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lunes, 12 de septiembre de 2016

El quatre gats independentistes

Enhorabuena a los catalanes. Un año más, un ejemplo de reivindicación nacional, independentista, pacífica, democrática y en masa.

Si hace cinco años alguien hubiera dicho que todos los periódicos y los medios españoles abrirían con la noticia de la Diada (así como muchos y muy importantes extranjeros), casi nadie lo habría creído. Cataluña no era un problema. Los independentistas, cuatro gatos a los que nadie hacía caso. La cuestión catalana carecía de importancia en la política española.

El presidente de los sobresueldos, con su habitual perspicacia, calificaba la diada de 2012 como una algarabía. Ahora le dedicó algo más de tiempo y expresó su deseo de que la Diada fuera tranquila y democrática. Dos minutos más y dice lo del sentido común. Los dislates y las provocaciones este año han quedado adjudicadas a García Margallo, ese descendiente de familia militar africanista con un sentido del humor de cuarto de banderas, al decir que un atentado terrorista se supera pero la independencia de Cataluña es para siempre. ¿Queda alguna duda del tipo de personal en el gobierno hace ya casi cinco años?

Solo Palinuro clamaba en el desierto advirtiendo de que el independentismo catalán llevaba la iniciativa política mientras que el nacionalismo español actuaba a la defensiva, carecía de plan y proyecto y ni siquiera entendía la naturaleza de la cuestión a la que se enfrentaba.

Algunas cosas han cambiado. La derecha gobernante parece estar ideando planes de respuesta a la reivindicación independentista. Se los han encargado al ministro del Interior, quizá por su enchufe con las potencias celestiales. Según él mismo y sus hombres confiesan en unas cintas que van camino del juez, consisten en hacer la guerra sucia al independentismo, supuestamente destrozándole el sistema sanitario o, incluso inventándose chanchullos financieros.

Igualmente, los periódicos nacional-españoles ya admiten que la movilización popular es impresionante. Pero coinciden en señalar que va de retirada. El País habla de una "Diada menos concurrida" y La Razón sostiene que está "desinflándose". Y montan la habitual porfía sobre la cantidad de asistentes: 800.000 este año frente al 1,4 millones del año pasado. Dudo de que el año pasado esos medios admitieran que la asistencia había sido de 1,4 millones. Pero eso es irrelevante. La cuestión es: si tan seguros están de que el independentismo no tiene mayoría, de que son cuatro gatos, de que los no independentistas son la mayoría, ¿por qué no autorizan un referéndum que es la forma más rápida, clara y precisa de salir de dudas? ¿Que no es una cuestión de números sino de principios? Entonces, ¿por qué discuten los números?

Los que no se discuten son los números del mitin de la Societat Civil Catalana y el de En Común Podem que han sido muy moderados, sin comparación con la manifa independentista. 

Bueno, pero en este última estaban integrados los de Podemos y la masiva oleada de la calle no pedía la independencia, sino el referéndum. Tal sostiene, si he entendido bien, la señora Colau. Y también la señora Ubasart en diálogo con el señor Baños. La mayoría, parece pues sostener Podemos, no es independentista sino partidaria de un referéndum pactado con el Estado. El derecho a decidir no puede ejercerse unilateralmente. 

Los de Podemos aún no han señalado la coincidencia de su posición con la de Puigdemont cuando anuncia que el 28 de septiembre, respaldado por la confianza del Parlament, pedirá un referéndum al Estado. Lo harán apenas caigan en la cuenta.  ¿Acaso no es lo que ellos dicen?

Pues no. Puigdemont no necesita pactar nada. Pide lo que cree le corresponde y, si no se le concede, él sigue con su hoja de ruta y proclama la independencia unilateralmente. Justo, lo que no puede hacerse, según Podemos. Por eso mismo razona el señor Dante Fachín que Junts pel Sí y la CUP están embarrancados (o algo así) en su hoja de ruta. Lo lógico es proponer un referéndum pactado con el Estado.

Llegados aquí, no merece la pena seguir. Basta con contestar a una pregunta así formulada: sabemos que el Estado jamás pactará un referéndum catalán pero, imaginando que tal cosa fuera posible, ¿cómo se conseguiría con mayor seguridad, por la vía de Podemos o la de JxS?

Por si acaso, quien quiera estar informado de estos pormenores, que lea medios extranjeros. Los más importantes cubrieron la Diada. La cuestión se ha internacionalizado y el gobierno del Estado no sabe hasta qué punto porque, entre otras cosas, no habla lenguas.

Para acabar de complicar las cosas, los independentistas reclaman un Estado propio y... republicano. En ese punto tiene la izquierda española una vergüenza por tapar porque admite que la defensa de la nación española coincide con la de la monarquía. Ni siquiera se atreve a formular un proyecto republicano en la esperanza (probablemente vana) de que una República española pudiera entenderse mejor con los catalanes.

lunes, 11 de julio de 2016

El nombre y la cosa

Refundación de CDC que sale del empeño convertida en Partit Demòcrata Català. El bautizo tuvo su anecdotario. Puigdemont y Mas hubieran preferido el nombre de Partit Nacional Català. Pero son tiempos en los que mandan las bases, los congresos, asambleas, colectividades y el nombre de PDC goza de más simpatías. Curiosamente parece ser el mismo con el que se presentó por primera vez a elecciones Jordi Pujol, a fines de los setenta. Pero eso no quiere ya decir nada. Sí, en cambio, el baile de términos "nacional" o "demòcrata". El primero atestigua voluntad nacionalista/independentista, pero no suena bien y no solo por sus connotaciones conservadoras sino porque es una contradicción en los términos. Un partido no puede ser "nacional" porque entonces no es un "partido". Más que a partido, "nacional" se acomoda a "movimiento", pero eso sí que pone los pelos de punta.

El adjetivo "demòcrata" tiene connotaciones siempre positivas. Además, presenta un efluvio nacional en la medida en que remite a la existencia de uno de los dos grandes partidos en los EEUU. El hecho de que, a su vez, los partidos estadounidenses -demócrata y republicano- hayan cambiado a veces de nombre, incluso se hayan intercambiado el nombre, abunda en este sentido.

Decisivo es que en este congreso de refundación, el partido se haya proclamado republicano e independentista. Anecdóticamente también que el otro partido independentista catalán se llame "republicano" pone nominalmente a los dos partidos catalanes bajo el ejemplo estadounidense. Y, de paso, al margen de toda perspectiva federal porque si difícil (aunque no imposible) era imaginar una monarquía federal, innecesario decir una federación que sea monárquica y republicana al mismo tiempo. Lo esencial aquí es la República Catalana que pone de relieve la cobardía de la izquierda española frente a su propia República.

Sociológicamente, el nuevo partido simboliza la definitiva adscripción de las clases medias al independentismo y el abandono de toda clase de autonomismo al estilo Pujol y CiU. Un punto de apoyo muy importante a favor del proceso independentista.

viernes, 22 de enero de 2016

El proceso sigue y Palinuro con él

El viernes, 29 de enero estoy invitado a dar una conferencia en el Fórum de Debats de Vic sobre el tema El procés soberanista català. Una interpretació des de Madrid. la verdad es que es un honor y espero no defraudar. Vic es, además, una ciudad fantástica. La última vez que estuve en ella fue con motivo de una programa de TV de Jaume Barberá, compartido con Jorge Verstrynge y estuvo muy bien. EL ayuntamiento está decorado con unos frescos de Sert inolvidables y la villa, cuna de Balmes, es hoy un  baluarte soberanista ilustrado.

Y luego está, claro el tema. Me encanta que los independentistas entiendan que alguien de Madrid tiene algo que decir y aportar, precisamente porque no habla en castizo e imperial sino con interés genuino y plena comprensión de lo que está sucediendo en Cataluña, el foco de mayor interés en el Estado español. Además, para mí, es siempre un a ocasión para actualizar información, aucumular conocimiento y experiencia sobre un proceso de una originalidad indudable y por el que siento respeto y gran simpatía hasta el punto de que lo hago mío.

Así que allí nos veremos.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Carta abierta a la CUP

La CUP nacional se reúne el domingo en Asamblea, órgano soberano en el que se toman las decisiones. No soy quien para inmiscuirme en ellas y no lo hago. Pero puedo opinar, como cada hijo de vecino, y hacerlo desde mi simpatía y mi lealtad a esta gente estrafalaria a fuer de auténtica.

Se quejan los cupaires de que los presionan por todos lados para que acepten investir a Mas. Incluso hablan del hooliganismo de Junts Pel Sí. Algo de eso hay, aunque no mucho. Es curiosa la moderación con que la opinión independentista urgida de ir adelante, ha soportado tres meses de dilación que tienen paralizado el proceso.

Como sabe todo el mundo, la CUP fue a las elecciones de 27 de septiembre con la promesa de no investir a Mas. Tiene razón al atenerse a su palabra. La misma, ni más ni menos que la de Junts pel Sí de investirlo. Y, puestos a sopesar ambas posiciones, no hay motivo alguno por el que haya de ser la CUP la que ceda. Si tanto interés tiene Junts pel Sí en seguir adelante con la hoja de ruta, que Mas se aparte a un lado, cosa que ya hizo saber a raíz de las elecciones de 27 de septiembre. Y, si no lo hace, habrá que ir a nuevas elecciones. Una situación de bloqueo parecida a la que hay en el Estado español.

La propuesta de nuevas elecciones no tiene nada anormal ni insólito, si bien puede considerarse como un reconocimiento implícito de un fracaso a la hora de gestionar el primer triunfo independentista. Si no hay modo de organizar e implementar el mandato de la gente, se pide uno nuevo y nos ahorramos todos sesudas disquisiciones sobre la categoría numérica de la representación, la profundidad y nobleza de los sentimientos, etc. 

Pero esa opción de nuevas elecciones no viene caída del cielo en un medio inocente, sino que forma parte de una realidad compleja, cambiante y que apunta en direcciones distintas según las circunstancias. Al retrasar varios meses la investidura del gobierno, se están perdiendo ocasiones únicas, cosa que podría remediarse. Como la que se da atendiendo al hecho de que el Estado se encuentra en una situación de impasse político por circunstancias similares a las catalanas. Aprovechar esa disparidad de fuerzas es el abecé mismo de la acción política. 

Por otro lado, es muy probable que las elecciones nuevas no cambien sustancialmente la relación de fuerzas en el campo independentista, y solamente habrán servido para aplazar una decisión que también puede tomarse ahora.

Por las dos partes de la negociación, desde luego: una nombrando a Mas y otra desnombrándolo. Ciertamente, la ausencia de Mas no hará descarrilar el proceso, pero su presencia le dará más ímpetu. Ambos factores no son idénticos. La presencia gana por el peso de un pasado convertido en este presente que puede castigar o premiar a quien lo ha hecho posible.

Yo prefiero lo segundo.