Mostrando entradas con la etiqueta Historia.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historia.. Mostrar todas las entradas

martes, 26 de enero de 2016

Europa y el ascenso de Alemania

Matthias von Hellfeld (2015) Das lange 19. Jahrhundert. Zwischen Revolution und Krieg 1776 bis 1914Bonn: J. H. W. Dietz Nachf. (285 págs).
_________________________

De vez en cuando conviene dar un repaso a la historia para mejorar nuestro conocimiento del presente. Así se sigue de la inteligente observación de Karl Marx sobre el presente histórico. Somos el resultado de la acumulación de aciertos y errores de nuestros antepasados y nuestra época, al igual que las demás, hunde sus raíces en los siglos anteriores. Asimismo conviene refrescar nuestras ideas al respecto pues la historiografía es una ciencia y, como todas las ciencias, no se está quieta, sino que avanza, cambia de perspectivas, acumula nuevos hallazgos y nos obliga a rehacer nuestras convicciones. La obra en comentario de Matthias von Hellfeld, obra de un competente historiador con vision periodística, cumple estos requisitos y nos aporta una visión renovada del siglo XIX europeo, concebido como una unidad.

Una unidad... europea. El mundo, apenas cuenta más que como comparsa u objeto de colonialismo y explotación. Y, dentro de Europa... Alemania. El resto del continente aparece, sí, algo más, pero tampoco mucho y siempre en sus relaciones con Alemania. En realidad, la obra, muy interesante, desde luego, es una historia de Alemania en el siglo XIX. Pero como Alemania en el siglo XIX no existía como Estado unitario sino que estaba troceada entre las dos grandes unidades de Prusia y Austria y un par de centenares de pequeños entes políticos de todo tipo, las abigarradas relaciones de ese mundo germánico, verdadero corazón de Europa, con sus vecinos más característicos, Francia, Inglaterra, Rusia, Italia y, algo más lejos, Turquía, opera como una historia del continente con una clara delimitación de los términos a quo  (la revolución francesa) y ad quem  (la primera guerra mundial) y una conclusión territorial dolorosa para los españoles: en todo ese tiempo, España está ausente de Europa, no existe, nadie la tiene en cuenta sino es como un territorio con el que las potencias juegan en sus relaciones.

Von Hellfeld entiende el siglo XIX como época de sentido, caracterizada por la aparición de los derechos fundamentales universales, la separación de la iglesia y el Estado, el gobierno constitucional, y la primacía del individuo frente al Estado. Sus dos elementos esenciales fueron la industrializacion y la formación de Estados nacionales. Y el siglo fue un siglo liberal (p. 13). Coincido con el juicio, que es una buena síntesis..

El rasgo esencial, el detonante de esta evolución fue la Revolución francesa. Como buen europeo, Hellfeld reconoce que esta vino importada de los EEUU, pero se olvida pronto de este pecadillo de juventud. Le interesan sus efectos en toda Europa.  El terror. El Imperio. El fin del Sacro Imperio Romano Germánico de la nación alemana. De la revolución vienen las reformas de Prusia con Federico Guillermo III a iniciativa de los ilustrados Heinrich von Stein y August von Hardenberg: ejército popular permanente (frente a soldados pagos); supresión del Estado estamental y la servidumbre; administración estatal; reforma de la justicia; emancipación de los judíos, libre comercio y gobierno de gabinete (p. 43). Derrotada por Francia, la influencia francesa, unida a la Leistungsfähigkeit germánica, haría de Prusia una potencia. En la lucha contra Napoleón surgieron los nacionalismos europeos. Johann Gottlieb Fichte, en su Discurso a la nación alemana (p. 47), es ejemplo señero de ello.

El Congreso de Viena y la restauración de 1815 echan el péndulo hacia la derecha. Inglaterra, Francia, Rusia, Austria, Prusia son el quinteto encargado de restaurar el viejo orden de alianza del trono y el altar. Es significativo que Francia, derrotada definitivamente en Waterloo, se siente en la mesa de los vencedores con Talleyrand (p. 54), mientras que España, una de las vencedoras, no está en Viena, aunque sí padecerá luego sus  consecuencias, con los 100.000 hijos de San Luis. Hellfeld considera con tino que, después de la paz de Westfalia (1648), Viena fue la segunda conferencia de seguridad en Europa (p. 57). Insisto, con España fuera. Allí se creó la Federación Alemana (Der deutsche Bund) junto a Prusia y Austria, para poner algún concierto en el abigarrado mundo de la Deutschtum. El orden en Europa no lo decidirían los Estados ni las naciones, sino los tronos y las coronas (p. 59). De Viena sale como punta de lanza de la reacción la Santa Alianza (Rusia, Prusia, Austria, Francia), de la que la liberal Inglaterra se mantiene avisadamente al margen (p. 64). Primeros vagidos del nacionalismo alemán (que luego tendrá tan mala fama): la  reunión de Burschenschaften (esto es, asociaciones de estudiantes) en 1817 en Karlsbad en recuerdo de 300 aniversario de Martin Luther, padre de la patria alemana, y la consolidación de los colores nacionales:  negro-rojo-oro (p. 68).

La época de la restauración es el reinado del orden conservador: la esfera pública alemana reprimida y retirada a la intimidad que caracteriza el famoso estilo artístico Biedermeier  (p. 73). El centro de la vida es ahora la familia. Una de sus más felices consecuencias será la fundación del primer Kindergarten en 1841 (p. 78). En paralelo al Biedermeier, el romanticismo que Hellfeld, con escasa originalidad, pero correctamente, simboliza en la búsqueda de la "flor azul"  en el Heinrich von Ofterdingen del gran Novalis (p. 80).

En el orden material, pobreza e industrialización en típica relación causal de la época de la acumulación de capital. La mayor parte del siglo ve una epidemia de pobreza y emigración. La vida en las ciudades se compone de slums, miseria, trabajo femenino e infantil, jornadas interminables y salarios de hambre. Es la pauta de la industrialización europea. Su elemento simbólico, los ferrocarriles. Inglaterra : 1840 (1.348 km de trazado) y 1880 (29.000 kms). Alemania : 1840 (549 kms), 1880 (34.000 kms) (p. 97). Un desarrollo explosivo en todas ramas de la industria, empezando por la textil.  En 1834 se funda la  Zollverein alemana (p. 100) que, en el fondo, es el primer intento de unificación nacional. Conjuntamente con el desarrollo industrial y comercial y la acumulación de capital, como su antítesis, la organización del movimiento obrero en el que son decisivas dos figuras alemanas,  Marx y Engels.

En el ámbito ideológico, el siglo XIX es el del nacionalismo y el liberalismo. Resulta interesante que en la citada fiesta de Karlsbad (Wartburg) (1817), los estudiantes quemaran varias docenas de libros "reaccionarios", entre ellos, el Code Napolèon (esto de quemar libros no es solo cosa de la Inquisición y los nazis) y redactaran un programa nacionalista, considerado el "primer programa de partido alemán" (Huber, 1991) (p. 109). Este tiempo fue el de surgimiento del sentimiento nacional alemán. Hellfeld profundiza con delectación teutónica en el desarrollo de ese espíritu germánico: Friedrich Carl von Moser redactó en 1765 un estudio según el cual los alemanes tenían "conciencia nacional" sin ser una nación (p. 112).  Como siempre, el nacionalismo se estimula con el enfrentamiento: a raíz del conflicto con Francia, cuando Thiers quiso anexionarse la orilla izquierda del Rin,  Max Schneckerburger escribe el famoso poema Die Wacht am Rhein, (1840) y Heinrich Hoffmann von Fallersleben, en visita a Helgoland (1841), la Lied der Deutschen, cuya 3ª estrofa (Deutschland, Deutschland über alles) es hoy parte del himno nacional (p. 120). Desde la revolución francesa de 1830 hasta la de 1848/49, en Alemania hay una agitación nacionalista permanente. Se suceden la fundación de La joven Alemania, el movimiento democrático, decenas de constituciones en los pequeños estados de la Federación alemana, hasta desembocar en el espíritu del Vormärz (p. 129). 

La revolución europea de 1848/49 pone fin al período de la restauración. Luego de la revolución de Viena de 1848, se convoca la Asamblea Nacional alemana de Frankfurt el 18 de mayo de 1848 (p. 138). Por primera vez se promulga una declaración de derechos fundamentales y se plantea la "cuestión alemana" (gran-pequeña Alemania) que atenazará al país hasta la guerra austro-prusiana de 1866. Por fin, el 3 de abril de 1849, más de 30 parlamentarios de Frankfurt viajaron a Berlín, a ofrecer la corona constitucional a Federico Guillermo IV (147). Este no la reconoció y la revolución acabó por represión, con muchos alemanes prisioneros o exiliados sobre todo en los EEUU (p. 152). Un desarrollo parecido al de España en 1814-1820-1823.

Llega el tiempo de la Nation-building, en Europa, del que, como siempre, España está ausente. Es la época de Otto von Bismarck. La guerra de Crimea rompe el equilibrio de Viena. La "nueva era" con la fundación de la Deutsche Nationalverein y el trabajo conjunto de Bismarck y Guillermo I (p. 160). El Deutsches Reich nacerá en tres sobresaltos: 1º) la cuestión del ducado de Schleswig-Holstein (30 octubre 1864) en que Prusia y Austria fueron juntas contra toda previsión y se quedaron con la posesión en administración común. 2º) Guerra austro-prusiana, terminada con la batalla de Königgratz, 3 de julio de 1866. Por primera vez se usó el ferrocarril para traslado de grandes cantidades de tropas (p. 164). De esa guerra salió la Liga de Alemania del Norte y el comienzo de la emancipación de Italia. El conde Camillo Cavour fundó el periódico Il Risorgimento, que dio nombre al movimiento, con el cual avanzó mucho la unidad de Italia gracias a la ayuda de Napoleón III (p. 168). Es imposible dejar de lamentar que en España no hubiera estadista alguno con la misma conciencia nacional que Cavour en Italia. 3º) Guerra franco-prusiana de 1870 a raíz del "telegrama de Ems". De nuevo aparece España en las relaciones entre las potencias europeas como una mera presa, un territorio sin voluntad propia con el que los Estados europeos juegan en sus juegos de poder. La guerra acaba con la victoria de Sedan en la que tiene enorme importancia el uso militar de la telegrafía y los ferrocarriles y la fundación del Imperio alemán en Versalles. La contrapartida para la historia será la Comuna de París de 1871 (p. 172), considerada por Marx como el primer gobierno obrero de la historia.

La política del siglo con sus partidos, movimientos y asociaciones es muy complicada. El mundo bismarckiano está muy bien expuesto. El ascenso de los católicos provoca la Kulturkampf, que lleva a la separación Iglesia-Estado, auspiciada por Bismarck. El resultado, el Zentrum, fue contraproducente a corto plazo, pues los diputados católicos en el Reichstag aumentaron, como sucedería luego con los socialistas, si bien el asunto no quitaba el sueño al Canciller de Hierro, dado que la cámara apenas tenía competencias. Pero es muy significativa y esencial en el proceso de construcción del Estado alemán la lucha de Bismarck y Pio Nono (el del Syllabus) (p. 183). El conservadurismo estilo Junckertum de Bismarck lo lleva a promulgar la ley contra los socialistas del 21 de octubre de 1878 (p. 186). Lo pintoresco es que de ahí vino asimismo la primera formulación del Estado povidencial en su forma de Obrigkeitstaat, pionero del Estado del bienestar, con la legislación social prusiana de 1883-1889, la más avanzada del mundo: invalidez, pensiones, enfermedad, pagadas por igual por empresarios y trabajadores (p. 188). En esta época se generaliza también en Alemania (en paralelo con la Inglaterra victoriana), el movimiento feminista: (la primera mujer doctora, Ricarda Huch, se graduó en 1896) (p. 193), el movimiento juvenil, la nueva pedagogía de la mano del pedagogo checo Johann Amos Comenius (p. 198) y, a primeros de siglo, con la recepción de la  influencia de Maria Montessori (p. 200). Al final de la era bismarckiana, Alemania es un Estado autoritario pero tan avanzado como Francia o Inglaterra. La comparación con España es deprimente.

Convertida en potencia europa, Alemania ejerce. Es la época del imperialismo y el reparto del África se decide en los dos congresos de Berlín (1º, 1778, 2º, 1884), así como el trabajoso tejer y destejer de las alianzas europeas (p. 208). Después  de 1888, el "año de los tres emperadores (Guillermo I, Federico III y Guillermo II), se produce el despido de Bismarck (p. 212) quien ve cómo el joven emperador revierte toda su delicada política exterior. Avanza la industrialización y el nacionalismo agresivo alemán. Alemania no solo quiere "un lugar al sol" como en tiempos del Canciller de Hierro, sino mucho más: quiere dominar Europa; quizá el mundo. La "Asociación Pangermánica", surge con el fin de crear el III Reich. Significativo del tiempo y lo que vendría después, este espíritu es el programa de los medios de comunicación. Uno de los fundadores de la Asociación Pangermánica, Alfred Hugenberg, un magnate de los medios al estilo de William R. Hearst en los EEUU, fue el vocero del expansionismo europeo y africano de Alemania (p. 219). La conciencia de la verspätete Nation se acuñaba en un espíritu imperialista y antisemita.

El milagro alemán llevaría al país a la rivalidad industrial y marítima con Inglaterra y, en definitiva, a la guerra. Todo el sistema de alianzas en Europa, la triple entente y las potencias centrales, apuntaban a la inevitabilidad del conflicto. Los antecedentes fueron la guerra de Crimea, ("primera guerra total") (237) y los conflictos de los balkanes. El Imperio alemán se basaba en un nacionalismo agresivo que había "germanizado" sus orígenes en una lucha nietzscheana entre la Kultur y la Zivilisation (p. 246). El resto, camino del desastre, fueron puras contengencias: el atentado de Sarajevo y la crisis de julio de 1914.

Un gran resumen de la historia europea del siglo XIX desde una perspectiva germánica. escrito con una distanciada empatía hacia el surgimiento de la Alemania contemporánea.

jueves, 14 de enero de 2016

¿De qué sirve quemar libros?

Louis Sébastien Mercier (2016) El año 2440. Un sueño como no ha habido otro. Madrid: Akal (326 págs). Traducción y notas de Ramón Cotarelo.
------------------------------------

Palinuro empieza bien el año. Akal acaba de sacar este extraño e interesante libro de Louis S. Mercier, traducido y anotado por él. El año 2440, se publicó por primera vez en 1770 y llegó a tener numerosísimas ediciones que, por cierto, el autor -un prolífico Tostao francés, verdadero adicto a la pluma- fue alargando de edición en edicion, de forma que lo que empezó siendo un volumen, acabó en tres. Es uno más de los numerosos rasgos peculiares de esta obra. Otro es que no solamente es una utopía sino una ucronía. De hecho, la primera ucronía de la historia pues, aunque se conocen otras dos oscuras anteriores (una de ellas del siglo XVII), son de muy inferior calidad. Mercier puede llevar con orgullo este título de ser el príncipe de un género nuevo o subgénero de la utopía que luego ha tenido muy ilustres cultivadores (como Washington Irving, Mark Twain, Herbert G. Wells, Edward Bellamy, George Orwell, Ray Bradbury, Edmund Abot, etc) hasta la pléyade de escritores de ciencia-ficcion, pues este género es básicamente ucrónico.

La base argumental es sencilla: un escritor francés ilustrado, amigo de ilustrados, seguidor acérrimo de J. J. Rousseau, se duerme en el París de 1770 y se despierta en la misma ciudad 670 años más tarde. Las cosas han cambiado un poco y él va tomando conocimiento de ellas al modo canónico que el género utópico estableció ya desde la primera obra que dio nombre al género, la Utopía, de Tomás Moro y que, en realidad, es una adaptación del verdadero origen poético y filosófico de esta forma narrativa: la Divina comedia, de Dante: un hombre visita un espacio extraño, desconocido, imaginario, nuevo, de la mano de un nativo o un guía que conoce el lugar (o no-lugar), como Virgilio lleva a Dante. Así observa los cambios de lugares, de personas, ideas, costumbres y va desplegando ante nuestros ojos ese mundo nuevo que él lleva en la cabeza y pretende proyectar en la realidad para que, como sucede siempre con las utopías, porque tal es su espíritu, podamos comprender qué insatisfactorio es el nuestro, cuán criticable, cuán absurdo e injusto. 

Para hacer justicia a otra característica de la cultura francesa, se trata de una obra perfectamente parisina, de forma que quienes, además de amar la literatura utópica y la específicamente ucrónica, sean aficionados a París, gozarán con el detallado conocimiento que de esta ciudad tenía Mercier, un verdadero cronista de la villa de la que sabe todo y así lo refleja en su libro: los puentes sobre el Sena, la Conciergérie, el Louvre, la Académie, el Colegio de las cuatro naciones, etc. Las calles, las costumbres, los lugares, como eran en el siglo XVIII y como las recreaba él 670 años más tarde.

Y, junto a las calles, las gentes, los oficios, las clases sociales, la nobleza, el clero, los literatos, poetas, dramaturgos, filósofos. Y Rousseau, mucho Rousseau, así como Cesare Beccaria, cuyo libro sobre los delitos y las penas está muy presente en esta obra a la hora de reflexionar sobre la justicia, los procesos, las condenas y la pena de muerte. Todo muy relacionado con el tiempo en que vivio, la época pre y postrevolucionaria. Mercier entró en La Bastilla al asalto el 14 de julio y, siendo luego girondino y no favorable a la ejecución de Luis XVI, estuvo preso por el Terror y a punto de ser guillotinado por su amigo Robespierre, destino aciago del que se salvó porque la cuchilla segó antes la vida de aquel. Un hombre rebelde, revolucionario, se decía, en tiempos conservadores y conservador en tiempos revolucionarios.  

Y, de París, al amplio mundo. Mediante un ardid literario, Mercier informa a sus contemporáneos de cómo serían las otras naciones y continentes 670 años más tarde: Inglaterra, Alemania, Rusia, España, la China, el Japón, la India, el África y América entera, en donde un esclavo negro, en valiente insurrección, emanciparía el continente entero, en una especie de premonición de la obra de Toussaint L'Overture.

Por supuesto, un libro explosivo, de crítica mordaz que hubo de editarse en el extranjero, especialmente en Inglaterra porque en Francia estaba prohibido. Y, si en Francia estaba prohibido, en España cabe imaginar: prohibido, encarcelado (sí, sí, encarcelado el libro bajo orden de la Inquisición) y quemado en la plaza Mayor por mano de verdugo, según lo dispuesto en tres reales cédulas. Por si alguien cree que exagero, copio textual del prólogo que le ha puesto María-Luisa Sánchez Mejía que sigue en esto el estudio de J. A. Alejandre "El año 2440: el poder regio y la Inquisición contra la utopía", publicado en 2006 en Dykinson, Madrid, porque se vea qué país hemos heredado: "Y aún hubo una Real Cédula, el 17 de marzo (de 1778), para fijar los castigos a quienes desafiaran la prohibición de comerciar con esa obra y para ordenar la entrega al verdugo del único ejemplar conocido hasta la fecha. Con gran observancia de las normas, el 30 de marzo el libro fue trasladado desde la cárcel real a la Sala de Alcaldes de Corte y, al día siguiente, custodiado por el alcalde hasta la plaza Mayor, entregado al escribano mayor de la Sala que, a su vez, lo puso en manos del verdugo. El pregonero leyó dos veces el texto de la Real Cédula para que todos conocieran las razones del acto que iba a tener lugar a continuación. En presencia del alcalde, de un oficial de la Sala y de dos alguaciles, el libro fue quemado hasta ser reducido a cenizas, según consta en el acta correspondiente."

Una digresión a propósito, esto de quemar libros es vieja costumbre de todas las épocas y condiciones. Todo el mundo se horroriza de las piras que organizaron los alemanes en la Kurfürstendamm en su época de barbarie, pero casi nadie, que yo sepa, ha dicho que la purga de la biblioteca de don Quijote, al comienzo de la novela, es otra penosa muestra de esta peregrina forma de ajustar cuentas con lo que no nos gusta. Es verdad que el episodio cervantino es imaginario y el de las bestias pardas muy real, pero comparten un elemento: el fuego, elevado después a metáfora en Fahrenheit 451. 

Era solo una digresión. Recupero mi narrativa. El libro fue quemado en España porque, entre otras cosas, condena a nuestro país por las barbaridades cometidas en Amèrica y, además, le niega el perdón que, sin embargo, si concede a los otros Estados europeos culpables también de crímenes en el Nuevo Mundo. 

Y no solo fue quemado. Jamás se tradujo ni se editó. Solo se cuenta una traducción publicada en México en los años ochenta del siglo pasado. En España, jamás.

Esta es la primera vez que se publica en España un libro quemado hace 238 años.

Estoy muy contento de haberlo traducido en la colección de utopías que dirijo en Akal.

martes, 29 de diciembre de 2015

La memoria tiene dueño

Richard Overy (consultor editorial) (2013) El siglo XX. Madrid: Akal. (320 págs).
------------------------------------------------------
Las editoriales suelen obsequiar a sus autores con algún libro suyo, de esos que son adecuados para regalos. Esta año, Akal me ha enviado esta especie de resumen del siglo XX, un buen ejercicio de fotoperiodismo de la centuria pasada, publicado originalmente en inglés, bien documentado, bien concebido y muy grato de leer.

En ocasiones se dice que el siglo XX ha sido el más corto pues, habiendo comenzado en la revolución rusa de 1917, terminó con la caída de la Unión Soviética, también Rusia, en 1991. Se trata, pues, de un siglo monotemático, pero con un tema grandioso: el siglo en que la utopía comunista se hizo realidad y tuvo tiempo para demostrar que en su seno se gestaba una de las más inhumanas y odiosas tiranías que haya conocido el planeta. Disponemos ya de numerosos análisis explicativos de cómo pudo producirse ese repentino derrumbe, pero ninguno, que yo sepa, desde una perspectiva marxista, siendo así que, al menos oficialmente, la URSS era un régimen inspirado en el marxismo. Sin embargo, los marxistas siguen callados. No me refiero a los escritos de los trotskistas que hablaban de la corrupción del régimen soviético, sino de obras de estudio e investigación marxistas. Silencio. El marxismo se creyó capaz de predecir el hundimiento del comunismo, pero no es capaz de explicar el del comunismo que es el que se ha producido. Los pocos partidos comunistas que quedan, seguidores del marxismo y de su curiosa perversión leninista, prefieren ocultar sus siglas y símbolos y, como IU en España, presentarse bajo otra denominación de origen, algo en lo que insisten, pues no les queda otro remedio. El trasvase masivo de miembros de IU a Podemos en España augura una operación  similar y, aunque por ahora, parece tener un relativo éxito, es cuestión de tiempo para que el fondo comunista del experimento acabe revelándose a los ojos de un electorado momentáneamnte embelesado con las apariciones televisivas de sus líderes.

Este fenómeno de unos militantes de una ideología, la comunista, que actúan en el seno de organizaciones que la ocultan es uno de los más curiosos fenómenos de psicología colectiva del siglo XX. El comunismo tiene una autoconciencia enraizada en la clandestinidad y este comportamiento desdoblado (somos de IU pero, en el fondo, somos comunistas; no somos de izquierdas ni de derechas pero, en realidad, sí somos de izquierdas), esquizoide caracteriza todas sus organizaciones y determina su comportamiento individual. Algún día volveremos sobre ello porque es fascinante para entender muchas otras cosas.

El siglo XX es el siglo del comunismo y el del fracaso del comunismo. Pero también es el de muchas otras cosas. Ha sido una centuria abigarrada, llena de sorpresas, invenciones, novedades, glorias y miserias. Como todas. Como lo será el siglo XXI. Pero, para nosotros, es el que encierra las claves inmediatas de muchos de los fenómenos coetáneos y por eso tiene más interés. Esta obra es un buen repaso, completo y documentado... desde un punto de vista inglés. Es decir, no es inocente. Los temas que se tratan evidencian una determinada perspectiva. Si el libro fuera francés, habría habido variantes. Por ejemplo, en lugar de dar importancia a la guerra de los bóers, a lo mejor comenzaba con el triunfo del Partido Radical y la separación de la Iglesia y el Estado en Francia. O daba más importancia al caso Dreyfus, que la tuvo. Algo que cien años después, los españoles aún no han logrado ni llevan camino de hacerlo.

Es más, este "anglicismo" de la visión mundial se observa en otro dato curioso: España no aparece como sujeto prácticamente en las 320 páginas del libro excepto para hablar de la guerra civil que fue el episodio español de mayor proyección internacional en ese siglo. Terminada la guerra civil, silencio; el silencio de la historia, eco del silencio que cayó como un manto sobre el país entero. Ni siquiera la famosa Transición merece una entrada en este repaso. Sí la hay para la Revolución de los claveles en 1974, en Portugal, pero no como preludio al fin de la dictadura en España, que ni se menciona, sino por derecho propio y para subrayar que, desde siempre, ha habido una relación especial de protección entre Inglaterra y Portugal que, de hecho, ha sido casi como una colonia o un "dominion" inconfeso de aquella. 

Es lógica esa perspectiva inglesa. La reina Victoria, epítome de la grandeza del imperio británico, murió en 1901, cerrando un siglo XIX que lleva su nombre y en el que la monarquía británica pasó a ser Imperio oficialmente pues la reina adoptó el título de emperatriz de la India. Lógico, pues, que los británicos comenzasen el siglo XX con una sobredosis de optimismo que los acontecimientos posteriores se encargarían de rebajar: la primera y la segunda guerra mundiales que quizá las democracias europeas no hubieran podido ganar sin la intervención de los Estados Unidos, la descolonización del África, la aventura de Suez en 1956, su tendencia al declive y estancamiento a partir de entonces que la revolución thatcherista de los años 90 no supo frenar, aunque lo prometió; y no solo no frenó sino que le añadió una nueva carga de desigualdad e injusticia social propia del neoliberalismo que otros países hemos padecido después.

Pero esa pérdida de hegemonía económica y militar vino, en parte, compensada por un aumento de su influencia política tanto en el seno de la Commonwealth como en la Unión Europea cuando, por fin, Gran Bretaña pudo ingresar tras la muerte del general De Gaulle que se oponía a su entrada y, como se ha visto luego, con muy buenas y poderosas razones. Compensada también con una enorme influencia cultural: el fenómeno de los Beatles carece de parangón en la historia. Y no solo la música: el cine, la literatura, el teatro, la moda, la ciencia ingleses estuvieron y están en primer plano en el mundo.

El siglo XX fue el del ascenso de los Estados Unidos a potencia mundial. Su intervención en la primera guerra de la mano del presidente Wilson y sus famosos 14 puntos para la paz fue decisiva para configurar el mapa de Europa en la posguerra. Por cierto, esta contienda tiene un tratamiento también típicamente inglés: se abre con dos páginas dedicadas a Gallipoli, episodio que, salvo los especialistas, el público no anglosajón casi ignora por entero. Pero, para los ingleses fue muy importante porque en él entraron en combate por primera vez efectivos de la ANZAC, esto es, tropas de Australia, Nueva Zelanda y el Canadá que sufrieron un desgaste terrible. Y junto a episodios más conocidos como el Somme o Verdun, de nuevo asuntos absolutamente británicos, como la guerra en Arabia y el fascinante asunto de Lawrence.

El resto del siglo, American Way of Life, la gran depresión, la ley seca y, en Europa, el ascenso de los totalitarismos, fascistas, nazis y comunistas. El camino hacia la segunda guerra mundial que, como es de imaginar, tiene un tratamiento detallado, desde Dunkerque hasta Hiroshima y Nagasaki. La guerra en el desierto, Pearl Harbor, el Pacífico. Una guerra verdaderamente mundial. Francia ocupada, De Gaulle, la resistencia, el maquis. Las atrocidades nazis. El Holocausto.

El mundo de la posguerra se inicia con el discurso de Churchill en Fulton sobre el telón de acero y la guerra fría: la contención, el muro de Berlín, la crisis de Cuba (el momento en que el mundo estuvo más cerca de una III guerra nuclear) y sus consecuencias, entre ellas las negociaciones para limitación de armamentos y la doctrina final cuyas siglas, MAD, apuntaban a la fundamental irracionalidad de la carrera armamentística: Mutual Assured Destruction. El mundo de Stanley Kubrick. No he encontrado (quizá se me haya pasado) referencia a la aportación alemana al fin de la guerra fría a partir de la llamada "Política del Este" (Ostpolitik) de la República Federal, origen de la conferencia de Helsinki y de la OSCE hoy activa. Pero sí al cierre de la guerra fría con la Perestroika y la Glasnost.

El relato no solo se refiere a asuntos políticos, militares y económicos sino que también trae interesantes resúmenes de corrientes artísticas, culturales y científicas por decenios: la agricultura, el arte y las vanguardias, la arquitectura (especialmente en los años 20), los automóviles de los años 40, el cine de los 50, la música en los 60, la medicina en los 70, la moda en los 80 y la tecnología en los 90.

Además de la visión anglosajona, hay huecos para otros países y partes del mundo muy interesantes de recordar y relacionar: la revolución cubana, la guerra civil del Congo, la guerra del Vietnam (en donde los Estados Unidos sustituyeron a Francia como potencia militar colonial solo para salir derrotados como habían salido los franceses de Dien Bien-Phu), la batalla de Argel, la revolución china y su aftermath, con la revolución cultural. Francia tiene un tratamiento de estrella en los años 60 por la revolución de mayo del 68, Praga por la de agosto del mismo año y Alemania retorna al escenario en los años setenta con el surgimiento de las guerrillas urbanas de la Rote Armee Fraktion, más conocida como "grupo de Baader-Meinhof".

Termina el repaso en los años 90 con la globalización y la apertura de la actual crisis económica.

Una última consideración, mirando el cambiante mapa de Europa en los cien años del siglo XX. En el llamado "viejo mundo", obsesionado con la seguridad de las fronteras, los Estados no han parado de moverse no solo territorialmente, sino también políticamente: Alemania ha cambiado varias veces de tamaño; Polonia ha aparecido, desaparecido y vuelto a aparecer, como el Guadiana; de los Países Bálticos no hablemos; y de los Balcanes, menos aún; Checoslovaquia se ha partido, como Chipre, mientras Alemania se ha reunificado; han desaparecido y aparecido Estados y han cambiado sus formas de gobierno. Compárese con  las Américas: los mismos Estados que accedieron a la independencia a fines del XVIII y el XIX son los que hay ahora, con leves cambios territoriales y frecuentes transformaciones de democracias en dictaduras y dictaduras en democracias. Pero nada más.

Europa es un continente de experimentación. Está vivo.

domingo, 13 de diciembre de 2015

La política, el amor y la guerra.

En el Centro de Exposiciones Arte Canal de Madrid hay una sobre Cleopatra curiosa de ver. No es una exposición al estilo ordinario con una muestra sobre un personaje o una obra o un estilo o un tema monográfico de algún arte, sino un género algo distinto, una mezcla de exposición y espectáculo con un claro carácter comercial. La exposición actual sobre el Titanic en el Centro Fernando Fernán Gómez, del ayuntamiento, es algo parecido olo que mucho más cara. Esta de Cleopatra cuenta hasta con un teaser en la red. Está bien concebida, es agradable de visitar, tiene una finalidad más lúdica que investigadora y tiene con fuertes apoyos pedagógicos. Casi es más lo que se narra de diversas formas (mediante leyendas en las paredes, tablets y vídeos) que lo que efectivamente se muestra que, por lo demás, tampoco es de extraordinaria calidad ni originalidad.

Las piezas expuestas, procedentes de muy diversos museos son, en general, de facturas modestas, copias u objetos de escaso valor museístico, un par de esfinges de granito rosa muy desgastadas, algunos bustos helenísticos, varios como retratos de Cleopatra, muchos camafeos, joyas, pendientes y utensilios diversos, estatuas con mezcla de influencia griega y egipcia, frescos bastante pobres de Pompeya y Herculano y algún retrato mal conservado de  Fayum.  Alguna estatua tiene interés, en concreto una en basalto de la propia Cleopatra como Isis que a ella los gustaba representar porque si los faraones eran dioses, la faraonas habían de ser diosas. Por supuesto, se agradecen un par de sarcófagos de momia, también bastante pobres y algunas reproducciones de animales, como un  cocodrilo y an par de estatuas de dioses cinocéfalos de procedencia egipcia. Por lo menos, ambientan.

Hay algunas piezas que pueden resultar más curiosas, por ejemplo un busto de Serapis, que permite visualizar la divinidad sincrética, inventada en Alejandría en la que se fundían Apis y Osiris por parte egipcia y Zeus y Poseidon por parte griega, para dar origen al dios Serapis, cuyo culto se incorporó al panteón romano y se extendió por todo el Mediterráneo. Su centro, claro es, en el Serapión de Alejandría. También un papiro íntegro, procedente, creo del Museo de Historia del Arte de Viena, en el que se representa una psicostasis o escena completa del juicio de Osiris del Libro de los Muertos. Siempre me ha llamado la atención esta antiquísima creencia, evidentemente relacionada con la leyenda cristiana del juicio final, en la que Anubis procede a pesar en una balanza la vida del reciente difunto, representada por su corazón, que se deposita en un platillo de la balanza y, en el otro, una pluma. Si el difunto no pasa la prueba, es destrozado por un monstruo. Si la pasa, su Ka, su alma, sobrevive en su cuerpo momificado.

La exposición está dividida en seis ámbitos, cada uno de ellos dedicado a evocar aspectos de la vida y tiempo de Cleopatra: Egipto, los Ptolomeos, Cleopatra, Egipto en Roma, Cleopatra en el arte, Cleopatra en el cine, teatro, opera, ballet y Egipto en España, por supuesto de muy desigual valor. Los cuatro primeros se ayudan además por dos vídeos en los que se narra y reproduce la historia que es contexto del personaje así como la vida de este. Viendo el relato en su conjunto, así en un orden divulgativo, queda claro que el interés principal no reside en la historia de Cleopatra, sino en el que la hizo posible: Alejandro Magno y su creación de Alejandría. Aunque el macedonio no llegó a ver construida su ciudad, esta acabó dominando culturalmente el Mediterráneo cuando el general Ptolomeo puso en ella su capital y declaró Egipto independiente del imperio alejandrino. En realidad es el comienzo de la riquísima época helenística, caracterizada por su acumulación no solo de dioses, sino también de filosofías, lenguas, culturas, artes, a través de Alejandría, centro comercial del mundo, cuyo faro era una de las siete maravillas y cuya biblioteca, incendiada por accidente a consecuencia de una medida de Julio César, era centro del saber humano. 

Es la época lo fascinante. Cleopatra es una peripecia personal. Pero, a su vez, simboliza su tiempo y en su historia, entreverada de leyenda, late una pasión y un  interés que han fascinado a literatos, sobre todo dramaturgos (como Shakespeare y Bernard Shaw), pintores o músicos. Es una historia de pasión, de guerra, intriga, luchas por el poder. Comienza en el primer triunvirato (César, Pompeyo, Craso) y termina en el segundo (Octavio, Marco Antonio y Lépido), en mitad de las guerras civiles de Roma y deja a su paso un reguero de asesinatos, suicidios, saqueos, persecuciones, venganzas, victorias y derrotas por tierra y mar. 

Cleopatra tenía ambiciones de conservar el trono de un Egipto que ya había heredado de su padre como una especie de protectorado encubierto de Roma. Al recibirlo empezó reinando con un hermano y luego con otro con los cuales se enfrentó a muerte hasta que se quedó sola gobernante. Se casó con ambos sucesivamente, pues los griegos de la dinastía Ptolomea no solo adoptaron cultos, ritos y formas egipcias sino también su costumbre de que los faraones se casaran con su hermanas, con lo que mantuvieron el incesto como provisión de la dinastía. Utilizó para sus fines todas las artes, las bélicas y las eróticas, fue de consuno con Marte y con Venus. Sedujo primero a César, con quien tuvo un hijo y, luego, tras el asesinato de este, volvió a Egipto solo para verse de nuevo inmersa en los planes de Roma para Egipto, momento en que también sedujo a Marco Antonio, con quien tuvo tres hijos. El arte ha sublimado esta seducción con la leyenda de cómo Cleopatra convenció a Marco Antonio bebiendo una copa de vinagre en la que había disuelto la perla más grande del mundo. En algún lugar hay un magnífico fresco de Tiépolo representando esta escena. Son los mimbres de las fábulas. Es fama la belleza de Cleopatra pero Plutarco dice que cautivaba por la palabra porque era una mujer muy culta que hablaba muchas lenguas. De hecho, parece que hablaba egipcio, lengua de sus súbditos que los Ptolomeos se habían negado a aprender.

El ambiente dedicado a las representaciones pictóricas de Cleopatra, como el resto de muestras de la exposición, mediocre. Vemos un boceto de Miguel Ángel, una Cleopatra de Waterhouse y otra de Fernand Khnopf y el resto anónimos, obras de taller y artistas poco conocidos. Siendo así que hay Cleopatras de Alma Tadema, Gêrome, del citado Tiépolo y de muchos otros autores al ser un tema, especialmente la muerte de la faraona, al que los pintores suelen recurrir porque justifica el desnudo.

El sentido comercial se acentúa en el penúltimo ambiente, el de Cleopatra y las artes escénicas en la que se recuerda que la historia se ha llevado al cine seis veces y haciendo hincapié en el hecho de que el papel fue siempre codiciado por grandes actrices. Soy capaz de recordar cinco de las seis: Teda Bara, Claudette Colbert, Vivien Leigh, Sofia Loren, Elizabeth Taylor. Hay abundacia de elementos escenográficos de cine y ballet y bastantes figurines, muchos de ellos obra del gran Leon Baskt, que trabajaba para el ballet Djiaguilev.

En fin, un buen sitio para solazarse en otra época al comienzo de la nuestra y a donde puede llevarse a los niños porque hay abundancia de talleres infantiles.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Las pobres no sabían lo que les esperaba.

Con motivo del centenario de la creación de la Residencia de Señoritas como grupo femenino de la Residencia de Estudiantes, creada, a su vez, en 1910, esta alberga una documentada y cuidada exposición, sobre aquella, muy bien comisariada por Almudena de la Cueva y Margarita Márquez Padorno. Abarca de 1915 hasta 1936 y más allá, en los años del franquismo aunque, naturalmente, solo como apéndice porque, como cabe imaginar, los fascistas no iban a tolerar un centro de educación superior para mujeres y, como todo lo que tocaban, y tocan, la convirtieron en una farsa, una burla, una triste muestra de la cerrazón mental y el machismo de esa gente.

Año 1910, 1915, los años veinte, treinta, el llamado siglo de plata español, cuando florecían los Garcia Lorca, los del 27, Dalí, Buñuel, (todos residentes), los Juan Ramón, los Machado, Unamuno, Ortega, Azorín, etc., etc., pero también las Victoria Kent, Clara Campoamor, Zenobia Camprubí, Maruja Mallo, María de Maeztu, etc., etc,. Gracias a los esfuerzos de la Junta para la Ampliación de Estudios (JAE), creada en 1907 y presidida por Ramón y Cajal, asistido por el infatigable José Castillejo, foco poderoso de fomento de la ciencia, las humanidades, el saber en general, que becó a cientos de jóvenes investigadores y científicos y subvencionó sus viajes y estancias en centros extranjeros, España conoció en aquellos años una explosión de creatividad que justifica aquel título. A su vez, la JAE, fue el resultado del prestigio de la Institución Libre de Enseñanza, organismo de educación superior que se nutríó con los catedráticos de la central expulsados a partir del siniestro decreto Orovio, dirigido por Giner de los Ríos. Giner introdujo en España las ideas del filósofo alemán Karl Christian Friedrich Krause hoy casi desconocido en su propio país, pero muy influyente en este a través del krausismo que trajo con él Julián Sanz del Río, el maestro de Giner.

La Residencia de Estudiantes y subsiguiente Residencia de Señoritas son resultado del krausismo de la Institución Libre de Enseñanza (ILE). Entre los rasgos característicos de su enfoque filosófico y educativo se contaba en primerísimo lugar la equiparación de las mujeres y los hombres en la educación, cosa revolucionaria en España en donde hasta 1910, precisamente, no se derogó la norma que exigía a las mujeres un permiso especial para estudiar en la universidad. Algunas de las mujeres que accedieron a estudios universitarios en el siglo XIX, como María Goyri o Pardo Bazán lo hicieron en condiciones casi heroicas. Por ejemplo, Concepción Arenal iba a las clases de Derecho vestida de hombre. El krausismo y la ILE querían acabar con esta discriminación y, dicho y hecho, en 1915 nacía la Residencia de Señoritas en un palacete en la calle Fortuny que hoy ocupa la Fundación Ortega-Marañón con el adjunto edificio Arniches, actualmente también en uso.

Antes de seguir, una breve observación para quienes aún no hayan caído en lo significativo y simbólico oculto, latente de este asunto. Residencia de Estudiantes, o sea, de chicos y chicas, ¿no? Ni hablar. Solo de varones. ¡Ah! Pero los términos que acaban en "ante" o "ente" (caminante, viandante, paseante, combatiente, representante) ¿no incluyen a ambos sexos según las gentes que niegan la estructura patriarcal del lenguaje y tachan de "políticamente correctos" con sorna a quienes defendemos lo contrario? Al fin y al cabo, he oído por ahí, esa terminación "ente" viene de ens, entis y no tiene género. ¿Seguro? Entonces ¿por qué las chicas fueron a su propia residencia? Y, sobre todo, ¿por qué no se llamó la nueva casa Residencia de Estudiantes II si no se quería llamarla Residencia de Estudiantas? Obviamente, porque en el primero había estudiantes y en el segundo señoritas. Por si no estuviera claro: el término estudiantes no incluía a las mujeres. Es más, ya veríamos si las mujeres llegaban a estudiantes. De momento y por si acaso, señoritas. 

En fin, vamos allá. La exposición está muy bien. Por la Residencia de Señoritas pasaron generaciones enteras de mujeres que formaron una especie de elite de la vida española y hubieran dado mucho más de sí de no haber ganado la guerra los fascistas y nacionalcatólicos: María Zambrano, las mencionadas más arriba, Delhy Tejero, Joaquina Zamora, Marina Romero, Josefina Carabias, Maria Luz Morales, quien, por cierto, crearía en 1931 una Residencia Internacional de Señoritas Estudiantes en Barcelona (estas catalanas, siempre poniendo los puntos sobre las íes: "internacional" y "estudiantes"), África Ramírez de Arellano, Encarnación Aragoneses (Elena Fortún), Ernestina de Champurcin, las hijas de Sorolla o su sobrina. A propósito del autor de ¡Y dicen que el pescado es caro! lucen en la exposición algunos bocetos y bosquejos del propio autor valencianpo y un par de bustos bastante de buenos de su nieta, Helena Sorolla. Debe recordarse, de todas formas, que el asunto no tiene mayor misterio: el pintor vivía prácticamente en la acera de enfrente de Martínez Campos, un poco más arriba, en donde está hoy el Museo Sorolla. Volviendo al personal de la Residencia, allí anduvieron también como docentes ocasionales y conferenciantes personalidades como Ortega, Lorca, Azorín, Alberti, Gerardo Diego, Bergamín, Victoria Ocampo, María Montessori, Marcelle Auclair, Gabriela Mistral, etc. Mucho para la época, aunque muy poco si se compara con la febril actividad de la Residencia de Estudiantes en aquellos años.

Pero hay más. No sin melancolía, hay que reconocer que esta Residencia de Estudiantes, probablemente no hubiera sido posible o lo hubiera sido en menor importancia sin la actividad en España (en 1892 en Santander y 1903 en Madrid, calle de Miguel Ángel) del International Institute for Girls in Spain, fundado por el matrimonio de misioneros protestantes de Massachusetts, William Gurlick y Alice G. Gurlick con la intención de hacer adelantar la condición de la mujer en España. Para los protestantes anglosajones España, último cerril reducto del papismo más fiero, siempre ha sido una tentación. Recuérdese a George Borrow y su viaje a la Península a predicar la Biblia. Y con él, muchos otros, inútilmente dedicados a conseguir que los españoles se aficionasen a la lectura directa de la Biblia (según el ideal evangélico) en lugar de permitir que se la cuenten los curas. Poco conocimiento de los españoles revelaban estas buenas gentes pues, aunque supieran leer (el analfabetismo en España a comienzos del siglo XX era de un 85% de la población), no irían a la Biblia.

El caso es que este IIGS pronto anudó lazos con la JAE y con la Asociación para la Enseñanza de la Mujer (AEM) que algunos beneméritos varones como Fernando Castro, Rector de la Universidad Central, pusieron en marcha en los años setenta del siglo XIX y gracias a la cual se consiguió que, poco a poco, las mujeres fueran accediendo a ciertos oficios y profesiones, considerados propios de su sexo, como el de taquígrafa, mecanógrafa, institutriz y cosas así. Risum teneatis amici: fue un adelanto enorme en la época. La amistad entre Susana Huntington, directora del IIGS, y María de Maeztu que lo sería de Residencia de Señoritas desde 1915 hasta 1936, posibilitó un funcionamiento magnífico de esta (actividades al aire libre, profesorado estadounidense, prácticas de laboratorio, una biblioteca espléndida de más de 14.000 volúmenes) así como el intercambio de estudiantes entre España y los Estados Unidos, con las españolas haciendo estancias en algunos colleges femeninos de la costa Este de los Estados unidos. Todo ello y muchos otros aspectos de esa interesante aventura pedagógica que, luego conectaría con las Misiones Pedagógicas de la República, está muy bien documentado en la exposición con todo tipo de piezas: fotos, manuscritos, diarios, cartas, periódicos, libros, cuadros, etc. Acaba uno muy impuesto de lo que fue la vida y obra del pendant femenino de la Residencia de Estudiantes.

La historia de la citada María de Maeztu, en el fondo, condensa el drama vivido por esta institución desde el fin de la guerra civil. De Maeztu dimite en septiembre de 1936, al comienzo de la guerra civil, conmocionada por el asesinato por los republicanos de su hermano Ramiro, con cuyos ideales tradicionalistas comulgaba porque, aunque aplicaba los principios krausistas en la Residencia, ella era mucho más conservadora en su actitud. Exiliada luego en la Argentina, a donde intentó trasladar la ILE y la Residencia, no lo consiguió y la muerte la sorprendió a mediados de los cuarenta, preparando su vuelta a España pues ella, a diferencia de otras mujeres alumnas o profesoras de la Residencia, como María Zambrano, Zenobia Camprubí, María Teresa León, etc, podía volver sin temor a represalias.

Muchas de aquellas residentes se exiliaron, otras se sumieron en un exilio interior y tardaron mucho en reemerger, como Josefina Carabias y otras, por fin, colaboraron con la Dictadura desde el primer momento como la que fue su primera directora en el franquismo, Matilde Marquina García, residente entre 1932 y 1934 que aceptó la tarea de fascistizar la casa y depurarla de personal "desafecto". Muy amiga de Pilar Primo de Rivera, convirtió la Residencia en el Colegio Mayor femenino Teresa de Cepeda, en el que se impartían cursos de la Sección Femenina de la Falange. Merece la pena comprobar el contraste entre las fotos anteriores a 1936 y las posteriores a 1940: falangistas de camisa azul brazo en alto con el correspondiente cura también con el saludo fascista por si alguien se olvida del papel que correspondió a la Iglesia en la Sagrada Cruzada contra el comunismo y la masonería y los cuarenta oprobiosos años posteriores.

Merece especial atención el acopio de obra gráfica de la exposición, tanto por los fondos que allí fueron depositándose de artistas ajenos como por la obra que se guarda de las propias rsidentes. singularmente Maruja Mallo, de la que hay abundante obra, como su famosa verbena y algunas otras piezas con evidentes rasgos surrealistas. Igualmente hay bastante de Delhy Tejero incluido un curioso autorretato. Destaca un interesante retrato de María de Maeztu pintado por su otro hermano, Gustavo, republicano y anticlerical. Algunas piezas de influencia cubista y bocetos para escenografías de Victorina Durán. Igualmente un magnífico retrato de María Zambrano por Gregorio Toledo y los citados bronces de Helena Sorolla, Saeta y un busto de su abuelo.

El lado femenino de la Generación del 27, del Siglo de Plata, otra ocasión que pudo ser pero, como siempre en España, no fue.

La exposición merece la pena. En algún lugar (un vídeo, creo) hay una cita de Carmen Martín Gaite que, con su fino ojo de novelista, cuenta cómo de chica le gustaba ver aquellos rostros alegres de las muchachas del pelo corto (llevar el pelo corto también fue un derecho que las mujeres tuvieron que conquistar) y añade con esa trágica sencillez que la caracterizaba: "las pobres no sabían lo que les esperaba".

domingo, 6 de diciembre de 2015

Anhelo de perfección

En el museo del Prado, un acontecimiento: la primera retrospectiva de J. A. Dominique Ingres en España, país en el que no hay un solo cuadro del pintor, fuera de un boceto o algo así en poder de los duques de Alba. Probablemente por su carácter excepcional, la exposición fue inaugurada por la Reina Letizia. Debió de ser divertido ver a esta señora, de delgadez dicen que anoréxica, pasear entre las redondeces eróticas de los desnudos del autor de La gran odalisca. ¡Qué cosas tiene el protocolo!

La muestra trae unos cincuenta lienzos de los más famosos del autor, procedentes de medio mundo, especialmente del Museo del Louvre, y es un  repaso de toda su obra, desde sus primeros trabajos preparatorios para su objetivo del comienzo de conseguir el premio de Roma de la Academia hasta la los últimos poco antes de morir a la provecta edad de 87 años. Faltan algunos de los más célebres, como La fuente o la Apoteosis de Homero, pero el aficionado podrá contemplar muchas obras de universal aclamación, ejemplos únicos de una labor cuyo norte fue siempre alcanzar la perfección. Algunos de sus trabajos más conocidos le llevaron veinte años, realizaba innumerables bocetos preparatorios y es leyenda que, siempre que podía, al hacer los retratos, primero los pintaba desnudos y luego los vestía, de forma que los atuendos siempre están ajustados el cuerpo que visten.

Ingres es inclasificable. Su maestro Jacques-Louis David lo llevó a la vía del clasicismo y la pintura histórica, pero Ingres tiene su propio genio. Basta comparar algunos de los temas que los dos trataron. Por ejemplo, el episodio de Antíoco y Estratonice. El que se ve en la exposición es lo mismo que el de David, los mismos personajes y el mismo momento, pero son muy distintos. Ambos artistas, David y Ingres son de la era napoleónica. Los dos retrataron al emperador. Pero mientras David lo hizo a caballo, cruzando los Alpes y compartiendo la gloria con Alejandro y Aníbal, Ingres lo pintó una vez como Cónsul y otra como Júpiter sentado en trono. Los dos pueden verse en la exposición. Lo de Júpiter no es exageración. Napoleón reproduce la figura de Júpiter también pintada por Ingres, aunque no figura aquí, en su cuadro Júpiter y Tetis, cuando la náyade va a implorar al padre de los dioses por la vida de su hijo.

La pintura histórica, impregnada de clasicismo, muy común en la época, cultivada por artistas señeros como Meissonier y Vernet, dominaría el gusto del siglo hasta la irrupción de la primera vanguardia impresionista, ya en el último tercio. Pero en el caso de Ingres, ese clasicismo se mezcla de goticismo y revela un fondo romántico. Que yo sepa pintó dos escenas del poema de Ossian, ambas muy parecidas. Aquí encontramos una de ellas, el sueño de Ossian, una magnífica composición que representa al bardo imaginario durmiendo junto a su lira mientras el resto del cuadro se llena con las figuras de la supuesta epopeya gaélica que un poeta moderno se había sacado de la cabeza. La composición es extraordinaria como representación plástica del reino de la leyenda, como la ensoñación de una brumosa mansión de los héroes o Walhalla..

La pintura histórica bebe inevitablemente en fuentes literarias, otro de los fuertes de Ingres. El cuadro con el que acabó ganando el Premio de Roma, Los embajadores de Agamemnón ante Aquiles es una interpretación formalmente perfecta pero cargada de moralina heterosexual que la hace parecer amanerada aunque, en realidad, es divertida. Aquiles y Patroclo están dando la nota y entre los embajadores cunde el bochorno y el escándalo: Ayax retrocede asustado y Néstor no quiere mirar.  De la literatura, del Orlando furioso, procede el cuadro de Ruggiero y Angelica. Romanticismo a chorros por tema y violencia de la composición, así como el morbo de Angelica desnuda e inerme encadenada a la roca y vigilada por tremendo monstruo. Y de la literatura procede asimismo otro famoso lienzo, reproducido hasta la saciedad en nuestra época, Edipo y la esfinge, que da una interpretación del futuro rey de Tebas muy influyente luego en la pintura simbolista al estilo de Moreau. 

Los desnudos, los famosos desnudos, escándalos de su tiempo, ocupan una parte importante de la exposición, especialmente el de La gran odalisca, un hito en la saga de los desnudos femeninos yacentes que empiezan con Giorgione y llegan al día de hoy. De este se resalta que esté de espaldas y gire la cabeza para mirarnos. Claro, de no hacerlo, hubiera necesitado un espejo, que es de lo que se vale la Venus de Velázquez, otro de la serie. Menos se resalta, me parece, que el turbante de la odalisca es, precisamente, el de la Fornarina de Rafael, que también aparece en el retrato que Ingres hizo del otro pintor que, junto a David, forma el bagaje creativo de Ingres. Todos sus desnudos son rafaelescos. Pero tienen algo que los proyecta al futuro y los convierte en modelos de la pintura de Bouguereau, Cabanel o Gêrome, mucho más afectados.

La galería de retratos está bien representada con algunos de los más logrados y reconocidos, como el de la Condesa de Haussonville, que figura en la reproducción de reclamo. De todos modos, siempre encuentro mucho más interesante en este asunto los autorretratos. Hay tres extraordinarios, uno, al comienzo de su carrera, un joven lleno de proyectos y otro al final de ella, ya octogenario lleno de introspección. El tercero es un autorretrato de oportunidad: en el imponente cuadro histórico que representa a Juana de Arco en el momento de coronar a Carlos VII, esto es, la recuperación de la Francia de los Capetos y el nacimiento de la Francia moderna, se autorretrata como escudero de la doncella de Orléans. Si Boticelli se retrató entre los pastores que iban a adorar a Jesús, el Caravaggio presenciando el prendimiento de Jesús en el huerto de los olivos y Delacroix (la contrapartida de Ingres) acompañando a la libertad en las barricadas de la revolución de 1830, ¿por qué no iba Ingres a presenciar le sacré du roi 500 años antes?

En fin, muy interesante exposición. 

viernes, 4 de diciembre de 2015

Todo el mundo miente.

Eduard Puigventós López (2015) L'home del piolet. Biografia de l'assassí de Trotski. Barcelona: Ara Llibres. (620 págs.)
-----------------------------------------
El asesinato de Trotsky a manos del comunista catalán/español Ramon Mercader es uno de los acontecimientos contemporáneos sobre los que más se ha escrito. Hay memorias, ensayos, novelas, reportajes, películas para llenar una pequeña biblioteca. Se suma ahora esta biografía del asesino, que es la tesis doctoral en Historia del autor. Es un texto académico, minucioso, sistemático y una verdadera biografía, que narra desde el nacimiento a la muerte del biografiado y, por tanto, un documento que quedará como fuente de información para cuantos se sientan atraídos por el episodio en sí y por la personalidad del asesino. Porque 75 años después de aquel crimen en la casa de Coyoacán, México, D. F., el hecho sigue suscitando vivo interés y mucha curiosidad, como si todavía quedara algo por saber, alguna clave oculta, algún dato que permita interpretar algo tan peculiar como anodino a la par que misterioso, intrigante y revelador dentro de su vulgaridad y su miseria. Como si en el momento culminante, de todos conocido y mil veces relatado,  en que un hombre al servicio de la NKVD, entra en el despacho del viejo revolucionario comunista, último opositor de categoría a Stalin, y lo asesina hincándole un piolet de alpinista en la cabeza, hubiera un misterio oculto que todavía quedara por resolver.

Y, en efecto, así es. Este crítico, sin ir más lejos, que ha leído buena parte (no todo, ni mucho menos) de lo que se ha escrito sobre este asesinato, mantiene una teoría sobre el significado y el alcance del hecho que la lectura de la interesante biografía de Puigventós no ha desbaratado, aunque tampoco confirmado. En definitiva, se trata de un libro académico, una acumulación de datos y hechos, pero con escasa, por no decir nula, intención interpretativa. Y lo fascinante de esta archiconocida historia, precisamente, es su significado, si alguno tiene.

Pero no vamos a adelantarnos. Propondremos nuestra interpretación al final, tras dar cumplida cuenta del libro en comentario que, efectivamente, es una magnífica biografía de corte clásico.

Ramon Mercader nació en Barcelona en 1913. Uno de los cinco hijos del acomodado matrimonio de Pau Mercader y Caridad del Río Hernández. La relación familiar fue tormentosa y terminó en divorcio no sin que antes Pau hubiera recluido a su mujer en un manicomio en 1924/1925 en una cura de desintoxicación de drogas, aunque no esté claro de si realmente se trataba de eso o de apartar a Caridad de las relaciones con elementos anarquistas y radicales catalanes de la época. La mujer no debía estar del todo bien porque tuvo un intento de suicidio en 1928 ya en Francia. Siempre se ha dicho que la acción de Mercader fue movida por su madre, que ejercía una enorme influencia sobre él. Y tal cosa queda atestiguada en el libro de Puigventós en varias ocasiones, aunque no con la fuerza de convicción que cabría esperar. De hecho, tras entrar en la cárcel mexicana convicto y confeso Mercader, la madre se esforzó por sacarlo de diversas formas (interfiriendo asimismo en los intentos en igual sentido de la NKVD que quiso recurrir al soborno (p. 455)) sin conseguir otra cosa que empeorar sus condiciones (p. 477). A partir de ahí las relaciones materno-filiales se deterioraron y, en los últimos años de Caridad, ya casi ni se hablaban (p. 527).  

La juventud de Mercader coincide con la guerra civil y, sobre todo, la guerra civil dentro de la guerra civil en Barcelona en 1937, achacada sobre todo a los anarquistas y trotskistas por los comunistas españoles, entre los cuales se contaban los Mercader, madre e hijo que, habiendo contactado con un agente de la NKVD, el bielorruso Nahum Isakovich Eitingon se pusieron incondicionalmente al servicio de Stalin a su través (p. 83) y del jefe de la organización en España, Alexandr Orlov, uno de los responsables directos del asesinato de Andreu Nin (p. 99). Fue la época en que la III Internacional, al servicio de Stalin, ordenó el exterminio de los trotskistas en todo el mundo como agentes de Hitler y Franco, trola que los Mercader jamás cuestionaron. Tras ser herido en el frente de Aragón, Ramon Mercader pasa a Francia, en donde se pierde su pista un tiempo y el autor opina que estaba siendo adiestrado por Eitingon en la incorporación de una personalidad falsa, el belga Jacques Mornard, sin que de momento se pensara utilizarlo como asesino de Trotsky (p. 174).

Puigventós intercala aquí un documentado capítulo sobre la trayectoria de Trotsky, desde su comienzo en la revolución de 1905 hasta su exilio en Alma-Ata primero, Prinkipo después y el comienzo de su errar por el mundo, siempre perseguido por los esbirros de Stalin: Francia (en donde, al parecer, la NKVD asesinó a su hijo Lev Sedov, tras haber asesinado antes a su nieto Serguei en Rusia), Oslo y, por último, México. El trasfondo, la biografía de Trotsky como comisario de asuntos exteriores (paz de Brest-Litovsk), jefe del ejército rojo, enfrentamiento con Stalin y maniobras de este en contra de los bolcheviques (Kamenev, Zinoviev, Bujarin, Radek, etc.) hasta exterminarlos a todos. El destino de Trotsky. 

En París, Jacques Mornard/Ramon Mercader seducirá a la joven y entusiasta trotskista Sylvia Ageloff, estadounidense de origen ruso, y, tras muchas peripecias, valiéndose de ella, que tenía acceso irrestricto a Trotsky, ya en México, conseguiría llegar hasta él y asesinarlo. En toda esta parte de la vida del revolucionario ruso, ya al final, tiene mucha importancia la rama trotskista en los Estados Unidos, en donde había un Comité de Defensa de León Trotsky y donde también se formó una comisión, presidida por el filósofo John Dewey para examinar las acusaciones de los soviéticos que, por supuesto, llegó a la conclusión de que todas eran maquinaciones de Moscú (p. 215).

El libro concentra el foco sobre este último año de la vida de Trotsky, 1940, para relatar el episodio del primer atentado que sufrió el exiliado a manos de los comunistas mexicanos dirigidos por el pintor David Alfaro Siqueiros. Trotsky tuvo bastante relación con el muralismo mexicano, era amigo de Diego Ribera e incluso tuvo un romance con la mujer de este, la también pintora Frida Kahlo, pues, entre otras cosas, residió una temporada en su casa antes de trasladarse a la de la vecina calle Viena, en Coyoacán, en donde murió y en donde está hoy enterrado junto a su mujer, Natalia Sedova. Este crítico conoce muy bien la casa pues la ha visitado varias veces, siempre en busca de alguna clave que le permitiera entender el crimen que en ella se cometió.

La decisión de asesinar a Trotsky la toma (o la transmite) Eitingon en junio de 1940 en compañía de Caridad Mercader y Ramon (p. 323). Por aquel entonces el Partido Socialista de América, de James Burnham y Max Schachtman se había escindido a raíz de la ocupación rusa de Polonia, Bielorrusia y Ucrania entre la minoría (para la que la URSS había dejado de ser un Estado obrero) y la mayoría, con Trotsky, según la cual la URSS seguía siendo un Estado obrero, aunque hubiera ocupado aquellos países. Burnham y Bruno Rizzi, (en La burocratización del mundo 1939) decían que la URSS había visto una "revolución" de los administradores (la famosa doctrina de Burnham de la managerial revolution)  y le había pasado como a la revolución francesa: había reemplazado una forma de dominación por otra (pp. 334/335). Jacques Mornard que, por entonces se llamaba, Frank Jacson, repentinamente convertido al trotskismo e interesado en esta polémica concreta, se ofreció a escribir un artículo sobre este asunto y enseñárselo a Trotsky. Se titulaba Tercer campo y frente popular (p. 338). Así llegó hasta él y, mientras Trotsky leía la pieza (cuya primera versión no le había gustado nada), lo asesinó. Leonid Eitingon y Caridad Mercader lo esperaban en un auto a poca distancia de la casa, pero tuvieron que irse cuando las cosas se complicaron (p. 373).

El proceso por el asesinato fue largo y estuvo lleno de altibajos y paradojas. Entre otros ejemplos de incidentes y dilaciones, el abogado defensor, Octavio Medellín Ostos, trató de obtener la nulidad de las actuaciones porque, no constando interrogatorio de dos policías que estuvieron en el lugar de los hechos, no se podía saber si, como sostenía la defensa, en realidad el asesinato fue en defensa propia de Mercader, pues fue atacado por Trotsky (p. 430). Siguió siendo Jacques Mornard aunque, según explica Julián Gorkín, su identidad era un secreto a voces, como lo prueba que fuera a verlo a la cárcel Sarita Montiel con su marido, el comunista Juan Plaza (p. 423). La verdadera identidad de Ramon Mercader no se conoció hasta 1950 (p. 445), pero él siguió siendo Jacques Mornard.

El libro vuelve a cambiar de perspectiva cuando Mercader sale por fin de la cárcel en 1960, habiendo cumplido veinte años de prisión, con un pasaporte a nombre de Jacques Mornard, aunque ahora su nacionalidad decía ser checoslovaca (p. 497). Tras una breve escala en Cuba, ya por entonces comunista, Mercader llegó a la Unión Soviética, en donde lo recibió el jefe del KGB,  Alexandr Nicolaievich Shelepin (p. 501). Poco después, el 8 de junio de 1961, se le concedió la medalla de héroe de la Unión Soviética, la Orden de Lenin (p. 503). Al fin al cabo, la NKVD condecoró en 1941 a seis personas que habían tenido directamente que ver con el asesinato de Trotsky, entre ellas, Caridad Mercader, y con el acuerdo de Beria y Stalin (p. 457) 

Mercader seguía siendo un comunista fiel. Las autoridades le dieron un buen piso en una zona residencial y acceso a las tiendas y servicios para cargos importante y extranjeros. Los de PCE también lo acogieron bien y, vista su formación, que había profundizado en la cárcel,  le dieron trabajo en la redacción de la obra colectiva Guerra y revolución en España, 1936-1939 que había de exponer la participación de los comunistas en la guerra civil,  pero su nombre acabó por no aparecer en la redacción final por discrepancias con la dirección del proyecto (p. 513). Para los comunistas españoles, como para los soviéticos, Mercader era un héroe y, al mismo tiempo, un personaje incómodo porque, al fin, era un asesino. El propio Mercader acabó por no sentirse a gusto en la URSS, por distanciarse de su partido, aunque sin articular críticas. Fueron  los años de las purgas en el PCE (Líster, Claudín, Semprún) (p. 532) que dejarían huella. Aunque había adoptado dos niños junto con su esposa, la mexicana Roquelia Mendoza Buenabad, con quien se casó estando aún en la cárcel, suspiraba por marcharse, en concreto a Cuba. 

Fue el propio Fidel Castro quien ordenó que lo autorizaran a ir a vivir allí. La familia lo hizo sin problemas. Al llegarle el turno a su vez, cayó enfermo y estuvo hospitalizado, no pudiendo salir de inmediato. Hubo sospechas de que lo habían envenenado (p. 544). Por último recibió permiso para salir de la Unión Soviética en agosto de 1974. En Cuba le asignaron un chalet en la colonia Miramar, barrio residencial (p. 546). Allí vivió, rodeado de comodidades, complementadas con un trabajo más o menos ficticio de "asesor" en el Ministerio del Interior, a donde iba cuatro horas todos los días. Hasta el final hizo vida bajo el nombre de Ramón López (p. 549). Murió de un cáncer de huesos o de las complicaciones derivadas de él y, lógicamente, resurgió la teoría del envenenamiento, por lo demás poco probable (p. 565). Está enterrado en Moscú.

El autor añade algunas reflexiones finales sobre Ramón Mercader. En su opinión, no fue escogido al azar para su tarea de asesino sino porque en él coincidían elementos que lo hacían idóneo, entre ellos el hecho de ser de lengua española (p. 580) y de estar totalmente entregado a la causa comunista.

Justamente aquí es donde, a modo de colofón, el crítico apuntará su interpretación. ¿Qué sentido tenía, qué beneficio para la oligarquía estalinista asesinar a un hombre huido de la URSS, a más de 10.000 kilómetros, exiliado, derrotado, rechazado de todas partes y que no podía hacer daño alguno? ¿Por qué exponerse a la condena mundial con un crimen cuya autoría intelectual acabaría descubriéndose y acumulando más desprestigio sobre la Unión Soviética como una dictadura cruel, vengativa y sanguinaria? ¿Tanta fuerza tenía el odio de Stalin, su inquina particular hacia una personalidad mucho más brillante que la suya y con una ejecutoria de revolucionario auténtico?

El crítico sostiene que este asesinato quizá pueda explicarse recurriendo a consideraciones sociales y políticas, sin olvidar, por supuesto, los factores personales. Y la primera de todas es el valor simbólico del hecho. Trotsky tuvo siempre fuerza y personalidad propia en la revolución soviética. Sus relaciones con Lenin eran más de igual a igual que las de los bolcheviques, empezando por el propio Stalin. De hecho, en la escisión de 1903, Trotsky se unió a los mencheviques y, al comienzo de la revolución de 1917, es claro que las famosas Tesis de abril, de Lenin, que impulsan la revolución hasta la toma del Palacio de Invierno, siguen la teoría trotskista de la revolución permanente. Trotsky, en realidad, era otro Lenin. Mientras él viviera, a pesar de Kronstadt y a pesar de todo, el espíritu soviético original subsistiría y serviría como espejo en el que podría observarse la degeneración del comunismo estalinista. Solo eliminándolo personalmente se apagaría la luz bolchevique, se legitimaría la dictadura de Stalin y su doctrina del socialismo en un solo país se impondría a la vigencia de la revolución permanente. Por descontado, esa eliminación serviría para dar una lección en el interior de la Unión Soviética y terminar de aterrorizar a cualquier núcleo de oposición que se organizara.

Con su piolet, Ramon Mercader no acabó solo con la vida de Leon Trotsky, sino con su símbolo y su doctrina.

Por supuesto, tiene razón Puigventós al decir que Mercader no fue escogido por casualidad. La influencia de la madre, Caridad Mercader, fue decisiva. Una de las conclusiones de las abundantes pruebas psicológicas y psiquiátricas a que se sometió a Ramon fue que tenía un fortísimo complejo de Edipo (p. 411). No obstante, el mismo autor reconoce que, entre las filas comunistas de entonces se hubieran encontrado abundantes voluntarios para llevar a cabo aquel crimen. Recoge una idea de Teresa Pàmies, comunista estalinista de primera hornada y esposa de Gregorio López Raimundo, el secretario general del PSUC, en el sentido de que, en aquella época cualquier militante comunista se hubiera prestado a la misión de matar a Trotsky (p. 381). El más alto honor de un comunista era obedecer ciegamente las órdenes del camarada Stalin.

La historia se complica extraordinariamente por su origen en el curso de la guerra civil española y su involucración con las actividades del PCE, la NKVD y la Unión Soviética, un sórdido mundo de maniobras oscuras, agentes dobles, espionaje, denuncias, ejecuciones extrajudiciales, secuestros, fusilamientos, juicios farsa, torturas, desapariciones, purgas, expulsiones: la historia del comunismo "realmente existente". Informa el autor de que la investigación de la vida de Ramon Mercader fue difícil porque, como dice Leonardo Padura, (el autor de  El hombre que amaba a los perros),  es una historia en la que todo el mundo miente (p. 584). Un rasgo característico de las muchas otras historias que afectan a los comunistas de la mayor parte del siglo XX, desde la del espía Willy Münzenberg a la de la deposición de Dubcek tras la primavera de Praga, pasando por las fosas de Katyn, la huida de Victor Kravchenko o la destitución de Gorbachov. Historias en las que todo el mundo miente.

viernes, 9 de octubre de 2015

Gran Bretaña, años 80.


Hoy, viernes, 9 de octubre, Palinuro participa en un coloquio organizado por el Departamento de Historia Contemporánea de la UNED sobre la Gran Bretaña de la época de Margaret Thatcher. Comparto mesa con el eximio Nigel Townson.

Líder del Partido Conservador de 1975 a 1990 y primera ministra de 1979 a 1990, la dama de hierro cogió las riendas de un Reino Unido que se encontraba en un momento delicado de su historia, con alguna conciencia de decadencia, incómodo dentro de la CE, en la que acababa de ingresar, con una crisis galopante en las estructuras del Estado del bienestar y cierta hegemonía de la izquierda política y sindical. A su modo y, con su peculiar personalidad, determinada y elemental, se propuso reconstruir la sociedad británica con un retorno a las políticas económicas liberales, derrotar a la izquierda y, en definitiva, reconstruir la tasa de beneficio del capital, en claro descenso. Fue el suyo un típico de gobierno de clase. Con ella se inició las ola de privatizaciones que culminó en el mandato de Tony Blair, también conocido en broma como Tory Blair y se jibarizó el potente Welfare State británico que pusieron en marcha los laboristas en la postguerra a raíz del Informe Beveridge.

En el orden internacional, su acción fue no menos determinante y, por su decisión, contundencia, intransigencia y belicosidad (claramente manifiesta en la guerra de las Malvinas) consiguió elevar asimismo el prestigio exterior del Reino Unido, así como su peso a través de la special relationship con los Estados Unidos. Selló una buena relación y hasta amistad con Mijaíl Gorbachov, lo cual fue asimismo decisivo para propiciar el desmantelamiento de la URSS y el fin de la guerra fría en 1991, un año después de que una sublevación interna de barones del Partido Conservador, la expulsara del liderazgo del partido y del gobierno.

Hablaremos de todo ello a partir de las 18:00 en el Salón Siglo XXI del Excmo. Ayuntamiento del Real Sitio de la granja de San Ildefonso.

Todo el mundo bien venid@.

viernes, 18 de septiembre de 2015

El final de los imperios.


Cuando, hace ya algunos años, vi la película de Ridley Scott, Gladiator, los planos de Russell Crowe (Máximo) entrando o saliendo de su mansión campestre en España, me trajeron a la memoria la villa romana de la Olmeda en Pedrosa de la Vega, provincia de Palencia.  Son las escenas en flash back en que el general  recuerda sus campos cultivados y su vida familiar en compañía de su mujer y su hijo asesinados luego por orden del emperador Cómodo, quien también ordena destruir e incendiar la mansión para castigarlo por negarse a acatarlo como emperador. Imposible no ver en la memoria, o quizá imaginar, los campos cercanos al río Carrión en los que algún noble romano hizo construir su mansión hacia el siglo IV, muy cerca de otra villa anterior, del siglo I, más en la época de Cómodo, pero destruida en el siglo III. No se conocen los nombres de los propietarios del latifundio, aunque hay señales de que uno de ellos pudiera haber sido Asturius, general quizá de Constantino o Teodosio, como Máximo lo era de Marco Aurelio.  La villa de la Olmeda, obra tardoimperial, fue destruida a lo largo del sigloVI. Visión y recuerdo, en la película y en la realidad. Así que este verano hicimos una escapada a Pedrosa de la Vega y, luego, a Saldaña, en cuya iglesia de San Pedro se conservan muchas piezas arqueológicas procedentes del latifundio y dependencias adyacentes así como necrópolis, a ver cómo seguían las excavaciones.
 
Porque la primera vez que la visité fue a mediados de los ochenta  después de que el ingeniero agrónomo Javier Cortés, propietario del terreno, donara el conjunto a la diputación de Palencia para que prosiguiera las excavaciones. Él hizo el primer descubrimiento por casualidad en 1968 y, durante doce años, fue desenterrando construcciones, reparando mosaicos, ampliando lo excavado, hasta que vio que era una tarea superior a sus posibilidades e hizo la donación de lo que está considerado como uno de los mayores yacimientos arqueológicos europeos y una de las mayores villas de todo el imperio romano. El hallazgo de una vida.
 
 La diputación reabrió el sitio en 1984 al tiempo que seguía ampliando las excavaciones. Desde entonces se han hecho muchas ampliaciones y, aunque la parte rústica queda por descubrir, la urbana está ya toda a la vista, en magnífico estado de conservación y muy cómoda visita mediante unas pasarelas fijas que permiten contemplar los mosaicos del oecus, la parte noble. Son muchas las habitaciones que conservan mosaicos y para observarlos es muy útil una detallada guía de José Antonio Abásolo y Rafael Martínez, catedráticos de Arqueología de la Universidad de Valladolid. Hay multitud de dibujos, pautas, formas y colores, motivos vegetales y sobre todo geométricos. Llaman la atención las cruces gamadas tranto dextrógiras como levógiras, por razones comprensibles porque parece que son signos iranios pero que obviamente habían hecho un largo recorrido. También la primera vez que visité el lugar me llamó la atención una cantidad regular de conchas de ostras que testifican de cierto lujo en el vivir, hoy reducidas a una pequeña muestra pero igualmente significativa.
 
Los dos conjuntos de mosaicos más interesantes tienen motivos figurativos y muy curiosos. Uno de ellos representa el episodio en que Ulises, "el de los mil trucos", según Homero, descubre a Aquiles, disfrazado de  doncella entre las hijas del Rey Licomedes, a donde le había llevado su madre para evitar que fuera a la muerte en la guerra de Troya. Es un tema que se repite mucho en la pintura del clasicismo y el neoclasicismo porque es muy sugestivo, el del reto para el artista de representar el momento en que surge el hombre en ímpetu viril y belicoso del cuerpo de una dulce joven y el pasmo e intriga de su compañeras.
 
El otro mosaico también muy bien conservado son figuras de animales, leones, ciervos, etc en escenas de caza, muy vivas, muy fidedignas pero, eso, escenas de caza que nunca me han parecido especialmente interesantes, aunque sin duda tienen mucho mérito.
 
El palacio es una maravilla de proporción y variedad. Con la guía de Abásolo se pueden ir siguiendo los conductos del sistema de calefacción del hipocausto porque es fácil imaginar el frío que debe pasarse en invierno en Palencia, clima continental. Igualmente es magnífico el complicado sistema de baños con todos sus apartados y diferentes funcionalidades.
 
A la entrada se erige una arcada minuciosamente recostruida con las piezas auténticas que se encontraron dispersas y enterradas. Da paso al peristilo, el patio interior cuadrado que reproduce a escala menor del cuadrilátero del palacio, flanqueado por cuatro torres y que, en su tiempo, constaba de dos plantas.
 
Esta villa era el centro, casi una pequeña ciudad, de una intensa actividad agropecuaria en la que interactuaban personas de muy diversa condición, criados, esclavos, libertos, ciudadanos romanos, la familia, los comerciantes y extranjeros, muchos de ellos con nombres griegos o de otras procedencias. Una actividad que fue decayendo poco a poco, para dar paso a las medievales en los alrededores (como se prueba por las necrópolis) hasta desembocar luego en la nobiliaria Saldaña. Un imperio sustituía a otro.
 
 

martes, 4 de agosto de 2015

El nazismo y la poesía.


Thomas Harding (2015) Hanns y Rudolf. El judío alemán y la caza del Kommandant de Auschwitz. Barcelona: Galaxia Gutenberg.
______________________________________________

Es célebre la rotunda reflexión de Adorno escrita en 1949, a su regreso del exilio en los Estados Unidos: "Después de Auschwitz, escribir poesía es cosa de bárbaros". Sobre esta agónica conclusión se han vertido ríos de tinta. Bien es cierto, casi toda en prosa. De pocos acontecimientos y acaeceres se ha escrito más que sobre los campos de exterminio, la "solución final", el holocausto. Quizá sólo la guerra civil española sea comparable y es temática indirectamente relacionada. Toneladas de ensayos, recuerdos, memorias, investigaciones, testimonios, piezas teatrales, películas y, por supuesto, novelas. Ignoro si se ha escrito mucha poesía sobre Auschwitz, pero es obvio que se ha escrito mucha, muchísima, después de Auschwitz. Es más, por extraños vericuetos que llevan a lo más profundo del alma humana, la poesía se ha infiltrado en muchos textos en prosa, transfigurándolos. Todas las obras de Primo Levi, escritas en prosa, son poemas, se leen como poemas porque ponen en contacto a un ser humano, la víctima, con otro, el lector, de modo inmediato, directo, inefable. Y esto pasa con muchos relatos de protagonistas, supervivientes, personas que sobrevivieron quizá por un error administrativo de una maquinaria asesina, por el fracaso de un plan, por una obstinación sobrehumana o por un golpe de suerte. Cualquiera sabe que el azar es pura poesía y, si es a vida o muerte, poesía trágica.

La barbarie nazi ha sido incuestionablemente documentada por cientos de especialistas que han llegado a formar una cofradía empeñada en que el olvido no sepulte su recuerdo. Me honro con la amistad de uno de ellos, Joaquim Pisa, que ha hecho un trabajo impagable sobre las deportaciones de españoles al campo de Mauthausen y sobre el campo en sí. Algún otro ha dejado verdaderos monumentos a esa facultad tan preciosa de la humanidad que es la memoria, la primera que todos los tiranos del mundo pretenden anular. La inmensa película, Shoah, de Claude Lanzmann, con sus nueve horas y media de duración es, ante todo, eso, un monumento a una memoria que no puede borrarse.

 En qué medida la realidad haya desmentido la conclusión adorniana es algo que depende del sentido que le demos, pero no seguiremos este sendero porque estamos a otra cosa. Auschwitz, Dachau, Mauthausen, Treblinka, Belsen, Buchenwald, etc aparecen una y otra vez en el gran relato humano de la segunda mitad del siglo XX, hasta formar una amalgama con nuestras experiencias, nuestras vivencias, ambiciones y temores. Quienes han  visitado alguno o todos los campos de exterminio, han tratado con supervivientes de ellos o sus familiares, han comprobado los números tatuados en los brazos, han leído libros, visto películas, escuchado composiciones que los han aproximado a la agonía, la experiencia límite de unos seres humanos deshumanizados y tratados como reses en los mataderos. Y lo han interiorizado, convertido en algo suyo. El holocausto late hoy en la conciencia de los vivos.

Entre otras cosas porque cuando alguien presenta un relato sobre algún aspecto de esta monstruosidad, suele tener elementos personales, íntimos, que todos nos apropiamos de modo empático. Es el caso de este libro en comentario.

Hace unos años, con motivo del fallecimiento del ciudadano británico Howard Harvey Alexander, nacido alemán y judío como Hanns Alexander, el autor de esta obra, sobrino-nieto del fallecido, supo que su tío abuelo fue quien capturó al Kommandant del campo de Auschwitz, Rudolf Höss y lo entregó a las autoridades británicas, quienes se lo pasaron a las polacas. Fueron estas quienes lo juzgaron, lo condenaron a muerte y ahorcaron en el mismo campo en el que había cometido sus atrocidades. Este es el elemento personal, íntimo, privado que hay en esta historia y que la hace tan fascinante: pues, como en muchos otros relatos sobre el holocausto, lo personal se mezcla siempre con lo colectivo y le da un especial interés.
 
En este caso, el autor traza una especie de vidas paralelas entre dos ciudadanos alemanes, contemporáneos, aunque no exactamente coetáneos, dado que uno es más de 15 años más joven que el otro. El joven, el judío berlinés, Hanns Alexander, hijo de un reconocido médico de la capital, acostumbrado a una vida de altos vuelos si no directamente de lujo, ante el ascenso del nazismo en los últimos años veinte y primeros treinta, se ve obligado a huir de su país, así como el resto de su familia y a refugiarse en Inglaterra. Allí se presentará voluntario para combatir contra Alemania en el ejército inglés, en donde llegó a teniente, siendo destinado al final de la contienda a la primera comisión de investigaciones sobre crímenes  de guerra de los jefes nazis, aprovechando su bilingüismo alemán/inglés.
 
El protagonista de la otra vida es el oficial alemán Rudolf Höss, de origen mucho más modesto, trabajador del campo, teóricamente ario puro que sirve en el ejército de su país durante la primera guerra mundial, es herido varias veces en acciones arriesgadas en las que muestra gran valor, condecorado y devuelto luego a la vida civil en los tumultuosos años veinte en la República de Weimar, cuando crece la peste nazi tan bien retratada por Christoher Iserwood. Höss ingresa en las SS, hace carrera y mantiene una relación de proximidad con Heinrich Himmler quien lo manda al frente del campo de Auschwitz con el encargo de poner en práctica la solución final. Höss fue  directamente responsable de la matanza de millones de personas y, cuando el III Reich se hundió, se despojó del uniforme, vistió un traje de paisano y huyó a refugiarse en secreto a una aldea al norte de Alemania, ya cerca de la frontera con Dinamarca, con ánimo de escapar del país como hacían entonces muchos responsables nazis, para llegar a Latinoamérica y empezar allí una nueva vida bajo identidad falsa.
 
El conjunto del relato de Harding contiene abundantes episodios de brutalidad, crueldad y barbarie de las que eran responsables los nazis y también muchos otros ejemplos de eso que, desde la descripción de Hannah Arendt se conoce como la banalidad del mal. Höss no era solo una bestia inhumana. El autor subraya otros aspectos contradictorios: era un buen esposo y padre de familia y tenía algunas convicciones ideológicas, la primera de las cuales era, claro, la ciega obediencia al mando y la lealtad incuestionable al Führer. Si Himmler (quien recibía las órdenes directamente de Hitler) le encomendaba poner en práctica la solución final con escasísimos medios materiales, él cumpliría las órdenes velando por realizar la tarea con sentido burocrático e industrial y la mayor eficiencia posible. Quiso el destino que fuera él quien, por indicación de un subordinado, pusiera en marcha el procedimiento de gasear a los internos a cientos con el gas Zyklon B y hacer desaparecer luego los cadáveres en los hornos crematorios o quemados en fosas comunes. Es decir, la importancia de Höss para la historia es que fue el primero en acometer el exterminio de los judíos con eficacia industrial.
 
A su vez recae sobre el otro hombre, Hanns Alexander, el singular honor de haber sido también uno de los primeros, sino el primero, en cazar nazis, el primer caza-nazis de la historia. El antecesor de Simon Wiesenthal. Y, en efecto, después de haber localizado y arrestado a algunos mandos intermedios, sus jefes le encomendaron la caza y captura, a ser posible vivo, del Kommandant Höss. Y Hanns cumplió. Acabó encontrándolo, obligando a su esposa a revelar su escondite, aunque fuera por el no muy noble procedimiento de amenazarla con enviar a Siberia a su hijo menor, entonces un niño. Es muy de agradecer que, así como Harding busca facetas no enteramente repulsivas del oficial de las SS, tampoco intente embellecer la figura de su tío abuelo. En la guerra, en la inmediata postguerra, las pasiones volaban muy alto y los valores más sagrados crujían. Que cada cual juzgue ese dato del chantaje a la madre como crea justo, el autor cumple escrupulosamente con su deber de darnos los datos para el juicio.
 
El hecho, pue, es que Hanns cazó a Höss, el responsable material del desencadenamiento de la solución final. Solo faltaba que confesase, cuestión necesaria porque, aunque no había escasez de testigos, faltaban casi todas las pruebas materiales ya que los nazis, al verse perdidos, pasaron a destruir sistemáticamente documentación, archivos, laboratorios, instalaciones, todo. Con lo cual se daba pie a las teorías negacionistas. Por fortuna, durante el tiempo en que Höss estuvo en prisión preventiva, aguardando su proceso, un psicólogo le proporcionó papel y pluma para que escribiera lo que quisiera. De vez en cuando, pasaba a recoger lo escrito y animaba al preso a seguir. Al final, movido por una mezcla de despecho, arrepentimiento, desconcierto, desesperanza y quizá odio, quien sabe incluso si contra sí mismo, el hombre acabó confesándolo todo por escrito.
 
La solución final había sido un hecho y de tal envergadura que se le llegó a atribuir la muerte de la poesía.