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domingo, 14 de febrero de 2016

Delicias del patriarcado: mujeres, niños

Dos mujeres más asesinadas presuntamente por sus maridos y probablemente en sendos crímenes machistas. Dos mujeres septuagenarias muertas a manos de sus esposos seguramente de edades parecidas. Hace unos días, en una interesante entrevista a una estudiosa de estos asuntos, decía esta que la violencia machista cruza clases sociales, profesiones, niveles de ingreso. Y edades. Cualquiera diría que a los setenta años, cuando la nieve de la edad cubre sus sienes, los hombres deberían haber aprendido a domeñar sus pasiones, sus impulsos más criminales. Evidentemente, no es así, o no es frecuente. Según parece los partidos están dispuestos firmar un pacto de Estado contra la violencia de género. No tengo muy claro que estas cosas sirvan para mucho. Incluso es posible que tengan efectos desmovilizadores porque, mientras se establece el pacto y este actúa, aunque no sirva para gran cosa, mucha gente puede pensar que no hace falta nada más porque ya está el pacto.

El problema es básicamente de educación y de trasmisión de valores y pautas culturales en el patriarcado. O sea algo que llevará mucho tiempo, años incluso, antes de que las cosas cambien visiblemente. Por supuesto, bienvenido sea el pacto, pero su efecto será moderado en el mejor de los casos.

La educación y el sistema de valores y pautas culturales. La educación es esencial. Es casi todo en la vida. Por eso los curas no quieren perder su control, porque es decisiva para la trasmisión de su doctrina. Y en ese dominio de la educación se producen los casos de pederastia que tanto han ensuciado el nombre del catolicismo. Generalmente afecta más a los católicos que a los protestantes y es bastante razonable vincular esta práctica con la estúpida orden del celibato.

La cuestión es aquí si es lícito incluir la pederastia como crimen de patriarcado y, si bien se piensa, así es. La pederastia es un comportamiento en el ámbito de la conducta basada en la obediencia infantil a las figuras de padres. No hay duda: son delitos típicos del patriarcado.

viernes, 3 de enero de 2014

Defensa frente a la Ley contra las mujeres.


Sobre el aborto está ya todo dicho. Seguir machacando los argumentos carece de sentido, vista la nula voluntad de escuchar del ministro, dispuesto a imponer sus convicciones personales (así calificadas por él mismo) como ley de obligado cumplimiento para todos los demás. Ese firme propósito de proceder al trágala nacionalcatólico se reafirma cuando el mismo ministro asegura que el texto no se modificará en la tramitación parlamentaria. En otros términos, el Parlamento está para aplaudir al ministro y para nada más. Es exactamente la idea que tenía Franco de las Cortes. Si gobernar consiste en convertir en ley las convicciones personales del ministro por decisión exclusiva del mismo ministro podíamos ahorrarnos los salarios, pluses, complementos y otras bicocas de los diputados. Con la vuelta a la dictadura del adorado caudillo de su suegro bastaría.

Lo que demuestra un grado de alucinación rayano en la demencia es el intento del ministro de colocar su ley contra las mujeres como un hito en el camino de estas hacia la emancipación. Sublime asimismo el de degradar a las mujeres a seres no responsables de sus actos y presentarlo como una conquista. Semejante majadería solo puede entenderse en el supuesto de que este genio legiferante crea que los españoles somos todos imbéciles incurables. Convertir a mujeres adultas, responsables de sus actos, sin distinción, en víctimas y coronar la operación declarándolas penalmente irresponsables solo es posible si uno es un fascista sin fisuras y, además, un imbécil integral.
 
Detrás del ministro está la jerarquía eclesiástica, especialmente ese Rouco Varela, otro fascista esta vez purpurado, y todo el aparato de la derecha española eterna, la de los cortijos, los señoritos, los toros, las caenas, la sumisión, el nacionalcatolicismo, la chulería, la ignorancia, la zafiedad, el machismo, el militarismo, la picaresca, el centralismo, el abuso, la mentira, en fin, la España eterna. La de siempre.
 
O las mujeres -en cuya contra va dirigida esta ley- se defienden, o se verán arrastradas a la condición de ciudadanas de segunda, perseguidas, de nuevo sometidas. Y, con ellas, todos los hombres que sabemos que la justicia y la libertad solo son posibles si las mujeres son libres.
 
Con todos mis respetos a la urgencia y necesidad de las demás reivindicaciones democráticas y populares frente a este gobierno de mangantes, corruptos y fachas, las plataformas antidesahucios, las distintas mareas, la defensa de la justicia, de las pensiones, de los salarios, etc., considero que la lucha contra esta monstruosidad de ley tiene absoluta prioridad: nos afecta a todos y lo hace en aquello que es innegociable: nuestra dignidad y nuestra autonomía como individuos. Eso quiere decir que la lucha debe estar dirigida a que este hipócrita monaguillo de los curas retire el proyecto y, a ser posible, se vaya a su casa.
 
Dadas las circunstancias en España, con un gobierno pertrechado hasta los dientes con policías convertidos en mercenarios, con un aparato de propaganda incondicional -también pagado con los dineros de todos-, corrupto, sin escrúpulos, me parece que la correlación de fuerzas no nos es favorable.
 
Por ello sugiero internacionalizar, cuando menos europeizar el conflicto. Denunciar este atropello clerical y fascista en todos los rincones de Europa y pedir a todas las feministas del continente que monten campañas de información para hacer fracasar este ataque.
 
Ignoro si existe una internacional feminista. Me parece que no. Sería una ocasión óptima para intentar crear una. Podría convocarse una conferencia urgente de organizaciones feministas europeas en contra de esta ley feminicida.
 
Si la teoría no ilumina la práctica, no sirve de nada.
 
(La imagen es una foto de La Moncloa en el dominio público).

viernes, 20 de diciembre de 2013

El aborto es sagrado.


Hace unos meses, las bravas activistas de Femen irrumpieron en el Congreso de los diputados al grito de el aborto es sagrado. Hubo un desbarajuste, un rifirrafe y un notable desconcierto entre los diputados. Solo se escucharon algunos tímidos aplausos mientras la mayoría guardaba un incómodo silencio, incluso las mujeres. Algunas, las más reaccionarias, manifestaron luego su reprobación, mientras las demás callaban en una muestra de cobardía.

La reacción más típica vino más tarde en improvisada declaración a la prensa de ese prodigio de hipocresía que es el ministro de Justicia. Dijo Gallardón que no podía entender, que le resultaba incomprensible, la expresión de "aborto sagrado". Por supuesto; es una de tantas cosas que este hombre, bloqueado por su fanatismo religioso, no entiende ni podrá entender jamás. La reclamación era provocativa. Para poner en evidencia que el ministro solo considera sagrado lo que a él le place. Lo demás no puede serlo. La idea de que alguien tenga algo por sagrado con el mismo derecho con que él considera lo contrario ni se le pasa por la cabeza. La de que él tiene tanto derecho a imponer sus opiniones sobre lo sagrado como el que tienen los demás a obligar a lo contrario, esto es, ninguno, todavía menos. Es la base de la intolerancia, la intransigencia, el fanatismo, el nacionalcatolicismo y, por supuesto, el fascismo. Es el meollo ideológico de este político profesional a las órdenes de los clérigos.

Si los dioses no lo impiden hoy aprobará el consejo de ministros la reforma de la Ley de interrupción voluntaria del embarazo, inspirada en las peticiones de la jerarquía católica, aunque no a su entera satisfacción. Los curas querrían la prohibición absoluta, acompañada de duras penas. Pero ya no están los tiempos para andar quemando gente; está mal visto. Han pactado, pues, con su monaguillo civil la eliminación de la ley de plazos vigente, la negación del derecho al aborto, el retorno a la ley de 1985, que se ha quedado obsoleta por menoscabar la condición de las mujeres y seguir tratándolas como menores de edad.

Es una involución, a tono con las que impone el gobierno en otros ámbitos, el educativo, el acceso a la justicia, los derechos de manifestación, expresión y reunión, el orden público, etc. Pero es especialmente repugnante porque, aparte de la represión ideológica y de clase, esta prohibición tiene un tinte de género, es una prueba más de que, en la contienda política, cuando se trata de los derechos de las mujeres (como cuando se trata de los de las minorías nacionales) aumenta el consenso interpartidista de carácter patriarcal y reaccionario. Los curas (todos hombres), el ministro (hombre) un comité de expertos sobre el aborto o algo así que constituyó el gobierno (compuesto exclusivamente por quince hombres) lo que ya es en verdad ridículo legislan sobre los derechos de las mujeres sin escucharlas siquiera y tratando, como siempre, de sojuzgarlas, reprimirlas, humillarlas. Como siempre. Repito, como siempre.

Las leyes, el poder, el aparato del Estado, los tribunales, el sistema penal, toda la parafernalia represiva se moviliza contra un avance en un proceso de emancipación de más de la mitad del género humano que ya habría de ser incuestionable. Y no solo el aparato represivo. También el ideológico. Esta legislatura precisamente se inició con unos sofismas enunciados por el ministro en sede judicial hablando de la "realización" de las mujeres y la lucha contra la "violencia estructural", en una cantinflería conceptual con la que pretendía engañar a la opinión acerca de sus verdaderas intenciones, creyendo, sin duda, que la ciudadanía tiene un nivel mental inferior al suyo. Lo cual es materialmente imposible.

Si las falacias del ministro y su demagogia seudoemancipadora no merecen refutación, menos aun los especiosos argumentos que siguen manejando los antiabortistas cuando les da por hablar y no por atentar a bombazos contra quienes defienden el derecho a la libre interrupción del embarazo dentro de los límites razonables que marca la ciencia, que es el único criterio aquí admisible. Mientras la ciencia no diga lo contrario, la interrupción del embarazo hasta cierto tiempo de la gestación no implica crimen alguno y, por tanto, pertenece al irrestricto campo de la libre voluntad de las mujeres.

Lo demás es perder el tiempo con los trolls antifeministas, entre los cuales, por cierto, hay muchas mujeres sumisas, incluidas algunas supuestamente "progres" y tan sumisas como las otras. Perder el tiempo, porque ya está todo dicho. Los partidarios del derecho al aborto no obligamos a los antiabortistas a abortar. Hagan ellos lo mismo y no arrebaten un derecho en nombre de sus convicciones privadas. Si hay restricción del derecho al aborto será por vía coactiva, represiva, no discursiva. Y frente a esto, la consigna de Femen es lo más contundente.

Sí, señoras, señores, curas, ministros y carcundas de todo pelaje machista, el aborto es sagrado. Y los hombres, los hombres feministas, tenemos que estar con las mujeres, movilizarnos con ellas en la lucha por sus derechos porque solo cuando ellas alcancen la plena propiedad y disposición sobre sus cuerpos, que los hombres llevamos siglos negándoles mientras consagramos las nuestras, recuperaremos una dignidad que ahora no tenemos (pues somos cómplices de esta injusticia) y estaremos en el camino hacia la igualdad entre los sexos. 

(La imagen es una captura de un vídeo de El País).

viernes, 9 de marzo de 2012

Mujeres.

Tremendo el cuadro de Gustave Courbet, el origen del mundo (1866), en el Museo d'Orsay, París, ¿verdad? Hágase un interesante ejercicio: pregúntese cada cual por qué resulta chocante un cuadro tan normal como realista/naturalista. Las respuestas se relacionan de mil modos con el problema que plantea la lucha por la emancipación de las mujeres, probablemente el conflicto social más antiguo y más profundo.

Ayer se celebró el día internacional de la mujer trabajadora. Los 364 restantes son "normales". "Normales" quiere decir ordinarios en nuestras sociedades patriarcales en las que la desigualdad y la discriminación por razón de sexo son permanentes y universales y se agudizan con la plaga de violencia de género por la que mueren decenas de mujeres todos los años en España, miles en el mundo entero. 364 días en que las mujeres tienen que soportar una condición social de subalternidad y eso en las sociedades avanzadas; en las otras, en muchas otras, su condición es de humillación, de esclavitud, inhumana.

Una condición muy difícil de remediar porque, aunque las mujeres plantean la lucha como solidaria entre los dos sexos, la verdad es que el masculino tiende a desentenderse, cuando no a oponerse. Mientras las injusticias de trato golpean directamente a las mujeres, a cada mujer, en su vida cotidiana, en su autoestima como persona, los hombres se enfrentan a ellas como no directamente afectados, por solidaridad y su compromiso es mucho menor. Cuando es. Véase qué sorprendente solidaridad de género hay entre la izquierda y la derecha a la hora de tratar este problema en sus justas dimensiones y no darle la prioridad absoluta que de hecho tiene.

La emancipación de las mujeres no es solamente un problema legal. Si lo fuera, ya estaría resuelto. Es mucho más profundo. Afecta a la autoestima de los hombres igual que a la de las mujeres, pero estos no gustan de reconocerlo. Sin embargo es obvio que todo cuanto atañe a las mujeres plantea problemas morales en los que los hombres, con razón o sin ella, se sienten concernidos y sobre los cuales tienen opiniones tajantes y pretenden imponerlas: el aborto, la prostitución, la violencia de género, el feminicido, la trata. Todo ello levanta una gran polémica y origina legislaciones muchas veces contradictorias, prueba de que no hay un criterio único como sí lo hay, por ejemplo, con la esclavitud. Ningún país la tolera legalmente; otra cosa es la práctica.

Y eso que no se ha mencionado aún el problema más profundo que es el de la imagen, el concepto, la idea de la mujer, que vienen condicionadas por el hecho de que prácticamente todas las civilizaciones son misóginas. Hay varias explicaciones para este fenómeno, también discrepantes y que no hacen aquí al caso. En la civilización occidental la misoginia es abrumadora. La religión católica, puntal civilizatorio, es misógina, como todas las religiones; las instituciones, culturas y tradiciones, también lo son, como los códigos legales, las tradiciones artísticas, la literatura y hasta el lenguaje. Esos académicos que salen al paso de las guías de lenguaje no sexista dan por supuesto que la lengua es una especie de fenómeno natural, sempiterno, inamovible en su estadio actual en el que no es otra cosa que el reflejo lingüístico de la forma de dominación patriarcal. Una imagen de inferioridad que comparten muchos hombres y, lo más grave, han interiorizado muchas mujeres. Esas, por ejemplo, que piensan que la discriminación léxica está en la naturaleza de las cosas y no es la cristalización relaciones sociales de dominación que se pueden cambiar.

Un movimiento que pretende romper estructuras autoritarias tan antiguas no lo tiene fácil. La conciencia de que esto es así ha llevado al feminismo históricamente a aliarse con otras minorías reprimidas. La primera con la que hizo frente común en el siglo XIX fue la de los esclavos hasta el punto de que el movimiento sufragista y el abolicionista llegaron a fusionarse. Posteriormente el feminismo ha hecho causa común con otras minorías discriminadas o perseguidas como las sexuales, en concreto las de homosexuales (gays y lesbianas), las de bisexuales y transexuales. En este terreno nos movemos casi en el inicio de los tiempos. En los países occidentales sigue sin estar admitida la plena igualdad de derechos entre homosexuales y heterosexuales. Pero en otros es peor. Los 56 países de la Organización de la Conferencia Islámica han boicoteado una reunión del Consejo de Derechos Humanos de la ONU sobre los homosexuales porque en muchos de ellos la homosexualidad no es un derecho sino un delito que en algunos se paga con la muerte. Ese rechazo no augura nada bueno para el avance del feminismo cuya suerte está vinculada a la de las demás minorías discriminadas.

La emancipación de las mujeres es un proceso duro, difícil, con altibajos, que no se coronará en una generación, ni en dos; que no se sabe cuándo se coronará y si se coronará. Porque no depende de las modas, sino de quienes las imponen; no de las instituciones, sino de quienes las hacen; no de las leyes, sino de los legisladores; de lo que estos tienen en la cabeza y en el corazón, de lo que piensan, sienten y hablan. Todo eso que se resume en el cuadro de Courbet y que les hace ocultar o prohibir aquello que más les importa y, en muchos casos, lo único que les importa.