sentido industrial de la organización social china, su fuerza expansiva, su unidad nacional. Todas razones verosímiles, especialmente para los legos. Palinuro, lego entre los legos, tiene una: en realidad, el ejército de terracota debía de cumplir una función similar al sudario que tejía y destejía Penélope; una función de distracción. Mientras Qin buscaba desesperadamente el elixir de la vida eterna quizá creyera tener entretenida y engañada a la muerte suponiendo que esperaría a que todo su ejército estuviera esculpido y en perfecta formación de marcha. Vaya uno a saber lo que pensaba un personaje tan extraño. Pero, desde luego, tenía mucho poder. Y ese poder lo había enloquecido al extremo que podemos ver perfectamente ilustrado en esta exposición. La locura de un hombre que quería hacerse acompañar al otro mundo por todo su ejército en efigie pero también por los cientos de miles que infelices que trabajaron en la obra y a los que se ejecutaba en ella según iba avanzando.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Los hilillos, los 300 y Fu Man-Chu.


Hilillos
Acaba de arrancar el juicio por el desastre del Prestige que hace diez años inundó de chapapote las costas gallegas. Como en una moviola han pasado ante nuestros ojos de nuevo las imágenes escalofriantes de unas gentes desamparadas, unos voluntarios sin medios recogiendo aquella masa viscosa poco más que con las manos. Entre tanto los políticos supuestamente responsables en Madrid daban un espectáculo incalificable. Unos andaban cazando, otros en sus asuntos y ninguno quería afrontar la situación ni adoptar decisiones. Y así siguieron varios días; en realidad, hasta hoy. Casi da la impresión de que en el banquillo del juicio no se sientan los verdaderos responsables sino unos segundones y alguno de ellos, en el fondo, víctimas. Lo dice Xurxo Souto, el portavoz de la valerosa asociación Nunca Mais, "Aznar, Cascos y Rajoy no van a ser encausados por el 'Prestige', pero políticamente ya fueron condenados". ¿Alguna duda? Quien se ganó el apelativo de Señor de los hilillos es hoy el presidente del gobierno de España; como condena, no puede ser más curiosa. Por supuesto que, como sigue diciendo Souto, "la gestión del Prestige fue un ejercicio de incompentencia y de prepotencia". Exactamente igual que la gestión de la crisis. Pero ahora no se hunde un barco. Se hunde un país.

300.

Es el número legendario del paso de las Termópilas en donde Leónidas y sus trescientos espartanos (con algunos otros cientos de tebanos y tespianos) hicieron frente y detuvieron el ejército persa que quizá no llegara al millón de hombres como dice Herodoto pero, desde luego era infinítamente más numeroso que el de los griegos. 300 fueron los negroafricanos que ayer tomaron al asalto la valla de Melilla, habiendo conseguido su objetivo, según parece, cien de ellos, que ahora irán a parar a un CIE, un Centro de Internamiento de Extranjeros, lugares que no atraviesan por su mejor momento. Melilla (de Ceuta no se oye hablar) es las Termópilas de España, de Europa, pero con los actores y sentidos algo cambiados. Los invasores, que ahora también son cientos de miles, quizá millones, no vienen empujados por la codicia a conquistar, ocupar y saquear sino empujados por el hambre, a tratar de sobrevivir como sea porque en el vasto continente que quieren dejar atrás también como sea no tienen futuro. Esta situación nos pone a los españoles y a los europeos en general ante un dilema moral sumamente incómodo: no podemos enarbolar el discurso de los derechos humanos y negar a la gente uno fundamental, el de libertad de circulación. ¿Por qué lo hacemos? Según parece porque creemos que, si lo reconocemos, tampoco nosotros sobreviviremos. Quizá sea así. Pero quizá también lo sea porque nos hemos dotado de un sistema político y económico que solo quiere a la gente para explotarla pero no es capaz de garantizar su subsistencia. Y lo hemos notado porque ahora está empezando a pasarnos a nosotros. Más de cien mil españoles salieron del país el año pasado. ¿Y si se hubiesen encontrado vallas de seis metros en todos los pasos de los Pirineos?

Fu Man-Chu.

La mafia china. Algo sorprendente tiene esa expresión. ¿Por qué resulta tan familiar mafia china cuando me parece que es la primera vez que asoma en la prensa? Hasta ahora la mafia era napolitana, siciliana, rusa, pero no china. No obstante encaja como el dedo en el dedal por los abundantes prejuicios sobre los chinos. Por fin nos hemos enterado de la causa eficiente de la miriada de tiendas de abarrote que ha invadido el país como una especie de sarpullido: las grandes naves de venta al por mayor de la chinoiserie contemporánea; y también de la causa final: lavar dinero a espuertas que se obtenía estafando a la Hacienda pública española con la connivencia de unos funcionarios a los que, al parecer, se sobornaba a modo. Y no debían de ser pocos. No es concebible que un barco cargado con toneladas de espantosas imitaciones de espantosas figuras de Lladró, pase por la aduana como por el seno de María sin romperla ni mancharla, con la ayuda de un factor de tercera del puerto. Además la banda estaba dirigida por un refinado empresario, Gao Ping, residente en Somosaguas, Madrid y ¡marchante de arte! como en una película de Hitchcock. De 800 a 1.200 millones de euros han lavado estos misteriosos orientales que están arruinando la industria española de ferretería con sus todo a 100 y cuya mayor parte se remite a la China. Ahí está la base de la prosperidad del Imperio del Centro: en la piratería. Y, si de competencia e incompetencia se habla, esta mafia llevaba cuatro años operando a todo rendimiento.

viernes, 22 de julio de 2011

Un puente de 2.500 años

Pues es una peliculaza esta de Hu Mei sobre Confucio. Magníficamente hecha e interpretada, con una banda sonora estupenda y una fotografía que cautiva el ánimo; unos planos generales de montañas brumosas, primaveras relucientes, colosales fortalezas, murallas interminables, llanuras hormigueantes de guerreros a caballo todo tan bello que no sabe uno a qué atender más si a la historia que se narra o a sus escenarios.

La historia, la trama, es la vida del maestro que éste recuerda en flash back al comienzo de la peli, ya muy viejo en su Lu natal, de regreso de los largos años de peregrinar como exiliado. Es poco lo que se sabe de Confucio y lo poco que se sabe está trufado de leyenda, pero queda estupendamente reflejado en la obra. Arranca el relato con Confucio de ministro de Justicia de Lu, posteriormente ministro del Interior, especie de valido del emperador. Los conflictos y guerras continuas en la época de los Estados combatientes, que se reflejan en Los anales de primavera y otoño y en las que su supuesto autor se involucra con la intención de someter a los nobles rebeldes a la autoridad del emperador, acaban con su posición privilegiada. Cae Confucio en desgracia y ha de exiliarse, peregrino junto con sus discípulos por los Estados y las tierras de la China.

Lo más interesante de esta historia es que casi todas les peripecias que narra son parábolas de las enseñanzas del maestro como las recogieron sus discípulos en Las analectas: el respeto por los rituales y la flexibilidad para renunciar a los injustos o inhumanos aunque sean tradicionales; la regla de oro de toda moral, pasada, presente y futura de que no hagamos a los demás lo que no queremos que nos hagan a nosotros; el juego profuso de las tres virtudes, sabiduría, benevolencia y valor; el fin del Gobierno es la felicidad del pueblo; la felicidad del pueblo viene de un gobierno cívico, pacífico y armonioso; la vida no tiene precio y todos los seres humanos tienen derecho a ella; hay que amar al prójimo aunque, lógicamente más a los de la propia familia que a los vecinos, más a los vecinos que a los conciudadanos, más a los conciudadanos que a los connacionales, etc; la base de todo es la familia, cosa que el sabio demuestra abandonando la suya cuando parte al exilio acompañado por sus discípulos. Tengo la impresión de que Confucio es la suma de la sabiduría moral patriarcal. El conflicto de género viene de antiguo. Las dos únicas mujeres que tienen alguna relevancia en la historia son la sumisa esposa y la taimada concubina pero que obliga a decir a Confucio algo que hubiera podido decir San Antonio y se hubiera ahorrado tormentos, de esos que encantan a la Iglesia.

Salvando ese escollo, si no es un prurito de Palinuro, este biopic se diferencia de los gringos y los occidentales en general en que refleja un complejo proceso de aprendizaje moral en todas las circunstancias y momentos de la vida, mientras que aquellos suelen ser gestas cantadas con un único Leit Motiv, normalmente la venganza, aunque también el amor, la ambición o la liberación. Pero todos de uno en uno, con lo que los caracteres suelen ser unidimensionales. En la peli, como en la vida del maestro, los personajes son polifacéticos, cambian, como cambian los sentimientos y los motivos, la ambición, el poder, la envidia, la cobardía, la nobleza, la traición y muchos más, todos mezclados en esa infinita confusión (el caos de los Reinos combatientes) que es la vida humana que el sabio debe vivir en perpetua busca de la verdad. En esa busca necesita un camino, el que se desgrana en Las Analectas que han influido en el resto del mundo, muy especialmente en el cristiano. Cristo puede verse como una especie de Confucio menos letrado (a pesar del episodio de los doctores del Templo) y proveniente del pueblo con lo que sus conflictos con el poder son siempre del lado de los oprimidos mientras que los de Confucio son de los dos lados, muchas veces en lucha interna.

Esa lucha interna puede llegar a ser tan intensa que el sabio crea haber perdido el camino, la verdad. La peli construye el legendario encuentro entre Confucio y Lao-tse que es harto improbable (por eso el director lo pone en las nubes) dado que del fundador del taoísmo se sabe aun menos que de Confucio. El Tao te King puede considerarse el pago que dejó Lao-tse en la aduana entre esta vida y el más allá en el que parece haberse perdido. Pero sea o no cierto el encuentro, sirve para reconciliar el taoísmo con el confucianismo pues comparten el Tao, el camino, la verdad, la vida. Justamente lo que decía después Jesucristo, que él era el camino, la verdad y la vida.

En términos actuales puede verse a Confucio como el intelectual que tiene el oído del Príncipe hasta que deja de tenerlo. En ese momento en que el caído en desgracia piensa en vengarse, relumbra la máxima fundamental del confucianismo: el sabio es un caballero dispuesto siempre a poner los principios por encima de sus intereses. Algo así como lo de Tomás Moro pero en más refinado.

jueves, 20 de enero de 2011

China, EEUU, derechos humanos.

Barack Obama, leyó ayer la cartilla en materia de derechos humanos a Hu Jintao, secretario general del Partido Comunista Chino y presidente de la República Popular China. Éste encajó el golpe de un modo que todo el mundo ha considerado abierto y ejemplar y, en tono algo lastimero, dijo que se había hecho mucho, pero quedaba mucho más por hacer y que lo harían, pero sin injerencias. Añadió Hu Jintao que China está comprometida con la universalidad de los derechos humanos, pero que el personal debe tener en cuenta las especifidades de cada país; lo que, junto a la no injerencia, equivale a una declaración de superioridad de la razón de Estado sobre los derechos humanos. No obstante, los medios de comunicación en todo el Occidente han aplaudido a rabiar el "nuevo espíritu" de la dirección china y la valentía de Obama de plantear el asunto al visitante de modo sincero, candid, dice el Presidente.

¡Ah, la superioridad moral de Occidente! Ahora ya podemos sentarnos a hablar de cosas serias: el contrato con Boeing por 14.100 millones de euros y asuntos de esa enjundia. Con razón nadie pareció acordarse de Liu Xiaobo, el sucesor este año del flamante premio Nobel de la Paz el pasado, Mr. Obama. Al margen de otras consideraciones, la verdad es que Hu Jintao ha estado muy prudente, muy moderado, quizá en exceso. Otro en su lugar podría pedir a Obama, a los EEUU, sus títulos para exigir a los demás respeto a los derechos humanos cuando, como todo el mundo sabe, los EEUU:

1) Conservan la pena de muerte y la aplican.

2) Tienen un centro de secuestro de personas en Guantánamo en donde practican la tortura y violan todos y cada uno de los derechos humanos a ciudadanos de otros países.

3) Recurren a la tortura cuando juzgan en juego sus "intereses nacionales"; es decir, siempre.

4) Sus servicios secretos secuestran personas a lo largo y ancho del mundo y las mantienen en centros secretos, sin ninguna consideración para sus derechos humanos.

5) Invaden otros países u organizan golpes de Estado en ellos, asesinan a sus gobernantes y masacran a sus poblaciones.

Algún espíritu exigente añadiría a esta siniestra lista la derogación de la ley de salud pública de Obama, con lo que se atenta contra el derecho fundamental a la salud de millones de gentes de su propia población. La niña de los ojos de Obama quien, por cierto, como presidente negro sabe de sobra que en su país los negros son, en muchos aspectos, ciudadanos de segunda. Basta con mirar la población penal y el porcentaje de african-americans en las fuerzas armadas. Y no andan lejos los latinos.

Así que por muy lamentable que sea la situación de los derechos humanos en China, por estos pagos debiéramos barrer nuestra casa antes de decirle al vecino cómo tiene que limpiar la suya. Y hablo en primera persona del plural porque en Europa no andamos tampoco sobrados. ¿O no era un derecho fundamental la igualdad ante la ley? Para responder échese una ojeada a Italia en donde Berlusconi no solo no piensa comparecer ante los tribunales sino que pretende empapelar a los fiscales porque dice que son de izquierda. Y lo hace a su manera, en un vídeo grabado en la sede de la presidencia del Consejo de Ministros y difundido por sus cadenas.

O, para mayor diversión, mírese el caso de Suiza, en donde la policía ha detenido a Rudolf Elmer, el exbanquero que entregó datos de cuentas secretas a WikiLeaks porque, según se dice, al revelar secretos de millonarios que pueden haber defraudado al fisco en sus países esta violando la ley suiza, con lo cual quieren procesarlo; es decir, no pretenden derogar una ley que ampara presuntos delincuentes y convierte a Suiza en un paraíso fiscal de hecho, sino que van por el que quiere acabar con eso. Y son los defensores de la universalidad de los derechos humanos.

No quiero alargar indebidamente la entrada pero ¿cómo están los derechos humanos de las poblaciones inmigrantes hoy en casi todos los países europeos, los gitanos, los rumanos, los norteafricanos, los subsaharianos, etc?

Ya sé que todo lo que sea hablar de derechos humanos será poco y que hay que denunciar cualquier atentado contra ellos. Por eso mismo.

(La imagen es una foto de US Department of State y está en el dominio público.

jueves, 6 de enero de 2011

El entierro del pasado.

Hay dos noticias en este comienzo de año y decenio que llaman la atención por el desconcierto y la nostalgia que despiertan: el fin de la revolución cubana y el ascenso al puesto de mando mundial de la China. Son noticias que vienen a sacudir la ya atribulada conciencia de la izquierda, su incierta y dubitativa identidad.

Cuba se apaga. Los planes de amputación del Estado en la isla superan en mucho los más drásticos recortes conservadores y neoliberales. Probablemente deba ser así porque en otros lugares ya no había en dónde recortar pues era y es una economía de supervivencia. Los fieles a la causa dirán que se trata de reformas para preservar el espíritu del socialismo. El espíritu es posible; la práctica, desde luego no, cuando está prevista la privatización del cincuenta por ciento de la economía. Es el primer cincuenta por ciento; después vendrá el segundo y Cuba volverá al redil capitalista mundial con ciertas peculiaridades en su estructura social que provocarán crisis pero poco más. Si Cuba se apaga los mismos fieles achacarán su hundimiento al bloqueo y otras circunstancias exteriores adversas. Quizá tengan razón pero el hundimiento no por ello será menos completo.

Hay en el medio siglo de la revolución cubana mucha memoria y cultura para mucha gente. Cuba fue visible como no lo había sido nunca ningún país latinoamericano. Ahora esa visibilidad tendrá otro cariz. En cierto modo el destino del Che Guevara preanuncia el de su revolución.

Con la China ocurre algo similar en el impacto que no en su carácter. La China no sólo no se hunde sino que emerge como líder mundial. La China manda. Lo ha dejado clarísimo el Viceprimer ministro chino, Li Kejiang, al que la opinión ya ha bautizado con encomiable acierto como Mr. Marshall porque ha venido a repartir miles de millones, a apuntalar el sistema capitalista mundial en una de sus peores crisis. No es Rey Mago solamente para España, también parece traer regalos para Alemania y Gran Bretaña. Sobre todo trae confianza materia prima de la crisis.

Pero la China es un país oficialmente comunista, regido de modo dictatorial por un Partido Comunista que monopoliza los tres poderes del Estado y dentro del cual se gestan las carreras políticas de los miembros de la élite gobernante, los mandarines comunistas. No sé si el país tiene partidarios hoy en la izquierda. Se oye decir mucho que la China sólo es aparentemente comunista porque en ella existe la iniciativa privada y se dan formas tremendas de explotación de la clase obrera. Si el sistema político chino es capaz de mantenerse cerrado mientras administra un sistema económico abierto es cosa que está por ver. De momento lo es y no hay duda de que el sistema económico es muy abierto y muy competitivo, algunos dicen que depredadoramente competitivo.

En todo caso China manda y no da la impresión de querer ser un mando imperial a la antigua usanza, de dominio militar, político y cultural. Antes bien, pues que la China no tiene tradición expansionista (asunto distinto es lo que ocurra dentro de sus fronteras) cabe pensar que su intensa presencia internacional se concibe más como el de árbitro. O sea, se pasa de los que los ingleses llaman Empire a lo que llaman Umpire. Lo único problemático es la abismal diferencia cultural entre la China y el resto del mundo, algo que tendrá que cambiar, aunque no sepamos cómo. Hay en marcha una revolución cultural mundial sobre la que la izquierda debería tener algo que decir si no le asusta la otra revolución cultural que la izquierda china puso en marcha hace cuarenta y tantos años. Cuba se apaga, pero se enciende la China. Se apaga una llama y se enciende una hoguera. Pero lo que está claro es que el país no es un factor de revolución anticapitalista permanente o no permanente.

En ambos casos, Cuba y la China, la izquierda pierde sus últimos dos y ya muy problemáticos referentes de carácter propositivo, esto es, los ejemplos que podían ponerse acerca de la realidad práctica de las teorías. La pérdida afecta a la teoría que ahora se ha quedado en una desconcertada negatividad, sin capacidad de propuesta alguna. No hay modelo orientativo cualitativamente diferente del capitalista. Con ello sólo queda por reconocer que los modelos posibles no pasan de ser reformas del capitalismo que alguien criticará como justificaciones o embellecimientos de la explotación.

Siempre se dijo que el capitalismo era radicalmente injusto porque suponía la explotación del hombre por el hombre. Es verdad. Y no sólo el capitalismo: todos los modos de producción incluido, como se ha visto y se ve, el socialista. El ideal de la izquierda, abolir esa explotación del hombre por el hombre, sigue vivo. Y la izquierda sigue sin saber cómo hacerlo realidad.

(La imagen es una foto de Luiz fernando / Sonia Maria, bajo licencia de Creative Commons).

sábado, 2 de octubre de 2010

El nuevo tema del tiempo nuevo.

La sociedad moderna es una polifonía; algunos dirán que un guirigay, una turbamulta. Igual que la vida al decir de Macbeth: un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia y que no significa nada. Pero hacemos como si significase en tanto que mecanismo de supervivencia puesto que agarrarse a la conclusión de la ausencia de significado es la vía más breve hacia la muerte por resignación. Y en ese afanarse en encontrar el significado de la acción se nos va la vida en una sensación de creciente vacío.

Las palabras, las aladas palabras de Homero, que unen a las generaciones entre sí se desgastan por el uso y por el hecho de que cada generación a su vez, las entienda de forma distinta; como se desgastan las ideas que esas aladas palabras significan. Los hablantes miran en torno suyo y buscan las fuentes de los nuevos entendimientos pero lo que se les ofrece es una inmensa variedad de fenómenos que nadie puede asimilar en su totalidad porque se precipitan a una cadencia endiablada y abarcan desde los descubrimientos científicos hasta los adulterios de los famosos pasando por un golpe de Estado en algún país latinoamericano, un concurso de mises en Otawa, un temblor de intensidad 7.0 en la escala de Richter en Indonesia o el hundimiento del comunismo. Lo fragmentario, lo líquido, lo postmoderno.

Una infinidad de imágenes desfilan ante nuestros asombrados ojos, las cotizaciones en bolsa, las leyendas amerindias, el sexo en Bombay, un salvamento in extremis, un plagio literario, un nuevo modelo de motor, la muerte de una estrella en sentido real y figurado. A todo ello se añade la fascinante noticia de si el modo de presentar las noticias es o no manipulado; y manipulado en favor y en contra de quién. En todo caso así se manifiesta el contexto social en el que nos movemos y con el que interactuamos. Es una realidad polifacética en la que nos perdemos al modo de la escena de los espejos en La dama de Sanghai. Y no vale disparar porque lo hacemos contra vanas sombras, puras apariencias.

Así actuamos en este rincón del mundo al que llamamos "Occidente". Pero hay otras visiones, procedentes de otros puntos del planeta, cosa de la que ya habíamos tomado nota con cierta displicencia cuando las Américas hicieron que nos topáramos con el "buen salvaje", al que fuimos luego encontrando en otros confines, en Australia, Nueva Zelanda y hasta en el África que había sido próvida despensa de esclavos. Pero ese "otro" lo era desde nuestra perspectiva. El Viernes de Robinson. La conciencia contemporánea del otro lo reconoce, en cambio, como persona y se adapta a la necesidad de ser visto por ese "otro" para el cual el "otro" es yo, en función del aviso machadiano de que "los ojos porque suspiras, sábelo bien, los ojos en que te miras son ojos porque te ven".

Alguien ha dicho que la transferencia de la civilización de Europa a América implica un nuevo giro copernicano porque el viejo continente ha dejado de ser el centro del universo y debe contentarse con un sitio en el gallinero periférico. Es muy posible y también lo es que el término "Occidente" se inventara precisamente para ocultar esa transferencia dado que, además, no hay distancias insalvables. Al fin y al cabo ¿qué es América si no Europa al otro lado del Atlántico? Algunos americanos dicen que es más porque en América hay unas aportaciones indígenas que no se dan en Europa; pero lo que sí se da en Europa es esa capacidad tan americana de incorporar todo lo que viene de fuera aunque venga de dentro.

Al seguir la flecha de la civilización en su rumbo a Occidente ésta llega a lo que para nosotros es el Oriente, la China y la India. El centro geocivilizatorio está emergiendo en algún lugar del Pacífico y Europa queda en una región de las que la Unión Europea llama "ultraperiféricas" con el panache europeo habitual. Tal resultado debe de ser producto de la globalización, pero eso no es óbice para encarar el declive europeo. Su manifestación más habitual y persistente es esta crisis tan peculiar como nueva por la que está pasando el capitalismo que, por primera vez en decenios, aparece en peligro de ahogarse en la arenas movedizas en las que habitualmente se desenvuelve.

Los europeos, conocidos por nuestro sincretismo, tenemos que acomodar los nuevos discursos que proceden de los nuevos "otros", que ya no son "buenos salvajes" sino sociedades de alta capacidad tecnológica y que basan su veloz crecimiento en gran parte en la ignorancia de esa clave de bóveda occidental que son los derechos fundamentales. Sociedades cuya enorme productividad, sin posible competencia, amenaza con aniquilar el "modo de vida" occidental por utilizar una expresión tan ambigua que todo el mundo la entienda.

La habilidad para sobrevivir como sociedades occidentales absorbiendo las nuevas pautas, la habilidad para preservarse reformándose radicalmente es la tarea que la filosofía política del futuro tiene que identificar: un ideal cosmopolita realizable, condición inexcusable para alcanzar una civilización universal que incorpore el espíritu absoluto hegeliano.

(La imagen es una foto de Nuomi, bajo licencia de Creative Commons).

lunes, 17 de agosto de 2009

¡Que vienen los chinos!

La foto quita el hipo. Se queda uno atónito. Pero no haya cuidado; no va uno a defender la superioridad china por su mejor forma física; estaríamos buenos. Además los dos retratados no son chinos. Pero la China está experimentando un desarrollo y crecimiento económicos que maravillan no menos que la foto. Para ella la crisis ha consistido en bajar de un nueve por ciento al seis por ciento de crecimiento en el PIB. Ahora anuncia la salida del túnel que es causa y efecto al mismo tiempo de la recuperación mundial. Francia y Alemania entran en positivo y en Gringolandia las cosas parecen moverse en la buena dirección. Los indicadores económicos señalan la salida de la crisis. Los indicadores económicos. Los mismos indicadores económicos que no supieron, quisieron o pudieron prever su inicio.

Hay algún tipo de enseñanza, supongo, en el hecho de que sea un Estado autoritario no democrático de partido único (los otros son comparsas) el que dirija la salida de todos de la crisis. Esta situación contradice el saber convencional político establecido mayoritario que requiere una democracia liberal como correlato político del desarrollo económico. Y contradice también el discurso político comunista revolucionario por cuanto ese partido único ha promovido un desarrollo económico basado ampliamente en el mercado y no en su abolición ni una exclusiva planificación económica centralizada, habiéndolo hecho a tal extremo que muchos dicen que la economía china es la primera economía neoliberal del mundo, con el Estado-partido como un actor más en el conjunto de las fuerzas del mercado. Es más, el propio Partido Comunista Chino ha permitido el ingreso en sus filas de elementos burgueses, esto es, propietarios.

¿Quiere ello decir que la legitimidad de los sistemas políticos depende más del rendimiento económico que de su forma de gobierno? En principio tal parece. Los países occidentales suelen señalar de común acuerdo la falta de respeto del régimen chino por los derechos humanos, y la ausencia de democracia, pero todos toman posiciones en el mercado chino y no quieren enemistarse con el régimen que, luego de haber sido comunista, es hoy profundamente nacionalista y rechaza airado las críticas. El hecho es, por otro lado, que aunque China conoce ciertos movimientos de oposición democrática en el interior, estos carecen de la fuerza mínima necesaria para ser un peligro a la estabilidad política, basada en una población desmovilizada políticamente y enfocada hacia el aumento del nivel de vida a través de la adaptación a las condiciones del mercado. Muchos comparan a China con España en los años sesenta del siglo XX.

Queda el asunto de la globalización. Porque el mundo está globalizado puede suceder este fenómeno de que la tercera economía del mundo, camino de ser la primera en poco tiempo, tire del conjunto para superar la crisis. Pero a la vez esto se consigue con un modelo productivo basado en salarios muy bajos, largas jornadas laborales y falta de derechos de los trabajadores, en una situación que en Occidente no se toleraría. Pero que hace muy competitiva la economía china, debilitando a la occidental cuyos empresarios localizan sus fábricas en la República Popular y vienen a Occidente a vender sus productos. Un tipo de división internacional del trabajo con la globalización que lleva en su seno el germen del desmantelamiento del Estado del biestar en Occidente, incapaz de defenderse de la invasión de productos chinos (e indios en medida cada vez mayor) a precios muy bajos. Y no sólo quincallería, sino todo tipo de productos y hasta servicios. He aquí un factor de crisis internacional al que Occidente no ha sabido de momento encontrar solución fuera de confiar en que, con el aumento del nivel de vida en la China se irán imponiendo formas democrático-liberales, lo que no pasa de ser una esperanza basada en un piadoso deseo.



(La imagen es una foto de ceronne, bajo licencia de Creative Commons).

martes, 7 de julio de 2009

Chinos no tan chinos.

La historia es siempre más o menos la misma: en los Estados en los que hay una nación dominante y una o más nación(es) dominada(s) surgen conflictos de convivencia que, con el paso del tiempo, van radicalizándose. Lo normal es que la nación (o etnia, o religión) dominante pretenda la asimilación sin más de la dominada, su integración en la dominante con (o sin) pérdida de su(s) elemento(s) diferenciadores, sean estos la raza, la lengua o la religión. Si la minoría dominada se niega a la asimilación y se obstina en mantener su peculiaridad, la nación dominante puede acceder a un proceso de descentralización administrativa y política que quizá llegue hasta la concesión de la autonomía pero no (salvo algunos casos excepcionales que se han dado en Europa) la autodeterminación o la independencia que es a lo que normalmente aspiran las fuerzas políticas nacionalistas, contrarias a la integración en la nación dominante.

Hace años que se debate si la concesión de la autonomía sirve para menguar los impulsos nacionalistas hacia la independencia e, incluso, agostarlos o si, por el contrario, es un acicate en la lucha del nacionalismo sublevado en pro de aquella. Por supuesto, doy por descontado que el contenido mínimo de un programa nacionalista ha de ser la autodeterminación y el máximo, la independencia, en el entendimiento de que ésta también puede derivarse de la autodeterminación. A veces se oye, incluso a dirigentes nacionalistas, que el nacionalismo no tiene por qué ser independentista. Es la idea de que el nacionalismo cultural no tiene por qué convertirse en nacionalismo político ni que exigir necesariamente la formación de un Estado propio. La idea que confunde nacionalismo con regionalismo.

La autonomía política (capacidad legislativa propia en materias de exclusiva competencia) es un paso intermedio entre el centralismo y la independencia. Hay quien dice que no, que entre la autonomía y la independencia todavía está el federalismo. Pero esa es cuestión puramente semántica. Hay autonomías, como la vasca, con mayor autogobierno que la inmensa mayoría de los estados federados. Las CCAA vasca y navarra son los entes subestatales más independientes que hay ya que tienen algo cercano a la soberanía fiscal. Quzá por eso sea la nación europea en que más enquistado se encuentra un conflicto de carácter armado.

Todo esto es saber adquirido. Y con arreglo a él se explica que tan autonomía sea la vasca como la de Trentino-Alto Adigio como la que Mohammed VI quiere "otorgar" a los saharauis. Las diferencias son cuantitativas, no cualitativas. También se explica lo que ha pasado en Europa en los últimos veinte años en que unos Estados (Alemania) se han fusionado; otros (Checoslovaquia) se han dividido; otros (Países Bálticos, Moldavia, Ucrania, Belarús) se han independizado y otros (Yugoslavia) han explotado en varias unidades, algunas de las cuales (Serbia) siguen fraccionándose. Básicamente se ha apelado y ejercido el derecho de autodeterminación que en unos lugares se reconoce y en otros, no. Es un típico derecho que se administra políticamente.

Todo lo anterior pasa también en China en donde la abrumadora proporción de la etnia han ( 92 por ciento de los 1.300 millones de chinos), casi hace desaparecer la idea de que en esa marea de chinos han hay chinos que no son han y otros que ni chinos son. Los han son, desde luego, casi 1.200 millones. Pero eso quiere decir que hay más de cien millones de minorías étnicas. Y alguna minoría es respetable. Por ejemplo, la de los uigures que las autoridades chinas quieren no diré eliminar pero sí reducir y subyugar políticamente. Hay unos 8.300.000 uigures, o sea, más que daneses, que fineses, que noruegos y un millón menos que suecos. Y son una minoría nacional por razón de todo: la etnia (son caucásicos), la religión (islámica) y la lengua (una forma del turco) . Esta minoría, casi la mitad de la población de Sinkián, disfruta de autonomía; pero muchos nacionalistas exigen la independencia porque, dicen, hay una política deliberada del Gobierno chino de acabar con la etnia uigur trasladando al parecer uigures fuera de Sinkian (o Turkestán oriental) y poblando la zona con chinos han que si eran el nueve por ciento en 1949, cuando el Ejército Popular entró en Sinkian, ahora son el cuarenta por ciento. Incidentalmente, una entrada/reentrada que debió de saber a gloria a Mao Tse-tung dado que el territorio había estado bajo mandato de un señor de la guerra o algo parecido que asesinó a su hermano, Mao Zemin, en 1943.

Así que nada nuevo bajo el sol. Lo insólito, me parece, del caso chino es la fría brutalidad de sus autoridades y su no menos frío cálculo. Ayer, mientras Hu Jintao, primer ministro, coreaba solemnemente a don Giorgio Napolitano, presidente de la República iataliana y antiguo comunista, diciendo que el desarrollo chino debía ir en paralelo con su respeto a los derechos humanos, la policía masacraba uigures en las calles de la capital, Urumqi (unos 160 muertos y más de 800 heridos; qué bárbaros) y el gobierno cerraba el acceso a internet y bloqueaba la telefonía móvil. Con todo, los móviles han conseguido trasmitir imágenes que hablan por sí solas sobre la brutalidad de la represión. Mutatis mutandi, como en Tegucigalpa.

(La primera imagen es una foto de 20 Minutos y la segunda una foto de mike.benedetti, ambas bajo licencia de Creative Commons).