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sábado, 14 de septiembre de 2013

Han destruido España.


El grado de corrupción de España lo mide la última noticia sobre Ana Mato. Al parecer, asistió a la final de no sé qué importantísimo torneo de tenis en Nueva York en el que jugaba Rafa Nadal cargando el precio de la entrada (unos 940€) al presupuesto de su ministerio; es decir, al bolsillo de todos los españoles, raza sufrida que, entre otras ignominias, tiene que pagar los caros asuetos de unos gobernantes incalificables. La noticia muestra el grado de corrupción y, lo más grave, de tolerancia y aceptación social de la corrupción.

(Actualización de la mañana del sábado: según parece lo que Mato ha cargado al erario público ha sido todo: la entrada al Open, el viaje y el hotel en Nueva  York. Les importa un comino. Ellos han ganado las elecciones para robar y es lo que están haciendo a mansalva. 328 chupones llevaron a Buenos Aires a hacer el ridículo, a beber, comer y divertirse a costa de los españoles a los que se les recortan los salarios, las medicinas y las pensiones. Esto no es un gobierno sino una panda de sinvergüenzas y parásitos.)

Exactamente, ¿qué cree esta señora que significa ser ministra? Es verdad que Mato desmiente la noticia, pero no aporta prueba alguna de haber pagado la entrada y, vista la afición de la dama a que los contribuyentes le paguemos hasta los cumpleaños de sus hijos, el asunto es alarmante. Lo grave de la situación, lo que indica la desmoralizacion de nuestra sociedad, la destrucción de los valores democráticos más elementales, no es ya que Mato no haya dimitido, ni siquiera que Rajoy no la haya destituido; lo grave es no haya masivas peticiones de dimisión. En ningún país democrático se toleraría una ministra como Ana Mato, cobradora de sueldos barcénigos, beneficiada reiteradamente por la trama Gürtel y gorrona del erario público. En ninguno. Lo sabemos todos.

Lo sabe el mismo Rajoy. Claro que en ningún país democrático del mundo se toleraría un Mariano Rajoy de presidente del gobierno. En ninguno. Y ya no se hable del clima general de corrupción que el PP ha instalado en el país y del cual nos hacemos una idea hilando nombres que tienen que ver con ella directa o indirectamente, además del de Mato: su marido, Sepúlveda, el albondiguilla, El bigotes, El curita, Bárcenas, Correa, Matas, González, Cospedal, Arenas, Cascos, Rajoy, Aznar, Fabra, Baltar, Castedo, Urdangarin, veinte años de financiación ilegal. Han destruido la fibra moral de la sociedad. Si la alcaldesa Botella ha gastado dos millones de euros públicos en comprar la mediación de un conseguidor para que le dieran a Madrid unos juegos que Madrid no merecía o si el gobierno se apresta a cambiar la ley antitabaco para propiciar la radicación de algo como Eurovegas, eso quiere decir que la soberanía del parlamento, la supremacía de la ley, la base moral de la democracia, les importan un rábano. Que han destruido la moral pública de la sociedad.

Este gobierno se ha cargado, a fuerza de despreciarlas, las convenciones normales del Estado democrático de derecho en cuanto a responsabilidad y rendición de cuentas de lo gobernantes. Rajoy no cree que deba dar cuenta de sus actos, ni explicar su decisiones (ni niquiera informar sobre ellas), ni disipar las sospechas y acusaciones en sede judicial de ser un presunto corrupto. Su política consiste en bloquear la oposición parlamentaria, censurar la información y manipular los medios públicos de comunicación a su servicio, obstruir la acción de la justicia, cuando no presionarla, y sofocar la protesta ciudadana con intimidaciones y una intensa represión policial. Es decir, ha destruido las formas y procedimientos democráticos que quedaban en el país. Formalmente, España es una democracia; materialmente, vuelve a ser una dictadura.

Quedaba al gobierno pendiente el capítulo de la agresión al sistema de pensiones y lo perpetró ayer al aprobar la medida que las desvincula del IPC, con lo que condena a lo pensionistas al empobrecimiento progresivo. Era el último clavo en el ataúd del Estado social, que también han destruido: el régimen jurídico laboral, la sanidad, la educación, las prestaciones sociales no son ni sombra de lo que eran.

Ahora ya tienen las manos libres para provocar similar destrozo en el Estado desde le punto de vista territorial. La política  de Rajoy en relación a Cataluña ha sido la que ha acelerado el movimiento soberanista/independentista. Precisamente quienes acusaban a Zapatero de romper España son los que, por atender a sus propios intereses ideológicos y materiales (y los de aquellos en favor de quienes gobiernan) han llevado a España a esta situación de ruptura.

((Breve digresión sobre ideología e intereses. Pueden ir unidos o no, según conveniencia. Por ejemplo, CiU, teóricamente enfrentada al gobierno y el PP en el sacrosanto asunto del dret a decidir, vota con aquel en favor de una Ley de transparencia que solo cabe considerar como un sarcasmo. ¡Una ley de transparencia de un gobierno cuyo presidente es sospechoso de corrupción! Ahí hay un interés común del PP y CiU.))

Frente a la efervescencia independentista, que ha dado pruebas suficientes de fuerza, arraigo social, carácter abierto, democrático, pacífico, que cuenta con grandes simpatías en todo el mundo (incluida España), la respuesta del nacionalismo español, analizada ayer por Palinuro (La respuesta) ha sido un NO cerrado, aunque con distintas músicas: Rajoy, como siempre, refugiado en el silencio; García-Margallo diciendo cosas sin sentido; Sáenz de Santamaría añadiendo vaciedades; y los matones más o menos a sueldo repartiendo estopa al grito de "¡Cataluña es España!", con el cual, sin duda, habrán convencido a muchos catalanes. Y esto no es más que la punta de lanza de la campaña de feroz anticatalanismo que se avecina, incluidas las amenazas procedentes de los cuartos de banderas

Resumiendo: han destruido la moral pública, la democracia, el Estado social y la convivencia territorial de los Españoles. Se han cargado España y les quedan dos años de legislatura. Cuentan con una oposición que no es tal, en parte porque no puede y en parte porque no sabe o no se atreve. Ello les añade un sentimiento de impunidad que puede ser peligroso porque son muy agresivos. Después de haberlo desspreciado durante mes y medio, Rajoy va a contestar la carta de Mas diciéndole, claro, que NO, pero que, si quiere unas perras más, pueden entenderse. Mientras tanto, las bandas fascistas se crecerán y la situación se deteriorará mucho.

Está claro que las elecciones de 2015 serán decisivas. Si las gana la izquierda, como es posible, dado el rechazo provocado por el PP, tendrá que deshacer todo el destrozo causado por la derecha. Tendrá que devolver los derechos a todos los ciudadanos. Una perspectiva que horripila a las clases dominantes, empresarios, banqueros, curas, enchufados y vividores de la política. Tanto que ya hay quien barrunta que no habrá elecciones en 2015 ni en los años siguientes. Palinuro no comparte esta opinión pues tiene confianza en que Europa no permitirá una deriva dictatorial (más dictatorial, ya claramente dictatorial) de la derecha en España. Pero lo fía a Europa porque a la derecha, sin duda, ganas no le faltan.

(La imagen es una foto de La Moncloa en el dominio público).

sábado, 30 de octubre de 2010

Sigue la dragomaquia.

Sorprendente la indignación y el escándalo públicos que ha suscitado el episodio de las lolitas japonesas que cuenta Dragó en su último libro en colaboración con Boadella. Y el primer sorprendido parece ser él mismo pues, aunque en algún otro lugar se ufana de que su madre lo comparara con el héroe de con él llegó el escándalo, no ha aguantado la arremetida y ha dado todo género de confusas y timoratas explicaciones, desdiciéndose y rebajando su relato al nivel de una baladronada sexual de sobremesa de machos o billar de barrio. Se ha demostrado una vez más que en estos casos el reconocimiento de los hechos, el repliegue, el arrepentimiento (aunque sea indirecto y por deducción) no solo no tranquiliza los ánimos sino que parece cebar el ultraje.

Hay voces en los medios, grupos en Facebook, iniciativas en otras redes, un clamor en las ediciones digitales de la prensa pidiendo que se expulse a Dragó de los diversos lugares en los que trabaja, que se retiren sus libros y que se le procese por pederasta. Estos designios suelen ir acompañados de acaloradas diatribas en contra del personaje a quien a estas alturas ya han llamado de todo. Y la verdad es que uno siente ante ello no solo cierto cansancio por lo exagerado de la escandalera pública sino también la incomodidad íntima de estar siendo arrollado por una oleada de hipocresía y falsedad al estilo de La letra escarlata.

No presumo de original y confieso que me sucede como a muchos de mis compatriotas, que encuentro a Dragó insoportable a causa de su narcisismo, su exibicionismo y la vacuidad de sus propósitos. Algo de esto debe de haber en la indignación generalizada en su contra: muchos le tenían ganas por sus provocaciones, el carácter desinhibido de su actuación pública y han aprovechado la circunstancia para cargar contra él, liberando así su resentimiento. Otros tendrán otras motivaciones pero, en definitiva, da la impresión de una gran desmesura entre el hecho en sí y la repercusión que está teniendo.

Por más que lo acusen y, en su ignorancia, se acuse él mismo de haber cometido un delito (si bien éste ha prescrito a decir del autor), no hay tal. Si las chicas con las que Dragó hizo lo que hiciera, pues a estas alturas ya ni está claro si llegó a saludarlas, tenían trece años cumplidos, no hay prescripción porque no hubo delito ya que los trece años es la edad que marca el código penal para reconocer la del llamado consentimiento. Follar con un chaval o una chavala de trece años no es delito si media su consentimiento.

No obstante, se insiste, ese impresentable confiesa haberse acostado con dos menores, presume de ello, las maltrata verbalmente, en definitiva es un pederasta que no merece estar en la tele, en la feria del libro ni en parte alguna. Pero esto no es tan sencillo. Lo del maltrato verbal, la burla y el tono zafio es marca de la casa de este mitómano compulsivo pero el problema reside en la fijación de una mayoría de edad "de consentimiento" que está muy por debajo de la mayoría de edad civil y penal. Así que, efectivamente, lo de Dragó fue con unas menores, pero no con unas menores sexualmente hablando y esto hace que su comportamiento pueda tildarse de inmoral pero no de ilícito o delictivo.

El caso es que el asunto no tiene arreglo. Es obligado fijar unas edades (13, 14, 16, 18 años) para los distintos tratamientos jurídicos de las personas afectadas. En estas condiciones, cuando la gente piensa en que la edad de consentimiento es de trece años, una de las primeras cosas que hace es personalizar la experiencia: ¿qué haría yo si mi hija de trece años se liara con un tipo como Dragó? Es fácil adivinar las respuesta unánime; de hecho es la que hay. Y sin embargo esa hipotética hija estaría en su derecho y el tipo también. No habría otro remedio que rebajar la mayoría de edad civil a los trece años o subir la de consentimiento a los 18 y ambas medidas son, fácilmente se ve, sendos disparates. Quien piense que un chaval de trece años tiene discernimiento para celebrar un contrato, por ejemplo, vive en el limbo. A la inversa, quien crea que puede obligar a los chavales a no tener relaciones sexuales antes de los 18 años no ha tratado con adolescentes. Así que, sea lo que sea lo que Dragó haya hecho con las lolitas (en su primera versión todas las locuras que quepa imaginar; en la segunda nada que no pueda contemplar una honesta familia del Opus cargada de hijos), no hay delito. No habiendo delito, Dragó puede hacer lo que quiera y quienes lo llamen "perverso" o "degenerado" que tengan la gentileza de explicar más detenidamente qué quieren decir esos términos. En mi opinion, nada; carecen de sentido.

Pero es que tengo la intuición de que tanto ultraje público, tanto rasgarse la vestiduras y clamar al cielo justiciero, delatan un grado elevadísimo de hipocresía que produce tanto rechazo como la pedestre vanidad del interesado. Una intuición fundada en datos firmes, en estadísticas muy reveladoras. Veamos: las páginas pornográficas son las más numerosas y las más visitadas de la red. En 2006 había más de cuarenta millones de sitios web de sexo y más de cuatrocientos millones de páginas web de sexo (Internet Pornography Statistics); hoy serán el doble. El consumo, acorde con estos datos: hay 75 millones de visitas mensuales a las páginas de sexo. De esas, a su vez, más de 13 millones van a páginas de sexo con adolescentes, de las que había más de dos millones. La pornografía y la pornografía juvenil son negocios boyantes en la red. Y eso sin contar el consumo de vídeos pornográficos de los que, por cierto, España es el cuarto fabricante mundial, después de los Estados Unidos, los Países Bajos y el Brasil.

No creo exagerar si digo que una parte alícuota de esos millones es española y muchos de los que la componen se contarán entre quienes se manifiestan en público indignados, pidiendo todo género de castigos para Dragó.

Luego está ese argumento según el cual la literatura no delinque y al que se ha apuntado la derecha a toda velocidad para tratar de exculpar a Dragó según su invariable procedimiento de que los suyos no desbarran. Lo han hecho Esperanza Aguirre, aprovechando su gran saber literario que le viene de ser pariente de Gil de Biedma y el portavoz del PP, González Pons al que han soplado que un tal Nobokov tiene mucho de culpa en esto. Desde luego que la literatura no delinque y quien crea que una novela es una guía para la acción práctica no sabe de qué habla. Sobran por tanto las referencias a García Márquez y a Bukowski (que es a donde llega la cultura literaria del momento) como sobrarían las de Mandiargues, Borroughs, Henry Miller, D. H. Lawrence o Sade. Y sobran porque las baboserías de Dragó sobre las lolitas no están en contexto literario alguno sino en libros de memorias y confesiones. Y, lo dicho, mientras sus manifestaciones respeten el límite que marca la ley, no delinquen pero sí pueden enjuiciarse a la luz de la moral, el buen gusto, la elegancia y la agudeza de ingenio y tratándose de un hombre que está en nómina de una tendencia política como los bufones en la corte de los Austrias, ¿había alguna duda de que serían inmorales, zafias, groseras, romas y ásperas como la piedra pómez? Y eso sin contar con que, a tenor de otras manifestaciones en otros terrenos, el pavo alcanza las máximas cotas de cobardía y estupidez.

(La imagen es una foto de Rafel Robles L., bajo licencia de Creative Commons).

miércoles, 27 de octubre de 2010

Escabrosidades.

Cualquiera que observe la escena pública española dará fe, supongo, de que está llena de insultos, procacidades, groserías y fantasmadas. Convendría, por el bien común, apaciguar algo los ánimos. No digo que todo el debate público haya de hacerse con guante blanco porque la espontaneidad tiene también su sitio. Pero no hasta llegar a la zafiedad o la agresión verbal. Con todo, hay variaciones.

En sus manifestaciones públicas el escritor Pérez-Reverte emplea unos calificativos de grueso calibre, insulta de forma directa y con frecuencia muy hiriente. Llamar perfecta mierda (o perfecto mierda, que no lo he entendido bien y de ambas formas puede decirse) al ministro Moratinos es cruel. Y la crueldad es siempre indeseable sobre todo para con quien no puede defenderse por razón del cargo. Porque si viviéramos en la época que tan felizmente recrea en sus libros el autor, en que existía la costumbre del duelo, dado que estos insultos son ofensas al honor y dado asimismo que, según moral calderoniana, las manchas del honor sólo se lavan con sangre, correspondería a Moratinos mandar los padrinos a Pérez-Reverte. Y yo en su lugar elegiría arma de fuego porque en arma blanca el autor de El maestro de esgrima está muy versado. Como sea que hoy no hay lugar a duelos y, aprovechando la feliz circunstancia de que ya no es ministro, si Moratinos llamara mierda imperfecta o, para que no se sienta capitidisminuido, mierda pluscuamperfecta a Pérez Reverte quedaría la cosa bastante compensada aunque a un nivel lamentable.

En un nivel aun más bajo, el alcalde de Valladolid, De la Riva, al insulto (menos contundente que los de Pérez-Reverte, más diluido, con empleo incluso de la ironía) añade la grosería y la rijosidad. Los "morritos" de la ministra Pajín digamos que lo inspiran. Dado que el señor De la Riva es ginecólogo uno cavila qué le dará a pensar la visión de partes más íntimas de la anatomía de sus clientas y si, cuando no está en público o hablando por la radio, la cosa se queda en pensamiento.

La grosería del alcalde no puede siquiera entrar en el terreno del honor como los insultos de Pérez-Reverte porque no hay duelo posible entre un hombre y una dama. Por definición, desde el origen de los tiempos y con ejecutoria de la moral caballeresca está establecido que ningún caballero puede jamás ofender a dama alguna y, si lo hace, deja de ser caballero para convertirse en un rufián. Cabe pensar que también esta moral caballeresca es machista y tendrá que cambiar a medida que avance el feminismo. Es posible pero, de momento, sigue siendo uno de los pilares de nuestra educación moral y sentimental... salvo que no se tenga educación, claro, como es el caso. El SMS o lo que sea que Rajoy ha mandado a este rufián solidarizándose con él lo pone a su nivel: el de quien ignora que un caballero no ofende jamás a una dama.

Y cuando de damas se habla, también de damiselas y emerge el escritor Sánchez Dragó que, según parece, presume en un libro reciente de haber follado con dos chavalas de trece años (supongo que japonesas) en Tokio allá por los años sesenta con lo que, siempre según se lee en la prensa, el posible delito ha prescrito. De inmediato se ha armado una de campeonato en que se acusa a Dragó de todo, de pedofilia, de pederastia, corrupción de menores, abuso, qué sé yo. No hay rincón del país en el que no se pida que lo echen de todas partes, que se convierta en una especie de apestado.

Desde luego que en lo relativo a las lolitas reina la ambigüedad que impregna la novela de Nabokov o los cuadros de Balthus y donde hay ambigüedad, hay hipocresía. La más evidente es que el asunto del sedicente delito no es tal porque si las dos chicas tenían los trece años cumplidos y en lo que hubiera sexualmente no medió engaño alguno, según el código penal español, no hay delito. Según el japonés, tampoco. En España y el Japón yacer con moza de trece años cumplidos no es delito si media consentimiento. Pero provoca escándalo que probablemente en muchos casos oculta pura envidia. Si no no se explica de dónde sale luego tanto pederasta, empezando por el clero.

Lo más sorprendente de Dragó no es que en el libro presuma de habérselo hecho con dos ninfas sino que, a la vista de la que se ha montado, haya pretendido rectificar achacándolo todo a una "anécdota trivial" hecha literatura. Con el escándalo Dragó tiene ya vendido el libro y quienes no lo compren no dejarán de curiosear las páginas calientes en las grandes superficies. Lo que no se entiende es esta especie de arrepentimiento vergonzante y cobarde que viene a decir poco más o menos, que es una fantasía que le contó a su interlocutor como si fuera un hecho o algo así. No sé qué valor pueda tener un libro especie de confesiones en el que se cuentan trolas.

Si el asunto no es delito, no es delito y todo lo demás es opinable. La opinión está muy en contra de las relaciones de adultos/as con chicas/os de trece años. Pero esa misma opinión sabe que su opinión es muy versátil. Las edades en que las chicas entran en relaciones sexuales y se casan han variado bastante; en el mundo musulmán suelen ser muy bajas para los gustos cristianos... actuales; hace un par de siglos las jóvenes cristianas, incluso las reinas, podían llegar al matrimonio aún impúberes. Hoy en España son 13 años. La edad de las lolitas dragonianas.

O sea que, estando dentro de la ley, Sánchez Dragó puede hacer lo que quiera y como quiera y no tiene porqué inventarse subterfugios o historias. Le gustan las chicas muy jovencitas. Bueno, según parece a su interlocutor, Albert Boadella, le tiran más las mujeres de cincuenta años, más tipo dueña, probablemente. Están en su derecho. También habrá mujeres a las que les gusten los hombres tipo Sánchez-Dragó o Boadella, y si yo tuviera que objetar a algo sería al modo de describir los gustos. Eso de los pechitos como capullos y el chochito rosáceo pues, en fin..., baboserías de viejos verdes.

(La imagen es un grabado de Katsushika Hokusai, El demonio de los celos gigantes, de 1831.

domingo, 29 de marzo de 2009

El relativismo.

Cada vez que escucho al Papa, a sus obispos, a los curas en general tronar en contra del relativismo de nuestra época me quedo perplejo preguntándome por el alcance exacto de sus palabras y más aun por el hecho de que nadie las conteste como se merecen. En otras ocasiones son políticos o dirigentes de la derecha quienes creen oportuno advertir en contra de esta plaga. ¡Cuidado con el relativismo! No tengo duda de que los clérigos saben perfectamente de lo que están hablando; dudo sin embargo de que también lo sepan los políticos de la derecha que más me dan la impresión de hablar así porque es lo que dicen los curas que para ellos es dogma de fe.

En la tradición filosófica occidental suele distinguirse entre un relativismo cognitivo y otro moral. Según el primero nada es absolutamente cierto o absolutamente falso ya que lo que se considera verdadero o falso depende de una serie de factores hasta llegar al extremo de que algo pueda ser verdadero en ciertas circunstancias y falso en otras, especialmente en todas aquellas materias que son socialmente construidas. Lo mismo sucede con el relativismo moral que sostiene que no hay un bien o un mal absolutos sino que bondad o maldad, como lo verdadero o lo falso, son criterios determinados por una serie de condiciones culturales, cronológicas, religiosas, etc. Unas personas creen que comer carne está bien; otras lo consideran abominable y otras, en fin, opinan que se puede -y debe- comer carne pero no, bajo ningún concepto, la de cerdo.

Cabe asimismo distinguir entre un relativismo individual y otro social. El individual será el de quienes reputan imposible atenerse a un único sistema de valores y los tienen alternativos o, simplemente, no tienen ninguno. Y el social implica la idea de que en una sociedad compleja no cabe imponer un único sistema de valores a todo el mundo y debe respetarse el derecho de los sistemas distintos a convivir en igualdad de condiciones, mediando un grado mínimo de acuerdo que haga viable dicha convivencia.

Tengo poco que decir del individual salvo aquello tan sabio de "a quien Dios se la da...". El social, que es el que está aquí en juego parece una actitud bastante razonable para sociedades democrática pues permite que convivan gentes de distintas convicciones morales sin intentar imponerse sus creencias unas a otras. El relativismo es hijo del escepticismo, esa actitud que Montaigne hizo triunfar en Europa y que ha influido en muchos genios, como Cervantes o Shakespeare. Considero que el discurso de la pastora Marcela en el entierro de Crisostomo en El Quijote y el de Shylock en el juicio en El Mercader de Venecia son los más grandes alegatos en favor del escepticismo y el relativismo, de la necesidad de entender y respetar a quienes tienen opiniones y criterios distintos de los dominantes y que, por serlo, pretenden imponerse de forma absoluta. El relativismo y su pariente mayor el escepticismo llevan su precaución frente a toda imposición al extremo de la indecibilidad como se sigue del famoso dicho escéptico según el cual toda generalización es falsa, incluida ésta. Y ambos dos, escepticismo y relativismo, desembocan en la ilustración (no en toda, pues también hay una Ilustración fanática) y ésta en la modernidad.

En consecuencia, cuando los curas arremeten contra el relativismo contemporáneo refiriéndose sin duda al social y moral quieren decir que todos hemos de aceptar la existencia objetiva, independiente de nuestras creencias personales, de una idea del bien y del mal: la suya, que está basada en la revelación de un Dios en el que hay que creer por obligación. Es decir, al condenar el relativismo, los clérigos no solamente niegan la validez de otros principios morales que no sean los suyos (cosa a la que no cabe objetar) sino que niegan asimismo la práctica social de amparar el derecho de quienes los profesan a hacerlo. El condenar el relativismo lo que los curas quieren es que se prohiban las creencias morales distintas a las suyas, que se extermine a quienes las profesan. En su forma más extrema, que es la más obtusa, o sea seguramente la representada por el Papa actual, la condena del relativismo implica la obligatoriedad de profesar una u otra convicción moral, sea la que sea. Esta última es la que hermana a los curas católicos con los integristas de cualesquiera otras confesiones.

Siguen siendo lo de siempre: un peligro para la libertad y la tolerancia, una amenaza para la humanidad. Si de ellos dependiera la Inquisición seguiría funcionando.

(La imagen es un cuadro de Georges de la Tour La buena fortuna, 1632-1635, que se encuentra en el Metropolitan Museum of Art, en Nueva York).

jueves, 19 de febrero de 2009

El caso de Marta del Castillo.

Mientras no se dé con el cuerpo de Marta del Castillo no se podrá condenar por asesinato ni homicidio a quienes se han confesado autores y/o encubridores de su muerte, sino en todo caso por detención ilegal como delito continuado si no hay lugar a dudas de que lo han cometido. Todo ello contribuirá a aumentar la insana curiosidad, el morbo de que está rodeado el caso. Y tambien los compungidos, escandalizados e hipócritas lloriqueos de tertulianos, comentaristas, analistas y demás variada fauna de opinantes de que goza este país en radio, TV y prensa escrita que suelen ser los mismos, que van de emisora en emisora colocando sus opiniones a un auditorio al parecer ansioso por escucharlas o leerlas porque, de otro modo, los opinantes tendrían que buscarse otro quehacer.

Precisamente en relación con este asunto de Marta del Castillo hay una amplia coincidencia entre comentaristas en horrorizarse y rasgarse la vestiduras por el tratamiento mediático que está recibiendo y que se compara con ánimo condenatorio con el de las niñas de Alcasser que, según se dice, se convirtió en un circo mediático. La mayoría de los opinantes, que suele razonar más o menos de acuerdo con la mediana de opinión de lo que juzgan que es la "mayoría silenciosa" a efectos de no perder el favor del público, estaba horrorizada porque, al parecer, Tele 5 entrevistó a la novia del presunto asesino, considerando que era una prueba más de un modo moralmente condenable de tratar el material informativo, morboso, inhumano. Creo que hasta escuché a una señora muy conocida sosteniendo que no se puede poner un micrófono delante de unos padres cuya hija acaba de ser asesinada. O sea, que los bien pensantes del país quieren que la gente se calle o que los medios la silencien.

¡Con qué fruición sacamos al censor que todos llevamos dentro! ¡Con qué facilidad encontramos razones para silenciar a los demás! Sobre todo si nos autoubicamos en posiciones morales intachables de buenas conciencias y hablamos de derechos de las víctimas o el dolor de los padres como si con ellos hubiéramos emprendido un cruzada.

En principio la curiosidad malsana, la cotillería y el morbo están muy extendidos en la sociedad. Creo que El caso ha dejado de publicarse pero durante bastantes años fue un exitazo de tirada con un contenido hecho de crímenes, violencia, asesinatos y sangre en sus muchas formas. Igual que ahora con estos crímenes u otros asuntos no menos crudos como las muertes de inmigrantes ilegales. Los medios no son quienes han cometido los hechos sino quienes informan sobre ellos y lo hacen en el estilo que suponen mejor para captar audiencia que es de lo que viven. Y a quien le moleste, que no vea la tele, que apague el receptor de radio o cierre el periódico pues, que yo sepa, ninguno de ellos es de consumo obligado. Además la variedad de medios es tal que siempre encontrará el que informe de acuerdo con sus gustos que no tiene por qué imponer a los demás.

¿Por qué los informadores no van a pedir su opinión a los padres de la víctima? Ya ellos, que son mayores de edad, decidirán qué dicen y si a nuestro censor no le gusta, que no oiga pero que no se ponga fariseo y trate de buscar una justificación para callar opinión y coartar la libertad de expresión y el derecho a la información del público.

Pero, dicen los censores, una cosa es el derecho a la información y otra el morbo. ¡Cómo me suena eso! Una cosa es la libertad y otra el libertinaje, claro, claro; una cosa es el erotismo y otra la pornografía, por supuesto, por supuesto; una cosa la alegría y otra el pecado, faltaría más, monseñor. ¿Y quién decide esas diferencias? ¿Hay alguna duda? Los censores, siempre provistos de un superior conocimiento que los autoriza a decidir por nosotros lo que podemos o no podemos ver u oír.

Sólo conozco un supuesto en que la censura (porque censura es toda restricción de la expresión por el motivo que sea) esté justificada: el de los menores de edad. En este caso su padres o tutores serán quienes decidan por ellos lo que ven u oyen. Pero sólo en este caso. En todos los demás, los censores pueden y deben meterse sus justificaciones (que si morbo, mal gusto, sadismo y otras estupideces) por donde les quepan porque los auditorios somos mayores de edad y perfectamente capaces de discernir lo que queremos o no queremos ver sin que nadie nos tutele. La libertad de expresión en fondo y forma debe ser lo más amplia posible y su único límite, el Código Penal.

(La imagen es una foto de 20 Minutos, con licencia de Creative Commons).

jueves, 2 de octubre de 2008

El fundamento moral de la comunidad (I).

Sandel (Filosofía pública. Ensayos sobre moral y política, Barcelona, Marbot ediciones, 2008, 366 págs) es uno de los más interesantes filósofos políticos contemporáneos. Pertenece a la corriente comunitarista, cosa que se echa de ver en que, como todos los comunitaristas, no está conforme con el calificativo.

En este libro reúne una serie de ensayos y artículos, unos extensos y otros muy breves que han venido apareciendo en distintos lugares desde el decenio de 1980 hasta hace poco. Los ha recopilado siguiendo un criterio de unidad de contenido o intencionalidad y lo ha conseguido tanto que a veces es un poco reiterativo. Por ejemplo, una descripción de la evolución digamos "político-filosófica" de los EEUU desde la "nacionalización" del país en tiempos del primer Roosevelt al New Deal del segundo aparece como tres veces en distintos apartados. No obstante estas repeticiones, cuando son teóricas en lugar de meramente históricas, son bien venidas porque ayudan a entender mejor el pensamiento del autor que es denso y profundo. Por ejemplo, la mención sobre las dos formas primeras del liberalismo anterior al liberalismo "basado en los derechos" o "progresista" de John Rawls, en concreto la utilitarista y la kantiana aclara bastante su perspectiva de crítica al primero, cuestión a la que ha dedicado buena parte de su vida y la tercera de este volumen.

Los otras dos, de las que me ocuparé en esta primera entrega de la reseña, esto es, La vida cívica estadounidense y Argumentos morales y políticos versan sobre aspectos más concretos y prácticos y se dan en territorios históricos, hasta periodísticos e incluso jurídicos. En el jurídico me entretendré algo más porque es muy interesante al versar sobre el tratamiento constitucional en jurisprudencia del Tribunal Supremo de los EEUU de la cuestión del derecho de aborto (esa sentencia Roe v. Wade de 1972 que al parecer es la única con la que la gobernadora Palin no coincide) y la no menos controvertida de la homosexualidad.

Es curioso comprobar que Sandel, que es hombre de concepciones que pueden llamarse "progresistas" en el ámbito moral, sólo polemiza con filósofos liberales-progresistas, muy poco con liberales-libertarios (Nozick, por ejemplo, al que acusa de haber instrumentalizado el pragmatismo de Dewey en favor de su liberalismo de neutralidad moral del Estado) y nada con los conservadores por no hablar de los neoconservadores.

En su polémica con los liberales "progresistas", si lo he entendido bien, sus argumentos son:

**que los liberales "progresistas" parten de una idea equivocada del ser humano como ser dotado de autonomía en cuanto que competente para determinar sus propios fines, lo que tiene todo el sentido kantiano, pero no sólo kantiano ya que dicha autonomía también se entiende como condición primera, siendo así que, para Sandel, en el ser humano importa mucho su comunidad de origen que no entra en su autonomía;
**que ese ser autónomo a veces incurre en conflicto con el creciente poder de otras instancias, como empresas, etc (pp. 31, 77/78) que amenazan su autonomía. Las respuestas, entiende Sandel en el campo práctico fueron la "nacionalización del país" a cargo de Teddy Roosevelt, el New Deal a cargo de Franklin D. Roosevelt (p. 57) y ahora estamos en el tercer conflicto de la globalización y habrá que ver cómo se resuelve la propuesta cosmopolita que duda Sandel pueda generar la suficiente lealtad cívica, condición necesaria para mantener un orden político democrático (pp. 50/51);

**que, consecuencia de estos errores, se produce otro cuando los liberales progresistas tratan de resolver problemas morales sosteniendo que, como no tienen solución, el Estado democrático debe ser neutral (p. 35), cosa que Sandel considera tan poco posible (amén de no recomendable) que, en un momento, recaba de los demócratas (del Partido Demócrata) que dejen esa posición de neutralidad moral (p. 67) y que la dejen porque es indefendible a su juicio a nada que uno se pregunte por qué en cambio el Estado no puede ser neutral también respecto a determinados valores del liberalismo como la tolerancia o la imparcialidad del propio Estado (p. 207);

**que estos errores proceden de que los liberales "progresistas" (y mucho menos los libertarios) no entienden las ideas básicas del comunitarismo que consisten en sostener que los seres humanos son en buena medida producto de la comunidad en que nacen, se hacen en ella y conservan siempre una peculiar relación con ella. Así, en la controversia sobre qué tipo de normas son justas, cuando Rawls dice que las que no tienen nada que ver con comunidad o sistema alguno de valores, Sandel dice que sí, que las de la comunidad en que se da esa justicia. Pero, a diferencia de Rawls, que es tajante, él mismo se mantiene en la ambigüedad ya que tampoco está dispuesto a sostener que justicia sean simplemente las normas de la comunidad;

**que en todo caso, en los conflictos morales no ve por qué no cabe atender a la existencia de algo en lo que pueda haber acuerdo que se llame "bien común" y no que sea bien común porque haya acuerdo, sino que haya acuerdo porque sea el bien común, para lo cual tiene sentido preguntarse por el valor intrínseco de las cuestiones morales;

**los seres humanos, así "comunitarizados", digamos, cuentan con unos "cuerpos intermedios", se entiende entre el individuo y la colectividad, trátese esta de la nación o de la cosmópolis. Echa Sandel mano de Robert F. Kennedy, el asesinado hermano del asesinado presidente John F. Kennedy, para probar que el comunitarismo está más extendido de lo que se cree: La veta cívica de la política de Kennedy le permitía abordar las mismas inquietudes de finales de los sesenta que han perdurado hasta nuestros días: la desconfianza hacia el gobierno, la sensación de pérdida de poder e influencia, y el temor de que el tejido moral de la comunidad se esté desintegrando." (p. 93) (Negritas, mías). De todas formas, cada vez que oigo hablar de "cuerpos intermedios" me acuerdo de los hugonotes de la Vindiciae y luego del siglo XVIII y de ahí no paso. Porque suena raro eso de los "cuerpos intermedios", suena a corporativista y pian piano a orgánico. La verdad es que eso del "comunitarismo", que tanto trae también a la memoria la Gemeinschaft de Tönnies no tiene buen cartel en la tradición liberal se entiende;

**que hemos de preguntar siempre por las cuestiones del bien común, los valores morales, porque somos de la comunidad. Supongo que en la medida en que el neoconservadurismo tiene mucha herencia de la actitud de Leo Strauss hacia las cuestiones morales ("No existe la moral, ni el bien ni el mal; y desde luego toda noción de un más allá es un cuento de viejas"), Sandel no podría ser jamás un neoconservador;

**que estas ideas, postulados, teorías comunitaristas tienen algunos efectos prácticos. Por ejemplo:

***las loterias del Estado son inmorales (p. 103);

***la publicidad en las aulas fomenta la corrupción y de los chavales (p. 110);

***es absolutamente condenable que el deporte, que es un elemento vital en la formación de la identidad cívica de los ciudadanos, esté convertido en un negocio (p. 119);

***la discriminación positiva que, si se argumenta según criterios de liberalismo basado en derechos queda sin defensa posible, resulta sin embargo convincente y sólida si se entiende como elemento importante para el bien común (p. 148), es decir, en perspectiva moral;

***el suicidio asistido, defendido como "derecho" por un impresionante elenco de filósofos liberales (Dworkin, Nagel, Nozick, Rawls, Scanlon y Thomson) no acaba de convencer, no tiene defensa a secas y, si no ando errado, sólo puede argumentarse de modo casuístico (p. 163);

Hasta aquí la primera entrega de esta reseña que tendrá tres. La de mañana, sobre la jurisprudencia del Tribunal Supremo de los EEUU en materia de aborto y homosexualidad. La de pasado, sobre el examen y crítica de Rawls por obra de Sandel.

La obra de Sandel es muy interesante, vista como una especie de comunitarismo progresista. Su crítica al liberalismo es una crítica llena de empatía. Coincide con éste en muchos fines, pero muy poco en los medios. En general y como nos pasa a todos, es mucho mejor en la crítica que hace que en la defensa de su propia posición. Si lo sabrá él que la niega por suya (como Pedro negó al Señor tres veces) y que cierra su obra con un capítulo sobre Los límites el comunitarismo.

jueves, 10 de julio de 2008

¿Superioridad moral?

Leo y no acabo de creer lo que leo que el PP está distribuyendo un argumentario interno en el que niega la "supuesta superioridad moral" de los "progres". ¡Bendito siglo éste!

Lo primero que cuestiono es la necesidad de esos "argumentarios". ¿Qué es un "argumentario"? Según parece un escrito en el que se explica al lector en términos para él comprensibles cómo hay que razonar en determinados supuestos con ejemplos. Un argumentario tiene que ir preparado para que la mayor cantidad posible de seguidores lo racionalice y haga suyas sus conclusiones. Los argumentarios desconfían de la capacidad de raciocinio de los lectores y seguidores en general.

Luego está el asunto del contenido. En este caso el "argumentario" parece destinado a refutar la propuesta de que la izquierda (el PP le llama "los progres") sea moralmente superior a la derecha. No dudo de que haya alguien en la izquierda que sostenga esa bobada porque, como decía al parecer Belmonte, tiene que haber "gente pa tó", pero me atrevo a pensar que esa no es una idea de la izquierda. Más parece una obsesión de la derecha y una obsesión que delata una pintoresca situación: precisamente porque la derecha se ve como inmoral, reta a moralidad a la izquierda, para demostrarle su superioridad

No está claro a qué o quién se refiera la expresión "superioridad moral de la izquierda", si a las ideas de izquierda o al comportamiento concreto de quienes se consideran de izquierda. En cuanto a la moralidad o inmoralidad de las ideas hay poco que decir salvo que quizá pueda sostenerse que la idea de la superioridad moral de la izquierde se origine en el hecho de que algunas de sus propuestas parecen en principio más cercanas a los mandatos evangélicos. Al margen de que en verdad sea más moral ocuparse de los pobres de preferencia sobre los ricos se da la circunstancia de que esa preocupación es también compartida por la derecha. También la derecha dice ocuparse de los pobres y los trabajadores. Su propio nombre así lo indica: populares, son gentes del pueblo; no socialistas o comunistas (pues esto puede serlo cualquier aristócrata) sino exactamente gente sencilla del pueblo.

Además, el debate sobre la moralidad mayor o menor de las ideas pierde su interés si se recuerda que, no habiendo mucha diferencia (al menos nominalmente) en cuanto a las ideas, el debate se desplaza a ser uno sobre los medios y aquí sí que la diferencia es cero puesto que tanto un partido como el otro se valen de los mismos medios en democracia para conseguir fines que sí habrán de acabar siendo distintos una vez se vea que, al margen de lo que digan, los populares favorecen más a las rentas altas que a las bajas. El PSOE también, pero lo hace menos, con peor conciencia y procura compensar con beneficios a las rentas bajas.

Vaya la cosa por donde vaya, lo de la "superioridad moral" de la izquierda es más una obsesión de la derecha, una obsesión que delata complejo de inferioridad moral, lo cual es absurdo.

Mucho más injustificado estará el debate si pretende plantearse en el terreno de los comportamientos personales de las gentes de izquierda y de derecha, como si la idea de la pretendida superioridad moral de la izquierda supusiese que las gentes de izquierda tuviesen garantizado el recto camino por el hecho de ser de izquierda, como el que está vacunado contra alguna enfermedad infecciosa sabe que no la contraerá. Pero la doctrina socialista no es una substancia sino un discurso y, como tal discurso, es mudo respecto a la rectitud o doblez de quienes lo reciten. Cada cual es responsable de sus actos y son estos los que se deben juzgar en función de sus resultados. Son los resultados los que son morales o inmorales y esos caen por igual en el campo de la izquierda que en el de la derecha.

Conozco santos y crápulas de derecha y de izquierda indistintamente.

(La imagen es una foto de psd, bajo licencia de Creative Commons).

miércoles, 21 de mayo de 2008

¿Existe la perversión?

No estoy dispuesto a perderme una sola peli de Claude Chabrol, ese genio retratista de los valores eternos de la Francia provinciana y fuimos a ver la última, La chica cortada en dos que es magnífica desde los títulos de crédito a la foto fija final, que me hizo click en la memoria y me puso a pensar en la última de Jean Pierre Leaud en Los cuatrocientos golpes pues los viejos soldados nunca mueren y los de la nouvelle vage tampoco.

Todo me parece magnífico en este film, la dirección elegantísima, el guión perfecto, las interpretaciones llenas de matices, la fotografía estupenda. Todo. Tiene ritmo, fuerza, interés. Y es muy francesa, soit dit en passant, porque sólo los franceses se atreven a sacar a los personajes fumando en un alarde de "excepción cultural" que no sé si será muy conveniente desde el punto de vista de las campañas antitabáquicas en marcha pero, cuando menos, no es hipócrita.

Hay una cuestión en la película que, según como se mire, resulta magistral o es un miserable fracaso. Se trata de un asunto de fondo o contenido. Veamos. La historia está tomada de un hecho real, un crimen que se produjo en Nueva York, en 1906, cuyos protagonistas fueron el entonces célebre arquitecto Stanford White, en la cumbre de su carrera, una hermosa actriz de cine mudo en sus comienzos, Evelyn Nesbit, y un rico heredero de una familia de millonetis de Pittsburgh, Harry K. Thaw. Chabrol actualiza las circunstancias, lleva la acción a Lyon (se quiera o no, una ciudad de provincias; este aspecto del provincianismo está soberbiamente tratado en la peli porque ni se nota), cambia las profesiones del triángulo, el escenario del crimen, sus antecedentes y consecuentes. Pero la historia es básicamente la misma que se produjo a comienzos del siglo XX. Ya se hizo una peli en su día La chica del columpio carmesí (1955), a cargo de Richard Fleischer, con Ray Milland de Stanford White y Joan Collins de Evelyn Nisbet que seguía fielmente el guión del hecho real y presentaba una jovencita Nisbet efectivamente dividida en dos entre los dos hombres, el arquitecto, que le sacaba treinta años y el millonetis algo mayor que ella pero no tanto como el primero. También en esta película se planteaba el problema moral, que se resolvía más o menos como se había resuelto en la vida real.

El problema moral aludido que me limito a enunciar en abstracto para no estropear a nadie el interés de la peli es el del alcance del concepto de perversión aplicado a las relaciones sexuales; perversión, depravación, degeneración..., lo que se quiera. Mi tesis es que ese concepto es radicalmente inadmisible, que es falso, que no existe la llamada perversión sexual cuando las relaciones que puedan considerarse "perversas" o "pervertidas" se dan entre adultos que las consienten libremente. Si aceptamos que hay conductas perversas estamos abriendo la puerta a cualquier tipo de censura y ésta acaba siempre por meternos a todos en la cárcel. El DRAE, haciendo honor a la ideología reaccionaria, convencional, clerical y oscurantista que anima sus páginas, dice que pervertir es 1) "Viciar con malas doctrinas o ejemplos las costumbres, la fe, el gusto, etc." y 2) "Perturbar el orden o estado de las cosas." Vaya por la 2) que, aunque insatisfactoria, cuando menos no mete juicios morales de rondón. Pero la primera definición sólo puede satisfacer a los roucovarelas: ¿qué es eso de las "malas doctrinas o ejemplos"? ¿Quién decide que son "malas"? ¿Qué diantres significa "viciar las costumbres o el gusto"? De la fe ya no hablo porque no la practico y me trae al pairo. Esa definición no es más que un conjunto de memeces para que cualquier trastornado se sienta con derecho a censurar y coartar la libertad de las personas y, además, en un terreno de estricta intimidad. En mi opinión sólo cabe hablar de "perversión" si alguno de los participantes en las relaciones sexuales de que se trate es menor o, siendo adulto, no las practica con su libre consentimiento.

Tanto en la historia real como en la peli de Fleischer se dio a entender que hubiera podido faltar el requisito del libre consentimiento, en cuyo caso, quizá cupiera hablar de perversión, aunque, ciertamente, para que el comportamiento pueda ser castigado penalmente tendrá que ser tipificado de otra forma.

Pero en esta peli queda fuera de duda que los comportamientos son libremente consentidos por todas partes. En consecuencia, y esta es mi duda, si Chabrol presenta el asunto como lo presenta señalando que es el resultado de la mentalidad estrecha y retrógrada, hipócrita y farisea de la burguesía de provincias, de acuerdo. Si lo hace por convicción propia, no lo encuentro admisible. Pero mi admiración por Chabrol me induce a pensar que va por la primera línea. Estoy convencido de ello. Fascinante, por cierto, el cierre de relaciones de la jovencita cortada en dos con su suegra y que reproduce al pie de la letra lo que le sucedió a Evelyn Nisbet con la familia de su marido.

viernes, 13 de julio de 2007

Hasta las narices de los ofendidos.

He aquí el video de publicidad del club de fútbol de Getafe, Madrid. No está mal. Trasmite su mensaje con bastante claridad, apoyándose en episodios de la historia sagrada y la profana que son del dominio común: el sacrificio de Abraham, la condena divina a Moisés a vagar cuarenta años por el desierto, la quema de algún hereje (Bruno o cualquier otro), Adán perdiendo su costilla o las últimas palabras de Cristo en la cruz. Y ese mensaje es simple: tu equipo está por encima de tus creencias religiosas. No veo que se insulte o falte a nadie. Sólo veo una opinión tan aceptable o condenable como su contraria (esto es, que tus creencias religiosas hayan de estar por encima de tu equipo de fútbol), ilustrada con gracia aunque con un poco de cursilería y bastante petulancia.

Pues ya están los obispos en pie de guerra en contra del anuncio y sus monagos del PP pidiendo que se retire. Lo de siempre: unos señores pretenden coartar la libertad de expresión de otros pretextando no un daño objetivo y claro a un bien público (por ejemplo, un folleto en el que se mienta sobre las posibles consecuencias patógenas de una crema dentífrica) sino aduciendo que hiere la sensibilidad de unos u otros y sus creencias que, en todo caso, son un asunto privado.

Como era de esperar, ya han salido a relucir las famosas caricaturas de Mahoma en Dinamarca y el consiguiente follón. Un diputado del PP de olvidable nombre ha dicho que se siente legitimado para protestar por este “atropello” porque en su día protestó contra el otro. O sea, que el mucho protestar da la razón. A mi ver se trata de dos protestas muy legítimas, desde luego, pero sin sentido, propias de quienes pretenden convertir en ley universal sus sentimientos, creencias, caprichos y supersticiones y que parecen dispuestos a reconocer lo mismo a cuantos neuróticos como ellos haya en el planeta.

Pero esto no es admisible y ya aburre a las ovejas. El que se sienta ofendido en sus creencias privadas por una manifestación pública ajena a ellas es libre de no atender, no mirar, no escuchar a quien perpetre la supuesta ofensa. También a mí me parece deplorable que unas gentes mayores de edad crean a ojos evidentemente cerrados que una señora puede ser madre y virgen al mismo tiempo o que otro señor muerto por crucifixión resucite al tercer día y ascienda a los cielos como si nada, pero no se me ocurre coartar su libertad de expresión.

La blasfemia puede ser un pecado atroz y llevar aparejadas las peores penas en esta vida para los creyentes dentro de su iglesia y en la otra, si la hay, para todos, pero no puede ser un comportamiento jurídicamente sancionable. Si los católicos quieren que el ordenamiento jurídico sancione sus supersticiones, que se compren una isla y establezcan una teocracia, pero que nos dejen en paz a los demás, que ya somos mayores para decidir qué queremos ver y qué no.

Incidentalmente y, como siempre pasa con la estupidez, menuda propaganda han hecho los curas y los meapilas al club de fútbol de Getafe.