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jueves, 1 de octubre de 2009

Fascistas robacadáveres.

Por fin el Gobierno vence su timidez, debilidad o cobardía a la hora de hacer justicia a las decenas de miles de personas, vivas o no, relacionadas con la siniestra arbitrariedad de la dictadura de Franco de secuestrar los cadáveres de los republicanos muertos en el frente, ejecutados estrajudicialmente por las escuadras de falangistas o fallecidos a consecuencia de las torturas para dar satisfacción al deseo del dictador de rodear su faraónica tumba de caídos de los dos bandos en la contienda civil que alumbró su sedición.

Sabido es: la construcción de la basílica de Cuelgamuros, en la que se tuvo trabajando a miles de republicanos derrotados en la guerra, quería tener el valor simbólico de lo que el fascismo entiende por reconciliacion y no pasa de ser un insulto y un agravio más a las víctimas de la guerra y la posguerra a las que se enterró allí sin conocimiento de sus familiares o en contra de su voluntad, tras profanar sus tumbas, muchas de ellas fosas comunes en las que yacían los cuerpos de los asesinados veintitantos años antes.

Ahora una proposición no de ley auspiciada por los diputados Joan Herrera y Uxue Barkos, de Nafarroa Bai, a la que se han sumado, ¡por fin! los socialistas, permitirá recuperar los cuerpos de esos secuestrados en muerte, identificarlos y restituírselos a sus familiares y herederos. Es de justicia señalar que este diputado Herrera, de Izquierda Unida-Iniciativa per Catalunya Verds, está haciendo él sólo por la memoria histórica y la reparación de las injusticias del franquismo más que los 349 diputados restantes.

No es, en cambio, preciso añadir que el PP se ha opuesto a la iniciativa como siempre que se trata de deshacer las injusticias de la dictadura, su fuente espiritual de inspiración. El argumento que dice haber encontrado ahora es que hay que tratar a Cuelgamuros como "un cementerio más", como si el mundo estuviera lleno de cementerios rebosantes de cadáveres robados.

Por último, una consideración: espero que el señor Herrera lleve su coherencia, que es mucha, a presentar una propuesta respecto a los cuerpos de José Antonio Primo de Rivera y Francisco Franco. Yo los sacaría de donde están y también se los devolvería a sus familias, sobre todo al segundo. La Nación no tiene porqué honrar en un espacio público la memoria de un militar felón, delincuente y genocida.

(La imagen es una foto de Dark Botxy, bajo licencia de Creative Commons).

domingo, 12 de julio de 2009

El perdón de la Iglesia.

No seré yo quien minimice o cuestione el gesto de la Iglesia vasca a la hora de pedir perdón por su silencio respecto al asesinato de catorce curas cometido por los franquistas en 1936. Y no lo seré porque ya sólo este gesto provoca una difícil contradicción en el seno del conjunto de la Iglesia española, dedicada en cuerpo y alma a honrar la memoria de los "mártires" de la guerra civil, entendiendo por tales exclusivamente a las personas, religiosas o no, fusiladas y/o asesinadas por las diversas facciones del bando republicano; es decir dedicada en cuerpo y alma a seguir glorificando al fascismo, al que sirvió, legitimó y del que se benefició durante los cuarenta años de la dictadura, calificando la guerra civil como "cruzada" y sirviendo de sustento al franquismo bajo la forma del nacionalcatolicismo. Ahora, esta decisión de la jerarquía vasca viene a romper el silencio cómplice la Iglesia y a poner de relieve su función de sostén de la dictadura, quebrando la unidad de criterio que había venido siendo sacrosanta.

Se trata desde luego de una decisión encomiable que debe airearse cuanto se pueda en honor de esas catorce víctimas de la vesania fascista ante todo y en beneficio de sus deudos y allegados. Pero es insuficiente. Entiéndase, es mucho más de lo que cabe esperar de la jerarquía española, presidida por un nostálgico del fascismo como Rouco Varela y poblada de petimetres demagogos de extrema derecha como monseñor Martínez Camino. Pero es insuficiente.

¿Qué pasa, por ejemplo, con los otros asesinados por los fascistas y no eran estos catorce religiosos? ¿Hay que entender que estuvieron bien asesinados? El silencio de la Iglesia sobre ellos, ¿no molesta a la jerarquía vasca? ¿Son menos víctimas los republicanos, socialistas, comunistas, anarquistas, nacionalistas asesinados durante la guerra civil y en la posguerra por los fascistas por el hecho de no ser curas?

Y es insuficiente por otro asunto nada baladí: porque la Iglesia (la española en general y la vasca en particular) no se limitó a callar ante el crimen y la barbarie sino que, en muchas ocasiones, fue parte activa de ellos. Cuando no fueron los mismos curas quienes delataron y asesinaron a los republicanos, estuvieron muchas veces presentes en su ministerio sacerdotal para legitimar la locura genocida y son tan responsables de ella como quienes la perpetraron directamente. No basta con pedir perdón por su silencio ante los asesinatos sino por haberlos cometido directa o indirectamente; por formar parte de los asesinos o de sus cómplices y encubridores. Reitero: la petición de perdón por un silencio culpable está muy bien. Pero la Iglesia no se limitó a callar cuando debió hablar sino que, al haber sido parte combatiente en el conflicto, cometió los mismos crímenes frente a los que ahora dice no poder callar o los encubrió y amparó. A los creyentes sinceros, a los cristianos de los de la otra mejilla puede resultarles chocante la idea de una Iglesia asesina pero eso es lo que hubo y no en un momento de desvarío, sino como consecuencia de una política deliberada de genocidio de los republicanos practicada durante los tres años de la guerra civil y los casi cuarenta de dictadura.

(La imagen es una foto de 20 Minutos, bajo licencia de Creative Commons).

lunes, 1 de septiembre de 2008

Los girasoles ciegos.

El viernes se estrenó la peli de José Luis Cuerda Los girasoles ciegos con guión del propio Cuerda y de Rafael Azcona e interpretación brillantísima por cierto de Maribel Verdú entre otros buenos actores. Es una adaptación del renombrado libro de relatos homónimo publicado por Alberto Méndez en 2004, unos meses antes de morir (Los girasoles ciegos, Barcelona, Anagrama, 153 págs). Corresponde pues decir algo sobre el libro por dos razones: la primera porque conocí al autor en mis tiempos de estudiante aunque no lo traté porque era un par de años mayor que yo y esa diferencia en la Universidad es un mundo si bien considero que somos de eso que llamamos misma generación; la segunda porque cuando se publicó el libro aún no tenía yo blog y dada la escasa simpatía que despierto en el corral publicístico hispánico no me hubieran publicado la reseña razón por la que lo hago ahora antes de la crítica de la peli. No es preciso que reitere lo contento que estoy con internet que ha venido a librarnos a algunos de la necesidad de cabildear y compadrear con la manga de enchufados que controlan los medios para publicar nuestros escritos.

Comparto muchas cosas con Méndez: unas experiencias similares en un país y un tiempo marcado por la sórdida posguerra e, imagino, el hecho de proceder de familia de vencidos en la contienda que nos hizo crecer escuchando historias terribles de represión, persecución, torturas, fusilamientos pero también de entereza, entrega, resistencia. Un mundo hecho de cruda realidad y fantástica idealización que ha pesado sobre nuestra formación, al menos sobre la mía, como una losa de granito. Méndez pertenecía a la izquierda universitaria como yo. Militó en el Partido Comunista unos veinte años hasta 1982 en tanto que yo abandoné toda militancia comunista ("revisionista" o "pro-china") en menos de seis meses. Pero mantuvimos siempre nuestras convicciones izquierdistas. Su vida ya se ha acabado (que la tierra le sea leve); la mía sigue y las convicciones, también. Lo que no es poco decir en un país en que un porcentaje asombroso de quienes fueron de izquierda en los años de la dictadura se ha pasado a la derecha; a esta derecha heredera de aquella.

Mirado desde el ángulo de las propias biografías el libro de Méndez puede entenderse como un ajuste de cuentas pero es más que eso: es un intento de narrar, de exteriorizar, de dar algún sentido a aquel magma de impresiones y recuerdos propios y ajenos que fue nuestra experiencia de infancia y adolescencia. Méndez se atrevió con lo que otros no hemos osado aún y está por ver que lo hagamos. A veces tengo la impresión de que la veintena de libros que he publicado es un intento de cubrir el vacío de ese otro que todavía no he escrito. Méndez, sí. Por eso quizá su destino haya sido el de libro único porque el autor estuvo escribiéndolo y reescribiéndolo a lo largo de su vida; porque era su vida. Algo así como lo que la pasó a Goethe con el Fausto que le llevó sesenta años.

Los girasoles ciegos es un conjunto de cuatro relatos breves entreverados dos a dos que aparecen como jalones de un mismo aciago hecho y a los que el propio autor llama "derrotas", dos de ellas, relatos autónomos, reemergen luego como episodios de los otros dos lo que forma una especie de mosaico literario de extraños efectos. Relatos que se terminan como relatos en otros relatos y todos reflejan el mismo tiempo y la misma circunstancia: la espantosa, despiadada, bárbara represión de la posguerra. El tiempo que le importa a nuestra generación que no vivió la guerra pero sí ¡y cómo! la posguerra.

Casos como los que en ellos se relatan los hemos vivido o conocido de referencia directa o indirecta los hijos de los vencidos en aquella guerra porque quien no tuvo un padre (o los dos o algún otro familiar directo o toda la familia) preso, fusilado o exiliado era porque lo tenía escondido en alguna cueva, cámara, escondrijo donde bastantes pasaron años. No hubo piedad para los vencidos y ese es el rasgo que define a los vencedores hasta hoy: que no dieron cuartel ni tregua a los derrotados a los que persiguieron con saña durante toda la dictadura intentado exterminarlos, al tiempo que sembraban el terror entre la población. En aquella España y durante cuareta años sólo hubo odio y miedo. Esa ferocidad, esa falta de límites morales, esa crueldad desenfrenada y desprecio por la dignidad humana de los asesinos (y fueron muchos, cientos, miles: muchísimos falangistas, carlistas, los curas, los militares, los jueces, los funcionarios de prisiones, los guardias civiles, la policía política, el somatén) que llevaron a cabo la represión es lo que hace imposible respetarlos a día de hoy, a ellos y a quienes, sabiendo lo que pasó, los aplauden. De los izquierdistas de los sesenta y setenta pasados a esta derecha no quiero ni hablar.

Es posible que como sostienen los llamados historiadores "revisionistas" y sus acólitos de haber ganado la guerra los que la perdieron las cosas hubieran sido iguales o peores. Es posible. Pero eso no pasó y toda especulación al respecto es inane. Lo que sí pasó y lo que hay que decir es que los vencedores se ensañaron con los vencidos inermes durante meses, años, decenios; que los persiguieron, expoliaron, humillaron, torturaron y asesinaron a mansalva; que trataron al país como territorio conquistado y a los habitantes como enemigos derrotados para los que no hubo cuartel.

El extraodinario mérito de Alberto Méndez es haber reflejado esa angustiosa situación en un escueto cuarteto de relatos literarios. Es poner nombres y rostros, acercarnos a tantas víctimas de la cruel vesania de los vencedores. Es haber abierto un ventanal a la memoria colectiva, haber dado un paso más en la devolución de la dignidad a las víctimas y en subrayar la indignidad de los victimarios. Y todo con una eficacia que mueve las entrañas porque los cuatro relatos, no tengo duda, responden a cuatro episodios que operaban en la memoria personal del autor como lo hacen en la mía y en la de todos quienes estuvimos en circunstancias parecidas porque todos oímos hablar en casa del caos de los últimos días de la Junta de Casado en Madrid que es el hilo del primer relato; todos también de los huidos por el monte, muchas veces cazados como fieras, motivo de la segunda historia; todos del siniestro coronel Eymar y su Tribunal de Represión de la Masonería y el Comunismo, tema de la tercera; y todos de algún topo, asunto del cuarto relato que da título al conjunto y es el argumento central de la peli de Cuerda.

Si he hacer alguna crítica a la obra es más por el lado literario. Los relatos tienen una estructura rebuscada, a veces artificiosa, como si el autor no quisiera contárnoslos de forma sencilla y directa y pretendiera proteger nuestra sensibilidad a base de recursos narrativos mejor o peor traídos, a base de relatos fragmentarios, manuscritos encontrados por casualidad, epístolas o dislocación de los tiempos. Por último, el título me desconcierta. He sido incapaz de encontrar en la Biblia referencia alguna a los girasoles ciegos. Desde luego ninguna a los girasoles que son plantas oriundas de América y por tanto desconocidas en el lugar y tiempo en que se escribió la Biblia y tampoco a ningún ciego de cualquier otra naturaleza que ande dando tumbos por no ver la luz del sol, y creo haber repasado todas las referencias neo y veterotestamentarias sobre la ceguera que hay muchas. Habrá que creer que es una invención del cura fascista, lascivo y criminal del relato y que el autor lo toma como una licencia literaria.

En cuanto a la peli lo primero que debe agradecerse es el magnífico trabajo de guión que han hecho José Luis Cuerda y Rafael Azcona quien falleció antes del estreno. Cuerda ya tiene experiencia en este tipo de historias pues rodó en su día la magnífica La lengua de las mariposas y en la calidad de Azcona como guionista no es preciso detenerse. Porque ha sido una verdadera proeza convertir en un relato lineal, sencillo, comprensible, la complicada armazón literaria de la historia, contada a tres voces y en tres tiempos: uno pasado en forma de carta del cura fascista a su superior, otro futuro en forma de recuerdos narrados por el hijo ya crecido años después y otro intemporal como tercera persona omnisciente. Por supuesto hubo que cambiar muchas cosas sobre todo el emplazamiento del relato pero ello ha redundado en beneficio del carácter cinematográfico de la historia que es cine en la estela de La lengua de las mariposas, otro trozo vivo de la memoria colectiva que se nos presenta gracias a la imaginación y la creatividad de Méndez y la maestría cinematográfica de Cuerda.


Digresión: Quienes tenemos más o menos la edad que podría tener Méndez hoy vimos bastantes películas de ínfima calidad glorificando los crímenes de los sublevados como "Glorioso Alzamiento", "Santa Cruzada" y semejantes mamarrachadas, empezando por una sobre guión del propio Franco que se llamó, cómo no, Raza y es un producto literalmente para cretinos. Tiene gracia que quienes estaban de acuerdo con semejante basura digan hoy que el cine español no tiene categoría y pidan que no se hagan más películas sobre la guerra civil. ¿Por qué no hacen ellos una desde su punto de vista a ver qué exito tiene? Resucitar a sus galanes no será posible pero siempre podrán encontrar media docena de chulos para protagonistas.


La ambientación está muy bien y en efecto es un acierto llevar la acción a Ourense en 1940 porque así es posible reflejar mejor el atosigante clima represivo de la dictadura y resulta más verosímil la historia secundaria del intento de fuga de los dos adolescentes por la raya de Portugal. En la historia original ese empeño de Madrid a Santander con el ánimo de cruzar a Francia era muy improbable. Sin embargo lo que es un aumento de verosimilitud por un lado es una disminución por otro. No es creíble que en una diminuta ciudad de provincias como Ourense una familia pueda mantener durante meses una situación de un huido viviendo como un topo al menos tomando en cuenta el conjunto de la historia sobre todo por la situación del niño en la escuela que no es sostenible mientras que sí lo es en Madrid.

Algunas aportaciones de los guionistas son muy oportunas y contribuyen a dar solidez a la historia. Por ejemplo la presencia del superior del seminario que no se limita a ser el invisible receptor de la carta del cura sino que conversa con éste y lo amonesta de forma muy realista. Como también lo es la aparición de la sobrina de la casera que viene a cobrar un alquiler en atraso. O las escenas del colegio con los curas vociferando el Cara al sol brazo en alto y obligando a hacer lo mismo a los chavales. Quién más quién menos los de la generación de Méndez hemos vivido esto a manos de los mismos que ahora invocan la "objeción de conciencia" frente a la Educación para la Ciudadanía que sigue siendo el mismo género de pajarracos. En cambio resulta poco verosímil y es bastante tópica la escena del chulo falangista de brillantina y bigotito acompañado por los matones de la policía. No porque esas cosas no pasaran sino porque resulta descabalgado del resto de la peli y se nota demasiado que es un añadido.

No estoy muy seguro de que la versión cinematográfica haya traducido el carácter del diácono/alférez provisional porque da la impresión de estar como desdoblado sin que sus dos aparente facetas contradictorias, el religioso con problemas de conciencia y el asesino fascista se concilien bien. Es más creo que el plano en el que folla con una almohada a la vista de un grabado sensual de una mártir es una exageración.

La banda sonora es muy buena y hay muchos otros detalles cuidados con esmero como el leve acento galaico de los curas frente al español estentóreamente castellano de los fascistas. Repito Maribel Verdú borda el papel y el niño no se queda atrás. Cuerda sabe manejarlos muy bien porque los deja actuar con naturalidad, con la inocente sosería y atonalidad de la infancia.

Ojalá la vea mucha gente. Es una gran película.