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jueves, 23 de junio de 2016

Con el Bosco empieza todo

Quienes se decidan a visitar la exposición de El Bosco en el museo del Prado, se armen de paciencia porque está todo petado a tope durante todo el día. No tanto como si fuera el metro en hora punta, pero se le acerca. Hay que pasar minutos divisando trozos de sus pinturas más célebres entre cabezas de otros visitantes hasta que, por fin, consigue uno aproximarse al cuadro de que se trate. Por fortuna el Bosco pide que se le contemple desde muy cerca. Si fueran necesarias distancias mayores, sería imposible.

¿Qué tiene este pintor flamenco del siglo XV/XVI, del que no sabemos casi nada y que dejó apenas dos docenas de obras y de la autoría de algunas hay dudas? ¿Por qué es un éxito de público y atrae de este modo a las masas un artista complicado, muy cerrado en sí mismo, nada convencional y de significado generalmente incomprensible? Pues por todo eso. Es decir, en el fondo, no lo sabemos. Casi todos sus cuadros nos son familiares y siempre que hemos tenido ocasión de verlos, en Lisboa, en El Escorial, en El Prado, etc, lo hemos hecho del mismo modo, deteniéndonos en la contemplación, escudriñandolos de cerca, descubriendo generalmente figuras o detalles que se nos habían escapado y matizando nuestro juicio. Una visión de conjunto de sus obras es imposible. Sí puede serlo cada obra completa, sobre todo los retablos más famosos El carro de heno o El jardín de las delicias. ¿Qué diríamos que representan en general? En principio, está claro: un cuadro completísimo de la sociedad centroeuropea bajomedieval. Oficios, profesiones, fiestas, costumbres, usos, muchos de los cuales nos son hoy incompresibles y de imposible acceso. Es asimismo una pintura alegórica y simbólica sobre ese recio fondo realista; y muchos de esos símbolos y alegorías, muy variadas en una época en que que el conocimiento se transmitía, sin duda, por la escritura pero solo en pequeña medida, pues casi nadie sabía leer ni escribir. Los mensajes se transmitían por imágenes y es el contenido significativo de muchas de ellas el que se nos escapa hoy día.

El Bosco es un pintor profundamente moralizante, aunque no religioso, y el contenido de esa moralización es el del cristianismo a punto ya de iniciar la Reforma, el prerrenacentista, el que se ha llamado "humanista" a partir de Erasmo de Rotterdam, buen amigo del Bosco quien, como este, fustigaba los vicios del cristianismo, la vida disipada del clero, la prevalencia de síntomas del pecado y la prevaricación en el mismo solio de San Pedro. Pero ninguno de los dos quería romper con Roma por lo que esta se salvó en su magnificencia, emprendiendo luego la singladura del catolicismo. El Bosco habla un lenguaje que entenderán todos los cristianos, aunque luego no se lo apliquen: sacrificio, penitencia, odio al lujo, el oropel, las vanidades mundanas y un comportamiento humano rígidamente enmarcado en un cuadro ascético de combate de los siete pecados capitales (recuérdese, una obra muy señalada del pintor). Añádase una comprensión metafísica de la esencia humana en los tres momentos decisivos del individuo, como nacimiento, desarrollo y muerte, pasados al terreno filogénético en las imágenes del paraíso terrenal, la vida mundana y el infierno. 

Varias de sus obras, tanto propias como de taller, centran el foco en situaciones o cuestiones concretas y son en sí mismas casi manifiestos. Las tentaciones de San Antonio que, casualmente encabezan el Palinuro de este mes, una de las diversas variantes -y todas muy distintas- que trabajó el artista, son un mundo. Todas ellas. Una, que había sido habitualmente atribuida al mayor discípulo del Bosco, Breughel, es la que inspira el impresionante relato de Flaubert, Las tentaciones de San Antonio, cuya lectura turba de tal modo el ánimo del lector culto que no vuelve a ser el mismo, al menos a mi juicio. Por eso, acercarse a la narración flaubertiana se convierte en una especie de iniciación mística. En el caso de la versión que figura en la entrada de Palinuro hoy, la motivación es la que figura en la casa de la izquierda con el rostro de la mujer, una evidente Celestina en una casa de lenocinio. Las tentaciones de San Antonio solían ser lujuriosas, aunque también hubiera otras.

El Bosco retrata su época en el contexto convencional del día  día, pero lo hace siempre en el terreno distorsionado de la aplicación moralizante: el estado de felicidad del paraíso, la terrible lucha entre la virtud y el vicio del mundo, el demonio y la carne y, por último los sufrimientos eternos de los infelices condenados en l infierno. 

Lo característico de la pintura bosquiana, sin embargo son las composiciones y los productos de la imaginación del autor. Algo insólito, nunca visto antes y nunca visto después. Por supuesto que el Bosco ha dejado un rastro amplísimo de influencia en todas las actividades posteriores de todas las épocas. Nadie medianamente creador ve estas obras y se conforma con la vista. El mencionado Breughel es un ejemplo típico, pero también lo era gran parte de la evolución posterior del arte. Los simbolistas recurrieron con frecuencia a nuestro autor, pero fueron los surrealistas los que lo proclamaron uno de los suyos y Dalí quien produjo una Tentación de San Antonio como una expresión visual y una experiencia mística. 

Innecesario señalar que el Bosco, como buen pintor onírico, podría servir como manual ilustrado para la interpretación de los sueños de Freud, como ya había funcionado en cuanto modelo para algunas d las peripecias de Alicia en el país de las maravillas.En realidad su proyección llega a donde menos se pueda imaginar. Por ejemplo, a Big Sur y las naranjas de Hieronymus Bosch, un libro a su vez desconcertante de Henry Miller.

En definitiva, un arte puesto al servicio de los novísimos con capacidad para reinterpretar el decurso de la vida humana como un combate permanente entre la esencia y la apariencia, la verdad y el engaño, la salvación y la condenación.    

lunes, 17 de febrero de 2014

La pastuqui todo lo salva.

Al visitar la basílica de Santa María de los Ángeles, en Asís, el peregrino sabe que en su interior encontrará la porciúncula, lugar sagrado para los franciscanos porque en él vivió su fundador y de allí salió la orden de los hermanos menores. Sabe también que, al visitar la supuesta celda del santo, la encontrará luminosa y limpia, con un tosco lecho y una silla y mesa no menos toscas. Sobre la mesa, una jarra de agua y una libra de pan casi tan tosco como todo lo demás. Y una advertencia por escrito que lo invita a quedarse cuanto tiempo desee con dos condiciones: aceptar la regla del cenobio y, al marcharse, dejar la celda como la encontró. Al margen de otras consideraciones, llama la atención que se inste a dejarla como estaba; no mejor, sino como estaba. Es una admonición llena de enseñanzas.

Es una parábola de la vida: sigue las reglas de la comunidad y, al marcharte, deja el mundo como lo encontraste. No mejor pero, por las llagas de Francisco, no peor. No peor. Eres libre de querer mejorarlo pero, por favor, no lo empeores. No lo hagas más sucio, brutal, inhumano, falso y odioso de lo que ya es.

¿Cómo piensan dejar el mundo Rajoy y Cebrián? No cuando mueran, cosa que deseo les suceda lo más tarde posible, sino cuando salgan de los cargos o puestos de poder que detentan y desde los cuales causan un gran impacto en la sociedad, el primero en la política y el segundo en la comunicación que, a la postre, también es política. Si creen que, gracias a ellos, se mantienen pautas colectivas decentes, si la vida pública es el ámbito de la libertad, el respeto, la tolerancia, la honradez y la verdad o si, por el contrario, la han empozoñado hundiéndola en la falta de respeto, la intolerancia, la granujería, y la mentira. Y me contesto de inmediato: lo segundo, sin duda. Tanto el uno como el otro personifican modelos prepotentes, censores, embusteros y, sobre todo, codiciosos. La codicia, el afán de dinero, la pastuqui, parece estar en la base de estos comportamientos y generar en torno suyo el correspondiente clima de servilismo y falsedad.

Preguntado por enésima vez Rajoy (para su gran vergüenza, si vergüenza tuviera este payo) si ha cobrado sobresueldos, el Gobierno dice haber desmentido ya "con toda rotundidad" que cobrara sobresueldos. Falso. Tan falso como la no menos rotunda (y reiterada) afirmación de Rajoy de que sobre ese tema ya lo ha dicho todo. También falso. Ha dicho que no ha cobrado sobresueldos en dinero negro pero, que yo sepa, acepta haberlos cobrado por distintos conceptos. El color del dinero lo determinarán los jueces; pero el dinero se cobró; los sobresueldos se cobraron. Ya se verá si es legal o no. Pero es inmoral. Es inmoral que el PP aparezca como una máquina de repartir sobresueldos entre sus agraciados. La pertenencia a un partido -que debiera ser algo desinteresado, movido por la voluntad de servicio público- se convierte en un modo de vida cómoda, sin dar palo al agua, con todo género de bicocas y abundantes sobresueldos. Una forma de hacer carrera sin más esfuerzo que apretar un botón de vez en cuando y mil posibilidades -que suelen convertirse en realidades- de saquear el erario público. Un partido semejante a una asociación de malhechores.

Aznar, el iniciador de estas prácticas, suele ponerse bravucón y amenaza con querellarse contra todo quisque cuando se le relaciona con ellas. Sin embargo ahí está la crónica de El País afirmando que el PP pagó sobresueldos a Aznar cuando era presidente del Gobierno mientras recordaba que la entonces vigente Ley de Incompatibilidades lo prohibía. Las prometidas querellas aznarinas han quedado en nada. De nuevo la legalidad o ilegalidad es irrelevante. Lo decisivo es la moralidad y hasta la elegancia. Esos cobros serán legales o serán ilegales y habrán prescrito, pero no son de recibo. Quien haya cobrado los famosos sobresueldos no debiera ejercer cargos públicos ni andar por ahí sermoneando al vecindario.

Esa es la cuestión, la codicia sistemática que revela ese sistemático recurso a los sobresueldos, convirtiendo la política en un verdadero lodazal. El gobierno no ha desmentido nada; como no lo ha hecho Rajoy. Al contrario, sigue siendo un presidente supuesto perceptor de sobresueldos que, además, ha tolerado (quizá fomentado) la generalización de esa corruptela. Y en un estado de permanente ocultación. A estas alturas, la ciudadanía aún no sabe con seguridad cuánto ha venido cobrando al mes Mariano Rajoy los últimos años. Como tampoco sabe a cuánto asciende la fortuna del Rey ni en dónde está. Es la codicia que todo lo embadurna. Es la herencia de Rajoy. El país que deja, gobernado mediante la represión, la mentira y el saqueo, es más sucio, corrupto e inmoral que el que recibió. Mucho más. Gracias a él.

Y es también la herencia de Cebrián. Otro caso de codicia ciega. Al parecer por un error típicamente informático, se han hecho públicos sus planes para El País a muy corto plazo. De un lado, cambiar al director y a su equipo y, por otro, derechizarlo. ¿Más? Preguntará alarmado el lector de buena fe, según el cual El País es un periódico serio de centro-izquierda. ¿Más? Si ya defiende cerradamente las fábulas que recita el gobierno diciendo que habla de política económica. Sí, más. El País claramente al servicio de la derecha para pasar después la bandeja, como los otros diarios del movimiento.

Recuerdo haber leído hace años a Cebrián que un periódico debía ser un negocio saneado para no depender económicamente de nadie, ni de las arbitrariedades de los gobiernos, para conservar su independencia. Muy cierto, pensaba ya también, pues la independencia es la base del prestigio y el crédito. La única sobre la que cabe montar un negocio digno, independiente del poder, con unos clientes lectores con capacidad crítica, autonomía de juicio y sensibles a la independencia del medio. Eso es, por lo menos, lo que Cebrián debiera dejar al irse, como el peregrino de la Porciúncula.

Pero ¿qué deja? Ahora que el diario, el grupo, es una ruina, con una deuda impagable de miles de millones de euros, ¿cómo se lee aquel acertadísimo discurso? Dejemos de lado la melancólica historia de cómo un periódico, obra cumbre de un empresario de genio, Polanco,  determinante en momentos cruciales de la historia del país por su prestigio, se vende ahora de saldo a un gobierno cuyo respeto por la libertad de información y expresión es inexistente. Es el sempiterno relato del fracaso de los segundones que malbaratan la obra de los pioneros. Pero Cebrián ha hecho algo más que arruinar una empresa que recibió boyante. Él se ha puesto a salvo personalmente; con él sí ha seguido a rajatabla la doctrina del negocio saneado pues se ha asignado una retribución personal tan disparatada para una empresa en quiebra práctica que casi resulta increíble. Puedo estar equivocado pero no creo haber visto desmentido alguno respecto a esa cantidad de un millón de euros mensuales. Sin duda es perfectamente lícito porque las empresas privadas hacen con su dinero lo que quieren quienes mandan. Pero, la verdad, es vergonzoso cuando se pone en la calle a gente que cobra mil veces menos.La desigualdad exagerada, injusta, es tan odiosa mirada desde abajo como mirada desde arriba. O debiera serlo.

¿Creían ustedes que la información como empresa responde a factores distintos a los negocios agropecuarios o del textil? ¿Que influye sobre la interacción social con pautas morales? ¿Que anima debates sobre formas alternativas de organizar el bien común? Son ustedes unos ilusos. La única regla es la maximización del beneficio, con una sub-regla para cuando vienen mal dadas: coge la pastuqui y corre. Pura codicia. La herencia de Cebrián al frente de El País es un país más inmoral, sucio, insolidario en el que no importa nada la verdad ni la libertad de expresión ni el derecho a la información, sino la cuenta de resultados. Especialmente para el bolsillo propio.

(La imagen es una foto de La Moncloa según su aviso legal).

lunes, 7 de octubre de 2013

Mi artículo en el ABC.


Me llamó doña Virtudes Fora Egida, quien decía ser del ABC, pidiéndome un artículo para un tema monográfico que saldría ayer, domingo, sobre el tema Adiós a la superioridad moral de la izquierda. Me puse muy contento de que el vetusto diario pensara en mí y le pregunté si iban a poner entre comillas lo de "superioridad moral". Se extrañó no poco y me dijo que iban en serio y no pretendían hacer demagogia alguna, con lo cual ya acabó de mostrar su absoluta falta de idea. Acepté la propuesta encantado y envié el artículo al email del periódico pero, dada mi incompetencia en esto de las nuevas tecnologías, en vez de enviarlo al ABC, lo hice a la BBC y, claro, no salió en ninguno. Como me costó mi trabajillo, lo cuelgo ahora aquí y espero tener mejor suerte la próxima vez, si hay próxima vez:


Sobre la "superioridad moral" de la izquierda.

Por Palinuro.

¿Hay alguien en la izquierda que presuma de superioridad moral? No; es imposible. Nadie sensato puede presumir de eso. En la izquierda, la derecha, el centro o la inopia. Nadie, al menos, que haya leído los evangelios y sepa que solo los fariseos, los "sepulcros blanqueados" y, añado yo, los "filisteos" en el sentir decimonónico, pueden presumir de algo tan absurdo. Hace falta ser muy fariseo, muy sepulcro blanqueado, muy filisteo, para presumir de "superioridad moral". Es mucha la verdad del refrán español de "dime de qué presumes y te diré de qué careces".

Si no es de la izquierda, ¿de dónde viene esta idea de que la izquierda presuma de superioridad moral? En lo esencial, de la derecha y, más en concreto, por cuanto yo sé, de la minerva de Esperanza Aguirre, quien lleva años dando la barrila con la quisicosa. Casi parece una neurosis, una obsesión enfermiza de la dama. Años, sí, lleva llamando a una cruzada en contra de la falsa superioridad moral de la izquierda. Como cuando decía que había que acabar con el espíritu del 68 ¡cuarenta años después! A veces se olvidaba de anteponer el falsa y clamaba por una lucha contra la "superioridad moral" de la izquierda sin más. En esta línea, el ABC, feliz, dice, por fin, adiós a la superioridad moral de la izquierda. Si solo puedo decir adiós a algo que antes tenía delante, presente, se sigue del titular que, según el ABC, hubo un tiempo caracterizado por la mencionada superioridad moral de la izquierda.

Pero, veamos, sea cual sea la moral que uno profese o practique, si uno reconoce que hay otros "moralmente superiores", ¿no está uno obligado a abandonar la propia moral para adherirse a la que considera "superior"? ¿Por qué, si no, la considera superior?

- "¡Ah!" -Aclararán los expertos.- "Palinuro no entiende que, en una época de pluralismo y relativismo moral, se puede profesar una moral convencido de su superioridad y reconocer al mismo tiempo la superioridad de otras." Es un argumento poderoso. Tiene ecos budistas e hinduistas.  ¿Acaso el modesto reconocimiento de la superioridad del prójimo no me hace superior a él? Pero seguramente no es el caso de la derecha. También suena algo a postmoderno. Pero eso se ajusta menos al argumento conservador, convencido de la férrea naturaleza de sus convicciones morales, todas justas, sistemáticas, formando una unidad desde el origen de los tiempos. Lo contrario de esos cinturones flojos del postmodernismo.

- "Bueno." -Seguirán aclarando los expertos.- "En el fondo, ¿qué quiere decir superioridad, tratándose de moral? Nada; nada de nada. Las morales son inconmensurables."

No lo creo, pero coincido en la conclusión: nada de nada. Entonces ¿por qué esa obsesión por acabar con la "superioridad moral" de la izquierda? Sencillo: porque si uno no puede presumir de lo propio, ataca al adversario por el método de la proyección, afeando en él lo que es de uno.

Esa portada del ABC es una confesión de derrota. Y la reaparición de Karl Marx es de traca. ¿A que se parece a los carteles nazis del judío eterno? Este Marx tiene también algo de eterno y,  al fin y al cabo, era judío.

Pero a lo mejor no es la pretendida "superioridad moral" de la izquierda lo que exaspera a la derecha sino la no menos pretendida "superioridad mental". En efecto, según la revista canadiense Psychological Science, los de izquierda son más inteligentes que los de derecha. Eso escuece más, sin duda. En nuestra sociedad no está mal visto ser un granuja. Pero la fama de tonto se lleva muy mal. Por eso, el mental se les ha convertido en moral. Pero no se preocupen, almas de Dios, no hace falta ir al Canadá para comprobar a diario que esa conclusión "científica" no es cierta. Todos conocemos gentes de izquierda de inteligencia muy limitada y personas muy inteligentes en la derecha. Y viceversa.

Anden. No hagan más portadas tontas.

lunes, 10 de junio de 2013

La dignidad de la política


Desde los tiempos de Aristóteles, más incluso, desde los de Confucio, se sabe que la política es una actividad noble, pues va orientada a adelantar el bien común, la polis, el respeto a los antepasados y el buen orden del reino. A lo más alto que podía aspirarse era a alcanzar la ciencia del gobierno, del buen gobierno, el que mira el interés general. Con esta idea ha venido haciéndose política desde tiempos muy antiguos y comprobándose que esa imagen idílica de la actividad se tornaba en su contraria en la realidad. El famoso florentino se encargará de ponerlo negro sobre blanco: al Príncipe solo le interesa el poder. Y sería Carl Schmitt quien, recogiendo la media intuición de Clausewitz, declarara que la política es cosa de amigo-enemigo, como en la guerra. Y, buenas gentes, en la guerra -salvas las convenciones ginebrinas- vale todo.

No obstante, las versiones críticas (Maquiavelo, Schmitt) no prosperan y el discurso convencional sigue siendo el de que la política es actividad noble pero que, por desgracia, suele ser innoble, sobre todo cuando la practica el enemigo. Es lo que, en el fondo, quieren decir los políticos cuando emplean -y lo hacen a menudo- esa ramplona figura de las dos políticas, la política con minúscula, la del enemigo, y la Política con mayúscula, la nuestra. No da para más.

Pero vamos a admitir que, en efecto, hay un propósito de hacer política digna y cómo puede torcerse. En nuestras sociedades democráticas la política es cosa de los partidos. No solo de ellos, pero sobre todo de ellos. Un partido, en principio, según la doctrina, es una asociación de personas que trata de conseguir el poder político para orientar la sociedad en sentido favorable a sus intereses que suelen presentar (aunque no siempre; también hay partidos muy particularistas) como el interés general, el bien común. Quiere también la doctrina que la asociación sea voluntaria y, desde luego, desinteresada.

¿Podría pasar que una asociación de facinerosos, de mangantes y estafadores se presentara como un partido o se hiciera con uno preexistente? Podría, claro es. Y que prosperara o no dependería de la fuerza de convicción que tuviera en sus mensajes ideológicos. Es decir de cómo falsificara el discurso político habitual, cosa por lo demás no muy difícil ya que dicho discurso o es de orden práctico inmediato o ditirámbico sobre los luceros. Ambos fáciles de imitar. Con los mangantes en la sala de máquinas, el partido es un instrumento poderoso de repartir prebendas ya que controla los dineros públicos. Su militancia y clientela crecen pues ingresar en el partido es como encontrar empleo o hasta una sinecura con algo de suerte. El partido se expande por la sociedad y echa raíces y redes por todas partes, creándose una coraza de protección sobre todo a través de una batería de fundaciones, empresas,  medios y propagandistas comprados. Y ya estamos chapoteando en la charca de la corrupción.

Si esto sucediera, la destrucción de la democracia sería cosa segura, se desprestigian las instituciones, se enfanga todo proceso de comunicación y debate, se niega todo diálogo y se procede con sereno sentido de la impunidad a continuar con los procedimientos del enchufe, el engaño y el latrocinio de los más diversos tipos. Se hacen verdaderos hallazgos de neolenguas, pero apenas sirven para distraer unos instantes del saqueo al que el partido ha sometido la sociedad. En realidad no hay programa (por eso tampoco es tan grave incumplirlo), no hay ideas, no hay proyectos. Solo hay una voluntad descarnada de llegar al poder para utilizar sus resortes y llenarse los bolsillos, tanto los propios como los de los amigos y clientes.

Algo así ¿sería posible? Pues sí y más si la organización de mangantes disfrazada de partido consigue controlar, pongamos por caso, el Tribunal Constitucional. Habría que estar preparados porque en ese momento la democracia, el Estado de derecho, las libertades y derechos de la ciudadanía empezarían a  peligrar. 

La dignidad de la política, evidentemente, por los suelos. Los ciudadanos se manifestarían muy críticos con ella y con los políticos, situando a todos en los lugares más bajos de prestigio. Los índices de popularidad de los políticos y de confianza en ellos serían negativos y no solo entre los seguidores del otro sino entre los propios. Si estos políticos fueran los que dice la doctrina, voluntarios desinteresados, se retirarían abochornados.

Pero podría pasar que no fueran así sino dignos miembros de una asociación de mangantes, solo interesados en enriquecerse, en cobrar sueldos fabulosos. Que esto llegue a saberse es incómodo, cómo no, sobre todo porque las cantidades son altas, 200.000, 400.000, 800.000 euros, verdaderas fortunas a ojos del 95 % de la población. No obstante, mientras pueda sostenerse (y para eso está la batería de medios) que no es ilegal, por muy inmoral que sea, no traerá consecuencias. Y, al fin y al cabo, eso de la moral, ¿se come?

Ciertamente si el presunto partido tuviera un jefe que hubiera hecho bandera de la incorruptibilidad de la organización, un poco al estilo de Robespierre, llamado el incorruptible, el conocimiento público de la corrupción del partido resultaría particularmente chocante. Porque no se proyecta igual imagen cuando de ti se dice que diste todo a la Patria y la sacaste del marasmo que cuando se dice que tú y los tuyos saqueasteis la Patria a extremos inverosímiles y que esta os costeaba hasta las partidas de billar. 

El debate sobre la legalidad del asunto es breve. El problema lo tendría ese hipotético partido de mangantes para mantener la autoridad moral que requiere todo gobierno. Contaría para ello con sus redes clientelares sociales y en los medios, pero quizá no fuera bastante. Pero esto sería un asunto anecdótico, ¿verdad? Toda organización ha de tener un jefe. La organización no verá problema alguno. Elaborará un discurso de gobierno, ordenando a sus miembros que hablen como si tuvieran autoridad para hacerlo.

Y ahí es donde el problema se traspasa al ámbito interno de cada uno de ellos, al de cada ministro, pongamos por caso. Este debe bregar con su corazón, en donde, según Kant, está inscrita la ley moral. Y que cada cual decida en el fuero de su conciencia si hizo bien o hizo mal, que eso lo sabemos todos. En un partido normal, en el que hubiera algunos mangantes, estos dimitirían ipso facto. En un partido de mangantes, los que quizá dimitieran serían las gentes normales.

La dignidad de la política descansa exclusivamente sobre la dignidad de los políticos.

No obstante así queda expedito el camino a la oposición de izquierda. Esta tiene fácil forjar un programa unitario con un solo punto: apenas llegada al poder derogará todas y cada una de las medidas de la asociación de chorizos, obligará a estos a devolver lo trincado y restituirá al común todo lo que el partido como tal haya robado: subvenciones, becas, pensiones, todo.

(La imagen es una captura del vídeo del PSOE titulado No más peinetas, publicado en Youtube.

jueves, 31 de enero de 2013

¿De qué está hecho el capital?

El capital; no el dinero. El pobre dinero no tiene la culpa de nada. Cuando, en mis años mozos, traduje La filosofía del dinero, de Simmel, quedé convencido de que se trata de uno de los más maravillosos inventos de la humanidad. El dinero es la materialización de una idea, de algo que, en sí mismo, carece de consistencia: la idea del valor y la necesidad de medirlo. Por eso al principio la idea estaba adherida a la cosa que era valiosa normalmente por escasa, la moneda (que viene del latín Moneo, de Venus Moneta) era la cosa misma: la sal, la piel, la oveja, la vaca. Luego se descubrió el valor nominal y apareció el papel moneda, el dinero, que ya era rizar el rizo de la segunda abstracción. Pero el valor seguía midiéndose en términos de escasez.

Lo anterior se ve claramente con un ejemplo cotidiano: ¿es hoy el trabajo escaso? No, hay de sobra. El trabajo, por tanto, vale muy poco, casi nada. Y los salarios tienden a cero. Esto, sin duda, es inhumano, dado que el trabajo, la fuerza de trabajo, es todo con lo que cuenta la inmensa mayoría de la humanidad para sobrevivir. Pero la culpa no es del dinero, sino del capital que no son lo mismo, aunque a veces se confundan. No todos los ricos son capitalistas, pero seguramente todos los capitalistas serán ricos.

El capital es el dinero en acción, igual que el viento es el aire en movimiento. El capital es una relación social, como decía Marx. Esa relación se da en una sociedad con una determinada distribución del dinero, de la riqueza, en la que algunos tratan de incrementar la suya a base de cambiar la vida de los demás. Es entonces cuando actúan como capital y pueden hacerlo de modo legal o ilegal, moral o inmoral. El capital tiende a saltarse la legalidad y la moralidad, las que experimenta siempre como enojosas restricciones al logro de su objetivo del máximo lucro. Un ejemplo bien claro y evidente es la noticia de que algunas afamadas empresas españolas o extranjeras pero con presencia en España explotan trabajo infantil en otros continentes. Y, de seguir las cosas así, quizá se haga también en este y en este país.

Le viene de antiguo al capital. Prácticamente todas las empresas capitalistas del mundo comenzaron con eso que los economistas llaman "acumulación primitiva" de capital. Fundamentalmente actividades de robo, saqueo, piratería o rapiña luego consagradas con el paso del tiempo y las leyes y hasta ennoblecidas. El capital tiende al delito como la cabra al monte. Por eso se inventaron las regulaciones, intervenciones, legislaciones que el capital está siempre tratando de sacudirse. Es legítimo preguntarse ¿de qué está hecho el capital?

Pues básicamente de lo que un juez -obligado siempre a hablar de casos y personas concretas- acaba de dictaminar en el de Urdangarin, que este está poseído por un desmedido afán de lucro. Un desmedido afán de lucro lleva a alguien a traspasar la línea de la legalidad y jugarse su buen nombre y el de los suyos en actividades empresariales, de acumulación primitiva, en las que todo vale, el nombre del Rey o de una amiga del Rey.

Más o menos lo mismo que impulsa a Bárcenas. Sus actividades empresariales parecen ser muy variadas, desde el sector agropecuario al comercio de obras de arte. Pero están fundamentadas en un dinero acumulado de modo presuntamente ilícito. El capitalista, ya se sabe, tiende a ignorar las barreras legales y, cuando estas se levantan, a aprovecharse de ello. Por eso Bárcenas se acogió a la amnistía fiscal de su compañero de partido, el ministro Montoro. Y, de paso, ha creado un nuevo problema político al gobierno. Sin duda por orden de este, Hacienda se columpió negando en declaración pública que Bárcenas se hubiera acogido a la amnistía fiscal. Bárcenas ha probado ante el juez que, en efecto, "blanqueó" casi once millones de euros. Es decir: ahí, señoría, están once milloncejos del ala, "regularizados", como dice la ley y no "blanqueados", como dice la chusma. De los otros once hasta los veintidós que había en un principio, aquí nadie sabe nada.

¿De qué está hecho el capital? De lo que dice el juez, "el desmedido afán de lucro". Y otro día hablamos de la Iglesia.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Una propuesta práctica para la izquierda.

Los últimos acontecimientos en Madrid y otros lugares de España son muestra de un deterioro alarmante de la democracia. La desmesurada violencia policial en la represión de un 25S pacífico; el hecho de que los agentes fueran sin identificar, en contra de la ley y que sus mandos se jacten de ello; la brutalidad indiscriminada desatada por las provocaciones de los propios agentes disfrazados de manifestantes, contra toda norma moral; las identificaciones aleatorias e intimidatorias; las detenciones discrecionales; el hostigamiento y amedrentamiento sistemático de la población, todo ello prueba una neta involución política hacia formas políticas autoritarias, casi dictatoriales.
Y la consecuencia más evidente es la generalizada conciencia de indefensión de la ciudadanía frente a las arbitrariedades del poder, lo cual produce un estado de creciente irritación popular ante la que la autoridad solo responde intensificando la violencia.
El gobierno salido de las elecciones arrastra un déficit de legitimidad sobrevenida al haber incumplido clamorosamente todo el programa en virtud del cual se lo eligió. Por este motivo tiene tanta autoridad para gobernar como el mancebo de la botica. Sabedor de esta carencia de legitimidad, el poder no se molesta en guardar las apariencias, prescinde de todos los frenos y contrapesos propios del Estado de derecho y actúa a golpe de decreto, sin someterse a control alguno. El Parlamento, vaciado de contenido por la mayoría absolutísima del PP, no pinta literalmente nada. Las demás instituciones de fiscalización, como la Defensora del Pueblo, por ejemplo, están al servicio incondicional del gobierno. Solo los tribunales conservan un remedo de independencia, pero es de efectos tardíos, inseguros y quizá poco eficaces. Cuando el ministro Wert mantiene la subvención a los centros educativos segregados por sexo en contra de una sentencia del Tribunal Supremo hay poca duda sobre lo que aquí se dice.
El círculo se cierra con el control del gobierno sobre los medios de comunicación, total en el caso de los públicos -que actúan como unidades de agitprop del PP- y casi total en el de los privados. Un control que, con los esfuerzos de una batería de plumillas e ideólogos, fabrica una realidad diaria tipo Potemkin, esto es, simulada, ficticia. Una realidad en la que el pueblo que protesta contra el golpe de Estado de la banca es presentado por la autoridad como golpista, en que los escasos diputados que denuncian la violencia institucional son acusados de violentos y en la que son los manifestantes pacíficos como los de las fotos los que atacan a la policía.
Y no hay mecanismos de defensa. 
Gracias a las redes sociales todo el mundo puede ver lo que ha pasado, lo que está pasando, cómo la policía va sin identificar, se extralimita de continuo, carga brutalmente y maltrata a la ciudadanía que está ejerciendo un derecho. Luego, la delegada del gobierno ocupa los medios y miente con todo descaro, reduce los manifestantes a la décima parte, los insulta tratándolos de golpistas, asegura que atacan a la policía y que esta actúa correctamente. El gobierno ampara y sostiene estas patrañas y los medios de comunicación al servicio de la autoridad, esto es, casi todos, propalan los embustes, los infundios, las calumnias y son cómplices del poder en la tarea de criminalizar la oposición extraparlamenteria y parte de la parlamentaria, en concreto el puñado de diputados que ha tenido el coraje y la honradez de sumarse a los manifestantes.
La iglesia, como siempre que la derecha actúa en defensa de sus intereses, calla, y la gente tiene que informarse en las redes sociales y los medios extranjeros, hoy al alcance de la mano gracias a internet. Pero lo hace y eso se traduce luego en una acción política práctica extraparlamentaria que, aunque la delegada Cifuentes y quienes están tan ciegos como ella la vean como un problema de orden público, tiene un alcance inmenso, cada vez más de manifiesto. El sábado vuelve el pueblo soberano a rodear el parlamento para protestar por una forma de hacer política que reputa antidemocrática, injusta e inmoral. Lo hace de modo espontáneo, sin organización jerarquizada porque los partidos no pueden ya canalizar las aspiraciones de los ciudadanos, unos porque, siendo los partidos dinásticos, están comprometidos con la situación que se impugna y los otros porque tienen perfiles ideológicos restrictivos, casi sectarios, que no invitan a seguirlos. El poder reacciona con desmesurada violencia frente a este movimiento pacífico de desobediencia civil y, en su necia locura no se da cuenta de que está alimentándolo. Las instituciones que habían de servir de contrapeso son cómplices del atropello y, aunque ya sea claro que el movimiento es imparable, lo es por el sacrificio de la gente, dispuesta a padecer la violencia del poder, indefensa.
Pero no debiera ser así. Debiéramos encontrar mecanismos de defensa de la protesta tanto colectiva como individualizadamente, que pudieran enfrentarse al poder desde una posición de altura moral y con la legalidad en la mano, para  pararlo, reducirlo y proteger el movimiento.
Por ello propongo celebrar una conferencia de organizaciones de la izquierda, de toda la izquierda, incluido el PSOE, para consensuar la constitución de un Tribunal Cívico, compuesto por media docena de personas de indudable integridad moral y altura intelectual que conozca los casos de conculcación de los derechos de los ciudadanos a manos de las autoridades. La cuestión sería ponerse de acuerdo en los nombres, cosa que no debiera ser difícil por consenso y serviría como un primer paso claro y práctico en pro de la unidad de la izquierda. Pienso en nombres como los de José Luis Sampedro o Federico Mayor Zaragoza, gente que dé la talla y goce de merecido reconocimiento.
La función del Tribunal Cívico será dictaminar sobre los casos que investigue, los abusos, las arbitrariedades, poniéndolos en conocimiento de los medios y también de los tribunales de justicia nacionales e internacionales. El Tribunal Cívico debe disponer  de un cuerpo o gabinete de letrados que recurra permanente y sistemáticamente a los órganos judiciales en defensa de los derechos de los ciudadanos para oponerse individual y colectivamente a las decisiones de un poder que no quiere límites. 
Dado que la Defensora del Pueblo defiende al gobierno que ataca al pueblo, que el Parlamento se limita a convalidar las políticas antipopulares del gobierno y que los tribunales de justicia no son operativos en el control de las desmesuras gubernativas, poner en pie un organismo de este tipo es un gran paso en la actividad de proteger un movimiento popular, espontáneo, de crítica y regeneración del sistema político y en defensa de un orden más humano y justo aquí y ahora, no en un hipotético futuro.
(Las imágenes son dos fotos encontradas en Twitter que recogen momentos de la represión policial del 25S. No he visto que tuvieran derechos reservados y he asumido que están en creative commons. De no ser así, un simple aviso en el contacto de Palinuro bastará para retirarlas).

miércoles, 27 de junio de 2012

Víctimas y victimarios


Vamos a robar unos minutos a la obsesión colectiva con la nueva catástrofe del 98 y considerar un problema de índole moral muy profunda que agita los corazones. Hay en marcha una confusa experiencia gubernativa de poner en contacto las víctimas de ETA con sus victimarios con intenciones nada claras sobre las consecuencias de la práctica en el destino de los presos etarras. A ella dedicaba un artículo en El País Jorge M. Reverte, titulado Las lágrimas de 326 verdugos según el cual no es defendible otorgar gracia alguna a los presos si no median arrepentimiento y delación. A ese artículo responde al día siguiente Euclides Perdomo en su blog AMANADUNU con una entrada titulada Víctimas, presos y chivatos defendiendo lo contrario con duras descalificaciones de Reverte. Creo que, a pesar de todo, Reverte haría bien en contestar para aclarar la cuestión. Puede decirse que no merece la pena porque AMANADUNU es un modesto blog mientras Reverte publica en El País. Pero eso no nos dice absolutamente nada sobre el asunto de fondo. Y suponiendo que nos pongamos de acuerdo sobre cuál sea este.
Conozco a ambos autores, aunque no sé si ellos se conocen entre sí, pero imagino que podrían encontrar estimulante darse réplica y contrarréplica. En cuanto a mí respecta, considero el razonamiento de Reverte vigoroso, claro, pero no convincente. Me inclino más del lado de Euclides, aunque yo no lo pondría en términos tan agresivos, si bien comprendo que, como víctima del franquismo, se sienta personalmente interpelado en la refriega.
Yo tampoco entiendo cómo ha podido Reverte escribir esta pieza. Desconozco su última obra y quizá esté a tono con ella, pero no me parece justa. Euclides predica aquí su indignación como un profeta bíblico por el clamoroso olvido de las víctimas del franquismo, tan víctimas como las de ETA, los GAL, los GRAPO, lo que sea. Porque están desaparecidas. Parecería decirlo Reverte: hay miles de personas en España que no saben ni quién mató a sus familiares ni por qué. Y vuelve a decirlo: Hay miles de personas en Euskadi y también en el resto de España que quieren saber quién mató a sus familiares y por qué. Pero un error de cálculo delata enseguida la desaparición de las víctimas del franquismo: no son miles, Jorge, son decenas de miles, más de un centenar de miles que llevan setenta años esperando saber "quién mató a sus familiares y por qué". Eso, me temo, no se puede olvidar ni hay derecho a pretender imponer el olvido a las víctimas, nos pongamos como nos pongamos. Pero pasa. Y, por donde pasa, lo envenena todo.
Habrá quien diga que esto no vale pues los conflictos morales deben resolverse aquí y ahora; no en el pasado. Hasta cierto punto. Un sistema basado en la amnistía de cuarenta años de dictadura terrorista no tiene la legitimidad intacta. A pesar de todo, puede abordarse como un problema concreto, de hoy. Veamos: ¿se puede negar el derecho de las víctimas a la reparación? No. El problema reside en qué se entienda por "reparación". Según Reverte, se entiende arrepentimiento y delación. Es lo que llama "reparación moral". Lo demás es una burla a las víctimas. No estoy seguro; quisiera escucharlas directamente.
Arrepentimiento y delación son requisitos muy serios en lo jurídico y en lo moral. Además, externamente se da la impresión de imponer condiciones de imposible cumplimiento e, internamente, la de tratar de conseguir la quiebra de la personalidad del etarra que no pueda volver a su pueblo o caserío como un héroe sino como un delator. Y no es de consuelo alguno que quepa la vía de la mentira o el fingimiento pues en cualquiera de los casos la obra destructiva ya está hecha ya que opera sobre la conciencia del sujeto. Delatar a un muerto, como aconseja el pragmatismo, no es válido pues siempre será acusar falsamente a alguien de un delito; o sea, otro delito.
Es un requisito cruel. Innecesario decir que no lo es menos porque el preso lo sea más. La delación que se exige no es la de un delincuente común por otro a quien no conoce, sino algo más: se trata de delatar a alguien con quien se ha tenido una comunidad de espíritu e idea (falsa o errónea es irrelevante), con quien se ha luchado por la misma causa con clara conciencia de sacrificio. Convertir a alguien en delator es, para mucha gente ligada por códigos del honor (o deshonor) del guerrero, matarlo en vida; hacerle comprar su libertad al precio de la de un compañero.
Cabe eludir la cuestión y sus aristas morales llevándola a la del mero cumplimiento de la ley, al margen de las intenciones de cada cual: hay obligación de denunciar los delitos que se conozcan. Punto. Cierto. Pero para castigar el incumplimiento fuerza es probarlo. No hacerlo equipararía el procedimiento penal a una ordalía medieval. Euclides se refiere a la época de Franco con experiencia propia y tiene razón. Pero no es necesaria aquí. Todo Estado democrático reconoce el derecho del acusado a no declarar y hasta a mentir en su propia defensa. Una confesión obtenida bajo amenaza y con el añadido de una delación de terceros no puede servir para condenar a nadie. Eso si se quiere ser justo.
Al tratar de la justicia, reaparecen las víctimas, rodeadas del cariño de la sociedad.  Y ¿cuáles son sus derechos? Exactamente los que diga la ley. Si esta es clara, se aplica; si no lo es, que decidan los jueces y, si no pueden decidir los jueces, a lo mejor es una buena idea promulgar una ley particular, especial para regular las gracias y concesiones que el Estado pueda otorgar a los reclusos condenados en firme por delitos violentos siempre que se dé una circunstancia nueva de cese el fuego total, definitivo, comprobable y disolución de la banda armada. Así obtiene un título más general una ley pensada para el caso vasco, igual que se hizo con la famosa Ley de partidos políticos de 2003.
Lo que no parece prudente es dejar el destino de los victimarios en manos de las víctimas y menos de quienes las apoyan o dirigen. Es más, si la nueva ley recurriera a esa práctica sería inconstitucional por llevarnos a un sistema penal bárbaro de expiación de la culpa a manos de las víctimas que impondrían su justicia a la de la voluntad general.
(La imagen es una foto de VinothChandar, bajo licencia Creative Commons, titulada: United Support For Victims Of Torture - June 26th, 2011, en honor del millón y pico de tamiles asesinados en Sri Lanka).

martes, 13 de marzo de 2012

La moral de la derecha.

La derecha está exultante. Aguirre presenta su candidatura a la presidencia del PP de Madrid con el fin de dar la batalla al "dogmatismo y sectarismo" de la izquierda y su absurda pretensión de alardear de superioridad moral. Es un asunto que le preocupa mucho y de hace tiempo, aunque mal pueda luchar contra el dogmatismo y el sectarismo una persona que profesa fe ciega en una religión construida sobre dogmas, muy parecida a una secta.

Pero, en fin, la presidenta de la Comunidad tiene razón: alardear de superioridad moral es absurdo y espero que la izquierda no lo haga. Es más, a mi parecer no lo hace ("dime de qué presumes..."), se trata de una atribución unilateral de Aguirre que tiene mala conciencia no confesa no tanto por la moral de la izquierda como por la aparente inmoralidad de la derecha. Ella misma, ¿no debe su cargo en primer lugar a un episodio, el tamayazo, moralmente indigno para el PP aunque el PSOE también se lleve lo suyo aquí por abrir sus filas a gentes venales?

Hay más. Ese idílico discurso de la "ideología" y los "principios", así como las "ideas de raigambre" (concepto muy querido del conservadurismo) pide contrastarse con la realidad, cosa fácil, dada la extraordinaria visibilidad de la derecha desde el 20-N. Para ello, basta con escoger un día cualquiera. El de ayer, por ejemplo:

Cospedal no dejó el micrófono y aprovechó para sentar doctrina. Reiteró que el PP es el partido de los trabajadores, razón por la cual, al parecer y por amor a su partido, los españoles tienen que trabajar más horas; que los parados son hinchas de su reforma laboral y que esta se hace pensando en los jóvenes. No sé si Aguirre estará de acuerdo pero la mentira es inmoral. Ciertamente, si parece o no mentira lo anterior dependerá de cómo se cuente y para ello Cospedal, al afirmar que la TVE no es imparcial ya está preparando el terreno para convertir la mentira en verdad, al estilo de Telemadrid y Canal Nou, como muy bien sabe Aguirre. Y como muy bien sabe asimismo que "parecer" no es "ser".

Los medios más vociferantes de la derecha empujaron al Fiscal General del Estado a suscribir sus sempiternas insidias e infundios sobre la resolución judicial del 11-M. Por último, el Fiscal General ha visto en dónde estaba metiéndose al dar pábulo la posibilidad de reabrir el caso del 11-M a partir de las patrañas que publican los medios conspiranoicos y ha retrocedido reconociendo que el 11-M es cosa juzgada, lo que ya sabía cuando dio orden de abrir una investigación sobre una chatarra almacenada en cualquier parte. Sembrar dudas acerca de las decisiones firmes de los tribunales de justicia, ¿qué tiene que ver con la moral? Conviene, además, recordar que quien ayer sembró también dichas dudas fue Ana Botella, esposa del presidente del gobierno que intentó por todos los medios colgar la autoría del atentado a ETA y se volcó en el empeño, aun sabiendo que era falso y que estaba instrumentalizando las casi 200 víctimas del atentado, como ahora sigue haciendo ella. ¿Qué tiene esto de moral?

Y no solo ella. El homenaje a las víctimas del terrorismo que Aguirre y Botella organizaron ayer, al día siguiente del aniversario, fue un acto de beligerancia política en contra de los sindicatos y con utilización de las víctimas. Lo cual es un gesto astuto de Realpolitik pues los infelices dirigentes de la izquierda, Gómez y Gordo, que nunca saben en dónde están, se creyeron obligados a ir en el séquito de un acto que rompía la unidad de homenaje a las víctimas por razones partidistas. Astuto, ciertamente, pero no moral. Máxime cuando el acto se aprovechó asimismo para insistir en el vilipendio a la justicia española, sembrando dudas sobre su integridad.

¿Y qué decir de Arenas Bocanegra en Andalucía? Se negó al debate con los otros dos candidatos pretextando la falta de neutralidad de Canal Sur. ¿Es necesario denigrar así a los profesionales para ocultar que a la derecha los debates en igualdad de condiciones le producen urticaria? Y no es nuevo. En los dos mandatos de Aznar no hubo ni uno y sin embargo él los tuvo cuando era oposición. En el último mandato de Zapatero ha habido uno y porque el PP, que también objetó a TVE, no pudo evitarlo. La derecha no quiere exponer sus propósitos en público y donde se pueda contradecirla. Y eso que es el "partido de los trabajadores" o sea, de personas como Arenas.

Todo lo anterior ¿tiene algo que ver con la moral?

(La imagen es una foto de PP Madrid, bajo licencia de Creative Commons).

viernes, 22 de julio de 2011

Un puente de 2.500 años

Pues es una peliculaza esta de Hu Mei sobre Confucio. Magníficamente hecha e interpretada, con una banda sonora estupenda y una fotografía que cautiva el ánimo; unos planos generales de montañas brumosas, primaveras relucientes, colosales fortalezas, murallas interminables, llanuras hormigueantes de guerreros a caballo todo tan bello que no sabe uno a qué atender más si a la historia que se narra o a sus escenarios.

La historia, la trama, es la vida del maestro que éste recuerda en flash back al comienzo de la peli, ya muy viejo en su Lu natal, de regreso de los largos años de peregrinar como exiliado. Es poco lo que se sabe de Confucio y lo poco que se sabe está trufado de leyenda, pero queda estupendamente reflejado en la obra. Arranca el relato con Confucio de ministro de Justicia de Lu, posteriormente ministro del Interior, especie de valido del emperador. Los conflictos y guerras continuas en la época de los Estados combatientes, que se reflejan en Los anales de primavera y otoño y en las que su supuesto autor se involucra con la intención de someter a los nobles rebeldes a la autoridad del emperador, acaban con su posición privilegiada. Cae Confucio en desgracia y ha de exiliarse, peregrino junto con sus discípulos por los Estados y las tierras de la China.

Lo más interesante de esta historia es que casi todas les peripecias que narra son parábolas de las enseñanzas del maestro como las recogieron sus discípulos en Las analectas: el respeto por los rituales y la flexibilidad para renunciar a los injustos o inhumanos aunque sean tradicionales; la regla de oro de toda moral, pasada, presente y futura de que no hagamos a los demás lo que no queremos que nos hagan a nosotros; el juego profuso de las tres virtudes, sabiduría, benevolencia y valor; el fin del Gobierno es la felicidad del pueblo; la felicidad del pueblo viene de un gobierno cívico, pacífico y armonioso; la vida no tiene precio y todos los seres humanos tienen derecho a ella; hay que amar al prójimo aunque, lógicamente más a los de la propia familia que a los vecinos, más a los vecinos que a los conciudadanos, más a los conciudadanos que a los connacionales, etc; la base de todo es la familia, cosa que el sabio demuestra abandonando la suya cuando parte al exilio acompañado por sus discípulos. Tengo la impresión de que Confucio es la suma de la sabiduría moral patriarcal. El conflicto de género viene de antiguo. Las dos únicas mujeres que tienen alguna relevancia en la historia son la sumisa esposa y la taimada concubina pero que obliga a decir a Confucio algo que hubiera podido decir San Antonio y se hubiera ahorrado tormentos, de esos que encantan a la Iglesia.

Salvando ese escollo, si no es un prurito de Palinuro, este biopic se diferencia de los gringos y los occidentales en general en que refleja un complejo proceso de aprendizaje moral en todas las circunstancias y momentos de la vida, mientras que aquellos suelen ser gestas cantadas con un único Leit Motiv, normalmente la venganza, aunque también el amor, la ambición o la liberación. Pero todos de uno en uno, con lo que los caracteres suelen ser unidimensionales. En la peli, como en la vida del maestro, los personajes son polifacéticos, cambian, como cambian los sentimientos y los motivos, la ambición, el poder, la envidia, la cobardía, la nobleza, la traición y muchos más, todos mezclados en esa infinita confusión (el caos de los Reinos combatientes) que es la vida humana que el sabio debe vivir en perpetua busca de la verdad. En esa busca necesita un camino, el que se desgrana en Las Analectas que han influido en el resto del mundo, muy especialmente en el cristiano. Cristo puede verse como una especie de Confucio menos letrado (a pesar del episodio de los doctores del Templo) y proveniente del pueblo con lo que sus conflictos con el poder son siempre del lado de los oprimidos mientras que los de Confucio son de los dos lados, muchas veces en lucha interna.

Esa lucha interna puede llegar a ser tan intensa que el sabio crea haber perdido el camino, la verdad. La peli construye el legendario encuentro entre Confucio y Lao-tse que es harto improbable (por eso el director lo pone en las nubes) dado que del fundador del taoísmo se sabe aun menos que de Confucio. El Tao te King puede considerarse el pago que dejó Lao-tse en la aduana entre esta vida y el más allá en el que parece haberse perdido. Pero sea o no cierto el encuentro, sirve para reconciliar el taoísmo con el confucianismo pues comparten el Tao, el camino, la verdad, la vida. Justamente lo que decía después Jesucristo, que él era el camino, la verdad y la vida.

En términos actuales puede verse a Confucio como el intelectual que tiene el oído del Príncipe hasta que deja de tenerlo. En ese momento en que el caído en desgracia piensa en vengarse, relumbra la máxima fundamental del confucianismo: el sabio es un caballero dispuesto siempre a poner los principios por encima de sus intereses. Algo así como lo de Tomás Moro pero en más refinado.

sábado, 2 de julio de 2011

Dos casos de manual.


I.- Strauss-Kahn en el Ox-Bow Incident.

Cuando estalló el escandalazo de Dominique Strauss-Kahn (DSK) Palinuro mantuvo un prudente silencio a riesgo de que los críticos, que no pasan una, lo acusaran de no mencionarlo debido a sus supuestas simpatías sociatas. No había tal. Antes bien, había que el caso era demasiado típico, casi perfecto, evidente. Tanto que suscitaba sospechas razonables. De un lado podía construirse una historia melodramática muy convincente y que suele ser ideal para consumo de masas, siempre dispuestas a soliviantarse moralmente con las perversiones de los ricos, famosos, poderosos. El caso del gran banquero (aunque sea por delegación), acostumbrado a hacer lo que le da la gana y la oscura y modesta camarera, inmigrante para más señas, víctima de las demasías de los crápulas de las alturas. De otro lado se añadía que DSK, el modelo de triunfador, es socialista y se aprestaba a subir más en la jerarquía social presentándose candidato a la presidencia de la República francesa. Dos datos que añadían picante y morbo a la truculenta historia.
En cuanto al primer aspecto, el señor y la plebeya, el asunto recordaba las indignantes aventuras del malvado baronet y la infeliz huérfana a su merced, típicos de los melodramas de Guillermo Sautier Casaseca y Luisa Alberca con las que se amenizaban y moralizaban al tiempo las tristes vidas de los españoles en los años pre-televisivos del Invicto. Podía ser y, en verdad, puede seguir siendo cierto mientras las cosas no se aclaren del todo. Pero resultaba demasiado tópico, demasiado perfecto. Era tan increíble que obligaba, cuando menos, a suspender el juicio y esperar para no parecer los honrados ciudadanos de Bridger's Wells, en la magnífica peli de William A. Wellman, The Ox-Bow Incident, sobre la aun mejor novela de Walter Van Tilburg Clark. Unos adeptos a la ley de Lynch cuelgan a tres presuntos asesinos y cuatreros sin darles la oportunidad de defenderse ante un tribunal de justicia.
Pero en contra de esa restricción hablaban los dos datos picantes mencionados: un socialista y probable candidato a la presidencia de la République en lid con el hombre de la derecha, Sarkozy. Demasiado fácil: no se puede presentar a un violador como candidato a nada honorable. La derecha respiraba tranquila porque DSK era una amenaza cierta. Ahora sólo tendría que vérselas con alguien como Martine Aubry de quien se ha llegado a decir que quizá quedara en tercer lugar en la primera vuelta de las presidenciales, por detrás de la hija de nacional Le Pen, cosa tampoco tan extraña pues ya le sucedió a Lionel Jospin con el propio Le Pen.
En la izquierda, esa que se ve a la izquierda de la socialdemocracia, la cuestión era evidente en sí misma: el afán socialdemócrata de contemporizar con los ricos, los capitalistas, corre parejo con la perversion e inmoralidad de su comportamiento que reproduce el de estos, con su tradicional desprecio por las clases populares, a las que someten a todo tipo de sevicias, incluidos los asaltos sexuales. El asunto no puede ser más absurdo porque implica extraer consecuencias morales de cuestiones políticas sin que haya base alguna para hacerlo. La sola insinuación de que la opción política determina un tipo de comportamiento moral personal es tan disparatada que no merece ni comentario. La base de todas las opciones políticas es el ser humano y el ser humano es igual (y distinto) en todas partes. Pero que sea disparatado no quiere decir que no sea útil. Porque, al fin y al cabo, si la derecha quiere cerrar el camino de DSK a la presidencia, la izquierda "izquierdista" también quiere sacar tajada: que la socialdemocracia desaparezca para ocupar su lugar, y puede caer en la tentación de emplear este medio tan falso para conseguirlo.
En el caso de que haya caso penal contra DSK, que está por ver y hasta hay quien dice que no lo habrá, el acusado lo será por su comportamiento personal, no por su opción ideológica directa o indirectamente. Y por lo tanto, a juicio de Palinuro, lo correcto, en todos los sentidos del término, hubiera sido callar y esperar. Puede que, después de todo, efectivamente, DSK sea culpable; pero no es seguro y hasta es posible que no lo sea en cuyo caso el tremendo daño que se le habrá infligido como persona ¿no dará que pensar? ¿O es que por ser socialista y/o rico ya no es persona?
II.-Teddy Bautista y la presunción de inocencia.

Menuda primera de Público. Está claro que tiene una finalidad connotativa que lleve a asociar la SGAE con ETA o, cuando menos, con la mafia. "Desmantelar" y "cúpula", dos términos de resonancias tremendas. Es un reflejo de la animadversión que concitaba Bautista en sectores amplísimos de la población; más concretamente, tod@s los obligad@s a pagar un canon que no tiene niguna justificación moral y que ha sido desautorizado. Pero no sé si ello puede llevar a poner al acusado desde ya mismo en la picota.
La SGAE se ha convertido en los últimos años en el adalid de los derechos de autor frente al gratis total de la red. Y en eso cuenta también con mucho apoyo. Palinuro, por ejemplo, cree que los creadores tienen derecho a vivir de su trabajo, a cobrar por sus obras. Pero no cree que ese derecho deba imponerse a base de cánones o de convertir en delincuentes sin más a quienes piratean contenidos. Parece razonable pensar que el derecho de propiedad intelectual debe adaptarse a las condiciones del mundo digital y de la red y redefinirse de forma que una mayoría social lo apoye y no se imponga por vía de decreto o de ley que pueda considerarse razonablemente injusta.
El percance judicial de Bautista suena muy verosímil pero también era muy verosímil la primera versión de la historia de Strauss-Kahn. Los delitos societarios, como los sexuales, tienen una especie de prima de crédito, esto es, se creen antes y más simplemente porque coinciden, al parecer, dando razón a un prejuicio: que a los hombres se les va siempre la mano sobre las mujeres y sobre la caja.
Es difícil pedir respeto a la presunción de inocencia para alguien que ha conseguido enemistarse con medio país o más. Pero hay que hacerlo y no dejarse llevar por pasiones que obnubilan el juicio. Bautista está en buenas manos, en manos de los jueces. Serán estos quienes decidan si es culpable o no y en qué medida. Pero sea lo que sea, inocente o culpable, es obvio que lo es con independencia de sus convicciones acerca del derecho de propiedad intelectual. Habrá quien diga que esas convicciones son fingidas. Es posible, pero ello no afecta al derecho en sí, sino al fingidor. No hay relación de causa efecto alguna entre la defensa del derecho de propiedad intelectual y una probabilidad de llevárselo crudo a casa distinta de la de la defensa de los derechos de los animales o de los gays a que los obispos no los llamen pervertidos, precisamente los obispos.

sábado, 16 de abril de 2011

Aguirre y la moral.

Gracias a un magnífico artículo de Beatriz Gimeno en El Plural me entero de que Esperanza Aguirre ha dicho que hay que desterrar la superioridad moral de la izquierda. Es un designio verdaderamente sorprendente, tanto que voy a cotejarlo con el texto que la propia Aguirre ha colgado en Facebook y, en efecto, ahí se dice en primera persona del singular que Este discurso lo pronuncié ayer en el Foro ABC. Ha llegado el momento de desterrar de una vez la superioridad moral de la izquierda. Si lo escribe será porque lo piensa: cuando se quiere desterrar la superioridad moral de la izquierda se está empezando por aceptar que existe porque nadie puede desterrar lo que no existe. Ahí se mete Aguirre en un lío porque ¿cómo se puede desterrar una superioridad moral? Si ésta existe, lo que hay que hacer, evidentemente, no es desterrarla sino tratar de extenderla por la tierra e imitarla. ¿Quién puede querer desterrar la superioridad moral de un sitio? Solo quienes quieran sustituirla por una inferioridad moral y eso sólo puede suceder manu militari, como se hizo entre 1936 y 1939 en el Estado.

Obviamente, la frase debe de estar mal transcrita, ya que su autora es, en principio, Esperanza Aguirre. Puede ser que lo que quiera decir con tan torpe prosa sea que haya que "desterrar la idea de la superioridad moral de la izquierda" que es lo que casi todo el mundo ha entendido. Admito que esta variante es más lógica pero no me privo de señalar que la otra de desterrar la superioridad moral en sí misma también entra en lo coherente con el espíritu de la derecha, en este caso el de Aguirre y, además, demostraré que así es. Lo que quiere desterrar no es la idea de la superioridad moral sino esta superioridad misma.

Desterrar, combatir una idea no es por regla general algo fácil ni fructífero. ¿Para qué esforzarse en desterrar una idea? En principio, bastará con mostrar una mejor y es casi seguro que la otra se desterrará sola. No es preciso demostrar que la hipótesis geocéntrica sea falsa. Basta con proponer la heliocéntrica. No obstante, en asuntos de moral, medir no es cosa sencilla. Lo que para uno es sumamente moral, para otro es sumamente inmoral, algo con lo que no sé si cuenta Aguirre dado que, como le sucede al Papa, profesa verdadera aversión a lo que llama el relativismo. Para ella su moral es la moral por antonomasia y superior a cualquiera otra, en especial la de la izquierda. De forma que el propósito de desterrar la idea de la superioridad moral de la izquierda lo que seguramente quiere decir es que hay que desterrar la falsa idea de la superioridad moral de esa izquierda, lo cual debiera de ser fácil, como fácil suponemos ha de ser desterrar cualquier tipo de ilusión, fábula, espejismo o quimera. Se apela al uso de la razón y ya está, ¿no?

Pues parece que no porque este propósito desterrador no lo manifiesta Aguirre ahora por primera vez, no. Ya lo hacía en 2004, cuando decía que no existe la superioridad moral de la izquierda o en 2005, cuando hablaba de la falacia de la superioridad moral de la izquierda. Un combate tan antiguo, un propósito tan contumaz como duradero se parece bastante a una obsesión y quizá no haya que tratarlo únicamente en un plano lógico sino también psicológico. Porque una manía no se puede refutar.

La superioridad moral de la izquierda que tanto saca de quicio a Aguirre subsistirá mientras la izquierda siga estando asociada en el imaginario colectivo con la suerte de los más débiles, de los más desfavorecidos. Frente a esa opción la derecha no tiene nada que decir pues es un mandato de su dios. Porque Aguirre es muy liberal manchesteriana pero también pía hija de la Iglesia. En esta lucha interna del alma de Aguirre, esa agonía unamuniana, se encuentra, quizá, la explicación de la manía, en términos piscoanalíticos, como el combate entre el superego del mercado y el oscuro ello de la caridad cristiana. Aguirre ve en la izquierda el ejemplo, la imagen de la entrega a una causa de cuya virtud está convencida. ¿Modo de resolver tan angustiosa situación? Rompiendo la imagen, desterrando la superioridad moral de la izquierda. Q. E. D.

Hay que ver qué complicada es la señora. Rajoy es más sencillo.

La imagen es una foto de PP Madrid, bajo licencia de Creative Commons).