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viernes, 1 de julio de 2016

El pesimismo del mundo

André Glucksmann (2016) Voltaire contraataca. Barcelona: Galaxia Gutenberg.
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Es el último libro de Glucksmann, que murió a fines del año pasado; una obra muy representativa del estilo y las preocupaciones, incluso obsesiones, del autor. Pero no una obra "final" o de esas de las que suele decirse que "recapitulan" una vida. Al contrario, es un trabajo más de combate de este combativo filósofo que todavía contaba sin duda con librar otras batallas.

Glucksmann tuvo una existencia muy agitada, condicionada por los grandes problemas y conflictos de su tiempo... y algo más. En los comienzos de su carrera, aparece como un militante maoísta, de extrema izquierda y como tal vive el mayo del 68. Posteriormente daría un giro de 180º para integrarse en el grupo de los "nuevos filósofos", todos ellos prounciadamente de derechas. Glucksmann, que ya había abandonado el Partido Comunista francés, se convierte en una especie de "sesentayochero" arrepentido o "reintegrado", como les sucedería  a otros. Sin embargo, su circunstancias biográficas lo muestran como un caso muy especial. Era el tercero de los hijos de un matrimonio judío que fue primero sionista y se hizo luego comunista. El padre trabajó para el servicio secreto militar de la URSS y murió prematuramente en un naufragio. La madre siguió siendo fiel a los principios del comunismo hasta su muerte en los años setenta. De este modo, la rotunda ruptura de Glucksmann con el marxismo, al que equipara con el totalitarismo, no implicaba tan solo un dato histórico sino una actitud vital que, a su vez, lo enfrentaría con los usos de la nueva familia que se estableció cuando la madre casó en segundas nupcias con un comunista austríaco.

La obra de Glucksmann no es sistemática, sino más bien fragmentaria y muy vinculada a los acontecimientos sociales y políticos de su tiempo, desde la primera, El discurso de la guerra (1967), en la que reflexionaba sobre el fenómeno bélico en el contexto de la guerra fría hasta la época actual, con especial detenimiento en la obra de Mao Tse-tung, pasando por una variada serie de ensayos que han tenido siempre bastante repercusión. Con especial agrado se recuerdan Los maestros pensadores en el que ajusta cuentas con Fichte, Hegel, Marx y Nietzsche, La cocinera y el devorador de hombres en el que rompe abruptamente con el marxismo, equiparándolo al totalitarismo o La estupidez, obra que tendría mucha difusión y en la que critica en especial el papel de los intelectuales, de la gente como él, a los que atribuye un complejo "napoleónico".

Voltaire contraataca es una reflexión sobre las circunstancias del mundo contemporáneo hecha a base de aplicarle la lente de la célebre novela del filósofo ilustrado, Cándido o el optimismo, una obra que comienza con una especie de recomendación ("Lee Cándido y conócete a ti mismo") que, en cierto modo, es paralela a aquella otra con la que termina la novela volteriana, "cultivemos nuestro huerto".

 Cándido nace de la experiencia del terremoto de Lisboa y Glucksmann le contrapone otra novela de Voltaire, Zadig o el destino. Zadig tiene dos ventajas: una revelación (del ángel Jesrad) y un destino que luego irá reproduciéndose en la historia del pensamiento, en la idea leibniziana del mejor de los mundos; en la del fin de la historia, de Hegel; en la de la sociedad sin clases de Marx; o en la "revelación"  heideggeriana. A diferencia de él, Cándido no ha tenido esas iluminaciones. Viene a un mundo que, como el de hoy con la globalización, conoce la libre circulación de personas, bienes e ideas. Un mundo confuso y atropellado.

Tenemos mucho que aprender de Voltaire. En nuestro tiempo todo está lleno de refugiados, de los déracinés de Barrés: El ejemplo más típico, los gitanos, los zíngaros, romaníes, capaces de desencadenar una histeria general en Francia, a pesar de que en este país hay muchos menos que en otros de centroeuropa. Y ¿cómo no vamos a dejarnos atrapar por esa histeria frente al peligro imaginario del "otro" que nos invade si somos el resultado de una cultura que ha glorificado la muerte y el asesinato desde los orígenes (Edipo asesina a su padre; Orestes a su madre y al amante de esta; Rodrigo Díaz de Vivar al padre de Jimena) hasta los tiempos modernos, los de la guerra de los 7 años, de los 30 años; tiempos pródigos en carnicerías, quemas de judíos, anabaptistas, cátaros, protestantes, que  anuncian las hecatombes que llegarán más tarde. Hoy, las estadísticas muestran que las víctimas civiles en las guerras son siempre más numerosas que las militares.

En su tragedia, Mahoma, el profeta, Voltaire ataca el integrismo en nombre de la tolerancia. La justicia humana solo puede basarse en el derecho natural de “no perjudicar”. No puede tener mayor proyección. Cándido no ambiciona colgar el último rey con las tripas del último cura, como quería el abate Meslier, pero Voltaire se hace eco de la incredulidad absoluta del abate, en un momento que Glucksmann bautiza con expresión feliz como "el filósofo contra la filosofía". Voltaire es el filósofo de la finitud actual. A Cándido le da igual la existencia o no existencia de Dios. Lo que el relato de sus peripecias muestra es su no intervención permanente. Hay que tener un espíritu templado para oponerse al integrismo desde la tolerancia y el escepticismo. Tal es la finalidad de que, en su Diccionario filosófico, Voltaire reproduzca íntegro el célebre texto de Lactancio en que Epicuro considera las cuatro posibilidades en relación con la existencia del mal en el mundo, algo más complicado que el ingenuo optimismo que predica el doctor Pangloss.

La continuidad del espíritu de tolerancia ilustrada de Voltaire lleva a Glucksmann a hacer una defensa que él llama "anacrónica" de los derechos del hombre pero con un fuerte sesgo pesimista. Así, deja constancia de que hoy llamamos “lucidez” a la reticencia a resistir. “No puede hacerse nada”, decimos y, así, no se denuncia del Gulag, ni el caso del boat people vietnamita (por cuya causa es sabido que Glücksmann movilizó a Sartre y Bernard-Henry Levy). Tampoco se apoya el movimiento polaco de Solidaridad, ni la lucha de los argelinos contra el integrismo o la de los caucasianos por su emancipación y hasta admitimos el genocidio de los tutsis en Ruanda. Es impresionante el momento en que el autor contrapone esta indiferencia, este abandono contemporáneo a la implicación personal de Voltaire por la tolerancia en los tres conocidos casos de Calas, Sirven y el caballero de la Barre. 

Sin duda, con la caída del muro de Berlín, epílogo de la guerra fría, el optimismo panglossiano invadió todo, desde los palacios a las chozas y, en el colmo de la ingenuidad, llegó a especularse con el fin de la historia.

Glucksmann cree que la construcción europea es la alternativa que ofrece el siglo XXI al renacimiento del patriotismo y el nacionalismo. Seguramente tendría algo que decir con la brexit. En esta Europa, dirigida por Alemania, el "ángel" de Angela Merkel, resulta ser el país más popular del mundo. Se siente uno inclinado a gastar la broma de si, al final, Merkel no será la personificación de la Cunegunda que Cándido busca tan desesperadamente.  Porque, al fin y al cabo, el  sueño europeo aparece ensombrecido por esos fenómenos que ya se denunciaban al comienzo: los desplazados, exiliados, expulsados; por las matanzas, los troceamientos de gente.  Glucksmann se hace eco del dictamen de Khodorkovsky, el millonario ruso que ha pasado diez años en Siberia recientemente como en los viejos y sempiternos tiempos: la locura, la violencia y la corrupción, son males peores que la bomba atómica. 

En definitiva, Glucksmann viene a decir que, en paralelo con Goethe (Fausto), Marx (el Manifiesto) Voltaire explora el acceso de la modernidad a ella misma. Ya no hay imperios, todos han caído y los EEUU no quieren o no pueden serlo.  La misma noción romana de Imperio está obsoleta, cosa que no sé cómo sonará a los oídos de Hardt y Negri. En su lugar observa una reaparición y difusión del espíritu de la “renardie” esto es, un compuesto de picardía, extralimitación, demasía, indiferencia, etc frente a lo cual suena la recomendación del partidario de "aplastar la infame", esto es, cultivar nuestro huerto.

Un libro que contiene una mirada escéptica, tolerante, pero también indignada sobre el mundo contemporáneo, desgarrado entre el conformismo y la indiferencia. Si alguna objeción se le puede poner se encuentra en el hecho de que el examen no menciona ni una vez el fenómeno del terrorismo actual, que proyecta una sombra inquietante sobre las posibilidades de encontrar respuestas moralmente válidas a la cuestión de los refugiados.

domingo, 26 de junio de 2016

Vida de mujer

Kate Bolick (2016)Solterona. La construcción de una vida propia. Barcelona: Malpaso editorial (340 págs.)
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Soy feminista de todos los feminismos, el de la primera ola, la segunda y las que vengan, el feminismo de la igualdad y el de la diferencia, el burgués y el revolucionario, el pacífico y el violento, el heterosexual, homosexual o transexual. De todos. Así que, cuando tropecé con este curioso libro de Kate Bolick, lo leí de un tirón, completamente entregado a la causa que la autora propugna: el derecho a ser una solterona, una spinster, en el lenguaje coloquial inglés. En realidad, el derecho de las mujeres a configurar sus vidas de modo autónomo, sin perspectiva matrimonial ni maternal, sin tener que organizarla en torno a un marido, unos hijos, una familia. Por eso celebra el título de una obra de Chambers-Schiller que recoge una expresión de la célebre novelista Louisa May Alcott, La libertad es el mejor marido. 

El libro de Bolick es una especie de crónica en la que se entrelazan dos hilos narrativos: su experiencia tratando de construir su vida, básicamente en Nueva York, en Brooklyn, de acuerdo con sus convicciones y su paulatino descubrimiento de que este espíritu de voluntaria soltería femenina fue el que animó a cinco notables mujeres, todas ellas escritoras, intelectuales y a las que considera las responsables de haber "despertado" a su profunda intención. Son sus cinco "despertadoras: la poeta Edna Millay (1892-1950), la ensayista Maeve Brennan (1917-1993), la columnista Neith Boyce (1872-1951), la novelista Edith Wharton (1862-1937) y la activista social Charlotte Perkins Gilman (1860-1935).

Nacida en Newburyport, Massachussetts, en los 70, en el seno de una familia de clase media, su  padre es abogado y su madre, tras criar a dos hijos, quiso volver a una actividad profesional que se vio truncada por el cáncer. En esa peripecia se consolida la determinación de Bolick de abrirse paso en la vida. Con una licenciatura en estudios culturales, o sea, básicamente, inglés y literatura, trabaja en una revista Atlantic, diversifica mucho sus tareas en otras publicaciones y hoy en día es una columnista muy cotizada en diversas publicaciones, entre ellas el Wall Street Journal y con apariciones muy frecuentes en los medios audiovisuales. Según como se mire, cabe decir que ha triunfado. Su libro se ha vendido muy bien y se ha traducido al español, entre otras lenguas.

Bolick da el feminismo por supuesto y su decisión de vivir sin ajustarse a los patrones de vida femeninos es compatible con una vida amorosa y sexual ciertamente intensa. Precisamente, su primera pareja estable la encuentra en dicha revista, Atlantic, fundada en 1857 por un grupo de intelectuales progresistas, WASP decorum y con una referencia a los bostonianos de Henry James, presencia indiscutible en la literatura estadounidense a la vuelta del siglo XX. Cuando decide irse a vivir con su pareja, lo primero que hace es comunicarselo a su jefa. La respuesta de esta da el tono del ambiente de trabajo y los círculos que frecuenta Bolick:  "Me da igual con tal de que no folléis en mi mesa de despacho".

La solterona se lee, en parte, como unas memorias, un reportaje, una obra de iniciación y en trabajo de investigación biográfica, todo en uno, en un estilo muy vivo y poético. Claro testimonio de una firme voluntad de llegar a ser una escritora. Es también una obra de una intelectual sobre intelectuales, más o menos localizada entre Brooklyn y Greenwich Village, los centros de la intelectualidad progresista estadounidense desde la mitad del siglo XIX. Especial relevancia tiene Washington Square, como símbolo de ese movimiento, que viene a ser como un Bloomsbury británico trasplantado al otro lado del océano, aunque con muy otro talante, dentro de las pautas victorianas, vehículo de identificación anglosajona.

A medida que va averiguando detalles y datos de sus cinco "despertadoras", Bolick también va adaptando su vida a las pautas que encuentra en ellas y con las que tiende a identificarse. La más característica de todas, a la que llama la "ensayista", es la irlandesa Maeve Brennan, una escritora de fuerte carácter y acusada personalidad, que llegó a ser muy influyente en la vida social de su época y de la que, en el fondo, da la impresión de que Bolick llega a enamorarse a través del tiempo. Leer a autores/as a las que uno admira tiene esa función que es una experiencia inefable, cuando parece que el autor (o autora) estuviera no solo dirigiéndose a la lectora personalmente, sino orientándola en la vida. En un texto de memorias de Brennan, Writing a Woman's Life se pregunta Bolick si lo que en él se dice es lo que pasa con ella: que está escribiendo su propia vida antes de vivirla.

Brennan vivió años en un hotel Art Deco en Washington Square que entonces se llamaba Hotel Earle y en cuya habitación 305 también vivieron Bob Dylan y Joan Baez, que lo menciona en su preciosa canción Diamonds and Rust. Más tarde, el hotel sería reformado y ahora se llama Washington Square Hotel. La investigación de la vida de Brennan lleva a Bolick a abordar la cuestión de si la irlandesa, que murió en una residencia, sola y abandonada de todos, era esquizofrénica y, aunque el resultado de sus indagaciones no es conluyente, termina de perfilar una figura interesante y muy atractiva.

Es lo que sucede también con la "columnista" Neith Boyce quien, en sus años de juventud, participó en la proclamación de la "República Libre e Independiente de Washigton Square". Sus apasionadas lecturas sobre las confesiones de Boyce, su propósito de vivir sola y soltera, se entrelazan con su vida personal y su ruptura con su pareja, que antecede a una temporada de intensa vida sexual con multiplicidad de relaciones de no mucha consecuencia, eso que los estadounidenses conocen como dating.

El cambio de ritmo de vida coincide con sus investigaciones sobre la muy interesante y en su tiempo reconocida poeta, Edna St,. Vicent Millay, Premio Pulitzer de literatura y autora de ese extraordinario poema, Renascence en el que se lee: The world stands out on either side/No wider than the heart is wide;/Above the world is stretched the sky,/No higher than the soul is high. Millay era una ferviente feminista y una persona extraordinariamente seductora. Fue la musa promiscua y bisexual de Greenwich Village.

Las dos "despertadoras" con las que Bolick parece congeniar más y en ello coincide con este crítico, son la visionaria social, Charlotte Perkins Gilman y la novelista Edith Wharton. Nuevo episodio en cierto modo pirandelliano en el que la autora y su personaje (que tampoco es personaje, pues se trata de una persona de existencia real) entrecruzan sus destinos o peripecias.  En enero de 2009, el editor de Atlantic anuncia que la revista está muerta a causa de la crisis. Bolick tiene que volver al free lance y reinicia una temporada de nomadismo, cambiando frecuentemente de vivienda. Todas sus despertadoras habían sido espíritus inquietos y Gilman, que era sobrina nieta de Harriet Beecher Stowe, la autora de La cabaña del tío Tom, prescindió incluso del afán de tener una casa, una vivienda permanente. Si bien llegó a casarse dos veces. Incidentalmente, cabe advertir que las cinco mujeres, Brennan, Boyce, Millay, Gilman y Wharton, que Bolick ha escogido como ejemplos de  independencia y soltería, todas se casaron y alguna, incluso, como Gilman, dos veces. Bien es cierto que todos los matrimonios naufragaron de un modo u otro, excepto, de nuevo, el segundo de Gilman. Puede parecer contradictorio y, en parte, lo es, pero esos fracasos prueban la verosimiltud del oxímoron "solterona casada". 

Por último, mi coincidencia con Bolick es completa en el caso de la novelista, Edith Wharton, también premio Pulitzer por La edad de la inocencia.  El modelo de vida que se había fijado Wharton era el comprendido en el anagrama LAT (Living Apart Together), que es lo que, según Bolick, también hicieron la expatriada Mary Cassat y Simone de Beauvoir. La autora de esa fantástica novela que es Etham Fromme, mujer de la alta sociedad neoyorquina, casada con un hombre bisexual y bisexual ella misma, pasó la mayor parte de su vida también expatriada en París, y constituye una especie de puente tendido entre Henry James y la generación perdida, Hemingway, Scott-Fitzgerald o Gertrude Stein y, como ellos, tomó partido en la primera guerra mundial y visitó los frentes, alineada con el bando francés. Justamente, la investigación de Wharton, cuando ya Bolick cuenta treinta y tres años coincide con la definitiva sensación de que ser free lancer en Nuev York, vivir sola y soltera es muy difícil en esta sociedad que sigue siendo patriarcal. Pero es la culminación de su periplo y, como ella misma dice, mientras Brennan la había puesto en marcha, Boyce le había dado las palabras, el relato para pesar críticamente sobre el matrimonio y establecerse por su cuenta, Millay le había enseñado a vivir como una persona sola, Edith le mostraba que, para vivir sola, una tiene que tener un pensamiento muy intencional.
  
¿Son gente las mujeres? se pregunta al terminar  Bolick. Hay que acabar con la imagen de la "mujer ambigua". Redondea la autora sus consideraciones sobre las mujeres con derecho a tener sus propias vidas y resistirse a la presión social para que sean madres. Cree que es una tarea en la que se ha avanzado mucho en los Estados Unidos, pero queda camino por recorrer. Desde la mujer del Código Napoleón hasta Kate Bolick la situación ha cambiado más que en todos los siglos anteriores. Y probablemente quede otro tanto, o más, por hacer. Aunque no sé si se llegará a una sociedad que se reproduzca por partenogénesis, como se expone en la curiosa utopía escrita por Charlotte Gilman, Herland, con la que simpatiza la solterona si alguna vez decide ceder a la presión social que hace de la maternidad el destino de las mujeres.

sábado, 21 de mayo de 2016

Las razones del independentismo

Roger Buch (2015) 100 motius per ser independentista. Barcelona: Cossetània edicions. (191 págs)
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Un curioso libro del politólogo Roger Buch, especializado en temas de voluntariado y trabajo social, pero también implicado directamente en la actividad política independentista. La obra responde  a su título, esto es, las 100 razones que Buch esgrime para pedir la independencia de Cataluña. El número redondo, obviamente, quiere decir que el autor ha funcionado con ellas como Procusto con sus huéspedes: si hubiera encontrado más las hubiera recortado y si menos, hubiera añadido alguna, como Procusto añadía algunos centímetros a la estatura de sus víctimas. En consecuencia, el texto, escrito con gracia y con sentido del humor salvo algunas ocasiones en que el autor se deja llevar por cierta indignación, se lee fácilmente y como una especie de diccionario, glosario o vademécum. Y, dado que la razones del independentismo no parecen estar agrupadas por ningún criterio salvo el que la pluma de Buch haya ido encontrando, el lector puede recorrerlas saltando de una otra, de delante hacia atrás o de atrás hacia delante, según esté de humor o le atraigan los títulos. No es menuda esta libertad y se agradece que, por una vez, no esté uno obligado a seguir más o menos al pie de la letra el curso del relato que señala el índice. Y eso mismo haré yo en el comentario, escoger algunas razones que me parecen más interesantes por diversos motivos y comentarlas. Fuera desmesura hacerlo con todas, así que bastantes habrán de quedarse sin exponer.

Creo tener, por lo demás, cierta complicidad con el autor de forma que le ofrezco una sugerencia para una tercera edición ya que el libro va por la segunda: elevar el número de razones a 101. La añadida tiene un peso nada desdeñable puesto que es el ejercicio de un derecho, el de autodeterminación, con la advertencia de que los derechos, como los músculos, si no se ejercitan, se atrofian.

Voy a ir entresacando algunas de las razones que me parecen más relevantes, con una pequeña glosa personal:  

El Estado de las autonomías es inviable (p. 91). Coincido, aunque no por las razones que Buch expone que, en lo esencial, residen en decir que la fórmula del "café para todos" desvirtúa el tinglado. No; el Estado de las autonomías es inviable porque está mal concebido financieramente, reparte las cargas de forma injusta, drena recursos en partes productivas y los invierte en partes improductivas, sin duda con los mejores y más equitativos criterios pero sin justificación de orden general. Es inviable porque contiene dos autonomías privilegiadas, País Vasco y Navarra,con un régimen que, de extenderse a las demás, impediría el funcionamiento del todo en el que otras cuatro son excedentarias y financian a las otras once. Y eso no es sostenible sin una revisión muy a fondo que en ese mismo fondo, nadie se atreve a hacer. Ni siquiera a mencionarlo.

Cataluña es una nación (p. 92). Es tan obvio que no me detendría en la observación de no ser porque Buch aprovecha para refutar el famoso argumento contrario mediante la reducción al absurdo por abajo ("¿si Tortosa quisiera decidir..?") y lo hace con tino. Añada también la idea de que igualmente cabe refutar el argumento de reducción al absurdo por arriba: "Si Europa quisiera autodeterminarse..., etc).

El Estado español jamás ha asumido el catalán como lengua propia (P. 80). Ni el gallego, euskera, ni nada; ni sus culturas, instituciones o derechos. El Estado español ha sido siempre Castilla y así sigue siéndolo hasta el punto de que el actual presidente del gobierno, el Sr. Rajoy de los sobresueldos, siendo gallego, no habla la lengua de su país. Hay quien dice que tampoco el castellano, pero ese es otro problema.

Para pagar los peajes en su justa medida (p. 95). Hábil planteamiento, sin duda, para no molestar a nadie, pero lo cierto es que la diferencia de trato en las autopistas en el Estado es muy irritante. Lo que sucede es que este es uno de los efectos de que el Estado autonómico no funcione.

Para acabar con el franquismo de una vez (p. 97). Loable propósito y muy puesto en razón y viable. Cuarenta años después de su muerte, Franco, como Drácula, vive. A su modo, pero vive. Vive en los franquistas que son millones en España (probablemente casi todos los votantes del PP), pero no en Cataluña, en donde el PP es un partido casi testimonial aunque, para desconsuelo de Buch, conviene no perder de vista a la gente de Ciudadanos a donde ha ido a parar el franquismo reciclado y que tiene un porcentaje apreciable del voto en Cataluña. No obstante, es claro, los españoles no conseguirán suprimir el franquismo por sus solas fuerzas. La transición pareció haber sido su muerte. Incluso podría decirse que había un pacto de silencio por el que el franquismo no reaparecería y ahí está de nuevo en el gobierno del PP desde 2011 en estado químicamente puro: nacionalcatólicos, corruptos, opusdeístas, reaccionarios, caciques, oligarcas y simples estúpidos de prosapia. Una colección que en estos días ha dado uno de sus más típicos frutos en la prohibición de la estelada por decisión de la delegada del gobierno en Madrid, la falangista Dancausa, y una semana después de que ese mismo gobierno de misa y olla envíe a otra franquista, Cristina Ysasi Ysasmendi Pemán, a explicar una Constitución en la que no creen a Europa para contrarrestar, dicen, el relato de la Generalitat.

Porque la democracia prevalece sobre la ley (p. 101). Asunto de calado teórico, sucintamente expuesto y dialécticamente inteligible para que lo entiendan hasta los franquistas: sin ley -como ellos dicen siempre- no hay democracia; pero sin democracia, tampoco hay ley. Eso ya lo entienden menos porque se les exige el esfuerzo de comprender que todo lo que ellos y sus padres llamaron "ley" durante los cuarenta años del franquismo no era tal sino pura tiranía y arbitrariedad.

Porque el Estado vació el estatuto votado por los catalanes (p. 78). Y en sucesivas vegades: primero lo cepilló en el Congreso según desgraciada expresión de Alfonso Guerra, que maldita la gracia que tenía, y luego mediante la inenarrable sentencia 31/2010 del Tribunal Constitucional en la que este, actuando manifiestamente ultra vires se arroga competencia para decidir si los catalanes son o no una nación. No entiendo por qué no siguió decidiendo si, además, son o no buenas personas. Tan absurdo lo uno como lo otro.

Para terminar de una vez el corredor mediterráneo (p. 70). Sí porque es dudoso que ningún gobierno español lo haga, ya que tiene otras prioridades como llevar el AVE de Burgos a Palencia, igual que los socialistas inauguraron ese ferrocarril en su día en el trayecto Madrid-Sevilla por no otra razón, supongo que porque el presidente del gobierno de entonces era sevillano, cosa que incide mucho sobre la productividad del país.

Para tener un sistema educativo del siglo XXI (p. 109). Es típico deseo de fastidiar de los catalanes. Ahora que el ministro Wert, bajo orientación de la conferencia episcopal lo había retrotraido al siglo XIX, como mandan los cánones, se empeñan en dar un salto típicamente satánico de dos siglos. Ya veréis cómo los castiga Dios.

Porque no hay tercera vía ni se la espera (p. 112). Gente de poca fe estos catalanes. Por eso les haría bien ajustarse al sistema educativo del ministro Wert; así la recuperarían. Porque hace falta mucha fe para creer que las fórmulas federales que cocina el PSOE, entre otros, vayan a tener alguna efectividad.

Porque es un movimiento pacífico (p. 122) Ciertamente. Los catalanes son de una flema británica. Claro que si uno recuerda -como señala el propio Buch unas páginas antes- que han perdido tres guerras (la dels segadors, la de Sucesión y la civil española), está claro que la vía beligerante no es productiva. Sin duda es la que el Estado prefiere porque, entre otras cosas, estas guerras contra su propia población son las únicas que el ejército español gana. Por eso, la paz es la vía.

Porque es un movimiento que va de abajo arriba (p. 63). Sí, es así, doy fe. De abajo arriba, cívico, transversal. El 15M no tenía nada que enseñar a los catalanes. Sí, en cambio, a los españoles. Pero no parece que estos lo hayan aprendido, aunque están dispuestos a instrumentalizarlo.

Porque no se trata de un problema étnico (p. 57). Los sucesores ideológicos y biológicos de Franco suelen acusar a los indepes catalanes de nazis. Dado que los nazis fueron quienes pusieron a Franco en el poder, los franquistas debieran saber un poco más de lo que hablan, pero no lo parece. Y no es un problema de inteligencia o memoria sino de simple sentido del ridículo. A un país plagado de recuerdos a los nazis de la legión Condor, que envió aviones nazis a bombardear Gernika se le supone competencia para emplear el término nazi con conocimiento de causa, ¡pero no como insulto! Y si no es cómo insulto, a nadie se le alcanza qué tienen que ver los catalanistas con los nazis.

Para tener pensiones dignas (p. 126) Esto no interesa decirlo muy alto, no vaya a ser que se dé un fenómeno de refugiados españoles de la tercera edad en la muga catalana.

Porque hace 300 años que están ocupados (p. 132) El señor de los hilillos y los sobresueldos cree que este modo de hablar es inadmisible ya que España, dice con harta y machacona reiteración, "es una gran nación", pero ninguna nación que ocupe a otra en contra de su voluntad puede ser grande; ni siquiera nación. Puede ser imperio o resto de imperio, o andrajo de imperio, pero no nación en el sentido de una convicción subjetiva favorable de todos los nacidos en su territorio.

Para fundar una República y echar a los Borbones (p. 56). ¿En dónde hay que firmar? La dinastía borbónica ha sido restaurada en España tres veces, aunque los historiadores dinásticos solo consideren dos, ya que se niegan a ver la vuelta de Fernando VII El Deseado como una primera restauración. Pero lo fue y muy clara pues tanto Carlos IV como su hijo Fernando habían entregado la corona de España a Napoleón, como dos buenos felones. Y, si se me apura, acabaría llamando también restauración a la reposición en el trono absoluto del felón Fernando VII por el Duque de Angulema, al frente de los 100.000 hijos de San Luis. No lo hago por no herir más susceptibilidades pero, si lo hiciera, los Borbones habrían tenido cuatro restauraciones.

Para que la lengua de los juicios la decidan los ciudadanos y no los jueces (p. 50). Es uno de los signos coloniales más evidentes, que ataca un derecho fundamental de cualquier ciudadano en cualquier país del mundo: el derecho a un juicio justo que solo puede estar garantizado por el juez natural del justiciable y la "naturalidad" del juez comienza con la lengua.

Para no aguantar la "Marcha Real" (p. 147) Una de las razones más poderosas que probablemente convertiría en independentistas catalanes a millones de españoles por razones obvias.

Para librarnos de los insultos de la caverna mediática (p. 45). Lo veo dudoso. La caverna seguirá insultando porque es su forma natural de expresarse, pero lo que ya no podrá hacer será amenazar, que parece cosa más interesante.

Para que el catalán sea lengua oficial en Europa (37). Con ello, los traductores e intérpretes catalanes en la Unión tendrán ventaja onsiderable sobre los españoles porque podrán presentarse a oposiciones de dos lenguas.

Para decidir si quieren tener un ejército o no (p. 152). La decisión será interesante porque no creo que los Estados Unidos dejen pasar la oportunidad de abastecer a las fuerzas armads de un nuevo país europeo. Muy fuerte habrá de ser el pacifismo de los catalanes.

Para gestionar mejor las infraestructuras (p. 179). Al menos con un criterio de rentabilidad y productividad distinto a los que han presidido la construcción de los aeropuertos de Castellón y Ciudad Real, las autopistas radiales de Madrid, la ciudad de la Justicia también en Madrid, la Fórmula 1 y otras edificaciones cesaristas en Valencia y resto de los disparates españoles producidos a medias por la corrupción y la vanidad.

Para apoyar sus entidades con el 0,7% del IRPF (p. 35). Es un cálculo hábil el que hace Buch, porque no se concentra en el momento de la recaudación del 0,7% en la declaración de la renta sino en el del reparto de lo recaudado, que perjudica claramente a Cataluña.

Faltan 77 razones más. El lector sabrá sacar punta a muchas de ellas. El libro es una mina.

Innecesario añadir que muchas, muchísimas de estas razones las suscribirían muchos, muchísimos españoles. Lo que pasa es que es harto difícil que los españoles puedan independizarse de España. Y ahí está parte del drama.

martes, 5 de abril de 2016

Con las filas. No desde las filas

David Fernández/Julià de Jòdar (2016) CUP. Viaje a las raíces y razones de las Candidaturas de Unidad Popular. Madrid: Capitán Swing.
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Este libro, como algunas partituras para piano, es a cuatro manos, a veces a seis, a ocho y tiene partes corales en las entrevistas. Así que, aunque los autores principales sean los dos de la portada, es una visión bastante representativa de su tema porque en él hay un montón de gent donant la seva. En conjunto viene a ser una especie de guía de viaje por el territorio de la protesta y la radicalidad, una suerte de Baedeker de un movimiento típico de grass-roots, muy pegado a la vida cotidiana de la gente , asambleario, de raíces anarquistas, no jerárquico y que hubiera hecho las delicias de J. J. Rousseau entre los muertos, y refleja la envidia de muchos otros en el Estado español que les gustaría haber puesto en pie algo semejante. Un libro sobre un objeto de estudio que es en parte el sujeto que lo escribe. 
El sempiterno debate sobre el anarquismo y el radicalismo político de base es el de su viabilidad o factibilidad. Recuerda mucho un famoso ensayo de Kant titulado "acerca del dicho frecuente 'eso está muy bien en la teoría pero no funciona en la práctica'". Es una experiencia que todos hemos tenido, que contribuye decisivamente a configurar nuestra idea del mundo, sobre todo cuando nos las damos precisamente de eso, de "gente de mundo", y probablemente acompañará a la humanidad hasta el fin de los tiempos porque hasta el fin de los tiempos habrá gente que no esté de acuerdo con el modo en que la mayoría hace las cosas y proponga hacerlas de otra manera, gente a la que, a veces, según la época que le haya tocado vivir y otras circunstancias, quizá se le ofrezca la oportunidad de poner en práctica sus ideas o quizá algo aun más innovador. Lo primero, la posibilidad de llevar a cabo lo que propugnas no es tan estrafalario ni insólito como parece a primera vista. Basta con reunir ciertas condiciones objetivas y subjetivas: instituciones flexibles, voluntad de cambiar la realidad y claridad de ideas para saber hacia dónde. En la Inglaterra del siglo XVII, los diggers pusieron en marcha experimentos de comunas igualitarias; en el siglo XVIII, muchos inconformistas, mormones y cuáqueros establecieron colonias en el Nuevo Mundo; en el XIX hubo falansterios, diferentes formas de cooperativas, organizaciones icarianas, comunidades saintsimonistas, talleres nacionales al socaire de la revolución de 1848 y hasta un primer bosquejo de gobierno de obreros en la Comuna de París de 1871. Otra cosa, por supuesto, es la duración o perdurabilidad de estas innovaciones. Se trata igualmente de una experiencia que admite muy diferentes ejemplos. La perdurabilidad en sí  misma es escasa, pero otra cosa es la huella que dejan en el devenir de las sociedades, tanto en el orden especulativo como en el facticio.
Labor interminable fuera hacer una enumeración de los ejemplos de movimientos ácratas, asamblearios, consejistas, de los experimentos en colonias educativas antiautoritarias, de comunas y formas espontáneas de organización de todo tipo en los ámbitos de distritos, municipales, urbanos, laborales, etc en Europa y América en los años treinta del siglo XX. Luego del paréntesis de los totalitarismos, la guerra y la guerra fría, los años sesenta presenciaron un resurgimiento de las formas revolucionarias, populares de organización que entroncaban con tradiciones del movimiento obrero, con las vanguardias artísticas (el dadaísmo y el surrealismo, que fueron  decisivos en el situacionismo y el 68) y con nuevas formas de organización fabril y productiva de tipo cooperativo, autogestionario, etc. Los sesenta y los setenta fueron años de experimentación de formas nuevas de organización, comunas y otras vías alternativas de organizar la vida cotidiana.
El deseo de la gente de liberarse de las relaciones autoritarias y/o explotación, de controlar sus propios destinos, de compartir la existencia y democratizarla, tomando decisiones directamente sobre las cuestiones que afectan a la vida cotidiana revive en todas las épocas y ciurcunstancias probablemente porque es consubstancial al propio ser humano.

Las CUP son una manifestación de esa corriente que atraviesa todas las formas de organización social, las culturas y los modos de producción. Un intento de organizar la política primeramente en el orden municipal con criterios de democracia directa, participativa y asamblearia para trasladarlos luego al nivel del mesogobierno

Un primer capítulo, a cargo de Gabriel de Jòdar, Raíces: hurgando en la historia ya nos pone en antecedentes acerca de cómo las CUP son en el fondo una especie de precipitado en el que coinciden numerosas experiencias organizativas de todo tipo en el ámbito local con dos elementos esenciales de carácter municipalista radical:  el asamblearismo y el independentismo. En él se trata la transición como una "renuncia" y se repasan los precedentes de las luchas municipalistas, caldo de cultivo de esta iniciativa, el movimiento independentista en los 80 y el nacimiento de las CUP a partir del Moviment de Defensa de la Terra. Elecciones municipales de 1987 y primer mandato de la CUP a la sombra de la designación de Barcelona para sede de los JJOO 1992 con los movimientos especulativos urbanos. Ayudó mucho la crisis de la izquierda independentista y la renovación de ERC, dispuesta a explorar la "vía parlamentaria a la independencia" de Ángel Colom y Josep-Lluís Carod-Rovira (p. 61). Posteriormente y a raíz de las elecciones municipales de 1991 y la liquidación del "independentismo de combate" (1991-1992) se da la operación Baltasar Garzón de detención de cantidad de independentistas catalanes. Importancia también tuvo el ingreso de Catalunya Lliure y Terra Lliure (próximas al Front Patriotic) en ERC (p. 64). El relanzamiento y expansión de las CUP (1999-2011). "Trabajo riguroso y paciencia: -dice el autor- una CUP no es un colectivo de espontáneos ni un Ayuntamiento ni un Casal Independentista o un Ateneo" (p 72). Crecimiento entre 2003 y 2007 que culminó con la Asamblea Nacional Extraordinaria de en abril de 2005. El estallido de 2011 y las consultas independentistas Arenys de Munt (2009). Asamblea nacional de Reus (2012). Suma y sigue.

Los autores se esfuerzan por exponer la esencia misma de la CUP como una realidad in fieri. Hay en su prosa, sobresaltada y con acelerones, una especie de alegría y fascinación por saber que se está poniendo en pie algo nuevo, que promete y no surge de ningún modelo, patrón o blueprint propio. El momento decisivo o pistoletazo de salida es el resultado de las elecciones municipales de 22M de 2012. Ahí está el giro y lo que, con algo de entusiasmo y de exageración, sostienen los autores, permite dar respuesta a los recortes de 2011, la crisis y el directorio europeo Merkel-Sarkozy (p. 90)

Cartografía/s: la CUP sobre el mapa municipal. El voto municipal de la CUP el 22-M se concentraba en la región metropolitana de Barcelona (p. 103). Comarca a comarca, paso a paso y convertida entre 4ª y 6ª fuerza (p. 104) y con esto ya se puede hablar de hacer hervir la olla: cuando la práctica libera. La CUP surge del agotamiento del proyecto socialdemócrata (p. 135) y la derrota de las izquierdas oficiales (p. 136). Puede entenderse como un campo próximo a los "nuevos movimientos sociales que por entonces eran objeto de estudio por Claus Offe e Inmanuel Wallerstein.
Fascinados con la originalidad de lo que está poniéndose en marcha, los autores envían una encuesta a todos los concejales de la CUP elegidos el 12 de mayo de 2012. Responden 63 de 101 y, aunque las respuestas masculinas triplican a las femeninas, ello nos permite considerar que el  universo: de las CUP son jóvenes, formación elevada, de izquierda, independentistas y redes sociales. O sea, "catalanes de izquierda heterodoxa" (p. 185). Para afirmar esta primera impresión, los autores añaden veinte entrevistas en profundidad a veinte cupaires señalados que se encuentran en http://blocs.mesvilaweb.cat/copdecup (p.191).
En un afán casi perfeccionista por dibujar la esencia de la CUP con pelos y señales, entre abril, mayo y junio de 2012 los autores enviaron un cuestionario a personalidades de los Països catalans con 7 preguntas. Las respuestas que vienen a ser como las de el conjunto de la sociedad civil catalana en toda su abigarrado pronunciamiento. En esencia, la bateria de preguntas y sus respuestas demuestran lo que ya sabemos, que la CUP tiene muy buena prensa en Cataluña por su carácter genuino, auténtico, representativo y eficaz a la hora de la acción representativa y con una notable fibra moral. En la CUP no hay corrupción. (pp. 195-320).
Cierra el resumen de la obra las conclusiones de la mesa redonda del 13 de enero de 2012 en CIEMEN, con Anna Maria Gabriel, Marc Sallas, Joan Teran, Blanca Serra, Eva Serra, Ricard Vilaregut, Julià de Jòdar y David Fernández: diversos aspectos sobre que la CUP no tiene un discurso sobre el poder o está confusa ante el frente institucional (p. 333)
El libro se publicó originariamente en catalán en 2012 y se traduce ahora al castellano. Viene acompañado de un epílogo con una pregunta de ahora, 2016: ¿qué izquierda para el siglo XXI en el sur de Europa? (p. 356) y nos pone finalmente sobre la pista de cuál sea la intención de esta guía. Es un repaso al origen, desarrollo y situación actual de un movimiento participativo, de democracia directa, asambleario, que comenzó en el orden de la representación municipal y que en la actualidad ha posibilitado la formación de un gobierno en Cataluña cuyo mandato e inequívoco: conseguir la independencia de España, tomar su destino en sus propias manos.

martes, 29 de marzo de 2016

Hamelin está en la otra dirección

Javier López (2015) Más allá de Podemos. Veinte cartas de un inconformista frente a los cantos de sirena del populismo Sekotia: Madrid.
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El mejor modo de resistir la tentación de escribir un libro sobre Podemos es leer los que escriben los demás. Que son muchos, voto a tal. No sé si habrá algún otro fenómeno social comparable que haya hecho correr más tinta o acumular más bits. Quien más, quien menos se ha sentido obligado a dar su opinión sobre la formación morada y con un porcentaje amplísimo de visiones críticas y/o negativas. Dado, además, el eclecticismo que se adjudica a sus promotores en cuanto a su querencia por la izquierda o la derecha, los ataques les vienen por la derecha o la izquierda con admirable simetría. He leído repasos más o menos duros desde enfoques anarquistas, espontaneístas, marxistas, comunistas, socialistas, liberales (genuinos), liberales (de pacotilla neo) y conservadores. Me faltaba leer uno también conservador desde una perspectiva próxima al falangismo y este es un buen ejemplo, por cierto escrito en el acrisolado estilo epistolar. 

Resulta curioso porque el ensayo de Javier López parte de dos juicios negativos de Podemos que no sé si dicen tanto sobre el fenómeno en análisis como sobre el analista. Sostiene este ya desde el comienzo que Podemos es una pseudorrevolución propia de una "izquierda fascistizada" (p. 23). Cuando se dice de alguien que es "pseudo"algo viene a decirse que el algo (en este caso la revolución) es bueno y que lo malo es que sea "pseudo", o sea, falsificado. La calificación de "izquierda fascistizada" se entiende, pero más bien intuitivamente. Ignoro qué relación guarde el sintagma con la idea poulantziana de la "fascistización" del capitalismo tardío, pero alguna tendrá.

Desde una perspectiva conservadora inclusiva que parece admitir postulados tradicionales con criterios innovadores, cierto nacionalcatoliocismo con un neoliberalismo al uso, Javier López señala lo que a su juicio son las insuficiencias de Podemos y, al paso, contrapone sus propuestas.

La democracia podemista es insuficiente y, si hay que regenerar esta  "monarquía republicana, sin pompa ni corte y especialmente amable con el socialismo emergente" (p. 32), lo oportuno es reformar el sistema electoral e implantar la circunscripción uninominal (p. 43), lo cual saneará el sistema político a base de debilitar a los partidos políticos que deben quedar reducidos a meros instrumentos del "sentir popular, nada más" (p. 45). Simpatizo poco con la idea de achicar y/o reprimir y/o suprimir los partidos políticos. Detrás suele haber un intento de menoscabar la democracia que, lo siento, pero sin partidos políticos no existe. Ignoro de donde saca el autor la idea de que la circunscripción uninominal rompe la disciplina de voto (p. 44). En unos casos (EEUU), sí; en otros (Gran Bretaña), no. Igualmente, la idea de incluir en el Congreso a los representantes de las regiones, que ahora están en el Senado (p. 46) resulta sorprendente porque ya están (eso son las minorías nacionalistas catalana, vasca, valencian, gallega, canaria) y porque, además, en principio, no debieran estar según la teoría ya que el Congreso es una cámara de representación personal frente al Senado que lo es territorial.

En el ámbito económico, López parece propugnar un sindicalismo "genuino" (p. 56) que suena a falangismo y por tanto algo todavía más visto y manoseado que las tendencias que atribuye a Podemos. Por si hubiera alguna duda, acude al bueno de Salvador de Madariaga para hacer aceptable una sociedad ordenada de forma "orgánica" (p. 62). Madariaga traía su liberalismo de la tradición inglesa, en donde estas bromas no levantan suspicacias. Por estos pagos, cuando alguien habla de la concepción "orgánica" de la sociedad es imposible no recordar la democracia orgánica del Caudillo. A propósito de este, López -que cuestiona el paralelismo capitalismo = derechas y anticapitalismo = izquierdas, con el fin obvio de dar una colleja a Podemos- incurre en ese curioso calembour, al que tan aficionados son los discípulos de Pedro Schwarzt (por ejemplo, Esperanza Aguirre) de acusar a Franco de socialista porque diz que era muy intervencionista (p. 69). En fin...

En un terreno filosófico, López consigue relacionar el personalismo de un anarquista singular como Heleno Saña con el pensamiento de  Primo de Rivera (p. 85). Desde luego la Falange y el anarcosindicalismo compartieron algo más que los colores de la bandera, pero no sé si tanto. Se entiende su crítica al psedurrevolucionarismo de Podemos al contraponer el valor de la persona a las proclamas a favor del consumismo, pues la mortadela no es revolucionaria, lo cual tiene gracia. Pero enseguida se vuelve a lo trascendental y se aplaude a un izquierdista como Correa, de Ecuador (p. 91) y otros caudillos latinamericanos por su brava defensa de la vida frente al aborto.  Lo que no sé es si interpreta correctamente a los de Podemos que, en este espinoso asunto, son más escurridizos que de costumbre, como sabe todo el que escuchó decir a Carolina Bescansa que el aborto "no es una prioridad en nuestra sociedad". Este crítico, que es un correoso feminista, sí cree que es una prioridad absoluta porque están en juego los derechos de las mujeres.

Aunque Podemos no lo sepa, entiendo que señala López, querer a España también es de izquierdas (p. 101). En esto el autor se da la mano con mi amigo Miguel Candelas, autor de un  apreciable libro con el provocador título de Cómo gritar ¡viva España! desde la izquierda. No tengo opinión definida sobre este asunto. En mi ya larga experiencia he escuchado a tanto sinvergüenza vendepatrias gritar ¡viva España! mientras la humilla que me tomo la sugerencia a beneficio de inventario.

López cree que hay un más allá de Podemos. Yo también. Estos muchachos le parecen muy intervencionistas (p. 116). No sé si tanto como Franco. A mí me parecen la ambigüedad personificada. Para él la "izquierda fascistizada" es un híbrido entre el fascismo y el comunismo (p. 120) y hasta una "socialdemocracia fascistizada" (p. 132). Regreso al comienzo. No estoy muy seguro de si ese "fascistizado" tiene que ver con la "fascistización" que los poulantzianos creían descubrir en nuestro tiempo. Supongo que algo habría ayudado a esclarecer el concepto un análisis del populismo del que se habla en la portada del libro. 

La pena es que solo aparece en la portada.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Buena noticia.

Siempre hay que aclarar. Buena noticia para Palinuro. Su libro sobre La desnacionalización de España. De la nación posible al Estado fallido va por la segunda edición. Que un libro de este tipo, que salió hace ocho meses, tenga una segunda edición es, en efecto una buena noticia y mueve al autor a expresar su agradecimiento a los lectores. 

He escrito un pequeño prólogo para la ocasión y para advertir de que el texto no ha sufrido variación alguna, entre otras cosas porque los acontecimientos de los últimos meses -aun siendo muchos y tumultuosos con tres elecciones y una en ciernes- no lo hacen obligado.

Algún crítico ha observado que el libro rezuma pesimismo respecto al futuro de España. Muy probablemente. Es un libro de un español sobre España y la historia de este país no invita al optimismo porque parece condenado a vivir una especie de ciclo del eterno retorno de lo más oscuro, retrógrado e inepto de su pasado. Y, si alguna duda cabe, considérese su presente y dígase si no es precisamente una involución al franquismo más estúpido, cutre y sórdido y si acaso no promete otra vuelta de tuerca de ese insoportable nacionalcatolicismo castizo con que los dioses han castigado a este sufrido pueblo.

En todo caso, reitero las gracias a l@s lector@s.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Todo el mundo miente.

Eduard Puigventós López (2015) L'home del piolet. Biografia de l'assassí de Trotski. Barcelona: Ara Llibres. (620 págs.)
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El asesinato de Trotsky a manos del comunista catalán/español Ramon Mercader es uno de los acontecimientos contemporáneos sobre los que más se ha escrito. Hay memorias, ensayos, novelas, reportajes, películas para llenar una pequeña biblioteca. Se suma ahora esta biografía del asesino, que es la tesis doctoral en Historia del autor. Es un texto académico, minucioso, sistemático y una verdadera biografía, que narra desde el nacimiento a la muerte del biografiado y, por tanto, un documento que quedará como fuente de información para cuantos se sientan atraídos por el episodio en sí y por la personalidad del asesino. Porque 75 años después de aquel crimen en la casa de Coyoacán, México, D. F., el hecho sigue suscitando vivo interés y mucha curiosidad, como si todavía quedara algo por saber, alguna clave oculta, algún dato que permita interpretar algo tan peculiar como anodino a la par que misterioso, intrigante y revelador dentro de su vulgaridad y su miseria. Como si en el momento culminante, de todos conocido y mil veces relatado,  en que un hombre al servicio de la NKVD, entra en el despacho del viejo revolucionario comunista, último opositor de categoría a Stalin, y lo asesina hincándole un piolet de alpinista en la cabeza, hubiera un misterio oculto que todavía quedara por resolver.

Y, en efecto, así es. Este crítico, sin ir más lejos, que ha leído buena parte (no todo, ni mucho menos) de lo que se ha escrito sobre este asesinato, mantiene una teoría sobre el significado y el alcance del hecho que la lectura de la interesante biografía de Puigventós no ha desbaratado, aunque tampoco confirmado. En definitiva, se trata de un libro académico, una acumulación de datos y hechos, pero con escasa, por no decir nula, intención interpretativa. Y lo fascinante de esta archiconocida historia, precisamente, es su significado, si alguno tiene.

Pero no vamos a adelantarnos. Propondremos nuestra interpretación al final, tras dar cumplida cuenta del libro en comentario que, efectivamente, es una magnífica biografía de corte clásico.

Ramon Mercader nació en Barcelona en 1913. Uno de los cinco hijos del acomodado matrimonio de Pau Mercader y Caridad del Río Hernández. La relación familiar fue tormentosa y terminó en divorcio no sin que antes Pau hubiera recluido a su mujer en un manicomio en 1924/1925 en una cura de desintoxicación de drogas, aunque no esté claro de si realmente se trataba de eso o de apartar a Caridad de las relaciones con elementos anarquistas y radicales catalanes de la época. La mujer no debía estar del todo bien porque tuvo un intento de suicidio en 1928 ya en Francia. Siempre se ha dicho que la acción de Mercader fue movida por su madre, que ejercía una enorme influencia sobre él. Y tal cosa queda atestiguada en el libro de Puigventós en varias ocasiones, aunque no con la fuerza de convicción que cabría esperar. De hecho, tras entrar en la cárcel mexicana convicto y confeso Mercader, la madre se esforzó por sacarlo de diversas formas (interfiriendo asimismo en los intentos en igual sentido de la NKVD que quiso recurrir al soborno (p. 455)) sin conseguir otra cosa que empeorar sus condiciones (p. 477). A partir de ahí las relaciones materno-filiales se deterioraron y, en los últimos años de Caridad, ya casi ni se hablaban (p. 527).  

La juventud de Mercader coincide con la guerra civil y, sobre todo, la guerra civil dentro de la guerra civil en Barcelona en 1937, achacada sobre todo a los anarquistas y trotskistas por los comunistas españoles, entre los cuales se contaban los Mercader, madre e hijo que, habiendo contactado con un agente de la NKVD, el bielorruso Nahum Isakovich Eitingon se pusieron incondicionalmente al servicio de Stalin a su través (p. 83) y del jefe de la organización en España, Alexandr Orlov, uno de los responsables directos del asesinato de Andreu Nin (p. 99). Fue la época en que la III Internacional, al servicio de Stalin, ordenó el exterminio de los trotskistas en todo el mundo como agentes de Hitler y Franco, trola que los Mercader jamás cuestionaron. Tras ser herido en el frente de Aragón, Ramon Mercader pasa a Francia, en donde se pierde su pista un tiempo y el autor opina que estaba siendo adiestrado por Eitingon en la incorporación de una personalidad falsa, el belga Jacques Mornard, sin que de momento se pensara utilizarlo como asesino de Trotsky (p. 174).

Puigventós intercala aquí un documentado capítulo sobre la trayectoria de Trotsky, desde su comienzo en la revolución de 1905 hasta su exilio en Alma-Ata primero, Prinkipo después y el comienzo de su errar por el mundo, siempre perseguido por los esbirros de Stalin: Francia (en donde, al parecer, la NKVD asesinó a su hijo Lev Sedov, tras haber asesinado antes a su nieto Serguei en Rusia), Oslo y, por último, México. El trasfondo, la biografía de Trotsky como comisario de asuntos exteriores (paz de Brest-Litovsk), jefe del ejército rojo, enfrentamiento con Stalin y maniobras de este en contra de los bolcheviques (Kamenev, Zinoviev, Bujarin, Radek, etc.) hasta exterminarlos a todos. El destino de Trotsky. 

En París, Jacques Mornard/Ramon Mercader seducirá a la joven y entusiasta trotskista Sylvia Ageloff, estadounidense de origen ruso, y, tras muchas peripecias, valiéndose de ella, que tenía acceso irrestricto a Trotsky, ya en México, conseguiría llegar hasta él y asesinarlo. En toda esta parte de la vida del revolucionario ruso, ya al final, tiene mucha importancia la rama trotskista en los Estados Unidos, en donde había un Comité de Defensa de León Trotsky y donde también se formó una comisión, presidida por el filósofo John Dewey para examinar las acusaciones de los soviéticos que, por supuesto, llegó a la conclusión de que todas eran maquinaciones de Moscú (p. 215).

El libro concentra el foco sobre este último año de la vida de Trotsky, 1940, para relatar el episodio del primer atentado que sufrió el exiliado a manos de los comunistas mexicanos dirigidos por el pintor David Alfaro Siqueiros. Trotsky tuvo bastante relación con el muralismo mexicano, era amigo de Diego Ribera e incluso tuvo un romance con la mujer de este, la también pintora Frida Kahlo, pues, entre otras cosas, residió una temporada en su casa antes de trasladarse a la de la vecina calle Viena, en Coyoacán, en donde murió y en donde está hoy enterrado junto a su mujer, Natalia Sedova. Este crítico conoce muy bien la casa pues la ha visitado varias veces, siempre en busca de alguna clave que le permitiera entender el crimen que en ella se cometió.

La decisión de asesinar a Trotsky la toma (o la transmite) Eitingon en junio de 1940 en compañía de Caridad Mercader y Ramon (p. 323). Por aquel entonces el Partido Socialista de América, de James Burnham y Max Schachtman se había escindido a raíz de la ocupación rusa de Polonia, Bielorrusia y Ucrania entre la minoría (para la que la URSS había dejado de ser un Estado obrero) y la mayoría, con Trotsky, según la cual la URSS seguía siendo un Estado obrero, aunque hubiera ocupado aquellos países. Burnham y Bruno Rizzi, (en La burocratización del mundo 1939) decían que la URSS había visto una "revolución" de los administradores (la famosa doctrina de Burnham de la managerial revolution)  y le había pasado como a la revolución francesa: había reemplazado una forma de dominación por otra (pp. 334/335). Jacques Mornard que, por entonces se llamaba, Frank Jacson, repentinamente convertido al trotskismo e interesado en esta polémica concreta, se ofreció a escribir un artículo sobre este asunto y enseñárselo a Trotsky. Se titulaba Tercer campo y frente popular (p. 338). Así llegó hasta él y, mientras Trotsky leía la pieza (cuya primera versión no le había gustado nada), lo asesinó. Leonid Eitingon y Caridad Mercader lo esperaban en un auto a poca distancia de la casa, pero tuvieron que irse cuando las cosas se complicaron (p. 373).

El proceso por el asesinato fue largo y estuvo lleno de altibajos y paradojas. Entre otros ejemplos de incidentes y dilaciones, el abogado defensor, Octavio Medellín Ostos, trató de obtener la nulidad de las actuaciones porque, no constando interrogatorio de dos policías que estuvieron en el lugar de los hechos, no se podía saber si, como sostenía la defensa, en realidad el asesinato fue en defensa propia de Mercader, pues fue atacado por Trotsky (p. 430). Siguió siendo Jacques Mornard aunque, según explica Julián Gorkín, su identidad era un secreto a voces, como lo prueba que fuera a verlo a la cárcel Sarita Montiel con su marido, el comunista Juan Plaza (p. 423). La verdadera identidad de Ramon Mercader no se conoció hasta 1950 (p. 445), pero él siguió siendo Jacques Mornard.

El libro vuelve a cambiar de perspectiva cuando Mercader sale por fin de la cárcel en 1960, habiendo cumplido veinte años de prisión, con un pasaporte a nombre de Jacques Mornard, aunque ahora su nacionalidad decía ser checoslovaca (p. 497). Tras una breve escala en Cuba, ya por entonces comunista, Mercader llegó a la Unión Soviética, en donde lo recibió el jefe del KGB,  Alexandr Nicolaievich Shelepin (p. 501). Poco después, el 8 de junio de 1961, se le concedió la medalla de héroe de la Unión Soviética, la Orden de Lenin (p. 503). Al fin al cabo, la NKVD condecoró en 1941 a seis personas que habían tenido directamente que ver con el asesinato de Trotsky, entre ellas, Caridad Mercader, y con el acuerdo de Beria y Stalin (p. 457) 

Mercader seguía siendo un comunista fiel. Las autoridades le dieron un buen piso en una zona residencial y acceso a las tiendas y servicios para cargos importante y extranjeros. Los de PCE también lo acogieron bien y, vista su formación, que había profundizado en la cárcel,  le dieron trabajo en la redacción de la obra colectiva Guerra y revolución en España, 1936-1939 que había de exponer la participación de los comunistas en la guerra civil,  pero su nombre acabó por no aparecer en la redacción final por discrepancias con la dirección del proyecto (p. 513). Para los comunistas españoles, como para los soviéticos, Mercader era un héroe y, al mismo tiempo, un personaje incómodo porque, al fin, era un asesino. El propio Mercader acabó por no sentirse a gusto en la URSS, por distanciarse de su partido, aunque sin articular críticas. Fueron  los años de las purgas en el PCE (Líster, Claudín, Semprún) (p. 532) que dejarían huella. Aunque había adoptado dos niños junto con su esposa, la mexicana Roquelia Mendoza Buenabad, con quien se casó estando aún en la cárcel, suspiraba por marcharse, en concreto a Cuba. 

Fue el propio Fidel Castro quien ordenó que lo autorizaran a ir a vivir allí. La familia lo hizo sin problemas. Al llegarle el turno a su vez, cayó enfermo y estuvo hospitalizado, no pudiendo salir de inmediato. Hubo sospechas de que lo habían envenenado (p. 544). Por último recibió permiso para salir de la Unión Soviética en agosto de 1974. En Cuba le asignaron un chalet en la colonia Miramar, barrio residencial (p. 546). Allí vivió, rodeado de comodidades, complementadas con un trabajo más o menos ficticio de "asesor" en el Ministerio del Interior, a donde iba cuatro horas todos los días. Hasta el final hizo vida bajo el nombre de Ramón López (p. 549). Murió de un cáncer de huesos o de las complicaciones derivadas de él y, lógicamente, resurgió la teoría del envenenamiento, por lo demás poco probable (p. 565). Está enterrado en Moscú.

El autor añade algunas reflexiones finales sobre Ramón Mercader. En su opinión, no fue escogido al azar para su tarea de asesino sino porque en él coincidían elementos que lo hacían idóneo, entre ellos el hecho de ser de lengua española (p. 580) y de estar totalmente entregado a la causa comunista.

Justamente aquí es donde, a modo de colofón, el crítico apuntará su interpretación. ¿Qué sentido tenía, qué beneficio para la oligarquía estalinista asesinar a un hombre huido de la URSS, a más de 10.000 kilómetros, exiliado, derrotado, rechazado de todas partes y que no podía hacer daño alguno? ¿Por qué exponerse a la condena mundial con un crimen cuya autoría intelectual acabaría descubriéndose y acumulando más desprestigio sobre la Unión Soviética como una dictadura cruel, vengativa y sanguinaria? ¿Tanta fuerza tenía el odio de Stalin, su inquina particular hacia una personalidad mucho más brillante que la suya y con una ejecutoria de revolucionario auténtico?

El crítico sostiene que este asesinato quizá pueda explicarse recurriendo a consideraciones sociales y políticas, sin olvidar, por supuesto, los factores personales. Y la primera de todas es el valor simbólico del hecho. Trotsky tuvo siempre fuerza y personalidad propia en la revolución soviética. Sus relaciones con Lenin eran más de igual a igual que las de los bolcheviques, empezando por el propio Stalin. De hecho, en la escisión de 1903, Trotsky se unió a los mencheviques y, al comienzo de la revolución de 1917, es claro que las famosas Tesis de abril, de Lenin, que impulsan la revolución hasta la toma del Palacio de Invierno, siguen la teoría trotskista de la revolución permanente. Trotsky, en realidad, era otro Lenin. Mientras él viviera, a pesar de Kronstadt y a pesar de todo, el espíritu soviético original subsistiría y serviría como espejo en el que podría observarse la degeneración del comunismo estalinista. Solo eliminándolo personalmente se apagaría la luz bolchevique, se legitimaría la dictadura de Stalin y su doctrina del socialismo en un solo país se impondría a la vigencia de la revolución permanente. Por descontado, esa eliminación serviría para dar una lección en el interior de la Unión Soviética y terminar de aterrorizar a cualquier núcleo de oposición que se organizara.

Con su piolet, Ramon Mercader no acabó solo con la vida de Leon Trotsky, sino con su símbolo y su doctrina.

Por supuesto, tiene razón Puigventós al decir que Mercader no fue escogido por casualidad. La influencia de la madre, Caridad Mercader, fue decisiva. Una de las conclusiones de las abundantes pruebas psicológicas y psiquiátricas a que se sometió a Ramon fue que tenía un fortísimo complejo de Edipo (p. 411). No obstante, el mismo autor reconoce que, entre las filas comunistas de entonces se hubieran encontrado abundantes voluntarios para llevar a cabo aquel crimen. Recoge una idea de Teresa Pàmies, comunista estalinista de primera hornada y esposa de Gregorio López Raimundo, el secretario general del PSUC, en el sentido de que, en aquella época cualquier militante comunista se hubiera prestado a la misión de matar a Trotsky (p. 381). El más alto honor de un comunista era obedecer ciegamente las órdenes del camarada Stalin.

La historia se complica extraordinariamente por su origen en el curso de la guerra civil española y su involucración con las actividades del PCE, la NKVD y la Unión Soviética, un sórdido mundo de maniobras oscuras, agentes dobles, espionaje, denuncias, ejecuciones extrajudiciales, secuestros, fusilamientos, juicios farsa, torturas, desapariciones, purgas, expulsiones: la historia del comunismo "realmente existente". Informa el autor de que la investigación de la vida de Ramon Mercader fue difícil porque, como dice Leonardo Padura, (el autor de  El hombre que amaba a los perros),  es una historia en la que todo el mundo miente (p. 584). Un rasgo característico de las muchas otras historias que afectan a los comunistas de la mayor parte del siglo XX, desde la del espía Willy Münzenberg a la de la deposición de Dubcek tras la primavera de Praga, pasando por las fosas de Katyn, la huida de Victor Kravchenko o la destitución de Gorbachov. Historias en las que todo el mundo miente.

viernes, 27 de noviembre de 2015

En la noche del búho todos los gatos son pardos.


Mercè Rius (2014) Contra filósofos o ¿en qué se diferencia una mujer de un gato? Madrid: Biblioteca nueva. 437 págs.
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He aquí un libro combativo. Escrito por una filósofa, echa sobre sí la tarea de revelar cómo y cuánto ha desbarrado el gremio de los filósofos al hablar de las mujeres. Un gremio que aparece como un selecto club victoriano solo para hombres, pero en el que con harta frecuencia se habla del otro género. En su demérito. Nietzsche suele expresar la idea (compartida por Freud, nos dice la autora) de que la mujer se parece a un gato, animal independiente, despreocupado del hombre, afirmativo, dionisiaco (p. 57). Curiosa opinión, desde luego porque, puestos a denigrar y ofender, la naturaleza ofrece muchos otros animales que cumplirían mejor la función. Los gatos son seres exquisitos. Entre los egipcios gozaban de gran aprecio y Bastet es la diosa gata que protege el hogar. Rebuscando, encuentro más gatos interesantes. La literatura rebosa de felinos llenos de personalidad. El conocidísimo gato de Cheshire de Alicia tenía la extraordinaria habilidad de desaparecer dejando solo su sonrisa detrás de él, costumbre que, de generalizarse, haría del mundo un lugar mucho más agradable. Behemoth era un gatazo bípedo, un hábil pistolero, ayudante del diablo en la novela de Bulgakov. El gato Murr, autor del famoso tratado sobre "la vida y las opiniones del gato Murr", de E. T.A.Hoffmann, casi diríase un antecesor de Adorno en su desmitificación del pensamiento ilustrado y Pluto, el  del cuento de Poe, consigue que se haga justicia a una mujer asesinada en un acto de violencia de género. En fin una ojeada al poemario de T. S. Eliot, Old Possum's Book of Practical Cats nos familiarizará con muchos de estos que ocupan con gran desenvoltura las más diversas andaduras de la vida en sociedad. No solo trasunto de mujeres, también de caballeros, militares retirados, etc

Se dirá qué tiene que ver esto con el contenido de la obra fuera del hecho, algo traído por los pelos, de que algún filósofo haya comparado a los mujeres con los gatos para lo cual tampoco se precisa gran imaginación. No mucho, ciertamente. Pero ayuda a entender el espíritu de este denso libro, sin duda bien escrito pero tan lleno de erudición filosófica, tan prolijo en muchas de sus reflexiones, tan sinuoso en sus trayectorias, argumentos y contraargumentos que resulta a veces de difícil lectura. Sobre todo porque entra en diálogo permanente con buena parte del pensamiento filosófico contemporáneo por un  sistema de comentarios y glosas de textos que, obviamente, resultan claros e inmediatos a la autora, pero no necesariamente así a sus lectoras.

Aborda Rius su tema con un primer capítulo en cuyo título de El segundo género, ya se advierte cierta voluntad militante al corregir el de la famosa obra de  Simone de Beauvoir, el segundo sexo, en la que la mujer aparece como el Otro que se deja anexar sin dejar de ser el Otro (p. 38), subrayando y sosteniendo su máxima de que de que un simple hecho biológico puede dirigir la vida de las personas, pues, sostiene la filósofa francesa, "no se nace mujer: se llega a serlo" (p. 58). Lo segundo me parece incuestionable, lo primero no tanto y no estoy seguro de que sea razonable calificar de "simple" ese hecho biológico.

Pero este primer capítulo, como todos los demás, está mucho más poblado de personajes ficticios y reales, polémicas, máximas y dichos a veces tan inextricablemente mezclados que es difícil abrirse camino entre ellos y es inevitable simplificar. Hace entrada en él ya la mujer que dominará buena parte de la obra, Medea. Luego,  la princesa de la Cólquide se contrapondrá a Antígona y las dos articularán una especie de dúo interpretativo que nos permitirá orientarnos por laberintos filosóficos sobre acción humana, política, justicia, derecho,  impolítica, contrapolítica, a veces más intrincados que el de Dédalo, del que sacó a Teseo Ariadna, otra mujer también ciertamente interesante pero que, si no me equivoco, solo aparece mencionada una vez en el texto, mientras que las otras dos lo son recurrentemente. Por cierto, bien podrían igualmente asimilarse a la disyuntiva entre lo dionisíaco y lo apolíneo, sin merma de que fue precisamente Ariadna la que acabó arrebatada por el hijo de Zeus.

La expansion de la fe cristiana perjudicó a la mujer, pero la verdad es que ya arrastraba el estigma desde los tiempos anteriores. Séneca, un filósofo, aporta la visión canónica de Medea como una bruja. Para no ser conceptuada bruja y gozar de la apreciación masculina hace falta ser Lucrecia (que gozaba del respeto del misógino Kant) o Alcestis a la que el filósofo Cacciari (con quien Rius dialoga a lo largo de todo el libro, a veces en exceso) llama eroina, con cierta sorna de la autora, entiendo por qué. Porque representa la negación de su propia condición y la prueba de que la individuación femenina depende de la de los hombres. Aunque no conviene olvidar que es así en un mundo de hombres. No conviene olvidarlo porque el único modo de no dejarse arrebatar por él es cuestionándolo siempre. 

Los pitagóricos habían asimilado lo masculino a lo recto, el bien y la luz y lo femenino a lo curvo, el mal y la oscuridad (p. 74) y la autora se pregunta si cabe hacer filosofía desde la misoginia. Obviamente, según parece, no. Pero esto es un juicio de resultados altamente problemático. La filosofía no puede edificarse sobre prejuicios pero, en lugar de aniquilarlos, los sepulta en un océano ontológico que todo lo inunda, incluida la visión de la autora del libro cuyo horizonte es ese que, no sin cierta ironía, podríamos calificar como la filosofía realmente existente, pues no hay otra. Ignoro si servirá como consuelo pero cabe sostener por simetría epistemológica que tampoco puede hacerse contra la misoginia (p. 111). Hasta el pensiero debole es cosa de hombres y hoy hay una filosofía de género que se divide entre la biopolítica de Foucault y el deconstruccionismo de Derrida (p. 68) 

A la altura de la segunda parte, la insoportable levedad de la misoginia, ya estamos metidos de pleno en la harina filosófica y junto a Medea, aparecen las tres mujeres filósofas de carne y hueso que, con De Beauvoir, deambularán por las páginas del libro,  Arendt, Weil y Zambrano (p. 106). Arendt relacionada en el recuerdo con Heidegger, Weil rescatada por el omnipresente Cacciari, Zambrano en su aúreo aislamiento del exilio bajo la lejana advocación de Ortega. Por supuesto, al lado de Beauvoir, el inevitable Sartre, que la llamaba "castor", algo que siempre he considerado imperdonable, y sobre el que Rius ha escrito un ensayo. Es otro rasgo del libro, la visita a aquellos autores que Rius ha trabajado más, Adorno, Sartre y D'Ors, en una equiparación discursiva que no me parece enteramente puesta en razón, con todos los respetos para el autor catalán. 

En un ejercicio de lo que los psicólogos llaman "autoodio" resulta obvio que las mujeres carecen de individualidad, pues esta está determinada por la del hombre, definido desde la Edad Moderna como propietario de su persona y rentas (p. 138), núcleo de lo que McIntyre llamaría, cual es de universal conocimiento, el individualismo posesivo. Cosa de hombres. Fascinante que toda esta consideración se abra con una reflexión sobre el incesto de Andres/Ulrich y Agathe en El hombre sin atributos, aunque sea de nuevo en compañía de Cacciari. Soy decidido partidario de cuestionar la pretendida universalidad del tabú del incesto como fundamento de la condición humana y, aunque Lévy-Strauss también aparece de refilón, aplaudo la interpretación del juicio de Salomón y su vinculación a la sin par Medea como verdadera espada que zanja la aporía de la justicia y el derecho. Mencionados los dos términos, es inevitable la reaparición de Antígona, la verdadera heroína filosófica, la impolítica por excelencia, si bien me temo que el deseo de rebajar a la buena de Alcestis ("eroina del oikeiotés" según Cacciari (p. 161)) nos priva de un paralelismo mucho más ilustrativo y enriquecedor a la par que inquietante entre la esposa de Jasón y la hija de Edipo.

Pero no haya problema. Rius dedica la parte siguiente (En el nombre del padre), al siempre edificante asunto del parricidio. Reaparece aquí de nuevo el club de los filósofos y conviene hacer dos precisiones. La primera es de género. Los filósofos son hombres. La filosofía es cosa de hombres y las mujeres son cooptadas a ella en la medida en que aceptan la metafísica masculina. Quizá estoy tomándome libertades de todo tipo, incluida la topología filosófica, pero encuentro que es una conclusión muy aceptable de la observación de Rius de que el deconstruccionismo de Derrida, que predica la muerte del sujeto, demuestra que su presunta universalidad teórica responde a la perspectiva del varón (p. 209). O sea, no me invento nada.

La segunda precisión es de época. La interesante reflexión de Rius se ciñe a parte de la filosofía contemporánea, básicamente Derrida, Agamben, Foucault, Heidegger, Sartre, Benjamin, con algunas excursiones a Rousseau, Nietzsche y Kierkegaard y, en la antigüedad, sobre todo Aristóteles y algo de Platón, complementado con un posterior San Agustín a la hora de hablar del alma de las ciudades. No hay mención de la filosofía medieval, la renacentista o la Ilustración. Podría, pues, suponerse que el repaso no es contra los filósofos, sino contra algunos filósofos. Aunque imperen y rellenen el horizonte. Pero cierto gusano de luz advierte de que a lo mejor no estaría de más cotejar ciertas afirmaciones que, desde luego comparto, con casos que pudieran hacerlas problemáticas. Por ejemplo, se me ocurriría preguntar a Pedro Abelardo, cuyo tremendo castigo constituye una enmienda a la totalidad filosófica. 

El parricidio que predica hoy Cacciari es simbólico. El originario, según Freud, tuvo como móvil las hembras (p. 201), o sea, más claramente, la provisión de hembras. Por cierto y de pasada, siempre que de algo se predica la condición de originario, se lo residencia en el contundente terreno de lo real: solo andando el tiempo y consolidándose, se revestirá de la condición simbólica como forma de embellecimiento. Reza con la acumulación originaria de capital, la formación de la propiedad privada y, más tarde el poder constituyente, del que Rius trata en otras partes de libro, al examinar la función del estado de excepción teorizado por Carl Schmitt y reteorizado por Agamben, que no es otra cosa que el retorno a la forma originaria del poder, como se retorna a la violación colectiva de las mujeres cuando la guerra se encarniza, a la acumulación ampliada de capital en condiciones de esclavitud cuando arrecian las crisis o la vuelta al parricidio quizá bajo la forma de las bocas inútiles, por citar otro título célebre de Simone de Beauvoir. Al llegar al parricidio reaparece Antígona a la que, salíéndose por la tangente, dice Rius con divertida malicia, Kierkegaard considera la novia del sufrimiento (p. 204).

Tratándose de mujeres, la biopolítica foucaultina se enseñorea de la cuarta parte, cuyo nombre manifiesta un perverso juego de palabras, Biodegradables. Según Agamben, el paradigma de lo biopolítico es Auschwitz pues es en los campos de exterminio en donde se materializa el estado de excepción (p. 228). La autora recuerda otro autor de los años setenta, Ivan Illich, cuya crítica a la "medicalización" de la sociedad estaba en la misma línea. Cierto. Y esa crítica se hizo aun más radical y aguda, provocando en su consistencia un griterío contrario cuando; el teórico de Cuernavaca le dio por pedir la desescolarización de la sociedad. No sé si esa conclusión puede sostenerse ni siquiera armado con el radicalismo foucaultiano.   La biopolítica trae de nuevo la permanente presencia de Medea con el asesinato de sus hijos y la cuestión de su tiene "derecho" a ello (p. 234), cuestión que revienta la apacible división de Arendt entre trabajo, labor y actividad como cartografía del quehacer del amo/hombre y la sierva/mujer o las observaciones  deBeauvoir cuando esta se decide a abordar la gestación y las políticas de reproducción en Occidente (p. 255).

Biopolítica. De todas las determinaciones políticas, para Medea elige la autora acertadamente la de "contrapolítica" que se distingue de la "apolítica" de Antígona en que esta, en el fondo, justifica la política, mientras que Medea es irreductible. Se entiende la fascinación oscura que ejerce en quienes pensamos radicalmente. Después, y no es ficción, el derecho romano autorizaba al padre a matar a los hijos y Agamben dice que es un ejercicio biopolítico del poder en el sentido de "dejar vivir y hacer morir" (p. 272). De aquí deriva el poder constituyente citado más arriba, como constitución de la potencia. La comunidad imposible de San Agustín y la conversión de lo efímero en permanente (Benjamin/Agamben) simbolizado en la figura del ángel (p. 280), con cuya consideración cierra Rius esta parte para acabar su alegato en contra de los filósofos aquí y ahora y en el futuro.

La última parte del libro quiere seguir hacia delante sin ira. Por lo demás, ¿cómo podría proyectarse? La ira es una reacción y no puede haber reacción sin acción salvo como contemplación de la potencia que, como la técnica, dice ser neutra. Tiene dos partes, una dedicada a las contingencias y otra a las indecisiones y con estas dos experiencias queda claro, me temo, que sabemos que muchos filósofos no distinguen una mujer de un gato, pero no sabemos por qué.

Las contingencias son desconsoladoras. Sartre reconoció a regañadientes, pero sin subterfugios, que no hay sujeto colectivo. El nosotros-objeto carece de entidad ontológica (p. 308). No hay nosotros-sujeto, pero sí nosotros-objeto. Tómese el episodio de la  Plaza de Tianmen. Según Agamben tratóse de la comunidad irrepresentable. Los filósofos están hoy de vuelta de la idea del "sujeto absoluto" que el marxismo asimilaba al proletariado mundial (p. 323) y hoy no hay más que un hacer un  deshacer de forma que la candidata al desoeuvrement es Penélope, otra mujer que, como Pandora, hace una aparición fugaz.

El ángel de la historia de Benjamin, el "angelus novus" de Klee anuncia el fracaso del hegelianismo, la imposibilidad de la comunidad, que es imposible porque no puede dar razón de sí misma (p. 348), es incapaz del para sí hegeliano. Vivimos en la "lógica de la contingencia" y el realismo político al que angélicamente deberemos doblegarnos, a su vez, anuncia la imposibilidad de las utopías y la idea de que la justicia nunca reinará sobre la tierra, cosa que la autora reproduce del amigo Cacciari (p. 354). Tengo para mí que este socorrido "angelus novus" trae la resignación frente a la primitiva rebelión angélica y que en su aparente naïveté esconde la respuesta a la pregunta del capitán de las legiones de ¿Quién como Dios? cuya respuesta solo puede intuirse en ese dictum de Adorno que Rius cita un par de veces:  la inteligencia es una categoría moral (p. 369). Falta la estética para redondear la idea clásica. Vendrá de inmediato.

La inteligencia debiera estar libre de determinación de género. Pero aquí es donde los filósofos confunden la mujer con el gato. La diferencia radica en la  connotación de "viril" con respecto a lo "femenino" que Rius compara con "epiléptico". Lo "viril" es el origen de la virtud y prevalece en Marx y Engels, en Kant, en Schopenhauer, Bergson y Kant. En el límite, "la sensibilidad es varonil" (p. 375).

Junto a las contingencias, las indecisiones. Cosa problemática a la hora de cerrar una obra tan abigarrada como esta, sin un plan estratégico, sin un sistema de defensa y ataque, hecha de avances, incursiones, guerrillas, asaltos y retiradas. Frente a los restos del idealismo solo queda el materialismo, pero las filósofas no simpatizan con la materia. Solo Beauvoir (p. 416).  La materia tiene forma. Únicamente los indecisos aman la falta de forma. Sartre reproduce la dualidad aristotélica de la forma masculina y la materia femenina (p. 420) y Adorno, cuya sensibilidad era total, aborda el programa de un materialismo moral desde una perspectiva estética, según anunciamos antes (p. 418)

Los filósofos no distinguen, pues, una mujer de un gato, reitera la autora. Y, a juzgar por sus marrullerías, tampoco ellos se distinguen gran cosa de los felinos.

martes, 3 de noviembre de 2015

La gestión de la reputación.


Rubén Tamboleo García (2014) Community Management: Comunicación Política 2.0. Madrid: Instituto de Educación Superior. (182 págs).
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Rubén Tamboleo es un joven politólogo especializado en comunicación política y con un amplio bagaje de experiencia práctica en asesoría de campañas, gestión de comunidades, manejo de redes, etc. Tiene asimismo un espíritu abierto y dispuesto a integrar perspectivas distintas en la aplicación de políticas concretas. A veces en exceso, lo que suscita en algún momento en el lector una sensación de excesiva premura y propuestas no del todo sedimentadas. Pero, claro está, quien no se arriesga, no yerra nunca.

Su objetivo con este ensayo concebido con ánimo muy didáctico, pues hasta contiene preguntas de repaso de los capítulos, es entender la comunicación política al servicio de la gestión comunitaria. Para ello repasa los fundamentos teóricos de la comunicación política e institucional con un espíritu muy clásico. También en exceso. Su definición de masas dentro de la comunicación de masas está necesitada de actualización. Que las masas sean "formas degradadas de asociación social donde predomina lo irracional y la identidad personal queda sumergida" (p. 22) parece algo más propio de los venerables teóricos de las elites a lo LeBon y Mosca, que de alguien que se mueve en el ciberespacio en el que se dan las "multitudes inteligentes", smart mobs (Rheingold). No está claro si se pretende delimitar la comunicación de la propaganda (cual es preocupación habitual de los comunicólogos) o solo se señala su punto de conexión en el objetivo de la persuasión. En este campo hay una veta muy feraz hasta la fecha que habría que explorar teóricamente, pues se ha abandonado a la práctica directa de las empresas, que son las relaciones públicas (Bernays), aunque quizá no sea una recomendación apropiada para quien, como el autor, guarda escasa simpatía por el marketing.  

La gestión comunitaria tiene que tener en cuenta las dos esferas sociales hoy actuantes: la real y la virtual. En la primera operan las redes sociales basadas en la socialización política: actitudes, valores y cultura política, ideologías y cambio ideológico (pp. 48-49). La esfera virtual es otro mundo compuesto de webs digitales con una inmensa panoplia de recursos de todo tipo (basta con pensar en la función de los hipertextos y los enlaces) y la presencia de internet como catalizador (p. 52). Esta apreciación de internet es a mi juicio muy correcta: internet es hoy decisiva en el proceso político en todo el mundo, pero no como causa, sino como difusora, aceleradora, reveladora o indagadora.

La organización de la comunicación política se da en una multiplicidad de ámbitos como gobiernos, partidos, medios, estrategias y personas y ha de adaptarse a ellos. En contra de un uso muy extendido, Tamboleo diferencia el marketing de la comunicación política en atención a su objetivo puramente mercantil (p. 62). No estoy seguro de que quienes se dedican a este menester estén muy conformes con este criterio. Si no lo están, siempre pueden responder haciendo hincapié en que ellos trabajan con el modelo optimista/triunfador de la comunicación y no con el pesimista/derrotado (p. 71), que se lo dejan a los teóricos, gente triste.

Tamboleo dedica atención especial lógicamente a las campañas electorales y la planificación estratégica y, en un espíritu bastante postmoderno, concluye que vivimos en una campaña permanente. La identidad del término con el que se emplea en los tratados militares me ahorra subrayar el tino del autor al recomendar que en toda planificación estratégica se tengan muy en cuenta las enseñanzas del arte de la guerra, como recuerda Pizarroso (p.84). Sun Tzu sigue siendo el fanal que guía todas las aventuras militares, políticas, comerciales y, me atrevería a decir, vitales. La existencia misma es lucha por la existencia.

Un subcampo muy prometedor de la comunicación es el de las administraciones y empresas públicas, esto es, la comunicación gubernamental. Formula Tamboleo aquí de nuevo su escrúpulo moral, rechazando el  "marketing público" porque es propaganda y corrupción en aras de la pura "comunicación gubernamental" (p. 94). Suficientes barreras ha de superar esta (marco de referencia, distancia física, jerarquía, sobrecarga de información, lenguaje, sesgos o prejuicios, distracciones, habilidades defectuosas) para que se añadan los problemas de la mercantilización. Me surge aquí una duda al comprobar cómo las tendencias neoliberales que propugnan el debilitamiento y hasta desmantelamiento de lo público (bajo tendencias como la nueva gestión pública) conviven con ingentes aparatos de comunicación muchas veces en sospechosas relaciones con los privados. Eso no puede considerarse marketing en el sentido de que se venda un producto porque no se vende ninguno, pero sí se legitima la inacción pública, la cual tiene un coste.

Un capítulo dedicado a la metodología de la investigación para la comunicación estratégica explica sucintamente las técnicas de investigación cuantitativa (encuestas)  y cualitativa (entrevistas, grupos de discusión, grandes charlas, big talk) (pp. 110/111). Es interesante que aborde la tendencia a emplear las investigaciones como armas o medios para influir en los resultados, hablando de los dos recursos más frecuentes, el método underdog y el bandwagon (p. 116) que están, por cierto, muy presentes ya en la actual precampaña de las generales del 20 de diciembre. Es de esperar que en ediciones posteriores se extienda en el tratamiento de un asunto que aquí se limita a apuntar: el de cómo internet  genera espacios de alegalidad (p. 119) que obligan a los sistemas políticos a reaccionar.

En cuanto actividad mercantil, la gestión comunitaria tiene un capítulo dominante que es la gestión integral de la reputación: estructura, misión, visión y valores. Internet, ha de repetirse, es el campo de la guerra y, más en concreto de esa que se conoce con un nombre en realidad redundante, guerra sucia (p. 131). Se mencionan aquí dos corrientes de la psicología relevantes en la estrategia de reputaciones, el conductismo y la psicología de la Gestalt (p. 133). La segunda me parece más eficiente que el primero y, desde luego, lo predominante aquí cada vez más son las neurociencias y la semiótica.

La web y las cibercomunidades son los espacios de la gestión integral de reputaciones. Es posible que considerarlas sin más como comunidades cibernéticas no sea muy esclarecedor ya que estas, en principio son autopoyéticas. De lo que se trata con la gestión comunitaria es de intervenir en ellas, de manejar las webs, los posicionamientos en los buscadores, Facebook,  como medidores de reputación. Hay otras comunidades cibernéticas, como FourSquare, Flickr, Instagram (p. 150), pero la que incide de lleno en la interacción en la que se construyen y destruyen reputaciones es Twitter, cuyas posibilidades en punto a la guerra sucia (el prostituit) están todavía por determinar.

Con sus altos y bajos, un libro interesante para entrar en contacto con lo que el propio autor llama los "desafíos comunicativos de la III revolución industrial" (p. 160).