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lunes, 11 de abril de 2016

Una ciudad solar

Al día siguiente de la visita a Itálica, rumbo de vuelta a Madrid, escogimos la ruta de la plata y fuimos a parar a Mérida, la Augusta Emérita de los romanos, ciudad de legionarios jubilados que habían combatido en las guerras del norte, mandada construir por Augusto, que llegó a ser capital de la Lusitania y alcanzó una gran prosperidad hasta nuestros días, en que es capital de Extremadura. El inmenso legado romano constituye un conjunto arquitectónico impresionante, declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO con toda razón. Imposible de visitar en un solo día, es forzoso hacer una selección en la que no puede faltar la visita al Museo de Arte Romano que, además de los tesoros que contiene, es una obra de Rafael Moneo muy digna de admiración porque está concebida para dignificar aquello que exhibe y es como una especie de resumen de la civilización romana, desde columnas colosales a alfileres, fíbulas, juguetes o cientos de monedas; desde frescos e inscripciones y estelas funerarias a mosaicos de muy variada traza; desde estatuas de divinidades o personajes a pórticos y arquitrabes de diversa procedencia; desde el peristilo de una vivienda a un mausoleo en la cripta que alberga el museo. Un museo que no cansa a pesar de sus enormes salas y estancias y que sorprende por la mucha diversidad de las piezas y su notable refinamiento.

Hay una abundante presencia mitraica tanto en el museo como en los espacios del conjunto arquitectónico exterior. Un edificio de este, de inexcusble visita por ser una domus romana de lujo en magnífico estado de conservación se llama  casa del mitreo, si bien parece que impropiamente porque toma el nombre de un probable santuario de Mitra que hoy está bajo la adyacente ciudad de Mérida. Pero, sea o no justo el nombre, es una prueba más de que hasta esta ciudad de mílites jubilados había llegado este dios solar de origen persa. Lógico, por lo demás porque Mitra tauróctonos (pues siempre se le representa con un gorro frigio y degollando un toro), aparece en el Imperio romano en el siglo I como culto más o menos mistérico probablemente traído por los legionarios que habían servido en el Oriente. Incidentalmente, no deja de tener su gracia que el mitreo real probablemente esté bajo la plaza de toros. El culto estaba basado en estrictas cofradías masculinas de las que se excluía a las mujeres, a las que consideraban, al parecer, "hienas". El mitraísmo, muy extendido en el Imperio entre el siglo I y el IV, llegó a tener ascendiente entre los emperadores pero estaba ya en decadencia cuando fue proscrito por el emperador Teodosio (el de Itálica), confundido con una divinidad sincrética pero desvaída llamada sol invictus. Hoy puede resultarnos extraño, pues nuestra visión del imperio está muy influida por el espíritu cristiano, pero durante siglos el mitraísmo compitió  con el cristianismo por el alma de los romanos. Curioso que fueran dos cultos con dioses procedentes de los confines más o menos bárbaros del imperio los que rivalizaran por imponerse en la capital del orbe civilizado y, al final, uno de ellos lo consiguió. Del mitraísmo resta hoy poco al margen de las diatribas de los padres de la Iglesia. Pero queda una abundantísima iconografía en todo el Imperio, en Roma y, por supuesto, en Augusta Emérita, entre otras. varias estatuas mitraicas del museo.

El teatro, el anfiteatro, el circo, los acueductos (especialmente el llamado "del milagro"), todas las obras públicas, el templo de Diana, el foro, etc., todo da para perderse entre piedras venerables y maravillas arquitectónicas. Pero, lo dicho, hay que seleccionar y nos fuimos directamente al teatro, ese lugar en donde se celebran hoy los afamados festivales. La maravilla que puede contemplarse en la foto, con su columnata, el dintel sobre el que hay una estatua de Némesis. Si uno no siente que algo inefable lo embarga, dé la vuelta y busque la estatua de Margarita Xirgu que hay en la parte posterior del teatro. Al parecer, otra gran actriz, María Guerrero, había intentado representar en este incomparable escenario, pero el celoso conservador de la época, alarmado por los decorados que traía aquella, lo impidió. Sin embargo, donde Guerrero fracasó, triunfó la Xirgu, gracias a su minimalismo, pues prometió no llevar decorado alguno, ni siquiera iluminación. Y así, en 1933, por primera vez en más de mil años, se representó en vivo en Mérida la Medea de Séneca, en traducción de Miguel de Unamuno y bajo la dirección de Cipriano Rivas Cherif, el cuñado de Azaña, quien ha dejado escrito un recuerdo imborrable de aquel acontecimiento. Margarita Xirgu, claro, interpretó a Medea y Enric Borrás, a  Jasón. Una prueba más de lo que fue la República. Luego vino la guerra civil y la barbarie fascista. Pero desde hace años las gentes podemos ver teatro en Mérida en esos magníficos festivales que, en realidad, inauguraron Xirgu, Unamuno, Rivas Cherif y, por supuesto, Séneca. 

sábado, 9 de abril de 2016

El aliento de las ruinas

A nuestra vuelta de Sevilla, de escuchar las sesudas razones de mis colegas para seguir ignorando el problema más acuciante que tiene eso que llaman su patria, paramos a visitar las ruinas de Itálica. Fundada en el 209 a. d. C., al final de la segunda guerra púnica, fue la primera ciudad romana en lo que luego sería España y, se dice, la primera fuera de Italia. Sobrevivió a Roma, a los visigodos y solo fue abandonada en tiempos de los musulmanes, hacia el siglo XII.

La ruinas son impresionantes y se conservan, mejor o peor, las de muchas edificaciones públicas y semipúblicas, como el anfiteatro, el teatro, los acueductos, las termas, el foro, un cardo impresionante que cruza lo que es el actual conjunto arqueológico de la "ciudad nueva" que  se encuentran fuera de la villa de Santiponce, actual población bajo la cual se supone yace el resto de la antigua ciudad, la "vieja" o vetus urbs. En el conjunto exterior hay numerosas villas privadas, muchas de ellas con bellos mosaicos en buen estado de conservación pero que dejarán de estarlo porque se exhiben sin protección alguna contra las inclemencias del tiempo. Aunque claro, eso les da un aire mucho más próximo, cercano, rodeado de ese hálito de melancolía que tienen siempre las ruinas de civilizaciones idas pero en las que nos reconocemos. Esa melancolía que destilan las estrofas del poema de Rodrigo Caro, de imborrable memoria bachillera, que saluda al visitante en la misma entrada: "Estos, Fabio ¡ay dolor! que ves ahora/Campos de soledad, mustio collado,/Fueron un tiempo Itálica famosa;/Aquí de Cipión la vencedora/Colonia fue; por tierra derribado/Yace el temido honor de la espantosa/Muralla, y lastimosa/Reliquia es solamente/De su invencible gente."

Famosa, desde luego, debió de ser Itálica que, según parece, comenzó como "colonia latina", al decir del poeta y fue luego ascendida por César a "municipium civium romanorum", esto es, a la dignidad de ciudadanos romanos. Luce su gloria haber sido la cuna de Adriano, Trajano y Teodosio, como recita Caro en su poema llamándolos honor de España, por esa tendencia, perfectamente comprensible por lo demás, de los habitantes de las provincias a equipararse con las grandes urbes, las metrópolis y a ufanarse de su aportación a la magnificencia del conjunto. Se conservan estatuas y vestigios adrianeos y trajaneos, incluso, hay un "traianum", restos de un templo posiblemente dedicado a Trajano. Pero si resulta extraño pensar en Trajano como "español" (por lo mismo que rechina pensar en Séneca o Marcial también como españoles, salvo para quienes creen que los españoles estamos aquí desde el paleolítico), fácil es calibrar cómo suena considerarlo rumano. Y el hecho es que, al haber conquistado -y romanizado- Trajano la Dacia, actual Rumania, los rumanos lo veneran como un verdadero padre de la patria. Padre de la patria lo llama también Caro, pero penando en España. Y los dos hablamos lenguas romances gracias, entre otros, a Trajano. Así pues, no extraña ver en Itálica pruebas de ese amor de los rumanos por Trajano, entre ellas, un trozo de la columna Trajana, regalo de aquel país eslavo, un tramo perfectamnte reproducido de  esa pieza de 30 metros de alta que está en Roma y en la que el emperador mandó perpetuar sus hazañas en bajorrelieve.

Itálica la fundó Publio Cornelio Escipión, llamado "el africano" por haber vencido a Aníbal en la batalla de Zama. Y la fundó para albergar a los soldados heridos en su campaña de la segunda guerra púnica, que le tuvo muy entretenido en la peninsula hasta llegar al momento de su más señalada victoria, producto de su ingenio, audacia y sentido de la oportunidad, cuando conquistó Carthago Nova, hoy Cartagena. y quebró el espinazo del poderío cartaginés. Siempre me han caído simpáticos los Escipiones, militares, políticos y gente ilustrada. Este Africano "mayor", fue  abuelo de Publio Cornelio Escipión Emiliano, también llamado Africano "menor" por haber terminado la tercera guerra púnica y también muy relacionado con Hispania porque fue el que conquistó Numancia, otro símbolo del orgullo español. Los escipiones formaban un círculo de literatos, filósofos, poetas que en nada tenían que envidiar a los de la rive gauche parisina. Por entonces Roma era una república que se disponía a conquistar el orbe conocido. Al círculo de los Escipiones pertenecieron, entre otros, Panecio de Rodas y el gran Polibio, que había llegado como esclavo griego y se convirtió en el gran historiador de Roma y todo a base de una enorme tolerancia y sincretismo, que les permitía acoger dioses extranjeros, divinizar a los emperadores y hasta integrar ideologías opuestas. Los Escipiones, gente de armas y orden, eran amigos de los Gracos. Escipión "numantino" estaba casado con su prima Sempronia, hija de Tiberio Sempronio Graco.

De todo ello, dice Caro, Solo quedan memorias funerales/Donde erraron ya sombras de alto ejemplo.

domingo, 13 de diciembre de 2015

La política, el amor y la guerra.

En el Centro de Exposiciones Arte Canal de Madrid hay una sobre Cleopatra curiosa de ver. No es una exposición al estilo ordinario con una muestra sobre un personaje o una obra o un estilo o un tema monográfico de algún arte, sino un género algo distinto, una mezcla de exposición y espectáculo con un claro carácter comercial. La exposición actual sobre el Titanic en el Centro Fernando Fernán Gómez, del ayuntamiento, es algo parecido olo que mucho más cara. Esta de Cleopatra cuenta hasta con un teaser en la red. Está bien concebida, es agradable de visitar, tiene una finalidad más lúdica que investigadora y tiene con fuertes apoyos pedagógicos. Casi es más lo que se narra de diversas formas (mediante leyendas en las paredes, tablets y vídeos) que lo que efectivamente se muestra que, por lo demás, tampoco es de extraordinaria calidad ni originalidad.

Las piezas expuestas, procedentes de muy diversos museos son, en general, de facturas modestas, copias u objetos de escaso valor museístico, un par de esfinges de granito rosa muy desgastadas, algunos bustos helenísticos, varios como retratos de Cleopatra, muchos camafeos, joyas, pendientes y utensilios diversos, estatuas con mezcla de influencia griega y egipcia, frescos bastante pobres de Pompeya y Herculano y algún retrato mal conservado de  Fayum.  Alguna estatua tiene interés, en concreto una en basalto de la propia Cleopatra como Isis que a ella los gustaba representar porque si los faraones eran dioses, la faraonas habían de ser diosas. Por supuesto, se agradecen un par de sarcófagos de momia, también bastante pobres y algunas reproducciones de animales, como un  cocodrilo y an par de estatuas de dioses cinocéfalos de procedencia egipcia. Por lo menos, ambientan.

Hay algunas piezas que pueden resultar más curiosas, por ejemplo un busto de Serapis, que permite visualizar la divinidad sincrética, inventada en Alejandría en la que se fundían Apis y Osiris por parte egipcia y Zeus y Poseidon por parte griega, para dar origen al dios Serapis, cuyo culto se incorporó al panteón romano y se extendió por todo el Mediterráneo. Su centro, claro es, en el Serapión de Alejandría. También un papiro íntegro, procedente, creo del Museo de Historia del Arte de Viena, en el que se representa una psicostasis o escena completa del juicio de Osiris del Libro de los Muertos. Siempre me ha llamado la atención esta antiquísima creencia, evidentemente relacionada con la leyenda cristiana del juicio final, en la que Anubis procede a pesar en una balanza la vida del reciente difunto, representada por su corazón, que se deposita en un platillo de la balanza y, en el otro, una pluma. Si el difunto no pasa la prueba, es destrozado por un monstruo. Si la pasa, su Ka, su alma, sobrevive en su cuerpo momificado.

La exposición está dividida en seis ámbitos, cada uno de ellos dedicado a evocar aspectos de la vida y tiempo de Cleopatra: Egipto, los Ptolomeos, Cleopatra, Egipto en Roma, Cleopatra en el arte, Cleopatra en el cine, teatro, opera, ballet y Egipto en España, por supuesto de muy desigual valor. Los cuatro primeros se ayudan además por dos vídeos en los que se narra y reproduce la historia que es contexto del personaje así como la vida de este. Viendo el relato en su conjunto, así en un orden divulgativo, queda claro que el interés principal no reside en la historia de Cleopatra, sino en el que la hizo posible: Alejandro Magno y su creación de Alejandría. Aunque el macedonio no llegó a ver construida su ciudad, esta acabó dominando culturalmente el Mediterráneo cuando el general Ptolomeo puso en ella su capital y declaró Egipto independiente del imperio alejandrino. En realidad es el comienzo de la riquísima época helenística, caracterizada por su acumulación no solo de dioses, sino también de filosofías, lenguas, culturas, artes, a través de Alejandría, centro comercial del mundo, cuyo faro era una de las siete maravillas y cuya biblioteca, incendiada por accidente a consecuencia de una medida de Julio César, era centro del saber humano. 

Es la época lo fascinante. Cleopatra es una peripecia personal. Pero, a su vez, simboliza su tiempo y en su historia, entreverada de leyenda, late una pasión y un  interés que han fascinado a literatos, sobre todo dramaturgos (como Shakespeare y Bernard Shaw), pintores o músicos. Es una historia de pasión, de guerra, intriga, luchas por el poder. Comienza en el primer triunvirato (César, Pompeyo, Craso) y termina en el segundo (Octavio, Marco Antonio y Lépido), en mitad de las guerras civiles de Roma y deja a su paso un reguero de asesinatos, suicidios, saqueos, persecuciones, venganzas, victorias y derrotas por tierra y mar. 

Cleopatra tenía ambiciones de conservar el trono de un Egipto que ya había heredado de su padre como una especie de protectorado encubierto de Roma. Al recibirlo empezó reinando con un hermano y luego con otro con los cuales se enfrentó a muerte hasta que se quedó sola gobernante. Se casó con ambos sucesivamente, pues los griegos de la dinastía Ptolomea no solo adoptaron cultos, ritos y formas egipcias sino también su costumbre de que los faraones se casaran con su hermanas, con lo que mantuvieron el incesto como provisión de la dinastía. Utilizó para sus fines todas las artes, las bélicas y las eróticas, fue de consuno con Marte y con Venus. Sedujo primero a César, con quien tuvo un hijo y, luego, tras el asesinato de este, volvió a Egipto solo para verse de nuevo inmersa en los planes de Roma para Egipto, momento en que también sedujo a Marco Antonio, con quien tuvo tres hijos. El arte ha sublimado esta seducción con la leyenda de cómo Cleopatra convenció a Marco Antonio bebiendo una copa de vinagre en la que había disuelto la perla más grande del mundo. En algún lugar hay un magnífico fresco de Tiépolo representando esta escena. Son los mimbres de las fábulas. Es fama la belleza de Cleopatra pero Plutarco dice que cautivaba por la palabra porque era una mujer muy culta que hablaba muchas lenguas. De hecho, parece que hablaba egipcio, lengua de sus súbditos que los Ptolomeos se habían negado a aprender.

El ambiente dedicado a las representaciones pictóricas de Cleopatra, como el resto de muestras de la exposición, mediocre. Vemos un boceto de Miguel Ángel, una Cleopatra de Waterhouse y otra de Fernand Khnopf y el resto anónimos, obras de taller y artistas poco conocidos. Siendo así que hay Cleopatras de Alma Tadema, Gêrome, del citado Tiépolo y de muchos otros autores al ser un tema, especialmente la muerte de la faraona, al que los pintores suelen recurrir porque justifica el desnudo.

El sentido comercial se acentúa en el penúltimo ambiente, el de Cleopatra y las artes escénicas en la que se recuerda que la historia se ha llevado al cine seis veces y haciendo hincapié en el hecho de que el papel fue siempre codiciado por grandes actrices. Soy capaz de recordar cinco de las seis: Teda Bara, Claudette Colbert, Vivien Leigh, Sofia Loren, Elizabeth Taylor. Hay abundacia de elementos escenográficos de cine y ballet y bastantes figurines, muchos de ellos obra del gran Leon Baskt, que trabajaba para el ballet Djiaguilev.

En fin, un buen sitio para solazarse en otra época al comienzo de la nuestra y a donde puede llevarse a los niños porque hay abundancia de talleres infantiles.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Diosas y brujas.

CaixaForum de Madrid expone 178 piezas procedentes casi en su totalidad de los fondos del Museo del Louvre sobre la mujer en la antigua Roma, la República y el Imperio. Hay una gran variedad: frescos, estatuas, bajo y mediorrelieves, algún sarcófago, tres estupendos retratos de Fayum, palmatorias, dijes, objetos de tocador, camafeos, mosaicos, etc. Todos incluyen representaciones de mujeres romanas.

La pintura posterior nos ha trasmitido una imagen tópica de la matrona romana bajo la figura de la caridad romana, generalmente una mujer de generoso seno que amamanta niños abandonados, huérfanos y hasta ancianos desvalidos, sedientos, quizá prisioneros. La próvida matrona romana, dechado de virtudes, y que representaba el modelo en el que se miraban todas las mujeres del imperio a la hora de seguir la moda.

Pero la exposición no se limita a las matronas ni los cánones de belleza o elegancia sino que abarca todo el arco de las funciones que la sociedad romana encomendaba a las mujeres. Y también de las idealizaciones y/o sublimaciones de que eran objeto como personajes de leyendas, plasmadas en todo tipo de soportes, desde anillos a estatuas de grandes proporciones. Porque, si bien la condición jurídica de las mujeres romanas fue siempre subalterna (aunque mejorando con el desarrollo de la equidad y el derecho pretorio)  su presencia en el imaginario mitológico y legendario etrusco y latino, así como en la vida social romana fue intensificándose con el tiempo.

La representación solemne femenina más habitual es la de las diosas. Las más frecuentes, Diana, Juno, Minerva y, sobre todo, Venus, que gozaba del máximo predicamento, no porque los romanos fueran especialmente dados al erotismo, sino porque era la madre de Eneas, el príncipe troyano que fundó, precisamente, la monarquía romana. Junto a las diosas, las vestales y sacerdotisas, seres de luz y por supuesto, su contraparte las ménades, figuras báquicas, habitantes del mundo dionisiaco, que se materializa en los misterios más oscuros, primigenios violentos, como los ritos órficos, en donde Orfeo, despedazado por aquellas es, en cierto modo, un trasunto de Dionisos. Como los misterios de Eleusis que remitían a la cadencia estacional de la leyenda de Démeter y Perséfone y tenían un elemento de culto fálico en una interpretación relativamente nueva que se explica en la exposición en un  vídeo. Interesante asimismo una estatua de Hermafrodito absolutamente explícita que podría emplearse como símbolo actual del bisexualismo.

Abundan las representaciones femeninas del mal en figuras que eran muy familiares a los romanos y habitaban su vida cotidiana: la Gorgona Medusa (tan preferida entonces como en las representaciones plásticas posteriores), las sirenas, la quimera, la esfinge o la imagen de Medea no solo asesinando a sus hijos, sino tratando de envenenar a Teseo, un episodio menos conocido en la larga carrera de Medea. 

Pero también encontramos referencias al lado amable, poético, de las mujeres. Una serie de pinturas procedentes de Pompeya pasa revista a ocho de las nueve musas, presididas por Apolo en el Parnaso y también las tres Gracias, cuya representación sigue luchando por su autonomía, por así decirlo, frente a la fuerza que tienen las tres diosas, Juno, Minerva y Venus que protagonizan el juicio de Paris. 

Abundan las representaciones de leyendas concretas como motivos ornamentales y el visitante tendrá ocasión de contemplar versiones distintas, algunas muy curiosas, de Io y Hermes, Leda o la fulminación de Sémele, lo que siempre es instructivo a la hora de pedir deseos a los dioses.

En Roma, la patriarcal, las mujeres son idealizadas y abundan en las representaciones artísticas más fabulosas o más pedestres, pero están ausentes de los roles de la vida pública: no hay emperadoras, ni juezas, ni pretoras, ni generales, cónsules o pontífices femeninos. Han pasado veintitrés o veintiuatro siglos, y la situación ha cambiado algo, pero tampoco mucho.

viernes, 18 de septiembre de 2015

El final de los imperios.


Cuando, hace ya algunos años, vi la película de Ridley Scott, Gladiator, los planos de Russell Crowe (Máximo) entrando o saliendo de su mansión campestre en España, me trajeron a la memoria la villa romana de la Olmeda en Pedrosa de la Vega, provincia de Palencia.  Son las escenas en flash back en que el general  recuerda sus campos cultivados y su vida familiar en compañía de su mujer y su hijo asesinados luego por orden del emperador Cómodo, quien también ordena destruir e incendiar la mansión para castigarlo por negarse a acatarlo como emperador. Imposible no ver en la memoria, o quizá imaginar, los campos cercanos al río Carrión en los que algún noble romano hizo construir su mansión hacia el siglo IV, muy cerca de otra villa anterior, del siglo I, más en la época de Cómodo, pero destruida en el siglo III. No se conocen los nombres de los propietarios del latifundio, aunque hay señales de que uno de ellos pudiera haber sido Asturius, general quizá de Constantino o Teodosio, como Máximo lo era de Marco Aurelio.  La villa de la Olmeda, obra tardoimperial, fue destruida a lo largo del sigloVI. Visión y recuerdo, en la película y en la realidad. Así que este verano hicimos una escapada a Pedrosa de la Vega y, luego, a Saldaña, en cuya iglesia de San Pedro se conservan muchas piezas arqueológicas procedentes del latifundio y dependencias adyacentes así como necrópolis, a ver cómo seguían las excavaciones.
 
Porque la primera vez que la visité fue a mediados de los ochenta  después de que el ingeniero agrónomo Javier Cortés, propietario del terreno, donara el conjunto a la diputación de Palencia para que prosiguiera las excavaciones. Él hizo el primer descubrimiento por casualidad en 1968 y, durante doce años, fue desenterrando construcciones, reparando mosaicos, ampliando lo excavado, hasta que vio que era una tarea superior a sus posibilidades e hizo la donación de lo que está considerado como uno de los mayores yacimientos arqueológicos europeos y una de las mayores villas de todo el imperio romano. El hallazgo de una vida.
 
 La diputación reabrió el sitio en 1984 al tiempo que seguía ampliando las excavaciones. Desde entonces se han hecho muchas ampliaciones y, aunque la parte rústica queda por descubrir, la urbana está ya toda a la vista, en magnífico estado de conservación y muy cómoda visita mediante unas pasarelas fijas que permiten contemplar los mosaicos del oecus, la parte noble. Son muchas las habitaciones que conservan mosaicos y para observarlos es muy útil una detallada guía de José Antonio Abásolo y Rafael Martínez, catedráticos de Arqueología de la Universidad de Valladolid. Hay multitud de dibujos, pautas, formas y colores, motivos vegetales y sobre todo geométricos. Llaman la atención las cruces gamadas tranto dextrógiras como levógiras, por razones comprensibles porque parece que son signos iranios pero que obviamente habían hecho un largo recorrido. También la primera vez que visité el lugar me llamó la atención una cantidad regular de conchas de ostras que testifican de cierto lujo en el vivir, hoy reducidas a una pequeña muestra pero igualmente significativa.
 
Los dos conjuntos de mosaicos más interesantes tienen motivos figurativos y muy curiosos. Uno de ellos representa el episodio en que Ulises, "el de los mil trucos", según Homero, descubre a Aquiles, disfrazado de  doncella entre las hijas del Rey Licomedes, a donde le había llevado su madre para evitar que fuera a la muerte en la guerra de Troya. Es un tema que se repite mucho en la pintura del clasicismo y el neoclasicismo porque es muy sugestivo, el del reto para el artista de representar el momento en que surge el hombre en ímpetu viril y belicoso del cuerpo de una dulce joven y el pasmo e intriga de su compañeras.
 
El otro mosaico también muy bien conservado son figuras de animales, leones, ciervos, etc en escenas de caza, muy vivas, muy fidedignas pero, eso, escenas de caza que nunca me han parecido especialmente interesantes, aunque sin duda tienen mucho mérito.
 
El palacio es una maravilla de proporción y variedad. Con la guía de Abásolo se pueden ir siguiendo los conductos del sistema de calefacción del hipocausto porque es fácil imaginar el frío que debe pasarse en invierno en Palencia, clima continental. Igualmente es magnífico el complicado sistema de baños con todos sus apartados y diferentes funcionalidades.
 
A la entrada se erige una arcada minuciosamente recostruida con las piezas auténticas que se encontraron dispersas y enterradas. Da paso al peristilo, el patio interior cuadrado que reproduce a escala menor del cuadrilátero del palacio, flanqueado por cuatro torres y que, en su tiempo, constaba de dos plantas.
 
Esta villa era el centro, casi una pequeña ciudad, de una intensa actividad agropecuaria en la que interactuaban personas de muy diversa condición, criados, esclavos, libertos, ciudadanos romanos, la familia, los comerciantes y extranjeros, muchos de ellos con nombres griegos o de otras procedencias. Una actividad que fue decayendo poco a poco, para dar paso a las medievales en los alrededores (como se prueba por las necrópolis) hasta desembocar luego en la nobiliaria Saldaña. Un imperio sustituía a otro.
 
 

viernes, 11 de septiembre de 2015

El paso de los pueblos.

Con tantos acontecimientos públicos, tan intensos y en los que tiene uno que implicarse por ser hombre de este tiempo, llevo una  temporada sin subir posts de temas que no sean políticos. Pero eso no quiere decir que haya descuidado esta vertiente palinúrica. Solo ha pasado a un segundo plano por necesidades del momento. Sin embargo he ido acumulando material que aflorará a medida que el torbellino del día a día lo permita. Y esta es una buena ocasión: aprovechando la calma chicha inmediatamente anterior al estallido reivindicativo de hoy con la Diada catalana, aprovechamos para hacer una visita a las ruinas grecorromanas de Empùries, Ampurias en español, muy cerca ya de la frontera con Francia. Casualidades del destino, uno de los mosaicos de la ciudad griega de la segunda época, la que el primer director de las excavaciones en 1908, Puig i Cadafalch, bautizó como Neapolis para distinguirla de la más antigua, Palaiopolis, muestra la escena homérica del sacrificio de Ifigenia en Aúlide. Lo consideré premonitorio porque, como se recordará, el sacrificio de Ifigenia es el tributo que Artemis exige a Agamenón para que termine la calma chicha que impedía zarpar hacia Troya a la flota de los argivos.
 
Hacía un día estupendo, soleado, el cielo azul, la mar añil, casi nadie en las excavaciones, que, por cierto, aún no han concluido ni lo harán en mucho tiempo, propiciaban la meditación y el ensueño. Los extensos y silenciosos recintos que albergan tan variadas ruinas, con sus murallas ciclópeas y los restos de sus tres ciudades, las griegas y la romana, en un paísaje de arenisca, granito y coníferas, asomado al golfo de Rosas, hablan a través de las piedras, las avenidas, los altares, los templos, los foros y los abundantes restos de construcciones industriales, comerciales. Porque eso fue desde el principio Emporión, esto es, "mercado", un asentamiento griego del siglo VI a.d.C., similar a los otros del litoral occidental del Mediterráneo, como Marsella o Hemeroskopeion, hoy Dénia. Emporión llegó a ser tan importante que se quedó como propio el nombre común de emporio y así lo recogieron luego los conquistadores romanos.
 
Por Ampurias pasaron muchos pueblos. Los que se asentaron en primer lugar en una zona que ya estaba poblada por indígenas indigetes (la única que paradójicamente sigue habitada hoy día como San Martí d'Empùries), esto es, los fundadores de la colonia, fueron comerciantes focios, provenientes de la próspera Focea, en el Asia Menor. De los focios, que prácticamente desparecieron cuando Lidia fue conquistada por los persas, decía Herodoto que fueron los primeros navegantes. Y la prueba está en Ampurias, a donde llegaron desde el otro extremo del Mediterráneo.
 
Las excavaciones han sacado a luz no solo los planos de las ciudades y diversos edificios cuyo uso todavía esta pendiente de explicación, sino buena cantidad de piezas de todo tipo, ajuares, utensilios de cocina, ánforas, crateras, monedas, armas, etc que atestiguan del esplendor de una colonia de comerciantes muy influida por los cartagineses y en tratos frecuentes con los tartesios, los etruscos, los demás griegos, los egipcios, etc. Toda esta riqueza se exhibe en un museo aledaño bien provisto que asimismo alberga la estatua de Asclepios, la más importante del conjunto que debía de encontrarse en los restos del templo que, al parecer, se edificó sobre otro dedicado a Artemis y de ahí, claro, el mosaico de Ifigenia.
 
Durante la segunda guerra púnica, los romanos conquistaron Ampurias con el fin de romper la retaguardia del ejército de Aníbal, que había invadido Italia. Lo hizo Cneo Cornelio Escipión Calvo, el de la "pira de Escipión". Más tarde, a raíz de una sublevación de los indígenas, Roma mandó una fuerza expedicionaria que la sofocó y se asentó definitivamente, dando origen a la ciudad romana. Desde Ampurias, Roma comenzó la conquista de toda Iberia. La antigua Emporión focia fue la puerta de la romanización de la península.
 
Llegaron  luego los visigodos, de los que hay algunos, pocos, restos, los árabes y finalmente los cristianos que construyeron algunas iglesias medievales una de las cuales, convenientemente desacralizada, alberga el museo de Ampurias. 
 
Merece la pena pasar unas horas en un lugar en el que durante más de 2.500 años han vivido, comerciado, guerreado y creado tantos pueblos con tantas tradiciones. Serena el ánimo y lo contenta. 

(La imagen es una foto de ikimedia Commons, bajo licencia GNU).

sábado, 4 de abril de 2015

Espartaco vencerá.

Pero no sabemos cuándo. De momento lleva 2.000 años de derrotas. Pero no ceja. No puede. La rebeldía es su naturaleza y su razón de vivir. Y de morir.

Capitán Swing acaba de publicar un libro de memorias parciales de Kirk Douglas titulado nada menos que Yo soy Espartaco. El título se las trae y demuestra lo importante que fue esta película para Douglas. Quienes la  hayan visto recordarán el momento en que Espartaco se identifica ante el pretor Craso y, de inmediato, todos los hombres de su ejército gritan al unísono ¡Yo soy Espartaco!, un Fuenteovejuna mil quinientos años antes pero tan electrizante como él.

No he leído el libro, aunque me propongo hacerlo, pues su contenido, por lo que se ve en el magnífico artículo de Iván Reguera versa sobre la truculenta historia del rodaje y cuenta los entresijos de la peripecia del guionista, Dalton Trumbo, al que el Comité de Actividades Antinorteamericanas puso en la lista negra de Hollywood en 1947 por actividades comunistas. Trumbo se acogió a la enmienda V de la Constitución y se negó a declarar y delatar a sus compañeros y, en 1950, pasó casi un año en la cárcel por desacato al Congreso. Con semejante baldón en la era macarthysta, el escritor era un apestado, un marginado, sobrevivió como pudo, tenía que firmar sus trabajos con seudónimo. El ostracismo duró muchos años. Un ejemplo: su novela pacifista Johnny cogió su fusil famosísima desde su publicación en 1939, con un premio nacional ese año, solo se hizo película (dirigida y guionizada por él) en 1971.

Douglas parece sostener en su libro que fue él quien rompió la lista negra, reconociendo públicamente el guión de Trumbo. Eso parece un poco lioso y hay quien sostiene que el autor no cuenta la verdad o solo parte de ella. Habrá que leer el libro para hacerse un juicio. Pero, sea cual sea este -si Douglas reconoció el crédito de Trumbo o si este lo forzó u otros factores- lo que nadie puede negar es que se requería valor para contratar a Trumbo como guionista en 1960. Era romper la black list. Y es un valor de Douglas. Lo había precedido, y ello ayudó sin duda, Otto Preminger, quien había confiado a Trumbo el guión de otro exitazo, Exodo, de Leon Uris-, e hizo público el nombre.

Junto a Trumbo aparece otro nombre del que no sé cuánto se tratará en el libro: Howard Fast. Y no es nombre menor dado que es el autor de la novela Espartaco, de la que sale el guión de Trumbo. Al igual que este, Fast era judío (si bien sus padres eran inmigrantes), militante del Partido Comunista de los Estados Unidos, que abandonó en 1956, con motivo de la invasión soviética de Hungría (Trumbo lo había hecho en 1948), también citado ante el Comité de Actividades Antinorteamericanas, también se negó a declarar y a denunciar a sus compañeros y asimismo pasó tres meses en la cárcel por desacato. Fue en la cárcel en donde empezó a escribir Espartaco. Ignoro si el film reconoció la autoría de Howard Fast. Supongo que sí. Pero era tan comprometida como la de Trumbo.

Tengo especial devoción por Fast, un novelista prolífico.He leído muchos de sus libros, anteriores y posteriores a la novela sobre el esclavo tracio. He crecido con ellos. Me acompañó en la adolescencia y primera juventud. No es un gran novelista y su estilo es llano, sencillo, periodístico, pero siempre cuenta historias heroicas de pueblos y gentes en lucha por la libertad, ya sean Tom Paine, los cheyennes, los negros o... los judíos. Su historia de los Macabeos enciende el ánimo y su Historia de los judíos es un canto a la libertad. Curiosa época en la que la izquierda ensalzaba la lucha por la libertad de los judíos. Por eso puso Preminger a Trumbo en el guión de Exodo y por eso la película tiene tanta fuerza. Y ahí siguió el hombre, en esa actitud admirablente pugnaz contra las injusticias del mundo, como lo prueba en sus últimos libros, El proceso de Abigail Goodman, sobre el aborto y Greenwich, escrita poco antes de morir, en la que repasa en forma de ficción parte de su vida.

Howard Fast es esencial. Sin él no hubiera habido Espartaco, esa novela que, muy apropiadamente, empezó a escribirse en la cárcel, en una prisión parecida a los ergástulos que tan bien conocía el esclavo tracio que se alzó en armas en contra de Roma y la puso en apuros en la IIIª guerra servil o guerra de los esclavos.
 
La sublevación sucumbió y Espartaco murió en la última batalla del río Silario, en 71 a.C. Su nombre desapareció de la historia. Pero no había muerto. Resucitó en 1918, cuando Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht fundaron la Liga espartaquista a partir del Grupo Espartaco, con el que se habían integrado en el ala izquierda del Partido Social Demócrata Independiente, una escisión del SPD por la actitud de este en la Primera guerra mundial. Tanto Luxemburg como Liebknecht lucharon por mantener el Spartakusbund como una izquierda entre la socialdemocracia y los bolcheviques. Pero, a fines de 1918, la mayoría de espartaquistas apoyó la propuesta del enviado de Lenin, Karl Radek, de convertir la Liga en Partido Comunista de Alemania. Mes y medio después, ambos revolucionarios fueron asesinados por militares de la división de caballería. Hay quien dice que también con conocimiento del ministro del Interior, el socialdemócrata Noske, cuyos Freikorps reprimieron cruentamente la sublevación espartaquista de enero de 1919. Con la muerte de Mehring el mismo mes y el asesinato en marzo de Leo Jogiches, pareja de Rosa Luxemburg habían muerto todos los dirigentes espartaquistas. Como Espartaco. El espartaquismo volvía a apagarse.

Aunque no del todo. Resucitaría, al menos nominalmente, aquel mismo año de 1919 en el título de la famosa obra de Constancio Bernaldo de Quirós, El espartaquismo agrario andaluz que, refiriéndose a sublevaciones campesinas andaluzas en torno a la zona de El Arahal de muy distinta naturaleza y condición en el siglo XIX, evidentemente, echa mano de la resonancia del nombre del espartaquismo para calificar fenómenos que nada tenían que ver con él e, incluso, eran anteriores. Pero los elementos esenciales están: jornaleros, campesinos, explotados, prácticamente esclavos, sublevados y durante reprimidos.

Espartaco resurge en la inolvidable película de Kubrick/Douglas, de Trumbo/Fast. Y ahora de nuevo en este libro de Douglas que grita aun en su muy avanzada edad. Yo soy Espartaco.

Palinuro también es Espartaco, que algún día vencerá.