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martes, 7 de abril de 2015

Todo es arte.


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Fundación Juan March, Madrid, El gusto moderno. Art Déco en París, 1910 -1935.
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Espléndida la exposición de art déco de la Fundación Juan March. Toda una experiencia. Es la primera retrospectiva y completa de la materia en España y no sé si en el mundo. Una ocasión única para contemplar en toda la enorme variedad de sus manifestaciones este estilo artístico considerado en los circuitos estéticos convencionales como un arte menor, incluso como mera artesanía decorativa. Algo absurdo porque en su expansión estuvieron presentes y se entrelazaron las demás artes. Lo que sucede es que, al invadir las otras esferas de la vida, extenderse por todos los ámbitos y hacerse presente en todos los momentos de la acción social, se mezcló con las actividades industriales y comerciales y cayó bajo el estigma de la actividad interesada y utilitaria que Kant consideraba ajena al espíritu artístico.

Resulta curioso que en las historias del arte suela incluirse un capítulo dedicado a la Bauhaus, pero no otro para el art déco, siendo así que aquel influyó mucho en este. Y no es el único problema que esta corriente artística plantea. Uno más frecuente es el de su nombre y sus rasgos peculiares. La expresión art déco tiene carta de naturaleza en Francia e Inglaterra, pero nada más. En la propia Francia cuesta distinguir entre art déco y art nouveau. En catalán, tampoco son claras las diferencias entre noucentisme y art déco y en el conjunto de España, esta corriente artística suele clasificarse como modernismo. Teniendo en cuenta que el nombre es lo primero que designa la cosa, no es raro que haya estas dificultades con esta corriente.

Pero el art déco tiene su personalidad, su impacto, sus rasgos característicos y hasta su patria. El nombre le encaja como un guante porque es un estilo francés, surgido y desarrollado en Francia desde poco antes de la Primera Guerra Mundial hasta, aproximadamente la crisis de 1929, unos veinte años. Es, en cierto modo, el arte de los roaring twienties y tuvo también un toque muy fuerte de clase, un toque de lujo y burguesía acomodada. Es el arte de los happy few. La afición de estos por la ostentación hizo que el nuevo estilo se acomodara mejor a los muebles, los edificios, los coches, los vestidos, las joyas, los objetos de adorno y que la actividad más completa fuera el interiorismo, ocupación que sería lo esencial de unos artesanos peculiares, los ensembliers.

El arte al servicio de la decoración. ¡Habráse visto! claman los puristas. El arte sometido a una finalidad que no es la suya, la del arte por el arte. Una prostitución burguesa, una lamentable degeneración. Tampoco hay que exagerar. El arte ha estado siempre sometida a finalidades ornamentales, decorativas, emblemáticas, simbólicas, en definitiva, utilitarias. Los reyes, los príncipes, colgaban cuadros en sus aposentos para decorarlos y embellecerse a sí mismos. ¿Qué otra cosa era representar a Luis XIV o Luis XV como un Zeus olímpico o a tal o cual reina como Diana cazadora? ¿Qué el empeño de la iglesia por encender la fe de los creyentes con la imaginería sacra? ¿Qué función cumplen los retratos de mártires, de santos, de crucifixiones de Cristo? Puramente instrumental, ornamental y, si se me apura, servil. ¿Qué son Las meninas, además de una obra de arte genial? Un retrato de familia con la mascota.

Con el ascenso del capitalismo y el mercado, lo que cambió fue la clase que se valía del arte para sus fines. Ahora era la burguesía y las clases adineradas, no solamente los nobles o el clero. Estas clases burguesas no vivían en palacios o catedrales sino en casas, más o menos lujosas, pero casas, a veces incluso de vecinos. Los nuevos consumidores de productos artísticos tenían otras necesidades, no solamente glorificar a sus dioses o sus héroes o a sí mismos, sino también reflejar su mundo, su entorno, sus pasajes rurales o urbanos, sus relaciones sociales y su forma de vida. Son los creadores del gusto en cuanto forma de distinción social y de clase, como ha teorizado brillantemente Pierre Bourdieu. Son los paladines de la elegancia, la distinción y estos han de hacerse visibles en todos los detalles de la vida personal, desde el calzado hasta el perfume. 

Las nuevas clases adineradas imponen sus gustos y lo hacen vinculando arte y estilo de vida. Es el movimiento de arts and crafts, impulsado por John Ruskin, el Biedermeier alemán y, por supuesto, el art déco. Este último rompió moldes al absorber en su evolución prácticamente todas las vanguardias artísticas, bien de modo directo, bien de forma indirecta, adoptando sus modelos y adaptándolos. El visitante en la exposición irá descubriendo con delectación las distintas aportaciones al art déco de artistas como Léger, los dos Delaunay, Gris, Magritte, Man Ray, el movimiento De Stijl, Picasso, Dali, Dufy, Braque, etc. Solo por indagar en las aportaciones cubistas a esta corriente, el cuadro L'intransigéant, de Gris o la talla de Lipchitz, el hombre sentado o Los músicos, de Gleizer, ya merece la pena asomarse a la muestra y, si se añaden las famosas fotos de Ray, Negro y blanco o los retratos de Coco Chanel y Nancy Cunard, el asomarse es obligado. Pero es que hay mucho más, realmente mucho. Esta exposición es una gran antología de un mundo que fue y quedó cristalizado en el recuerdo colectivo, junto al charleston, la moda garçon, las boquillas kilométricas, los coches de carreras y Josephine Baker.

El recorrido hace especial hincapié en los interiores, cuyas pautas emanadas de las clases altas encontraron su camino a través de la obra de ensemblier de Francis Jourdain hasta el mismísimo L'Humanité. Biombos lacados de seis o diez paneles, algunos decorados por Dufy y que servían para redistribuir los espacios habitacionales, escritorios de caoba o ébano taraceados de otras maderas o incrustaciones, alfombras, pasamanería, vajillas y cerámicas exquisitas, libros de encuadernaciones de ensueño, lámparas de estilizadas figuras, forjas que son verdaderas filigranas metálicas, armarios, espejos, todo refinado, elegantísimo y, por supuesto, sumamente caro.

La moda ocupó un lugar central en el art déco. Vestidos, trajes, guantes, zapatos, deshabillés, sobretodos, pañuelos, etc, dan testimonio del afán no solo por ver o disfrutar del arte y el lujo sino de vestirlo y calzarlo. Literalmente. Suele decirse que los ballets rusos de Serge Diaghilev causaron un enorme impacto en Europa y en Francia en particular a partir de 1910 en adelante. Ese impacto se hizo sentir especialmente en la forma de vestir que cambió radicalmente con los atavíos que Léon Bakst elaboraba para los personajes y figurantes que luego copiaban los modistos. El art déco llegó a ser tan dominante que hasta los maniquíes tenían que responder a sus exigencias y no valían cualesquiera. Hasta maniquíes abstractos se hicieron.

El carácter francés del art déco quedó consagrado con la Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industriales Modernas de París en 1925, a la que la muestra de la Fundación Juan March dedica considerable espacio y atención. La exposición de 1925 fue asimismo la consagración de la arquitectura déco. Los distintos pabellones, las boutiques y tiendas del Puente de Alejandro III, los palacetes de los potentados no solamente consolidaron ese toque francés sino que lanzaron a la fama internacional a algunos de los arquitectos después más valorados, como Le Corbusier.

Un aspecto especialmente cuidado en la exposición es el de los viajes. Los años del art déco coinciden con el dadaísmo, el primer surrealismo, el constructivismo y el futurismo, con su culto a la velocidad y hay abundante iconografía al respecto. Incluso puede admirarse un prototipo de carreras de los años veinte y, por supuesto, trenes y aviones. Pero el medio de transporte que más se identifica con esta corriente artística y al que más atención se dedica en esta exposición es el naval. Los años diez y veinte son la época dorada de los paquebotes, los grandes transatlánticos, impresionantes obras de ingeniería naval y arquitectura, concebidos para uso y disfrute de las clases adineradas. La exposición se centra en el Normandie, al que se conoció como "el barco más bello del mundo". Si bien sus años de explotación, a partir de 1935, quedan ya fuera del período del art déco, todo en él estaba concebido según este estilo artístico.

La exhibición recoge también abundante material de la Exposición Internacional Colonial de 1931 en París, cuya finalidad era glorificar la función civilizatoria de Francia en el África y Asia. La complacencia de los franceses en esa "misión" era tan grande y, al mismo tiempo, tan racista que la exposición, instalada en el bosque de Vincennes, albergaba un verdadero zoo humano, esto es, multitud de indígenas de las colonias francesas que se exhibían en la exposición realizando sus actividades ordinarias para solaz de los visitantes blancos. Por supuesto, esta otra exposición tenía muchas otras cosas: muebles, maderas, objetos, etc. Y sobre todo imaginería y máscaras. La influencia de los motivos africanos en el arte europeo venía ya de antes, desde que Guillaume Apollinaire visitara la colección africana recogida en el Trocadéro antes de la primera guerra mundial, posteriormente trasladada al museo del Quai de Branly. Pero se consagra definitivamente a partir de este acontecimiento.

La exposición colonial tuvo cerca de ocho millones de visitantes. La de 1925, dieciséis millones. El art déco conquistó el mundo.

viernes, 31 de octubre de 2014

Arte de guerra.


La Fundación Juan March tiene una interesantísima exposición sobre Fortunato Depero (Depero Futurista, 1913-1950), un futurista menos conocido e injustamente considerado secundario quizá porque abarcó muy distintos campos: la pintura, la poesía, el teatro, las artes decorativas, la publicidad entre otras varias. Una gama demasiado amplia para obtener especial reconocimiento en alguna de ellas, generalmente reservado a quienes las cultivan de modo exclusivo. Cuando se es tan polifacético como Depero, además, unos estilos y modos de hacer influyen sobre los otros y las obras resultan difíciles de clasificar.

Depero comenzó como pintor. Muy influido por Boccioni y Balla (no hay más que ver el motorista de la ilustración), fue tempranamente admitido en el movimiento futurista. Allí libró sus primeras batallas y ya nunca dejaría de hacerlo. Era un batallador en busca de un enemigo. El futurismo se lo dio: el arte adocenado, conformista, la literatura putrefacta, la falta de vigor y virilidad de las nuevas generaciones, el pacifismo burgués, todo lo que condenaba el manifiesto de Marinetti en 1909. De manifiesto en manifiesto, Depero acabaría escribiendo otro con Balla, titulado Reconstrucción futurista del universo, en el que se encuentran algunos de sus más preciados descubrimientos, como el paisaje artificial o el animal metálico.

Esto de concebir el arte como medio de enfrentamiento o batalla con el orden constituido venía ya del romanticismo y la sublimación de los ideales frente al mundo burgués. A partir de ahí, se hace más combativo y se articula en lo que después se han llamado vanguardias, la primera de todas, la impresionista, de la que van tomando ejemplo otras, aunque parezcan alejadas, como la escuela de la secesión austriaca y, desde luego, el futurismo. En los primeros textos futuristas hay una referencia explícita al impresionismo y su disolución de la forma en la luz. En la crisis de la preguerra y la primera guerra mundial, el futurismo convive con otras vanguardias, el cubismo, el dadaísmo y, sobre todo, el surrealismo con el que presenta similitudes formales.

Pero el futurismo tiene una voluntad claramente práctica, en donde las otras vanguardia, con el añadido del expresionismo, el suprematismo y otros ismos presentan una vocación exclusivamente estética. Los futuristas quieren cambiar la sociedad y la vida por la vía artística. Necesitan un arte de guerra. Todo apunta a lo mismo. El artista autoconsiderado profeta, anuncia, configura, predetermina el futuro. Es un visionario. Considerando los elementos que alumbran esa visión, el coraje, la violencia, la destrucción, lo irracional, sorprende que no se subraye más a menudo su carácter dionisiaco frente al apolíneo del arte decadente anterior. El famoso trozo del coche de carreras y la Victoria de Samotracia de Marinetti trae ecos nietzscheanos. Probablemente el culto a la máquina induzca a error al entender a esta como producto del cálculo, la regularidad y el orden cuando lo que los futuristas celebraban en ella era su fuerza, su potencia destructora y dominadora. Depero adoraba los aviones, pero también los carros de combate a los que veía conquistando desiertos para Italia.

Muchas de las lineas de acción de Depero tuvieron alguna influencia en España, en concreto en el clima de la residencia de estudiantes. Se ve en la rebeldía de Dalí y Federico García Lorca a la generación de los putrefactos y sus intentos, también en forma de manifiestos y otras publicaciones, de encontrar una forma de expresión distinta, un lenguaje diferente, como el que apadrinaba Depero como onomalenguaje que, entre otras cosas, trataba de reproducir los sonidos inarticulados de las máquinas.

La vita activa del futurismo desembocó en su fusión más descarada con el fascismo. Algo similar sucedió en Rusia con un movimiento análogo, el constructivismo, y la organización comunista. Pero no creo que los soviéticos llegaran tan lejos en fundir movimiento artístico y movimiento político como los italianos. Marinetti llevaba uniforme fascista que, por cierto, recuerda mucho el que gustaban lucir los intelectuales falangistas de la primera hornada tras la guerra en España, Dionisio Ridruejo o Antonio Tovar. La revista del movimiento, Futurismo, daba vivas al genio futurista de Mussolini y se declaraba fascista. En general el dictador confió a los futuristas la iconografía de su régimen: la lucha, la conquista, el imperio. Y de todo eso participaba Depero.

Pero también era creador en el más estrictamente privado ámbito de la sociedad civil, la publicidad comercial. Son fascinantes muchos de sus anuncios publicitarios, como los de Campari, o calendarios o portadas de revistas. Así como los decorados teatrales. Su creación de la Flora mágica para el canto del ruiseñor, el ballet de Strawinsky coreografiado por Dhiaguilev es deliciosa.

Hay un par de momentos en la vida de Depero, muy bien recogidos en la exposición: sus dos viajes a Nueva York. Con una prepotencia curiosa, Depero anunció en el primero que iba dispuesto a destruir los Alpes del Atlántico y, al llegar, se quedó tan sorprendido y anodado que no supo reaccionar, bautizando la ciudad con escasa imaginación como nueva Babel. Suele pasar cuando los intelectuales europeos llegan a la gran manzana; basta recordar el Poeta en Nueva York. Lo que más impresionó a Depero fueron los rascacielos; normal viniendo de Italia. Allí estaban los edificios futuristas, al alcance de la mano. Se encuentran en montones de dibujos que hizo en la época, tratando de captar el ritmo trepidante de la ciudad y sin duda pensando en cómo le hubiera gustado verla a su difunto amigo Boccioni. Montó un estudio de publicidad en la 5ª Avenida, pero no llegó a afincarse en los EEUU y volvió a su tierra. Luego haría un segundo intento y también retornaría. Es más grato y más estimulante imaginarse el futuro que vivir en él.

Quién sabe. Los cuadros y tejidos bordados e ilustrados son muy coloridos y dignos de verse. Hay mucha creatividad en la obra de Depero, aunque no siempre tenga el vigor y la fuerza que ensalzaba por convicción.