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domingo, 11 de septiembre de 2016

Un castillo en España

La expresión española "castillos en el aire" se dice en francés "chateaux en Espagne". No estoy muy cierto de la razón, si la hay. Según parece, algún viajero gabacho despistado volvió a su país contando que en España no había castillos. Debió de ser muy antes de lo que se llama la Reconquista porque las fortalezas son tan frecuentes que la región más extensa de la península se llama Castilla, nueva o vieja, de arriba o abajo, del norte o del sur, pero castilla, abundante en castillos. Es igual: los franceses, más dados al racionalismo cartesiano que al empiricismo inglés, siguen pensando que los "chateaux en Espagne" son fantasías, ilusiones, quimeras, espacios inexistentes. Santa Lucía les valga.

Hay en España abundancia de castillos. Muchos de ellos muy bien conservados o restaurados con destreza, y pueden visitarse. Quien quiera más información, contacte con la Asociación Española de Amigos de los Castillos. Los hay de variados tipos y construcciones, con distintos orígenes políticos y hasta religiosos pero casi todos o todos son fortalezas de guerra. No hay en España esas mezclas de palacios y castillos como los "chateaux de la Loire" o los de los Cárpatos. Los castillos han seguido utilizándose con fines bélicos en nuestra bélica historia hasta la última guerra civil del siglo XX.

El castillo de Almodóvar del Río, a unos veinte Km de Córdoba, sobre un promontorio llamado, creo, la Floresta, es una fortaleza inexpugnable. Domina el valle, la llanura hasta Córdoba y, desde luego, el Guadalquivir que, cuando los bereberes lo construyeron, era navegable hasta la ciudad. La historia que narran las guías es sencilla: sobre un presunto castro romano, pues la zona era un oppidum, los bereberes construyen la primera fortaleza hacia 740, que luego se desarrolla hasta la imponente forma actual, sufre numerosas vicisitudes y pasa a manos cristianas con Fernando III en el siglo XIII, primero como villa de realengo, luego señorío de Calatrava y Santiago (vi la bandera de la primera, pero no de la segunda, aunque seguro que está), después me pierdo y por fin reaparece como herencia Rafael Desmaissières y Farina, XII Conde de Torralva, (1857-1932) quien ha dejado más huella en el castillo que los almorávides, los almohades y los cristianos. Lo dice él mismo en un vídeo: que la restauración del castillo se convirtió en la obsesión de su vida y, en efecto, a ella la dedicó, pues las obras duraron unos 36 años y él no llegó a verla acabada. Aunque, desde luego, se la había imaginado con todo lujo de detalles.

El hombre, un curioso personaje tranquilo, culto, desenvuelto, nos cuenta su propósito, sus proyectos en dos vídeos muy ilustrativos porque, en realidad, trasladó su personalidad a las piedras. Torralva era como un antiquijote, pero no en el sentido de ser sanchopancesco. Al contrario, compartía con Alonso Quijano la locura de vivir en el mundo de las caballerías, solo que, en lugar de hacer burla de ellas, como el de la triste figura, las veneraba. Y con otra diferencia, la caballerías quijotescas son del ciclo carolingio sobre todo, mientras que las de Torralva son del ciclo artúrico, porque el Conde era de formación inglesa. De hecho, al comienzo del primer vídeo nos muestra un monociclo que compró a finales del XIX en Londres, uno de aquellos con pedal a una rueda enorme pues aún no se había impuesto la cadena.

Es decir, visitar la fortaleza que los árabes llamaron al-Mudawwar, de ahí el nombre, es entrar en un castillo interpretado, incluso teatralizado. Desde luego, Torralva está por todas partes, en la disposición de los espacios, sus contenidos y las correspondientes explicaciones. Es como un escenario de un castillo feudal que aúna las escenas más reales, duras y hasta crueles con las idealizaciones más poéticas. La torre del homenaje, perfectamente restaurada, acoge toda la solemnidad de un juramento de vasallaje (las figuras están un poco raídas) base misma del orden piramidal medieval a escasos diez metros por debajo del suelo en que se encuentra un siniestro ergástulo con unos infelices aherrojados a las paredes. Fuera, en un espacio abierto, una reproducción de la roca en la que estaba clavada Excalibur por orden de Merlín, en espera del Rey Arturo. Tres vértices: la visión legendaria del poder, su articulación jurídica y su fundamento coercitivo. Más claro, agua. Encima, Torralva rodea la peña artúrica con una preciosa colección de espadas desde una falcata íbera a los sables de la restauración, pasando por todo tipo de modelos, algunos imitación de legendarios, como las Colada y la Tizona del Cid, la de William Wallace y alguna de los cuatro mosqueteros. Creo que también está la Balmung, igualmente clavada por Odín en un roble para que la sacara el predestinado, Sigmund. Pero que los árboles no nos hagan desconocer el bosque. Los tres vértices aparecen culminados por un ojo: la espada, símbolo del poder.

El resto de la visita depara sorpresas no menos agradables y divertidas. Torralva vivía en un palacete neogótico que había mandado construir muy al gusto de su época porque su buen juicio lo llevó no solamente a restaurar concienzudamente la mole bereber, lo cual está bien, pero es pura imitación, sino a incrementar el valor artístico del conjunto con el estilo propio de fines del XIX. En esos aposentos siguen residiendo los descendientes. Si no entiendo mal, el hijo de Rafael, actual XIII Conde de Torralva, hace visitas guiadas en ciertas ocasiones, en las que muestra sus aposentos privados. Por cierto, se viste en el mismo estilo que su padre en los vídeos. Imagino que lo representa y, en efecto, la visita es teatralizada.

La torre del homenaje es albarrana, está separada del cuerpo del castillo, unida tan solo por un pasadizo aéreo que, al parecer, era un puente levadizo de madera, para cuando, habiendo sido tomada la fortaleza, había que refugiarse en la torre. Ahora es de piedra. De hecho, las matacanas miran hacia el interior, el patio de armas, de donde podían venir los ataques. Desde el punto de vista del Conde, podían habérselas ahorrado porque creo haberle oído decir en el vídeo que la fortaleza nunca había sido tomada. Y no estoy muy seguro de eso porque no se compadece con la leyenda de la hermosa Zaida a la que el propio Torralva de pábulo con el ilustrado y comercial propósito de dotar al castillo de su correspondiente fantasma. Encerrada por los almorávides en la mazmorra, Zaida murió de amor y tristeza cuando su amante, príncipe Al-Mamún de Córdoba, no pudo rescatarla porque lo mataron antes. Desde entonces su figura blanca recorre una vez al año los pasillos del lugar gimiendo. Pero, ¿no quiere eso decir que la fortaleza había sido tomada?

Hacen bien los Condes de Torralva en animar, dar vida al castillo. Por cierto, en una de las salas, para ilustrar la inexpugnabilidad de la plaza, se representa un sitio, supongo que de los almorávides, con movimiento de tropas y mucho aparato de catapultas de uno y otro lado, lanzando vistosas bolas de fuego. Me trajo a la memoria aquel curioso tío carnal de Tristam Shandy, especialista en fortificaciones y sitios del siglo XVII en el que vivía. Sterne tenía un punto cervantino muy fuerte.