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domingo, 24 de abril de 2016

Sant Jordi, un santo muy leído

Firmar libros por Sant Jordi en la rambla de Catalunya es una grata experiencia. Aunque había habido especulaciones a lo largo de la semana sobre el posible mal tiempo, lo hizo estupendo a lo largo del día y solo se puso hosco al final de la tarde. Los paseos estaban de bote en bote o de gom a gom y era difícil pasear entre el gentío. Eso viene bien a los de las paradas porque así el personal va más despacio y le da tiempo a mirar los títulos de los libros y los nombres de los escritores.

Compartí parada de la ANC con dos jóvenes y valiosos autores: Jordi Borrás, un fotoperiodista que traía un interesante libro Desmontando la Sociedad Civil Catalana, un trabajo muy oportuno, y mi colega Roger Buch, que ha compilado cien motivos para ser independentista, encomiable esfuerzo para no dejar solo y viudo al único motivo que todo el mundo entiende: ser independentista porque sí, porque se tiene ese derecho y se ejercita para no dejarlo decaer.

Luego, en la caseta de Súmate coincidí con los célebres Xavier Sala i Martin, Eduardo Reyes y Gabriel Rufian. Soy amigo de Reyes desde hace tiempo, pero no conocía Sala i Martin, ni a Gabriel Rufian, dos interesantes fenómenos mediáticos de estos atribulados tiempos.

Es posible que, como dicen muchos zahoríes en España, en Cataluña reine una terrible crisis de convivencia en la que los padres no se hablan con los hijos, las hijas piensen en matar a sus madres y los hermanos anden con la faca preparada. Sin embargo las fuerzas de intoxicación de la Generalitat lo han ocultado magistralmente y no se ha notado nada. El clima ha sido festivo, muy alegre, los autores hemos firmado libros y nos hemos hecho montañas de fotos.

Este Sant Jordi, que recuerdo haber visto en algún retablo de Marçal de Sax con una cuatribarrada de gualdrapa de su caballo o en la del Jaume I, que lo acompaña en su tarea de combatir a los sarracenos, rescató a la princesa, encadenada a una roca y simboliza así el origen de la nación catalana como nación cristiana. No tengo dudas de que sería el Rey quien desposaría luego a la princesa porque, siendo Sant Jordi santo, no podría caer en la concupiscencia. De ahí que en la cristianización de las leyendas paganas, se duplique la figura del héroe en una parte mundana (el Rey) y otra espiritual (el cura, el obispo, el santo). Los griegos las aunaban porque no tenían tantos prejuicios ni predicaban tanto contra los pecados de la carne. Sucumbían a ellos y se arreglaban los problemas. En el mito griego, Perseo rescata a Andrómeda con ayuda de su caballo alado y echando mano de su arma secreta, la cabeza de la Medusa, y luego se casa con ella, con la que tuvo media docena de hijos, los perseidas. Andrómeda está ahora en el firmamento en la constelación de su nombre, cerca de su marido, mientras que de la princesa rescatada por San Jorge no parece constar nombre, siguiendo inveterada costumbre cristiana de invisibilizar a las mujeres.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Ulises nunca llegó a Ítaca.

Aprovecho que inicio septiembre con una imagen que me ha cedido el gran Juan Kalvellido (¡gracias, Juan!) para salirme por la tangente que, a veces, es la forma más segura de llegar a alguna parte sobre todo porque esa parte no está fija en parte alguna. En la imagen, las gentes corremos hacia la utopía, que está en la izquierda, aunque no se sabe si por el interés de encontrarla o por el de huir del baño de sangre que está en la derecha (este Juan...) La utopía, lo que está en ninguna parte. Por eso hay que tomar la tangente.

El mejor símbolo de la utopía es Ítaca adonde hay que llegar, sí, pero lo más tarde que se pueda, según Cavafis ("Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca/debes rogar que el viaje sea largo,/lleno de peripecias, lleno de experiencias.") O sea, que lo mejor es no llegar, morir en el camino o en el intento y soñar, quizá, que se ha llegado. Porque llegar y tener que ponerse a matar pretendientes que casi son de la casa porque llevan veinte años haciendo el ganso, es desagradable. Así que sospecho que es lo que le sucedió a Ulises, el de las mil estratagemas, que pasó de largo y se perdió en el jardín de las Hespérides, en donde sigue acumulando sabiduría y experiencia con las que algún día retornará, como Arturo de Avalon, y salvará a la humanidad. ¿Por qué no? Si puede hacerlo un nazareno, también podrá un príncipe griego o un rey anglo.

Eso de los pretendientes es llamativo. En La hija de Homero Graves lo ve como un añadido de mano femenina en la Odisea; ese y la historia de Nausicaa. Tomó la idea de Samuel Butler quien, allá por 1892 dió en la de atribuir la Odisea a una mujer. Se lo sugirió la lectura del episodio de Circe que, según él, no podía haberlo escrito un hombre mayor sino una mujer joven y creía saber que fuera una princesa siciliana porque, de estar en algún sitio, Ítaca estaría en Sicilia. (Saco estos datos de una biografía de Butler escrita por Peter Raby y publicada en 1991 por The Hogarth Press).

La idea de que la historia de Ulises la cuenta una mujer es brillantísima. Las mujeres son determinantes en la Odisea. No sólo está Penélope, símbolo de la leal, casta y sumisa esposa, sino también Calipso, a la que Ulises no puede resistirse y lo tiene secuestrado siete años, liberándolo luego por intercesión de terceros; y Nausicaa, a la que Ulises cuenta su historia, su auditorio; y Circe, la bruja contra cuyos hechizos tiene Ulises un antídoto que le diera Hermes; la madre del héroe y las sirenas. El destino de Ulises, protegido de Palas, mujer, depende de las mujeres.

¡Ah, pero en la Odisea hay muchas más cosas! El viaje a Ítaca es el viaje de la memoria. Al contárselo en pasado a Nausicaa, Ulises recuerda y, dentro del recuerdo, aparecen otros recuerdos, como los de Troya, el caballo, sus relaciones con Aquiles. Esos recuerdos traen información sobre lo acaecido a otros, como cuando Tiresias en el infierno le cuenta el destino de Agammenon o Menelao. Y el reencuentro final se funde con la memoria del tiempo que fue, su mujer, su hijo, su casa. ¡Ítaca, la felicidad, la dicha! "Dichoso el que, como Ulises, hizo un bello viaje, y después regresó lleno de experiencia y sabiduría a vivir entre los suyos el resto de su edad!" decía Du Bellay, él mismo desterrado.

Dichoso o desgraciado, que regresa al desprecio, al sufrimiento. En El desprecio (1954), Alberto Moravia contrapone tres versiones de la Odisea sobre el trasfondo europeo de aquellos años: la de un complicado director de cine alemán, Rheingold; la de un productor italiano, Battista, que está allí por la pasta y la mujer del protagonista; y el intelectual, Ricardo, que es el guionista de una película sobre la Odisea que están rodando en algún lugar de la costa italiana. En 1963, Goddard pasó la novela al cine ¡y qué cine! Sustituyó al productor italiano por uno gringo (más apropiado) y le dio el papel a Jack Palance; para intelectual, puso a Michel Piccoli y de Rheingold, al mismísimo Fritz Lang; la chica, el objeto del deseo (Emilia/Camille), era Brigitte Bardot. Lo que no cambia son las tres interpretaciones del viaje a Ítaca. La del millonetis estadounidense es de aventuras. Quiere acción, mucha acción, peligro, emoción, persecuciones. Lo de Polifemo le encanta. Es la visión de la peli de Mario Camerini (1954), Ulises, con Kirk Douglas derrochando ingenio, audacia, desafiante de los dioses. El hombre que se hace a sí mismo.

El alemán tiene una visión retorcida, freudiana, del viaje. Ulises no quiere llegar a Ítaca y se entretiene por el camino porque sabe que Penélope lo desprecia por haberla dejado a merced de los pretendientes, por haberse entretenido olvidando sus obligaciones de esposo y padre. Es un viaje de culpa, sufrimiento y expiación; calvinista. No hay olvido posible del deber, salvo que se haya perdido la memoria en el país de los lotófagos, y no es el caso.

El intelectual franco-italiano (Ricardo/Paul) ve en la Odisea el canto al luminoso Mediterráneo, al sol en un cielo de inabarcable azul, la vida a borbotones; y se emborracha de su propia visión y pierde la de su miserable existencia; se ha olvidado de su presente, ha emprendido el viaje a Ítaca sin saber que lo que va buscando es lo que ha abandonado y que lo mejor será que no lo encuentre.

¿Hay algo más audaz y contrario a la idea general que embutir el largo, largo periplo de Cavafis en un día en la vida de Leopold Bloom, Stephen Dedalus y Molly Bloom en el Dublín de Joyce? Los episodios del viaje a Ítaca, tan refinadamente alegóricos en la narración original, estallan aquí en el chorro de la conciencia que va paralelo al chorro de la vida, sin parar, sin detenerse un segundo, mezclados ambos y separados en tiempo y lugar. De lo más insignificante crecen episodios complejos, fantasmagóricos y rutinarios que se suceden sin interrupción, hasta la llegada a Ítaca, en donde desaparecen hasta las interrupciones de puntuación. La vida es el viaje de regreso al punto de partida.

Ítaca la llevamos dentro. También lo llaman utopía. Ilumina nuestro camino, cosa necesaria porque a veces los nubarrones ocultan el cielo, los clamores en torno no nos permiten escucharnos, los vientos nos trastornan. Para entonces hay que recordar que nuestro norte es Ítaca, la que habita nuestro interior y que no podemos vender porque perderíamos la brújula, algo imprescindible para saber a dónde queremos llegar y a dónde no queremos llegar.

No sé si esto tiene mucho que ver con post de actualidad; temo que no. Aunque todo es cosa de ponerse a buscar. Me extraña que ningún comentarista haya dicho que el gobierno socialista se encuentra entre Escila y Caribdis.

(La primera imagen es un cuadro de Waterhouse titulado Circe envidiosa, de 1892. La segunda un vaso griego del siglo V a. C. que representa a Circe convirtiendo en animales a los compañeros de Ulises. La tercera, un cuadro de Böcklin titulado Ulises y Calipso (1882). La cuarta un cuadro de Turner titulado Ulises burla a Polifemo, de 1829).

miércoles, 22 de octubre de 2008

La magia de Montserrat.

El BBV alberga una estupenda exposición de arte en el Palacio del Marqués de Salamanca, Pº de Recoletos, 10 cuya visita recomiendo vivamente pues se trata de una muestra representativa (unas cien piezas entre lienzos, dibujos, bustos, gárgolas, tallas, capiteles, etc) de los fondos del Museo del Monasterio de Montserrat que es la primera vez que salen de la antigua abadía benedictina, hoy ya basílica. Muchas de ellas las hemos visto por separado en exposiciones temáticas, pero nunca todas juntas, salvo que hayamos visitado el monasterio.

Los fondos expuestos (como los que no lo han sido y siguen entre las peñas de Montserrat) tienen la característica curiosa de que, a diferencia de las colecciones (por cierto, jamás "museos") que hay en otros establecimientos religiosos, fuera de algunas piezas arquitéctónicas góticas y alguna talla del siglo XIII, por descontado, la Moreneta, que no ha salido de gira, el arte sacro antiguo brilla por su ausencia. Todo es arte moderno, desde el Renacimiento a nuestros días y, por tanto, en su mayor parte profano, con muy abundante (y de mucha calidad) pintura del siglo XX y una magnífica colección, quizá la segunda de Cataluña de pintura catalana del vuicentisme y el noucentisme, esto es, Martí Alsina, Mariano Fortuny, Ramón Casas (La Madeleine del prospecto, entre otras muestras muy conocidas, como La parisién o Después del baño que de arte sacro tiene bien poco), Isidre Nonell, Santiago Rusiñol, Anglada-Camarasa, etc.

La explicación de tan insólito hecho es sencilla, según se lee en el documentado catálogo. Aunque Montserrat tiene más de mil años y en esa larga historia llegó a acumular una apreciable colección artística, los franceses de Napoleón destruyeron el templo y lo saquearon. A la vuelta, cuando se comenzaba a reconstruir, llegó la desamortización y de nuevo todo se vino abajo. La abadía resurgió en plenitud en el último tercio del siglo XIX y ya entonces se identificó con la Renaixença y el revivir del espíritu catalán. La colección de arte la inició un abad especialmente emprendedor, Antoni Marcet, que solía viajar a Roma y Nápoles en los primeros treinta años del siglo XX, en donde compró aproximadamente entre cien y doscientas lienzos de pintura italiana del Renacimiento, el manierismo, el barroco, etc. Durante mucho tiempo hubo sus líos acerca de si los marchantes italianos no habían colocado mucha falsificación al buen abad, pero poco a poco se fueron estableciendo las certificaciones y así el visitante puede ver un Caravaggio, un Corrado Giaquinto o un Tiepolo, entre otros artistas. Por parecidos procedimientos, sabias adquisiciones, los fondos se enriquecieron con algunas piezas españolas únicas, como una preciosa tabla de Pedro Berruguete procedente de un convento de Paredes de Nava, en Palencia que representa el nacimiento de la Virgen y es arte español con clara influencia flamenca.

Posteriormente, la configuración de Montserrat como el núcleo del catalanismo culto hizo que se produjeran sucesivas donaciones de importantes colecciones de ciudadanos privados, lo que obligó al monasterio a crear un verdadero museo (hasta entonces la pintura italiana simplemente decoraba las paredes del cenobio) para acomodar una de las mayores concentraciones de impresionismo francés en España, con Degas, Sisley, Pissarro, Monet, etc, todos los cuales nos están esperando en la sede del BBV. Y junto a los franceses, otros españoles del siglo XX, como Picasso o Dalí.

Ya sé que soy escasamente objetivo en mi pasión por Montserrat pero me importa un comino porque tengo mis razones. Empecé a admirar el espíritu montserratense en tiempos del civilizadísimo abad Escarré, catalanista y antifranquista que dejó el cargo en los primeros años sesenta pero bien encomendado a su sucesor y amigo, el abad Gabriel Brasó, que dio paso a los aires nuevos del Concilio Vaticano II y siguió en la tarea de que Montserrat fuera el centro simbólico de la resistencia cívica catalana al Dictador. Allí se editaba (en catalán, por supuesto, por entonces prohibido, aunque la prohibición no se aplicara) la magnífica revista Serra d'Or, en la que escribían cristianos y todo tipo de izquierdistas en un espíritu de unidad que se plasmaba en las reuniones y asambleas que tenían lugar en su recinto.

Por entonces ya sabía yo que en Montserrat se había celebrado la última sesión de las Cortes republicanas, antes de partir sus señorías al destierro y algunos a la muerte y si bien el asunto no tenía mucho valor por cuanto el monasterio había sido incautado por la Generalitat y, en consecuencia, desafectado, para mí seguía siendo el viejo monasterio medieval, el castillo de Montsalvat, en donde se guardaba el Santo Grial del ciclo artúrico y la leyenda wagneriana. Como por entonces era yo un marxista de manual me explicaba esta leyenda acudiendo, cómo no, a las razones materiales y las fuerzas productivas: antes de la devastación napoleónica el monasterio atesoraba una gran cantidad de objetos artísticos, cálices, copas, platos, hechos precisamente por sus magníficos orfebres de fama europea. Era lógico que allí, entre aquellos peñascos imponentes del "monte cerrado" a cuyo pie se incrusta la abadía, surgiera la leyenda de una copa, un caliz sagrado, quizá el de la última cena que pudo haber llevado José de Arimatea. Era un caso típico de "superestructura ideológica" sobre unas condiciones materiales medievales.

Ahora no queda nada de eso ni del Grial ni de los orfebres, ni Montserrat es símbolo ya de la resistencia antifranquista (aunque siga siendo el corazón del nacionalismo religioso catalán, supongo que como Aranzazu o Loiola lo son del vasco) pero su colección de obras de arte es un prodigio que deslumbra más de lo que el Grial deslumbraba a lo caballeros que no fueran puros. Merece mucho la pena.

(La primera imagen es Madeleine (1892), de Ramón Casas, en el prospecto de la exposición. La segunda, Patio azul (1891) de Santiago Rusiñol y la tercera, Composición con tres figuras. Academia neocubista (1926) de Salvador Dalí están reproducidas en baja resolución del catálogo).

lunes, 21 de julio de 2008

Teruel, los Amantes y Cotarelo.

Después de participar en las jornadas de TICs y comunicación política, en el que también ha intervenido el senador Iñaki Anasagasti a cuenta de su blog de nombre Iñaki Anasagasti, nos fuimos a recorrer Teruel, a contemplar las magníficas torres mudéjares como la de San Martín, aquí a la izquierda, que le han valido a Teruel la designación de "patrimonio de la Humanidad", de la UNESCO, ese estúpido galardón que no puede tenerse de pie ante cualquier consideración crítica, por mínima que sea, pero que todo el mundo codicia con ahínco para fomentar su negocio turístico o reclamar subvenciones de acá o de allá. Y digo que es estúpido porque, sobre no añadir nada al valor artístico o paisajístico o cultural de los objetos que designa, pretende adjudicar una especie de propiedad o titularidad sobre un bien que jamás de los jamases ha estado en duda. Todo lo que laUNESCO designa patrimonio de la Humanidad era ya patrimonio de la Humanidad antes de que la UNESCO naciera. Y lo que no designa, también. Así que la organización podía haberse ahorrado la molestia y el ridículo, ya que el expediente sólo sirve para que los funcionarios internacionales justifiquen sus emolumentos y sus dietas y viáticos en los viajes a los lugares a los que van a "agraciar" con sus gracias.

Mucho menos conocido y celebrado que el mudéjar también el arte modernista (una especie de spill over catalán sobre las tierras de la Corona de Aragón) tiene dignos representantes en la capital del torico. No incluyo reproducción porque prefiero reservar el espacio para una de los célebres amantes en su mausoleo que fuimos a visitar, cómo no, porque es lugar casi obligado cuando se va con niños a los que hay que aleccionar desde chicos en los misterios del amor. Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que en nuestra visita hay también un curioso elemento como de desagravio pues en la secular controversia acerca de la historicidad de los amantes, Juan Martínez de Marzilla e Isabel de Segura, el autor que asestó el golpe crítico más contundente y devastador a la leyenda fue precisamente mi bisabuelo don Emilio Cotarelo, en un ensayo titulado Sobre el origen y desarrollo de la leyenda de los amantes de Teruel, de 1903, publicado después como libro en 1907.

Desde entonces llevan los amantistas luchando denodadamente por demostrar de forma fehaciente que don Emilio estaba equivocado y que la leyenda tiene el riguroso origen histórico que ella se autoatribuye con fecha en 1217. Al respecto es de señalar que han hecho grandes avances puesto que descubrimientos documentales posteriores a la obra de mi antepasado, así como progresos en la lingüística histórica y disciplinas afines, permiten asegurar que ya se han levantado casi todas las objeciones de don Emilio; pero queda ese fatídico "casi". Aunque es parecer general entre los eruditos y estudiosos más solventes que ya "casi" cabe asegurarse la historicidad de los célebres amantes, sobrevive, ya digo, el "casi". Y mientras ese "casi" no esté eliminado, se mantendrá la hipótesis de mi bisabuelo de que la leyenda es una reelaboración de uno de los episodios del Decamerón, de Giovanni Bocaccio.

En el fondo, qué quieren Vds., el asunto no me parece muy relevante pues la leyenda me gusta en sí misma, como una variante de las de amores desgraciados, si bien en este caso con cierta impronta beatorra en la sumisión filial de Isabel y fijación con la virginidad, muy propias de la época, claro es. Y no hace falta decir que, cuando se descubra la prueba fehaciente de la tal historicidad, la leyenda no habrá ganado ni perdido nada porque el valor de las leyendas es de otro orden. Pero deseo que ese fin se alcance cuanto antes para que se cierre de una vez la herida en la negra honrilla turolense que, si bien no fue obra de mi antepasado (pues ya antes otros críticos pusieron en duda la historicidad de los personajes) sí alcanzó proporciones de llaga con su erudito estudio. Obsérvese cómo concluye el suyo un gran filólogo de Teruel, Conrado Guardiola Alcover, en una obra, La verdad actual sobre los Amantes de Teruel, Cartillas Turolenses, Instituto de Estudios Turolenses, 2004 (1ª ed.1998) en la que resume el estado reciente de la cuestión:

"De los seis puntos en que basó Cotarelo su teoría, cuatro han quedado desmentidos por la crítica moderna: la mención medieval que pedía existe; los documentos que despreció han salido a la luz con su nitidez original y han resultado auténticos; las obras literarias del siglo XVI no son la primera mención del tema amantístico; los estudios décimonónicos han sido superados por unos trabajos actuales que tienen, en su mayoría, todas las garantías exigibles. Sólo dos de sus argumentos pueden mantenerse y únicamente si se adopta una actitud rigurosamente positivista, como, en realidad, debe hacerse en toda cuestión tratada con seriedad científica. Es cierto que las momias no ofrecen la seguridad deseada para su identificación, pero el uso de este elemento como prueba ha perdido vigencia. Es exacto también decir que no hay en Teruel ni en España ningún texto ni referencia a los Amantes anterior a la fecha del Decamerón, 1350, pero los estudios comparativos e históricos han llegado a resultados que invalidan teóricamente las argumentaciones de Cotarelo. Por lo tanto, se puede afirmar que sus devastadoras conclusiones están hoy superadas en lo esencial, aunque todavía quede algún aspecto que deba explicarse con mayor firmeza." (p. 67)

Nada me alegrará más que, cuando mis hijos, los mayores y los pequeños, vuelvan a Teruel, vean que por fin se ha explicado "con mayor firmeza" lo que queda de las objeciones de su tatarabuelo en 1903.

Ciryl Connolly decía que ambicionaba escribir un libro que durase más de diez años, que era en donde tenía él fijado el grado de clásico. Si esto es así, don Emilio es diez veces clásico.

(La imagen de la torre de San Martín es una foto de Ángel de Olavide y la de los amantes una de Benet Joan Darder, ambas bajo licencia de Creative Commons).