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domingo, 12 de octubre de 2014

La plebe.

Los de Podemos han puesto de moda el término casta que, por su concisión y contundencia se ha adueñado de las redes y está omnipresente en los discursos públicos críticos. Palinuro no se vale de él por considerar que no es concepto nuevo, ni preciso. No es solo que tenga un uso antiquísimo como sistema de clasificación social en la India, sino que ahora mismo su difusión comienza a partir del libro de Sergio Rizzi y Gian Antonio Stella, dos periodistas italianos veteranos de este tipo de asuntos, La Casta, così i politici Italiani sono diventati Intoccabili (Milán: Rizzoli, 2007) y de su réplica española a cargo de Daniel Montero, La casta. El increíble chollo de ser político en España (Madrid: la esfera de los libros, 2009). Hay que hacerles justicia. 

El término es, además, confuso, al menos en español, idioma en el que casta tiene asimismo una connotación positiva, cuando se dice, por ejemplo, que "de casta le viene al galgo" o anida en el adjetivo sustantivado castizo, que lleva un timbre de orgullo, sobre todo en Madrid, lo que lo convierte en ambivalente en el resto del país.

Pero, sobre todo, es impreciso ya que no trae aparejados los parámetros que permiten aplicarlo en unos casos sí y en otros no. Un ejemplo: los dos curas infectados de ébola y repatriados a coste millonario para morir aquí, ¿son casta o no? Muchos se echarán las manos a la cabeza, quizá incluso algunos de los que usan el término. ¿Cómo van a ser casta dos hombres que se entregan a los demás y se juegan la vida por ellos? Parece absurdo, ¿verdad? ¿Cómo va a ponerse en cuestión la nobleza de intenciones de los dos misioneros? En efecto, ¿cómo?

Y ¿qué sucede con la nobleza de intenciones de la enfermera que, presentándose voluntaria a cuidar de los infectados, se infectó a su vez? Esas sí pueden ponerse en duda, pueden cuestionarse. No sabemos si los curas son o no casta; pero sí sabemos que la enfermera no lo es. ¿Por qué? Porque es plebe, un concepto también muy antiguo pero que, a diferencia del de casta, es mucho claro y rotundo. ¿Quiénes son plebe? Todos los que no tienen privilegios, no pillan sobresueldos, ni comisiones, ni tienen tarjetas negras, ni cobran dietas a porrillo por no hacer nada, ni tienen pensiones y salarios astronómicos, ni la mano perpetuamente metida en los dineros públicos mientras predican en contra de lo público a favor de lo privado y lo privatizado. Todos los que viven honradamente de su trabajo o languidecen en el paro o ven reducirse su pensión o sus ayudas. La gran masa de la ciudadanía a la que se puede robar, estafar, engañar, defraudar, esquilmar, censurar, apalear, multar. Todos esos que, si tienen la mala suerte de ser víctimas de alguna calamidad generalmente a causa de la incompetencia de las autoridades, pasan a ser culpables de su propia desgracia y de la de los demás.

Plebe es el maquinista del accidente de Galicia, el del metro de Valencia, los pilotos del Yak 42, el capitán del Prestige, todos inútiles o quizá algo peor, y responsables directos de la catástrofe que han sido los primeros en sufrir. Plebe son las asociaciones de víctimas del terrorismo, como la de Pilar Manjón, si no van cantando el "Cara al sol". Plebe los hijos de los asesinados por el franquismo que solo se preocupan por sus padres si hay subvenciones por medio, según juicio de un individuo cuya fibra moral es la de un protozoo. Plebe los dependendientes que se obstinan en consumir recursos públicos y en prolongar innecesariamente su vida a costa de los demás. Plebe las periodistas a las que se da un bufido o se les mete un bolígrafo por el escote. Los chóferes a los que se abronca en público. Los guardias cuando pretenden cumplir con su deber y multar a una señorita insoportable que infringe las normas. Los viejos que perdieron sus ahorros en la estafa de las preferentes. Todos plebe. Merecido tienen lo que les suceda. ¡Que se jodan!

Plebe son los niños catalanes a los que hay que españolizar y todos los niños que tienen el morro de querer comer a diario. Plebe los nacionalistas catalanes que se pasan la vida armando algarabías en las calles con el cuento de una convocatoria de consulta que es profundamente antidemocrática, aunque ellos crean lo contrario. Lo creen porque son plebe, muchedumbre ignara que se expresa en un tosco dialecto de payeses.

Plebe son los funcionarios, un enjambre de vagos; los médicos, unos incompetentes; los profesores, unos cuentistas; los jueces que investigan las corruptelas del PP, unos prevaricadores; los desahuciados, unos gorrones; los trabajadores, unos privilegiados; los parados, unos parásitos; los enfermos, unos maulas. Somos plebe, chusma, para esta oligarquía nacionalcatólica, admiradora de Franco y seguidora de sus métodos. Somos lo último, lo más tirado y no nos merecemos ni el pan que comemos por no entender que esta banda de ladrones se funda nuestros ahorros, nuestros impuestos, en francachelas, borracheras, putas o cacerías en el África. Somos inmunda canalla por no aplaudir a manos llenas y ovacionar hasta quedarnos roncos a esa política Cospedal, excelso ejemplo de presunta corrupción en todo lo que toca, de embuste, demagogia y censura, cuando asegura que el PP es el que ha salvado la educación y la sanidad públicas en nuestro país y que su partido, el partido de los trabajadores, es el más transparente de todos.

Somos plebe, chusma, se nos puede mentir con absoluto desparpajo, decir cualquier disparate, contarnos cualquier estupidez, despachar con desprecio, pues la gente ya tal. Y a callar, que si se nos ocurre decir algo, la policía nos acorrala, nos identifica y nos cae una multa, así como un par de porrazos por olvidarnos de que somos plebe, chusma sin derechos.

sábado, 4 de enero de 2014

Una historia del siglo XXV.

Llegará un tiempo en que la humanidad muestre fotografías como esta para ejemplificar la degradación, la barbarie y la estupidez de la raza humana. Lo sé de cierto porque el otro día, cuando mi amigo H. G. Wells me invitó a tomar el té en su casa y a mostrarme su máquina del tiempo, nos dimos una vuelta por el siglo XXV y eso es lo que más me llamó la atención. Aproveché una visita a una escuela de enseñanza primaria y pedí permiso para traer a nuestro tiempo un breve capítulo de un libro de educación cívica que reproduzco aquí sin variar una coma:

"En una época que presumía de civilizada era costumbre de las gentes adineradas reunir a docena o docena y media de personas adultas, provistas de armas sofisticadas que entretenían sus ocios asesinando animales indefensos y pavonéandose después por ello, considerándolo una hazaña, mientras trasegaban licores, fumaban cigarros habanos, se ponían ciegos de comida y, llegado el caso y si sus esposas no estaban, corriéndose unas juerguecitas. Llamaban "deporte de la caza" a estas reuniones y solían decir con orgullo que eran cosa de hombres, incluso de machos, pues de eso presumían.

Esta costumbre, también llamada "montería" estaba muy extendida en España, país con nulo respeto por la vida, bajísimo nivel cultural, oscurantismo religioso (allí presumían de monteros hasta los curas) y acendrado servilismo. Según se dice -si bien hoy no hay pruebas de ello- el pueblo español disfrutaba viendo asesinar en público toros bravos en espectáculos que llamaban "corridas" elevadas a la condición de "patrimonio cultural" por algún gobernante patriótico.

Los asistentes a esas monterías solían ser grandes empresarios, poderosos financieros que aprovechaban la matanza para apalabrar negocios. Los acompañaban altos cargos del Estado, dirigentes de partidos políticos, personalidades de la vida pública con cuyo concurso -a veces delictivo y generalmente inmoral- se cerraban los tales negocios. Estos dos puntales monteros iban a acompañados de una tropa de tiralevitas, logreros, aventureros y delincuentes que se encargaban de que las partes se entendieran y obtenían por ello un beneficio en forma de comisiones o de la facturación inflada de la misma cuchipanda.

Las monterías podían ser más importantes que una reunión del consejo de ministros, otra institución desconocida en nuestro siglo de feliz anarquía universal. En realidad, era allí en donde la élite económica, financiera, política, social, tomaba las decisiones de gobierno de lo que ella misma llamaba "una gran nación".

Contaba con el antecedente más venerado por la hermandad montera, el general Franco, de quien todo el mundo, excepto la Real Academia de la Historia, tenía el peor concepto, considerándolo un general felón, traidor, delincuente, dictador y genocida. Por supuesto la élite, respetuosa con el saber solvente de las instituciones, seguía el criterio de la Academia y, pues era franquista, Franco era su modelo.

Con razón: el caudillo Franco había ennoblecido la caza, pues no solamente era un infatigable montero (así como recurrente pescador de cachalotes) sino también un artista, capaz de inmortalizar el arte cinegética por medio de la del gremio de San Lucas, la pintura. Pintaba el general en un estilo muy suyo retratos, bodegones y escenas de caza que, como la que se ve, suplían ciertas deficiencias creativas con una sinceridad que hacía las delicias de los psiquiatras. Los cuadros del caudillo están expuestos en su casa museo del Pardo, lugar de peregrinación de los monteros de la "gran nación".
 
Franco cazaba y gobernaba el país mientras abatía ciervos, jabalíes u osos. España era una finca de caza. De rojos, de caza mayor y menor y hasta de peces, pues también le daba al salmón. Los franquistas no iban a ser menos. Cuentan las crónicas que cierta catástrofe ecológica llamada "Prestige" sucedió estando el ministro competente de cacería, a tiros con las bestias. Igualmente algún historiador crítico ha revelado que lo que costó el cargo al socialista Bermejo, ministro de Justicia, no fue que anduviera de cacería con el juez Garzón sino el hecho insólito, el atrevimiento nunca visto, de que dos plebeyos, poco más que dos patanes, osaran ir de montería, actividad reservada a los de toda la vida, esto es: a los nobles, los ricos y el enjambre de pelotas, mamporreros, correveidiles, delincuentes, periodistas corruptos e intelectuales mercenarios, todos los cuales posibilitaban la tranquila gobernación del coto nacional.
 
Y como no iban a ser menos, los franquistas idearon una medida ingeniosa: apropiarse por ley los espacios públicos del país como cotos de caza y prohibir a la población el tránsito por ellos cuando estaban en actividad. Se abrió entonces un debate entre los monteros tradicionales y los neoliberales. Los tradicionales insistían en que, como todos no somos iguales, pues unos tienen escopeta y otros no, lo lógico era prohibir a los civiles pasear por el campo en días de caza; por su bien; para que no les pasara nada. Era una restricción de la libertad de circulación pero dictada por una noble preocupación paternal de los señoritos por los siervos.  Los monteros neoliberales, en cambio, eran enemigos de toda restricción de la libertad, incluida la de andar por el campo en tiempo de caza. Cada cual toma sus decisiones libremente, calculando riesgos y beneficios. El riesgo era grande. Alguien podía llevarse un tiro. Bueno; era un asunto entre particulares. Que lo arreglaran ellos y no metieran en danza el Estado.
 
¿Cabría pensar en una montería en la que, en uso de su libertad, unos seres humanos se contrataran como blancos de caza, piezas por abatir a cambio de una paga? Cabría -decía el neoliberal-, todo dependería de la paga y de si esos seres humanos creían que les compensaba el riesgo. Aumentaría la demanda de caza pues siempre es más divertido disparar contra una persona que contra un oso y los contratados no como ojeadores sino como ojeados, si salían vivos, podían ganarse sus buenos cuartos. Otro asunto entre particulares. Además, ser pieza de montería siempre será mejor que no ser nada. Que cada cual elija. Libremente.

A esa doctrina llamaban neo-liberalismo y sostenían que era un avance de la civilización y el progreso.


Hasta aquí el breve capítulo de un manual de educación cívica del siglo XXV que me traje como recuerdo del futuro. Porque lo que es el presente...



viernes, 25 de octubre de 2013

El wertedero de la educación y la cultura.


La huelga fue prácticamente general en la enseñanza pública en todos los niveles y de más de un 30 por ciento en la enseñanza concertada. Por supuesto, el aparato de propaganda del gobierno y sus innumerables voceros dirán que fue un día normal.

Cientos de miles de ciudadanos se manifestaron en toda España contra el proyecto de la LOMCE  aprobado con los solos votos del PP y contra la política educativa del ministerio; en muchos casos a pesar de la lluvia y en otros a pesar de la brutalidad policial, habitual ya en este gobierno. Todas las edades, todos los estamentos y condiciones -excepto los curas, por supuesto, los únicos a quienes beneficia el proyecto y la dicha política educativa-, todo el país salió a la calle a protestar contra estas imposiciones retrógradas e ideológicas.

Si en una democracia normal un proyecto de ley tropieza con un rechazo universal, en especial de los sectores a los que afecta directamente, el proyecto se retira y el ministro responsable se va a su casa entre la rechifla general. Pero España no es "una democracia normal", ni sus ministros tienen el decoro o la dignidad de dimitir y menos este, al que la gente ha calado desde el primer momento, razón por la cual lleva dos años valorándolo como el peor ministro del gobierno y, probablemente, de toda la democracia.

Esa opinión pública cerradamente negativa, hostil, se extiende también al ámbito cultural y artístico más amplio, de forma que no hay inauguración, gala, estreno o aparición pública del interesado que no suscite airadas reacciones en contra, abucheos, silbidos. Palinuro no se inventa nada. Es ya habitual ver cómo llega luciendo de ministro en su coche oficial, pero luego se transmuta en furtivo y entra en los locales por la puerta de servicio, para evitar la inquina popular.

Él mismo condescendía a explicarlo hace unas fechas: le reconcome ser el peor valorado del gobierno pero, dice, solo porque eso demuestra que la gente no entiende sus proyectos. Es decir, el 80 por ciento de ciudadanos que lo suspende carece de inteligencia. Su engreimiento no le permite entender la situación ni ver a un palmo de sus narices. Y, sin embargo, no es tan difícil. Así, a vuelapluma, pueden fijarse las causas siguientes de tan contumaz como notable desprecio popular hacia el ministro:
  • reintroduce la religión en la escuela como asignatura evaluable y entrega la enseñanza a la iglesia católica, cuya permanente injerencia parasitaria en los asuntos civiles y políticos es la plaga de España y la causa principal de su retraso;
  • subvenciona los centros que discriminan por razón de sexo, amparándose en un par de sofismas y el rodillo de la mayoría absoluta de su partido;
  • recorta y reduce todo tipo de becas y ayudas y endurece los requisitos para conseguirlas atacando la función compensatoria que debe tener el Estado en la garantía de la igualdad de oportunidades;
  • suprime la enseñanza de la educación cívica laica, argumentando que es ideológica en un caso claro de proyección por cuanto ideología es lo que él impone en la enseñanza; ideología retrógrada, elitista;
  • menoscaba, reduce, recorta o suprime la financiación de la enseñanza superior pública y favorece de mil maneras la privada, siempre en ese mismo sentido;
  • encarece el acceso a la enseñanza y pone la universitaria fuera del alcance de los trabajadores;
  • desinvierte -él y su gobierno- en investigación y desarrollo, sin tocar las cuantiosas transferencias a la iglesia, con una concepción tridentina del avance del conocimiento;
  • se recortan las subvenciones a los museos pero se declara que las corridas de toros (y, supongo, otros espectáculos taurinos aun más crueles y sangrientos) son de interés cultural o patrimonio espiritual o cualquier otra sandez de este tipo que se podía presentar a la UNESCO, a ver cuál sea su opinión;
  • se cierran bibliotecas y centros culturales de todo tipo, pero se subvencionan las corridas de toros; y no es un ejemplo, como se dice del romano pan y circo  pues en Roma, al menos desde César, el grano se repartía gratis entre la población y aquí cada vez es más caro. Es decir, hay "circo", pero no hay "pan". Los pobres han de ir a buscarlo a la basura y, si los pillan, los multan. Una actitud muy de la derecha para la cual la pobreza es producto de la gandulería o el delito y hay que castigarla;
  • es el espíritu que anima la política educativa y cultural de este gobierno. Pura ideología conservadora, rancia, anterior al positivismo del siglo XIX con una pátina de modernidad neoliberal. Su objetivo es retornar a una sociedad desigual, clasista, de privilegiados y desposeídos, patriarcal, seudomoralizante, autoritaria.
¿Qué tiene de extraño que lleve dos años siendo el ministro peor valorado de un gobierno en el que tiene una furibunda competencia para hacerse con el galardón? Lo extraño es que no lo esté aun más pues, a su carácter retrógrado, ese espiritu añade su absoluta inutilidad. ¡Tanto caudal para nada! La ley nace muerta. Va contra los tiempos.

(La primera imagen es una captura del vídeo de La Tuerka, subido a You Tube. La segunda es un tweet de Josep Maria Grau.)

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Los de toda la vida.


Esa displicencia en el gesto, esa altanería, esa altivez, arrogancia, suficiencia, esa soberbia de porte, ese torvo mirar.

Esa fatuidad, esa petulancia y pedantería, ese necio y hueco engreimiento.

Esa chulería, ese desprecio de trato, esa grosería en la respuesta, ese tonillo insultón permanente.

¿De dónde vienen?

De una conciencia de clase vicaria. Son burgueses, hijos de menestrales, de familias de clase media con ínfulas de poderío. Doctrinos de ideologías inculcadas. Fascistas en su mocedad, reprimidos en su adultez. Palurdos imitando los lujos del capital. Nuevos ricos.

¡Y qué ideología! Funcionarios del Estado que ridiculizan y atacan el Estado y todo lo público. Gays vergonzantes represores de gays. Corruptos moralizantes. Chupacirios y monagos de los curas. Señoritos demagogos e ignorantes. Cursis, gazmoños y amantes de las corridas, las sobremesas de chistes verdes y el regüeldo patriótico.

Su convicción más profunda: ser de madera distinta al común de los mortales. La igualdad es una manía de envidiosos porque lo lógico es la desigualdad de la estirpe. Funcionarios oscuros que envidian el esplendor de la clase y la élite y desprecian, humillan y explotan a las clases subalternas en beneficio de sus amos, esperando ser considerados de ellos. 

Ninguno ha hecho nada en la vida por sus semejantes; no han descollado en ningún campo; carecen de cualquier mérito adquirido por el propio esfuerzo. Son parásitos que no han trabajado nunca ni siquiera en lo que dicen que son sus profesiones, pero se piensan con derecho intrínseco al mando e imponen sus convicciones como verdades apodícticas. Unas convicciones brutales y necias ajustadas a espíritus mediocres, vacíos, ruines.

No paran de hablar y diluvian verdaderas estupideces, lugares comunes, topicazos y perogrulladas sin tasa, meras tonterías, falsedades desvergonzadas y mentiras a granel. Los discursos están para afirmarse, no para explicar nada y menos a una chusma de desgraciados cuya única función es votar cada cuatro años según Dios manda y constituirse luego en mayoría silenciosa para que el presidente, la vicepresidenta y sus colegas sigan hablando de lo que no entienden.

Su devoción religiosa, hecha de aparato y lucimiento, de mantillas, peinetas, golpes de pecho, procesiones y costaleros es exactamente esa que el fundador de su religión condenó repetidamente. Puro boato ligado al poder político. No aman a su prójimo, salvo que sea de su cuerda; a los demás se les aplica la legislación vigente tras haberla endurecido al dictado de sus intereses. 

Están dedicados al expolio de los caudales públicos y las rentas de los ciudadanos, por la vía legal y la ilegal; les da lo mismo. Quieren castigar la corrupción ajena, pero no la propia en la que chapotean hace lustros. Su convicción fundamental es que el fin, su fin de negación de los derechos ciudadanos y de saqueo de sus ingresos, justifica todos los medios, incluso los corruptos.

Su tendencia autoritaria, impositiva, censora y su desprecio por las formas democráticas apuntan a una concepción dictatorial de la convivencia. La de toda la vida.

¿A que sabemos de quién hablamos?

(La imagen es un grabado de Felicien Rops (1833-1898) titulada Hipocresía hacia 1879-1880, propiedad de la familia Babut des Màres, Namur.)

martes, 17 de septiembre de 2013

Pensiones: la derecha contra los derechos.


El PP, la derecha, la expresión política de la clase dominante, son alérgicas a la idea misma de derechos en cuanto titularidad subjetiva a determinadas acciones y posesiones amparada por los tribunales. Para sí misma quiere todos los privilegios y para la inmensa mayoría de la población, si llega, la caridad y la beneficencia. Pero nada de derechos. Nada que permita a la gente tener una base de dignidad independiente de los caprichos de los señores y sobre la cual proyectar una existencia de ser humano libre.
 
La derecha quiere esclavos, siervos. Quiere que la gente, despojada de toda seguridad jurídica, se someta a la incertidumbre de las relaciones personales y fie su bienestar, su vida misma, al capricho de los amos.

El ejemplo más evidente y último (por ahora) es esa reforma de las pensiones perpetrada por el gobierno con el auxilio de unos expertos sin escrúpulos ni moral, directamente a sueldo de las entidades financieras que se beneficiarán con el desmantelamiento del sistema público de pensiones y su substitución por sus esquemas privados. Al desvincular las pensiones del IPC -como hasta ahora estaban por ley- dejan la actualización de aquellas al libre albedrío de los gobiernos, convertidas en un acto graciable de estos, eliminado su carácter de derecho de los pensionistas. La inenarrable ministra del ramo, Báñez, afirma que, con su subida garantizada del 0,25% anual las pensiones subirán siempre. Y, claro, no menciona que, si el IPC aumenta por encima del 0,25%, como suele suceder y al gobierno no le da la gana de compensar la diferencia, las pensiones perderán poder adquisitivo de modo sistemático hasta desaparecer. Esta señora piensa que el auditorio tiene un nivel de estulticia muy superior al suyo, que ya es gigantesco. La reforma de las pensiones del PP es, simplemente, un expolio sistemático y en diferido a los pensionistas.

No vamos a recordar las veces que el embustero Rajoy afirmó que jamás tocaría las pensiones. Nadie espera ya del presidente otra cosa que mentiras e indignidades. Vamos a situar este último atropello en un contexto más amplio.

Han hecho con las pensiones como con la sanidad, la educación y, en general, todas las prestaciones del Estado del bienestar: suprimirlas sobre la base de decir que no podíamos permitirnos estos lujos gratuitos. Ahí empieza su mentira: nada de eso es gratuito. Todo, absolutamente todo, lo hemos pagado de antemano a través de los impuestos y las cotizaciones. Lo hemos pagado, además, quienes pagamos impuestos y no los que los evaden, es decir, en su inmensa mayoría gente del PP (como quienes no declaraban lo sobresueldos) o sus amigos y votantes, evasores fiscales a quienes sus obedientes políticos amnistían después. De gratis, nada.

Pero hay más: el expolio, el hurto, residen además en recortar o suprimir esos servicios, hacerlos de repago si acaso al tiempo que se siguen subiendo los impuestos ciertamente a los de siempre. Y ¿para qué quieren recaudar más cuando gastan menos en servicios o, simplemente, como hace Cospedal, los suprimen? Sencillo, con tres objetivos:

1º) Seguir robando y metiéndose directamente el dinero en el bolsillo (Bárcenas, Gürtel, etc).
2º) Despilfarrarlo en proyectos faraónicos inútiles, mamandurrias de cientos de enchufados o comitivas de chupones a Buenos Aires o donde sea.
3º) Dárselo a las empresas privadas que los financian a su vez ilegalmente con las correspondientes mordidas, estilo López Viejo y otros.

¿Cómo va la derecha a respetar los derechos si lo suyo es expoliar a la gente, someterla por la inseguridad y el miedo y reprimirla a palos o como sea si se solivianta?

(La imagen es un montaje de El Jueves, en GAtos Sindicales).

sábado, 1 de junio de 2013

Parte de guerra social.


Las formas más odiosas de tiranía son aquellas en las que los gobernantes creen estar hechos de una pasta especial, distinta -y, por supuesto, mejor- que la de los gobernados. Bien por la raza, la religión, la nacionalidad, la lengua, la riqueza, la educación, lo que sea, aquellos creen -o dicen creer- que son superiores a estos. Los gobernados deben darse por contentos con que los expriman, los opriman y los repriman por su propio bien y aceptarlo todo en aras del ideal supremo, el orden público. Es decir, deben resignarse a no responder a la agresiva campaña del capital contra el conjunto de la ciudadanía. Y, por supuesto, ni se les ocurra pedir explicaciones. Los gobernantes, seres superiores, no tienen por qué dar explicaciones de sus actos y mucho menos admitir responsabilidad por ellos.

Solo así, porque se considere integrante de una estirpe superior, puede entenderse que Ana Mato no haya dimitido media docena de veces. Ningún ministro en Europa estaría en el cargo veinticuatro horas después de saberse que una trama de presuntos delincuentes pagaba desde los cumpleaños y las comuniones de sus hijos hasta sus viajes de placer al extranjero. Qué digo veinticuatro horas; ni veinticuatro minutos. Pero Ana Mato ahí sigue, hilvanando declaraciones carentes no ya de veracidad sino de todo sentido lógico, como cuando asegura no saber quién pagaba las facturas de sus festejos y, al mismo tiempo, afirma que ella siempre ha pagado todas sus facturas.

Es una actitud generalizada de las personas en el gobierno. El modelo lo representa un presidente bajo sospecha y acusación de haber cobrado durante años sobresueldos procedentes de fuentes de dudosa legalidad. De momento Rajoy no ha considerado necesario dimitir, ni siquiera dar explicaciones públicas. Anunció en su día algún tipo de acción judicial en defensa de su buen nombre pero, bien porque el nombre no tuviera defensa o porque no fuera bueno, nunca se materializó. Rajoy es un presidente callado que no se cree obligado a dar explicaciones al pueblo que gobierna, sin duda porque piensa que no las merece. ¡Ahí es nada una explicación de Rajoy!

Es una guerra social típica de los ricos contra los demás. Los empresarios, los capitalistas, han estado financiando el PP a espuertas obviamente con la intención de utilizarlo como grupo de presión en el parlamento a favor de sus intereses y como instrumento para prácticas corruptas de negocios ilegales con las administraciones públicas gobernadas por el partido. Parte nada desdeñable de esa lluvia de dinero parece haber ido a parar directamente a los bolsillos de una cierta cantidad de dirigentes del PP bajo diversas denominaciones contables, como sueldos, sobresueldos, compensaciones, gastos de representación, etc. Otra parte se ha ido supuestamente en regalos en especie, trajes, bolsos, relojes, viajes, confeti, etc. a los mismos beneficiados. Otra, quizá, en financiación ilegal del partido. El PP ha sido una tómbola para sus dirigentes y muchos militantes. Es donde se concentran los defensores de los intereses del capital, a los que este cree justo y conveniente remunerar con un extra sobre las por lo demás aceptables retribuciones de los cargos públicos. 

Esto es lo que explica que en España no dimita nadie. El ejemplo único de Camps es un caso sin antecedentes ni consecuentes y del que el interesado aun está arrepintiéndose. Precisamente por esto, sin duda, la alcaldesa Barberá, acusada por el juez de haber cometido varios delitos, no muestra la menor intención de dejar el cargo. Todo lo contrario, en el mejor estilo valenciano, anuncia que se presentará candidata otra vez. En España la puerta giratoria es entre la política y los negocios y también entre la delincuencia y la política, como puede observarse en el caso de Mario Conde. 

La ciudadanía lleva varios años sufriendo derrota tras derrota. Es una pena el destrozo en la sociedad que está ocasionando el gobierno de los ricos. La destrucción del tejido de solidaridad social, las desigualdades crecientes, las injusticias flagrantes. En estas circunstancias, Palinuro reitera que la responsabilidad de la izquierda es inmensa. Si no es capaz de dar una respuesta masiva que restablezca algo de justicia y equidad en la sociedad, será cómplice de la degradación de esta a niveles de servidumbre.  

jueves, 30 de agosto de 2012

Estampas del verano. A la charca con el monarca.

¿Qué se ha creído este pavo? ¿Que se puede andar zarandeando a los trabajadores así porque sí? Un rey que le echa la bronca a su chófer por una nimiedad no es un rey sino un vulgar patán. ¿Cuál es el mérito de abroncar a alguien que depende de ti y no puede responder? Que venga a abroncarme a mí o a cualquier otro republicano de los que estamos hasta las narices de este parásito que solo da que hablar de él por sus meteduras de pata, sus vergonzosos pasatiempos o sus intentos de salvar a ese yerno impresentable, presunto ladrón de guante blanco.
¿No quiere Juan Carlos aguantar las pitadas y abucheos de la gente indignada por los recortes de la derecha a los trabajadores, los pensionistas, los parados y los privilegios concedidos a los ricos? Pues lo tiene muy sencillo: hable, dígalo, en vez de zarandear al chófer por una menudencia; haga frente a Rajoy y su gobierno de mangantes y meapilas y póngase del lado del pueblo.
Imposible, ¿verdad? De entrada es que ni se le ocurre. ¿Ponerse él del lado de la chusma? ¡Hombre, por Dios, que hay clases! Y, aunque se le ocurriera, faltaría tiempo a los neofranquistas para recordarle que, aunque sea el sucesor del Caudillo por la gracia del mismo Caudillo, él no pinta nada. Más moderados, los constitucionalistas cortesanos, incluidos los de izquierda, le recordarán que, según fórmula acrisolada, el Rey reina, pero no gobierna... salvo que le interese a la derecha, en cuyo caso todas las máximas contitucionalistas se van al garete. ¿No se llevó Rajoy al Rey a presidir el consejo de ministros en el que se aprobaron los recortes, o sea el expolio de los trabajadores y clases medias en general? ¿No aparece así como responsable o cómplice de esas políticas injustas? Algún alma caritativa podría intentar salvarle la cara argumentando que no lo hizo con mala intención, sino solamente empujado por su innato atolondramiento. Cierto, atolondrado lo es un rato largo, tanto que se parece mucho al inspector Clouseau, cuando intenta atravesar las cristaleras sin abrirlas o se da en el morro con el quicio de una puerta. Pero el gesto de presidir el consejo de ministros en que se privó de su derechos a cientos de miles de personas no era atolondramiento, sino colaboración.
¿De qué se extraña si la gente lo pita y abuchea? Y que se dé con un canto en los dientes de que las cosas no vayan -de momento- a mayores.
El rey se reúne de comilona con los empresarios más poderosos del país, para hablar, según dice de la crisis. Es decir, se reúne para hablar de la crisis con sus más directos beneficiarios. Es cierto que también recibió a Toxo y Méndez en La Zarzuela a primeros de agosto, pero eso es algo atípico. Tan atípico que hasta los dos sindicalistas se pusieron corbata que jamás hizo tanta justicia al origen histórico de la prenda, símbolo de las sogas que llevaban al cuello los esclavos. Lo que le va al rey es el yantar con los ricos, con los que le hacen regalos y sacan partido de su cercanía al monarca para hacer más negocios. Como su yerno. Lástima que a este lo perdiera la tontuna y la codicia. A estas alturas ya podría ser uno de los comensales del rey, empresario de éxito y respetado.
En resumen, Juan Carlos, que no eres ya un chaval: no se matan elefantes por entretenimiento en escapadas clandestinas y picaronas cuando uno preside el World Wildlife Fund, ni se zarandea al chófer cuando uno tiene que aguantar los pitidos de su amado pueblo.
Abdica, hombre, antes de hacer alguna otra estupidez que comprometa más el destino de una corona de inexistente legitimidad. Y fíjate que Palinuro te da el consejo desinteresadamente puesto que, como republicano correoso, lo que le interesa es que te la pegues ya del todo para reclamar la IIIª República.
(La imagen es una foto de SalamancaBlog.com, bajo licencia Creative Commons).

viernes, 13 de julio de 2012

Tiempos nuevos.

Vivimos en la sociedad de la información, que ha sustituido a la del ocio que, a su vez, sustituyó a la de la abundancia, que había sustituido a la sociedad post-industrial, heredera de la sociedad industrial de la cual también derivaron otras dos formas de corto recorrido, la sociedad tecnológica y la sociedad tecnetrónica, algo casi impronunciable. Hemos atravesado tantos "post" que fatigan la memoria: hemos sido postcomunistas, postcapitalistas, postmaterialistas, postsocialistas, postindustriales (ya visto) y llevamos una temporada siendo postmodernos. Todo cambia en torno nuestro a gran velocidad y nos hemos acostumbrado a la novedad como forma de vida. Lo resumimos en esa expresión tan absurda de tiempo(s) nuevo(s); absurda dado que el tiempo solo puede ser nuevo, incluido el viejo, puesto que somos tiempo y nada más que tiempo.
Hasta en momentos de zozobra general como los actuales, en los que reina el miedo, la inseguridad, la incertidumbre, tendemos a pensar que quizá sean precisamente el castigo a esa especie de frenesí de la novedad. Pero el frenesí sigue. Estamos siempre irrumpiendo en lo nuevo solo que a veces para bien y a veces, para mal. Pero no importa: de lo nuevo se sale con más nuevo, como de las curvas se sale acelerando.
Además, hemos alcanzado niveles civilizatorios muy altos, vivimos en sociedades racionales, abiertas, democráticas y que tratan de ser justas. Somos democracias basadas en el sufragio universal y la alternancia política, los gobiernos dicen ser todos transparentes y responsables ante la ciudadanía, representada en el Parlamento. Tenemos defensores del pueblo, protectores de menores, institutos de la mujer, para defender a la gente en su conjunto y a sectores especialmente vulnerables por separado, frente a los abusos. Protegemos igualmente los derechos de los trabajadores frente a la codicia de los patronos. Tenemos prensa libre y los ciudadanos están amparados por un ordenamiento jurídico justo en el marco del Estado de derecho que les permite ejercer los suyos.
¿Es esto así? En teoría, sí; en la práctica las imágenes que vemos son como la de la ilustración: las fuerzas de seguridad siembran la inseguridad por las calles. Se puede decir: "bueno, ¿y qué? Un grano no hace granero y una foto no es una galería." Pero no es solo "una foto". Es una entre cientos que captan los ciudadanos con sus móviles o tablets y cuelgan de inmediato en las redes por medio de Instagram o de WhatsApp haciendo que se difundan viralmente, de forma que en instantes las estan viendo y reproduciendo a su vez, miles de destinatarios. Y el testimonio es unánime: todas muestran escenas de brutalidad policial contra todo tipo de ciudadan@s, muchas veces crueles y por lo general indiscriminadas. Ya no existe el secreto. El refugio de la represión lo dan hoy las declaraciones de los políticos que normalmente niegan la evidencia. Y, por si acaso, han provisto a los agentes de cámaras de fotos y vídeos pero luego no los cuelgan en las redes. Normal. ¿Qué van a grabar los policías? ¿Una manifa? ¿La gente corriendo, asustada? ¿El personal recibendo porrazos? En realidad quieren grabar los rostros para identificar luego a los manifestantes y multarlos. Nueva, muy nueva, forma de reprimir: por el bolsillo. Coincide además con las necesidades de las autoridades, cuyas cajas están vacías de lo mucho que han robado.
Ya no se protege especialmente a los trabajadores frente a los desmanes de los patronos. Con índices altísimos de paro, aquellos no tienen ninguna defensa en el mercado libre que es a donde los lleva un gobierno que tiende a verlos igual que los empresarios, esto es, como mercancías. Un gobierno para el cual el trabajo, la vivienda, la salud y la educación no son derechos de los ciudadanos sino, todo lo más, costes de oportunidad en la rentabilidad del mercado. ¿Salud? Quien pueda pagársela. ¿Educación? Quien pueda costeársela. ¿Vivienda? La que cada cual pueda permitirse. ¿Trabajo? Depende de por cuánto se esté dispuesto a trabajar. 
Con unos ajustes y recortes tan duros, tan injustos, desiguales y arbitrarios, está aumentando mucho la conflictividad social. La indignación se ha extendido de los indignados a capas muy amplias de la población, colectivos profesionales, sectores de servicios. Cunden las interpretaciones de clases: estamos en una lucha de clases. Solo que la clase trabajadora o subalterna está muy fragmentada mientras que la de los poseedores está muy unida, tiene el poder político y está dispuesta a valerse de él para aniquilar a los adversarios a los que considera enemigos. 
Lo que la avalancha de imágenes colgadas en las redes muestra es una sociedad en la que se da una suerte de guerrilla urbana de baja intensidad (a la que los ideólogos adversos ya están llamado kale borroka) contrapuesta a una acción represiva de la policía normalmente desmesurada que muy probablemente alimenta la respuesta violenta porque la provoca. Frente a la supuesta guerrilla permanente, el estado de excepción permanente. Que sea peligroso andar por la calle. ¿Qué tiene esto de nuevo?
La situación es muy tensa. La derecha suele responder a las críticas recordando que obtuvo mayoría absoluta y que su gobierno es absolutamente legítimo. Pero hay aquí una falacia: el PP obtuvo esa mayoría con un programa contrario al que ha aplicado. No distinto, no: contrario, opuesto. Ese partido ha hecho y está haciendo lo contrario de lo que dijo que haría y por lo cual lo votaron. Ha defraudado a los electores. Lo lógico y lo democrático es dimitir y convocar nuevas elecciones porque, para que esas medidas sean de verdad legítimas han de estar respaldadas por la mayoría. Ahora no lo están. ¿Qué tiene esto de nuevo en España?
(La imagen es una captura del twitter de Carlos Bardem (@carlosbardem) y representa una situación muy frecuente en Madrid en estos días: la agresión indiscriminada de la policía a tod@s l@s ciudadan@s que no sean el hombre del traje gris.

viernes, 11 de mayo de 2012

1/99

En el tumulto de esta crisis galopante, en la que las malas noticias solo se compensan con la resignada seguridad de que las siguientes serán peores, hay un verdadero alud de imágenes sustituidas en segundos por otras, lo que genera una sensación de desconcierto, de incomprensión. Sin embargo hay cosas que van quedándose en la retina y la conciencia de la ciudadanía, cosas que dibujan un orden social tan injusto, tan arbitrario, que sorprende no haya provocado ya más turbulencias de las que ha habido. Para verlo no se precisan grandes disquisiciones. Puede hacerse comprensible a través de una fábula, la fábula de la exigua minoría y la amplia mayoría o fabula del 1/99 y que dice así:
  • Mientras el 1% de la población tiene empleos de importancia y relieve social, variados y puede compatibilizarlos, la inmensa mayoría malvive con un empleo monótono, aburrido y, además, precario y eso cuando lo tiene porque hay millones sin trabajo.
  • Mientras el 1% cobra sueldos, pluses, pensiones astronómicos, incluso aunque arruine las empresas que administra, la inmensa mayoría ha de conformarse con los salarios más bajos de la Unión Europea o el salario mínimo, también el más bajo de la misma Unión; y eso cuando hay salario, pues son millones las familias por debajo de la raya de la pobreza.
  • En tanto el 1% vive en residencias de lujo, en zonas exclusivas, la inmensa mayoría se amontona en casas de mala calidad pagando alquileres excesivos o está sometida a hipotecas gravosas y la desahucian a decenas de miles.
  • Si el 1% puede llevar a sus hijos a magníficos colegios privados de pago, la inmensa mayoría solo accede al derecho a la educación a través de una red pública de enseñanza, descapitalizada, empobrecida y desmotivada que ha de sufrir además el impacto de la integración de los inmigrantes.
  • El 1% bien educado tiene expectativas brillantes y ocupa los puestos decisivos en tanto que la inmensa mayoría está sometida a las condiciones leoninas del mercado y solo alcanza empleos sin futuro o se resigna al paro o emigra.
  • El 1% recibe una asistencia sanitaria de extraorinaria rapidez y calidad en tanto que la inmensa mayoría debe conformarse con unos servicios de salud en situación de práctico desmantelamiento por la vía de las privatizaciones y ha de soportar largas listas de espera.
  • Mientras el 1% disfruta largas vacaciones en lugares paradisiacos cuando le viene en gana, la inmensa mayoría ya no puede permitirse vacaciones porque está en el paro, no le alcanza el presupuesto o, si se trata de jubilados, el Imserso los ha dejado sin los viajes de la tercera edad; los que, con todo, pueden, es en circuitos de turismo rata, de masas, de altos precios y pobres prestaciones.
  • Si el 1% delinque, cosa que hace con la misma frecuencia que el 99% restante, la justicia lo trata con toda clase de miramientos, en muchas ocasiones sobresee los casos o declara inocencias y, en donde no es posible, sale el gobierno al quite con un indulto o una amnistía en tanto que la inmensa mayoría sufre las deficiencias de una administración de justicia que deja mucho que desear y se le aplica generalmente con todo el rigor de la ley.
  • Teóricamente los españoles, todos, tenemos la esperanza de vida más larga del mundo, detrás de la japonesa si no ando equivocado, de más de 81 años; no sé si este dato está desglosado por algo distinto al género pero me malicio que el 1% de la población tiene una esperanza de vida sensiblemente superior al de la inmensa mayoría. Que es la forma definitiva de la desigualdad.
Esta es la fábula del 1/99.
(La imagen es un cuadro de Van Gogh llamado Los comedores de patatas (1885)).