Mostrando entradas con la etiqueta Paidofilia.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Paidofilia.. Mostrar todas las entradas

viernes, 10 de abril de 2009

Vuelven los curas pederastas.

En realidad nunca se han ido. Están siempre por aquí, tratando de aprovecharse de los chavales a los que los incautos padres católicos ponen entre sus perversas manos. Por eso no extraña nada leer en Público que Miles de menores sufrieron abusos de sacerdotes, según el arzobispo de Dublín. Esos miles se suman a los cientos y miles de los Estados Unidos, España, Italia y otras partes. A saber qué habrán hecho en América Latina y el África. La pederastia no es el comportamiento excepcional de un desequilibrado sino la regla de la congregación en cuanto entra en contacto con los niños.

Hacen voto de castidad pero son sacos de inmundicia.

La pederastia es el aliviadero de ese disparate del celibato del clero. Y además...

Estos pedófilos impenitentes que no pueden contenerse cuando tienen un niño cerca, a pesar de la maldición que cae sobre ellos en el Evangelio, son los que se permiten después escuchar en confesión los pecados ajenos.

Esta congregación de pederastas que abusa de la inocencia de los críos es la que después va por ahí oponiéndose el aborto en nombre del derecho a la vida. Quieren que nazcan más y más niños para abusar de ellos.

¿Cómo puede esta asociación de pervertidos arrogarse autoridad moral alguna para decir a la gente lo que tiene que hacer en ningún aspecto de la vida?

(La imagen es una foto de juglar del zipa, bajo licencia de Creative Commons).

martes, 17 de febrero de 2009

In dubio pro puero.

(Aviso destripafinales: en esta reseña se cuenta la trama del film).

Interesante la peli La duda interpretada por Meryl Streep y Philip Seymour Hoffman, dirigida por John Patrick Shanley sobre una obra de teatro también suya, ganadora de un Pulitzer (un éxito en Broadway hace unos años) y con guión asimismo suyo. La cosa va de pederastia de clero católico, asunto de mucha actualidad y mordiente. De ahí probablemente el Pulitzer y el éxito en escena.

Un colegio mixto en el Bronx (parroquia de irlandeses e italianos) un año después del asesinato de Kennedy, esto es, en 1964. El colegio está regido por monjas al mando de la hermana Aloysius prototipo de religiosa estricta, severa, intransigente pero también amorosa y caritativa. Cuenta con un sacerdote responsable, el padre Flynn, a su vez representativo de los aires de renovación en la Iglesia entonces en pleno concilio Vaticano II. El padre incorpora todo lo que la hermana Aloysius detesta: es alegre, vividor, lleva las uñas largas y cuidadas, fuma, bebe y... confraterniza con los chavales. Por ahí viene el problema. Una serie de circunstancias permite sospechar que el cura acosa sexualmente a un niño negro que, al ser el primero que llega a la escuela, vive marginado de sus compañeros que se burlan de él y hasta lo atacan. Gracias a la confidencia de la hermana James, una monja jovencita toda ingenuidad y dulzura, la hermana Aloysius llega a la convicción de que el padre Flynn es culpable si bien no hay una sola prueba irrefutable, el interesado lo niega con indignación y la madre del niño víctima confiesa a la monja que su hijo es homosexual. Valiéndose de una artimaña impropia de una religiosa, la hermana Aloysius consigue que el cura pida el traslado y el obispado lo asciende mientras Aloysius, en la escena final, confiesa que le corroe la duda.

La intención de la obra es mostrarnos que estos asuntos de pederastia son sobremanera turbios, muy complejos y nada fáciles de desentrañar, especialmente con prejuicios e intolerancia religiosa. En verdad da la impresión de que todo el interés del autor-guionista-director sea subrayar estos aspectos dudosos. Presenta al cura en un almuerzo con el obispo y otro colega en una escena rayana en el desenfreno, comiendo a dos carrillos, bebiendo, fumando y contando chistes, en contraste con el ascetismo y la frugalidad del refectorio de las monjas. La contraposición entre los dos religiosos, el cura y la monja, es casi tópica. Afortunadamente la soberbia interpretación de Streep salva a un personaje que resulta excesivamente acartonado. Tampoco el papel de la hermana James es especialmente sutil.

Todo parece orientado a inducir en el espectador la duda del título. Se dan las pistas, pero se niega la evidencia. El padre Flynn se muestra en claroscuro pero eso lo humaniza frente a la religiosidad tajante de la hermana Aloysius. Es más, el recurso a la homosexualidad del chaval debe apuntarse también en este obvio intento de la historia de enredar. Incidentalmente, tengo mis dudas acerca de si chavales tan críos pueden saber ya de cierto su inclinación sexual, pero reconozco que eso no es decisivo.

Al final el asunto queda envuelto en las brumas de la duda del título... pero será para quien quiera. Con lo que ha llovido la pederastia del clero católico (con las excepciones de rigor) está fuera de duda en la ficción o en la realidad y si, con todo, la hubiere, la decisión habrá de ser siempre en favor del niño, que es lo que hace Aloysius, razón por la cual se gana la simpatía del espectador. Al menos, la mía. Bueno, confieso que se la había ganado desde la primera escena porque su interpretación mejora notablemente el personaje que el autor ha contrahecho deliberadamente, mientras que sentí de inmediato cierta repugnancia frente al cura coleguilla y blandorro, género que no he podido soportar jamás. Prefiero a los torquemadas. Son más auténticos. Claro que a lo mejor todo esto era lo que buscaba el autor.

Reitero que la interpretación de Meryl Streep es sensacional y añado que la ambientación del colegio está pasablemente conseguida. Sólo pasablemente. La peli arrastra demasiado su origen teatral, prácticamente no hay exteriores, salvo un paseo por la calle de la hermana Aloysius y la madre del niño negro y un par de escenas fugaces en un jardín y un patio. Pero los diálogos y el guión están tan conseguidos que uno se olvida de ello.

viernes, 3 de octubre de 2008

No dejéis que los niños se acerquen a ellos.

La policía ha desmantelado la enésima red de pedófilos en internet. En una investigación de meses ha descubierto 18.000 conexiones en 75 países. 1.600 conexiones en España en donde se ha detenido a 121 personas y hay 96 imputadas por distribuir pornografía infantil a través de la red. Según EFE, entre 2003 y 2007 se detuvo a 974 personas en España por idéntica actividad y en lo que va de 2008 llevamos ya 359. Digo esto porque lo primero que me llama la atención de este delito es la cantidad de gente que lo comete. Y siempre hombres. Da que pensar, aunque no estoy nada seguro de llegar a conclusión alguna. ¿Por qué sólo hombres?

Según parece la pornografía adulta tiende también a ser masculina si bien según mis noticias la hay asimismo para consumo femenino. Esta pornografía de mayores se entiende porque aunque deformada o "viciada" tiene su arranque en el erotismo, aquella fuerza de universal imperio a la que Hesiodo atribuye en parte la responsabilidad por el origen del mundo, de los dioses, de todo. Pero encuentro imposible de entender la pornografía infantil, aunque no toda. Parte de ésta arranca también del erotismo de los adolescentes e impúberes que es asunto complicado que ha pasado por distintas etapas en la historia. Algunas culturas (Grecia, Egipto) no han visto mal las relaciones sexuales de adultos con adolescentes y en muchas otras, como la cristiana occidental sin ir más lejos, se han admitido hasta hace relativamente poco matrimonios de adultos con niñas de doce o trece años y eso parece no ser infrecuente hoy entre los musulmanes si no ando equivocado.

Gran parte de los países occidentales ha situado la mayoría de edad para relaciones sexuales "legales" en torno a los dieciocho años, si bien todos sabemos que en muchísimos casos la iniciación sexual de los adolescentes de ambos sexos se produce antes, entre los catorce y los dieciocho. Se trata de una de esas típicas situaciones en que la norma regula una realidad social rebelde y probablemente sea sensato (es decir, conservador que es lo que quiere decir "sensatez" en este contexto) seguir así.

Sucede además que esa realidad social rebelde viene alimentada o se alimenta ella misma de una idealización literaria y artística de la sensualidad y el erotismo de la adolescencia. No es necesario ir al Marqués de Sade para dejar constancia de ello. A lo largo de la tradición cultural europea, desde el mito de Ganimedes hasta la Lolita de Nabokov, hay un retorno permanente a ese territorio oscuro y también fascinante del atractivo adolescente. Considérese a la derecha el San Juan Bautista adolescente de Michelangelo Merisi (Caravaggio), obra pintada hacia 1600 con un evidente regodeo en los aspectos más carnales de la imagen que es erótica pero no pornográfica en modo alguno. O piénsese en algunas de las figuras impúberes de Balthus o en las de su hermano Pierre Klossowsky sobre quienes Palinuro posteó en su día.

Por supuesto, al tratarse de cuestiones de juicio estético no hay modo de resultar convincente en la materia salvo para quienes estén de antemano de acuerdo con uno. Si al juicio estético se le añade como en este caso el ético esa imposibilidad se convierte en algo absoluto. Traigo un nuevo ejemplo: contémplese más abajo el cuadro del cursi de Bougereau titulado Admiración (1897). Eso sí que me parece detestablemente pornográfico en su relamida y falsa ingenuidad. Así que como el asunto es opinable, hay tradiciones y tendencias para todos los gustos y las cosas no están muy claras es acertado mantener la edad de los dieciocho años como límite y perseguir a quien se lo salte.

Pero es que en el caso que nos ocupa aquí no solo se trata de adolescentes, impúberes, en definitiva, menores de edad pero mayores de ocho o diez años, no; es que se trata de bebés, de niños de meses, de uno o dos años. Y esto sí que me deja atónito y confieso ser incapaz de comprender que alguien encuentre sexualmente atractivo a un bebé. Ciertamente que éste es un territorio muy complejo en el que hay que tener mucho cuidado a la hora de calificar unos u otros comportamientos como "aberrantes", "degenerados" o lindezas de ese tipo. Es más, me niego a admitir que haya comportamientos sexuales "aberrantes" o "degenerados" desde el punto de vista del que los practica porque, de admitirlos, abrimos la puerta a que la autoridad nos diga qué podemos y qué no podemos hacer en la cama. Otra cosa es, por supuesto, el interés de aquel sobre el que se ejerce ese comportamiento que, tratándose de niños prevalece sobre cualquier otra consideración. O sea que, aunque yo sea incapaz de comprenderlo, el comportamiento del pedófilo no será "aberrante" o "degenerado", pero es un delito, un crimen especialmente odioso.

Y vuelvo a la pregunta del comienzo: ¿qué punto oscuro tenemos los hombres para que ese delito sea específicamente masculino? ¿Qué diablos tiene en la cabeza un hombre cuando visiona complacido pornografía infantil o abusa sexualmente de un niño? Si, como dice el poeta, "en el niño sólo hay libertad" ¿qué lleva al pedófilo a arrebatársela?

(La primera imagen es una foto de Southworth Sailor, bajo licencia de Creative Commons).

miércoles, 18 de julio de 2007

La ambigüedad de la paidofilia.

"Odia el delito y compadece al delincuente". Ese profesor de inglés que se ha suicidado en Avilés tras ser detenido y acusado de tenencia de pornografía infantil, estaba, claro, desesperado. Al hombre le incautaron unos ocho millones de imágenes de contenido pedófilo y debió de pensar que sería incapaz de aguantar el rechazo, el desprecio, la inquina de sus conciudadanos al hacerse público su comportamiento. Nuestra sociedad tiene una actitud cristiana ante las relaciones eróticas entre adultos y adolescentes y no digamos ya niños. "A quien escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le valdría atarse una piedra de molino de asno al cuello y arrojarse al fondo del mar", dice Cristo (Mt., 18, 6), que es lo que parece haber hecho el profesor de Avilés. Una actitud distinta a la que se tenía en la Grecia clásica, en la que los amores entre varones adultos y adolescentes eran moneda corriente. Para ejemplo, el mito de Ganimedes.

Sin embargo, se trata de un asunto resbaladizo. La pederastia, que tiene una clara condena social y es un delito, aparece tratada con licencia literaria en la Lolita, de Nabokov, ese libro tan influyente en nuestra cultura que ya cuenta con dos películas. La fama de la novela reside, entre otras cosas, en que el autor hace ver que, a sus doce años, Lolita, a la que el héroe se apresta a seducir, no sólo no es inocente sino que, de hecho, lo seduce a él. Esa es la ambigüedad de la pederastia, tan fuerte que muchos adultos no pueden resistirse e invocan en su descargo esa poderosa seducción de los menores, sin percatarse de que, incluso cuando recurren a ella, los menores son menores y, por lo tanto, no saben lo que hacen, con lo cual quienes acaban sin saber lo que hacen son los pederastas.

Que le pregunten a la Iglesia católica de Los Angeles (EEUU), que tendrá que pagar unos 500 millones de dólares en compensación por los abusos sexuales de sus curas sobre cientos de niños a lo largo de los últimos decenios. Este comportamiento tan execrable de los curas lo es más por implicar el abuso de confianza de las familias, engañadas en sus más firmes creencias. Un rueda de molino de asno, en verdad, es poco. Y hay abusos a niños y niñas. Todos son Lolitas. ¿No suelen los críos parecer crías, ser efebos? Pues ya está. El pecado de los curas es nefando. Como el de ese párroco de Madrid, condenado por abusos a menor, entre otras cosas, a pagar 30.000 euros de indemnización, por los que habrá de responder el Arzobispado de Madrid. La verdad es que, con ese historial, no entiendo cómo están los obispos tan soliviantados con todo cuanto tiene que ver con la moral sexual: que si el divorcio, el control de la natalidad, la profilaxis del Sida, los plenos derechos de los homosexuales y la aceptación social de la homosexualidad. Da la impresión de que no solamente no saben en dónde están ni en qué siglo viven sino que tampoco están al tanto de lo que sucede en su casa.

Para complicarlo más, la pasión amorosa del adulto puede ir a fijarse en un impúber y no se considera necesariamente pedofilia. Cuando Dante puso sus ojos en ella, Beatriz tenía 13 años, justo el límite superior e inferior que establece el código penal para tipificar unos u otros delitos de "abusos sexuales". No obstante, la pedofilia, en la medida en que es puramente contemplativa y no implica abuso o relación sexual algunos, es decir, un acto, no puede ser punible. Para que lo sea ha de mediar la pornografía, que es lo que sucedió en el caso del profesor de Avilés. Sus ocho millones de imágenes pornográficas de niños son sólo una parte de los cuarenta y cinco millones que al parecer había en la red descubierta por la policía. Ocho millones de imágenes ya es una pasada; de hecho, la policía ha intervenido, al parecer ventiún discos duros portátiles probablemente con una capacidad media de cuatrocientos gigas por unidad, o sea ocho mil cuatrocientos gigas (8.400 Gb) cuando la gente anda por ahí todavía con ordenatas de cuarenta gigas. Debe de ser mucho el atractivo de este tipo de pornografía y debe de contar con una clientela vastísima. Los datos que se conocen a veces, cuando cae una de estas redes de pornografía infantil así lo prueban.


Los niños tienen tal atractivo que muchos adultos, obviamente, pierden la cabeza. Por cierto, cosa nada baladí, casi todos los pederastas (por no decir todos, ya que no estoy seguro) son hombres. Los hombres tenemos un problema obvio con nuestra sexualidad, porque lo de las violaciones tampoco es de recibo. No hace falta ser agoreros para pensar que esa niña, Madeleine, secuestrada hace unas fechas en Portugal, pueda estar ya en algún circuito de paidofilia. Impresiona pensar en el sufrimiento que deben estar pasando los padres y el de la niña. ¡Ojalá la recuperen sana y salva!

A veces el delito consiste en dar al menor secuestrado en adopción a una pareja que lo haya comprado. Y no digo para que abuse de él sino, al contrario, para quererlo como si fuera un hijo propio y rodearlo de mimos y atenciones. Ese perder la cabeza de los adultos a causa de los niños no tiene por qué referirse sólo a los momentos en que aquellos instrumentalizan a estos para satisfacer sus más bajas pasiones, sino también las más altas: el deseo de ser padres. Siempre me llamó la atención el cuajo que debieron tener aquellas parejas argentinas que acogían a los bebés y niños pequeños que habían quedado huérfanos a causa de la actividad asesina de la dictadura militar en su país, algo por lo que ahora parece que los Videla y compañía van a pagar.

Los niños llevan siempre la peor parte en las barbaridades de los adultos.