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jueves, 10 de noviembre de 2016

Amerika

Es el título que Max Brod, curioso albacea literario de Kafka, puso a un relato inédito e inacabado que este había titulado de otros modos. Brod supo ver que la enjundia estaba en América, país que Kafka jamás pisó. La Amerika de Kafka es, desde luego, América. Como lo son todas las demás Américas. Tantas que, en realidad, no existe. Como se decía en un cuento de Peter Bichsel, "America no existe". Cada cual se hace la suya. Y todas son posibles.

La América de Trump existía ya antes de su victoria electoral. El propio Trump ya era Trump mucho antes. Un ariete contra el establishment, dicen los medios. No solo ha vencido a los medios y las encuestas. También ha vencido a su propio partido. Y ha dejado a los europeos occidentales (los rusos son otra cosa) absolutamente perplejos. Clinton era su opción. Los europeos miran a América como una Europa más grande, más ruidosa e infantil, pero Europa. Hace decenios que los europeos tienen presidentas de gobierno y jefas de Estado. Apoyan y entienden una primera mujer presidenta de los EEUU. Pero América no es Europa. El presidente anterior fue un negro, cosa que en el viejo continente ni se sueña, si bien es verdad que hay a veces ministros de etnias no europeas y el actual alcalde de Londres, Sadiq Khan, es un musulmán, quien, por cierto, ya ha pedido a Trump que trabaje por el entendimiento multicultural. El Trump que ha dicho en campaña que prohibirá la entrada en los EEUU a los musulmanes. El musulmán Kahn, a su vez, sucede en el cargo de alcalde a Boris Johnson, otro maverick hoy ministro con muchos puntos en común con Trump.

Trump es la voz de una América profunda que ahora están demógrafos y sociólogos analizando en su composición. Además de profunda es una América antigua, la de las leyendas del self made man y el go west young man, la tierra de la libertad y las oportunidades. Tiene puntos de contacto con el Tea Party pero le separa la mojigatería del último que se pasa el día rezando allí donde Trump suelta procacidades sin cuento y habla de las mujeres como dicen hacen los camioneros. Asimismo puntos en común con Reagan.Trump también ha sido actor. Entre otras cosas. Y candidato por otro partido sin éxito. Pero le separa que ya no hay guerra fría. Trump es Trump. Amerika. America at its best. Los europeos de izquierda, tan atónitos como los de derecha, le llaman "fascista". La verdad es que el hombre es tremendamente verbenero, pero le separa del fascismo su falta de respeto por el orden y la disciplina. Si no me equivoco, alardea de no haber pagado impuestos federales en su vida. Toda la imagen de seriedad fiscal de los EEUU se ha venido abajo. Trump es también un show de un hombre solo, puro caudillismo, como los fascistas; pero le faltan las masas disciplinadas. Incluso las desprecia: alardea de liarse a tiros en la 5ª avenida y, no perder un voto por ello. Así que con razón están los de la Asociación de Amigos del Rifle encantados de la vida. América vuelve a los orígenes, Make America Great Again, MAGA. Los viejos valores de progresivos y populistas del XIX ("los olvidados ya no serán olvidados") vivos de nuevo y el poderoso aislamiento: fuera tratados globales, internacionales, fuera compromisos mundiales como el del cambio climático. Ya veremos qué pasa con la ONU y demás ámbitos de coordinación internacional. Y la OTAN. Amerika.

Europa, contrita, lamenta el amargo desengaño de Hillary Clinton y lo hace suyo. Sin embargo, es una derrota personal. El voto colegiado ha sido abrumadoramente para Trump, pero el voto popular está dividido por la mitad, con ligera mayoría del campo demócrata. Muchos descubren que Clinton no era la candidata más adecuada. Claro que no, pero eso no es lo esencial, sino el hecho palmario de que el país está partido en dos, que hay dos Américas. Ahora Europa ha visto la cara oculta por los ocho años de Obama, Amerika. Pero como, después de todo, Amerika es América (y por eso, seguramente, Kafka no pudo terminar su relato, convirtiéndose así en su primer antihéroe), nadie sabe qué cabe esperar. Pero todos auguran que el escenario mundial va a cambiar y mucho.

Al fin y al cabo, cada cuatro años, los americanos tienen el privilegio de elegir al presidente de un imperio. El mayor de la historia. 

miércoles, 17 de junio de 2015

Hoy nos vemos en la utopía.


Luis Gaspar Orozco de las Heras (2015) Manifiesto DEMUN. Democracia mundial. Una utopía necesaria. Burgos: Dos soles. (131 págs.).
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Hoy, miércoles, 17 de junio, presento el libro de Luis Gaspar Orozco de las Heras, junto al autor, el editor de Dos Soles y mi amigo José María Arribas. Será en la librería Rafael Alberti, en Argüelles, calle Tutor, 57. Metro Argüelles, insigne diputado de las Cortes de Cádiz. Es un lugar acogedor y agradable. Quien se anime a asistir verá que no exagero.
 
Orozco ha escrito un breve texto en forma y con título de Manifiesto, acogiéndose así a una venerable tradición opuscular en la que aparecen muy conspicuas figuras que han dejado huella de su paso por el mundo. En nuestro tiempo, el manifiesto más conocido es el Manifiesto del Partido Comunista, de Marx y Engels, publicado el revolucionario año 1848, si bien le había sido encargado antes a Engels, quien lo había redactado como un Catecismo, en forma de preguntas y respuestas. Menos mal que llegó Marx y le metió su brillante pluma. O sea, lo cambió de arriba abajo. Es el más famoso, sí, pero no el primero. El término aparece en la historia del Concilio de Trento, del canonista libertino Paolo Sarpi, en 1619. Anterior al comunista es también el Manifiesto de Cartagena del libertador Bolívar (1812). Luego del comunista, los manifiestos se han generalizado, han pasado a las artes (rara es la vanguardia que no cuenta con uno), las religiones, las sectas, los movimientos y hasta los contramovimientos. El célebre libro de Walt Whitman Rostow, Las etapas del crecimiento económico, publicado en 1959, llevaba como subtítulo Un manifiesto no comunista. En todos los casos, el nombre designa un escrito conciso, con una declaración de opiniones e intenciones manifiestas que tratan de subvertir el orden constituido. Cualquier orden.

Y eso en los nombres. La cosa en sí, sin el título, tiene muchos otros ejemplos. Para Palinuro, el primer manifiesto de la modernidad cristiana son las 95 tesis que Lutero fijó en 1519 en la puerta de la iglesia de Wittenberg, que no se llamaban así. Tampoco se llamaban manifiesto la Declaración inglesa de derechos de 1689, ni la de Virginia, ni la de la independencia de los Estados Unidos, ambas de 1776. Tampoco la Declaración francesa de derechos del hombre y el ciudadano o el opúsculo del abaté Sieyès ambos en 1789. Realmente los manifiestos han contribuido a cambiar la historia de la humanidad.

Pica alto el autor yéndose a tan proceloso género. Su texto contiene diez tesis. Tiene pues forma de decálogo. En la siguiente edición quítele o añádale una para que los comecuras como este crítico no se malicien influencias testamentarias. Por lo demás, hace bien, porque adopta una perspectiva filosófica, muy apropiada a su formación y ejercicio profesional de docente de filosofía. Esa perspectiva amplia, holista, le permite abordar nada menos que el lamentable estado del mundo contemporáneo y proponer una vía de solución. Un auténtico manifiesto. Una especie de actualización de aquel Blueprint for Survival enormemente popular en su época y que, si no yerro, fue el primer grito de alarma ante la catástrofe ecológica, ya en 1972. Esta preocupación está muy presente, agravada, en las preocupaciones de Orozco a lo largo de toda su obra. Si el capitalismo -que es el villano principal del relato- debe ser eliminado y sustituido por algo distinto no es solo porque cause explotación, miseria, desigualdad, injusticia, sino también porque destruye la Madre Tierra.

Por partes. Orozco es relativamente sistemático. Al comienzo del manifiesto acumula las críticas el desorden existente; en la segunda mitad argumenta a favor de su solución: la revolución democrática mundial (pp. 76, 123).

En cuanto al diagnóstico, Orozco da por supuesto que todos coincidimos con los males apuntados por Naomi Klein y lo que de verdad le indigna es que pueda defenderse un modo de producción tan dañino, destructivo, irracional e inhumano con argumentos tan simples y falsos como los de la doctrina neoliberal, que es pura ideología, a su juicio. Sin duda. Pero la cuestión intrigante es ¿por qué triunfa una ideología tan necia y falsa que ignora u oculta datos obvios de la antropología cultural y otras ciencias? ¿Por qué se imponen simplezas y topicazos abiertamente falsos como las teorías del "libre mercado" cuando es obvio que el capitalismo es un inmenso sistema de explotación, oligopolio, monopolio y captura de rentas? Al margen de explicaciones más o menos incidentales, también será porque del otro lado no hay explicación alternativa, ni siquiera bajo la forma de ideología. Eso apunta a una carencia en el relato de Orozco que merece cierta atención. Según su pensar el capitalismo es un sistema intrínseca, necesaria, inevitable y únicamente malo. Pero esto contradice la experiencia inmediata de que es el modo de producción que ha traído mayor grado de bienestar y progreso a la humanidad, se mire como se mire, excepto, claro es, si se adopta una visión rousseauniana y se acaba diciendo que lo único sensato es retornar a la feliz condición del buen salvaje. No es el caso, por supuesto, pero, quiérase o no, algo de eso resuena en las tesis actuales sobre el decrecimiento. Siete mil millones de habitantes, todos con legítimas rising expectations, no caben en un Walden. Marx y Engels, en su manifiesto, escribieron (Marx, en realidad), las páginas más entusiásticas sobre la fuerza y el progreso del capitalismo, cuya capacidad de desarrollo es tan grande que padecerá de crisis de sobreproducción hasta la final. Es un punto de vista más equilibrado, aunque quizá no pueda ya valorarse como tal a la vista del fracaso de sus predicciones sustitutorias. Hoy no tenemos Blueprints que contraponer al capitalismo y solo nos queda esperar que las mismas fuerzas ciegas que empujan el sistema al hundimiento permitan encontrar las soluciones que garanticen la supervivencia. En el fondo, nada nuevo bajo el sol. La humanidad siempre ha sobrevivido a base de encontrar solución a los problemas que amenazan su supervivencia, generalmente causados por la acción de ella misma.  

A eso se dedica la segunda parte del libro que es un prontuario para la acción. El último desastre impuesto por un capitalismo depredador, inhumano, injusto, es la globalización (p. 76). Aunque filósofo, Orozco tiene los pies en la tierra y camina como todos, hablando pestes de la globalización pero acomodándose a ella porque es inevitable y tratando de usarla con la astucia y la inteligencia con que los maestros de las artes marciales nos aconsejan valernos de la fuerza ciega del enemigo en nuestro provecho. Es lo mismo que la navegación a vela.
 
El remedio de Orozco es arrebatar el poder a los ricos a nivel planetario a través de la revolución democrática mundial. Es una perspectiva cosmopolita que suena a música celestial en los oídos de los politólogos de tradición que los realistas políticos llaman con cierto desdén "normativa", al estilo de David Held, que lleva años bregando con la propuesta de un gobierno democrático universal. Hacer realidad la cosmópolis republicana kantiana. Y la insistencia en la forma democrática es aquí crucial. Orozco piensa en una revolución democrática en todos los órdenes y especialmente en la gestión de los sistemas políticos, salud, educación, derechos políticos, sociales, laborales, justicia, paz y seguridad y economías sostenibles (pp. 100/108). Un programa completo. El recientemente fallecido Rudolph Rummel, fundador de la teoría de la pax democratica, estará batiendo palmas de alegría en el más allá al ver cómo se difunde su concepción, basada en un enunciado estadístico que él da por apodíctico: que las democracias entre sí no guerrean. Si quieres la paz, democratízate.
 
¿Y cómo llegamos a esta situación, cómo encaramos un futuro vestido de democracia mundial? ( p. 123). Pues a través de la utopía. Llegado aquí, Palinuro confiesa su simpatía abierta por el autor, pues el pensamiento utópico le es muy caro. En el fondo, las utopías también son como manifiestos. Algunas dieron forma a movimientos políticos y sociales de cierta repercusión: los falansterios de Fourier, los icarianos de Cabet, los saintsimonianos, los "nacionalistas" de Bellamy, etc. Las utopías son literatura política de acción. Incluso las distopias de los siglos XX y XXI, cuando el concepto ha vuelto a ser reivindicado en los discursos revolucionarios. Erik Olin Wright habla de "utopías reales". Orozco, de "utopía necesaria". Hasta el punto de identificarlo con el Principio Esperanza, de Bloch, con el que Orozco cierra su obra, que presentaremos hoy.
 
Librería Rafael Alberti, c/ Tutor, 57. Metro Argüelles. Hora: 19:00.