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martes, 7 de junio de 2016

Santuario

El otro día, al ir a ver la exposición sobre Carmen en el Matadero, nos pasamos a ver otra de muy distinto carácter: se llama Sin filtros, está organizada por Médicos Sin Fronteras y es una serie de cincuenta fotos de la autores más variados así como algunos vídeos también correspondientes al drama humano que, desde la invasión del Irak y muy especialmente, el de la guerra de Siria, se desarrollan en nuestras fronteras. Las riadas humanas que tratan de llegar a Europa procedentes de esas imprecisas regiones en las que, en la mayoría de las veces, las intervenciones europeas han desatado conflictos armados, guerra civiles de las que aquellas tratan de escapar. Columnas interminables de niños, viejos, mujeres, hombres que, más que nuestros territorios, atraviesan nuestras conciencias en busca de un refugio, un lugar en donde asentarse y reconstruir sus casas, sus vidas pues, con la guerra, lo han perdido todo.

Hay fotos impresionantes: primeros planos de gentes de gran belleza sumidas en la desesperación, campamentos en tierras de nadie, solanas, tiendas entre barrizales, camiones, carreteras interminables, fronteras, alambre de espino, patrullas, perros abozalados, letreros en lenguas extrañas. O es la inmensa vastedad de la mar por la que vagan pateras cargadas de multitudes, muy por encima de la línea de flotación y que probablemente naufragarán en algún punto, quizá a la vista de la costa, o sea, rocas sobre las que se deshacen las olas entre espumas. Chalecos salvavidas, mantas térmicas, voluntarios, primeros auxilios.

Rostros asustados, atemorizados, miradas cansadas, angustiosas, niños que lloran, viejos con la mirada ida, hombres desolados. ¿A dónde va toda esta gente, miles y decenas de miles con sus ropas de vivos colores compradas en algún almacen de Alepo que quizá ya no exista? ¿De dónde vienen? ¿Qué quieren? ¿Qué hacemos con ellos?

Hemos visto las fotos docenas de veces con el rabillo del ojo, y hemos pasado página o pantalla porque no es un problema nuestro y no podemos hacer nada. Bueno, quizá sí sea un  problema nuestro o de nuestros gobiernos, pero no podemos hacer nada. Es  verdad que a nuestros gobiernos los elegimos nosotros, pero seguimos sin poder hacer nada. En fin, quizá sea verdad que podamos hacer algo. Pero, ¿por dónde empezar? Y ¿no será más sensato empezar por nuestra casa? Estos acaban de llegar mientras que los nuestros llevan años aquí, durmiento en cartones en los parques o en los cajeros automáticos. Pero no son lo mismo: los de aquí son infraclases, muchas veces verdaderos detritus de esta civilización high-tech, wi-fi y top manta que nos hemos fabricado. Los que vienen son gentes trasversales, como quieren ser hoy todos los partidos políticos, de todas las edades y condiciones: abuelos, nietos, jóvenes, estudiantes, peritos, oficinistas, maestros, enfermeros... Y ¿qué hacemos con todos ellos?

Exactamente, eso, ¿qué hacemos? Nada, no podemos hacer nada, que se vayan, aquí no pueden quedarse, somos demasiados, consumen nuestros servicios y recursos. Al rebufo de estas situaciones, van ascendiendo electoralmente los nuevos caudillos. La experiencia nos dice que, para luego, es tarde. Nadie quiso reconocer que las banlieus, los barrios de inmigrantes eran bombas de relojería. Pero lo de ahora es mucho peor; la angustia que todo lo invade, la frustación, el fracaso. Y sobre este trasfondo de humillación, ¿vienes tú ahora de no se sabe dónde?

Antes lo veíamos con menos sobresalto: eran desplazamientos y expulsiones en lugares remotos que había que localizar fuera, en Biafra, el Congo... Y ahora llegan a Europa, a la vieja Europa. 

A la entrada de la exposición hay un cartel explicándonos muchas de las cosas que se dicen. Y se nos recuerda, a efectos de abrir nuestro corazones, que empecemos por abrir la cartera porque esto "podría pasarnos a nosotros". Es la base del intento pascaliano de tranquilizar nuestras conciencias.

A nosotros nos ha tocado muchas veces, aunque no queramos reconocerlo: con el fin de la guerra civil, más de 500.000 personas cruzaron la frontera con Francia y feron internadas en campos de concentración  vigiladas por soldados senegaleses que robaban a los reclusos. También pasó en Alemania, con el asunto de los Sudetes.

Si no hacemos más no es por ignorancia; es por egoísmo.