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jueves, 4 de agosto de 2016

Born to be Franco

La memoria histórica de la guerra civil y la dictadura de Franco sigue siendo materia muy sensible, comprometida, de muy difícil gestión. No debiera ser así si hubiera un acuerdo de fondo en el juicio sobre aquellos hechos. Pero no lo hay. Muy amplios sectores de la población, el partido del gobierno, las derechas en su conjunto, la Iglesia católica, el ejército, una abrumadora mayoría de los medios de comunicación la han interpretado durante casi ochenta años con una absoluta parcialidad, por entero favorable a los vencedores en aquel enfrentamiento e ignorancia de los vencidos. Las víctimas, sobre todo las victimas de los largos años de la dictadura, no han recibido compensación alguna, ni justicia, ni reconocimiento siquiera de su existencia. La historia la han escrito los victimarios y sus herederos hasta el día de hoy. Para ellos esa memoria es pasado y debe olvidarse cuanto antes. Pero para las víctimas y sus allegados, que se cuentan por cientos de miles, es un doloroso presente. No solo porque sus muertos siguen enterrados en fosas comunes y miles de sus hijos desaparecidos, sino porque al día de hoy, todavía viven en calles y plazas que perpetúan los nombre de los asesinos, residen en pueblos que llevan el nombre del dictador, pasan por delante de sus emblemas y recordatorios, oyen hablar de la Fundación Francisco Franco, saben de actos conmemorativos y de exaltación del golpe de Estado de unos militares sediciosos y de su sangrienta tiranía cuartelaria.

No, para sectores importantes del pueblo, la memoria histórica no es pasado, sino presente continuo. Pasado es para los franquistas, muy interesados en que no se hable de él, que no se recuerde, que se olvide y se sepulte como se sepultó en las cunetas a los cientos de miles de los republicanos asesinados durante la larga posguerra. Esa descompensación temporal entre el pasado y el presente explica por qué es inapropiado un argumento que suele escucharse para señalar la anomalía española: ¿alguien se imagina -dícese- actos de exaltación de los nazis, de Hitler, de los fascistas italianos en sus países? No, claro. ¿Por qué no? Por la razón apuntada. Esos homenajes al franquismo, esas misas solemnes por el alma del dictador, esos actos de autoridades locales de ensalzamiento de la dictadura brazo en alto honran un pasado de partido, guerrero, pero lo hacen en el presente. Son actos de provocación, para demostrar a los vencidos y a las víctimas que siguen siendo víctimas y vencidos. Todos los días salta un ejemplo. Hace unas fechas, un alcalde del PP mandaba construir un urinario de perros sobre la mayor zona de fosas comunes de asesinados por los franquistas en Málaga.

En días pasados el equipo municipal de Barcelona ha decidido abrir una exposición callejera de la memoria histórica enfrente del no menos histórico Born barcelonés. Se inaugurará en septiembre y una de sus piezas consistirá en una estatua ecuestre de Franco, que está medio oculta en los almacenes municipales desde que fuera retirada del castillo de Montjuich, en cuyos fosos se ha fusilado a mucha gente, señaladamente Lluís Companys. De inmediato se han formulado críticas (Alfred Bosch y Joan Tardà, de ERC, han pedido que se reconsidere el propósito), se han alzado voces airadas poniendo en duda la integridad de las convicciones izquierdistas de los regidores municipales y hasta tachado a estos de franquistas. Las acusaciones e insultos han arreciado cuando se ha sabido que, además, el consistorio se oponía al desfile de la Coronela de este año. Franco, sí; la Coronela, no.

Son acusaciones desmesuradas a juicio de Palinuro, si bien es cierto que la izquierda suele tener cierto síndrome de Estocolmo con la derecha y, muy afanosa de que no se la juzgue excesivamente radical, acaba haciendo concesiones a los usos simbólicos de sus adversarios. Quizá no sea este el caso por cuanto parece que la exposición quiere señalar la impunidad de los crímenes hasta la fecha. El primer teniente de alcaldesa, Gerardo Pisarello, ha publicado una explicación en Twitter en la que insiste en el valor pedagógico de la exposicion, para ilustrar del mal de la impunidad y la estatua del condottiero, con su caballo decapitado no tiene funcionalidad simbólica alguna sino puramente instrumental pues, razona Pisarello, está "descontextualizada".

Un punto de vista muy digno de tenerse en cuenta, pero nada convincente. La estatua no está "descontextualizada". El país, de Norte a Sur, reverbera de símbolos de la dictadura. En Tortosa, por ejemplo, el alcalde -referéndum mediante- acaba de salvar la vida a un monumento franquista que se alza en mitad del Ebro, en conmemoración de la batalla de ese río. En Melilla todavía está en pie una estatua del Comandante Franco, erigida en 1977, dos años después de su muerte.

La estatua estará "descontextualizada" en los estrechos límites de la exposición, pero no en el conjunto del país, Aquí sigue estando muy en contexto. Y muy mal, por cierto. Cosa tanto más llamativa cuanto la exposición se hace amparada en un programa más amplio que lleva el significatvo título de Pasado y Presente. O sea, como decía Palinuro más arriba, una memoria histórica que no es memoria ni es histórica, sino muy cruel e injusto presente.

Es buena la idea de que todos nos distanciemos del pasado, lo veamos con ecuanimidad, que procedamos como un país normal, capaz de compartir una común visión de nuestra historia. Es buena, pero impacticable porque España no es un país normal, en absoluto compartimos una común visión del pasado y ese enfrentamiento se traslada al presente. Las víctimas no quieren olvidar, sobre todo porque siguen esperando justicia. Y los victimarios no quieren recordar porque no están dispuestos a reconocer la injusticia cometida.

En esta situación de perpetuación del abuso no es una buena idea exponer esa estatua ecuestre, sobre todo porque, con el jaleo que se ha armado (y viene bien como publicidad) el recordatorio se convertirá en un foco de conflictos.

sábado, 4 de junio de 2016

La Internacional etílica y psicodélica de Podemos


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Podemos es esto.

Sin palabras.

Beodos.

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Y ahora esto:

sábado, 21 de febrero de 2015

La fotografía como arma tiene que esperar.

Hace cuatro años, el Reina Sofía mostró una interesante exposición sobre el llamado Movimiento de fotografía obrera. Era una corriente de artistas soviéticos y alemanes que en los años veinte y treinta del siglo pasado convirtieron en objeto de su quehacer, tanto en fotografía como en cine, sobre todo el documental, la denuncia de las condiciones de vida y trabajo de los obreros, los barrios de los trabajadores, la explotación de los campesinos, la injusticia y la miseria. Palinuro dio cuenta de ella en un post titulado El arte y la lucha de clases. Fueron aquellos tiempos de intensa confrontación política y social, movimientos revolucionarios, el ascenso del fascismo, la guerra civil española. El movimiento Foto Soviética y, sobre todo, la revista Die Arbeiter Illustrerte Zeitung (AIZ) ("Revista Ilustrada de los Trabajadores"), centro gráfico del emporio erigido por Willi Münzenberg, el maestro de la propaganda comunista de la IIIª internacional, tuvieron impacto en el mundo de la fotografía y la imagen gráfica, aportándole una iconografía revolucionaria, protestataria de agitación y propaganda que hasta entonces había estado ausente del género más comercial y convencional.

La teoría de este movimiento sostenía que, así como la clase obrera debía tomar su destino en sus  manos en lo político, económico y social, debía hacerlo en lo fotográfico y artístico. Lo iconográfico era esencial en la lucha de clases. Las publicaciones, las fotos, los reportajes, los documentales, debían mostrar la vida de los trabajadores y ser obra de ellos mismos. No es este el lugar para decidir si el proyecto emancipador se cumplió en los otros campos. En el artístico, no. La baja calidad del material que producían los operarios obligó al movimiento y sus muchas publicaciones a nutrirse del quehacer de profesionales y expertos. Todos ellos muy izquierdistas, la mayoría comunistas o colaboradores de los comunistas en su gigantesco aparato de propaganda, pero no trabajadores manuales. Gracias a este fracaso del proyecto originario, el mundo conserva ahora la obra gráfica de cineastas, documentalistas, reporteros, fotógrafos de primer orden: Tziga Vertov, Joris Ivens, Tina Modotti, Eugen Heilig, Arkadi Shaiket, Semen Fridliand, Robert Capa, Gerda Taro, etc y, por supuesto, el caso especialísimo de John Heartfield, el inventor de los fotomontajes. Todos, y algunos otros más alejados de la estricta influencia comunista pero muy populares, como Barbusse, Paul Strand, etc tuvieron que ver con los dos genios de la organización y la agitprop que fueron el ruso Mijail Koltsov, luego asesinado por Stalin, y el alemán Willi Münzenberg, probablemente también. Y varios de ellos, activos en la guerra civil española. Gerda Taro murió en ella.

Lo anterior viene a cuento de la nueva exposición del Reina Sofía, Aún no. Sobre la reinvención del documental y la crítica de la modernidad, magníficamente comisariada por Jorge Ribalta. Hasta el título es un acierto y una lección de realismo y autocrítica. Aún no. Aún no ¿qué? Pues la realidad de las promesas emancipatorias del Movimiento de Fotografía Obrera de los años veinte y treinta, cuya continuidad en los últimos sesenta, setenta y ochenta se expone en esta ocasión. Al comienzo, en los sesenta, unos fotógrafos izquierdistas de Hamburg redescubren el legado fotográfico de la AIZ, sobre todo gracias a la propaganda del Partido Comunista (SED) de la  República Democrática Alemana, fundan la revista Arbeiterphotograhie y tratan de desarrollar una actividad similar a aquél aunque, obviamente, en un ambiente y condiciones muy diferentes. De nuevo sucede como en el caso anterior, esto es, la teoría es coherente y hasta convincente. El amplísimo movimiento de fotografía y documentalismo politizados, comprometidos, revolucionarios de estos años en todo el mundo encuentra su clave doctrinal en dos magníficos textos que Ribalta considera, con razón, determinantes: el de Allan Sekula en 1978 sobre "Desmantelar la modernidad, reinventar el documental. Notas sobre la política de la representación" y el de Martha Rosler, en 1981, "En y en torno a; reconsideraciones sobre el documental fotográfico". La cuestión es si el resultado práctico está a la altura de las expectativas.

Este renacimiento de la fotografía y el documental revolucionarios que trata de trasladar al último tercio del siglo XX el espíritu del primero tiene algunos rasgos que lo distinguen: en primer lugar, su cosmopolitismo. Así como el movimiento originario fue básicamente soviético y europeo occidental, su prolongación, sin dejar el núcleo europeo, se ha extendido por los cinco continentes. En donde quiera que se hayan dado condiciones de explotación, injusticia, represión, se han hecho reportajes, documentales, fotos; se ha aprovechado el material que, si no es de gran calidad artística, es de mucho impacto mediático y ha alimentado abundante prensa gráfica, fotoperiodismo: el conflicto de los Panteras Negras en los EEUU (por cierto, imágenes, estas sí, muy llamativas), los de centroamérica, Nicaragua, El Salvador, el de Soweto en Sudáfrica,  en donde la agencia Afrapix se establece según el modelo de la célebre Magnum, etc. Testimonios de luchas y combates que forman ya parte de la memoria visual colectiva.
 
En segundo lugar, su carácter fundamentalmente urbano. En los "paisajes sociales" que traen estos reportajes apenas hay lugar para las luchas industriales. Los trabajadores dejan el protagonismo a los inmigrantes, los ciudadanos, los habitantes de los barrios, los conflictos por viviendas, ocupaciones o planificación urbana al servicio de la gente o de intereses especulativos. Casi todas las fotos de Alemania están en relación con estos asuntos. Encuentro de especial interés los reportajes sobre ciudades y conflictos ingleses a  través de la obra del grupo Camerawork y, sobre todo, la abundancia de material en relación con las luchas en las ciudades italianas en los años setenta, con testimonios graficos de Potere Operaio y Lotta Continua.
 
Todo, por lo demás, muy relacionado con la herencia del 68. Por estos años asimismo Henri Lefebvre en Francia y Manuel Castells en España desarrollan su visión crítica sobre la vida cotidiana y las luchas urbanas, de cuya presencia hay tambien testimonio en la exposición, así como sobre la breve pero intensa experiencia del Centre Internacional de Fotografía Barcelona ( 1978-1983), único lugar de España en que parece haber prendido el movimiento.
 
En tercer lugar, el cambio en el punto de vista sobre la violencia. Los Panteras Negras, las luchas latinoamericanas, la resistencia italiana, muestran una voluntad no solamente de retratar la violencia estructural sobre los oprimidos sino también la que estos oponen a los opresores. "Aún no" se ha culminado el programa emancipador, pero hay una voluntad clara de conseguirlo, recurriendo a los medios necesarios para ello. Quizá esta circunstancia, así como la existencia de la crisis, expliquen en parte que el movimiento haya vuelto a decaer en los años noventa, a medida que se cerraban los grifos de financiación pública. Se agota el modelo del capitalismo que podríamos llamar "progresivo"; se enfundan las fotos como armas, en espera de tiempos mejores. Llegan tiempos más oscuros.
 
Además de las interesantes reflexiones teóricas que aporta la exposición no pueden dejar de mencionarse dos actividades prácticas, dos experiencias, dos hallazgos que Palinuro ha encontrado de sumo interés. Se trata de dos formas deconstrucción gráfica, por así decirlo. La primera es un trabajo de Martha Rosler sobre los sin techo, la calle y otros lugares que culmina con una serie de fotos del Bowery neoyorkino, acompañada de unos textos que chocan con las imágenes de muchas maneras. El trabajo, entre 1974 y 1975 se llama The Bowery in two inadequate descriptive systems ("El Bowery en dos sistemas decriptivos inadecuados"), aunque quizá fuera mejor traducción "incompatibles". Retrata esta mítica zona del bajo Manhattan en uno de sus momentos de degradación urbana y le contrapone unos enunciados aislados, como disparos, que nos obligan a reinterpretar las imágenes de formas no habituales.

La otra obra de deconstrucción es un trabajo de fotoperiodismo de 1982, de Susan Meiselas, sobre los procesos revolucionarios de Nicaragua y El Salvador. Aparece en un corcho a lo largo de las paredes en tres franjas superpuestas. En la superior están las fotos publicadas en revistas y periódicos que ilustraban las noticias consideradas interesantes. En la central, las imágenes que había publicado en un libro y tenían un sentido narrativo, cronológico. En la tercera, las que no habían aparecido en ninguno de los dos soportes anteriores. Viéndolas a la par se pueden construir varias historias, algo muy recomendable para quien le gusta interpretar lo que ve y no que lo aleccionen.

Colofón innecesario: entre las muchas actividades que internet está revolucionando, la fotográfica ha sido una de las primeras en cambiar de arriba abajo. La aparición de photoshop es un reto artístico de primera.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Un mundo lleno de santos.

José Miguel Marinas (2014) El poder de los santos. Valor político de las imágenes religiosas. Madrid: La Catarata (158 págs.)
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Interesante libro sobre un tema que, no por tratado, pierde interés. Al contrario, lo gana cuando se le aportan nuevos enfoques, cosa inevitable en algo tan vasto a nada que el interpretante peirceano, que Marinas sitúa en el comienzo de este viaje semiótico, tenga algo que decir. Si de decir se trata, el autor trae el zurrón lleno. Y, por cierto, en un estilo muy personal, de notable originalidad, de referencias cruzadas, como al desgaire, que el lector va encontrando aquí y allá como ventanas que se abrieran y cerraran de pasada. Un estilo hecho de complicidades y sugerencias que lo obligan a mantenerse alerta y no dejarse adormecer por una narrativa que, por resultarle quizá familiar, pudiera arrullarlo.

No es una obra de lectura fácil y quienes busquen un  prontuario o vademécum al estilo de los años cristianos o las leyendas áureas en la tradición del bendito Jacopo da Voragine tendran que desistir ya en las primeras páginas. Quienes, al contrario, busquen originalidad, novedad y frescura, verán recompensados sus esfuerzos.

La actitud de la Iglesia cristiana en sus primeros siglos frente al culto a las imágenes fue oscilante entre la iconolatría y la iconoclastia, cuestión decidida finalmente en el Concilio de Nicea (787) que condenó la iconoclastia, uno de los vestigios del monofisismo previamente condenado en el de Calcedonia (451). Desde entonces hasta hoy, la Iglesia ha ido acumulando santos de los que se cuentan actualmente, según Marinas, unos 10.000 (p. 41), lo cual implica un inmenso caudal iconológico al que podrían dedicar sus vidas, de hecho así sucede, cientos de hagiógrafos  pero también investigadores con un espíritu secular, como el autor de la obra, en diálogo con las cuestiones mundanas o, más exactamente, políticas. No es que sea un tratado sobre la relación entre el poder (y, por ende, el conflicto político) y los santos, pero se le acerca. Marinas se detiene especialmente en cinco aspectos del tema: los patronos, las reliquias, los niños jesuses, el corazón de Jesús y la historia de Cristo Rey y la cuestión de la religión y el consumo.

Tratándose de la relación entre imágenes religiosas y políticas, la referencia a los patronos es obligada. En Occidente todos los Estados aparecen amparados por alguna potencia celestial: España, Santiago Apóstol; Francia, San Luis; Alemania, el arcángel San Miguel; Inglaterra, San Jorge, como Cataluña, etc. Si alguien señala que los Estados Unidos no tienen santo patrón, debe recordar que  con una hybris que muchos considerarán típicamente americana, el país se sitúa bajo la protección de Dios mismo, patrón de patronos. Así queda reflejado en el emblema de los billetes de dólar, In God we Trust. Poner la moneda bajo la protección del Dios tiene su tela. Incidentalmente, la autora de culto neoliberal, Ayn Rand, atea neitzscheana y militante, se hizo enterrar poniendo en la lápida como imagen, un dólar en lugar del habitual crucifijo o el sagrado corazón en llamas o el compás masónico. No debió de ocurrirsele que, al poner el dólar, estaba situándose bajo el amparo del Dios que rechazaba.

Quien dice Estados, naciones, dice jerarquías, organizaciones, cauces del poder en todas sus manifestaciones. Biopoder. Los santos patronos se multiplican. Marinas se detiene aquí y allá en algunos para nuestro solaz. Santa Bárbara, patrona de los mineros  (p. 45) cuya leyenda, por cierto, trae a la memoria la de Dánae, aunque obviamente con muy distinto alcance.  San José, patrono de los carpinteros. Santa Apolonia, de los dentistas, relación de patronazgo derivada más de su condición de paciente que de profesional. Cosme y Damián, de los médicos, que no en balde la dinastía dominante en Florencia, se llamaba de los Medici, razón por la cual abundaban los Comes y Damianes.
 
De los santos, sus huellas y las más frecuentes, las reliquias. Al autor le falta tiempo para reconocerlas como fetiches y recordar la audacia de Karl Marx en su tratamiento del fetichismo de la mercancía (p 53), una expresión que no ha hecho sino mostrarse más y más pertinente con el paso del tiempo, aunque moleste reconocerlo, por la fuerza que tiene para explicar comportamientos colectivos cotidianos. Basta ver la moda de la marcas. Su equivalente individual procede del uso freudiano también mencionado por Marinas, aunque no hasta sus últimas consecuencias, que no pueden ser sino conjeturales. Pero muy reales. Una visión a lo diablo cojuelo de Vélez de Guevara, de lo que las apariencias ocultan a la vista, nos mostraría la importancia del fetichismo en las relaciones humanas, sobre todo las relaciones de poder, que tantos aspectos sadomasoquistas muestran.  El genocida Francisco Franco se hacía acompañar a todas partes, al parecer, por el brazo incorrupto de Santa Teresa. Hace falta estar literalmente para los cochinos para hacer algo así.

Las reliquias están en el corazón mismo de la simonía y otras prácticas nefandas de la Iglesia que acabaron produciendo la Reforma. Al ser su compraventa lucrativo negocio, era lógico que acabaran acumulándose e inundando los mercados por la misma razón por la que hoy no hay vendedor callejero que no te ofrezca un nummulites de cincuenta millones de años por dos cuartos. En algunos casos, la acumulación, a diferencia de lo que sucede con los fósiles, efectivamente muy comunes, mueve a risa por su naturaleza misma. Es imposible determinar cuántos santos prepucios andan rodando por las iglesias de Europa y América y, en cuanto a las reliquias de la Crucifixión, los trozos de madera de la cruz, el lignum crucis (p. 81), Eça de Queiroz, creo recordar, aseguraba que se podría llenar un navío con ellos.

El capítulo dedicado a los niños jesuses es un verdadero hallazgo porque no suele tener tratamiento iconográfico independiente fuera de la imagen habitual de la Virgen con el Niño, que domina toda la imagineria católica hasta el día de hoy. Sin embargo el niño aislado, independiente, como adelanto o personificación diminuta del Cristo adulto, el pastorcito que aparece ya en las imágenes más edulcoradas de Murillo, tiene una gran importancia en el  mundo católico y un destinatario muy claro en la familia cristiana (p. 83).

El Niño Jesús goza de amplísimo arraigo en la cultura popular por razones evidentes que, por cierto, también están oscuramente relacionadas con el fetichismo si bien este crítico no quiere ser malévolo y remite sinceramente a la recomendación de San Mateo de hacerse como niños para entrar en el reino de los cielos. Entre tanto, aquí en la tierra, las devociones infantiles son numerosísimas y están llenas de ejemplaridades. El autor detecta  y comenta el santo Niño de Atocha en España y América, el Niño Cebú en Filipinas, el Divino Niño en Colombia, el Niño Jesús Cieguito, el Niño Jesús Doctor o el Niño Jesús Cubanito, una verdadera legión celestial que tiene el limbo en ascuas.

Más político y militar (o militar a fuer de político) es el capítulo sobre la devoción al corazón de Jesús, un legisigno peirceano (p. 117), cuya devoción se inicia con su aparición y mandato a Santa Margarita de Alacoque (p. 121) a la que hizo portentosas revelaciones. Milagroso, sí, pero, aunque parezca contradictorio, muy lógico y de esperar, teniendo en cuenta que el confesor de Margarita era San Claudio de la Colombière, perteneciente a la Compañía de Jesús y que venera en grado sumo el corazón de aquel a cuya defensa se ha consagrado.

Si el Corazón de Jesús es el símbolo de la orden religiosa con espíritu militar consagrada a su mayor gloria, lo natural era que, de pura víscera, pasara  a configurarse como Cristo Rey, a quien todos los creyentes y poderes de la Tierra deben someterse, como quiere la disparatada encíclica Quas Primas, de aquel fanático, Pío XI, según la cual "el deber de adorar públicamente y obedecer a Jesucristo no solo obliga a los particulares, sino también a los magistrados y gobernantes" (. p. 131). De este dislate teocrático derivan directamente la estatua de Cristo Rey del cerro Cubilete en Guanajuato, México y la del cerro de los Ángeles en Madrid, que para tanta leyenda ha dado (p. 126). Así que si a alguien ha llamado la atención el grado de imbecilidad y barbarie que exhiben los llamados "guerrilleros de Cristo Rey" o "legionarios de Cristo Rey", ya sabe a dónde mirar.

El último capítulo, quizá el menos trabajado y un poco escrito a vuelapluma sobre un tema que carece de límites como es lo santo y el consumo (con nuevos ecos fetichistas) tiene, sin embargo, un muy feliz acierto al traer al recuerdo esa extraña reliquia que es el autoicono de Jeremy Bentham, conservado en una vitrina en el University College de Londres (p. 150), algo parecido a la idea de la dirección del Partido Comunista de la Unión Soviética de preservar para la posteridad la momia de Lenin en la Plaza Roja, convertido en lugar de respeto, culto y peregrinación de los rusos, lo que le da ese uso de "mercado de lo santo" (p. 155) si bien, al tratarse del revolucionario marxista, firme defensor del materialismo, el asunto tiene su ironía.

Un libro erudito, a veces difícil, pero muy interesante.

domingo, 26 de octubre de 2014

La muerte en Toledo.

Ayer, sábado, asistí a un interesante seminario en Toledo organizado por una asociación de la sociedad civil, compuesta por gentes del lugar y profesionales de la UNED, llamada La peña pobre. Con ese título ya está dicho todo en el terreno económico. Pero no en el intelectual y espiritual, que es el que cuenta. El tema que se trataba –y sigue tratándose hoy- desde muy distintas perspectivas era el de la muerte. Nada menos. La muerte en Toledo. Y en el marco del Castillo de San Servando, antigua fortificación árabe desde la que se disfrutan unas vistas incomparables de la ciudad del Tajo. La asociación, compuesta por gentes encantadoras y motivadas, capaces de aguantar a silla firme cavilaciones dispares sobre tan acongojante tema en unas horas en las que se jugaba el partido Madrid-Barça, está alentada e impulsada por Paz Rincón, colega mía de la UNED y Paco Carvajal, que sabe más de Toledo que Tirso de Molina y Marañón juntos. A ambos mi agradecimiento por permitirme participar en la reunión.
 
Mi exposición habría de haber sido brevísima puesto que consistió en intentar demostrar que la muerte, cuyo tratamiento es una constante en la historia de la filosofía occidental, fuertemente influida por la obsesión cristiana con el fenómeno, es un indecible, algo incomprensible y sobre lo cual, en relidad, no cabe decir nada que no sean vaguedades, topicazos o puras tonterías. En mi apoyo llamé a Epicuro, señalé cómo su indiferencia ante la muerte es la causa del odio cristiano al epicureísmo que, a pesar de todo, ha subsistido  como venero oculto en la historia del pensamiento, según demuestran casos como el de los libertinos (Gassendi, etc) y llega al día de hoy, bravamente defendido por Michel Onfray. No obstante, esa indiferencia no ha conseguido evitar que la muerte haya seguido siendo motivo central de la reflexión filosofica y por eso corona Heidegger su sistema  considerando que el hombre es un ser para la muerte, una forma profunda y obvia de decir que no hay nada que decir al respecto. Por eso, la fórmula enlaza con el famoso final del Tractatus de Wittgenstein: De lo que no se puede hablar, hay que callarse.
 
Y ahí hubiera terminado mi charla. Un viaje a Toledo para decir que sobre la muerte no hay nada que decir. Afortunadamente y a modo de explicación, se me ocurrió hacer una pequeña presentación en pwp, comentando los puntos más interesantes y a vuelapluma de la iconografía de la muerte en la pintura occidental. Desde la Edad Media al tiempo de hoy. La he convertido en un vídeo y es la que espero se despliegue si se pincha en la ilustración de este post, coronado con una reflexión artística sobre la impenetrabilidad de la muerte.

jueves, 26 de abril de 2012

Ayudando con la memoria.

En alguna ocasión, Palinuro se ha honrado trayendo a sus páginas la muy meritoria labor del amigo y colega Ramón Adell, quien dispone de la mejor colección de carteles, escritos, símbolos etc. políticos españoles (aunque no solo españoles) que yo conozca; una tarea titánica, de largos años, gracias a la cual tenemos una idea de cómo ha evolucionado la iconografía política española desde las patrimerías del franquismo a nuestros días. Lo hizo con motivo de una exposición de esta cartelería en el Museu Valenciá de la Il-lustració i de la Modernitat (MuVIM) en julio del año pasado (Habla, pueblo), así como con el del trigésimo aniversario de las elecciones de 1977 (¡Treinta años!) y cuando tuvo el privilegio de visitar por primera vez su despacho-museo en el corazón del Madrid de los Austrias (En manos del pasado), que es una gran experiencia.
Cabe ver que Adell es visitante frecuente en Palinuro. No tanto como el Papa o el presidente del gobierno, pero es que Ramón es un hombre justo, bueno y trabajador y ya se sabe que el momento mediático suele ser para los más pillos y truhanes. Pero la categoría, la calidad y el trabajo encuentran siempre reconocimiento y alguien dispuesto a resaltarlos con alegría, como es mi caso, sin dejar de señalar que no solo admiro la obra de mi amigo sino a él como persona dotada de cualidades de sensibilidad, inteligencia, cultura, sentido del humor y elegancia que no son fecuentes mundo adelante.
En esta ocasión Palinuro da cuenta de una exposición  de la cartelería de Ramón en el Instituto Cervantes de Rabat y aplaude la decisión de las autoridades de hacerla circular por el extranjero porque es una obra que, en su enorme variedad y espontaneidad, trasmite una buena vivencia del pulso de la cultura española. 
En realidad, si se abre definitivamente un museo de la transición española, la colección de Ramón Adell debiera ser su primera pieza.

martes, 4 de octubre de 2011

La iconografía de la derecha.

El otro día, el diario La Razón, publicaba esta interesante portada. Al estar ocupado con la Conferencia Política del PSOE, Palinuro no tuvo tiempo de comentarla como sin duda merece. Y lo merece porque es un compendio simbólico de las más puras esencias conservadoras que quedan retratadas en ella como en un test de psicología.

La Razón es un periódico reciamente de derechas, militante, combativo con la izquierda, sobre todo la que gobierna. Es también un medio vaticanista ya que distribuye todos los domingos el correspondiente ejemplar de L'Osservatore romano, el órgano de prensa del Vaticano. Siguiendo el ejemplo de su hermano el ABC, un caso único en la prensa europea por su formato, emplea las portadas como editoriales gráficos con una fuerte carga ideológica que transmiten mensajes manifiestos y también, por ser obras humanas -aunque lleven inspiración divina- mensajes latentes, muchas veces subconscientes que son tan significativos como los otros.

En este caso, tomando pie en un anuncio de Rajoy de que, si gana las elecciones, beneficiará con tres mil euros a los autónomos que contraten a su primer trabajador, La Razón lanzó los estandartes al viento y confeccionó esta imagen que quiere mostrar nada menos que el futuro de España de una sola ojeada. La foto está obviamente preparada quizá por el propio periódico o por el gabinete de comunicación del PP o por los dos y, desde luego, tiene las bendiciones de ambos.

El exterior es la terraza de un edificio (parece que la sede del PP en Génova) que es el modo más rápido de decirnos que con Rajoy llegaremos a lo más alto. No hay un solo árbol, ni una pizca de verde, no hay agua, ni nubes, ni niños, ni animales. Todo es artificial. El presidente del PP aparece especialmente bien trajeado en el centro de una composición de personas pero de talla superior a ellas a las que la perspectiva empequeñece. Este truco es elemental en la hagiografía del culto a la personalidad, pero siempre muy eficaz. Nuestro jefe, nuestro guía, es un hombre de talla superior, sobrehumana. Rajoy. El centro simbólico de la composición, justo al lado del punto de fuga. El líder no está haciendo nada, no lleva objeto alguno, no señala nada; no le hace falta. Le basta con ser y estar: cuando llegue Rajoy, su sola presencia organizará las fuerzas productivas en torno suyo. El futuro de España.

Esas fuerzas productivas son cuatro varones y una mujer, proporción que traduce la importancia real que la derecha concede a las mujeres y su ánimo por luchar en favor de la igualdad de sexos. De los cuatro varones, todos de traje pero no tan impecables como el jefe, tres portan objetos que apuntan a industrias punteras, avanzadas, del conocimiento, una bobina de datos, una maqueta de avión y una "tableta" de apple. El cuarto debe de ser un broker o un promotor inmobiliario. Los fajos de billetes no se le ven, pero se le adivinan.

Lo más característico, desde luego, la mujer. Su atuendo tiene un toque oriental pero es sumamente recatado, que no es cosa de incurrir en lascivia. Porta un bizcocho que remite de inmediato a la actividad culinaria o, todo lo más, hostelera. Ese es el lugar apropiado de las mujeres del futuro: la cocina. O quizá sea la famosa "niña" de Rajoy, que ha crecido. En todo caso, como intento de dar a la imagen una pincelada femenina (no feminista, por favor) es un fracaso. Todo el mundo sabe que, en cuanto verdadera industria, la hostelería está en manos de hombres. Los grandes cocineros, los chefs son todos varones. Así que la señora del bizcocho debe de ser una cocinera de algún local elegante y caro. Un local al que acuden los triunfadores, los hombres que son el futuro de España si los dirige Rajoy.

Esta imagen tiene la naturalidad, espontaneidad y frescura de un cartel electoral; es decir, da risa. Sólo le falta un pie en letras bien visibles que diga Vota PP. Vota Rajoy. Vota futuro. Y es la portada de un periódico. ¿Un periódico?

lunes, 4 de julio de 2011

El candidato
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La foto del tarjetón es muy mala. El truco de ocultar la calvicie de Rubalcaba dejándolo sin cráneo, a él que pasa por ser y en buena medida lo será, la eminencia gris del gobierno, es lamentable. Lo más criminal es esa sotabarba colgante en la izquierda del rostro. ¿No tienen photoshop en el PSOE? Ya sé que estas cosas son de mera imagen. Pero la imagen es esencial y hay que cuidarla. ¡Esa raya que le apunta directamente al gaznate, como si fuera una guillotina! En fin, que hay que esforzarse algo más en lo iconográfico.

En lo lingüístico tampoco hemos empezado muy bien. Rubalcaba es un hombre inteligente, mide sus palabras y sus tiempos; no es un bocazas como son muchos políticos; transmite la impresión de sinceridad, no parece el menda que vaya a tratar de venderte un pepla; tiene sentido del humor, rasgo importantísimo, y lo que dice suele ser razonable. Por eso ese deseo formulado recientemente de que quiere que la gente lo conozca como "Alfredo" y ya no como "Rubalcaba", lo que traduce una intención de proximidad, es audaz, desde luego, pero muy arriesgado. En el siglo XX sólo dos políticos han sido conocidos por su nombre de pila: José Antonio y Felipe. El primero no cuenta, pues no ejerció gobierno; queda sólo Felipe, en un país que ha tenido cinco Felipes reyes y un Felipe príncipe. Es el modelo de Rubalcaba pero me temo que no va a salirle. Y menos con la fórmula que han encontrado los genios del tarjetón de Alfredo P. Rubalcaba, que parece de gobernador de Nuevo México.

Salvando estos defectos de comunicación, el PSOE tiene un candidato muy sólido, seguramente el mejor. Por eso interesa que hable y explique su programa y no haga declaraciones sonoras como la de que sabe lo que que tiene que hacer para crear empleo, si no puede demostrarlo fehacientemente y eso sin contar con que alguien le diga que, si lo sabe, cómo es que no lo ha hecho ya desde el Gobierno. Sin duda Rubalcaba está al mando pero da la impresión de que tiene razón Felipe: cuanto antes salga del Gobierno, mejor para él. Más tiempo para preparar su campaña.

Porque lo que tiene enfrente son dos baterías que no van a parar de machacarlo, la batería de la derecha (gobierno de izquierda radical, del paro, de la deuda, de la crisis y de la recuperación de ETA) y la batería de la izquierda (gobierno de derecha, neoliberal, al servicio de los empresarios y el capital, antisocial) enfiladas sobre su posición. Y ninguna de ellas va a perder un tiempo precioso cañoneando a la otra. En el discurso del PP, IU no existe y en el de IU, en el fondo, el PP, tampoco. El enemigo común es el PSOE. En este caso, Rubalcaba, probablemente el mejor ministro del Interior de la democracia, a quien la izquierda acusa de los GAL y la derecha de amigo de ETA.

Además de todo lo anterior Palinuro cree que a Rubalcaba hay que reconocerle valor.

martes, 21 de abril de 2009

Fuera Franco

A una pregunta del senador de Entesa Catalana de Progrés, Miquel Bofill, sobre la lápida que figura debajo del frontón neoherreriano del antiguo Ministerio del Aire en Moncloa y que reza Francisco Franco Caudillo de España, MCMLIV contesta el Gobierno que ahí se quedará porque, aunque la llamada Ley de la Memoria Histórica provea que esos símbolos han de desaparecer, su artículo 15,2 dice que "no se retirarán símbolos y monumentos públicos cuando concurran razones artísticas, arquitectónicas o artístico-religiosas protegidas por la Ley" y la tal lápida está protegida por el vigente Plan General de Ordenación Urbana de Madrid, de 1.997.

El Gobierno vacila o tiene más miedo que vergüenza porque el tal Plan General no es una ley sino una norma de desarrollo de una ley y, sobre todo, ¿puede decir el Gobierno en dónde están las "razones artísticas, arquitectónicas o artístico-religiosas" de ese insultante pegote? Si no hay coraje para quitar la placa, propongo se sustituya por otra, más acorde con el espíritu del tiempo que diga: Francisco Franco, genocida de España, MCMLIV. Por respeto a la verdad histórica.

(La imagen es una foto de kaosenlared, bajo licencia de Creative Commons).

jueves, 9 de abril de 2009

Franco se va de Melilla.

Según parece, las autoridades melillenses van a dar por fin cumplimiento a la llamada Ley de la Memoria Histórica y, en los próximos días, retirarán la estatua de Franco que, a estas alturas, debe de ser una de las últimas, si no la última, de las que había en España. Bien hecho. Las generaciones futuras no entenderán cómo pudimos tener durante más de treinta años estatuas y otros monumentos de un asesino en plazas y calles de nuestras ciudades.

Esta estatua de Melilla, por cierto, no está mal y tiene cierta originalidad. No es ecuestre, sino que representa a Franco pie a tierra, como la que había en Guadalajara. Pero no con capote militar y rango de general, como en la capital alcarreña, sino con uniforme de regulares de África y grado de comandante que era el que tenía al llegar a la plaza.

No es esa la única peculiaridad de la estatua melillense. La otra, más significativa, es que la erección de la estatua la decidió el entonces Ayuntamiento de la ciudad en 1975 y se puso sobre su pedestal en 1977. Es decir, es una estatua póstuma de Franco.

Que ya hace falta ser franquistas...