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viernes, 9 de marzo de 2012

Mujeres.

Tremendo el cuadro de Gustave Courbet, el origen del mundo (1866), en el Museo d'Orsay, París, ¿verdad? Hágase un interesante ejercicio: pregúntese cada cual por qué resulta chocante un cuadro tan normal como realista/naturalista. Las respuestas se relacionan de mil modos con el problema que plantea la lucha por la emancipación de las mujeres, probablemente el conflicto social más antiguo y más profundo.

Ayer se celebró el día internacional de la mujer trabajadora. Los 364 restantes son "normales". "Normales" quiere decir ordinarios en nuestras sociedades patriarcales en las que la desigualdad y la discriminación por razón de sexo son permanentes y universales y se agudizan con la plaga de violencia de género por la que mueren decenas de mujeres todos los años en España, miles en el mundo entero. 364 días en que las mujeres tienen que soportar una condición social de subalternidad y eso en las sociedades avanzadas; en las otras, en muchas otras, su condición es de humillación, de esclavitud, inhumana.

Una condición muy difícil de remediar porque, aunque las mujeres plantean la lucha como solidaria entre los dos sexos, la verdad es que el masculino tiende a desentenderse, cuando no a oponerse. Mientras las injusticias de trato golpean directamente a las mujeres, a cada mujer, en su vida cotidiana, en su autoestima como persona, los hombres se enfrentan a ellas como no directamente afectados, por solidaridad y su compromiso es mucho menor. Cuando es. Véase qué sorprendente solidaridad de género hay entre la izquierda y la derecha a la hora de tratar este problema en sus justas dimensiones y no darle la prioridad absoluta que de hecho tiene.

La emancipación de las mujeres no es solamente un problema legal. Si lo fuera, ya estaría resuelto. Es mucho más profundo. Afecta a la autoestima de los hombres igual que a la de las mujeres, pero estos no gustan de reconocerlo. Sin embargo es obvio que todo cuanto atañe a las mujeres plantea problemas morales en los que los hombres, con razón o sin ella, se sienten concernidos y sobre los cuales tienen opiniones tajantes y pretenden imponerlas: el aborto, la prostitución, la violencia de género, el feminicido, la trata. Todo ello levanta una gran polémica y origina legislaciones muchas veces contradictorias, prueba de que no hay un criterio único como sí lo hay, por ejemplo, con la esclavitud. Ningún país la tolera legalmente; otra cosa es la práctica.

Y eso que no se ha mencionado aún el problema más profundo que es el de la imagen, el concepto, la idea de la mujer, que vienen condicionadas por el hecho de que prácticamente todas las civilizaciones son misóginas. Hay varias explicaciones para este fenómeno, también discrepantes y que no hacen aquí al caso. En la civilización occidental la misoginia es abrumadora. La religión católica, puntal civilizatorio, es misógina, como todas las religiones; las instituciones, culturas y tradiciones, también lo son, como los códigos legales, las tradiciones artísticas, la literatura y hasta el lenguaje. Esos académicos que salen al paso de las guías de lenguaje no sexista dan por supuesto que la lengua es una especie de fenómeno natural, sempiterno, inamovible en su estadio actual en el que no es otra cosa que el reflejo lingüístico de la forma de dominación patriarcal. Una imagen de inferioridad que comparten muchos hombres y, lo más grave, han interiorizado muchas mujeres. Esas, por ejemplo, que piensan que la discriminación léxica está en la naturaleza de las cosas y no es la cristalización relaciones sociales de dominación que se pueden cambiar.

Un movimiento que pretende romper estructuras autoritarias tan antiguas no lo tiene fácil. La conciencia de que esto es así ha llevado al feminismo históricamente a aliarse con otras minorías reprimidas. La primera con la que hizo frente común en el siglo XIX fue la de los esclavos hasta el punto de que el movimiento sufragista y el abolicionista llegaron a fusionarse. Posteriormente el feminismo ha hecho causa común con otras minorías discriminadas o perseguidas como las sexuales, en concreto las de homosexuales (gays y lesbianas), las de bisexuales y transexuales. En este terreno nos movemos casi en el inicio de los tiempos. En los países occidentales sigue sin estar admitida la plena igualdad de derechos entre homosexuales y heterosexuales. Pero en otros es peor. Los 56 países de la Organización de la Conferencia Islámica han boicoteado una reunión del Consejo de Derechos Humanos de la ONU sobre los homosexuales porque en muchos de ellos la homosexualidad no es un derecho sino un delito que en algunos se paga con la muerte. Ese rechazo no augura nada bueno para el avance del feminismo cuya suerte está vinculada a la de las demás minorías discriminadas.

La emancipación de las mujeres es un proceso duro, difícil, con altibajos, que no se coronará en una generación, ni en dos; que no se sabe cuándo se coronará y si se coronará. Porque no depende de las modas, sino de quienes las imponen; no de las instituciones, sino de quienes las hacen; no de las leyes, sino de los legisladores; de lo que estos tienen en la cabeza y en el corazón, de lo que piensan, sienten y hablan. Todo eso que se resume en el cuadro de Courbet y que les hace ocultar o prohibir aquello que más les importa y, en muchos casos, lo único que les importa.

viernes, 3 de febrero de 2012

La revolución es cosa de mujeres.


Juan Sisinio Pérez Garzón (2011) Historia del feminismo. Madrid: libros de la catarata, 255 págs.



Juan Sisinio ha escrito un libro ameno, de agradable lectura, sobre uno de los temas de nuestro tiempo. No es una obra académica, carece de aparato crítico, está concebida más en ánimo divulgativo pero con bastante rigor y trae una orientación bibliográfica final muy útil.

Inicia el autor el estudio en los tiempos más remotos y no de la realidad histórica sino del mito, con mención a los de Eva y Pandora para fijar la idea de que desde el origen de los tiempos en la humanidad ha predominado la misoginia. Este proceder caracteriza todo el libro que es una historia intelectual del feminismo y sólo en el último siglo esa historia intelectual se convierte en real en la medida en que los debates teóricos prenden en la sociedad con instituciones y políticas concretas.

Misógino es el cristianismo y, desde luego, la iglesia católica en mayor medida que el cristianismo reformado. En todo ese tiempo no hay feminismo y la excepciones (Christine de Pisan, Poulain de la Barre) son eso, excepciones. El feminismo arranca en realidad con la Ilustración, la revolución francesa y el liberalismo posterior. El liberalismo, que postulaba la libertad del individuo será la puerta por la que entre el feminismo de igual forma que entra el abolicionismo. Juan Sisinio recuerda con mucha razón que ya a mediados del siglo XIX, luego de la revolución de 1848, el feminismo toma la forma de sufragismo en cuanto emancipación política de las mujeres que estas vinculan expresamente a la abolición de la esclavitud (p. 93) .

Sin duda en el liberalismo se encuentra el núcleo del feminismo y del abolicionismo pero no lo parece en un primer momento. Jefferson, que firmó la declaración de independencia de los EEUU, en la que se proclamaba verdad evidente en sí misma que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, Jefferson, digo, era propietario de cientos de esclavos. Una disonancia cognitiva típica. La misma que lleva a los revolucionarios franceses a guillotinar a Olympia de Gouges que postulaba una Declaración de derechos de la mujer y la ciudadana.

Productos de la Ilustración, aunque en diferente medida y con distinta repercusión son la Vindicación de los derechos de la mujer, de Mary Wollstonecraft y el caso de Flora Tristán. La obra de la primera responde a Burke pero es, en realidad, una especie de Antiemilio que rompe el dominio absoluto de la pedagogía de Rousseau al afirmar el derecho y la necesidad de la educación de las mujeres. La segunda dejó fórmulas que harían luego fortuna, como la de "proletarios del mundo, uníos" o la concepción de la mujer como "proletaria del proletario" (p. 80); más o menos lo que hoy se considera como "feminización de la pobreza".

Como buen historiador, el autor estudia el contexto en que se da esta historia intelectual y subraya tres aspectos decisivos: la importancia del paulatino acceso femenino a los estudios; el impacto de las dos guerras mundiales, que obligaron a incorporar a las mujeres al trabajo en la retaguardia, lo que asimismo forzó que se les reconociera el derecho de voto; y, por último, el desarrollo del capitalismo, con la expansión de los electrodomáticos, que posibilitó una mayor libertad de aquellas.

El libro pasa demasiado deprisa pòr el episodio del feminismo y la revolución soviética. Hace buena valoración de la obra de Alejandra Kollontai durante el bolchevismo y de Clara Zetkin (quien aun siendo alemana, actuó sobre todo al final en el ámbito soviético y en el de la IIIª Internacional (p. 127). Pero estaría bien prestar algo más de atención a la involución estalinista en materia de emancipación femenina.

Hay un buen tratamiento del llamado "feminismo de la segunda ola" en las figuras de Simone de Beauvoir ("no se nace mujer; se llega a serlo") (p. 192) y de Betty Friedan, cuya Mística de la feminidad fue el aldabonazo que necesitaba el feminismo para echar a andar de nuevo en los años sesenta del siglo XX (p. 197). También son interesantes los análisis de las relaciones del feminismo con las concepciones revolucionarias de los sesenta y el nacimiento de un feminismo "radical" en cuyo campo se tratan las obras de Kate Millet (Política sexual) y Sulamith Firestone (Dialéctica de la sexualidad), que son asimismo las que más influencia ejercieron en España. Es curioso que no haya sido en otros casos en que hubo obras tanto o más radicales, como En contra de nuestra voluntad, de Susan Brownmiller y El eunuco femenino, de Germaine Greer.

El feminismo de la segunda ola es, en cierto modo, producto del Estado del bienestar. Se ha conseguido la igualdad jurídica de las mujeres pero no su igualdad real, impedida por la supervivencia del patriarcado. Y en ello es preciso concentrarse. En realidad es un espíritu análogo al que lleva a T. H. Marshall a formular su teoría de los derechos al amparo de ese mismo estado del bienestar, haciendo hincapié en los derechos económicos y sociales.

La tercera ola, la actual, aparece con la reivindicación del feminismo de la diferencia, cuya autora principal es Luce Irigaray (228). Los debates actuales se dan en este último ámbito, la acción positiva, la discriminación positiva, el ecofeminismo o el ciberfeminismo (p. 232). estaría uno tentado a considerar que se trata de un feminismo postmoderno.

En resumen, una obra de síntesis, clara y relevante. Da una idea completa del nacimiento y desarrollo de una revolución de extraordinaria importancia en la historia de la humanidad y que se diferencia de las anteriores (la estadounidense, la francesa, la bolchevique) en que no es de raíz nacional alguna y no se manifiesta como un hecho histórico único y concreto sino como un proceso paulatino y prolongado cuyas consecuencias, sin embargo, son tan importantes como las de las dos primeras y mucho más que la tercera, la bolchevique, de la que no queda gran cosa.

Una última consideración meramente terminológica. Acepta el autor la versión latinoamericana de empowerment como "empoderamiento" (p. 247). Probablemente será inevitable pero no hay que rendirse demasiado pronto. El término es espantoso y, si no quiere usarse "apoderamiento", intentémoslo con el castizo "habilitación", aunque suene un poco burocrático.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Victoriana.

Cary Fukunaga, Jane Eyre, 2011.-

Las novelistas inglesas de fines del XVIII y el XIX, Jane Austen, las hermanas Brontë, George Elliot (Mary Ann Evans), como las mujeres libertinas e ilustradas francesas del XVII y XVIII Mme de Sevigné, Mlle. de Scudéry, Mme. de Châtelet, Mme de Staël, son tradiciones muy peculiares desconocidas en otros lugares y constituyen casi géneros literarios y epistolares en sí mismas. Y entre ellas sobresale el caso de las Brontë, Charlotte, Emily y Anne. Hijas de un modesto pastor de la Iglesia de Inglaterra cuya mujer falleció tras dar a luz seis hijos, recibieron una cuidada si bien no lujosa educación en un severo espíritu metodista. Las tres murieron jóvenes. Únicamente Charlotte pasó de los treinta años y falleció a los 39, dejando cuatro novelas, una de ellas Jane Eyre. Emily sólo escribió una, Cumbres borrascosas, y Anne dos, una de ellas, La inquilina de Wildfell Hall, considerada una de las primeras novelas feministas y un ataque a la sociedad victoriana tan escandaloso que su propia hermana, Charlotte, prohibió que se reeditara a la muerte de la autora.

Las tres novelas mencionadas son obras maestras, siguen leyéndose hoy y conocen muchas adaptaciones al cine y a la TV. Sólo de Jane Eyre debe de haber más de veinte. Y con razón porque son extraordinarias. Las tres hermanas lo eran (asimismo un solo hermano que tuvieron, Branwell, quien las retrató en el cuadro de la derecha antes de morir a los 31 años alcoholizado y adicto a las drogas) y en los estrechos márgenes que la sociedad victoriana permitía a las mujeres, tuvieron unas breves pero agitadas existencias, unas relaciones muy estrechas entre sí y dejaron obras cumbre de imaginación y calidad literaria.

La prolongada era victoriana ejerció una fuerte impronta sobre la literatura de forma que, en realidad, hablamos de novelas victorianas queriendo con ello decir algo más que "novelas escritas durante la época victoriana". Muchas de las novelas victorianas se ven como ataques al espíritu y las instituciones del tiempo, singularmente la fundamental, la familia. Es fácil de entender porque la época era tan estricta, rígida, artificiosa y opresiva que bastaba su mera descripción para que el resultado fuera una crítica.

Es más o menos lo que sucede con Jane Eyre, la novela autobiográfica de Charlotte, una pieza literaria de primer orden, creadora de un personaje, Jane, que goza de proyección universal. La historia, una especie de Bildungsroman, tiene un elemento gótico muy fuerte. Y no sólo gótico; incluso hay un episodio de un aproximado vampirismo. Desde que Polidori publicara su narración El vampiro, la primera del género en los años veinte, los vampiros frecuentaron la literatura hasta la llegada de Bram Stoker. El argumento es encendidamente romántico pero está encajado en un rígido mundo de valores victorianos. La propia Jane Eyre es una heroína cuya vida está marcada por unos principios de sujeción de la mujer que no comparte y contra los que se rebela (es el elemento de feminismo que se le subraya) pero, al mismo tiempo, representa valores victorianos en estado puro. Jane es un personaje denso, activo, que lucha por afirmarse en condiciones de igualdad a los hombres pero lo hace invocando los valores típicamente victorianos de independencia económica, autoayuda y trabajo productivo con el que ganarse la vida.

La peli de Cary Fukunaga narra la historia de modo aceptable, recogiendo todos los elementos de los conflictos que se plantean, aunque a veces le puede el texto literario y en un par de ocasiones los diálogos son prolijos e innecesarios y en otras no atina a explicar del todo las peripecias porque el guión deja algo que desear a fuerza de deslavazado. Plantea el relato con un larguísimo flashback que desestructura la narración tanto que se ve obligado a repetir escenas para que el espectador pueda saber en dónde está.

Pero a cambio ha traducido muy bien en imágenes el mundo mental de la autora. Los exteriores -y hay muchos- son extraordinarios y las ambientaciones imponentes; las mansiones, las residencias, los carruajes, los jardines. Los personajes están muy bien caracterizados, sobre todo los hombres, que eran los que se le daban bien a Brontë. Lo que ya no es tan claro es que se ajusten a sus papeles. El más logrado, a mi entender, St. John Rivers, el del primo pastor que quiere ser misionero en la India, aquí casi figura secundaria cuando en la obra es un elemento crucial pues, al pedir en matrimonio a Jane, fuerza en esta un proceso de introspección que la hace encontrarse a sí misma y definirse como persona al negársele como esposa pero ofrecérsele como hermana. Rochester está bien, pero no acaba de encontrar el punto. Y el caso más llamativo es el de Jane, interpretado por Mia Wasikowska. Es muy buena actriz y borda el papel, pero es demasiado guapa. Jane tiene un semblante vulgar, anodino (plain es la expresión que usa), que es lo que explica las continuas distinciones entre la belleza exterior y la interior. Pero el rostro de Wesikowska es muy bello y, al presentarla sin maquillaje, sin acicalar, aun lo es más, lo que no se compadece con la historia.

De todas formas, la narración es tan poderosa, la autobiografía de Charlotte Brontë (quien tuvo que publicarla con seudónimo masculino, así como sus hermanas, incluida una antología poética de las tres) atrapa de tal modo que de cualquier forma en que se cuente es apasionante. Fukunaga puede haberse hecho un lío con el argumento (por cierto mucho más simple y lineal que el de Cumbres Borrascosas que, según una de las frecuentes leyendas sobre las Brontë, también es obra de Charlotte) pero refleja el mundo mental de Jane Eyre y hace que esta se manifieste en su mezcla de moral victoriana y antivictoriana al mismo tiempo, lo que da a la obra su gran atractivo.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Una Lisístrata moruna.

Muy interesante película de Radu Mihaileanu (La fuente de las mujeres, 2011) sobre un hecho real acaecido hace unos diez años en una aldea perdida de Turquía. Las mujeres tenían que ir a aprovisionarse de agua a una fuente muy alejada y de difícil acceso entre grandes trabajos y fatigas, mientras los hombres estaban sentados en las terrazas de los bares charlando. Un buen día las mujeres deciden negarse a tener relaciones sexuales con sus maridos, hacer una huelga de amor, mientras estos no vayan por el agua. Mihaileanu sitúa la acción hoy, en 2011, en algún país del norte del África en la inteligencia de que estas costumbres sociales (las mujeres, casi todas ellas analfabetas, trabajan como animales de carga mientras los hombres holgazanean) es común en el Islam.

El hecho parece reproducir el imaginado por Aristófanes hace 2.500 años en su comedia Lisistrata y, entrevistado el director, se refiere al comediógrafo griego. Pero ahí se acaba el parecido. La Grecia clásica no tiene nada que ver con el Islam contemporáneo ni las mujeres griegas con estas semiesclavas de las sociedades musulmanas. Además, la motivación es la inversa. Las griegas niegan a sus maridos el lecho para obligarlos a poner fin a la prolongada guerra del Peloponeso. Precisamente Lisistrata se escribió y representó al año siguiente de la derrota de Atenas en la batalla de Sicilia, en la que los atenienses perdieron casi toda la flota (doscientos navíos) y miles de hombres y unos ocho o nueve años antes del desastre final en Egospótamos. En la peli, en cambio, la huelga de sexo se produce porque los hombres, antiguos guerreros, hace ya muchos años que no van a la guerra y viven como parásitos de sus propias mujeres.

Esta explicación, que se repite un par de veces en la película, introduce al espectador occidental o europeo de hoz y coz en un mundo tan extraño, atrasado, injusto, convencional, oscurantista y angustioso que cuesta trabajo darlo por coetáneo. Sin embargo, lo es; es el mundo islámico rural, el más dominado por los preceptos de esa religión que, como todas, es misógina.

Y de eso trata la película que dura más de dos horas pero no se hace pesada porque constituye un verdadero documental de gran valor antropológico y cultural. Está rodada en escenarios naturales, con imponentes paisajes muy bien fotografiados, sin decorados, en las casas en las que vive la gente, sin suelos, sin ventanas, en los comercios, mezquitas, calles, plazas, sin asfaltar, sin luz ni agua corriente, pero con teléfonos móviles, aunque con dificultades de cobertura.

Introducido en esta sociedad tan cercana geográficamente como lejana culturalmente, Mihaileanu refleja diversos conflictos que nos informan de las relaciones de los hombres con las mujeres, de las mujeres y los hombres entre sí por razones de edad, de fortuna, de conocimientos, los lazos de parentesco, las obligaciones familiares, los ritos, las tradiciones, las interpretaciones del Corán. Solo en los dos momentos en que aparece el amor encontramos peripecias que nos son cercanas. Y todo ello apunta siempre al centro del relato: la condición humillada, explotada y escarnecida de las mujeres y sus esporádicos y desesperados esfuerzos por salir de ella. Se aprende mucho con esta película.

Aunque en parte ya lo sabíamos. Hace cincuenta, cien años, en nuestros países, en España, la situación era muy similar y de ello quedan vestigios (ver más arriba el post sobre Ana Mato). Pero había una diferencia notable: las mujeres estaban oprimidas y explotadas, desde luego, pero los hombres no ejercían de zánganos salvo en el hogar; fuera de él trabajaban hasta reventar. Una diferencia importante que, junto a la de la religión, tiene que haber sido decisiva para que nuestras sociedades, injustas como siguen siendo, estén a años luz de este espantoso atraso.

viernes, 25 de noviembre de 2011

La violencia contra las mujeres

Hoy, 25 de noviembre, se celebra el día en contra de la violencia machista. En lo que va de año en España han muerto 54 mujeres asesinadas por sus parejas o ex-parejas. En el resto del mundo la situación no es mejor; en otras partes, en México, en Colombia, en la China, en los países árabes es muchísimo peor. Está bien que se haga cuanto se pueda por elevar la sensibilidad de la sociedad frente a esta lacra que, a pesar de las leyes y las medidas de todo tipo de las autoridades para prevenirla y castigarla, no parece remitir.

Y ¿por qué no remite? Porque no es un delito o un vicio social que haya aparecido en nuestra época, como el tabaquismo, por ejemplo, contra el que es relativamente fácil luchar. Al contrario, es en nuestra época cuando ha comenzado a manifestarse la conciencia de que se trata de un crimen sistemático que nos degrada a todos y desmiente la idea de que la civilización avance. Es importante ahondar en esa conciencia y afrontar el problema en su pavorosa magnitud.

La civilización occidental, la que presume de sintetizar el judeocristianismo, la filosofía griega y el derecho romano, está basada en la violencia contra la mujeres. No me atrevo a hablar de las otras por falta de conocimiento bastante, aunque, por lo que sé, no andan muy a la zaga. En la nuestra esa violencia no sólo esta tradicionalmente admitida, sino glorificada, enaltecida, consagrada; desde siempre. Muchos filósofos, de Aristóteles en adelante, no ha hecho sino racionalizar los prejuicios en contra de la mujeres. Un mero repaso al conjunto de imbecilidades misóginas de Schopenauer debiera bastar para cuestionar la mera racionalidad del inventor de la Eudemonología.

Y no son únicamente los filósofos; los poetas, los literatos, los dramaturgos, los músicos, los pintores rivalizan en una misoginia agresiva que traza una imagen tradicional de las mujeres como seres inferiores, despreciables, odiosos, lo que justifica que se las maltrate. La celebrada figura de la doma de la bravía, un tema muy tratado en el Siglo de Oro, en Cervantes, en Lope y también en Shakespeare, etc., tiene eco en todas las culturas. A la mujer hay que "domarla", como se doma a las caballerías. Y nos se hable ya del llamado crimen pasional que todo lo justifica y que abunda en la literatura del siglo XIX. Mujeres atacadas "por amor", como El rojo y el negro, empujadas al suicidio, como en Ana Karenina o en Madame Bovary. La mujer es siempre la víctima.

El desprecio a las mujeres y su consideración como vasos del diablo y perdición de los hombres (compatible, por cierto con su imagen ideal en la tradición caballeresca) es inherente a las religiones, al cristianismo, desde luego. Que hay que violentar a las mujeres de todas las formas posibles es recomendación que se encuentra en la llamada sabiduría popular secular, en el refranero y en las políticas de los Estados; ejemplo universalmente conocido, las tres K del nazismo como destino de las mujeres: Kinder, Kirche, Küche (niños, iglesia y cocina).

La misoginia ha impregnado las leyes civiles y penales de todos los países hasta hace muy poco y, en muchos sitios, por ejemplo en el islam, se sigue haciendo. Está embebida en las instituciones y hasta en el lenguaje mismo, como las feministas han señalado repetidamente.

Corregir esta tradición implica reevaluar toda la tradición filosófica, religiosa, artística, jurídica de occidente. No es fácil y por ello se requiere una actitud combativa e intransigente con las infinitas formas de complacencia que se dan diariamente y son como una bruma que desnaturaliza los esfuerzos de la sociedad para acabar con él. A quienes propugnan esta lucha se los trata de exagerados. ¿Que tiene de malo la simpática costumbre del piropo, los concursos de belleza, la denigración de las mujeres en la publicidad comercial? Pues que todas estas prácticas son la antesala de la mentalidad feminicida.

En efecto, puede parecer una exageración. Pero lo que verdaderamente es una exageración es que sólo en este año haya habido 54 mujeres víctimas de asesinatos machistas. La dominación de los hombres sobre la mujeres desde el origen de los tiempos al día de hoy se basa en la amenaza de la violación y en su práctica individual o colectiva, muchas veces política de guerra, como dice Susan Brownmiller en En contra de nuestra voluntad . De lo que se trata es de someterlas por ese miedo difuso a ser agredidas, violadas, mutiladas, desfiguradas, asesinadas. Y el mejor modo de mantenerlo vivo es seguir recurriendo a esas prácticas.

Queda muchísimo por hacer. Apenas hemos comenzado, y nos enfrentamos a grandes resistencias, en no pocas ocasiones ofrecidas por las mismas mujeres, y eso es terrible.

(La primera imagen es un dibujo de Max Klinger titulado Asesinato y rapto. La segunda, un óleo de Degas, La violación (h. 1868). La tercera, otro de Frida Kahlo, titulado Unos cuantos piquetitos (1935)).

lunes, 4 de julio de 2011

Dos mujeres más asesinadas.

¿Qué tiene que cambiar para que cese este horror? Una nadería, una bagatela: tenemos que cambiar a los hombres. Pero no en eso tan socorrido de las pasiones, el temperamento que, en el fondo, es un eco de la teoría del "crimen pasional", siempre visto con condescendencia porque afecta a un "no sé qué" (¡qué razón tenía el Padre Feijóo al atacar esa fórmula del "no sé qué" que oculta indigencia mental o moral!) que los hombres no pueden controlar porque está por encima de sus fuerzas: razón por la cual, en el fondo, no son responsables.

Sin embargo la experiencia muestra que quienes terminan las relaciones amorosas asesinando a su pareja son normalmente los hombres. Hay quien dice que eso es fortuito y que las mujeres matarían más si no fueran el sexo débil. Para matar la fuerza ayuda, sin duda, pero no es imprescindible y, además, hay cosas quizá peores que matar. Un frasco de vitriolo, como se hacía en el siglo XIX, destroza la vida de una persona. Sin embargo, a la vista está que las mujeres no atacan físicamente. Lo hacen de otra forma, ya que en este mundo no hay ángeles, pero no físicamente que es de lo que se trata aquí.

Es que no son los instintos lo que hay que cambiar en los hombres sino sus estructuras mentales y para eso no basta con la educación, como creen las almas generosas convencidas de que la educación puede hacer milagros. Y no basta con la educación porque ésta se proporciona con unos materiales y en unos contextos que condicionan la mentalidad de cada cual. No se trata de lo que piensa cada hombre sino de lo que piensan los hombres con un lenguaje cuya misma estructura es misógina; dentro de una confesión religiosa (de cualquier religión) que menosprecia invariablemente a las mujeres; en una tradición filosófica antifeminista de más de dos mil años, si no rabiosamente misógina, como en el caso de Schopenhauer; con un arte y literatura que glorifica el patriarcado y justifica los "crímenes pasionales". Se trata de cambiar la mentalidad de unos hombres que, desde niños, vienen escuchando a los gramáticos, los curas, los filósofos, los artistas y literatos, que las mujeres son seres inferiores y que la autoestima del varón radica en que esos seres inferiores acepten resignadamente su inferioridad y sus consecuencias.

Recuérdese: los asesinos de mujeres son de todas las nacionalidades, clases, colores, religiones, edades, profesiones y estado civil.