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miércoles, 11 de enero de 2012

El timo de las empresas de mensajería.

Cuando se privatizaron algunos servicios de correos, en concreto los más lucrativos, esto es, la mensajería y la paquetería, la propaganda de las empresas privadas que querían quedarse con el negocio ya había acuñado una imagen destructiva, demoledora, del servicio postal: caro, lento, ineficiente, descuidado, las cartas se perdían, los paquetes se devolvían, etc., etc. Todo era mentira, como las demás "críticas" que se han estado haciendo a otros servicios públicos que el capital privado codicia. Porque en algo es realmente maestro este capital: en el arte de la publicidad engañosa y la propaganda. Frente a él, Correos no tenía nada que hacer porque, siendo público, no hacía publicidad de sí mismo.

Sin embargo, el servicio de correos, aquí y en todas partes en el mundo civilizado es mil veces mejor y más eficiente, que esos chiringuitos de mensajería que han proliferado como las setas en las ciudades. En las ciudades, claro es, no en los campos en los que el servicio ruinoso de llevar una carta al año al abuelo que vive en un pueblo perdido de la sierra recae sobre Correos. Y aun así, éste, el servicio postal, además de esta función encomiable, es más eficiente que las empresas privadas por no otra razón que éstas no están para prestar un servicio sino para lucrar a sus propietarios, darles cuantiosos beneficios. Y ¿de dónde saldrán estos sino de hacer que los clientes paguen el servicio de mil maneras además de la dineraria?

Veamos un ejemplo de cómo funciona una cualquiera de estas empresas: estás esperando un paquete importante; la empresa, sin consultarte, te lo lleva a domicilio cuando le peta. ¿Que estás? Tienes tu paquete. ¿Que no estás? Te has metido en un lío. Algunas de estas empresas te dejan un aviso escrito y te piden que vayas a recoger el paquete en persona a su sede, sita en las Chimbambas, con lo cual, ya me dirás qué has ganado con relación a correos, cuya estafeta suele estar a una distancia próxima de tu casa.

En la ausencia, otras empresas te dicen que llames a un número de teléfono en el que te espera un buen rato de audición de cualquier detestable musicanga repetida sin parar así como la gangosería habitual de "nuestros agentes están todos ocupados; por favor, espere" (y pague). Cuando alguno de esos ocupados se desocupa, te dice que pasaron a dejarte el paquete, que no estabas y que van a volver, si te viene bien, mañana por la mañana. Pides que sea por la tarde; por la tarde no trabajan. Fuerza es por la mañana. ¿A qué hora? No te lo pueden decir porque depende de sus trayectos; "a lo largo de la mañana". Lo cual significa que te quedas de guardia en casa, dejas de ir al trabajo y todo con el riesgo de que tampoco vengan. Es decir, tienes que regalarles tu tiempo porque sí, porque les da la gana y quieren hacer negocio a costa tuya.

Finalmente, otros te llaman ellos mismos y se produce un diálogo similar al anterior. Como gracia generosa te dirán que el repartidor te llamará una hora antes. Por supuesto, desde un "número privado", para que no puedas saber quién es ni puedas devolver la llamada ni llamar al repartidor por tu cuenta con algún cambio de planes. Lo tuyo es esperarte en casa hasta que a estos mendas se les canten las narices ir a entregarte un paquete que es tuyo, que has pagado o te has comprometido a pagar y que llevas días esperando.

¿A que le ha pasado a todo el mundo? Mi último caso son unos envíos urgentes pedidos el día 1º de enero, entregados por el proveedor, Amazon, el dos de enero a la empresa MRW, supuestamente especializada en esas urgencias, con una previsión de tres a cinco días de plazo y que, a día 10 de enero aún no me han sido entregados, ni lo serán porque tienen que hacer un trayecto de Madrid a... Madrid, nada menos. Sí me han estado volviendo loco en cambio con llamadas contradictorias y promesas falsas.

Mi anhelo más ferviente es que Amazon vuelva a confiar en Correos entre otras cosas porque, de seguir haciéndolo en la gente de MRW, no volveré a comprar uno solo de sus productos y contaré a todo el mundo, como lo hago ahora, el trato sufrido por unas empresas que presumen de lo que no son ni tienen.

(La imagen es una foto de robin.elaine, bajo licencia de Creative Commons).

viernes, 12 de noviembre de 2010

Overkill.

Pesimismo generalizado sobre la marcha del G20 reunido en Seúl. Los mandatarios no se ponen de acuerdo en el nuevo problema surgido del llamado "riesgo sistémico", cuya manifestación más evidente es la "guerra de divisas". Vuelvo sobre esto más abajo. Entre tanto la pregunta es: ¿hemos salido de la crisis o no?

Las respuestas son variadas: Francia y Alemania, con tasas de crecimiento previstas para el segundo semestre de 2010 del 2 y el 2,5 por ciento del PIB creen que sí; Gran Bretaña y los Estados Unidos esperan que sí si dan resultado las últimas medidas tomadas en ambos países y, por cierto, de índole muy distinta; España permanece estancada a la espera de que el crecimiento ajeno tire del suyo; Irlanda hace frente a la quiebra, Portugal no anda lejos y Grecia está quebrada. ¿Superada la crisis? En la medida en que el mundo está globalizado, definitivamente, no. Por eso, en parte, el G20 pasa a otro punto de la agenda que se considera capital: la devaluación competitiva de las monedas, la citada "guerra de las divisas".

Llamo la atención sobre la palabra "guerra". Es tradición que el capitalismo resuelva crisis mediante guerras que es donde la destrucción creativa de Schumpeter alcanza su manifestación más plena. Pero héteme aquí que ya durante la guerra fría se pudo comprobar que la guerra "caliente" había dejado de ser una opción realista en virtud de las armas nucleares cuyo empleo por ambos bandos contendientes no dejaría vencedores y quién sabe si supervivientes. La guerra moría por overkill, capacidad excesiva de destrucción.

Si la guerra tradicional, la de ataque, bombardeo, conquista, ocupación entre potencias nucleares no es posible; si no es posible, dicho crudamente, arrasar la China por medios militares, hay que recurrir a otros medios. De ahí la "guerra de divisas" y de ahí que, muy preocupados todos, el G20 lo tome como tema de debate prioritario.

Pero ¿qué o quién es el G20? En realidad una reunión informal de los mandatarios supremos de los países más poderosos del planeta, entre industrializados y "emergentes" ("emergente" es la misma Corea del Sur que lleva camino de convertirse en la 5ª potencia económica del mundo, por delante de Alemania y Francia) que representan más de dos tercios de la población, el 85 por ciento de la producción económica y el 90 por ciento del comercio internacional. Pero una reunión informal. No es un gobierno mundial ni nada que se le parezca y los acuerdos que allí se tomen sólo serán vinculantes de modo voluntario; es decir, no serán vinculantes.

El G20 es una reunión en la que las transacciones y negociaciones son bilaterales o trilaterales, pero no multilaterales. Multilateral (y no necesariamente unánime) será una hipotética decisión final si se toma y con los efectos que tenga una vez tomada. ¿O no se recuerda que ya hace tres o cuatro reuniones se tomó la decisión de acabar con los paraísos fiscales? Y en esas relaciones bilaterales no hay acuerdos: la China y los Estados Unidos se acusan mutuamente de devaluar su monedas para mejorar su comercio. Y ambos tienen razón. O sea, no hay acuerdo. Los Estados Unidos pretenden imponer un tope a los excesos de la balanza comercial pero Alemania (la famosa locomotora europa) afirma que esa es práctica contraria al libre comercio. No hay acuerdo.

Por otro lado Alemania olvida, con el beneplácito de los demás europeos, que la pasada devaluación del euro ha beneficiado su comercio. Porque, efectivamente, cuando se dice que los países del euro hemos perdido ese recurso de la devaluación competitiva, se olvida que, sin embargo, el euro sí puede devaluarse. Lo que sucede es que, al suceder ello, los beneficios de la devaluación van más a los grandes exportadores y menos a los raquíticos.

Es convicción generalizada que la palanca para mover el crecimiento y salir de la crisis es el comercio, las exportaciones, el superávit. En algunos casos, como en los países nórdicos y Francia, la demanda interna es factor importante que se equilibra con el comercio exterior. Pero la idea general es que este último prevalece y por él hay que hacerlo todo, hasta la "guerra", por ahora de divisas.

Cuando aparece la guerra, aunque sea en plan figurado, la situación escapa a toda posibilidad de previsión. En las guerras puede pasar cualquier cosa. De forma que los expertos que no solo no vaticinaron la crisis de 2008 sino que ni la entendieron en un primer momento, ahora tienen ya todas las papeletas para no dar ni una. Pongo un ejemplo solo por fastidiar: ¿qué sucede si la China, el Japón y Corea del Sur entran en un acuerdo de libre comercio, que llevan camino de hacerlo, similar al Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte? Es lo que, con dudas, considera la Cooperación Trilateral ya existente, que convertiría el resultado en la primera potencia económica mundial, algo capaz a su vez de destruir el planeta por overkill productivo.

(La imagen es una foto de KOREA.NET, bajo licencia de Creative Commons).