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martes, 3 de julio de 2012

El primero de todos.

Llevo unos días pensando decir algo sobre la nueva imagen de cabecera del mes de julio. En primer lugar porque, siendo una obra tan excelsa, he tenido que mutilarla, sobre todo por arriba, para encajarla en las dimensiones de la plantilla de blogger. Cayó prácticamente todo el cielo. Ciertamente, este, así como el paisaje, se atribuyen a Tiziano, quien completó la obra a la muerte de Giorgione. Por eso tenía la obligación de ofrecer el cuadro en toda su belleza que en verdad cautiva. El paisaje armoniza a la perfección con la Venus y podría perfectamente ser obra del propio Giorgione. En la escasa producción que se conoce de él hay algún paisaje análogo, lo cual tampoco es mucho decir pues Giorgione adaptaba los paisajes al contenido simbólico y a veces críptico de sus temas humanos. Por ejemplo, el paisaje de Il Tramonto recuerda el de la Venus, sobre todo por el arbolillo solitario; pero el de Los tres filósofos no tiene nada que ver con él y no se hable ya del de La tempestad, probablemente su obra más extraña. En fin, la autoría es irrelevante. Tiziano conocía muy bien a Giorgone del que era compañero y había sido ayudante. De hecho, hay dudas acerca de la atribución de alguna de sus respectivas obras. De Giorgone suele decirse que tenía una visión más filosófica, metafísica, mientras que Tiziano era más pintor de retratos, autoridades, hechos históricos, interpretaciones bíblicas, cosas más concretas.
La Venus de Urbino de Tiziano es, en realidad, la de Giorgione, aunque en un contexto distinto, el de una narración misteriosa de la que el paisaje está por completo ausente excepto un árbol y una maceta en una ventana. La actitud de Venus es la misma, aunque esta nos mira mientras la otra duerme y nos ignora. El misterio radica en el contraste entre el desnudo y la escena del fondo. ¿Es mejor, es peor la Venus de Urbino que la de Dresde? Es el mismo tema tratado por dos genios distintos. En el primero nosotros miramos a la Venus; en el segundo es ella la que nos mira.
Algo, sin embargo, es incuestionable: Giorgione fue el primero que se atrevió con un desnudo de estas características. No con un desnudo a secas, pues los flamencos, Holbein o Memling, los habían pintado, sino con el que enlaza con la tradición clásica y le dota de una sensualidad explícita que hará escuela en la pintura hasta nuestros días, de forma que a la memoria se vienen las otras Venus de Tiziano, la de Reni, la de Velázquez (si bien, claro, siendo España, de espalda), la maja de Goya y la Olympia de Manet. O sea, el arte de Giorgione se convirtió en arquetipo y, de ahí, en estereotipo. Pero si se quiere ver la diferencia que hay entre un estereotipo tratado por un genio o por un mediocre relamido, basta comparar la Olympia de Manet con El nacimiento de Venus, de Cabanel, ambas pintadas en el mismo año 1863.
Giorgione era un portento.