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sábado, 16 de mayo de 2015

Indignados e indignantes.

Ayer se celebró el cuarto aniversario del movimiento de los indignados, aquellos miles de personas que se sentaron en lugares públicos en Madrid, especialmente la Puerta del Sol, a agitar las manos en silencio y movidas en un primer momento por el éxito del libro del veterano resistente Stéphane Hessel, Indignez Vous! Cuestionaban el conjunto del sistema, sostenían que los diputados no los representaban, se consideraban apartidistas pero no apolíticos, creían en la acción libre y espontánea de  la gente, a través de la intervención directa, sin cauces intitucionales que todo lo deforman.

Por entonces, Palinuro dio cuenta del fenómeno en una serie de crónicas sobre el 15M que abarcaron desde el 18 de junio de 2011 la primera, titulada Crónicas de la revolución indignada hasta otra, la número XXIII, titulada también Crónica de la revolucion indignada (XXIII), publicada el 16 de octubre de 2011. Después de estos veintitrés artículos, vinieron algunos otros esporádicos y diversas críticas de libros. Porque a los indignados les ocurrió como a los de Podemos: no habían terminado de hablar y ya muchos editores estaban publicando best-sellers sobre ellos. Si Palinuro fuera un avispado publicante, estaría buscando sello para sus cuartillas. No siéndolo, las dejará dormir el sueño del olvido en la nube de internet. Y eso que, repasando someramente sus contenidos. comprueba que un porcentaje alto de ellos aguanta gallardamente el paso del tiempo. Otros no, por supuesto.

Uno de los aspectos que más se elaboraba en aquellos escritos era el problema de la institucionalización del movimiento. El 15M era una crítica al conjunto del sistema, considerado de imposible regeneración. Era preciso sustituirlo por otro. Pero nunca estuvo claro cómo se hacía ya que, a pesar de la repugnancia casi instintiva del movimieno a los partidos, estos son imprescindibles para la acción política y la acción política se realiza en sede parlamentaria. Sin duda también puede hacerse en los bancos de las plazas o las terrazas de los McDonalds pero seguro que no tiene la misma eficacia. Y en este punto había un conflicto y un impasse: el 15M no tragaba los partidos políticos, cauces de todas las ponzoñas que corroen la vida pública, pero, al mismo tiempo, no acababa de averiguar con qué podría sustituirlos. Y tenía que hacerlo, so pena de vegetar en la inoperancia.

Surgieron así varios intentos de constituirse en partidos que no acabaron de cuajar del todo y, finalmente, Podemos echó a andar enarbolando la idea de ser los "herederos" del 15M que, por cierto, se obstina en su rechazo a toda disciplina partidista. Esta pretensión de ser herederos del 15M, quizá una forma de eso que llaman la "ventana de oportunidad", presenta sin embargo, tres ambigüedades muy características de la organización. A saber: El heredero es alguien distinto del difunto, por razones biológicamente obvias. El partido trata de salvar el escollo diciendo de sí mismo que es un "partido-movimiento", un concepto tan convincente como el del felino vegetariano. Por razones jurídicamente no menos obvias, el heredero, a pesar de todo, es el difunto porque, salvas circunstancias extraordinarias, entra en propiedad universal de sus derechos y deberes. Luego no le queda más remedio de ser lo que no es. La experiencia humana muestra que, antes pronto que tarde, los herederos acaban mirando por sí más que por los intereses de los finados, porque no son estos. Igual que Podemos no es heredero del 15M diga lo que diga.

Por un lado, tenemos a estos últimos tan indignados como siempre, de vuelta a las plazas, afirmando que nadie los representa y de otra, tenemos a Podemos asegurando su condición de herederos. La conclusión sensata y obvia será que Podemos seguirá tirando de la pretendida herencia siempre que le beneficie pero con la misma legitimidad con que los curas de hoy afirman ser los herederos de la iglesia de las catacumbas, y eso mientras va adaptándose a los usos y costumbres parlamentarios a toda velocidad para evitar que las otras fuerzas políticas la encasillen en una consideración extraparlamentaria en la que al final quizá le aguarde la misma aburrida tradición y actividad que tenía su inmediata antecesora, Izquierda Unida, de la que sí parece ser bastante más heredero que del 15M.

Y es aquí en donde, como para hacer realidad la sospecha de que la indignación no surgiría si alguien no la provocara, reaparece el califa Anguita lanzando anatemas como siempre pero esta vez en contra del PCE y de la IU que él mismo creó y en un artículo de Mundo Obrero. Se ha pasado el tiempo de estas organizaciones, sostiene el que las condujo de fracaso en fracaso (eso sí, alguno brillante si se comparaba con los desastrosos resultados que habían obtenido sus antecesores) y hay que experimentar fórmulas nuevas. Teniendo en cuenta que tampoco parece ya totalmente feliz con Podemos, probablemente porque atisba en él, innobles tendencias a negociar o pactar con el infame enemigo, verdadero paria de la sociedad política, auténtico intocable que es el PSOE, el panorama que el ilustre zahorí adelanta a la izquierda es el de desmantelar todas sus formaciones momentos antes de la batalla afirmando que, de no hacerse ahí, estará perdida.

Sin duda los indignados tienen razones poderosas para sentirse tales y más que van a tener cuando comprueben que estos gobernantes neofranquistas no van a dejarles resollar. Pero una de las más poderosas será comprender cómo algunos sectores y personalidades de la izquierda son neuróticamente incapaces de superar sus odios y rencillas y de poner en práctica una unidad que es tanto más necesaria cuanto más imposible la hace su permanente delirio ególatra.

El de él y el de sus discípulos y seguidores.

martes, 28 de abril de 2015

¿A qué partido pertenece Julio Anguita?

Tomo prestada la pregunta que se hacía ayer en Facebook Jaume d’Urgell y lo felicito por haber encontrado una forma tan concisa y diáfana de plantear uno de los asuntos más turbios de la política española. Si también tomara prestada la respuesta casi unánime que recibía de sus lectores (“al Anti-PSOE”) este post acabaría aquí.
 
Pero hay algo más. Por supuesto, la causa a la que Julio Anguita ha consagrado su vida ha sido impedir que el PSOE gane elecciones. Ese es su principal objetivo, il sorpasso. Es una fijación compartida con muchos comunistas que, a falta ya de otros signos de identidad, solo se reconocen en su animadversión a la socialdemocracia.
 
Anguita es un superviviente del viejo leninismo, el que rompió con la socialdemocracia traidora con ánimo de liquidarla. Es el continuador del estalinismo que tanto contribuyó al desarrollo del fascismo europeo con su política antisocialista. Un testigo amargo del último intento comunista de quitar el sitio a la socialdemocracia como quiso hacer Carrillo con aquel invento del Eurocomunismo y que ahora pretenden reeditar los neocomunistas de Podemos.
 
Anguita dice “deberse” a IU. Al fin y al cabo, la fundó él con la clara y esperable intención de dar matarile al socialismo democrático en los años 80. Pero alaba a Podemos y prácticamente pide el voto para ellos. También es de ese Foro Cívico que ha puesto en marcha como plataforma personal. Y, por supuesto, supongo, del PCE.  En definitiva, ¿cuál es su partido? Ninguno. El que en cada momento más ayude a hundir al PSOE.
 
Esta izquierda fragmentada, enfrentada en incontables corrientes, suspira por la unidad como el personaje de Kafka espera inútilmente que se le abran las puertas de la Ley. Y tan anhelada unidad se prevé, no ya al margen del PSOE, sino en contra de él. La fórmula, prodigiosamente inepta de PSOE-PP la misma mierda es, sintetizada por mandato de Twitter en PPPSOE no es nueva en la intención. Los comunistas han llamado siempre cosas feas a los socialdemócratas, socialtraidores, socialfascistas en el siglo pasado y socialiberales en este. Los pobres socialistas cargan siempre con algún sambenito. Curiosamente la socialdemocracia es la única forma de la izquierda que ha gobernado en Europa antes y después de la segunda guerra, la única que ha hecho algo tangible, por ejemplo, el Estado del bienestar, que ahora todos consideran meta deseable. Hasta quienes lo están dinamitando en el PP. Las otras izquierdas no han hecho más que hablar. Y, en donde han hecho más que hablar (en Europa oriental), mejor es no hablar. La prueba es que en eso, al menos, están calladas.
 
No, no, se dice. Lo de ahora es nuevo. La socialdemocracia ha traicionado a la socialdemocracia. Hoy, el programa socialdemócrata es revolucionario. La “verdadera” izquierda se ha hecho “verdaderamente” socialdemócrata, como cabía esperar, porque la vieja socialdemocracia se ha hecho neoliberal. Probablemente haya mucho de verdad en este juicio y la socialdemocracia haya ido perdiendo sus rasgos distintivos hasta incurrir en la actual crisis ideológica, más parecida a un marasmo del que no sabe cómo salir. Pero el juicio es inadecuado. En primer lugar no es cierto que sea algo nuevo. Los comunistas nacieron hacia 1919 acusando a la socialdemocracia de traición. Y así siguen.
 
En segundo lugar, hay una evidente injusticia. La socialdemocracia se ha adaptado a la lógica neoliberal en gran medida. Pero ¿por qué se juzga como una traición y no como un fracaso? Todos los ojos miran hoy a Grecia, a ver si puede articularse una política socialdemócrata no neoliberal. De momento no lo parece. Y más allá de Grecia. Al hundirse el comunismo realmente existente, los comunistas ya no propugnan la socialización de los medios de producción, la planificación centralizada ni la abolición del mercado. ¿Han traicionado o reconocen implícitamente que fracasaron? Y, si eso es así, ¿por qué el fracaso de la socialdemocracia a la hora de defender su propio Estado del bienestar no es un fracaso sino una traición? Porque los socialdemócratas están condenados de antemano por la “verdadera” izquierda, hagan lo que hagan. Son inherentemente, traidores. O algo así piensa Anguita.
 
Bueno, en último término, este rollo está muy bien, pero son neiges d’antan. No tan lejanas como las de la guerra civil pero tampoco de ahora, como las de la lucha contra los desahucios, que es en dónde hay que estar, en la transversalidad de los movimientos, la unidad popular, el empoderamiento de los de abajo, sin trileros de izquierda ni derecha, en lo espontáneo y asambleario, en el populismo bien entendido, en la soberanía de todos, en lo nacional-popular.
 
Entonces, ¿por qué sacar a Anguita? ¿Por qué declararlo referente? ¿Por qué escucharlo como al oráculo de Delfos? ¿Por qué reconocer su autoridad? En su obsesión anti-PSOE, Anguita destruyó IU y, al abrazarse ahora a Podemos, también lo está destruyendo.
 
Los sondeos llevan una temporada señalando tendencia a la baja del partido de los círculos, con gran contento de numerosos analistas que piden reconocimiento de yoyas, yo ya lo dije, yo ya lo sabía. Por el contrario, Palinuro, que siempre ha apostado por una coalición PSOE-Podemos por considerarlos a ambos izquierdas, está desolado.
 
Es dudoso que la constelación IU/Podemos invierta la tendencia bajista en intención de voto en el escaso mes que queda. Sobre todo porque interviene el imprevisible factor Ciudadanos. Pero, mientras tanto, debieran preguntarse si la decisión de sacar a Anguita como si fuera el Séptimo de caballería no es disparatada. Anguita trae puesta la bronca PSOE-comunistas. Es su vida. En España, hoy como ayer, la línea de fractura es entre izquierda y derecha. Los nuevos líderes lo niegan, pero la gente sigue pensando en términos de izquierda-derecha y, atención, centro, el punto geométrico sobre el que pivota esa etérea figura de la centralidad política. Y no es difícil ver aquí el truco de decir que ambos términos no son lo mismo porque el centro es un mazacote inmóvil y la centralidad política consiste en seducir al mazacote y llevárselo a un extremo.
 
Dos preguntas: 1ª) ¿cómo se espera alcanzar el centro si se echa a patadas a la izquierda que se relaciona con él? 2ª) ¿cómo se espera triunfar cuando no se dispara contra los de enfrente sino contra los del mismo campo? No es esperable (aunque no sea imposible) que gane la guerra un ejército que combate contra sí mismo.
 
Exageran quienes dicen que, en el fondo, lo que Anguita quiere es que gane el PP. No es así exactamente. Está dispuesto a hacer pinza con él como ya la hizo en los años 90 y todavía hoy emplea más tiempo y energía en anatematizar al PSOE que en criticar al PP, al que prácticamente, no menciona. Pero su fin no es que gane la derecha, sino que pierda el PSOE. El triunfo de la derecha es una consecuencia colateral no querida. Lo mejor para él sería que el PSOE perdiera y las elecciones las ganara el Partido Comunista, bajo su forma prístina o en alguno de sus camuflajes, como IU, Podemos o lo que sea. No siendo así, mientras no gane el PSOE, ¡qué vamos a hacerle si gana el PP!
 
Este PP.

lunes, 30 de marzo de 2015

La astucia de la sinrazón.

IU nació en 1986 con la voluntad de aglutinar las diversas fuerzas de izquierda que se habían manifestado en el país a raíz del referéndum sobre la OTAN. Fue una decisión oportunista con la que se trataba de aprovechar aquel enorme ímpetu (6.872.421 de votos en contra, el 39,85 % de los votantes) para reanimar a un moribundo Partido Comunista. No solo oportunista sino también copiada, sin innovación ni originalidad, una pura imitación de fracasos anteriores. IU se presentaba como una organización de masas que, en la estela teórica leninista, llevaría a estas a su emancipación mediante el trabajo heroico y callado de su motor revolucionario oculto, el Partido Comunista de España. En ese invento se integró una serie de partidos y partidillos y algunas personalidades independientes como Antonio Elorza, según él mismo acaba de recordar en un artículo en El País, muy acertadamente titulado la agonía de IU, si bien trae 30 años de retraso. La suma de partidos y personalidades recordaba las entrañables organizaciones unitarias de la izquierda en el tardofranquismo y su espíritu general estaba plagiado del proyecto eurocomunista del denostado Carrillo en los años setenta: izquierda radical, nueva, plural, comunista pero menos, genuinamente democrática, no socialdemócrata y con un punto de patriotismo.
Esta fórmula oportunista, simulada, plagiada, no dio resultado ni en el mismo año del referéndum de la OTAN pues ni en este ni en ninguna elección posterior consiguió IU acercarse ni de lejos a aquel porcentaje del 39,85% de votos "no". Ni de lejos. 4,63% con Gerardo Iglesias en junio de 1986; 9,07% en 1989; 9,55% en 1993; 10,54% en marzo de 1996. En estas tres últimas convocatorias IU alcanzó su cénit bajo la dirección de Julio Anguita y sus pintorescas teorías de "las dos orillas", el "sorpasso" y su no menos pintoresca práctica de formar un frente de hecho con el PP contra el PSOE, su verdadero enemigo. Después de Anguita, el declive, en picado: 5,45% en 2000 con Frutos, aliado al PSOE; 4,96% con Llamazares en 2004; 3,77% en 2011 de nuevo con Llamazares; 6,92% en 2011 con Cayo Lara. Fracaso total, sin paliativos.
Treinta años de partido testimonial e irrelevante; treinta años de hueras palabras revolucionarias, de "izquierda verdadera y transformadora" que no ha transformado nada nunca porque no puede, pero que han servido siempre para lastrar los resultados electorales del PSOE, la única izquierda real que ha tenido este país, la única que ha gobernado, la única que ha desplazado a la derecha de siempre, la única que ha hecho algo.  Y, por eso mismo, la que se lleva todos las críticas e insultos de IU y de su heredero, Podemos.
¡Ah, pero en 2011 se abre una ventana de oportunidad! Los errores del PSOE, su falta de fondo y categoría, su ausencia de sentido crítico, su corrupción, adocenamiento, burocratización,  su traición a los principios socialdemócratas, su derechismo y su incapacidad para dotarse de dirigentes de alguna valía, lo llevan al punto más bajo de su apoyo electoral en toda la democracia: 28,76% del voto en las elecciones de 2011 consigue Rubalcaba quien, en lugar de dimitir ipso facto, decide quedarse, a ver si consigue destruir del todo el partido gracias a su evidente incompetencia y su talante derechista.
El PSOE en horas bajas. La crisis azotando de la lindo. El PP en la cresta de su fascismo nacionalcatólico. La fortuna la pintan calva o la dicha ventana de oportunidad. De nuevo la posibilidad del sorpasso. Hasta Anguita vuelve del limbo para derrotar, por fin, a la odiosa hidra socialdemócrata con ayuda de unos valientes e innovadores jóvenes que, a las escondidas, se han puesto de acuerdo con él para dar el golpe definitivo al PSOE traidor ya que, en realidad, todos ellos proceden de la cultura comunista y han militado directamente en el PCE o en sus proximidades de IU... Y surge Podemos.
Con el mismo espíritu oportunista, simulado, plagiado que IU, pero con renovadas ambiciones. Del plagio no hay duda. Palinuro lo ha dicho en varias ocasiones: en Podemos todo es plagio, desde el título de la organización, pasando por sus tácticas, sus consignas, sus fórmulas, conceptos, teorías y hasta el nombre del fundador. Una falta absoluta de inventiva y originalidad, disfrazada con un discurso teórico claro y que suena bien en abstracto, pero no tiene engarce real en el país. Podemos se valió de un ejemplo exitoso, el de Syriza para presentarse como  la renovación de la izquierda española, la tan añorada presencia de una izquierda libre, nueva, independiente, que no tuviera nada que ver con la socialdemocracia burguesa ni con el adocenado comunismo. Algo en lo que confiaron muchos, empezando por  Palinuro.
Una patraña montada sobre una curiosa conjunción de fuegos mediáticos de artificio que algún día analizaremos de cerca pero que ha fracaso por la incapacidad de sus protagonistas para entender la astucia de la razón. Una falta de inteligencia tan clamorosa que ha sustituido aquella razón por una pedestre sinrazón.
El éxito de Syriza estaba basado en un reparto de roles políticos bien pensado. Aunque sus miembros  eran en gran medida tan neocomunistas como los de Podemos, comprendieron enseguida que sus posibilidades de triunfo dependían de que la gente no los asociara con el partido comunista. Y este, a su vez, entendió el juego, presentándose con sus siglas a las elecciones... para perderlas. Lo suyo era el papel de perdedor para que Syriza, incontaminada de proclividades comunistas, pudiera ganar. Y así pasó en las últimas elecciones en las que el KKE obtuvo el 5,5% de los votos mientras que Syriza se alzó con el 36,3%.  Syriza, con 149 diputados hubiera podido formar coalición con los 15 del KKE y tener mayoría absoluta. Pero no lo hizo porque en Grecia la izquierda es más inteligente que en España y entiende de política. Se alió con unos fantoches de derecha extrema.
En España, Podemos ganó en las elecciones al Europarlamento porque se diferenciaba de IU, gracias sobre todo a que los estrategas de esta -que no saben por dónde sopla el viento- creyeron que se trataba de frikis, como Arriola, del PP. Cuando se vio que no y que había un auténtico peligro de sorpasso pero no a la italiana, sino a la griega, comenzó el habitual tumulto, con todos los miembros de la federación queriendo converger atropelladamente con Podemos, sin darse cuenta de que esa convergencia sería mortal para esta formación que aparecería -y de hecho ya lo hace- como una confusa mezcla con los comunistas en todas sus variantes: convergentes, divergentes, madrileños, federales y selenitas. Las dos piezas mayores que llevan a IU hacia Podemos y que Podemos, por razones distintas, no ha conseguido neutralizar, son Tania Sánchez y Alberto Garzón. El destrozo que han hecho ha sido completo y, como les parecía poco, han mandado un torpedo a la línea de flotación de Podemos bajo la forma del verbo siempre engolado y absurdo de Mícer Anguita.
En resumen, IU se hunde, y puede arrastrar a Podemos. Es posible que aquella no llegue ni a mayo. Y ya se verá si Podemos llega a noviembre.

jueves, 19 de febrero de 2015

Unidad, claridad y lealtad.


Nadie, supongo, pondrá en duda la voluntad unitaria de Palinuro, igual que su libertad e independencia de criterio. Su posición ha sido siempre de una claridad meridiana y reiteradamente expuesta: la izquierda tiene la obligación política y moral de unirse para hacer frente a una derecha depredadora cuya fortaleza reside, precisamente, en su unidad.

Por "izquierda", Palinuro entiende, también lo ha dicho, el PSOE y las demás fuerzas que se digan de izquierda. Mucha gente, al parecer en posesión de claves de autenticidad ideológica (nunca contrastada con realidad práctica alguna), sostiene que el PSOE no es de izquierda y, por tanto, no ha lugar a unirse con él. Algunos otros afirman que no solamente no es de izquierda sino que es igual al PP. Opiniones ambas tan legítimas como las contrarias y que pueden defenderse con el mismo derecho con que Palinuro defiende esas contrarias pero que, en principio, no obligan a quien se le exponen a tenerlas más en cuenta que el vuelo de una mosca.

Ese afán unitario invade hoy todos los cuarteles de la izquierda con insólito fervor. Léase lo que dice doña Tania Sánchez de que "la gente quiere una alternativa única al PP en Madrid". Es tan fuerte la pasión por la unidad que hasta los bravos luchadores contra el bipartidismo quieren otro bipartidismo. El suyo. Tan fuerte que alguien que, como esta señora, hubiera sido calificada en otras circunstancia de tránsfuga, que es lo que es, se erige en abanderada de la unidad de la izquierda.

Cierto que no la llama unidad de la izquierda. Los estrategas de la formación con la que quiere confluir la señora Sánchez no gustan de estos términos de izquierda y derecha y prefieren hablar, como ella, de unidad popular. Bizantinismos inútiles y un poco ridículos si se tiene en cuenta que, de cumplirse el deseo unitario en estos términos, la lucha sería entre el Partido Popular y la Unidad Popular, lo que suena un pelín cantinflesco.

Pero hay algo de mucho más calado. En su grito por la unidad, la señora Sánchez pide que los "militantes defraudados del PSOE" se unan a su proyecto. Eso ya no es tan inocente y es una carga de profundidad contra ese partido, al querer introducir una cuña entre sus militantes "no defraudados" (probablemente unos burguesazos sin principios ni verdadero espíritu izquierdista, unos traidores) y los "defraudados", que son los buenos a quienes se recibe en esa flamante Convocatoria por Madrid que tiene una semana de vida y a la que quizá apenas le quede otra, si quien la promueve actúa como tiene por costumbre, escindiéndose de las organizaciones al grito de "unidad".

Ignoro hasta dónde llega la memoria de la señora Sánchez y, por tanto, no sé si recuerda que esta táctica de promover la unidad por abajo (los militantes "defraudados") y el enfrentamiento por arriba, con la dirección "traidora", etc, etc. es el meollo de la política sectaria de los comunistas en los años veinte del siglo XX que, en algunos casos los llevó a aliarse con los nazis en contra de los socialdemócratas, a los que llamaban "socialfascistas" con el habitual alarde de ingenio. Quizá lo recuerde o quizá no, eso es indiferente. Aquí lo único esencial es que se postula una unidad de la izquierda (o popular, tanto da), al tiempo que se trata de fraccionar el PSOE, tildándolo de derechista y ofreciendo la salvación izquierdista, la integración en el rebaño de los buenos, a los "defraudados".

En contra de lo que parece a simple vista, lo llamativo no es que una señora haya fracturado su propia formación por razones entre las que parece haberlas personales y muy fuertes para crear a toda prisa una organización que puede sacrificar mañana por parecidos motivos. Eso es marca de la casa. Lo llamativo es que niegue al PSOE la vitola de izquierda y discrimine a sus afiliados según sus particulares criterios. Lo llamativo es cómo todas las prédicas sobre unidad enunciadas en el territorio de la "verdadera" izquierda siguen estando presididas por el odio a la socialdemocracia típico de los citados años veinte y típico también del inagotable afán de Anguita -el referente intelectual de estas fuerzas "populares", "cívicas", etc- de hundir al PSOE.

Pero mucho más llamativo es el comportamiento de algunos militantes de este partido. Leo que mi amigo Enrique del Olmo, militante del PSOE, que se postuló para candidato a la alcaldía de Madrid, al frente de un grupo llamado gana Madrid, compuesto sobre todo por socialistas, se ha integrado en la Convocatoria por Madrid. Ignoro si Del Olmo y sus amigos forman parte de la primera cosecha de defraudados, de doña Tania Sánchez. Ellos sabrán. Pero defiendo con uñas y dientes su derecho a estar en donde les parezca y hacer y decir lo que quieran, igual que, espero, ellos respetarán el mío de hacer lo propio. Sobre todo porque, al no tener nada que ver con el PSOE, me es imposible sentirme defraudado o satisfecho.

Solo me permito una observación que tiene algo de reveladora: ¿alguien imagina una situación como la de los amigos de gana Madrid en algún otro partido de esos de la "verdadera izquierda", de esos que dicen lo de que el PSOE y el PP son iguales? ¿Alguien piensa que unos militantes del Partido Comunista, de IU, de Podemos, pueden actuar conjuntamente con otras gentes que los consideran "defraudados" por el partido en el que militan?

No siendo Palinuro de partido alguno y rigiéndose solo por criterios de integridad personal, rectitud y sinceridad, sin reconocer deber de obediencia a nadie, defiende el derecho de estos militantes socialistas a hacer lo que crean en conciencia que deben hacer.

Pero, en serio, ¿cree alguien que puede dudarse de la condición de izquierda de un partido que muestra esta tolerancia, democracia y libertad internas y que lo hagan, además, gentes que estas virtudes ni las huelen?