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miércoles, 1 de junio de 2016

¿Y las ideologías?

Según parece, murieron de consumo ostentoso a mediados del siglo pasado. Certificó la defunción Daniel Bell, con gran irritación de Gonzalo Fernández de la Mora, quien reivindicaba para sí la patente del título. Estando muertas las ideologías, ¿de qué podrían echar mano los seres humanos para seguir entrematándose? Huntington encontró la fórmula: de las civilizaciones. Las peleas serían ahora por algo mas inabarcable que las ideologías, por las culturas en su sentido más amplio, profundo y perdurable: las civilizaciones. Según el mismo autor: las luchas ideológicas eran sustituidas por choques civilizatorios. Después, Rodríguez Zapatero tendría la cándida idea de sustituir el "choque" por la "alianza" de civilizaciones. En realidad, ideologías o civilizaciones, ambas venían a ser disfraces y justificaciones de las eternas pulsiones humanas: guerra, saqueo, opresión, rebelión, venganza, más guerra. En tiempos de las ideologías, algunos creyeron que el comunismo era la salvación e incorporaba la promesa de unas relaciones humanas libres de aquellas taras. Hasta que la invasión de Afganistán por la Unión Soviética en 1979 y su derrota diez años más tarde les hizo comprender (aunque no a todos ni mucho menos) que, comunistas o no, los rusos eran tan imperialistas como todos los demás. Unos veinte años más tarde las necedades de Bush hablando de exportar la democracia a punta de cañón en el Oriente Medio no conseguían disimular el objetivo de la sempiterna guerra de rapiña, para quedarse con los recursos del Irak.

Ideologías, civilizaciones, palabras altisonantes, conceptos graves, pompa y circunstancia. Nuestros políticos -que han decidido ofrecer un solo espectáculo de debate a cuatro el día 13- son gente práctica, con los pies en la tierra, realista, con sentido común y no van a dejarse envolver en las nieblas de la ideología. Por eso hablarán de cosas tangibles, de las que dicen creer que verdaderamente interesan a la gente: los impuestos. Y, como se ve, uno (precisamente el que menos crédito tiene por ser un embustero redomado) promete bajarlos; otro dejarlos en donde estan, pero bajando el IVA cultural (Rivera) y otros (PSOE y Podemos), hablan de subirlos.  Aparentemente, estamos en un terreno realista, objetivo, que interesa a todos, utilitario, en definitiva. ¿Cómo es posible que unos propongan lo contrario de los otros? ¿Hay o no margen para bajar los impuestos?

Sí y no. Y aquí es donde la maldita ideología reaparece de entre los muertos porque en realidad no estaba muerta ni lo ha estado nunca. La decisión de subir o bajar los impuestos no es una decisión económica, sino política. En realidad, ninguna decisión económica es económica, pero no tenemos tiempo aquí de probar tal verdad, porque toda decisión colectiva es política. Hasta ese "óptimo de Pareto" que se quiere impoluto es una decisión política. Una decisión es política cuando beneficia a unos y perjudica a otros en función de opciones subjetivas que se justifican por criterios puramente ideológicos. 

Pongo un ejemplo: todo el mundo está temblando por las pensiones; especialmente los sinvergüenzas del gobierno que han saqueado el Fondo de Reserva a base de comprar bonos del Estado, es decir, bonos basura porque son bonos para financiar este desastre de Estado, que no tiene para pagar a los médicos o a los profesores pero sí para alimentar a los curas. Bastó, sin embargo, con que Pedro Sánchez dijera que, si había problema con las pensiones, se pagarían mediante impuestos para el Sobresueldos se le echara encima casi mordiendo. ¿Por qué? Porque, al igual que los grandes empresarios (que, por cierto, no pagan al fisco), cree que la recaudación fiscal es suya y no quiere malgastarla en devolver a los pensionistas el dinero que les ha birlado y era suyo por haber cotizado cuarenta, cincuenta, sesenta años.

Es decir, subir o bajar los impuestos, como invertir aquí o allá, subvencionar esto o lo otro, son decisiones colectivas que se basarán (es de suponer) en documentación técnica de viabilidad pero que responden a una decisión política que, a su vez, obedece a una orientción ideológica. Si se escamotea la discusión sobre las orientaciones ideológicas argumentando eficacia práctica, lo que se está haciendo es permitir que en los debates queden por encima (y, por tanto, arrastren más votos) quienes mienten más con las estadísticas en la mano.

Y esta es la trampa de esos encuentros mediáticos -en TV o en radio- en la que la izquierda se deja engatusar por la derecha. Lo importante en la acción colectiva no son los medios, sino los fines. La derecha lo tiene claro. Como demuestra un examen somero de la última legislatura del PP, el fin de su actitud era expoliar el erario, todos los fondos y propiedades públicos y entregárselos en propiedad a los amigos y, de paso, financiar la asociación de ladrones a la que llaman partido.

Por el contrario, los fines de la izquierda no están tan claros ni mucho menos. Teóricamente consisten en mejorar las condiciones de vida de los sectores en desventaja, pero no hay acuerdo respecto a la forma, aunque debiera haberlo si su opción fuera mirar de verdad por el interés de los desfavorecidos y no por su propio ombligo, sus cargos y sus vendetas personales.

Sería bueno que en el debate televisado del próximo13 de junio, los del PSOE y los de Podemos no se atacaran sañudamente como acostumbran y concentraran sus ataques en descubrir cómo sus adversarios gestionan la economía con criterios ideológicos para beneficiar a los empresarios, capitalistas, banqueros y curas y cómo, en el trayecto, parte de ese dinero acaba en los bolsillos de los políticos que intervienen en estos latrocinios. No veo por qué no se va a llamar indecente a un político que, como el sobresueldos, lleva decenios cobrando cantidades de dudosa procedencia y amparando rodo tipo de corruptelas en provecho propio, de sus familiares y amigos.

viernes, 24 de julio de 2015

Carisma Prime Time

Los teóricos de Podemos llevan años hablando de la importancia de los medios de comunicación. El concepto de sociedad mediática corre paralelo con el de hegemonía, que es uno de los puntos doctrinales más mencionado en el partido de los círculos. Tira este siempre de Gramsci también en otros asuntos como la guerra de posiciones/guerra de movimiento, lo nacional popular, etc. 

Gramsci murió sin conocer la televisión. De haberlo hecho, habría llegado a la misma conclusión a que llegaron los teóricos de Podemos: para conseguir la hegemonía ideológica en la sociedad mediática hay que conquistar los medios. Es una conclusión casi obligada. A esto lo llaman a veces "democratizar los medios". El nombre es lo de menos pues también pertenece a la política de hegemonía. Lo que se hace es valerse de unos medios para propagar su doctrina, igual que otros propagan las de otros partidos u opciones. Y si los otros funcionan de modo poco democrático, los nuestros harán lo mismo para no quedar en desventaja competitiva. "Democratizar los medios" quiere decir, en definitiva, ponerlos al servicio de la ideología propia, para que esta llegue a ser dominante en la sociedad. Y, por cierto, con un nivel de manipulación, enchufismo y censura que en nada desmerece a los de los medios comerciales o públicos del otro bando. Y con listas negras de gente a la que hay que callar, como los otros.

Ahora bien, con la teoría llega la práctica. Los medios tienen unas exigencias "técnicas" que quienes se valen de ellos no pueden obviar porque, de hacerlo, se quedarán sin audiencia, sin dinero y habrán fracasado. Dichas exigencias se dan en tres terrenos distintos. La imagen, el discurso y la audiencia:

La imagen.  Es esencial, es fundamental, sobre ella pivota todo lo demás. La mala imagen es la ruina. Una buena facilita la comunicación, predispone a bien al auditorio. La imagen que se lleva hoy más es la prudentemente rompedora, con unas gotas de escándalo, pero no en exceso. Nada muy allá en un mundo en el que la publicidad comercial se dirige a los clientes simulando tratar a cada uno singularizadamente, como si fuera único en el universo. Por lo demás, por atractiva que sea, la imagen precisa un discurso.

El discurso. Es esencial porque incorpora el mensaje clave. Pero tiene que ser elemental y muy breve. El medio audiovisual es veloz y los discursos largos siembran la confusión y se quedan sin auditorio. Reducir complejas disquisiciones teóricas sobre la hegemonía a una consigna de cuartel es dificil. Pero no hay otra solución. El medio manda. Por eso, se acuñan términos significantes, como casta o régimen, que cumplen esa función indicativa. Lo malo es que los medios los queman y acaban por no significar gran cosa.

La audiencia. Se quiere masiva porque los medios viven de su difusión. No se trata, evidentemente, de minorías selectas, ni de élites, ni de grupos de expertos, especialistas, conocedores o interesados. No, se trata de la masa sin diferenciación alguna, como el conjunto de los bípedos implumes de un país, en el nivel más bajo compartido de comprensión. Si queremos saber cuál sea este solo hay que ver qué programas de televisión reflejan los máximos índices de audiencia. No cuáles son los más vistos dentro de sus respectivos grupos, sino los más vistos a secas. Ese es el nivel de máxima audiencia, el que encuadra los discursos de quienes en ellos aparecen, por ejemplo, la gente de Podemos hablando de "la gente", el "pueblo", o sea la masa indistinta pero muy numerosa a la que hay que "hegemonizar". Porque, no se olvide, siempre que se habla de "hegemonía", ha de haber un "hegemón" y muchos, a ser posible todos, hegemonizados.

Resulta curioso comprobar cómo un partido que se hizo en los medios y en las redes pero sobre todo en la televisión acusa su vicio de origen. Las exigencias de los medios, antes citadas, han incidido negativamente en aspectos de más calado de Podemos como movimiento político. En concreto, han mostrado que la teoría no tiene unidad, sí muchas contradicciones y es bastante confusa. Solo los postulados de Podemos en relación con el soberanismo catalán abonan este punto de vista. El discurso es muchas veces incomprensible, otras contradictorio consigo mismo, otras inexistente y otras idéntico al que había. En cuanto a la audiencia, Podemos se rige por un criterio típicamente comercial en la red: la cantidad. Se enorgullece de contar con más de 300.000 inscritos en su organización sin que haya quedado clara, al menos al abajo firmante, en condición de qué se inscriben quienes se inscriben. Pero eso es indiferente. El hecho es que, tengan la condición que tengan, solo el 15,69% del censo ha votado en las primarias de Podemos para elegir la candidatura al Congreso de los diputados. Es un porcentaje similar al de participación estudiantil en las elecciones de la Universidad. Y nada que insufle seguridad de alcanzarlo en las próximas elecciones.

Una cosa es la audiencia televisiva y otra quienes participan en las redes sociales a través de lo que se llama el clickactivismo. Así como la participación en el mundo real desciende, aumenta la audiencia televisiva de Podemos, sobre todo la de su líder, Pablo Iglesias quien, a estos efectos viene a ser como el Belén Esteban de la política. La princesa del pueblo y el líder del pueblo. Y unas audiencias que los siguen a dónde vayan y digan lo que digan. Con la diferencia de que la audiencia de Belén Esteban es incondicional, mientras que la de Iglesias suele enredarse en discusiones internas sobre el hiperliderazgo del jefe.

Al final, la hegemonía estaba ahí, en la lista de los políticos más guapos.

domingo, 8 de febrero de 2015

El elefante en el ascensor.

Anda gozosa la legión de comentaristas y analistas políticos del país revelando la nueva a sus lectores: la razón profunda del éxito de Podemos consiste en haber conseguido el dominio indiscutible de los actos de habla en la esfera pública. Podemos ha impuesto sus términos, sus expresiones, decide de qué debate todo el mundo, dicta las palabras de la tribu, ha coronado la hegemonía gramsciana. Establece los "marcos o encuadres de referencia", dicen los más avezados mientras reprochan a los dos partidos dinásticos su crasa ignorancia de la pragmática de Lakoff (quien recomienda no pensar en elefantes), tan familiar para ellos como el padrenuestro.

No será Palinuro quien defienda la retórica de los políticos, desde Pedro Sánchez hasta Rajoy o desde el lugar común a la pura idiotez. Pero tampoco se dejará llevar por esas conclusiones precipitadas y vacuas según las cuales Podemos tiene el triunfo a su alcance porque ha ganado ya la guerra de las ideas ganando la batalla de las palabras. De eso, ni hablar.

Tómese el caso más patente, el que está en el ánimo colectivo, la oposición izquierda-derecha, válida en todos los sistemas políticos del mundo, que sirve para clasificar los partidos, los resultados electorales, para explicar y hasta predecir el comportamiento de los electores. Nada, nada, ahora carece de toda utilidad, es un engorro y cosa del pasado, asunto de trileros, un engañabobos. Esa dicotomía anticuada y horizontal debe ser substituida por otra vertical mucho más cierta y prometedora que ya no es "izquierda" y "derecha" sino "arriba" y "abajo". Palinuro propone llamar al hallazgo la teoría del ascensor por razones obvias.

Austin se remueve inquieto en su tumba. Claro que pueden hacerse cosas con palabras. Pero no cualquier cosa y no con cualesquiera palabras. La substitución de la escala horizontal izquierda-derecha por la teoría del ascensor es una estupidez. La escala tiene imprecisiones pero, al ser subjetiva, da libertad a la gente para autoubicarse en donde quiera y permite afinar en los matices: centro, centro izquierda, izquierda de la derecha, etc. La oposición arriba-abajo es mecánica y, al ordenar por la riqueza objetiva sin más, no tolera libertad de elección. Refleja el autoritarismo de una atribución (no autoubicación) y carece de posibilidad de matices y puntos intermedios, como no sea el bajo y el ático.

Y si de la representación gráfica pasamos a lo subjetivo, el asunto es peor. Que unas gentes que hasta ayer  militaban en el partido comunista o aledaños y que se aprestan a recibir comunistas rebotados de otros lares digan no ser de izquierda ni de derecha resulta incomprensible para la mayoría. No tanto para Palinuro, quien siempre ha tenido serias dudas sobre si los comunistas son de izquierda por más que la adjetiven de "verdadera" o quizá por eso mismo. Pero escuchar a unos profesores universitarios en buena medida privilegiados, viajados, con estudios en el extranjero, decir que son los de abajo sí que no tendría precio. Quizá por eso no lo dicen. Con lo cual, si no son de izquierda ni de derecha,  de arriba ni de abajo, no son nada.

Y de la nada no sale nada. Mucho menos un cambio de hegemonía discursiva, de marcos o encuadres de referencia. Nada. Sale palabrería, agitación y propaganda. Puro embeleco sostenido en un andamiaje de fórmulas copiadas de otros, de expresiones plagiadas y manidas: Podemos viene del Yes, we can de Obama; la sonrisa en respuesta a los insultos del talante de Zapatero; los círculos, de los círculos bolivarianos, etc. Aquí, genuino, original, propio, no hay nada.
Y menos que nada esa liebre que han echado a correr por el barbecho a la que llaman Patria y que apesta literalmente al peor oportunismo.
Por más que metan el elefante en el ascensor y le den al botón de asaltar los cielos es imposible que un empeño tan antiguo, tan visto, tan reiterado, tan poco original, coja vuelo ni siquiera al socaire de los vientos de la muy justa indignación ciudadana. Para eso, hay que hacer algo más que sonreír por consigna, aparecer en la tele, cambiar los "marcos de referencia", justificar el objetivo con toneladas de pragmatismo y tratar de colar de matute una idea y realidad del poder basada en la ocultación de intenciones y la buena fe de la gente.

jueves, 5 de diciembre de 2013

La ideología de los nuestros.

Por si no había quedado claro ya desde sus primeras intervenciones y se sublimó bajo la forma de una relaxing cup of coffee en Sao Paulo, la alcaldesa de Madrid lo ha expuesto con toda autoridad y contundencia: la ideología que ha traído más progreso a la humanidad ha sido la de los que estamos sentados aquí. No es muy preciso teóricamente hablando, pero se entiende, es la ideología de la nostridad, la de los "nuestros". Quiere decir, el liberalismo, pero no se atreve a pronunciar la palabra que durante muchos años estuvo proscrita por la iglesia católica.

Pero, ¿de verdad se trata de la ideología liberal o de la versión retro-neo-liberal que por aquí se estila, esto es una amalgama de nacionalcatolicismo de peineta y liberalismo del Tea Party? Porque las personas que estaban sentadas cabe Ana Botella son concejales y cargos del PP, el abanderado de esa versión cañí del liberalismo. No podía ser distinto. Prácticamente todos los altos dirigentes del PP son funcionarios públicos (inspectores de Hacienda, de Trabajo, registradores, abogados del Estado) cuyo discurso es radicalmente contrario a la función pública; servidores del Estado que abogan por desmantelarlo, trocearlo y vendérselo a los amigos.

Esta práctica, al liberalismo, al de verdad, le parece siempre muy mal. Lo que más odia, precisamente, son las relaciones fraudulentas de los cargos públicos con intereses empresariales concretos porque eso, por lo bajo, le parece competencia desleal y por lo alto, lo que de hecho es, pura delincuencia. O todos los empresarios capturamos el Estado y lo ponemos a nuestro servicio por medio de estos burócratas felones, o rompemos la baraja. Privilegios en la corrupción, no.

Doña Esperanza Aguirre, funcionaria pública, principal teórica del neoliberalismo hacía sus campañas de todo tipo, incluida la electoral del famoso "Tamayazo", organizadas por la Gürtel, la trama de presuntos delincuentes que inflaban las facturas y se enriquecían de modo alucinante. Y no una vez o dos, sino por sistema, con inercia burocrática, muy poco propia del alegre neoliberalismo, ese que iba a acabar con las mamandurrias. Un supuesto fraude que duró años y que se cargó al erario público en forma de expolio. La verdad, como ideología, esto no hay quien lo trague.

El retro-neoliberalismo es, en lo esencial, una forma de administrar los recursos públicos a base de patrimonializarlos, quedárselos o ponerlos a su servicio. Eso en el seno de los nuestros. La famosa boda de la hija de Aznar tiene el privilegio de mostrar la mayor densidad de supuestos granujas, delincuentes y estafadores por metro cuadrado del mundo. Ahí, entre la comitiva, iba el gran Correa, artífice de la mayor red de corrupción político-empresarial de este país y su mujer llevaba un vestido de tul y gasa que valía una fortuna. Pura exhibición de poder, de seguridad, de impunidad: "aquí mandan los nuestros". Los de la ideología del progreso, vaya.

La ideología del desfalco, la malversación, el cohecho, el despilfarro, la prevaricación. La de los palacetes, la caja B, los sobresueldos, los áticos, los aeropuertos sin aviones, los 300 millones de la Fómula 1, las comisiones de Urdangarin, los trajes del otro, el jaguar y los confettis de la otra, el "cobro ficticio" de sus viajes, las recalificaciones, las contratas mafiosas, los safaris de lujo de Bárcenas por Sudáfrica, las Fundaciones dudosas, el trinque general, los tropecientos asesores, los parientes enchufados, las mil mamandurrias todo a costa del erario público. Yo a eso no lo llamaría ideología, sino latrocinio frénetico. O, en todo caso, la ideología de la banda de ladrones. Precisar luego si están sentados o de pie, es solo la habitual estulticia de Botella.

Se comprende por qué sacan la Ley Mordaza. Por si la gente algún día se cabrea.


(La imagen es una foto del Grupo Popular, con licencia Creative Commons).

jueves, 10 de enero de 2013

¿Por qué no hay una revolución?

¿Por qué no la hay en Grecia, en Portugal, en España? Vivimos un ataque en toda regla del capital, no solamente contra los trabajadores sino contra porciones muy importantes de las clases medias. Pequeños empresarios ahogados, condenados al cierre y quizá a la proletarización. Y toca también hasta medianos empresarios.
El capital ha recuperado el control del Estado, puesto al servicio de la clase capitalista, de la oligarquía financiera disfrazada de mercados. Se acabó la pantomima del Estado del bienestar que, en el fondo, era puro socialismo subrepticio, sectores públicos hipertrofiados, burocracias, montañas de funcionarios, seguridad por doquier, gasto público, salarios altos y, entre tanto, beneficios, ganancias, plusvalías, planos cuando no descendentes. Había que reaccionar.
Y el capital reaccionó. Primero barrió todas las empresas públicas industriales o mercantiles, todos los monopolios, energía, telecomunicaciones, tabacos, minería, todo. Luego fue por los servicios públicos, correos, transportes, sanidad, etc. Por último quiere arrasar la administración misma. Por eso carga con especial saña contra los funcionarios. Tras haber reducido a los obreros a una situación de desamparo con pérdida casi total de sus derechos y una administración de justicia innacesible y hostil, ahora quiere asimilarles a los funcionarios, esos trabajadores muchos de los cuales se hicieron la ilusión de ser eso, "clases medias". Una vez proletarizados los funcionarios, asustados los parados, aterrorizados los pensionistas y maniatados los trabajadores, será el reino del capital sobre una población atemorizada, pendiente de la benevolencia de los gobernantes pero no de la seguridad jurídica y la garantía de la ley y los tribunales.
Frente a esa situación, en efecto, ¿por qué no hay una revolución?
Porque si por revolución entendemos alguna o algunas de las que se dieron en el pasado, es imposible. El Estado ha perfeccionado sus medios de represión y hecho impensable cualquier movimiento insurreccional, clandestino y mucho menos armado. Y sin armas no hay revoluciones, exceptuada, se dice, la India, y olvidando que no fue una revolución sino una liberación nacional. Lo que hubo de revolución en la guerra civil española vino del hecho originario de armar a las milicias. Si el gobierno de la República no hubiera repartido las armas, aun a regañadientes, la guerra hubiera durado unos meses, quizá semanas, porque Madrid habría caído.
Pero la capacidad represiva del Estado hoy es inmensa. Todos nuestros Estados reconocen el derecho al secreto de las comunicaciones, pero todos controlan los teléfonos cuando quieren, con o sin mandato judicial. Y lo hacen con aterradora precisión, gracias a los sistemas utilizados en la telefonía móvil que es por donde nos comunicamos. Nuestras ciudades están llenas de cámaras de vídeo. Vivimos observados en pantallas. Es por nuestra seguridad, sin duda, pero también por nuestra inseguridad. El Estado rastrea ya la red, cada vez con mayor eficacia, vigila todos sus movimientos e intercambios y, muy probablemente, tiene el ciberespacio plagado de agentes y espías infiltrados en donde quiere. La batalla se da en la red. Pero la red es pública y la policía está tan al tanto de lo que sucede como quienes lo preparan. La actuación normalmente hostigante y generalmente desorbitada de las fuerzas de seguridad en Madrid, Barcelona, etc muestra una concepción del orden público represiva, dura, autoritaria, intimidatoria. La policía sabe que quedará impune porque los poderes públicos la amparan, y si actúa ilegalmente (no mostrando placas de identificación, por ejemplo) o se sobrepasa, la justicia le será favorable y, cuando no lo fuere, el gobierno acudirá en su socorro e indultará a los condenados.
Y, además de la represión violenta, el Estado ha perfeccionado igualmente su justificación ideológica. El control casi absoluto y la manipulación de la inmensa mayoría de los medios de comunicación, públicos y privados (pues apenas sobrevive algún bastión crítico) garantizan la machacona repetición de la ideología oficial o pensamiento único (Ramonet). Los medios son literalmente aparatos de propaganda del gobierno, especialmente los públicos. Y la censura y/o silencio de los discrepantes, casi total.
La Iglesia es de mucha ayuda pues no solamente ha abandonado la actitud de bronca continua frente al gobierno socialista sino que apoya con fervor religioso de multitudes todas las medidas del actual. Es más, las inspira. Qué digo "inspira": las dicta. Ideología es y de la más retrógrada, la desaparición de la Educación para la ciudadanía, el retorno de la religión, la discriminación por sexos y el privilegio de la enseñanza privada concertada frente a la pública, en trance de luchar por la supervivencia. El ataque a la educación se ceba en las Universidades, centros de fabricación de doctrinas pérfidas, socializantes, cuando no socialistas, último reducto crítico, funcionarios del pensamiento con los que hay que acabar: castigo a las Universidades públicas y a privatizarlas, hasta que estén al servicio del capital.
Junto a la Iglesia, cómo no, los empresarios, con una política y un discurso público que cabe calificar de terror psicológico. Todo cuanto dicen trata de acercar más la condición de los trabajadores a la de la esclavitud. Para legitimarse pagan universidades, fundaciones, think tanks en los que se justifican estas doctrinas y se elaboran otras siempre en la misma dirección de dejar el mercado a su mal aire, en lo más parecido a la ley de la selva y libre de esas odiosas regulaciones que no son sino las leyes que protegen los derechos de los más débiles.
En estas condiciones, la revolución puede volver a gritar orgullosa, como en el escrito de Rosa Luxemburg sobre la revolución de Berlín de 1919, ¡fui, soy y seré!. Sin olvidar que se trataba de una derrota. Como la de ahora.
(La imagen es una foto de chris.corwin, bajo licencia Creative Commons).

martes, 30 de octubre de 2012

A este PSOE le falta nervio.

Ayer se conmemoraba el trigésimo aniversario de la victoria del PSOE en 1982. Con ese motivo, EFE ha subido un vídeo a You Tube muy digno de verse y al que pertenece la ilustración de esta entrada. El primer gobierno monocolor socialista de la historia de España. Un hito. Un documento gráfico impresionante que trae efluvios antañones. A su vista, dos consideraciones, una en broma y otra en serio. En broma: un gobierno socialista sin Alfredo Pérez Rubalcaba. En serio: no solo es monocolor, es también monogenérico o monosexual, absolutamente homofílico. Ni una mujer. Algo hemos adelantado. Esa imagen hoy es impensable, incluso en los gobiernos de la derecha. En realidad, Felipe González gobernó al más puro estilo macho hasta 1993, en que aparecen las primeras ministras en ministerios "propios de su condición", si se exceotúa a Rosa Conde, que fue portavoz del gobierno en 1988.
Ya sé que es fastidioso andar con estas recriminaciones cuando se habla de los gobiernos socialistas que cambiaron la faz de España. Pero conviene recordar que en esto de la igualdad de género acabamos de empezar y siempre se puede desandar el camino recorrido en cuanto nos descuidemos. Como está pasando ahora.
Salvado el escollo patriarcal, el PSOE de 1982 tiene en común con el de 2012 las siglas. Todo el fuego, la determinación y voluntad de aquellos "jóvenes nacionalistas" se ha convertido en un anodino marasmo en el que la dirección lucha por sobrevivir frente a un partido inquieto con los resultados y perspectivas electorales y una opinión pública que no entiende por qué no hay oposición visible.
Una de las acusaciones que en los últimos años se hacían al PSOE era que se había convertido en una mera maquinaria electoral y descuidado el flanco ideológico, desdeñando la tarea de formulación de ideas. Así, cuando llegaron las sucesivas catástrofes electorales (Andalucía no fue una victoria del PSOE), el partido se encontró desnudo, sin votos y sin ideas. Y así está.
Rubalcaba sostiene que nadie le pide a la cara la dimisión y, con eso, da por zanjada una cuestión que, le guste o no, sigue abierta. Él reivindica su estilo de oposición a la que llama "responsable", consistente en no plantear conflictos al gobierno y, en cambio, ofrecerle pactos de Estado. Una oposición leal, caballerosa, que Rubalcaba experimentó en tiempos de Zapatero. Pero eso no le lleva muy lejos por dos razones: 1ª) está suficientemente claro que el gobierno desdeña toda colaboración con el PSOE con lo que seguir ofreciendo pactos solo puede entenderse como un "error de programación". Es por tanto irrelevante si esa actitud es adecuada o no porque no cabe practicarla. 2ª) Por lo demás, la profusa y educada oferta de pactos no exime al PSOE de articular su oposición de una forma clara y nítida, de ofrecer un programa alternativo a los dos del PP (el que prometió y el que cumplió) y de hacerlo en términos comprensibles para la gente y con suficientes garantías. El PSOE no puede ya ampararse en un compromiso al estilo del tristemente célebre ¡no nos falles! de Zapatero. Ha de haber algo más.
Pero no lo hay. En su marasmo, la dirección del PSOE no hace sino balbucear que "ha entendido el mensaje" (al estilo de González en 1993) y que se va a poner a ello. Para hacer ¿qué? Formular alternativas concretas claramente socialdemócratas. Pero no salen. Y no salen porque a estas alturas el conflicto político en nuestra sociedad ha superado al PSOE en dos aspectos cruciales, el territorial y el social.
Rubalcaba es hombre conservador. Ha sido gobernante con Zapatero y condonado, por tanto, la renuncia del PSOE de entonces a la separación entre la iglesia y el Estado. Y por él mismo, el PSOE se ha alejado de su tradición republicana, aproximándose a la condición de partido dinástico. Teniendo en cuenta que este PSOE es el que perpetró el ataque más grave al Estado del bienestar con la reforma constitucional de agosto de 2011, refrendada a regañadientes por Rubalcaba, se entiende que sea difícil salir del desconcierto con la facilidad con que la crisálida rompe el capullo y emerge como una colorida mariposa de una socialdemocracia repentinamente renovada por arte de birlibirloque y a manos de quienes gestionaron el lento declive hacia la irrelevancia política.
Tan difícil que lo único que se ve es cómo un PSOE falto de iniciativa y nervio va encajando como puede las exigencias de una realidad que no sabe controlar. Rubalcaba tiene un espíritu centralista que pretende mitigar esgrimiendo en situaciones de necesidad un federalismo en el que no cree y que, por supuesto, le hace abominar del concepto mismo de autodeterminación. Piensa en esto como la derecha (según acaba de certificar María Dolores de Cospedal) que, al negar el concepto, desaparece la cosa. Y la cosa le ha estallado ahora en las manos en forma de un PSC díscolo que reclama el derecho a decidir de los catalanes. La odiada autodeterminación ahora en el huerto propio, con un hortelano que se limita a decir que no "comparte" la idea pero no aclara qué piensa hacer cuando el PSC oriente su actuación como pretende.
Es el silencio, la ambigüedad, la indeterminación, es decir, la falta de nervio, lo que está lastrando al PSOE hasta tal extremo de desconsuelo que una de las razones que empiezan a oírse para justificar la continuidad de Rubalcaba es que sin Rubalcaba las cosas estarán peor. No lo sé, pero la prolongación de la situación actual es descorazonadora.
Ayer se votó en el Congreso una iniciativa de Izquierda Abierta en pro de la dación en pago. El PP votó en contra. El PSOE se abstuvo. La abstención es lo primero que los políticos afean a los votantes pero, luego, como se ve, la practican ellos. Y disciplinadamente, como cohortes, ningún diputado socialista votó a favor de la dación. Todos se abstuvieron. Todos refugiaron sus conciencias en la abstención que es la confesión de una impotencia, de un fracaso: el de no tener una idea clara de lo acertado o desacertado de una medida que afecta a derechos básicos de cientos de miles de personas y por qué.
Es la falta de nervio.
(La imagen es una captura de un vídeo de EFE,subido a You Tube).


domingo, 30 de septiembre de 2012

Palinuro pregunta.

El gobierno acaba de suprimir la dotación presupuestaria de la memoria histórica. No hace falta escuchar sus razones que, como siempre, son mentiras. Los herederos ideológicos de los fascistas sublevados en 1936 no quieren que se sepa la verdad de las atrocidades que, durante años, perpetraron los suyos contra un población indefensa. Quieren que los asesinados y enterrados en fosas comunes ahí sigan, que no se averigüe el destino de decenas de miles de torturados, violados, asesinados, que se eche en  olvido, que no se recuerde y, de paso, que las víctimas y sus parientes y allegados se callen y traguen con su infortunio hasta el fin de los tiempos.
Garzón acaba de decir con mucho tino que no se puede construir el futuro sobre cientos de miles de víctimas. Ni el futuro, ni el presente, ni nada. Pero los neofranquistas en el gobierno pìensan que, si tuvieron 40 años de cristiana "placidez" en un país sembrado de cadáveres, ¿por qué no algunos más?
Los herederos ideológicos de los vencidos en 39, tengamos o no allegados entre los asesinados, tenemos un deber moral de acudir en defensa de una causa justa: la reparación de aquella infamia. Los trabajos de la memoria histórica deben continuar e, incluso, intensificarse. Por ello Palinuro propone la creación de un Fondo Social de la Memoria Histórica que puede empezar en las redes como una campaña de crowdfunding y tratar luego de ampliarse solicitando subvenciones de organismos nacionales e internacionales que atiendan a un principio de equidad, justicial y moral que el gobierno de Rajoy ha pisoteado.
Se ruega a las personas interesadas hagan saber su disponibilidad. Para ello sugiero se busque a Palinuro en Facebook y se le haga saber si tenemos la base suficiente para echar a caminar el proyecto que, si cuaja (¡ojala!,) pondremos en manos de quienes noble y desinteresadamente han estado trabajando todos estos años por la memoria histórica.
También sugiere Palinuro crear un hashtag #memoriahistórica o algo así en Twitter para dar a conocer la iniciativa y recaudar la ayuda.
Vamos a responder a la nueva provocación de los neofranquistas y nacionalcatólicos.

lunes, 6 de agosto de 2012

El espíritu de la democracia.

El rasgo principal de la democracia es que encierra múltiples significados. Para Aristóteles era el gobierno de los pobres. Para Rousseau, la identidad entre gobernantes y gobernados. Otros autores la veían como el gobierno de la masa, una amenaza a la libertad individual, por ejemplo, Kant. También son variados los requisitos que se le exigen. Prevalece el principio de la mayoría, mayoría a la que ha de llegarse mediante elecciones con sufragio universal. También se pide garantía de las minorías frente a una hipotética "tiranía de la mayoría". Esto presupone la igualdad ante la ley. A veces los requisitos de la democracia son los del Estado de derecho, el primero de todos, el imperio de la ley. Probablemente todas estas determinaciones sean necesarias para que haya democracia aunque quizá no sean suficientes cada una por separado.
No existe concepto nítido de democracia; el que hay es difuso. Muchos afirman que la democracia no es un concepto sino un espíritu, una forma de ser. Cosa que suele aplicarse a otras convicciones políticas, por ejemplo, el liberalismo del que también se dice que no es tanto una ideología como un modo de ser. Igualmente, el fascismo sostenía y, supongo, sostiene, ser un estilo.
Me gusta pensar en la democracia como eso, mucho más difuso aun, que suele llamarse cultura o sea, un espíritu; el espíritu democrático. Y me gusta asimismo identificarlo con el espíritu caballeresco pues estoy convencido de que este representa el estadio más alto de la civilización y la moral en concreto. Ciertamente, no todo en el espíritu caballeresco es encomiable. Sus presupuestos socioeconómicos son odiosos y su concepción de la mujer, inaceptable. Ambas deficiencias, sin embargo, afectan a otras culturas y espíritus
El caballeresco está basado en la lealtad y el juego limpio, el fair play que son los componentes de la nobleza y obedece a una serie de mandatos claros: no se miente nunca; jamás se ataca a los más débiles; siempre se cede la iniciativa al adversario; se garantiza la igualdad de medios y condiciones; no se combate con desigualdad de medios cuando la desigualdad nos favorece; no se ataca al anemigo caído; no se hacen trampas. Se entiende la razón por la que propugno pensar en el espíritu democrático en términos caballerescos.
Toda la operación de desembarco de ideólogos conservadores en RTVE y la purga de periodistas independientes no tiene nada que ver con el juego limpio. Aunque el Guardian, dé la noticia diciendo que el gobierno despide a los periodistas críticos con las medidas de austeridad, no parece que estos periodistas hayan criticado más a este gobierno que al anterior y nadie se planteó echarlos entonces.
Tampoco es fair play -aunque pueda ser legal- cambiar las reglas del juego en mitad de la partida por un acto de fuerza. El cambio de la ley que regulaba la elección del presidente de RTE para poder imponer el candidato propio sin tener que consensuarlo con nadie es juego sucio. Ambas medidas, la purga de periodistas y la invasión de RTVE, por lo demás, son elementos de un proyecto más ambicioso al que definitivamente cabe considerar como el mayor ataque del gobierno a los principios del juego limpio. Controlar por entero los medios públicos de comunicación para adoctrinar con ellos a la población, no permitir que los críticos o disidentes se hagan oír, monopolizar el mensaje y no dejar hablar a los demás, no tiene nada que ver con el juego limpio. Nada que ver con la democracia. Es un acto despótico y tiránico. Eso lo sabe todo el mundo. Incluido el gobierno.

domingo, 29 de abril de 2012

La batalla ideológica.

Esperanza Aguirre está en su momento de mayor gloria. Ayer el congreso de su partido la reeligió presidenta por una proporción abrumadora de votos. No había candidatura alternativa, la vencedora estaba radiante y lanzada en el campo de la oratoria. Anunció, como en las justas medievales, que viene a dar la batalla ideológica contra el socialismo al que tildó en varias ocasiones de "fracasado" y "sectario". Era la paladina del feliz orden neoliberal.
Es llamativa la insistencia de Aguirre en la lucha ideológica que aborda fijando orgullosamente su posición en el liberalismo. ¿Qué liberalismo? es pregunta irritante porque no es seguro que la presidenta sepa las variantes de la ideología que dice abrazar. Para ella liberalismo quiere decir neoliberalismo extraído del venero de Hayek, vía von Mises, con un fervoroso neoconservadurismo extraído del de Strauss. Está en su derecho. Palinuro coincide con Aguirre en que tener convicciones es un derecho del individuo y defenderlas con energía, un deber. De ahí que le parezca muy bien que haya batallas ideológicas. Es más, le gusta participar en ellas.
Pero las batallas, sobre todo las ideológicas, deben ajustarse unas reglas generalmente no escritas de código caballeresco y juego limpio. Es una vieja tradición inglesa, británica. Y me consta que Aguirre tiene gran admiración por todo lo británico: habla a la perfección el inglés, tiene un curioso dry humour y es Dama Honoraria del Imperio Británico. Siendo así, no habrá olvidado que, en su caso, el código caballeresco se presume pues la Orden del Imperio Británico es una orden de caballería. Y el primer deber, sacrosanto deber, de caballería es tratar gentilmente al adversario, cederle incluso la iniciativa en el ataque y, desde luego, si de justa verbal se trata, garantizar que tenga la máxima audiencia posible, no tratar de silenciarlo. Estamos de acuerdo, ¿verdad? ¿Cómo debemos entender el caso de Telemadrid, un órgano de propaganda exclusiva del PP, sin que los adversarios tengan la mínima posibilidad de expresarse y en donde la propia Aguirre despide a un periodista relevante acusándolo de "haber comprado el discurso del adversario" como si en la televisión pública hubiera más adversarios que quienes se ponen fuera de la ley? ¿Qué tiene que ver eso con la elegancia, la caballerosidad y el buen gusto del código caballeresco? Más bien con las trapacerías, las triquiñuelas, trampas y engaños de los villanos y los rufianes. ¿Y cabe serr mitad caballero (o dama) y mitad rufián igual que, según José Antonio, los españoles eran mitad monjes y mitad soldados? No, no se puede y Aguirre debe de saberlo y saber, por tanto, que su comportamiento con la televisión madrileños, los medios de comunicación y los derechos del adversario es de rufián y, más concretamente, de rufián fascista. El estilo de sus periodistas preferidos
La batalla ideológica de Aguirre suele formularse en un terreno concreto al que vuelve siempre, como una especie de querencia o de obsesión que empieza a ser alarmante, esto es, que hay que desmontar la presunta superioridad moral de la izquierda. Es casi una manía persecutoria, lleva años diciéndolo pero todavía no debe de haberlo conseguido porque lo repite hasta aburrimiento. Sin que sirva de precedente Palinuro va a explicar a Aguirre con una parábola (con su aclaración, no se preocupe) el aparente secreto de esa superioridad. Es muy sencillo. Ayer, el segundo del PP de Madrid, Ignacio González, que fue al congreso acompañado de Julio Ariza, el empresario de Intereconomía, reconocía que, con gran dolor de su corazón, en determinadas circunstancias extremas, los partidos tienen que traicionar sus principios. Es dura ley de vida. Supongo que Aguirre lo entiende muy bien. La foto más arriba la muestra en compañía de Dolores de Cospedal, otra dama de oratoria luciferina y mendacidad de rabanera en plena campaña de 2010 del "no" a la subida del IVA del pérfido gobierno zapateril. He aquí un principio sacrosanto en cuyo nombre las dos damas estaban dispuestas a mezclarse con verduleras y pescadoras. Un principio, sin embargo, que se ven obligadas a traicionar en el superior interés de la Patria.
Ahora una evidencia: cuando la derecha se ve obligada a traicionar sus principios, nadie se le subleva; alguna débil voz doctrinaria en contra, pero el conjunto se hace cargo de la situación, comprende y apoya. Prueba, entre otras cosas, de que los principios (los valores esos que no se le caen de la boca a Aguirre) no son muy profundos ni muy recios. En cambio, cuando es la izquierda la que traiciona sus principios, todo el mundo se le echa encima, empezando por la propia izquierda, por sí misma, se le retiran los apoyos por millones y se le hace morder el polvo electoralmente hablando. Ahora una pregunta: ¿sabe Esperanza Aguirre por qué sucede esto? Si lo sabe, sabe la razón de la superioridad moral de la izquierda. Cuestión de principios y valores de verdad, no de boquilla. Si no lo sabe, probablemente no entienda nunca aquello contra lo que lucha.
En el discurso de este congreso no ha habido referencia alguna a mayo del 68, pero es otra de las bestias negras del universo combativo de Aguirre. Al igual que Sarkozy, habla de "acabar con el espíritu de mayo del 68" como el que quiere acabar con la peste o con alguna "enfermedad moral", de esas que gusta inventar la derecha para tener a quien perseguir, como el "alejamiento de Dios" o la homosexualidad. Es un leit motiv de una derecha no estrictamente cerril, sabedora de que lo importante en la convivencia son las ideas.
El odio a mayo del 68, núcleo del neoliberalismo más agresivo, es el odio a una revolución de la vida cotidiana expresada con tanta profundidad y belleza que hasta sus enemigos quedan subyugados. El odio a mayo del 68 refleja una frustración, una envidia y una venganza. En este punto, el debate ideológico, que Aguirre ya tenía perdido en el frente de la superioridad moral, pasa a ser cuestión del psicoanalista. Acabar con el "espíritu del 68" cuarenta y cuatro años después es propósito tan racional como terminar con el espíritu del protestantismo, la leyenda de Avalon o la "cosa en sí" de Kant. Es decir, un disparate. La primera en entender (mal) la fuerza revolucionaria del prohibido prohibir es Aguirre. Y de ahí arranca esa irritación casi neurótica que le hace plantear tal dislate reiteradamente. He de decir, con todo, que prefiero 1.000 veces a Aguirre que sufre con estas paradojas y las lleva al campo de batalla, antes que a Ana Botella o Dolores de Cospedal, que no se enteran porque la cabeza no les da para más.

(La imagen es una foto de PP Madrid, bajo licencia de Creative Commons).

martes, 13 de marzo de 2012

La moral de la derecha.

La derecha está exultante. Aguirre presenta su candidatura a la presidencia del PP de Madrid con el fin de dar la batalla al "dogmatismo y sectarismo" de la izquierda y su absurda pretensión de alardear de superioridad moral. Es un asunto que le preocupa mucho y de hace tiempo, aunque mal pueda luchar contra el dogmatismo y el sectarismo una persona que profesa fe ciega en una religión construida sobre dogmas, muy parecida a una secta.

Pero, en fin, la presidenta de la Comunidad tiene razón: alardear de superioridad moral es absurdo y espero que la izquierda no lo haga. Es más, a mi parecer no lo hace ("dime de qué presumes..."), se trata de una atribución unilateral de Aguirre que tiene mala conciencia no confesa no tanto por la moral de la izquierda como por la aparente inmoralidad de la derecha. Ella misma, ¿no debe su cargo en primer lugar a un episodio, el tamayazo, moralmente indigno para el PP aunque el PSOE también se lleve lo suyo aquí por abrir sus filas a gentes venales?

Hay más. Ese idílico discurso de la "ideología" y los "principios", así como las "ideas de raigambre" (concepto muy querido del conservadurismo) pide contrastarse con la realidad, cosa fácil, dada la extraordinaria visibilidad de la derecha desde el 20-N. Para ello, basta con escoger un día cualquiera. El de ayer, por ejemplo:

Cospedal no dejó el micrófono y aprovechó para sentar doctrina. Reiteró que el PP es el partido de los trabajadores, razón por la cual, al parecer y por amor a su partido, los españoles tienen que trabajar más horas; que los parados son hinchas de su reforma laboral y que esta se hace pensando en los jóvenes. No sé si Aguirre estará de acuerdo pero la mentira es inmoral. Ciertamente, si parece o no mentira lo anterior dependerá de cómo se cuente y para ello Cospedal, al afirmar que la TVE no es imparcial ya está preparando el terreno para convertir la mentira en verdad, al estilo de Telemadrid y Canal Nou, como muy bien sabe Aguirre. Y como muy bien sabe asimismo que "parecer" no es "ser".

Los medios más vociferantes de la derecha empujaron al Fiscal General del Estado a suscribir sus sempiternas insidias e infundios sobre la resolución judicial del 11-M. Por último, el Fiscal General ha visto en dónde estaba metiéndose al dar pábulo la posibilidad de reabrir el caso del 11-M a partir de las patrañas que publican los medios conspiranoicos y ha retrocedido reconociendo que el 11-M es cosa juzgada, lo que ya sabía cuando dio orden de abrir una investigación sobre una chatarra almacenada en cualquier parte. Sembrar dudas acerca de las decisiones firmes de los tribunales de justicia, ¿qué tiene que ver con la moral? Conviene, además, recordar que quien ayer sembró también dichas dudas fue Ana Botella, esposa del presidente del gobierno que intentó por todos los medios colgar la autoría del atentado a ETA y se volcó en el empeño, aun sabiendo que era falso y que estaba instrumentalizando las casi 200 víctimas del atentado, como ahora sigue haciendo ella. ¿Qué tiene esto de moral?

Y no solo ella. El homenaje a las víctimas del terrorismo que Aguirre y Botella organizaron ayer, al día siguiente del aniversario, fue un acto de beligerancia política en contra de los sindicatos y con utilización de las víctimas. Lo cual es un gesto astuto de Realpolitik pues los infelices dirigentes de la izquierda, Gómez y Gordo, que nunca saben en dónde están, se creyeron obligados a ir en el séquito de un acto que rompía la unidad de homenaje a las víctimas por razones partidistas. Astuto, ciertamente, pero no moral. Máxime cuando el acto se aprovechó asimismo para insistir en el vilipendio a la justicia española, sembrando dudas sobre su integridad.

¿Y qué decir de Arenas Bocanegra en Andalucía? Se negó al debate con los otros dos candidatos pretextando la falta de neutralidad de Canal Sur. ¿Es necesario denigrar así a los profesionales para ocultar que a la derecha los debates en igualdad de condiciones le producen urticaria? Y no es nuevo. En los dos mandatos de Aznar no hubo ni uno y sin embargo él los tuvo cuando era oposición. En el último mandato de Zapatero ha habido uno y porque el PP, que también objetó a TVE, no pudo evitarlo. La derecha no quiere exponer sus propósitos en público y donde se pueda contradecirla. Y eso que es el "partido de los trabajadores" o sea, de personas como Arenas.

Todo lo anterior ¿tiene algo que ver con la moral?

(La imagen es una foto de PP Madrid, bajo licencia de Creative Commons).

martes, 17 de enero de 2012

Propaganda mezclada de melodrama

¡Menuda decepción la película de Phyllida Lloyd sobre Margaret Thatcher! ¡Qué forma de destruir un personaje que, a su modo, tuvo cierta grandeza, convirtiéndolo en una estúpida leyenda acartonada! Sin duda la interpretación de Meryl Streep es estupenda. Gran trabajo de impostación de la voz por el que una yanqui de New Jersey habla un perfecto Queen's English con acento de oxbridge. Seguramente le darán un Óscar. Pero la película tenía que haber sido algo más que una ocasión de lucimiento de una actriz.

Abreviando, porque irrita hablar de un producto tan detestable: más de la mitad de las dos horas de La dama de hierro se van en confrontarnos con la miserable existencia cotidiana de una enferma de Alzheimer. Eso quiere decir que queda otra hora para embutir a ritmo de caballo once años de una historia que vio momentos tan excepcionales como la derrota de los otrora poderosos sindicatos británicos, la alianza con Ronald Reagan para destruir el Estado del bienestar, el atentado del IRA en Brighton, la guerra de las Malvinas, la caída del muro de Berlín, el enfrentamiento con la Unión Europea y la conspiración del Partido Conservador para deshacerse de su lideresa aprovechando el fracaso de su intento de desmantelar el servicio nacional de salud (cosa que no se menciona en la peli) y de establecer un injusto impuesto de capitación.

Como esta pretensión es tan disparatada se resuelve con un guión absurdo en el que vivimos los episodios más impactantes de esa trayectoria como confusos fogonazos en reiterados flash-back de una mente enferma de Alzheimer. La lamentable condición de Thatcher se muestra ya en las primeras escenas. Hubiera bastado con eso y un único flash back para contar toda la historia en lugar de interrumpirla continuamente con episodios típicos de esta enfermedad de forma que no se sabe si lo que se quiere es colocarnos un documental sobre el Alzheimer en el marco de una historia de ocaso de los dioses o enardecernos con la leyenda de una férrea personalidad. Lo primero carece de sentido y lo segundo es un fracaso.

Afortunadamente para ella y para todos, Margaret Thatcher fue mucho más que una Iron Lady, especie de mezcla de Isabel I y Golda Meir. Thatcher representaba una mentalidad, una ideología neoliberal y conservadora que tenía y tiene mucho más fondo que la admiración de una jovencita por la integridad moral de su padre, honrado tendero, convencido de que son los tenderos quienes han hecho grande a Inglaterra. Una mentalidad de las clases medias y altas en el mundo anglosajón que se impuso arrolladoramente en el planeta desde los años ochenta y que ha traído la catástrofe de la actual crisis.

Thatcher tenía convicciones que aún hoy inspiran a muchos polític@s de la derecha. Me limito a citar una de sus más célebres expresiones que dan la medida de esta ideología: "La sociedad no existe". De eso, como de muchas otras cosas, no se dice nada en la película. Sí, en cambio, de la contrapartida: lo que existen son las familias y los individuos. La finalidad es clara: presentar únicamente los aspectos positivos del personaje (es vergonzosa la forma en que se caricaturiza la oposición laborista), convirtiéndolo en una especie de muñeco de cartón completamente inverosímil.

Cuanto de público hay en la película es propaganda y cuanto de privado, melodrama "explicativo" de acompañamiento.

jueves, 2 de junio de 2011

Retirad ya esa basura y dimitid.

Se cumple lo que decía Palinuro en una entrada anterior (La desvergüenza de los franquistas), esto es, que no se trata solamente de que el franquista Luis Suárez haya puesto su huevo podrido en un cesto por lo demás impoluto. Se trata de que todo el cesto es una gusanera de fascistas y meapilas. Es cierto que el tal Luis Suárez es un propagandista de la Dictadura en todos los foros que controla, al que su cobardía impide llamar por su nombre aquello que defiende cuando ha de hacerlo fuera de su covacha. Pero no es únicamente eso. Según va profundizándose, se ve que las demás entradas son igual de falsas, torpes y/o irrisorias. Público muestra cómo estos propagandistas sostienen que la guerra civil fue una cruzada y otras descarnadas mentiras de este jaez. O sea, no es que en una obra de historiografía y biografía por lo demás digna se haya colado un par de disparates, no. Es que todo lo que tiene que ver con la guerra civil y el franquismo está escrito por los defensores y herederos de uno de los bandos en desprestigio y detrimento del otro. Se trata de que, en este terreno, el Diccionario Biográfico es una reedición de los repugnantes manuales de Formación del Espíritu Nacional, unos textos llenos de embustes, insultos, provocaciones y estupideces que son los que más hen hecho por debilitar y aniquilar el espíritu nacional de los españoles al identificarlo con la causa de los golpistas y los asesinos.

Y esto no tiene remedio. El mal está causado y, mientras crece la indignación en todos los sectores, lo único sensato que cabe hacer es retirar y destruir la edición en todo aquello que ofende la verdad y el espíritu crítico y poner de patas en la calle a los responsables de esta vergüenza, empezando por el director del lugar, Gonzalo Anes, si carece de la dignidad de dimitir. Palinuro no cree de recibo que con el dinero de sus impuestos se defienda el genocidio franquista, aunque sea vergonzantemente y con la boca chica, como hacen estos fascistas revenidos a los que ya no queda ni el coraje de sus opiniones.

Parece lógico que los Reyes hayan apadrinado la presentación de este atentado a la verdad y la honestidad intelectual. Al fin y el cabo, deben mucho al dictador. Se lo deben todo y ya se sabe lo de ser agradecidos. ¿No dijo Juan Carlos en cierta ocasión que en su presencia nadie se atreviera a hablar mal de Franco? Ahora bien, aquí no se trata de hablar mal sino de hacer su panegírico. Se trata del derecho de las víctimas, sus allegados y descendientes, así como de todas las personas amantes de la democracia y de la verdad, a decir que Franco fue un golpista, un asesino y un genocida. Le guste o no a Juan Carlos y a su esposa a quienes este golpista benefició pues sin él hoy no serían nada.

Se ha señalado que esta Academia es un antro de reaccionarios y nostálgicos de la dictadura que se reproduce a base de enchufes y carece de prestigio entre los verdaderos historiadores. No obstante, algún académico o académica que ha llegado hasta aquí valiéndose de sus influencias, en sus años mozos fue antifranquista, que era lo único decente que se podía ser entonces. ¿Qué ha pasado con él/ella? ¿Está arrepentido/a de su actitud de entonces? ¿Ha renegado de su juventud? ¿Se ha vendido? Al fin y al cabo, la derecha tiene mucho dinero, posiciones, relaciones, ventajas y es lucrativo bailarle el agua y comer en su mano. Pero, al mismo tiempo, es muy exigente y nada ingenua y quienes se le venden han de apear todo decoro y dignidad, como los criados. Tiene gracia que, en su desmedida ambición y su materialismo garbancero, algún/a antiguo/a izquierdista crea haber hecho un negocio cambiando su trenka de progre por una librea de lacayo/a sólo para descubrir al cabo de los años que el espíritu cuenta y la conciencia también.

(La imagen es una foto de Photospain, bajo licencia de Creative Commons).

lunes, 28 de marzo de 2011

Por alusiones

El sábado pasado, y porque participaba en él mi amigo Pablo Iglesias, vi íntegro el programa "La noria" de Tele 5 por primera y última vez en mi vida. No sé qué pretendan los hacedores de esta basura pero, sea lo que sea, es eso, basura con un nivel intelectual ínfimo en un ambiente de verduleros. El caso es que, en el curso de esa bazofia, el periodista Alfonso Rojo dijo que yo era responsable o inspirador o algo así de la movilización de los estudiantes de la Complutense por el asunto de la capilla. No es cierto. ¡Qué más quisiera yo que haber inspirado un acto con el que estoy de acuerdo por su ejemplaridad!

Ahora bien, supongo que, en justa reciprocidad y por alusiones que él cree vejatorias y a mí me enorgullecen, podré decir a mi vez algo de Rojo y de sus contertulios: todos ellos periodistas que se embolsan una pasta por ir a decir siempre lo mismo y a ver quién grita más y quién tiene peor gusto. Lo importante aquí es la pasta y, si estos mendas tuvieran un decoro mínimo, dirían cuánto pillan cada vez que salen en pantalla, a defender su cuadra. Para que la gente sepa de qué va esto.

En fin, que la derecha esté representada y defendida por alguien como Alfonso Rojo me parece normal. Que haya representación de la izquierda en ese espectáculo incalificable es menos normal y que la ostente un engolado sectario como Sopena da risa.

El dinero hace maravillas.

(La imagen es una foto de Adrián Pérez, bajo licencia de Creative Commons).

jueves, 20 de agosto de 2009

Sobre la corrección política.

Esto de la corrección política (cp) es, sobre todo, cuestión de palabras, del significado de los términos de las connotaciones de lo que se dice, de la intencionalidad con que se dice en el entendimiento de que el habla misma toma ya partido en la lucha política. Por lo general la cp responde al bienintencionado objetivo de evitar toda connivencia con actitudes racistas, sexistas, paternalistas, autoritarias a base de llevar cuidado a mirar el uso de los términos al hablar por entender que en las palabras mismas está inherente ya gran parte de la violencia social de dominación. De ahí que pretenda sustituir unos términos consagrados, admitidos, aparentemente naturales por otros políticamente neutros, cosa que se considera mejor, aunque quizá no siempre por el mismo motivo. Por ejemplo, "negro" por "afroamericano", maricón por homosexual o gay. La intención, en efecto es buena y merece aplauso. Pero quizá el nombre escogido no sea lo más apropiado. El término "corrección" tiene connotaciones muy negativas que suscitan reacciones de rechazo. En ese rechazo se esconde muchas veces no solamente una consideración estética y un acuerdo de fondo respecto a que determinados términos deben evitarse, como "denigrar", "merienda de negros", "judiada", "moro", sino también una actitud muy distinta, regresiva, partidaria de la vuelta a la tradición a la que le parece que tiene buena venta disfrazar sus opciones retrógradas con una pátina de irreverencia. Así casi todos los carcundas, los meapilas y fascistas van por ahí proclamando su "incorrección política". Por eso, aunque no le guste el término del todo, Palinuro es partidario de la corrección política a todos los niveles y de evitar los términos que favorezcan la reproducción de las pautas sociales autoritarias y en las que se identifica a mucho pseudoizquierdista.

(La imagen es una foto de Dave 'Coconuts' Kleinschmidt, bajo licencia de Creative Commons).

lunes, 6 de octubre de 2008

A la salvación por la barbarie.

Rafael del Águila (Crítica de las ideologías. El peligro de los ideales. Madrid, Taurus, 2008, 207 págs.) es uno de los más interesantes politólogos españoles actuales que lleva años profundizando en cuestiones de Teoría Política, campo en el que ha hecho aportaciones fundamentales. Es memorable una obra anterior, en la que ya se prefigura ésta (La senda del mal. Política y razón de Estado.Madrid, Taurus, 2000) y en donde, entre otros hallazgos, acuñaba una pareja de conceptos, el pensamiento implacable y el pensamiento impecable, que encuentro muy significativos.

En esta obra parte del supuesto de que las brutalidades que los seres humanos hemos puesto en práctica en los siglos XIX y XX surgen del corazón mismo de nuestras creencias (p. 24). No son resultado de alguna enajenación o degradación colectivas sino que proceden de los ideales que atesoramos, llámense Patria, democracia, raza, mercado, etc (p. 35). Cita en su apoyo un texto de Solzhenitsyn en que éste acusa a las ideologías de las barbaridades de nuestro tiempo (pp. 36/37). Doy toda la razón al autor de El gulag pero al mismo tiempo no puedo dejar de pensar que él mismo, víctima de las más crueles represiones, era un ideólogo del renacimiento de la Santa Rusia. Del Águila lo deja claro: "El peligro está en los optimistas armados de ideales, de una teoría consoladora, y dispuestos a legitimar implacablemente los medios transgresores necesarios para su realización." (p. 41).

El autor concentra su análisis en tres campos ideológicos distintos (aunque en la realidad aparezcan a veces entrecruzados) caldos de cultivo de masacres y genocidios. El primero es el del pensamiento emancipador, revolucionario, el de las rebeliones milenaristas que "tratan de atraer el cielo a la tierra", dice Del Aguila (p. 46) en una construcción en la que suena lo que dice Hyperion a Belarmino en el primer libro del Hyperion de Hölderlin: "Lo que ha hecho del Estado un infierno es el intento del hombre de convertirlo en el cielo." No ofrece mucha duda esta causación histórica. Del Águila menciona un texto de aquel gran genocida que fue Stalin: "...afirmo que la producción de almas es más importante que la producción de tanques." (p. 53) También este texto parece reproducir una famosa alocución de Goebbels en 1934, en el III Congreso del Partido Nazi cuando decía (cito de memoria): "Está bien contar con un poder que descansa sobre los fusiles; pero está mejor y es más satisfactorio ganarse el corazón de los seres humanos y conservarlo."

El segundo terreno en que Del Águila investiga la fuerza destructiva de las ideas es el de la identidad o el nacionalismo, la búsqueda de las raíces, el pasado y la autenticidad, en cuyo nombre se han cometido crímenes sin cuento. Hay aquí una precisión que hace el autor de pasada y que encuentro de la máxima importancia a la hora de examinar las relaciones entre Nación y Estado que tanto nos atribulan hoy día. Dice Del Águila: "No es que cultura o nación pongan en marcha reivindicaciones políticas. Es que los intereses políticos movilizan, por ejemplo, exigencias nacionalistas o culturalistas para expresarse." (p. 62) Subscribo: el nacionalismo es siempre un proyecto político. Entiende nuestro autor que el nacionalismo sólo puede articularse a través de cuatro oposiciones (al individuo, al mundo real, a la democracia y a lo contingente) (pp.65/66) lo que explica que haya tantos puntos de contacto entre nacionalismo radical y fascismo (la cursiva es mía para subrayar que, obviamente, Del Aguila no postularía similar contacto con el nacionalismo "moderado"), lo que ya se ve en la idea profética de Hegel de pueblos "elegidos" por la historia (p. 68). Sin olvidar, claro es, que para pueblo elegido, el judío en la Biblia. El virus nacionalista (si puedo expresarme así) ataca también a la izquierda postmoderna según Del Águila que ve cómo ha mutado desde el internacionalismo a la prioridad absoluta de lo nacional (p. 71). Me parece muy cierto y añadiría que ese viraje empezó ya en los años 60, con los movimientos de liberación nacional. Es el contenido de la obra de autores como Frantz Fanon. El autor añade dos configuraciones de identidades que vienen aquí muy al caso, los fundamentalismos cristiano e islámico. Del cristiano me ha parecido especialmente interesante su confrontación con las ideas del Papa Ratzinger sobre la relación entre la fe y la razón pues coincido con él en que, al margen de la cuestión (que, por cierto, me parece mal planteada por SS) "lo que no se puede condonar es que en nombre de estas afirmaciones, movimientos católicos, obispos u otras jerarquías eclesiásticas invadan la esfera pública." (p. 79).

El tercer territorio (y el más interesante a mi entender) en que el autor analiza la relación entre ideales y barbarie es el de la democracia (o sea, el "nuestro") cuya misión pareciera ser "civilizar" y "globalizar". Entiende Del Águila que los imperialismos han buscado siempre una justificación (arranca de la de Ginés de Sepúlveda para el imperio español (p. 95)) y pasa revista luego sin conmiseración alguna a autores muy respetables por otros conceptos pero no por estos, como Kant, Stuart Mill o Locke. De hecho concluye que los imperialismos liberales de la belle époque allanaron el camino a los campos de concentración del siglo XX (pp. 107-108). La "teoría de la frontera" de Frederick Jackson Turner (p. 109) aparece como una justificación de la gigantesca limpieza étnica que fue la "conquista del Oeste" en los Estados Unidos y aprovecha para encontrar en estas guerras de exterminio una excepción a la célebre teoría de la "paz democrática" de J. R. Rummel, el creador del concepto de democidio (p. 113) Su punto de vista es que las sociedades indias eran democráticas, pero no estoy muy seguro de que sirva para falsar la teoría de Rummel.

La última parte del capítulo sobre democracias y masacres está destinada a analizar las actividades del gobierno del señor George W. Bush. La política cae aquí dentro del ámbito del fundamentalismo cristiano y al autor analiza con gran acierto lo que llama "los neocons y sus guerras". Esta actividad, movida por la National Security Strategy como doctrina esencial de la administración estadounidense (p. 131) justifica aberraciones como la guerra preventiva, la guerra basada en mentiras del Irak (pp. 137/138), el recurso a la tortura o las prácticas injustas y criminales como el centro de detención de Guantánamo (p. 143). Es decir, el fundamentalismo neocon no solo trae matanzas sin cuento en el Irak, una especie de genocidio, sino también un ataque a los derechos y libertades de los ciudadanos en los EEUU.

Los dos últimos capítulos son de recapitulación y reflexión. En el penúltimo, sobre Modernidad y democracia, razona Del Águila de forma brillante y convincente sobre el origen de la barbarie contemporánea. La teoría arranca de la famosa "jaula de hierro" weberiana (pp. 150-151) y acaba culpando del mal a la "razón instrumental" punto en el que coinciden todos: los frankfurtianos, Zygmunt Bauman, Foucault, Agamben, etc (p. 152). Sin embargo, dice Del Águila (y dice muy bien y es bueno que se diga) "Me parece que esta línea nítida que conduce de la Ilustración al exterminio constituye una típica exageración teórica." (p. 153) Y yo añadiría: una exageración teórica que además no es cierta. Culpar a la razón instrumental es, en definitiva, acabar culpando a la técnica en una actitud que no es racionalmente defendible por cuanto, aburre decirlo, la técnica es neutral. Son los hombres que aprietan los botones los responsables de la crueldad y si no hubiera botones, apretarían garrotes o hachas de silex. Por eso me parece que Del Águila desanda parte del camino tan audazmente andado cuando dice: "Por decirlo de nuevo con los frankfurtianos: técnica e instrumentalidad nos han convertido en "bestias de alcance más vasto" (p. 157). Si por tal entendemos un criterio meramente cuantitativo, de acuerdo; si es cualitativo, en absoluto. No es la modernidad la que "tiene el triste privilegio de haber innovado aquí. Los proyectos de eliminación de poblaciones por motivos raciales, étnicos, religiosos, de clase, ideológicos... surgen con ella." (p. 158). No es así. Están ya en la Biblia. Por no citar más que un ejemplo, cuando Saúl pregunta si ha de guerrear contra los amalecitas, Dios le dice por boca de Samuel: "Ve y golpea a Amalec y destrúyelo por entero: no lo perdones y no codicies nada de lo que tiene sino extermina a los hombres y a las mujeres, a los niños, incluso a los lactantes, a los bueyes, a las ovejas, a los camellos y a los asnos" (1Sa 15:3). No es cuestión de modernidad o de técnica; el exterminio, como el mismo Del Águila dice, está en el corazón de los hombres cuando creen que Jehová los habla, como decía Mr. Bush que había hecho con él (p. 124). A propósito de la dialéctica negativa y la comparación con el "Gran Hotel Abismo", dice Del Águila (nota 13, p. 206) que no recuerda si la expresión es de Fernando Vallespín o Gyorgy Lukàcs: es de Lukacs cuando dice que Adorno estaba "instalado en el Grand Hotel Abismo", creo que en la Teoría de la novela.

En el último capítulo Del Águila sistematiza y visibiliza a través de unos cuadros sinópticos los peligros de los ideales (pp. 170/173) y hace una especie de recapitulación positiva. Propone una política que llama "de mesura", basada en Aristóteles y Maquiavelo, una especie de "término medio", una templanza y moderación al estilo griego (p. 177). Concluye el autor su magnífico libro con tres consideraciones que, sobre obligarnos a pensar más, dejan abierta la continuidad de su obra: a) el peligro de los ideales no consiste en tenerlos sino en cómo se tienen; b) no somos infinitamente maleables; c) el hecho de tener convicciones -y hasta dar la vida por ellas- no significa que uno no pueda relativizarlas o hasta ironizar a su costa (pp. 180/181). Muy cierto. Siempre he defendido la causa de la revolución pero nunca he creído que fuera a triunfar.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Los chaqueteros.

¿Qué lleva a una persona a cambiar sus convicciones políticas o, cuando menos, a decir que las ha cambiado? ¿Qué lleva a alguien a "cambiar de chaqueta", a ser un "chaquetero"? Hace tiempo que pienso en dedicar un post a este fenómeno relativamente frecuente. Hasta donde me alcanza la vista de los casos que conozco, los cambios de chaqueta, las mudanzas de opinión, de creencias, de personalidad política son muy frecuentes o lo han venido siendo desde el comienzo de la transición hasta nuestros días y seguramente lo hayan sido siempre al menos desde que se da la divisoria política fundamental (esa que mucha gente dice que carece de importancia en nuestros días siendo así que continúa estando presente en todos los sistemas políticos del mundo, por esotéricos que puedan ser) entre la izquierda y la derecha. Cualquiera de nosotros puede señalar cuando menos media docena de casos de personalidades de la vida pública que han trocado unas convicciones políticas por otras. Esos casos aumentan si también se nos permite señalar casos de personas privadas en nuestro entorno más o menos cercano.

En el funcionamiento ordinario de las instituciones, el chaqueteo se conoce como transfuguismo, detestable práctica de chalaneo con el carácter de la representación política que, según dicen ellos mismos, indigna a los partidos políticos quienes, sin embargo, parecen incapaces de atajarla, sobre todo cuando los beneficia. Pero el transfuguismo no agota la complejidad del chaqueteo ya que no presupone necesariamente un cambio en las convicciones ideológicas. Un tránsfuga es una persona que pasa de votar con unos a votar con otros, generalmente por dinero u otros beneficios materiales, sin que se vea obligada a decir que ha cambiado de forma de pensar, aunque suela aducirlo por lo que se llama "vergüenza torera", expresión también merecedora de comentario aparte, aunque no ahora..

El chaqueteo implica, pues, una mudanza ideológica. Como quiera que, sin haber una gama infinita, ideologías hay varias en el orden de la acción pública, política, social, su mudanza o cambio no tendría por qué ser fenómeno reseñable: uno cambia de ideologia como puede cambiar de gustos culinarios, costumbres deportivas o aficiones artísticas. Sin embargo, no cabe despachar el asunto con tanta sencillez por cuanto prácticameente en un cien por cien de los casos, el chaqueteo presupone un cambio de una ideología de izquierda a una derecha. Prácticamente no hay ejemplos de gentes que hayan trocado una ideología de derecha por una de izquierda y de hecho, sólo conozco un caso mientras que son legión los ejemplos que se me vienen a la mente de cambio de izquierda en derecha. No hace falta citar nombres: todos conocemos bastantes casos (en España y fuera de ella) de antiguos izquierdistas pasados al campo de la derecha, incluso de la extrema derecha: diputados, concejales, ministros, periodistas, comunicadores en general, intelectuales, artistas, pensadores, etc, etc.

Siempre que alguien nos dice:"¿te acuerdas de fulano/a, tan radical e izquierdista?Pues se ha hecho de derechas y vota a tal o cual partido de la derecha" tenemos -almenos, yo la tengo-la sensación de que "fulano/a" ha cambiado algo parecido a una fe religiosa, ya que las convicciones políticas (que por lo general implican ideas antropológicas y convicciones o falta de convicciones sobre lo metafísico y hasta trascendental) tienen algo de religioso. Y solemos mostrar cierta incredulidad. Sólo el paso del tiempo nos convencerá de que fulano/a ya no profesa determinadas ideas sobre la igualdad o la libertad o los derechos humanos o la autodeterminación o los derechos sociales o la solidaridad o la naturaleza humana, el sentido de la vida, etc, sino que ahora profesa otras.

Es difícil de asimilar, pero es. Y, que yo sepa, no es un fenómeno que se haya estudiado en profundidad probablemente porque junto a su dimensión política y sociológica, tiene otra psicológica muy ardua de abordar. Exactamente ¿cómo se explica que nel mezzo della sua vita (si tal es el caso) una persona mude de convicciones a veces aparentemente muy arraigadas con la facilidad con la que las serpientes mudan de piel? ¿Cómo se adapta la nueva concepción del mundo a una circunstancia, incluso unas "creencias" orteguianas?

Hay una primera explicación (o intento de explicación) de carácter biográfico que presupone que, por una serie de razones que no hacen ahora al caso, las convicciones izquierdistas son propias de la juventud pero que, al avanzar en la vida e ir haciendo frente a las responsabilidades de la supervivencia y las amarguras y desengaños del mundo, la gente se hace conservadora en virtud del viejo adagio de que "el hombre nace incendiario y muere bombero". Es posible, hasta es muy posible, pero esto no es una explicación, sino una mera descripción de un fenómeno que sigue sin explicarse.

Ante esta situación suele echarse mano de una concepción sociológica de clase según la cual los jóvenes se sublevan contra los valores tradicionales de su clase que reciben a través de la familia pero a la larga, la vis atractiva de la clase, de la burguesía, acaba siendo más fuerte que sus convicciones y sucumben a ella.Vuelven al redil, en definitiva, tras una especie de años de aprendizaje del joven Werther. También es muy posible, pero sigue sin ser una explicación en sentido pleno del témino.

Tengo para mí que el elemento que falta en los intentos de explicación mencionados y que acaba por completar el cuadro es el de la conveniencia o interés personal, muy importante en este terreno, como saben los autores de la teoría de la decisión racional. De incluir este factor también se explica, creo, el hecho de que los chaqueteos, las mudanzas, sean masivamente de la izquierda a la derecha y no al revés. Por regla general, la convicción de izquierda (especialmente la de izquierda radical que es la que más muda) se hace con ignorancia de los intereses y conveniencias personales, por una especie de sentido kantiano del deber, una idea de que uno debe ante todo pensar en la colectividad e ignorar el propio beneficio. A la inversa, la convicción de la derecha por lo general (no siempre, claro está) parte del supuesto de la conveniencia personal del que la profesa que no se ve así obligado un buen día apasar por la experiencia por la que tarde o temprano pasan los izquierdistas: ¿qué ganas tú en concreto pensando y actuando como piensas y actúas? En el momento en que muchos responden "nada; al contrario, estoy perdiendo oportunidades de avance personal y/o profesional" es el momento en que puede empezar un proceso de revisión interno que hace que la persona en cuestión entre en una especie de letargo como en una crisálida en la que las paredes estén hechas de reflexiones acerca de ese interés propio y de la que ya sólo sale el individuo transformado.

Al individuo transformado y con una memoria curiosamente amputada ésta le sirve para recordar que en el pasado profesaba uno o varios errores de los que ahora se ve libre, pero no le funciona lo suficiente para hacerle ver que, si admite haber estado equivocado en algún momento de su vida, nada le garantiza que no pueda volver a estarlo, ahora que predica su ideología recién adquirida y muchas veces con la fe del converso, una fe inquisitorial.

viernes, 11 de abril de 2008

La batalla de las ideas.

La batahola que hay en el PP es lo nunca visto. Al perro flaco todo se le vuelven pulgas. Pierdes unas elecciones y te encuentras con una crisis de liderazgo de la que no te saca ni Dale Carneggie. Desde Pekín, a donde el señor Ruiz Gallardón ha ido supongo que a aprender cómo se hace cuando te conceden unos juegos olímpicos, que no fue su caso, ha metido la cuchara en el guiso conservador diciendo que no quiere que la señora Aguirre sea presidenta del Gobierno de España.

Mil perdones, señora Presidenta, pero esto sí que es un órdago y no lo que hizo el otro día Vd. ante el exangüe señor Rajoy, que no le llegaba la camisa al cuerpo. Esto de sacar las pugnas, las rivalidades, los odios a la luz pública sí que es trasparencia y un adelanto respecto al tiempo anterior en que existían pero en sordina, disimuladamente. Así que, señora Presidenta, tendrá Vd. que dar una respuesta como merece al señor Ruiz Gallardón. Si no lo reta Vd. directamente en singular combate, deberá encontrar un caballero que pelee su causa, pero esta afrenta no puede Vd. dejarla pasar.

Bah, razona la señora Aguirre, son unos maletas que ya se han asustado y han corrido a refugiarse bajo las alas de la izquierda clueca. Por eso, no hay que dejar pasar una, hay que plantear la oposición en todo, con todo, para todo. Nada de aproximarse a la izquierda, sino destruirla, eliminarla como sea, que lo demás se dará de añadidura. Aquí lo que hay que hacer es plantear la batalla de las ideas para que quede claro que el liberalismo es moralmente superior a la izquierda.

La batalla de las ideas. Grandioso nombre muy al estilo de las series históricas de la BBC del tipo de The battle of Stalingrad o simplemente Stalingrad. Le gusta mucho a la cohorte mediática de la señora Aguirre: aquí tratamos de ideas, de principios, de valores. Somos los think-tankers de un próximo complejo de ideas que asombrará al mundo. Primero hay que dar la batalla de las ideas. Que se prepare la socialdemocracia que ella, la señora Aguirre, le va a demostrar cómo la pretensión de la izquierda de ser moralmente superior es falsa y la verdad es justamente lo contrario: el liberalismo es moralmente superior.

Es estúpido establecer diferencias morales entre ideologías políticas que comparten un mismo sistema de valores, como la socialdemocracia y el liberalismo... salvo que este liberalismo de que aquí se habla sea sencillamente falso. Efectivamente, no es liberalismo es hipernacionalismo que, como el liberalismo de Jörg Haider en Austria, se acerca al fascismo, de la mano de un populismo que se desgañita en los medios.

Si por "izquierda" se entiende la tendencia política supuestamente más a izquierda del PSOE es decir, lo que antaño se llamaba "comunistas", que sean estos quienes ventilen la cuestión sobre la superioridad moral si es que la proclaman. En la socialdemocracia se me hace difícil aceptar que alguien crea poseer una superioridad moral sobre algún otro como colectividad. Aquí se entiende que no hay más moral que la de las personas individuales; son las personas individuales quienes son objeto de juicios de valor y responsables de lo que hacen. Pues bien, no hay personas superiores o inferiores moralmente, todas son iguales. Después, cada cual es hijo de sus actos. O hija.

El razonamiento liberal para provocar la "batalla de las ideas" es una típica falacia racista. La superioridad moral es el principio mismo del que se parte, no el resultado final de los actos de cada cual en sus circunstancias concretas, es la connotación de una adscripción colectiva, la izquierda, los judíos, los partidarios del barça o los tullidos. La izquierda, los Untermenschen, carecen de ella. Esta reside en el liberalismo, en los Übermenschen y eso puede demostrarse no con la acción individual concreta sino mediante la batalla de las ideas

Sostener que superioridad o inferioridad moral entre ideologias que pertenecen a la misma tradición de valores de democracia, estado de derecho y valor de la persona humana es erróneo y en sí mismo inmoral. Inmoral como lo es la señora Aguirre cuando habla de superioridad moral.

(La imagen es un cartel de Julio Romero de Torres de 194, La mecha (en el que se ve a una mujer española a punto de encender la mecha de un cartucho de dinamita), pertenece a la colección de la Unión de Explosivos de Río Timto, lógicamente y se encuentra en Ciudad de la pintura).

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Fascistas.

Estoy desconcertado. Decía servidor hace un par de posts, en uno titulado Chévere, muchachos que

"Lo único, pero muy interesante, que he sacado en limpio del lamentable incidente en la cumbre hispanoamericana es que todo dios considera que llamar "fascista" a alguien es insultarlo."
Tal cual parece. No amaina la bronca montada con el "fascista" que el señor Chávez ha obsequiado al señor Aznar, quien se pasea ufano y mudo por América Latina. Y por si fuera poco creo haber visto que la señora San Sebastián ha demandado o va a demandar a alguien por llamarle "fascista". Pues no sé yo. Desde luego, con esta unanimidad, no cabe sino admitir que llamar "fascista" a alguien, como llamarle "nazi", es un insulto. Pero ¿lo es en sí mismo? Por lo que sabemos del sistema fascista italiano, si por fascista se entiende el partidario de ese sistema tal como se produjo, desde luego. Y eso mismo podrá decirse del régimen nazi, del soviético y de todos los comunistas. Pero lo habitual es soslayar la acusación asegurando que se es "fascista" o "nazi" o "comunista", sin estar de acuerdo con lo que los diversos sistemas perpetraron. Siendo esto así, entendiendo por "fascista" al que suscribe y defiende algún lindo programa de voluntariosa regeneración nacional (habituales entre fascistas) el término no connota insulto.

Sucede, por lo demás, que eso del insulto y la injuria es asunto sumamente oscuro pues tiene un elemento componente subjetivo fundamental. Para que haya un insulto tiene que haber un insultado. No es posible insultar al vacío. Un insultado que se sienta ultrajado, vejado, por alguna manifestación del insultador. En estos términos, ¿acaso no es cierto que habrá gente que se sienta insultada aunque el supuesto insultador se haya limitado a decir "Hola, buenos días"? Y al revés.

Toda la bronca viene porque esa especie de telepredicador que los venezolanos han elegido como presidente llamó "fascista" varias veces al señor Aznar en una intervención en la reciente cumbre hispanoamericana. Se cumplía así una vez más la famosa Ley de Godwin porque todo ha saltado por los aires. Al Rey, pobre, ahora que pierde un apoyo en la familia, le han sacado a Mitrofán, los conquistadores, el expolio, su origen romano, la muerte de su hermano, el nombramiento digital de Franco, lo que cobra, lo que gasta, lo que viste, los vicios de familia, sus andanzas y devaneos y lo que se tercie.

La acusación más frecuente que se le hace (al Rey) es que carece de legitimidad para mandar callar a un Jefe de Estado electo. Claro, esa legitimidad descansa en exclusiva y para este asunto concreto en la presidenta de la sesión, señora Bachelet, quien no la ejerció. En todo caso, se acusa al Rey de faltar a las formas. Pero ¿cuáles eran las formas del señor Chávez? Sigo pensando que lo que hizo el Rey estuvo muy bien. No hay quien soporte a los atorrantes que interrumpen a quien está en el uso de la palabra, negando a todos los demás el derecho a escucharlo y a no escucharlo a él y en eso no tiene nada que ver la legitimidad o no legitimidad. Insisto, yo hubiera hecho lo mismo. Lo que no sé es si me hubiera atrevido.

En cuanto a los fascistas, las cosas están claras. Llamar "fascista" a alguien no es insulto en sí mismo. La primera foto la he obtenido en un web que se llama Ilduce.net destinada a glorificar el recuerdo de Benito Mussolini y el fascismo, gente muy satisfecha de que se la considere fascista y a la que el término no resultará insultante en modo alguno sino encomiástico. La otra foto, la de policía, la he encontrado en la red, en la página web del profesor de Física Andreas Aste. Parece que Mussolini fue detenido por vagabundería en Basilea en 1903 y que esa es la foto de archivo de la policía de Berna.

La pregunta es si es insulto llamar a alguien seguidor del señor Mussolini con sus antecedentes policiales. Hitler los tuvo penales, bien es cierto que por preparar un golpe de Estado. ¿Queda la doctrina estigmatizada por el hecho de que su fundador haya pasado por los calabozos de la pasma por vago y quizá malhechor? En mi opinión, no, pero tampoco me parece asunto de interés.

En último término recurrir al latiguillo de "fascista" quizá sólo denote falta de vocabulario. Uno puede decir que el señor Aznar es arrogante, intemperante, autoritario, faltón, trivial y de escasas luces y no se le está insultando porque no se le llama "fascista". Claro que si no se le llama, ¿cómo saber que no se esté hablando del señor Chávez?

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