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viernes, 9 de octubre de 2015

Gran Bretaña, años 80.


Hoy, viernes, 9 de octubre, Palinuro participa en un coloquio organizado por el Departamento de Historia Contemporánea de la UNED sobre la Gran Bretaña de la época de Margaret Thatcher. Comparto mesa con el eximio Nigel Townson.

Líder del Partido Conservador de 1975 a 1990 y primera ministra de 1979 a 1990, la dama de hierro cogió las riendas de un Reino Unido que se encontraba en un momento delicado de su historia, con alguna conciencia de decadencia, incómodo dentro de la CE, en la que acababa de ingresar, con una crisis galopante en las estructuras del Estado del bienestar y cierta hegemonía de la izquierda política y sindical. A su modo y, con su peculiar personalidad, determinada y elemental, se propuso reconstruir la sociedad británica con un retorno a las políticas económicas liberales, derrotar a la izquierda y, en definitiva, reconstruir la tasa de beneficio del capital, en claro descenso. Fue el suyo un típico de gobierno de clase. Con ella se inició las ola de privatizaciones que culminó en el mandato de Tony Blair, también conocido en broma como Tory Blair y se jibarizó el potente Welfare State británico que pusieron en marcha los laboristas en la postguerra a raíz del Informe Beveridge.

En el orden internacional, su acción fue no menos determinante y, por su decisión, contundencia, intransigencia y belicosidad (claramente manifiesta en la guerra de las Malvinas) consiguió elevar asimismo el prestigio exterior del Reino Unido, así como su peso a través de la special relationship con los Estados Unidos. Selló una buena relación y hasta amistad con Mijaíl Gorbachov, lo cual fue asimismo decisivo para propiciar el desmantelamiento de la URSS y el fin de la guerra fría en 1991, un año después de que una sublevación interna de barones del Partido Conservador, la expulsara del liderazgo del partido y del gobierno.

Hablaremos de todo ello a partir de las 18:00 en el Salón Siglo XXI del Excmo. Ayuntamiento del Real Sitio de la granja de San Ildefonso.

Todo el mundo bien venid@.

viernes, 27 de diciembre de 2013

El neoliberalismo totalitario.

En la memoria colectiva están las frecuentes andanadas, muchas sandungueras, de Esperanza Aguirre contra el Estado, la administración pública, los funcionarios a los que a veces califica de vagos, contra lo público en general. Están en la onda de las que, con mayor prosopopeya, larga Aznar en cuanto puede sobre la ineficiencia del sector público, el envidiable dinamismo del privado, etc. Suelen ir acompañadas de las resueltas recomendaciones de la FAES, el think tank dedicado a la muy lucrativa tarea de demoler el Estado del bienestar.

En conjunto, esos discursos se limitan a reproducir las simplezas y los sofismas de la revolución neoliberal de los 80s, acaudillada por Reagan y Thatcher, iconos de Aguirre. El galán de cine y la hija del tendero. Pura sociedad civil vigorosa en acción. La insurrección de la gente normal contra las demasías colectivistas. La elegancia manda pasar por alto la circunstancia de que quienes elaboran ese discurso antiestatal en España suelen ser funcionarios del Estado, inspectores de Hacienda, técnicas de Turismo, abogados del Estado, etc. Y se pasa por alto porque se trata de un argumento ad hominem, impropio del juego limpio discursivo. Pero no deja de tener gracia. Estos funcionarios neoliberales personifican la refutación de las teorías weberianas sobre la racionalidad de la burocracia. Y no digamos nada de la loca pretensión hegeliana de la eticidad del Estado. Vamos, hombre, el Estado es el problema, dejó dicho el ex-actor.

Ya casi nadie cuestiona la idea de que el triunfo de esa revolución, la desregulación de los mercados financieros, fue la causa del desbarajuste y la crisis actual. El "casi" hace referencia a los ideólogos neoliberales más empecinados, según los cuales la crisis se debe al exceso de regulación. Conflicto imposible de resolver porque es el problema de la relatividad del veneno. La convicción general es que, de una forma u otra, hay que regular los mercados. Porque, además, es lo que se hace, aun diciendo lo contrario. Desregular por ley es tan intervención como regular. Y legislar sobre contratos laborales, salarios mínimos, subsidios de desempleo, incentivos al empleo, acceso a la sanidad, a la educación, es regular, es intervenir; intervenir a favor de unos y en contra de otros, igual que la regulación es intervención a favor de los otros en contra de los unos. Por qué haya de ser mejor la desregulación que la regulación es algo que no cabe dirimir teóricamente; hay que remitirse a los hechos. Y los hechos cantan: es peor la desregulación.

Todo esto es música celestial para los neoliberales españoles que van de catecismo. Su desregulación es una especie de frenesí intervencionista que los lleva a legislar sobre todo, no solo sobre lo anterior, sino sobre el orden público y hasta los ámbitos privados de los ciudadanos, el terreno de su libre decisión. El ministro de Justicia afirma que él sí tendría un hijo con malformaciones graves como una convicción personal. Y ni se le pasa por la cabeza que quizá no tenga derecho a imponer sus convicciones personales a los demás por ley. ¿O cree que sus convicciones personales son superiores a las de los demás? Legislan sobre la intimidad de las personas. Para ser neoliberales parecen totalitarios. Porque lo son. Todo el nacionalcatolicismo español se ha hecho neoliberal y, al tiempo que se vale del Estado para bajar los sueldos, se mete en las relaciones entre privados y en sus alcobas. El Estado es el problema, pero ellos quieren regularlo todo desde el Estado, oída, desde luego, la iglesia, madre veneranda. No se olvide, es neoliberalismo nacionalcatólico, de peineta, rosario y via crucis.

Convierten en públicos por mandato cuerpos privados de seguridad. Son neoliberales pero abusan del Estado al tiempo que lo desmantelan. O lo uno por lo otro. La política de su partido es la típica captura de rentas en y a través de la administración pública, cosa que también sucede con el PSOE en Andalucía. Pero el PSOE dice no ser neoliberal. Los neoliberales de casta, al estilo nacionalespañol, no solo capturan rentas sino que han patrimonializado la administarción pública, gestionada en muchos casos con criterios de expolio y saqueo. Estos neoliberales han creado una amalgama confusa entre lo público y lo privado, borrando una distinción de siglos, que ya se daba en el Imperio romano.

En manos de los neoliberales hispánicos el Estado vuelve a ser el comité que gestiona los asuntos de la clase dominante, según el criterio marxista clásico. En los 70s se dio una controversia típica de la época entre quienes hablaban del Estado capitalista y quienes lo hacían del Estado en la sociedad capitalista o Poulantzas vs. Miliband. Entre tanto llegaron los galgos y los podencos y se los comieron. La polémica se resuelve en su panza. El Estado se gestiona como una empresa privada, pero como una empresa en y de liquidación.

Como buenos totalitarios los neoliberales españoles tienen un formidable aparato de propaganda en el que interviene activamente la iglesia con abundante munición ideológica y sin abstenerse de ir a la calle en defensa de sus creencias, consistentes en imponerse a todos los demás. Además del mencionado think tank, cuenta con emisoras de radio y TV, algunas directamente gestionadas por la iglesia, periódicos, editoriales, universidades y todo tipo de centros de agitación y propaganda. Junto a ellos, una tropa de ideólogos, intelectuales, periodistas, que van de tertulia en tertulia, defendiendo denodadamente a sus empleadores. Y no suelen ser baratos los mozos, no, aunque tampoco vuelen muy alto.

En su discurso el Rey aludió a los intelectuales. Si no me equivoco es la primera vez que este estamento de licenciosas costumbres es tocado por la real palabra. Supongo que el buen hombre ve el problema de España (o sea, Cataluña) tan complicado que, a la desesperada, invoca las fuerzas del averno, los brujos, los adivinos o los payasos que de todo suele haber en las relaciones entre el poder y los intelectuales. A ver, muchachos, se necesita una nueva interpretación, una definición nueva de España, cosa de ideólogos. La última, la de la unidad de destino en lo universal, parece no funcionar. Hay algunos empeñados en tener otro destino.

Por cierto, los vascos están preparando otra movida de revisión del estatuto. Un nuevo frente para un gobierno desbordado que no sabe ya a cuál atender.

Un par más de dosis de este neoliberalismo nacionalcatólico, carcunda, totalitario y acabamos todos marcando el paso haciendo sonar marciales unas botas que, por supuesto, habremos pagado de nuestro bolsillo.

(La imagen de Aguirre es una foto de Wikimedia Commons, con licencia Creative Commons. La de Thatcher es una foto de Vectorportal, aquí reproducida con mención de la fuente, que es la condición exigida en su página.)

jueves, 11 de abril de 2013

Aguirre y la razón liberal.


Cunde el pánico en las redes. Ya he visto varios tuits avisando alarmados de que Aguirre anda suelta en twitter. La razón, desde luego, es obvia. Aguirre, un "animal político" en el mejor sentido del término, se aburre habiendo abandonado la primera línea de fuego. El fallecimiento de Thatcher ha debido operar sobre ella como una vocación trascendental. Una voz le ha dicho: "ahora eres tú la depositaria de la razón liberal femenina". Y se ha lanzado. Me parece muy bien y no comparto los temores mencionados. Aguirre es de las pocas políticas conservadoras (por no decir la única) que hace formulaciones de principios, claras, tajantes, y no cede a la tentación de la ambigüedad y la mallurrería de sus conmilitones. Es la única voz de la derecha que hace frente a la razón de la izquierda. Las demás se limitan a insultar. Aguirre nunca insulta (excepto a l@s de su partido) pero suele mostrarse hiriente y despreciativa. Lo bueno es que razona, que se mueve en el terreno teórico y de los principios. Y eso es muy de agradecer. Así que, amig@s tuiter@s, a leer, que la dama es conceptual. Siendo, además, según reiterada profesión, liberal, estará abierta al debate con juego limpio y en una actitud liberal que consiste en presuponer siempre que a) el contrario puede llevar razón; b) que la razón puede ser una mezcla de puntos de vista antagónicos.

¿O no?

Veamos. La reacción inmediata de Aguirre al fallecimiento de Thatcher ha sido un tuit del siguiente tenor: Margaret Thatcher y Winston Churchill han sido los políticos europeos que más han hecho por la libertad en el siglo XX. Vale. Muy liberal no suena, aunque sí muy anglófilo, lo cual está en la línea del conservadurismo español ya desde Cánovas. A uno se le ocurre media docena más de políticos europeos que han hecho tanto por la libertad, o más, según se mire, que estos: Clemenceau, por ejemplo, que fue dreyfusard, fortaleció la IIIª República y separó la Iglesia del Estado. Azaña, padre espiritual de la IIª República. Si bien es cierto que al pobre don Manuel no le dejaron culminar su obra y la llevaron a eso que Aguirre llama el desastre en terminología involuntariamente regeneracionista y que deja en pie la cuestión de quién fue el responsable de ese desastre, la víctima o el victimario.

Probablemente Aguirre se refiera a los políticos de la segunda postguerra. Pero también aquí hay quien puede compararse con Churchill y, según criterios, superarlo. Por ejemplo, De Gaulle, que proclamó la independencia de Francia como nación de la libertad sin territorio y puso en pie un ejército en el que se integraron combatientes de todos los países entonces oprimidos, entre ellos, un fuerte contingente de españoles republicanos. O Konrad Adenauer, por movernos en un campo conservador antinazi, quien desnazificó Alemania a extremos que los españoles jamás alcanzaron con el franquismo en la transición. O Willy Brandt, quien impulsó una Östpolitik que fue el primer paso para acabar con la guerra fría en Europa. O Jean Monnet y Robert Schumann, los creadores del Mercado Común. Y alguno más.

¿Por qué no reconocerlo? ¿Se debe a que Aguirre ignora estos hechos, personas, acontecimientos en un mundo complejo como el nuestro en donde las afirmaciones tajantes como la suya suenan a propaganda barata? Es posible pero no enteramente probable. Lo que sucede es que la opinión de Aguirre no se expresa como una opinión sino como una verdad apodíctica. Es decir, cualquier parecido entre ella y el liberalismo es pura coincidencia.  Parte de lo problemático de su afirmación es qué entienda por libertad. En nuestra conflictiva sociedad la mayor libertad de unos puede ser, y suele serlo,  mayor servidumbre de otros. No hay una libertad platónica en estado puro. Hay libertades. De unos y de otros y luchan por imponerse. Por eso, como solía decir Ayn Rand, a la hora de hablar de que algo sea bueno, hay que especificar bueno ¿para quién? Aguirre tiene que saberlo porque Rand necesariamente es lectura suya de cabecera. Así que o no lo sabe y es una ignorante o lo sabe y es una cínica. Ninguna de las cosas es compatible con el liberalismo.

Pero hay más. Si Aguirre contestara que, en efecto, puede haber dos o más ideas de la libertad, pero solo una (la suya) es la correcta, alguien le explicará que, siendo la libertad un valor, es racionalmente imposible saber si una versión de este es más o menos "correcta" que otra. Eso solo puede sostenerse mediante un prejuicio y los prejuicios no valen nada. Y, aun peor, siendo imposible el juicio de "corrección" entre valores (salvo aquellos que impliquen delitos del Código Penal y no con carácter absoluto) habrá de admitirse la posibilidad de que en nuestra sociedad coexistan valores antagónicos con igual validez. Pero esto no se lo digo yo. Se lo dice Isaiah Berlin, otro potente foco del liberalismo contemporáneo. A oídos de Berlin, el apotegma de Aguirre sonaría autoritario, antiliberal.

Es lícito preguntarse si el liberalismo de Aguirre es algo más que un juego de palabras. Podríanse citar muchos ejemplos y quizá lo hagamos. De momento, un botón de muestra de florido jardín: Franco era socialista dijo hace unos años a una sin duda boquiabierta audiencia del programa de TVE 59''. Socialista. De inmediato salta la relación teoría-práctica: ¿y cómo no se opusieron ustedes entonces a aquel socialismo? Porque era una dictadura. Entonces no era socialista. ¡Sí! Por eso: una dictadura socialista. Toda dictadura es socialista, ¿sabe usted? Llegados a este punto es evidente que los términos ya no significan nada y la cosa consiste en mantener necedades. Franco, el que fusiló a Zugazagoitia, asesinó a Fernández Montesinos, alcalde de Granada, dejó morir en la cárcel a Besteiro y ordenó o permitió que masacraran a miles y miles de civiles por ser socialistas (y anarquistas, comunistas, nacionalistas, republicanos, etc) era socialista. ¿Cómo? Muy sencillo, como buen socialista, Franco era un inmoral, capaz de asesinar a los suyos, como Stalin, Beria, Yagoda, etc. Muy bien. Fraga, el fundador de su partido, fue ministro de Franco, ¿no? Y no ministro técnico, sino ideológico. Ministro de Información y Turismo. O sea, de Propaganda. ¿Era socialista? Su partido ¿es socialista? 

Es decir, Franco tenía de socialista lo que Esperanza Aguirre. Y no es en lo único en que coinciden que, al fin y al cabo es poco por ser negativo. Es más, mucho más, lo que tienen en común: su acendrado catolicismo y su autoritarismo altanero. Las cosas son como ellos dicen. Incluso aunque digan auténticos dislates. Es decir, Franco, obviamente, no tenía nada de socialista, como sabe muy bien Esperanza Aguirre. Pero, precisamente por saberlo y, a pesar de todo, decir lo contrario, ella sí tiene mucho de franquista. Al menos en la misma medida en que la otra seudoliberal modelo suyo, Thatcher, era pinochetista.

Está bien que Aguirre defienda el liberalismo en el campo de las ideas pero estará mejor si matiza algo más y es menos intransigente, menos dogmática. Porque ni la intransigencia ni el dogmatismo son liberales. Y tampoco el disparate.

(La imagen es una foto de Esperanza Aguirre, bajo licencia Creative Commons).

viernes, 19 de octubre de 2012

¿Conoce usted un país que...



defienda el Estado del bienestar desmantelándolo?

diga fomentar el empleo facilitando el despido libre?

privatice todo lo rentable y socialice todo lo ruinoso?

anteponga los intereses de los bancos a los de las empresas y los de las empresas a los de los ciudadanos?

tenga siete millones de jubilados rehenes de un resultado electoral?

suprima derechos fundamentales en nombre de la libertad?

proteja a la población apaleándola?

mande a sus mejores hijos a cientos de miles a la emigración periódicamente?

identifique los intereses de un partido con los del Estado?

trate a la oposición como si no existiera?

utilice el Parlamento como cámara de aplauso?

emplee los medios públicos de comunicación como máquinas de agit-prop?

no considere la rendición de cuentas un deber de los gobernantes?

no tenga los programas electorales como promesas que obligan al menos a algo?

entregue la defensa de los intereses del pueblo a los aristócratas?

elija por mayoría absoluta a gentes judicialmente encausadas como corruptas?

adoctrine en la educación sosteniendo que hay que acabar con el adoctrinamiento?

garantice la enseñanza de la historia de verdad?

diga saber qué sea la verdad en la historia?

sostenga que Franco no fue un dictador, como muestra de la verdad de la historia?

pretenda fabricar identidades a golpe de decreto?

imponga convicciones ideológicas como si fueran dogmas de fe y dogmas de fe como si fueran verdades científicas?

se enorgullezca de los episodios más oscuros de su historia y abomine de los más luminosos?

repute patrimonio cultural una fiesta cruel y bárbara?

esté discutiendo siempre sobre si es una nación, dos, tres o ninguna?

Yo, sí: España.

(La imagen es una foto de markhillary, bajo licencia Creative Commons).


miércoles, 8 de agosto de 2012

La retórica de la derecha.



La política es muy aficionada a las figuras retóricas, las licencias poéticas, los tropos. Tanto la derecha como la izquierda. Las figuras de la derecha son muy características y dicen mucho sobre quienes las usan. En concreto me referiré a tres muy curiosas, dos metáforas y una cuestión contrafáctica.
Metáfora primera: la familia. Postular la familia como el origen del orden político, del reino, es antiquísimo. Está en Confucio y los legistas chinos, se convierte en doctrina imperante a través de Aristóteles y adquiere forma institucional con el derecho romano de la familia y la figura en torno a la que ha girado el orden político occidental hasta tiempos recientes, la del pater familias. Suele olvidarse que el pensamiento político moderno, nuevo, liberal, que arranca con la doctrina de Locke del "gobierno por consentimiento" se plasma precisamente como crítica de este al hoy olvidado tratado de Robert Filmer, característicamente titulado Patriarcha, or the Natural Power of Kings, que fundamentaba la monarquía absoluta en la figura del pater familias.
La autoridad de la familia llega hasta el día de hoy en el pensamiento conservador que dice  estar dispuesto a todo por protegerla. Rajoy no deja de invocarla para ejemplificar su concepción del sentido común. Cuando recita sus habituales perogrulladas sobre la crisis, nunca falta la referencia a la familia. Él está haciendo con los recortes, dice, lo mismo que hacen las familias que se ven obligadas a reducir sus gastos cuando vienen mal dadas. La comparación tiene una trampa obvia que procede de la distinta forma de entender la familia: ¿alguien concibe una familia que ajuste los gastos a base de quitar el desayuno al niño, suprimir la medicina del abuelo, o arrebatar la beca al joven mientras dedica más recursos a mejorar el campo de golf del padre? No, ¿verdad? Sería inconsistente con nuestra idea de la familia como el territorio de la solidaridad, el sacrificio y el altruismo. Eso tiene que saberlo Rajoy con lo cual es obvio que el empleo de la metáfora es falaz. Los recortes del gobierno recaen sobre los sectores más débiles y desprotegidos porque la sociedad no es una familia sino el ámbito del egoísmo y la insolidaridad. Para que la sociedad fuera como una familia tendría que ser más una comunidad en el sentido de Tönnies o de los comunitaristas actuales, posibilidad que Rajoy, como buen neoliberal, niega tajantemente incluso aunque, en su ignorancia, no lo sepa. En la sociedad rige el principio de que "no hay almuerzo gratis"; en la familia, en cambio, el de que, para algunos, el almuerzo es gratis. Porque la familia es (aunque en muchos casos no sea así) un territorio desmercantilizado. Utilizarla como metáfora para disfrazar unas medidas injustas, insolidarias, abusivas y hasta despóticas es mendaz.
Metáfora segunda: el barco. También metáfora antiquísima. El estado es una nave y el gobernante, el piloto, el que lleva el timón, también llamado gobernalle. La crisis, visualizada como una mar embravecida, ha alentado mucho el uso de la metáfora del navío: todos estamos en el mismo barco, repiten los conservadores, y todos debemos remar en la misma dirección. Sabio consejo, sin duda, si se quiere que el barco se mueva. Pero el problema no está en la conveniencia de remar en el mismo sentido sino en saber si todos reman o si, como el famoso chiste de Quino, solo rema uno, Fernández, y los demás van de guateque. Todos estamos en el mismo barco, pero unos en la sala de máquinas, en la sentina, en la cocina y otros en el puente de mando, el salón de baile o la piscina. Y recordar que compartimos el navío a la hora de pedir a los desfavorecidos que pechen con las deudas y los despilfarros de los afortunados es cínico y desvergonzado.
La cuestión contrafáctica: ¿qué pasaría si...? se la oí ayer a un periodista de Vocento en una increíble entrevista a Sánchez Gordillo en la que solo le faltó llamarlo "ladrón desorejado". Es una figura muy socorrida. ¿Qué pasaría si todo el mundo se llevara el género de los supermercados sin pagar? Hace poco también en Telemadrid, una periodista de derechas se preguntaba escandalizada qué pasaría si todos los mineros se pusieran en marcha hacia la capital para protestar. Son preguntas retóricas que no requieren respuesta; es más, se prefiere que no la haya para que el efecto implícitamente apocalíptico de la interrogación vaya calando en los ánimos. Y, sin embargo, hay una respuesta bien clara y rotunda: ¿que pasaría si todos hurtáramos en los supermercados? Que los supermercados tendrían que contratar seguridad y/o se buscaría con ahínco una fórmula eficaz en contra de la pobreza, la miseria, el hambre. ¿Qué pasaria si los mineros, etc? Que estos tendrían más fuerza en sus reivindicaciones y el gobierno se vería obligado a ceder.
La retórica es una gran ayuda de la política, pero hay que emplearla bien, de forma menos trillada y falta de sinceridad.
(La imagen es una foto de La Moncloa en el dominio público).