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lunes, 6 de julio de 2015

El cortijo de los indeseables.

Wert debe de llevar todos los números para ocupar el puesto de peor ministro de Educación y Cultura de la democracia y hasta es posible que de la dictadura que, en el fondo, debe de ser su régimen preferido. Ha destrozado la enseñanza pública en todos los niveles, como si de una enfermedad se tratara. Ha abandonado las universidades, expulsado de ellas a los sectores menos favorecidos de la población, ha hundido la investigación y el desarrollo y hecho trizas los planes de estudio de los demás niveles educativos. En cambio, ha privilegiado la enseñanza privada, acumulado las ventajas y favores en especial sobre la iglesia. Ha autorizado la apertura de "universidades" privadas, chiringuitos en donde inútiles parecidos a la ministra Báñez van a comprar sus títulos que luego no ejercen porque ni saben cómo. Ha implantado de nuevo la religión católica en los colegios y eliminado la formación para la ciudadanía con el argumento de que es doctrina, sabiendo perfectamente que la única doctrina es la católica, que él dice profesar. Ha intentado provocar en varias ocasiones a los nacionalistas catalanes, dentro de la actitud de hostigamiento al catalanismo del gobierno de franquistas al que perteneció, con expresiones tan estúpidas como hay que españolizar a los niños catalanes. Ha perseguido la libre creación en la red, un régimen justo de derechos de autor y tratado de imponer una censura a raíz de su reforma de la ley de propiedad intelectual. Ha destinado millones de euros a las corridas de toros, euros necesarios en un país en el que la gente pasa hambre, incluidos los niños, catalanes o no, por las políticas disparatadas, abusivas y corruptas del partido de presuntos ladrones al que pertenece. Además de subvencionar las corridas con cargo al erario, ha mostrado su cociente intelectual y fibra moral sosteniendo que esta salvajada infame, coreada por energúmenos, tiene algo que ver con el arte y la cultura.

Este personaje fascista, reaccionario, nacionalcatólico ha resultado insoportable hasta para el sufrido pueblo español acostumbrado a aguantar políticos tan tiránicos como imbéciles, el pueblo de ¡vivan las caenas!, que le ha venido atribuyendo la valoración más baja de todos los políticos de la democracia. Inferior hasta a la de Ana Mato. Lo profundo del desprecio de la gente por el pájaro viene compensado, supongo, por su capacidad para mentir y hacerse pasar por lo que no es, dando a entender a los gestores de la SER y otros medios del grupo Prisa, que era hombre moderado, medido, tolerante y abierto y no la especie de tarugo cuartelario que es. Claro que, a lo mejor, tampoco es engaño, sino complicidad. La SER necesitaba un franquista que hiciera las veces de demócrata y dieron con este ambicioso patán.
 
Ya a punto de vencer la legislatura, Wert ha aprovechado su boda con su propia Secretaria de Estado de Educación, Monserrat Gomendio, para huir con el rabo entre piernas de un ministerio en el que no ha hecho nada más que destrozos. Es decir, huir como ha estado entrando y saliendo durante estos cuatro años en todos los recintos a los que acudía oficialmente: a hurtadillas, por la puerta de atrás, sin avisar, oculto porque dondequiera que iba todos los estamentos docentes y discentes lo silbaban, abucheaban y escracheaban. Porque se lo merecía.
 
Ahora se casa con la citada Gomendio. Es un asunto privado sobre el que aquí no se dirá nada, salvo señalar que a la boda acudirá Mariano Sobresueldos Rajoy. Pero sí se comentará algo de la novia/esposa, Gomendio que, hasta hace poco era número dos del ministerio de Wert y corresponsable de sus estupideces.
 
Gomendio era la primera o la segunda fortuna del gobierno de Rajoy, con unos 14,5 millones de euros declarados. Una millonaria entre los millonarios. Como puede apreciarse en la información de la revista Mongolia esta fortuna no se origina en ninguna actividad empresarial propia, en ningún esfuerzo ni trabajo que haya realizado la propia interesada, sino que es un dinero heredado. Y heredado de fuentes hediondas. Parte procede de los enchufes y privilegios que el primer Gomendio tuvo con Franco, de sus dudosos pelotazos y asuntos judiciales que no le supusieron perjuicio (pero sí al conjunto de la población española) porque estaba protegido por la  corrupción franquista. La otra parte viene del general Kindelán, uno de los facciosos que se sublevó contra la República y, gracias a eso, hizo su fortuna y la de su bisnieta Monserrat Gomendio Kindelán, con las normas y formas que se verán a continuación. Kindelán fue, al parecer, corresponsable del bombardeo de Gernika, una de las mayores atrocidades de los fascistas durante la guerra. Ahí es nada lucir como timbre de gloria haber masacrado a miles de víctimas indefensas para aterrorizar a la población. O sea, el timbre de gloria de ser un verdadero terrorista a cuyo lado muchos de la Yihad son aprendices. Gernika es hoy un símbolo doble, de barbarie y de gloria. La barbarie a cargo de quienes, como Kindelán, asesinaron a sus semejantes. La gloria a cargo de quien, como Picasso, inmortalizó esa barbarie. Picasso y Kindelán, el bien y el mal, el genio y la inmundicia.
 
Pero no acaban ahí las andanzas del antecesor de Gomendio. Kindelán fue también uno de los generales de Franco sobornados por el Foreign Office para que aconsejaran al dictador no entrar en la guerra del lado del eje. Según parece, los ingleses entregaron al "héroe de Gernika" (a quien ellos mismos consideraban en sus documentos como una granuja) 1,5 millones de dólares de la época, equivalentes a 18 millones de euros de hoy, a cambio de que trabajara por sus intereses, cosa que el granuja parece haber hecho a entera satisfacción de sus amos. Es decir, y para terminar la semblanza, el criminal que planeó el bombardeo de Gernika era el mismo sinvergüenza que hablaba en tonos líricos de la Patria, España, el Imperio mientras se enriquecía con los sobornos. Un estilo habitual en la casa, entre la derecha nacionalcatólica. ¿O no están los nacionalcatólicos peperos con España a vueltas todos los días mientras la esquilman y se llevan el producto de sus latrocinios a Suiza o las islas Caimán?
 
Desde luego, los hijos no heredan los pecados de los padres y menos de los bisabuelos. Aunque el dinero, sí. Y precisamente porque esta señora recién casada heredó una fortuna de tan siniestra procedencia y jamás ha dado un palo al agua para ganar algo, sino que ha estado siempre enchufada en actividades de la supuesta organización de delincuentes a la que pertenece el matrimonio, resulta la menos apropiada para ejercer a lo bestia la teoría y la práctica del más cruel neoliberalismo desde el ministerio de educación. Esta señora es la que ha justificado las políticas de recortes, privaciones, mermas y sisas de la educación pública a favor de la privada, las políticas de impedir que los menos favorecidos tengan opciones con discursos falsos, hipócritas, indignantes acerca de que los estudiantes deben pagar el coste real de las tasas, que el que quiera estudiar que se lo pague, que hay que acabar con la cultura de las subvenciones y aceptar el libre mercado, etc.,. Discursos glorificadores de la ideología yanqui del hombre/mujer hechos a sí mismos que, en su boca de heredera del latrocinio y el expolio sin haber trabajado en nada útil en su vida, son una burla, una hipocresía, una muestra de la mala ralea de estos neofranquistas. Más que nada teniendo en cuenta que no todo el mundo tiene un abuelo que hiciera negocios con la corrupción de la dictadura ni un bisabuelo que mandó bombardear Gernika y cobraba sobornos de potencias extranjeras.
 
Decíamos que la boda se verá agraciada por la presencia del Mariano Sobreueldos Rajoy. No es de extrañar, cuenta habida de que esta pareja de tunantes millonarios ya se ha preparado la vida en París, en sendos puestos de designación del gobierno, para los que no tienen la menor preparación, pero que pagaremos todos los contribuyentes.
 
Sus antepasados fueron unos granujas y ellos siguen en su huella viviendo opíparamente a cuenta de lo público porque, al igual que el resto de franquistas y presuntos ladrones del PP, creen que este país es un cortijo. El suyo.

jueves, 12 de marzo de 2015

El arte y la imbecilidad.

En un par de años se celebrará el primer centenario de la inauguración del Palacio de Comunicaciones, luego Palacio de Cibeles y actual sede del Ayuntamiento de Madrid. El centenario de un horrible chafarrinón, atentado contra el buen gusto, palacio ostentoso, rebuscado, cursi y feo hasta el agotamiento. Durante toda su vida fue sede de Correos en Madrid y algunos detalles populares y simpáticos como la galería con los buzones de provincias con cabezas de león, ayudaban a los sufridos madrileños a sobrellevar la carga de esa espantosa tarta de nata, mal imitada de las construcciones estadounidenses que a su vez eran una mala imitación de las europeas.

Pero como sobre gustos..., etc., alguien habría de llegar con el suyo tan estragado que valorara semejante adefesio. Ese fue Ruiz Gallardón, por entonces alcalde de Madrid, un cursi relamido y petulante con ínfulas de esteta. A este exministro de Injusticia,  el precioso y castizo conjunto arquitectónico municipal de la Plaza de la Villa, en el Madrid de los Austrias, con la antiquisima Torre de los Lujanes, parecía algo de pobretes e indigno de un suculento emperador de la Trapobana con espíritu de indiano enriquecido, como él. Su anhelo  era deslumbrar al mundo con su Xanadú particular, por supuesto, a costa del contribuyente, personaje a quien los mangantes peperos cargan todos sus desmanes.
 
Gallardón cedió luego su puesto a otra cursi, Ana Botella, paleta reprimida, tan necia como él, incapaz de entender una conversación de nivel medio tirando a bajo, pero convencida de ser una inteligencia solo segunda, a causa de su condición femenina, a la de su portentoso marido, un zoquete malicioso y perverso.  Esta ya levitó con el adefesio del palacio y terminó de convertirlo en un centro de exposiciones artísticas para mayor gloria de Madrid, un Parnaso, un Helicón, un lugar de encuentro con las musas. Y a esto se ha dedicado este horrible edificio, llamado a tales efectos CentroCentro, a ser un escaparate de lo más sublime que hay en la vida, el arte.
 
Pero como de los imbéciles solo cabe esperar imbecilidades, el criterio que impera en las exposiciones de la casa, y en todo lo demás, es el dogma neoliberal de la empresa privada. Todo al servicio de lo privado. Nada público. A machamartillo, a lo bestia, en su estilo. Para eso, ¿qué hacen? En lugar de apalabrar exposiciones con gentes entendidas en arte, con museos y colecciones, salen en busca de colecciones privadas enteras, de fondos de empresas que son las que verdaderamente reflejan su miseria espiritual, su supina ignorancia y su papanatismo. Porque las empresas, los bancos, las aseguradoras, no coleccionan arte por su valor estético sino económico, como inversiones y entienden tanto de él como de las aventuras del Ramayana.
 
Pero eso da igual. Como es habitual en los neoliberales cuya esencia ideológica es la mentira, de lo que se trata es de ensalzar los valores de lo privado, siempre con dinero público, por supuesto y, de paso, si se puede, pillar alguna mordida o comisión. Es la naturaleza humana. Entre otros atentados a la elegancia y la estética, este espantoso espacio alberga dos exposiciones temporales de dos colecciones de empresas: Iberdrola y la Fundación Pedro Barrié de la Maza. Poco que comentar. Este Pedro Barié era un amigo y enchufado de Franco que, tras enriquecerlo lo nombró Conde de FENOSA, o sea, de su empresa, Fuerzas Eléctricas del Noroeste de España, Sociedad Anónima, con tan escaso sentido del ridículo como el que muestran los expositores con esta colección de pintura y arte abstracto general contemporáneo perfectamente irrelevante y que, salvando algún caso digno, no es más que basura.
 
Lo mismo sucede con la  colección de Iberdrola, otra empresa que compra pintura como el que adquiere valores bursátiles, con la misma mentalidad. Aunque, en este caso, quizá por la antigüedad, el resultado es menos ridículo que en el de la Fundación Barrié. Iberdrola, empresa originalmente vasca, tiene un importante fondo de pintura vascuence, con cosas de Arteta, Regoyos, Guiard,  Ucelay, Iturrino , etc y también, al expandirse, ha adquirido algo de arte de calidad de los más recientes y de categoría, Arroyo, Pérez Villalta, Barceló, Antonio López, etc. Han traído uno de cada uno y dos a tres vascos. El resto, lo importante, se ha quedado en Euskadi. Aquí, de relleno, un fondo de fotografías de un valor e interés inexistente. Y no es difícil averiguar cuál haya sido el criterio de la selección y la exposición: de lo que se trata es de exhibir algo en Madrid, para que se vea la empresa. ¿Qué? Eso da igual. Nada de llevar una buena muestra, que cuesta una pasta en seguros. Dos o tres cositas y, si puede cobrarse una mordida o comisión que saldrá, claro, de los impuestos de los madrileños, mejor. No están los tiempos para dispendios. Hay que ser neoliberales.
 
Poner ladrones e imbéciles en la gobernación del país no solo tiene malas consecuencias en lo político, jurídico, económico y social. En lo estético son peores que el caballo de Atila.

sábado, 14 de febrero de 2015

Contrapodemos


Asís Tímermans (2015) ¿Podemos? Madrid: última línea. (194 págs).

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Según reza la portada, este libro va por la segunda edición. Podemos está de moda. Es negocio escribir sobre este novísimo. Y acertado hacerlo rápidamente porque, como están las cosas, quizá dure poco. Un ascenso tan vertiginoso e inesperado puede agotarse con la misma celeridad porque no se sostiene sobre bases firmes, sino sobre ilusiones muy vivas y sinceras, pero momentáneas. En otras palabras: la revelación de mayo de 2014 puede no llegar a la nueva temporada de septiembre de 2015. Se dirá que Podemos tendrá más votos que IU, UPyD, o Equo. Es posible, pero, al haber planeado una estrategia basada en la mayoría, no alcanzarla será perder. Y los sondeos empiezan a mostrar señales de inflexión en la curva. No es solamente que la intención directa de voto se haya estancado o que (sondeo de Metroscopia de hace unos días) la cantidad de quienes jamás votarían a Podemos sea ya superior a la de quienes sí lo harían, sino también que la aparición del fenómeno ha dado lugar, sin duda como fenómeno no querido, a una recuperación del PSOE. 

Pero todo esto son vaticinios. Entre tanto, las librerías hierven de ensayos sobre Podemos, la mayoría, rendidos, a favor; algunos otros en contra, generalmente infumables. Pero también hay excepciones. El de Asís Tímermans está más documentado que la media, tiene mayor trabajo de investigación, más distancia crítica y, por tanto más interés. Tiene también el tono doctrinario típico neoliberal de estar dando lecciones de mercado libre continuamente. Pasa mucho con los seguidores de esta idea. Recuerdan a los saintsimonianos, que no podían abrocharse solos los mandilones y debían ayudarse unos a otros formando círculos y no de Podemos precisamente. 

Estas narrativas neoliberales son siempre miríficas. El libre mercado es todo: panacea, elixir de la eterna juventud, néctar, ambrosía, crecepelo, bálsamo de Fierabrás y poción mágica de los druidas. Todos los bienes proceden de ella, único orden racional, humano, benéfico, equitativo, justo. Y todos los males son siempre, siempre, culpa de los demás. Si la derecha fracasa en sus políticas desreguladoras, la culpa es suya por no ser suficientemente desreguladora. Si lo hace la izquierda, se pasó de frenada en la regulación. Es un modo de razonar prepopperiano porque la cuestión no es si las hipótesis se falsan o se validan. La cuestión es que las hipótesis se convierten en conclusiones y no se pueden falsar, por lo cual la teoría prueba claramente no ser teoría sino ideología. Y funciona como tal.

Salvado ese primer escollo, sin embargo, el libro es de lectura interesante y provechosa. Está bien escrito, es ameno y, en ocasiones, tiene gracia. Su idea fundamental y reiterada a la hora de explicar el éxito de Podemos es que han rescatado y emplean conceptos necesarios, imprescindibles pero que los políticos al uso han abandonado o pervertido como "decencia", "Patria", "democracia", "libertad" y "derechos humanos" (pp. 23, 30, 88). Tímermans tiene buen olfato porque, aunque ahora es ya claro que las relaciones entre Podemos e IU son tormentosas, cuando él escribió el libro no daban esa impresión. Sus líderes habían militado en la federación y asesorado a sus grandes figuras (p. 38). No se veían como competidores y Pablo Iglesias llegó a afirmar que quienes verdaderamente le preocupaban eran los de UPyD (p. 48)

Y ¿de dónde sale esta fresca y potente corriente de renovación de la izquierda? Según Tímermans, Monedero y un grupo de profesores de Políticas parten de la idea de la Transición como traición, una derrota de la izquierda (p. 53) que ahora corresponde remediar acabando con el sistema que instauró, llamado el Régimen. Son un grupo de amigos: Ariel Jerez, Heriberto Cairo (p. 58), Cotarelo, Verstrynge (p. 61). Supongo que está en lo correcto pero, por lo que hace al caso de Cotarelo, autor de Palinuro, no puede ser más errado. Al margen de la amistad o no amistad, que es un libre sentimiento humano, Cotarelo no solo no sostiene la tesis de la Transición como traición (más bien la tiene como una componenda dictada por el miedo y la incompetencia de las partes y que ha entrado en crisis) sino que es señalado por algunos de los teóricos de la traición como el fabulador y embellecedor de esa teoría legitimatoria de la transición a los auténticos objetivos de izquierda. Y no solo eso sino que se encuentra tachado de franquista de acuerdo con la explicación de Tímermans acerca del fenómeno desde el punto de vista de los ideólogos de Podemos: la transición fue un proceso diseñado por el franquismo para perpetuarse (p. 107). No está mal el hallazgo: Palinuro/Cotarelo tachado de "franquista". Ya advertí que el libro de Tímermans tenía momentos divertidos.

Para Tímermans no hay duda de que el líder de Podemos, Pablo Iglesias, está dentro de la más acrisolada tradición comunista, pero es un comunista avanzado, neotecnológico, mediático, habitante del siglo XXI y no del XIX como sus antecesores y en nada se nota más esa diferencia que en la seguridad de que quien no tenga clara la función esencial de la TV en nuestra sociedad para los fines revolucionarios no tiene nada que hacer (p. 76). Con ese concepto nació la Tuerka (p. 79). Únicamente el asalto a los medios, la colocación del discurso a través de los medios la izquierda "verdadera", haría realidad aquella llamada a conseguir un sorpasso que solo el infeliz gutenberguiano de Anguita había pretendido a través de IU sin levantar un palmo del suelo. Había que superar el vuelo de la gallina, entrar en los bastiones de articulación ideológica de derecha, en programas como, el Gato al agua o el cascabel al gato o Intereconomía (p. 86). Para ganar.

Ganar es la gran misión histórica de esta renovación de la izquierda que, a su vez, se ve como la solución de la crisis actual del capitalismo. Ganar, ¿qué? Javier Iglesias, padre de Pablo, fue de la FUDE, relata Tímermans (p. 100) y sostiene que en Iglesias "confluye la frialdad del experto en comunicación con la emotividad del que está librando una batalla. Estrictamente hablando, una guerra: la que perdieron sus padres y sus abuelos. La que él está dispuesto a ganar" (p. 105) Sus abuelos es posible pero, si el padre era de la FUDE, organización, por cierto, a la que perteneció el franquista Cotarelo desde sus orígenes, no perdió guerra alguna porque ambos nacimos después de ella y sospecho que Javier bastante después que yo, para fortuna suya. La idea esencial, matriz, inspiradora es ganar y la bestia que tira de su carro, el pragmatismo (p. 123) que a Tímermans escandaliza sobremanera pero no tanto a este crítico que, quizá erróneamente, suele avecinar el pragmatismo no con la madurez o el cinismo de la vejez sino, contrariamente a un parecer extendido, con un impulso juvenil recocido con los años.

Tímermans presta atención a los desencuentros internos en Podemos entre el mainstream y las gentes procedentes de la antigua Liga Comunista Revolucionaria (p. 108). Esta aparece reconvertida hoy en la Izquierda Anticapitalista que Jaime Pastor, Miguel Urbán y otros (p. 160) han importado en España procedente de Francia. Les sirve para reproducir las consigna litúrgicas de estos sacerdotes de la pureza bolchevique al grito de "¡todo el poder a los círculos!"  (p. 160). Son ecos de los sucesores de los soviets, lo cual es muy posible que acabe provocando cierto conflicto en el interior de la organización.

El asalto al paraíso vendrá con un partido hegemónico (p. 170), capaz de aplicar un programa que Tímermans considera en todo similar a la estrategia del judoka (p. 119/120), consistente en dar a la gente básicamente lo que pide:  Estado del bienestar (p. 123); reparto trabajo (129); banca pública, el Estado empresario, derecho a la vivienda contra propiedad privada (p. 139); fiscalidad de los ricos (p. 141); renta para todos (p. 143); expropiaciones (p. 145); libertad de información (p. 149); control de la educación (p. 151); y derecho a decidir (p. 153). No es preciso que el autor se esfuerce mucho en demostrar el carácter quimérico, la imposibilidad de estas medidas. Le basta, a su juicio, con hacer una pregunta que considera definitiva: ¿con qué dinero va a hacerse todo eso? Imposible olvidar que Tímermans procede de una escuela de pensamiento económico que venera como dogma irrefutable el principio de TINSTAFL o There Is Not Such A Thing As A Free Lunch.

Ahí reside la verdadera discrepancia, al menos con Palinuro. Todo depende de lo que se considere "gratis". Los ricos Epulones que en el mundo han sido y son han almorzado siempre gratis a costa del trabajo de los demás. No sé si esto convierte a Palinuro en simpatizante de Podemos, pero sí muestra que no comulga con ruedas de molino. No comulga con nada.

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sábado, 13 de diciembre de 2014

La democradura.


Vuelve el franquismo y trae de la mano un neoliberalismo voraz, bendecido por el clero nacionalcatólico. Lo llaman "Neofranquismo", pero ese Neo debe de ser el de Matrix. Es el franquismo más castizo; ahí están los nombres de calles, plazas, lugares, los emblemas, insignias, monumentos, misas, conmemoraciones, fundaciones dedicadas a la memoria del  caudillo, alcaldes que defienden su sacra memoria, curas que llaman a una nueva Cruzada Nacional. Solo falta él, a quien un lamentable hecho biológico privó de su justo título a la inmortalidad.

Vuelve la esencia española. Las corridas de toros declaradas arte y patrimonio cultural del Reino y debidamente subvencionadas. Las atrocidades menores con toros, cabras, burros, gallos y otros animales, no alcanzando el excelso nivel del arte, deben de ser artesanía. Nacional, claro.

Los caciques, figuras reciamente tradicionales, pueblan las noticias, en la mayoría de los casos las de tribunales, porque son pilares esenciales de la tupida red de corrupciones que envuelve el país y sus instituciones. Del franquismo dijo en cierta ocasión un embajador yanqui que era una "dictadura atemperada por la corrupción"; de este neofranquismo cabría decir que es una corrupción atemperada por la dictadura. Es tal el encenagamiento que más que hablar de políticos corruptos debe hacerse de corruptos políticos.

Si la cantidad de casos subiúdice es indicativa proporcionalmente a la extensión del fenómeno, la corrupción es total. Y eso que se trata de una justicia descaradamente intervenida por el poder político, en gran medida al servicio del Príncipe y sus arbitrariedades. Muy al estilo de la dictadura, en cuyo espíritu respira todavía parte de la judicatura. De ello se beneficia asimismo la Iglesia católica, firme impulsora de esta involución general en la que ejerce su poder hierocrático, impone o trata de imponer sus dogmas y aberraciones como legislación civil del Estado y, de paso, hace su agosto parasitando el erario público de mil maneras y dedicada desde hace años a una tarea de reamortización que ya la ha convertido de nuevo en la principal propietaria del país.

En este clima aparece el presidente del gobierno como un Pantocrator a proclamar que la crisis es ya historia. Hemos pasado de ser el enfermo de Europa a ser su locomotora. Algo pasmoso, pero típico de la furia española. Es la Raza. La Gran Nación. Los datos, todos, hablan en contra de este supuesto. Y la conciencia de la gente, toda, incluidos los miembros del gobierno, no da el menor crédito a la hiperbólica declaración. Algo también esencialmente franquista. Recuerda mucho aquella anécdota de cuando a fines de 1943 ya era evidente para todo el mundo que los nazis estaban perdiendo la guerra pero el diario Informaciones seguía dándolos ganadores. El gobierno franquista, en consecuencia, recomendaba a la gente viajar menos y leer más el Informaciones. Ahora recomienda leer toda la prensa de papel y atender a casi todos los medios audiovisuales.

Porque los medios, como los de la Dictadura, están poblados por comunicadores al servicio incondicional del poder político, tanto en los privados como en los públicos; en estos últimos, además, a sueldo directo y generalmente astronómico. Si la consigna es que la crisis es historia, hablarán de ella en pasado remoto a los millones que cobran el salario mínimo de 625,30€ o menos, al 24% de parados, la mitad de ellos sin prestaciones, al 35% de empleados en precario, a los desahuciados a razón de casi doscientos al mes, a las decenas de miles de emigrados, a los dependientes a quienes se ha reducido o eliminado la asistencia.

Si la consigna también es que en Cataluña no hay nada que decidir que incomode al poder central, los mismos medios y los mismos comunicadores levantarán una barrera de prohibiciones, impedimentos, reproches e insultos, llamando a los soberanistas, según les dé, nazis, egoístas, palurdos, totalitarios, medievales, delincuentes y masa de borregos. Menos viajar al norte del Ebro y más leer La Razón. En Cataluña lo que hay es una algarabía de un puñado de nacionalistas rabiosos frente a una inmensa mayoría silenciosa profundamente española.

El poder de los medios se juzga determinante pero, por si acaso no lo fuera, el Parlamento acaba de aprobar y de remitir al Senado un Ley de Seguridad Ciudadana que es una Ley Mordaza, un candado a los derechos y libertades públicas, un ataque represivo y probablemente inconstitucional a la seguridad jurídica de la ciudadanía y su derecho al amparo de los tribunales. Una ley inspirada en la Ley de Orden Público de Franco. Pleitear, discrepar, salir a la calle a protestar es algo que va a quedar reservado a las grandes fortunas. Porque la democracia es suya. Como el erario público. Y la conciencia de los ciudadanos.

"Afortunadamente", piensan algunos optimistas irremediables, "están en ciernes las elecciones que, de eso, Franco, no sabía mucho". Las elecciones, sí, las elecciones. Corren rumores en los mentideros de la Villa y Corte de que andan los abogados del Estado, nuevo vector de propagandistas de la fe nacionalcatólica, buscando triquiñuelas para aplazarlas hasta enero o febrero. Conociendo el talante de los neofranquistas, Palinuro preguntaría de qué siglo. Que tampoco es preciso echar mano de la fantasía. Imagínese que sucede algo en Cataluña que justifique, aunquen sea por los pelos, una situación de excepción. Lo primero que se pedirá aplazar sine die serán las elecciones, quizá con el apoyo de los dos partidos dinásticos. 
 
Encima podrían echar la culpa a los catalanes.

(La imagen es una foto de La Moncloa en el dominio público).

viernes, 28 de noviembre de 2014

Regreso a la beneficencia.


Gustavo Zaragoza (2014) Crónica del bienestar en tiempos de malestar. Valencia: Publicaciones de la Universidad. (140 págs.)

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En 1986, va ya para 30 años, publiqué un libro en el Centro de Estudios Constitucionales (hoy Centro de Estudios Políticos y Constitucionales) con el título Del Estado del bienestar al Estado del malestar. Tenía un carácter teórico general, articulado en los planos político, económico, sociológico y jurídico. Se refería al Estado del bienestar como desarrollo del de derecho en sociedades industriales avanzadas y vaticinaba que, de seguir adelante las políticas neoliberales en los países capitalistas, a la vuelta de algunos años se habría producido una involución en materia de conquistas sociolaborales y derechos ciudadanos y el bienestar se tornaría malestar. No podía referirme en concreto a España, además porque, por entonces, el Estado del bienestar todavía estaba en construcción, luego de la arrolladora victoria electoral del PSOE en 1982. Pero mi idea era que, de producirse su consolidación, como efectivamente sucedió a fines de los 80, si bien no por completo, seguramente se daría esa misma involución, ese retroceso, ese desmantelamiento neoliberal.

Encuentro ahora este breve y reciente ensayo de Gustavo Zaragoza con un titulo que me trae a la memoria el mío y, con él, la viva curiosidad por ver si aquel vaticinio pesimista se ha cumplido. El autor es de fiar. Profesor de Política Social de la Universidad de Valencia e investigador del Instituto de Economía Social de la misma universidad lleva años dedicado a estudiar las políticas públicas del bienestar desde una perspectiva teórica y también práctica, con especial dedicación a las cuestiones de dependencia o el envejecimiento demográfico. Dado que en este trabajo se centra ante todo en la Comunidad valenciana, en verdad el título podría haber sido Crónica del bienestar en tiempos de malestar y en tierra de corrupción. El período que cubre la obra, más o menos desde 2008 a 2014, coincide con el crono de la crisis y con el hecho de que diversos procedimientos judiciales en curso prueban que Valencia es una comunidad carcomida por la corrupción. La trama Gürtel y los diversos casos de expolio y fraude propios de la zona prueban que Valencia da la mayor densidad de políticos corruptos del PP por escaño y despacho.

Zaragoza ha recopilado una serie de artículos publicados en los años referidos en el diario Levante-EMV agrupándolos por temas: mayores y dependientes, la pobreza y la discapacidad, los funcionarios y las evanescentes clases medias, la corrupción y el despilfarro, y los derechos sociales. Son apuntes del día a día más próximo en la evolución de las políticas públicas esenciales del Estado del bienestar y tienen la expresividad de la crónica del instante. La conclusión es muy pesimista: la esperanza de vida supera los ochenta años, pero la crisis, los recortes de las pensiones, la práctica supresión de las ayudas a la dependencia, el repago de medicamentos, hacen que la vejez vuelva a estar desprotegida y, en la medida en que lo está, se ve obligada a actuar como colchón amortiguador de las necesidades a veces angustiosas de los familiares.

La situación es escandalosa. A la altura de 2009, en la aplicación de la Ley de Dependencia, Valencia no tenía reconocido ni un solo caso de teleasistencia ni prestaba ningún tipo de ayuda a domicilio (p. 32). La situación no ha mejorado gran cosa. Los índices de pobreza son alarmantes y más lo es el retroceso que se delata en el modo de encarar la lucha contra ella, orientada no a los derechos sino al fomento de la caridad privada (p. 41). Forma parte de la concepción neoliberal de la gestión pública, que Zaragoza analiza en tres momentos: 1) desprestigio de lo público; 2) descapitalización; 3) privatización (p. 56). En síntesis, el proceso por el que la derecha está desmantelando el Estado del bienestar y eso al tiempo que se legisla a favor de la transparencia y el buen gobierno, pero sin la menor intención de llevar a la práctica lo legislado (p. 62); al contrario, fomentando las actividades que Zaragoza llama "bienestar de bajo coste", consistentes en descargar sobre los ciudadanos los costes del Estado del bienestar (p. 74), igual que se descarga sobre los hombros de los jubilados la carga de subvenir a las necesidades de hijos y nietos.

Para vender esta mercancía averiada y hasta podrida, la derecha neoliberal en el poder en el Estado y en Valencia ininterrumpidamente en los últimos veinte años, controla sin miramientos los medios públicos de comunicación, convertidos en máquinas de censura y propaganda al servicio del gobierno. El caso paradigmático, el Canal 9 (p. 47). De ese modo impone marcos narrativos legitimatorios y partidistas, como el empleo del ficticio copago para ocultar lo que en realidad es un doble pago o repago (p. 106) o las florituras retóricas al estilo de los brotes verdes (p. 125).

En cuestión de derechos sociales, los que, según Marshall, completaban la condición de ciudadano, las perspectivas son negras. Hasta el derecho a una jubilación digna se ve en entredicho de forma que no es raro ver ya en el extranjero a septuagenarios y octogenarios trabajando para poder compensar la pérdida del poder adquisitivo de las pensiones (p. 114). Por supuesto, el ataque a los derechos sociales resulta especialmente patente en un país con un paro juvenil en torno al cuarenta por ciento. De ahí que haya un fermento protestario permanente, visible en fenómenos como la spanish revolution (p. 129), movimientos cada vez más extendidos que el Estado neoliberal considera problemas de orden público y a los que se enfrenta con métodos exclusivamente policiales (p. 121).  Porque cuando la justicia social se torna injusticia, la democracia desaparece bajo el autoritarismo y la represión y el Estado de derecho se convierte en una tiranía en defensa de los privilegios de la oligarquía de grandes empresarios, banqueros  y políticos corruptos a la que en España sumamos los caciques terratenientes y los curas ultramontanos. Tiene razón el reciente premio Cervantes, Juan Goytisolo al recordar que en España sigue vigente el canon nacionalcatólico.

Efectivamente, el vaticinio de 1986 se corrobora en la práctica actual, y el Estado del bienestar ha dejado paso al Estado del malestar.

viernes, 17 de octubre de 2014

La doctrina Aznar.


Estaba muy callado José María Aznar en estos agitados tiempos de comparecencias judiciales de sus hombres de máxima confianza, aquellos a quienes nombró presidente del Consejo de Administración de Caja Madrid, Blesa, y ministro así como vicepresidente del gobierno, Rato. Los dos están implicados en el escándalo de las tarjetas negras. Parecería adecuado que explicara qué sabía él de las actividades de las gentes tan cercanas a su persona; pero, en lugar de eso, su reaparición ha sido más como la de un predicador de multitudes que viene a recordar los peligros que se ciernen sobre el depravado mundo contemporáneo, empeñado en enviciarse y abandonar los caminos de la recta doctrina, la que él sermonea desde la presidencia de la FAES, think tank de la derecha neoliberal más descarnada, cuyas simplezas teóricas se revisten luego del puro nacionalcatolicismo hispano para dar lugar a la extraña excrecencia del mundo moderno que es la derecha española y su disparatada ideología.


Con motivo de la entrega de unos premios de la libertad -ese tesoro que la FAES venera en teoría pero hace imposible en la práctica- Aznar ha vuelto al mundo de los pecadores a deshacer entuertos, enderezar caminos, y recordar las ordenanzas de rigor. Los peligros que acechan a la democracia moderna, de la que Aznar es custodio distinguido, los que acechan asimismo a la feliz vigencia de la Constitución española, de la que él es igualmente esforzado paladín, a pesar de haberse opuesto a ella en sus orígenes desde sus profundas convicciones juveniles falangistas, son el nacionalismo y el populismo. Sobre todo el nacionalismo.

Todos los topicazos, las falsedades, las imposiciones conceptuales del más rancio nacionalismo español en la vertiente nacionalcatólica se han dado cita en la admonición aznarina. Con verbo cortante, agresivo, mordiente, el gran profeta del conservadurismo y la nación española, ha conminado a Rajoy, sin dignarse nombrarlo (al fin y al cabo, tampoco este había asistido al akelarre "faésico", como era su deber en otros tiempos), a no ceder ni un ápice al órdago independentista, a no darle ni agua ni ocasión alguna, a negarlo y combatirlo por todos los medios. Y, cuando Aznar habla, todos los medios quiere decir todos los medios. Quien puso fin por la vía armada a la amenaza terrorista iraquí, no se andará con contemplaciones con un puñado de sediciosos, empeñados en trocear la nación española en banderías, en taifas; obsesionados por hundir la gloria de España y humillar la soberanía nacional de todos, todos los españoles, incluidos aquellos, por supuesto, que lo son sin saberlo e incluso en contra de sus absurdas convicciones ideológicas nacionalistas que, de ser el mundo un lugar más sano, no se tratarían con leyes sino con medicamentos.

Aznar, obviamente no es nacionalista. Siendo la nación española como él la imagina, una realidad natural, casi telúrica, indubitable, permanente, eterna, indiscutible, no es preciso declararse partidario de ella, como no se es partidario del aire que se respira. Uno respira sin más. No se puede no respirar. No se puede no ser español. Nacionalistas son los demás, los que niegan la evidencia y se empeñan en realizar quimeras de campanario. Y, por supuesto, para sus criminales fines necesitan acabar con la democracia de la que todos hoy disfrutamos por igual gracias a la preexistencia de esa nación española.

Mas no es solamente el nacionalismo etnicista, excluyente, totalitario, antiespañol el único enemigo de la democracia. A su vera surge el espectro del populismo, azuzado por esta crisis que padecemos y de la que solo la sana doctrina neoliberal que nos ha llevado a ella podrá sacarnos. Y viene, precisamente, a impedirnos la recuperación, a hundirnos en el caos, el desgobierno, el colectivismo, el libertinaje a extirpar la democracia y la verdadera libertad que solo pueden basarse en los pilares del orden y la autoridad.

Hay quien, animado de torva intención, sostiene que si uno anda buscando populismos los va a encontrar precisamente en el discurso de la derecha española. El actual presidente del gobierno ganó las elecciones de 2011 por mayoría absoluta con un programa populista del que se sirvió para ocultar el real, consistente en hacer todo lo contrario de lo que aquel decía: no iban a tocarse las pensiones, ni la educación, ni la sanidad, ni se daría un euro público a los bancos, ni se impondría el despido libre ni se subirían los impuestos, ni habría copagos, se reduciría el desempleo como por ensalmo y se atarían los perros con longanizas. Votar masivamente esta sarta de embustes no dice mucho sobre el discernimiento de los electores pero no hay duda de que lo votado es un ejemplo redondo del populismo más acrisolado.

Aunque él crea ser original y audaz como un profeta bíblico, sus truenos y advertencias son perfectamente inútiles y podía habérselas ahorrado y, quizá, aprovechar para decir algo sobre sus relaciones con Blesa y Rato, asunto de mucho más interés público que sus desmelenados avisos tonitronantes. El providencial gobierno de que disfrutamos los españoles, ya da por descontados los nubarrones que Aznar otea en el horizonte y toma medidas contra sus efectos. La democracia debe ser fuerte, estar protegida para hacer frente a esos dos enemigos del nacionalismo y el populismo, no hace falta que Anar venga del pasado para ponernos en guardia. Ayer se debatía en el Congreso el proyecto de Ley de Seguridad Ciudadana del ministro Fernández Díaz, muy acertadamente calificada por la oposición como Ley Mordaza. Esa ley impone un Estado policial, otorgando a la fuerza pública casi impunidad en el ejercicio de sus funciones y a la vía sancionadora administrativa un poder amedrentador y disuasorio a base de multas que substituya la protección de los derechos de los ciudadanos por la vía judicial por la mera represión. Es una ley para criminalizar todo tipo de manifestación y protesta y que atenta contra los derechos de las personas, como manifestación, reunión, expresión etc. Es una ley para defender la democracia a base de suprimirla.

Hicieron muy bien los diputados de la oposición saliendo ayer a la calle amordazados en señal de protesta. Pero con ello dejan planteada la pregunta: si no pueden hablar en el Parlamento, que no pueden, ni tampoco a las puertas de este, ¿por qué siguen yendo a él? ¿Por qué siguen legitimando con su presencia la clara deriva del sistema político español hacia formas dictatoriales?

(La imagen es una foto de Wikimedia Commons, bajo licencia Creative Commons).

miércoles, 10 de septiembre de 2014

El pucherazo electoral y la unidad de la izquierda.


La adhesión de la derecha española a la democracia es inexistente. Heredera ideológica y, en muchos casos, biológica, del franquismo más criminal, considera que el Estado democrático y social que la Constitución consagra es una pepla con la que hay que cargar en estos tiempos tan contrarios al caudillismo y la dictadura, sus dos querencias. Acepta la democracia como mal menor, mientras no se pueda volver a formas de gobierno más reciamente hispánicas y nacionalcatólicas y siempre que, entre tanto, puedan reformarse las leyes para garantizar su acceso al poder y su mantenimiento en él por los siglos de los siglos, como exige el orden natural de las cosas.

Precisamente uno de estos proyectos de cambio legislativo en provecho propio es lo que propone el partido del gobierno con la elección directa de alcaldes. Pretende esconderlo y adornarlo en otro programa más amplio que llama de regeneración democrática. Que este partido, una presunta banda de malhechores creada para expoliar el erario público, y cuyos dirigentes, incluido el presidente del gobierno, llevan veinte años cobrando dineros de la corrupción, apadrine una regeneración democrática es algo tan absurdo que solo puede darse en España, la tierra del esperpento. Tal proyecto de elección directa de alcaldes pretende garantizar que el PP siga mandando en los principales ayuntamientos con el doble objetivo de continuar robando y de impedir que otros gobiernos municipales puedan auditar su gestión y pasar factura por las tropelías cometidas hasta la fecha.

Los sondeos vaticinan unos resultados desastrosos para el PP en las próximas elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2015. Con un poco de suerte, conservaría el gobierno de las dos ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, baluartes de la cristiandad en tierras del infiel. Y, con las alcaldías, también perdería los gobiernos autónomos de gran parte de las Comunidades en las que, como en Madrid y Valencia, lleva decenios haciendo chanchullos, expoliando las arcas públicas, llenando los bolsillos de los militantes, amigos, deudos y clientes; en definitiva, privatizando, robando lo público, quedándoselo a precio de ganga, haciendo política neoliberal.

Aunque aun falten más de ocho meses hasta los comicios, no es cosa de tratar de recuperar el terreno perdido a base de campañas electorales y preelectorales, sobre todo ahora que ya no pueden pagarse con dinero de la Gürtel, porque, el desprestigio del partido y sus políticas ha alcanzado un punto de no retorno. La corrupción, el robo generalizados, la manifiesta incompetencia y estupidez del presidente del gobierno y sus ministros, el carácter retrógrado, nacionalcatólico de sus políticas, su evidente actitud antipopular de saquear a la población en beneficio de los ricos, la ruina del país y sus clases medias y la crisis territorial en que ha sumido a España, no pueden ya disimularse más ni siquiera en una situación en la que el gobierno dispone de unos medios de comunicación en actitud de casi total sumisión lacayuna a sus designios, solo aptos para denigrar a la oposición y alabar las arbitrariedades del poder.

Los índices de popularidad del presidente y los ministros son los más bajos de la historia democrática española y la intención de voto a su partido prácticamente inexistente. El descrédito de su acción alcanza cotas insuperables. Nadie cree a Mariano Rajoy cuando, forzado por las circunstancias, se ve en la necesidad de farfullar alguna explicación en ese español que no llega a dominar y todo el mundo piensa, incluidos sus seguidores, que el hombre no hace otra cosa que mentir y mal. Afortunadamente para él, dada su carencia de dignidad, ello no parece afectarlo. De otra forma, hace mucho tiempo que, al estar bajo fuerte sospecha de haberse lucrado con dinero negro, se habría ido a su casa para no seguir siendo la ridícula vergüenza internacional que hoy es.

En esas circunstancias, la única posibilidad de contrarrestar los vaticinios de los sondeos es cambiar la ley electoral. Hacerlo a ocho meses de la consulta es una trampa típica de ventajista, desde luego. Pero no parece que tal cosa arredre a un personal que lleva veinte años haciendo trampas de todo tipo, cobrando sobresueldos de la caja B y financiándose ilegalmente. Téngase en cuenta que la alternativa es mucho peor. Gentes como Cospedal, Fabra, Feijóo, Monago, Botella, Barberá, verdaderos ejemplares de un proceso de selección política a la inversa en el que se promueve a los más ineptos, símbolos de una forma autoritaria, antidemocrática de gobernar, perderían sus canonjías, sus estructuras caciquiles, sus séquitos de amigos, enchufados y clientes.

A todo lo anterior se añade un dato que la derecha tiene muy presente: la división de la izquierda hace casi seguro que, con una reforma electoral como la prevista, que prima con mayoría absoluta la lista que pase del 40 por ciento, conservaría todos sus cargos municipales y autonómicos y hasta ganaría algunos otros. Con ese señuelo es casi seguro que la derecha cambiará la ley electoral gracias a su mayoría absoluta, sin pactarla con nadie, de forma autoritaria, por decreto, con su inconfundible estilo fascista adiornado de frecuentes llamadas al diálogo.

De darse esta situación extrema, la izquierda solo tiene una respuesta posible si quiere sobrevivir: presentarse a las elecciones con candidaturas unitarias que agrupen a todas las organizaciones de esta tendencia. Todas quiere decir todas, incluido el PSOE. No hacerlo así es un acto de irresponsabilidad que llevará a que esta derecha nacionalcatólica y troglodita acabe de destrozar el país con otro mandato de cuatro años.

Continuar con las desavenencias, con las críticas, los desplantes y los insultos; seguir, como en el caso del PSOE, amagando con pactos con el PP y negando todo entendimiento con lo que da en llamar “populismos”; mantener, como en el caso de IU que el PSOE y el PP son la misma mierda y negar toda posibilidad de alianza (siendo así que la federación, gobierna en Extremadura y Andalucía en situación de franca esquizofrenia); perserverar, como en el caso de Podemos, en que el PSOE es parte de la casta y rechazar cualquier posible colaboración con él; todo eso son recetas seguras hacia el fracaso y la derrota electoral.

En noviembre de 1933, las izquierdas fueron a las elecciones desunidas y las derechas formando una piña en la CEDA. El resultado fue el bienio negro. Al día de hoy y en mayo de 2015, es fuerte la tentación de repetir tan estúpida decisión en virtud de un cálculo de oportunidad que, seguramente, saldrá mal. No conviene, suele decirse, alianza alguna preelectoral porque en mayo de 2015, por fin, puede darse un realineamiento de la izquierda, el PSOE descenderá y dejará de ser el partido hegemónico, se producirá el ansiado sorpasso y habrá posibilidades de un verdadero gobierno de izquierda. A su vez, también el PSOE puede incurrir en un cálculo igualmente irresponsable al insistir en que sus problemáticas posibilidades de recuperación dependerán de que no se presente en amalgama con ninguna otra formación. Que el cálculo que haga IU seguramente será también erróneo se deriva de la acreditada capacidad de la organización para equivocarse en sus previsiones.

El fraccionamiento de la izquierda no se limitará a ser la enésima manifestación de una incapacidad teórica y práctica lamentables, la prueba de qué hondas son en ella las raíces del oportunismo, el dogmatismo, el personalismo, el culto a la personalidad y la falta de sentido real de transformación social. Será algo mucho peor. Será la evidencia de que el discurso socialdemócrata está muerto y solo actúa como trasunto del neoliberalismo más inhumano. Pero también de que el sentido crítico y la voluntad de emancipación real de la izquierda transformadora no es más que retórica hueca y bombástica de unas gentes incapaces de ver un palmo más allá de su narcisismo o sus intereses de burócratas paniaguados.

sábado, 4 de enero de 2014

Una historia del siglo XXV.

Llegará un tiempo en que la humanidad muestre fotografías como esta para ejemplificar la degradación, la barbarie y la estupidez de la raza humana. Lo sé de cierto porque el otro día, cuando mi amigo H. G. Wells me invitó a tomar el té en su casa y a mostrarme su máquina del tiempo, nos dimos una vuelta por el siglo XXV y eso es lo que más me llamó la atención. Aproveché una visita a una escuela de enseñanza primaria y pedí permiso para traer a nuestro tiempo un breve capítulo de un libro de educación cívica que reproduzco aquí sin variar una coma:

"En una época que presumía de civilizada era costumbre de las gentes adineradas reunir a docena o docena y media de personas adultas, provistas de armas sofisticadas que entretenían sus ocios asesinando animales indefensos y pavonéandose después por ello, considerándolo una hazaña, mientras trasegaban licores, fumaban cigarros habanos, se ponían ciegos de comida y, llegado el caso y si sus esposas no estaban, corriéndose unas juerguecitas. Llamaban "deporte de la caza" a estas reuniones y solían decir con orgullo que eran cosa de hombres, incluso de machos, pues de eso presumían.

Esta costumbre, también llamada "montería" estaba muy extendida en España, país con nulo respeto por la vida, bajísimo nivel cultural, oscurantismo religioso (allí presumían de monteros hasta los curas) y acendrado servilismo. Según se dice -si bien hoy no hay pruebas de ello- el pueblo español disfrutaba viendo asesinar en público toros bravos en espectáculos que llamaban "corridas" elevadas a la condición de "patrimonio cultural" por algún gobernante patriótico.

Los asistentes a esas monterías solían ser grandes empresarios, poderosos financieros que aprovechaban la matanza para apalabrar negocios. Los acompañaban altos cargos del Estado, dirigentes de partidos políticos, personalidades de la vida pública con cuyo concurso -a veces delictivo y generalmente inmoral- se cerraban los tales negocios. Estos dos puntales monteros iban a acompañados de una tropa de tiralevitas, logreros, aventureros y delincuentes que se encargaban de que las partes se entendieran y obtenían por ello un beneficio en forma de comisiones o de la facturación inflada de la misma cuchipanda.

Las monterías podían ser más importantes que una reunión del consejo de ministros, otra institución desconocida en nuestro siglo de feliz anarquía universal. En realidad, era allí en donde la élite económica, financiera, política, social, tomaba las decisiones de gobierno de lo que ella misma llamaba "una gran nación".

Contaba con el antecedente más venerado por la hermandad montera, el general Franco, de quien todo el mundo, excepto la Real Academia de la Historia, tenía el peor concepto, considerándolo un general felón, traidor, delincuente, dictador y genocida. Por supuesto la élite, respetuosa con el saber solvente de las instituciones, seguía el criterio de la Academia y, pues era franquista, Franco era su modelo.

Con razón: el caudillo Franco había ennoblecido la caza, pues no solamente era un infatigable montero (así como recurrente pescador de cachalotes) sino también un artista, capaz de inmortalizar el arte cinegética por medio de la del gremio de San Lucas, la pintura. Pintaba el general en un estilo muy suyo retratos, bodegones y escenas de caza que, como la que se ve, suplían ciertas deficiencias creativas con una sinceridad que hacía las delicias de los psiquiatras. Los cuadros del caudillo están expuestos en su casa museo del Pardo, lugar de peregrinación de los monteros de la "gran nación".
 
Franco cazaba y gobernaba el país mientras abatía ciervos, jabalíes u osos. España era una finca de caza. De rojos, de caza mayor y menor y hasta de peces, pues también le daba al salmón. Los franquistas no iban a ser menos. Cuentan las crónicas que cierta catástrofe ecológica llamada "Prestige" sucedió estando el ministro competente de cacería, a tiros con las bestias. Igualmente algún historiador crítico ha revelado que lo que costó el cargo al socialista Bermejo, ministro de Justicia, no fue que anduviera de cacería con el juez Garzón sino el hecho insólito, el atrevimiento nunca visto, de que dos plebeyos, poco más que dos patanes, osaran ir de montería, actividad reservada a los de toda la vida, esto es: a los nobles, los ricos y el enjambre de pelotas, mamporreros, correveidiles, delincuentes, periodistas corruptos e intelectuales mercenarios, todos los cuales posibilitaban la tranquila gobernación del coto nacional.
 
Y como no iban a ser menos, los franquistas idearon una medida ingeniosa: apropiarse por ley los espacios públicos del país como cotos de caza y prohibir a la población el tránsito por ellos cuando estaban en actividad. Se abrió entonces un debate entre los monteros tradicionales y los neoliberales. Los tradicionales insistían en que, como todos no somos iguales, pues unos tienen escopeta y otros no, lo lógico era prohibir a los civiles pasear por el campo en días de caza; por su bien; para que no les pasara nada. Era una restricción de la libertad de circulación pero dictada por una noble preocupación paternal de los señoritos por los siervos.  Los monteros neoliberales, en cambio, eran enemigos de toda restricción de la libertad, incluida la de andar por el campo en tiempo de caza. Cada cual toma sus decisiones libremente, calculando riesgos y beneficios. El riesgo era grande. Alguien podía llevarse un tiro. Bueno; era un asunto entre particulares. Que lo arreglaran ellos y no metieran en danza el Estado.
 
¿Cabría pensar en una montería en la que, en uso de su libertad, unos seres humanos se contrataran como blancos de caza, piezas por abatir a cambio de una paga? Cabría -decía el neoliberal-, todo dependería de la paga y de si esos seres humanos creían que les compensaba el riesgo. Aumentaría la demanda de caza pues siempre es más divertido disparar contra una persona que contra un oso y los contratados no como ojeadores sino como ojeados, si salían vivos, podían ganarse sus buenos cuartos. Otro asunto entre particulares. Además, ser pieza de montería siempre será mejor que no ser nada. Que cada cual elija. Libremente.

A esa doctrina llamaban neo-liberalismo y sostenían que era un avance de la civilización y el progreso.


Hasta aquí el breve capítulo de un manual de educación cívica del siglo XXV que me traje como recuerdo del futuro. Porque lo que es el presente...



sábado, 28 de diciembre de 2013

La socialdemocracia confusa.

La derrota electoral de 2011 provocó una sacudida en la conciencia del PSOE. Se cerraban de modo humillante dos legislaturas muy distintas. La primera, la del no nos falles, la exhiben los socialistas con orgullo como ejemplo. La segunda, la del PSOE PP la misma mierda es, terminó con lo que bien podría llamarse un voto de castigo que los dejó sin saber a dónde mirar, como un boxeador noqueado. Tal fue la confusión que convocaron una conferencia política. Es una respuesta típica. Cuando en una organización no se sabe qué hacer, se nombra una comisión. Llamarla Conferencia Política, convocar expertos, intelectuales, gente interesada, indagar por las tendencias de la sociedad, pretender una renovación programática, casi un cambio de piel o de rumbo formaba más parte de escenografía. Pasó el evento y el resultado fue múrido, aunque sus partidarios sostienen que se verá cuando esté redactado el programa electoral.
 
Entre tanto, la socialdemocracia carece de discurso propio. Va a remolque de los acontecimientos y aparece casi obsesionada por sus fortunas electorales, más bien sombrías. Tampoco es una situación extraña. Sucede con la socialdemocracia europea en general. El hecho de que los socialdemócratas alemanes vayan a gobernar en alianza con la derecha que en Francia está en la oposición, pone de manifiesto las confusiones, las incertidumbres, la anfibología de una socialdemocracia confusa, carente de una teoría.
 
Curiosamente esa falta de teoría nace de su propio triunfo. El socialismo democrático semeja una sociedad que hubiera alcanzado su objetivo social. Solo le queda disolverse ... o buscarse otro objetivo. La realización es indudable. El socialismo democrático reivindicaba la democracia frente al comunismo y otras formas de socialismos autoritarios. Hoy ningún socialista, por radical que sea, cuestiona la democracia, al menos explícitamente. A su vez, frente a la derecha, el socialismo democrático erigió el Estado del bienestar, la economía social de mercado que todos dicen respetar, incluso quienes están empeñados en acabar con ellos. Basta con escuchar a Rajoy sosteniendo, con su habitual crédito, que el Estado del bienestar es un "objetivo irrenunciable".
 
La fórmula se realizó: democracia más capitalismo regulado según el Estado del bienestar. Lo que la muy profesoral Constitución española llama "Estado social y democrático de derecho". Triunfó, venía triunfando en Europa desde los años cincuenta, y a la vista está hoy que presidió sobre la más larga etapa de estabilidad política, crecimiento y desarrollo económicos, pleno empleo,  falta de crisis y mejora sustancial de las condiciones generales de vida.

El triunfo del neoliberalismo y la consiguiente crisis económica han hecho saltar por los aires aquel modelo y no parece que haya uno alternativo distinto de la propuesta de retornar al perdido, como si las condiciones socioeconómicas pudieran repetirse en la historia. Pues, lo dicho, cuando el colectivo no sepa qué hacer, nombre una comisión.

Es un momento excelente para que los socialdemócratas europeos convoquen una especie de convención europea de la izquierda, sin exclusiones (ya habrá bastantes que se autoexcluyan) que trate de ofrecer una explicación del actual estadio de desarrollo del capitalismo. La globalización es un hecho y el nombre que damos a una situación internacional de guerra económica de todos contra todos bajo la hegemonía militar occidental crecientemente cuestionada por la potencia china y un abanico de guerras locales que se usan como mecanismos de control regionales. En esas circunstancias, ¿existe un programa de mínimos de la izquierda para Europa? Debería ser, además, uno susceptible de acordarse con la derecha conservadora, tradicionalista, nacionalista, pero no neoliberal, que la hay en el continente y hasta en España. Es el fanatismo neoliberal el causante de las crisis y cualquier táctica aconseja desactivarlo aislándolo, por el peligro que, como todo extremismo, entraña.

Además de aplicarse el tratamiento europeo, la socialdemocracia española podía proponer la convocatoria de otra convención extraordinaria en España para deliberar sobre la organización territorial del Estado y su fórmula política. La Convención debería tener carácter materialmente constituyente. Podría debatir en paralelo al funcionamiento normal de las instituciones de la monarquía parlamentaria.  Pero sin exclusiones ni cuestiones indiscutibles. Las conclusiones solo podrían ser dos: a) un acuerdo sobre alguna forma de Estado que obligara a reformar la Constitución y b) una falta de acuerdo sobre la forma de Estado, con remisión a un referéndum en España sobre el reconocimiento del derecho de autodeterminación. También podría no haber conclusión alguna. Nada nuevo, pues esa es la situación en que nos encontramos.

En cuanto a las conclusiones positivas, la reforma constitucional es asunto tasado pues la propia Constitución establece procedimientos para proceder incluso con una reforma total. En cuanto al referéndum a escala española se plantea una cuestión añadida: qué hacer si, como es previsible, los resultados en Cataluña y el resto de España están invertidos. Allí, mayoría cualificada a favor de la autodeterminación; aquí, al revés, mayoría cualificada en contra. Los catalanes se habrán autodeterminado de hecho y, por eso mismo, acumulado una razón más para hacerlo de derecho.
 
Es inexcusable el pronunciamiento de la izquierda española. Pero ¿se encuentra a la altura de las circunstancias? ¿Es capaz de hacer una propuesta propia con la amplitud de miras y la viabilidad necesarias?  La crisis española es crisis de Estado y debe tratarse a nivel de Estado. De nada sirve seguir a la derecha viéndolo como un asunto de legalidad y no de legitimidad. Está cuestionado el modelo de la transición y es absurdo ocultarlo.
 
Por cierto, esa hipotética convención podía adoptar como primera medida, invitar, al menos como observador, a Portugal. Si la izquierda propugna la unión política del continente, bien puede predicar con el ejemplo.

viernes, 27 de diciembre de 2013

El neoliberalismo totalitario.

En la memoria colectiva están las frecuentes andanadas, muchas sandungueras, de Esperanza Aguirre contra el Estado, la administración pública, los funcionarios a los que a veces califica de vagos, contra lo público en general. Están en la onda de las que, con mayor prosopopeya, larga Aznar en cuanto puede sobre la ineficiencia del sector público, el envidiable dinamismo del privado, etc. Suelen ir acompañadas de las resueltas recomendaciones de la FAES, el think tank dedicado a la muy lucrativa tarea de demoler el Estado del bienestar.

En conjunto, esos discursos se limitan a reproducir las simplezas y los sofismas de la revolución neoliberal de los 80s, acaudillada por Reagan y Thatcher, iconos de Aguirre. El galán de cine y la hija del tendero. Pura sociedad civil vigorosa en acción. La insurrección de la gente normal contra las demasías colectivistas. La elegancia manda pasar por alto la circunstancia de que quienes elaboran ese discurso antiestatal en España suelen ser funcionarios del Estado, inspectores de Hacienda, técnicas de Turismo, abogados del Estado, etc. Y se pasa por alto porque se trata de un argumento ad hominem, impropio del juego limpio discursivo. Pero no deja de tener gracia. Estos funcionarios neoliberales personifican la refutación de las teorías weberianas sobre la racionalidad de la burocracia. Y no digamos nada de la loca pretensión hegeliana de la eticidad del Estado. Vamos, hombre, el Estado es el problema, dejó dicho el ex-actor.

Ya casi nadie cuestiona la idea de que el triunfo de esa revolución, la desregulación de los mercados financieros, fue la causa del desbarajuste y la crisis actual. El "casi" hace referencia a los ideólogos neoliberales más empecinados, según los cuales la crisis se debe al exceso de regulación. Conflicto imposible de resolver porque es el problema de la relatividad del veneno. La convicción general es que, de una forma u otra, hay que regular los mercados. Porque, además, es lo que se hace, aun diciendo lo contrario. Desregular por ley es tan intervención como regular. Y legislar sobre contratos laborales, salarios mínimos, subsidios de desempleo, incentivos al empleo, acceso a la sanidad, a la educación, es regular, es intervenir; intervenir a favor de unos y en contra de otros, igual que la regulación es intervención a favor de los otros en contra de los unos. Por qué haya de ser mejor la desregulación que la regulación es algo que no cabe dirimir teóricamente; hay que remitirse a los hechos. Y los hechos cantan: es peor la desregulación.

Todo esto es música celestial para los neoliberales españoles que van de catecismo. Su desregulación es una especie de frenesí intervencionista que los lleva a legislar sobre todo, no solo sobre lo anterior, sino sobre el orden público y hasta los ámbitos privados de los ciudadanos, el terreno de su libre decisión. El ministro de Justicia afirma que él sí tendría un hijo con malformaciones graves como una convicción personal. Y ni se le pasa por la cabeza que quizá no tenga derecho a imponer sus convicciones personales a los demás por ley. ¿O cree que sus convicciones personales son superiores a las de los demás? Legislan sobre la intimidad de las personas. Para ser neoliberales parecen totalitarios. Porque lo son. Todo el nacionalcatolicismo español se ha hecho neoliberal y, al tiempo que se vale del Estado para bajar los sueldos, se mete en las relaciones entre privados y en sus alcobas. El Estado es el problema, pero ellos quieren regularlo todo desde el Estado, oída, desde luego, la iglesia, madre veneranda. No se olvide, es neoliberalismo nacionalcatólico, de peineta, rosario y via crucis.

Convierten en públicos por mandato cuerpos privados de seguridad. Son neoliberales pero abusan del Estado al tiempo que lo desmantelan. O lo uno por lo otro. La política de su partido es la típica captura de rentas en y a través de la administración pública, cosa que también sucede con el PSOE en Andalucía. Pero el PSOE dice no ser neoliberal. Los neoliberales de casta, al estilo nacionalespañol, no solo capturan rentas sino que han patrimonializado la administarción pública, gestionada en muchos casos con criterios de expolio y saqueo. Estos neoliberales han creado una amalgama confusa entre lo público y lo privado, borrando una distinción de siglos, que ya se daba en el Imperio romano.

En manos de los neoliberales hispánicos el Estado vuelve a ser el comité que gestiona los asuntos de la clase dominante, según el criterio marxista clásico. En los 70s se dio una controversia típica de la época entre quienes hablaban del Estado capitalista y quienes lo hacían del Estado en la sociedad capitalista o Poulantzas vs. Miliband. Entre tanto llegaron los galgos y los podencos y se los comieron. La polémica se resuelve en su panza. El Estado se gestiona como una empresa privada, pero como una empresa en y de liquidación.

Como buenos totalitarios los neoliberales españoles tienen un formidable aparato de propaganda en el que interviene activamente la iglesia con abundante munición ideológica y sin abstenerse de ir a la calle en defensa de sus creencias, consistentes en imponerse a todos los demás. Además del mencionado think tank, cuenta con emisoras de radio y TV, algunas directamente gestionadas por la iglesia, periódicos, editoriales, universidades y todo tipo de centros de agitación y propaganda. Junto a ellos, una tropa de ideólogos, intelectuales, periodistas, que van de tertulia en tertulia, defendiendo denodadamente a sus empleadores. Y no suelen ser baratos los mozos, no, aunque tampoco vuelen muy alto.

En su discurso el Rey aludió a los intelectuales. Si no me equivoco es la primera vez que este estamento de licenciosas costumbres es tocado por la real palabra. Supongo que el buen hombre ve el problema de España (o sea, Cataluña) tan complicado que, a la desesperada, invoca las fuerzas del averno, los brujos, los adivinos o los payasos que de todo suele haber en las relaciones entre el poder y los intelectuales. A ver, muchachos, se necesita una nueva interpretación, una definición nueva de España, cosa de ideólogos. La última, la de la unidad de destino en lo universal, parece no funcionar. Hay algunos empeñados en tener otro destino.

Por cierto, los vascos están preparando otra movida de revisión del estatuto. Un nuevo frente para un gobierno desbordado que no sabe ya a cuál atender.

Un par más de dosis de este neoliberalismo nacionalcatólico, carcunda, totalitario y acabamos todos marcando el paso haciendo sonar marciales unas botas que, por supuesto, habremos pagado de nuestro bolsillo.

(La imagen de Aguirre es una foto de Wikimedia Commons, con licencia Creative Commons. La de Thatcher es una foto de Vectorportal, aquí reproducida con mención de la fuente, que es la condición exigida en su página.)

jueves, 5 de diciembre de 2013

La ideología de los nuestros.

Por si no había quedado claro ya desde sus primeras intervenciones y se sublimó bajo la forma de una relaxing cup of coffee en Sao Paulo, la alcaldesa de Madrid lo ha expuesto con toda autoridad y contundencia: la ideología que ha traído más progreso a la humanidad ha sido la de los que estamos sentados aquí. No es muy preciso teóricamente hablando, pero se entiende, es la ideología de la nostridad, la de los "nuestros". Quiere decir, el liberalismo, pero no se atreve a pronunciar la palabra que durante muchos años estuvo proscrita por la iglesia católica.

Pero, ¿de verdad se trata de la ideología liberal o de la versión retro-neo-liberal que por aquí se estila, esto es una amalgama de nacionalcatolicismo de peineta y liberalismo del Tea Party? Porque las personas que estaban sentadas cabe Ana Botella son concejales y cargos del PP, el abanderado de esa versión cañí del liberalismo. No podía ser distinto. Prácticamente todos los altos dirigentes del PP son funcionarios públicos (inspectores de Hacienda, de Trabajo, registradores, abogados del Estado) cuyo discurso es radicalmente contrario a la función pública; servidores del Estado que abogan por desmantelarlo, trocearlo y vendérselo a los amigos.

Esta práctica, al liberalismo, al de verdad, le parece siempre muy mal. Lo que más odia, precisamente, son las relaciones fraudulentas de los cargos públicos con intereses empresariales concretos porque eso, por lo bajo, le parece competencia desleal y por lo alto, lo que de hecho es, pura delincuencia. O todos los empresarios capturamos el Estado y lo ponemos a nuestro servicio por medio de estos burócratas felones, o rompemos la baraja. Privilegios en la corrupción, no.

Doña Esperanza Aguirre, funcionaria pública, principal teórica del neoliberalismo hacía sus campañas de todo tipo, incluida la electoral del famoso "Tamayazo", organizadas por la Gürtel, la trama de presuntos delincuentes que inflaban las facturas y se enriquecían de modo alucinante. Y no una vez o dos, sino por sistema, con inercia burocrática, muy poco propia del alegre neoliberalismo, ese que iba a acabar con las mamandurrias. Un supuesto fraude que duró años y que se cargó al erario público en forma de expolio. La verdad, como ideología, esto no hay quien lo trague.

El retro-neoliberalismo es, en lo esencial, una forma de administrar los recursos públicos a base de patrimonializarlos, quedárselos o ponerlos a su servicio. Eso en el seno de los nuestros. La famosa boda de la hija de Aznar tiene el privilegio de mostrar la mayor densidad de supuestos granujas, delincuentes y estafadores por metro cuadrado del mundo. Ahí, entre la comitiva, iba el gran Correa, artífice de la mayor red de corrupción político-empresarial de este país y su mujer llevaba un vestido de tul y gasa que valía una fortuna. Pura exhibición de poder, de seguridad, de impunidad: "aquí mandan los nuestros". Los de la ideología del progreso, vaya.

La ideología del desfalco, la malversación, el cohecho, el despilfarro, la prevaricación. La de los palacetes, la caja B, los sobresueldos, los áticos, los aeropuertos sin aviones, los 300 millones de la Fómula 1, las comisiones de Urdangarin, los trajes del otro, el jaguar y los confettis de la otra, el "cobro ficticio" de sus viajes, las recalificaciones, las contratas mafiosas, los safaris de lujo de Bárcenas por Sudáfrica, las Fundaciones dudosas, el trinque general, los tropecientos asesores, los parientes enchufados, las mil mamandurrias todo a costa del erario público. Yo a eso no lo llamaría ideología, sino latrocinio frénetico. O, en todo caso, la ideología de la banda de ladrones. Precisar luego si están sentados o de pie, es solo la habitual estulticia de Botella.

Se comprende por qué sacan la Ley Mordaza. Por si la gente algún día se cabrea.


(La imagen es una foto del Grupo Popular, con licencia Creative Commons).

viernes, 4 de octubre de 2013

La política de la muerte.


Los muertos nos acechan, nos asaltan, llegan a cientos a nuestras playas. Los muertos que hemos matado con nuestra indiferencia, nuestro egoísmo, nuestra insolidaridad. Los muertos llueven. Caen en Siria, en Afganistán, en México, en Palestina, en los colegios de los Estados Unidos, los balnearios noruegos o los trenes españoles. Y sus muertes son siempre un escándalo. Pero estos doscientos africanos que se han ahogado ante Lampedusa, mujeres, hombres, niños, tienen algo especial. Se nos echan encima, nos amargan la existencia. Hasta el Papa dice sentirse avergonzado. Un sentimiento que compartimos muchos. Un sentimiento noble engastado en otro menos noble, en otro de perversa autocomplacencia: somos unos privilegiados. La gente se juega la vida por entrar en nuestra casa. Y la pierde a puñados. Es, desde luego, escandaloso, una vergüenza. Hay que arreglarlo pero, por favor, no podemos abrir nuestras fronteras. Pereceríamos todos. Definitivamente, menos noble.

Porque la vergüenza nos la inspiramos nosotros mismos. Nosotros somos la vergüenza. Y parece como si, al sentirla, y confesarla en público, cuando los africanos perecen a puñados ante nuestras costas víctimas de la codicia de los traficantes y de la incompetencia o la indiferencia de las autoridades, pudiéramos olvidarnos de nuestros propios muertos, de los que matamos en esa casa por entrar en la cual pierden la vida tantos desgraciados de fuera.

La muerte no es cosa de cantidades. Ese indigente muerto de inanición en Sevilla vale por todos los africanos del mundo. Por todo el mundo en realidad. Plantea una cuestión bien terrible: ¿cómo hemos llegado a esta situación en la que, en mitad de la abundancia, la gente pasa hambre y alguna, a la vista está, muere de ella?

Pero también puede ser de cantidad. ¿Cuántos suicidios por desahucio llevamos? Formalmente son suicidios. Materialmente son asesinatos. Ninguna madre de cinco críos se suicida así porque sí.

Son asesinatos. Todos. Los de fuera y los de dentro. Asesinatos perpetrados por un orden basado en la violencia estructural más extrema, esa de la que no tiene ni idea el ministro de Justicia, pero la usa para sus torcidos fines. Porque él, tan creyente, es parte de una política de partido que, profesando de boquilla el individualismo cristiano, carece de toda consideración por la dignidad de la persona. Más aun: considera a las personas mercancías. Rajoy sigue su periplo vendiendo la Marca España. Ahora, en el Japón, ha expuesto claramente esa visión mercantilizada de los seres humanos propia de estos neoliberales. Quiere convencer a los inversores japoneses de que es una buena ocasión para meter dinero  porque él ha bajado los salarios en España.

La política de la derecha neoliberal es política de muerte. Los seres humanos son mercancías; las mercancías se deterioran, se echan a perder, se hacen obsoletas, envejecen; hay que deshacerse de ellas y, las que resten, ponerlas a buen precio. Lo dijo hace unos meses una de esas responsables de sanidad del PP (madrileño, creo) con aire de experta en master de administración de la salud o cosa parecida ¿Tiene sentido que un enfermo crónico viva gratis del sistema? Ándele, pregunte al cargo qué entiende por sentido. Las bocas inútiles. La política de la muerte. Es ya más que la biopolítica foucaultiana. Es directamente la tanatopolítica.

Rajoy considera la Marca España como una especie de empresa. España es una empresa; los españoles somos los trabajadores y la empresa siempre quiere rebajar los salarios para aumentar los beneficios. Siempre. Y como, según el catón económico que alguien ha metido en la cabeza al presidente, son los empresarios los que generan empleo, hay que garantizarles los beneficios. Si para ello es necesario despojar a los compatriotas de sus derechos y entregarlos en condiciones de servidumbre, se hace. Y, además, se dice. Rebajar los salarios, reducir las pensiones, eliminar subvenciones, subsidios, prestaciones, becas, ayudas. La política de la muerte va precedida del expolio.

Aun así, no pasa nada y todo el mundo se pregunta por qué. ¿Por qué? Miren Lampedusa. Miren los restos de quienes han muerto por llegar aquí a que los exploten, los maltraten, los prostituyan, los encarcelen o los maten. ¿Lo ven? Es una vergüenza, sí, pero son ustedes unos privilegiados. Y estar peor es solo cuestión de proponérselo.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Las auditorías.


El PP está de nuevo en campaña electoral. Si por un lado presenta los presupuestos de 2014, por otro reúne a sus cuadros dirigentes para organizar la reconquista del terreno perdido en intención de voto de los electores en estos dos años de gobierno. Al parecer, el gurú electoral del partido, Pedro Arriola, les ha explicado el sentido de los baremos del CIS y los ha orientado, es de suponer, acerca de cómo dar la vuelta a las encuestas, en reciente expresión de Rajoy.

Además tendrán que explicar el sentido de estos presupuestos, vendidos por el gobierno como los de la recuperación y tachados por la oposición de los del hundimiento definitivo. Las recetas son muchas pero una condensa gráficamente el contenido de todas ellas: lo peor de la crisis ha pasado ya. Es difícil defender tal cosa con unos presupuestos que prolongan los sacrificios, alzas y recortes e introducen algunos de tapadillo, al socaire de las habituales interpretaciones equívocas: no se subirán los impuestos el año que viene, pero se congela la paga de los funcionarios que es lo mismo que si se los subieran. Pero si difícil es defender que lo peor ha pasado tratándose de los presupuestos, no se dirá nada de hacerlo tratándose del escándalo Bárcenas. Decir que lo peor de Bárcenas ha pasado ya cuando todos los días gotean escándalos con él relacionados y el procedimiento sigue su curso sin que nadie pueda prever sus consecuencias, tiene mucho de voluntarismo con un punto de ingenuidad.

Por más que el PP se empeñe, el caso Bárcenas no saldrá del escenario sencillamente porque es el caso Rajoy. Por lo conocido hasta la fecha, Rajoy y Bárcenas formaban una especie de unidad para ciertos temas, actuaban conjuntamente y se daban consejas acerca de cómo encarar las dificultades, cual prueban fehacientemente los SMSs del presidente del gobierno. Así que no hay caso B sino caso B/R y ese no va a pasar a segundo plano porque los hechos aflorados que nadie ha desmentido son tan graves que afectan a la legitimidad del mando de Rajoy y lo sitúan en opinión generalizada camino de la inevitable dimisión.

Hace bien el PP en prepararse para las elecciones aún lejanas. Los arúspices vaticinan desgracia. Según sus encuestas internas podría perder la alcaldía y la Comunidad de Madrid, lo cual es muy grave en todos los sentidos, incluido el que el malicioso lector está pensando. Hay que ponerse las pilas, ha venido a decir Arriola, salir a ganar. Es prudente empezar con tiempo. Dar la vuelta a las encuestas no es tarea fácil, sobre todo si no hay con qué.

¿Y la oposición?

Tendría que estar pensando en lo mismo: en prepararse para las elecciones. Cierto, sin dejar de hacer oposición en el día a día pues para eso está. Pero atendiendo más al medio plazo, en las elecciones europeas de 2014, las municipales y autonómicas de 2015 y las generales de ese mismo año que son las importantes. Sin perjuicio de la flexibilidad requerida en todo momento, el mensaje de la oposición en esas elecciones ha de partir de una valoración realista del pasado que sirva para justificar las medidas propuestas. Esa valoración realista ha de hacerse en dos campos distintos y debe tener la objetividad y la frialdad de una auditoría. El primer campo afecta a la crisis en su conjunto y exige una auditoría de la deuda que nadie ha hecho todavía, debiendo haber sido lo primero que se hiciera. Saber qué parte de la deuda es legítima y cuál ilegítima para orientar distintas opciones políticas; en lugar de caer en el pánico y aceptar todo lo que nos echen y como nos lo echen.

El segundo campo afecta a la gestión del PP y debe asimismo tomar la forma de otra auditoría. Mejor dicho, dos: una referida a la gestión de los gobiernos de Aznar y otra a la de Rajoy. La auditoría de la era Aznar, que se ha vendido como la de las vacas gordas por obra de aquel que se consideraba a sí mismo como el milagro de España, debe reflejar los logros y fracasos del empeño, singularmente las consecuencias de la burbuja inmobiliaria que ha producido el destrozo sobreañadido de la parte hispánica de la crisis con sus datos pavorosos. A eso deben añadirse los despilfarros, los dispendios ostentosos, las obras públicas absurdas, los tejemanejes de tupidas redes de corrupción. Aquí la auditoría toma forma de catálogo: los aeropuertos sin aviones, los edificios sin uso, las autovías sin coches. Hacer un catálogo de los disparates y la corrupción que llevaron el país a la ruina.

La auditoría del gobierno de Rajoy debe levantar acta de su peculiar modo de cumplir el programa electoral: subida de impuestos de todo tipo, mermas permanentes de los salarios públicos, recortes profundos en sanidad, educación y pensiones, merma o simple supresión de innumerables prestaciones y servicios sociales. Levantar acta y cuantificarla. Igual que se sabe cuánto poder adquisitivo han perdido los funcionarios puede saberse de los jubilados y de los demás sectores afectados por las retricciones de todo tipo.

Esas auditorías deben ser la base del discurso electoral de la oposición. La clara atribución de responsabilidades por el desastre habido hasta la fecha es el contexto que debe explicar las medidas que se proponen para ponerle remedio.