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martes, 17 de enero de 2012

Propaganda mezclada de melodrama

¡Menuda decepción la película de Phyllida Lloyd sobre Margaret Thatcher! ¡Qué forma de destruir un personaje que, a su modo, tuvo cierta grandeza, convirtiéndolo en una estúpida leyenda acartonada! Sin duda la interpretación de Meryl Streep es estupenda. Gran trabajo de impostación de la voz por el que una yanqui de New Jersey habla un perfecto Queen's English con acento de oxbridge. Seguramente le darán un Óscar. Pero la película tenía que haber sido algo más que una ocasión de lucimiento de una actriz.

Abreviando, porque irrita hablar de un producto tan detestable: más de la mitad de las dos horas de La dama de hierro se van en confrontarnos con la miserable existencia cotidiana de una enferma de Alzheimer. Eso quiere decir que queda otra hora para embutir a ritmo de caballo once años de una historia que vio momentos tan excepcionales como la derrota de los otrora poderosos sindicatos británicos, la alianza con Ronald Reagan para destruir el Estado del bienestar, el atentado del IRA en Brighton, la guerra de las Malvinas, la caída del muro de Berlín, el enfrentamiento con la Unión Europea y la conspiración del Partido Conservador para deshacerse de su lideresa aprovechando el fracaso de su intento de desmantelar el servicio nacional de salud (cosa que no se menciona en la peli) y de establecer un injusto impuesto de capitación.

Como esta pretensión es tan disparatada se resuelve con un guión absurdo en el que vivimos los episodios más impactantes de esa trayectoria como confusos fogonazos en reiterados flash-back de una mente enferma de Alzheimer. La lamentable condición de Thatcher se muestra ya en las primeras escenas. Hubiera bastado con eso y un único flash back para contar toda la historia en lugar de interrumpirla continuamente con episodios típicos de esta enfermedad de forma que no se sabe si lo que se quiere es colocarnos un documental sobre el Alzheimer en el marco de una historia de ocaso de los dioses o enardecernos con la leyenda de una férrea personalidad. Lo primero carece de sentido y lo segundo es un fracaso.

Afortunadamente para ella y para todos, Margaret Thatcher fue mucho más que una Iron Lady, especie de mezcla de Isabel I y Golda Meir. Thatcher representaba una mentalidad, una ideología neoliberal y conservadora que tenía y tiene mucho más fondo que la admiración de una jovencita por la integridad moral de su padre, honrado tendero, convencido de que son los tenderos quienes han hecho grande a Inglaterra. Una mentalidad de las clases medias y altas en el mundo anglosajón que se impuso arrolladoramente en el planeta desde los años ochenta y que ha traído la catástrofe de la actual crisis.

Thatcher tenía convicciones que aún hoy inspiran a muchos polític@s de la derecha. Me limito a citar una de sus más célebres expresiones que dan la medida de esta ideología: "La sociedad no existe". De eso, como de muchas otras cosas, no se dice nada en la película. Sí, en cambio, de la contrapartida: lo que existen son las familias y los individuos. La finalidad es clara: presentar únicamente los aspectos positivos del personaje (es vergonzosa la forma en que se caricaturiza la oposición laborista), convirtiéndolo en una especie de muñeco de cartón completamente inverosímil.

Cuanto de público hay en la película es propaganda y cuanto de privado, melodrama "explicativo" de acompañamiento.

domingo, 8 de noviembre de 2009

La vergüenza de aquel muro.

Se dice que la caída del muro de Berlín hace veinte años simbolizó el triunfo del capitalismo de libre mercado sobre las sociedades de planificación centralizada, de la democracia liberal sobre las llamadas "democracias populares" o dictaduras del proletariado. Eso es verdad sólo a medias.

El triunfo del capitalismo sobre el socialismo realmente existente se produjo no cuando cayó el muro sino cuando se erigió, en 1961. Los veintiocho años posteriores fueron años de un socialismo zombi, como diría Beck. Entre 1945 y 1961 habían huido a través del paso abierto entre los dos Berlines más de 3,5 millones de personas. Y no solo alemanes del Este. Los polacos y los checos aprovechaban también aquella apertura para abandonar sus países. El muro que se erigió en 1961 trataba de evitar que la población de los países liberados por los soviéticos votara con los pies. Aquel muro de la vergüenza era el testimonio palpable, hecho de hormigón, del fracaso de las sociedades comunistas (o socialistas) frente a las capitalistas; un fracaso incuestionable que se mide de la forma más contundente que cabe: si se deja a la gente en libertad de movimientos, la gente se va. Veintiocho años más tarde ese fracaso incuestionable tuvo una comprobación empírica aun más indiscutible porque el muro cayó desde dentro, fueron los propios alemanes orientales, los socialistas y comunistas los que lo derribaron, tratando de conquistar la libertad que los comunistas les habían negado.

Esto es así, es un hecho histórico que no cabe disimular ni tergiversar. Fueron las propias sociedades socialistas y comunistas las que elaboraron una imagen de sí mismas en perpetua competencia con las capitalistas; fueron los soviéticos y sus aliados quienes crearon toda una mitología de superación del capitalismo por el socialismo. Todavía Nikita Kruschev, con un zapato en la mano, aseguraba que el comunismo enterraría al capitalismo y los hacedores de la última Constitución soviética, la que entró en vigor en 1977, creían que a fines de siglo, la Unión Soviétiva habría dejado atrás a los Estados Unidos. Fueron pues los propios comunistas quienes crearon un clima de superación y de competencia que acabaron perdiendo.

De eso caben hoy pocas dudas.

Obviamente esto no quiere decir que como el capitalismo ha ganado de calle al comunismo sea aquel perfecto ni mucho menos. Simplemente es mejor y es mejor en todos los órdenes comparativos que queramos emplear, desde la productividad al respeto de los derechos humanos pasando por el medio ambiente como se demuestra con el hecho de que, cuando se deja a la gente elegir la gente, lo dicho, vota con los pies, abandona los paraísos socialistas (Cuba incluida) por los infiernos capitalistas.

Insisto, estos últimos no son perfectos ni mucho menos y en su haber figuran otros muros tan siniestros e inhumanos como el de Berlín: el del Río Grande, el de Melilla, el de Cisjordania... Odiosos muros de la nueva vergüenza, muros de la infamia y la injusticia que consagran la desigualdad entre los seres humanos, pero que tienen una diferencia substancial con el muro de Berlín nos guste o no: estos no se han erigido para impedir que la gente se vaya sino para impedir que venga. Es injusto, sin duda, pero es otro tipo de injusticia. El sistema económico, político y social del capitalismo no está estructuralmente en cuestión, como lo estaba el socialista. Lo está coyunturalmente, pero las coyunturas son cambiantes. El capitalismo se puede reformar. De hecho, entre el sistema de la acumulación primitiva de fines del XVIII y primeros del XIX, entre el capitalismo de los Robber barons y el Estado del bienestar de la segunda mitad del XX hay diferencias abismales, como puede comprobar cualquiera que vea la realidad y no sólo las consignas de su propaganda. Habrá quien diga que no, que el capitalismo es siempre igual a sí mismo y los cambios son meros apaños cosméticos. Es posible y cabe debatir sobre ello. Lo que está fuera de discusión es que el muro de Berlín se erigió para ocultar la derrota del socialismo en todos los frentes y su caída sólo expuso dicha derrota a los ojos del mundo.

También, por supuesto, cabe decir que lo que se hundió al otro lado del telón de acero no fue el socialismo o el comunismo verdaderos sino alguna forma pervertida de estos, el socialismo "burocrático", el "estalinismo", el "capitalismo de Estado" o, como llegué a escuchar en cierta ocasión, el "socialfascismo". De hecho hay mucha gente que lo dice con la misma razón y sentido con que alguien puede decir que el capitalismo de libre mercado no es un sistema injusto e inhumano que es preciso reformar sino el reinado sempiterno de la justicia universal y el amor entre los pueblos.

(La imagen es una foto de Hagens world, bajo licencia de Creative Commons).