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viernes, 13 de marzo de 2015

Bárcenas en UGT.

La prueba de que el dinero es poder es que corrompe tanto como él. Ahí está la UGT, defensora de los derechos de los trabajadores, viviendo a costa de estos junto a los demás mangantes, todos dedicados a expoliar los ahorros ajenos y  darse el vidorro padre. La UGT, con sus banderas rojas al viento.
 
La cara que se le está quedando a la gente. Las conversaciones por la calle. El cachondeo de las redes sociales. Este gatuperio que no cesa embota la capacidad crítica. Las tarjetas black del sindicato de los EREs y los cursos de formación y demás chanchullos son ya la alternativa en la importante plaza madrileña de la corrupción.

El ministro de Defensa, Morenés, lleva firmados treinta y tantos contratos con las empresas en las que trabajaba antes de ser ministro, sumamente ventajosos para ellas y a las que a lo mejor vuelve cuando deje el cargo. Y ni se le pasa por la cabeza dimitir. Solo dimiten los débiles, no los hombres de verdad, que trabajan para fábricas de bombas de racimo, un invento sumamente cristiano.
 
La Iglesia podría atacar con su autoridad este grave declive de la moralidad pública. Por ejemplo, monseñor Rouco Varela, desde su ático de 370 metros cuadrados y un millón y pico de coste, auxiliado por un cuerpo de casa compuesto por dos monjas y un cura. Humilde y austero como su tocayo San Antonio, abad del desierto, el de las tentaciones.
 
El gobierno lleva tiempo dedicado a hacer lo que mejor hace: nada. Bárcenas acusa al PP de haberse financiado con cargo a su próvida caja B en las elecciones europeas de 2004. Otro presunto delito. Da igual. Nadie va a responder y mucho menos dimitir. Y es lógico. No pasa nada que no pase todos los días.

No obstante, queda siempre un punto romántico de desengaño: ¿un ministro traficante de armas? ¿Un cura que vive como Dios? ¿Un tesorero apandador? ¿Unos políticos defraudadores? Pues, sí, cosa de todos los días. Pero ¿unos sindicalistas chorizos? Pues también.  En todas partes cuecen bárcenas.

jueves, 5 de marzo de 2015

Los vientos de la historia
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La poética imagen es de Fernández Toxo. Él habla de un solo viento, pues tiene una concepción unitaria de la meteorología y la aerodinámica. Palinuro, que presume de pluralismo, habla de los vientos. En la historia no hay un solo viento, como no rige una sola ley. Hay muchos, desde la suave brisa al huracán; y muchas leyes, desde la divina a la del más fuerte, y todas batallan entre sí. Los vientos son varios, plurales, hasta para un sujeto colectivo, pero unitario, como el pueblo: Vientos del pueblo me llevan,/vientos del pueblo me arrastran,/me esparcen el corazón/y me aventan la garganta, decía el poeta de Orihuela.
 
A Palinuro también le aventan la garganta los vientos que soplan en la historia de España. Vientos sobre los que nos advierte Toxo sin caer quizá en la cuenta de que él mismo es candidato señalado a ser barrido por ellos. El viento de las renovaciones y reinvenciones. Se necesita un cierzo potente que sacuda las estructuras burocratizadas, plúmbeas,  de los dos sindicatos que empiezan por no ser capaces de unirse. Por eso sus dirigentes van a todas partes juntos, como Hernández y Fernández, o Tweedledum y Tweedledee, o Balin y Balan, objetos de críticas y chirigotas. Sindicatos que pactan con gobiernos, patronales, bancos, que hacen negocios, chanchullos y tienen un problema real de corrupción. El viento de la historia.
 
Al PP, una galerna. Ese bunker de corrupción tiene que volar por los aires y aterrizar en el patio de alguna cárcel de seguridad para que quienes llevan años haciendo trapacerías, llenándose los bolsillos, forrándose con el dinero de todos, con auxilio de algunas sanguijuelas de la oposición, no tengan ya de dónde seguir robando. Pueden montar un máster de cómo privatizar lo del común en beneficio de los amigos y allegados. La enseñanza será buena en la teoría pero algo deficiente en la práctica ya que a ellos los ha barrido el viento de la historia. Presentar o no presentar a Aguirre y González como candidatos es un problema angustioso. En principio, los dos son impresentables. Pero, si no los presentan, ¿con qué cara presentan luego a Rajoy de candidato a la presidencia del gobierno?
 
Los vientos son favorables a Podemos y Ciudadanos, las materializaciones de la renovación, la reinvención y la regeneración, que prosperan sostenidos por un levante suave y húmedo. La historia, piensan, es suya. Pero ya empiezan a mirarse de reojo porque se ven cabalgando un impulso con elementos en común y eso es mal asunto cuando se está en una carrera con un objetivo común: ganar. IU, en cambio, se agosta con un poniente achicharrador. Por más vueltas que le dé, la parrilla siempre está al fuego y Garzón tiene cada vez más figura de San Lorenzo. De Convocatoria por Madrid no va a dejar ni las briznas porque recuerda aquella pintoresca Internacional Segunda y Media, entre la aburguesada IIª y la revolucionaria IIIª Internacionales. Unas gentes realistas que creían que la vida entre dos ruedas de molino puede ser cómoda.
 
El terral sopla sobre el PSOE. Le es favorable, pero provoca mucho trastorno en el interior. Vuelan las vajillas. Sánchez ha dado dos golpes de autoridad en Madrid. Gómez, fuera; Gabilondo, dentro. Con ello ha logrado suficiente influencia para acordar una fórmula razonable con la taifa andalusí: dos actos electorales con el mando federal; el resto, cosa de la presidenta Díaz. Compárese con Rajoy, quien parece tener la intención de mudarse a la calle de las Sierpes, a ver si consigue que alguien identifique a su candidato. El gesto de Sánchez tiene que amigarlo con la izquierda de su partido que, es muy protestaria y un pelín faltona porque también viene con el viento de la historia pero que, entre otras cosas, puede detener la hemorragia de votos del PSOE por la izquierda. Lea Sánchez el artículo de Bea Talegón en El Plural y júntese a hablar con estas hierbas del abandonado patio trasero de la izquierda del PSOE.
 
A UPyD no la barre el viento de la historia sino la falta de él. Está fuera de las corrientes, rumiando su amargura de haber acertado en las propuestas sin que nadie se lo reconozca y, menos que nadie, el electorado. El objetivo no se alcanza, la flota está en calma chicha, sin poder arrancar, como los griegos en Áulide. No hay ni viento de la historia. Y ver quién le dice a Rosa Díez que su destino, si quiere salvar el proyecto, es el de Ifigenia.
 
Los catalanistas vienen completamente pertrechados para la batalla final. Septiembre se perfila como la avalancha de guerreros que los nacionalistas españoles consideran tribus hiperbóreas  y los catalanistas ordenadas y gloriosas legiones al mando de Sant Jordi en combate contra el dragón castellano/borbónico. Allí chocarán  ambos con fragor metálico entre el que rugirá furiosa la tramontana, que quizá nos lleve a otro tiempo. Y otro país.

martes, 16 de diciembre de 2014

Podemos tiene razón.

No digo en todo lo que polemizan, en los tropecientos y pico asuntos con que les buscan las vueltas, que si la deuda, la jubilación, los impuestos, la nacionalización de la banca, Venezuela o los crímenes de la Mano Negra. Tampoco en su esgrima de alianzas y antialianzas con estos o aquellos. Tanta minuciosidad me supera y expertos tienen los novísimos que los defenderán con denuedo y les buscarán su mejor nicho electoral.

Me limito modestamente al asunto de ese pacto social anunciado con clarines y timbales y escenificado según solemne protocolo con asistencia de los dos jefes sindicales, la devota ministra del ramo y el estadista de la gran nación, presunto receptor de sobresueldos y gran señor de la historia. En concreto, me refiero al rechazo rotundo de Podemos a ese acuerdo. Ya Joaquín Estefanía relativizó su importancia, diciendo que era exagerado llamarlo pacto social. Los de Podemos van más allá y se niegan a admitirlo porque, por principio, rechazan todo pacto social con los partidos de la casta, singularmente ahora el PP, que está desmantelando el Estado del bienestar.

Tiene razón Podemos a mi entender. Pero se queda muy corto o a mí me faltan entendederas. Ese pacto social no es insuficiente o contrario al Estado del bienestar, no. Es simplemente, un toco mocho. Veamos. Los parados de larga duración que cumplan ciertos requisitos recibirán 425 euros mensuales de las arcas públicas durante un periodo fijo. A cambio, firman un compromiso de actividad por el que vienen obligados a aceptar un puesto de trabajo cuando se les ofrezca. El patrón que contrate a una persona en estas condiciones podrá descontarle los 425 euros del subsidio que ya le paga el Estado. Pero, ¿quién es el Estado? Nosotros, los contribuyentes. Somos los contribuyentes quienes pagamos los salarios de los parados en estas circunstancias, no los patronos que, sin embargo, se aprovechan de su productividad. Un toco mocho perfecto: los empresarios contratan mano de obra con nuestro dinero; han socializado los costes laborales. Pero no los beneficios, claro. Hasta a mí se me ocurren diez modos de subvenir a las necesidades de los parados de larga duración sin aumentar por ello la explotación de la gente. 

¿Se entiende por qué se les ha quedado a los dos sindicalistas la cara que se les ha quedado? Sospechan el toco mocho, pero no lo pillan.

¿Se entiende por qué los empresarios dicen que Rajoy es un nuevo Solón?

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Balance (provisional) de la huelga.

Esta huelga general ha sido un exitazo por dos razones:
a) si, con todo lo que está pasando, con cerca de seis millones de parados, más millones de trabajadores precarios, desprotección absoluta de los empleados, carencia de derechos, prepotencia del poder, violencia represiva cuasifascista de las autoridades de orden público, amenazas sin parar de los gobernantes, empleo de agentes provocadores o sea, de delincuentes, para criminalizar a la oposición, chantaje, cerrada campaña de mentiras e insultos de los propagandistas a sueldo (altísimo) de los gobernantes; si, con todos los factores en contra, ha habido huelga -y qué huelga- el triunfo ha sido total.
b) Objetivamente hablando la jornada ha sido una de absoluta disrupción de la vida cotidiana del país: todos los puertos de mar, cerrados; la industria, parada; los europuertos, a menos del 50% (700 vuelos cancelados en el de Barajas), el comercio a medio gas, cortes de tráfico en todas las capitales importantes de España, cargas policiales abusivas (bien claro ha quedado cómo los policías defienden los intereses del patrón, no de la gente), docenas de herid@s, detenid@s, etc.,  grandes centros de distribución (mercamadrid, mercamálaga, mercabarcelona, etc) cerrados a con alteraciones, disturbios en las cocheras de las grandes ciudades, grandes almacenes y bancos, blindados. Todo ello quiere decir que la huelga ha sido un éxito.
Cuando, frente a todo esto, el gobierno afirma que la situación es de normalidad hace lo único que sabe hacer: mentir y tomarnos a todos por idiotas, como lo es él. Trata de disimular esta mentira visible para quien se dé una vuelta por las calles de cualquier ciudad de España, falsificando datos y haciendo todo tipo de trampas. Por ejemplo, todos los organismos públicos, ayuntamientos, etc, han mantenido encendido el alumbrado público a plena luz del día con el fin de falsear los datos del consumo eléctrico, despilfarrando el dinero público en provecho propio. Es deir, robando, como hacen siempre. Eso es lo único que este gobierno hace bien: mentir, engañar, falsificar la realidad. A ello le ayuda la tropa de propagandistas a sueldo (muchos chupando del erario público o pura mamandurria de las que Aguirre reparte entre sus client@s si son fieles, aunque no tengan el graduado escolar) encargados de atacar la huelga y seguir mintiendo sobre ella, sus perr@s mediátic@s.
Ese monumento a la mentira y la ineptitud que es Rajoy ya ha hecho saber que no piensa variar un ápice su desatentada política y el amigo De Guindos ha dicho la habitual sinsorgada del gobernante tiránico: mi política es la única posible. Con todo, está claro que dos huelgas generales en un año han dejado tocado del ala al registrador de la propiedad y que la guerra interna en su partido para tratar de sustituirlo por alguien que sepa lo que hace antes de que el país se hunda del todo ha comenzado.
Ahora estamos en las manifas porque la cosa no ha terminado todavía. Seguiremos hablando.
Salud.

lunes, 12 de noviembre de 2012

La huelga general y sus detractores.

Casi seguro la huelga general del 14N será un éxito porque las circunstancias generales del país empujan a ello. Son los recortes, los desahucios, las estafas, los suicidios, las huelgas de hambre, la corrupción, los privilegios, las privatizaciones, los expolios, las malversaciones, los embustes, la demagogia, la codicia, el cinismo, el enchufismo, el caciquismo, la arrogancia, la corrupción, la represión, etc los que han cebado esta situación explosiva. Es un gobierno que lleva un año imponiendo medidas de ajuste que producen los efectos contrarios a los supuestamente pretendidos. Un año incumpliendo sistemáticamente su programa electoral y gobernando de espaldas al Parlamento por el que Rajoy prácticamente no se deja ver y en el que actúa como una apisonadora la mayoría absoluta del PP.
Todo eso explica por qué esta huelga parece contar con un apoyo masivo, mucho mayor del que tuvieron las anteriores. Sin duda por esto también han comenzado a batir el cobre en el otro lado de la trinchera, atacando la huelga. Juan Rosell, el jefe de la CEOE, considera que la huelga "política" del 14N es una barbaridad. A Rosell la inquina a la huelga le viene de atrás. Con motivo de la reforma laboral de Rajoy pedia completar la faena regulando el derecho de huelga. Regular, ya se sabe, como modular en la terminología de la gobernadora Cifuentes, esto es, restringiendo el derecho o suprimiéndolo. Y lo que más parece molestar a Rosell es su carácter político. A ese dato se aferra Esperanza Aguirre para sostener en su blog que la huelga general debiera estar prohibida, al hecho de que sea una huelga política. No deja de tener gracia que una política considere que el que algo sea político lo hace ilegal.
Argumenta Aguirre, con lógica aplastante que, al no haberse dado cumplimiento al mandato constitucional de regular por ley el derecho de huelga, sigue en vigor el Decreto-ley de 4 de marzo de 1977 que lo contempla y que en su primer párrafo declara ilegal la huelga cuando se inicie o sostenga por motivos políticos o con cualquier otra finalidad ajena al interés profesional de los trabajadores afectados. Lo cual está muy bien. Pero olvida Aguirre que la Constitución trae una clásula derogatoria que deja sin efecto toda norma anterior que se oponga a lo que ella (la Constitución, no Aguirre) disponga, por lo cual, ese Decreto-ley no es de aplicación y el derecho de huelga -reconocido en la Constitución- se ejerce en un vacío legal.
El adjetivo política no tiene por qué suponer un falseamiento de una relación laboral. Cabe debatir sobre el alcance del término política aplicado a la huelga. Una visión estrecha califica de tal toda movilización que no tenga una causa inmediata de conflicto laboral concreto. Sin embargo, el carácter de general de la huelga desmiente este punto y ron razón. El gobierno actúa claramente en interés de la patronal y frente a los trabajadores, hasta tal punto que cabe aplicar al Estado la famosa definición marxista de que se trata del comité que gestiona los asuntos de la burguesía. Es el gobierno el que está menoscabando los derechos de los trabajadores, condenándolos al despido gratuito, eliminando la contratación colectiva. Lo hace en beneficio de los empresarios y en contra de los intereses de los trabajadores de forma que, cuando estos van a una huelga general y la hacen en contra del gobierno, están defendiendo clarísimamente sus condiciones laborales, sus intereses profesionales. La huelga será política pero no ilegal. Lo que es ilegal, es decir, anticonstitucional, es el Decreto-ley de 1977 que Aguirre quiere que se aplique con el fin de seguir acorralando a los trabajadores y, en el fondo, al conjunto de los asalariados.
(La imagen es una foto de Esperanza Aguirre, bajo licencia Creative Commons).

miércoles, 2 de mayo de 2012

La guerra de Aguirre y la derecha contra los sindicatos.



Artículo publicado hoy en Público



El comportamiento de Esperanza Aguirre tiene dos diagnósticos posibles, según la escuela de quien diagnostica. Para unos es una política con ideas claras y firmes. Para otros, una neurótica compulsiva. Sus propósitos sobre las CCAA reproducen los clichés de la derecha nacionalcatólica y hay poca distancia entre ellos y el juicio de “charlotada” que las autonomías merecían a su mentor ideológico, el entonces “falangista independiente” José María Aznar. Pocas bromas con la unidad de una patria que quieren imponer a cristazos.
Sus belicosas observaciones sobre los sindicatos reflejan paladinamente el pensamiento de los empresarios que, como Aguirre, únicamente van a lo suyo. Los ve cayendo como el muro de Berlín. Quizá ignore la presidenta la envidiable salud de los sindicatos alemanes o quizá no, y se limite a ocultarla. Porque Aguirre, como los patronos, no se equivoca nunca en la estrategia y la táctica que consiste en no perdonar, no dar respiro y atacar siempre. Por eso es “cojonuda”, según el otrora jefe de los empresarios y hoy presunto delincuente Díaz Ferrán.
¿Por qué esta inquina frente a organizaciones legales, legítimas, protegidas y amparadas por la Constitución? ¿Por qué no dice lo mismo de las asociaciones de empresarios? ¿Por qué no van a caer estas como cayó el campo de Auschwitz? Muy sencillo, porque, una vez que no quedan partidos de clase, los sindicatos son el último refugio, el último bastión de defensa de los trabajadores. Y sobre él hay que concentrar el fuego. Los empresarios y su Marianne Aguirre quieren una clase trabajadora dividida, desorganizada, desprotegida porque así se la explota mejor y no desluce las inauguraciones verbeneras con que Aguirre disimula el despilfarro de su gestión.
En el capitalismo la política es una forma de guerra y de guerra civil entre el trabajo y el capital, como queda al descubierto cuando la crisis hace a un lado las medias tintas y la patronal va por todas, conquista el Estado y trata de emplearlo como un ariete en favor de sus privilegios, de la explotación, la desigualdad y para despojar a los asalariados de todos sus derechos. Para eso ganó la derecha las elecciones, aunque fuera mediante recurso a la supuesta financiación ilegal vía Gürtel y de la que sandunguera Aguirre dice no saber “ni pío”.
En ese camino, los sindicatos son un obstáculo y si la derecha pudiese, los ilegalizaría, como ilegalizaría la oposición política de tener ocasión. De hecho ya lo está haciendo con la oposición extraparlamentaria. De ahí la impaciencia de Aguirre y el hecho de que, a falta de un buen Decreto-Ley que prohíba los sindicatos, los deslegitime, los desprestigie y los insulte sin parar, en uso de la vieja táctica de jayán de feria de provocar al contrincante para recurrir luego a la fuerza.
Los sindicatos tienen una difícil tarea por delante. Tienen que articular la resistencia social a un gobierno que, con el beneplácito de las Aguirres en plaza, pretende devolver las relaciones laborales a los tiempos anteriores a Dickens, en los que las marquesas inflaban sus egos reprimidos haciendo caridades con los pobres y los huérfanos.
(La imagen es una foto de Esperanza Aguirre, bajo licencia de Creative Commons).

martes, 1 de mayo de 2012

La lucha semifinal.

(Artículo publicado hoy, 1º de mayo en
Público)

La jornada del 1º de mayo tiene un valor simbólico permanente y uno práctico, real, del momento. Se trata de mantener una tradición de lucha que da sentido a un movimiento y de aquilatar las fuerzas en presencia en el conflicto actual, el que se dirime ahora mismo. El 1º de mayo de este año ha sido más nutrido y reivindicativo que en los pasados. Pero sigue mostrando insuficiencias y debilidades que lo hacen vulnerable y no auguran nada bueno para el futuro si no se remedian.
La jornada ha estado desestructurada. No hay una unidad de acción entre los sectores que respaldan el trabajo frente al capital, que es la gran disyuntiva que se ventila en la ocasión. No hay cohesión ni unidad de acción entre los sindicatos, la izquierda parlamentaria y la extraparlamentaria, a pesar de que los tres tienen, cuando menos, un objetivo claro: desactivar la gran ofensiva del capital, la banca, la empresa, los organismos financieros internacionales en contra de los asalariados. Mientras esa unidad no se dé y no se dé en la lucha de la calle, el movimiento aparecerá fragmentado, disminuido, acomplejado, siendo así que, en el fondo, por más que lo oculten los ideólogos a sueldo, representa la parte más sana, más sólida, más fuerte y mejor de la sociedad. Esa imagen de debilidad es la que permite que la más rancia carcunda tilde a los sindicatos de “gamberros”, revelando así su verdadera mentalidad, añorante de la servidumbre.
La clase dominante no cae jamás en el error de la división y el antagonismo. Presenta siempre un frente cerrado, aunque en su interior haya discrepancias, a veces profundas, que no airea frente al adversario por no darle armas. Por ejemplo, el diario nacionalcatólico “La Razón” alaba en portada que Alemania respalda el gobierno de Rajoy, pasando por encima del obvio reproche de que flaco favor hace ese apoyo a la autonomía del gobierno y la soberanía de España. Si, luego, Francia, en cambio, ataca a España y dice lo contrario que Alemania respecto a nuestro país, esa noticia no aparecerá en el citado periódico ni en ninguno de la derecha. No existe.
La reacción, a diferencia de las fuerzas progresistas, sabe que la unidad (la unidad real, de acción, no la nominal) es condición necesaria del triunfo. Si, para triunfar, hay que mentir, manipular y hacer el ridículo, se hace. Si París valía una misa, el poder vale un novenario. Porque el poder es el elemento crucial de la victoria. Y, en la política, que es la continuación de la guerra por otros medios, según decía Foucault, se alcanza la victoria o se sufre la derrota. No hay término medio.
El 1º de mayo de 2012 ha querido ser el primer acto de la recuperación de las fuerzas severamente derrotadas el pasado 20-N y solo tendrá eficacia si, en efecto, alcanza a serlo. La ocasión es de oro pues, embarcado como está el gobierno en una actividad de expolio frenético de lo público, desmantelamiento del Estado del bienestar y negación de los derechos adquiridos a lo largo de decenios de luchas de las clases subalternas, razones para las movilizaciones van a sobrar en un futuro inmediato. El gobierno ya cuenta con ello y, aparte de poner en el ministerio del Interior a un político autoritario con escasas simpatías por los derechos políticos de la ciudadanía, prepara el aparato represivo con todo tipo de medidas legislativas y administrativas. Se dispone a la confrontación y confía en ganarla porque cuenta con que las fuerzas progresistas seguirán tan enfrentadas como ahora.
Si siguen, en efecto, si la izquierda parlamentaria, los sindicatos, los movimientos sociales y la izquierda extraparlamentaria continúan sin coordinar su acción y criticándose mutuamente (al extremo de aliarse con el adversario solo por hacerse mutuo daño) experimentarán una derrota de magnitudes históricas, que garantizará el dominio del capital en los años venideros, que sumirá en la insignificancia a los sindicatos, mantendrá fuera del poder al PSOE (y, por ende, a su rémora y/o aliada IU) y destruirá toda esperanza de articulación de un movimiento democrático espontáneo y extraparlamentario. Los platos rotos los pagarán nuestros hijos.

jueves, 29 de marzo de 2012

La huelga y lo que viene después.

A estas alturas del día 29 ya nadie niega que la huelga general ha sido un exitazo. Solo el gobierno y con la boca chica de una ministra de Trabajo que jamás ha trabajado en su vida y, por tanto, es una huelguista congénita. Tanto ella como sus pares no han hecho otra cosa que mentir. Mintieron para llegar al poder; mintieron para mantenerse en él y mienten a la hora de dar cuenta de la huelga. Mienten tanto que ya no se prestan crédito ni entre ellos mismos. Tanto y con tanta ruidad. A quien se le haya ocurrido la idea de mantener encendido el alumbrado público de día en las mayores ciudades con objeto de falsear los datos de consumo eléctrico deberían despedirlo y aplicarle las normas de la reciente reforma laboral. Es imposible ser más estúpido porque, con eso, solo consigue que todos den por hecho un descenso del consumo eléctrico superior al que realmente ha habido.
Hasta Esperanza Aguirre, a cuyo cargo corre por lo general la provocación chulesca de la aristócrata consorte, está callada como una maceta. Probablemente no se ha repuesto del susto de ver silenciada la máquina de agitación y propaganda que tiene en Telemadrid con el dinero de los contribuyentes. Los espectadores se libran por un día de la pesadilla de Isabel San Sebastián encizañando y sembrando odio desde el minarete público que monopoliza. Solo por esto ya merecía la pena hacer la huelga general.
Los meritorios de los medios de la derecha, los plumillas, los mercenarios están que echan las muelas porque la jornada es un éxito, la industria está parada, el comercio semicerrado por ausencia de compradores (la huelga de consumo ha sido éxito también), los servicios mínimos se cumplen y no hay incidentes. Es más, los únicos que se dan son los de los fachas agrediendo a los trabajadores de los piquetes o los empresarios apuñalando a las trabajadoras seguramente para fomentar el diálogo.
Porque también ha quedado clara la dinámica de la huelga en las relaciones privadas: sin duda, algunos piquetes se han excedido y ha habido ocasionales interferencias en el ejercicio del derecho al trabajo; pero nada comparado con la violencia estructural gallardoniana de los empresarios sobre los trabajadores a los que amenazan con el despido, de los ladradores mediáticos de la derecha, de las extralimitaciones policiales contra los huelguistas. De las coacciones, amenazas, embustes, provocaciones de todo tipo. Hablando de Gallardón: se ha lucido el centroderechista en el Congreso practicando el filibusterismo para alargar la sesión plenaria y tratar así de boicotear la huelga siguiendo las órdenes que le ha dado su jefe, probablemente el mismo que ha ordenado mantener encendido el alumbrado público.
Y hablando del Congreso, también se han lucido los diputados del PSOE haciendo de esquiroles. Su mala conciencia es patente y las pendejadas que dicen así lo prueba. En el colmo, además, de la anemia moral, resulta que el Congreso registraba hoy el mismo grado de inasistencia (¡al plenario!) que otros días. No solo no hacen la huelga sino que no hacen la no-huelga. O sea, no sirven para nada.
La huelga ha sido, está siendo y será (en la manifa de esta tarde) un éxito porque, por fin, ha cundido la indignación contra estos pájaros que gobiernan en nombre de los empresarios, quienes pretenden aprovechar la crisis para aniquilar todos los derechos de los trabajadores. Esa conciencia es hoy clarísima y la tiene todo el mundo y será el mecanismo que mueva a otras acciones posteriores. La unanimidad de la protesta es un factor extraordinario que no se ha valorado suficientemente. Por primera vez en muchos años la calle ha impuesto la unidad de acción de la izquierda, desde los sindicatos mayoritarios hasta los grupos más marginales. La adhesión del movimiento 15-M (bajo cuya denominación englobo sectores muy diversos todos ellos extraparlamentarios) da a la huelga una dimensión y una proyección muy eperanzadoras. Dado que el gobierno no tiene oposición en el Congreso, la tendrá en la calle. Y es, además, una oposición de alcance insospechado porque traspasará nuestras fronteras. Ya lo ha hecho, enlazando con el movimiento insurreccional magmático, espontáneo, anónimo que está cristalizando en todo el mundo occidental. Al final no será solo que Rajoy haya convocado esta huelga general, sino que ha puesto en marcha, gracias a su pavorosa ineptitud, una protesta más amplia.


Actualización a las 17:00 del día 29. La caída en el consumo real de electricidad para usos productivos es del 87'8% según los muy bien argumentados cálculos de Economistas frente a la crisis. Ya puede el gobierno seguir mintiendo con el microondas encendido todo el día en La Moncloa.


Y ahora nos vamos todos a las manifas, teniendo buen cuidado de apagar las luces antes de salir.
(La imagen es una foto de FuturePresent, bajo licencia de Creative Commons).

domingo, 18 de marzo de 2012

En busca de esclavos.

Y este Juan Rosell era el que substituyó al presunto ladrón Díaz Ferrán al frente de la CEOE, el catalán presidente de Fomento del Trabajo Nacional y, según rumores, un "liberal". Pues sí, liberal al estilo de Franco que es el que les va a todos los empresarios y por el que suspiran, cuando tenían a su merced a los trabajadores que carecían de todos los derechos.

Ahora quieren hacer lo mismo aprovechando la crisis económica que siempre debilita considerablemente a los trabajadores. Les bajan los salarios, les aumentan las jornadas, pueden despedirlos cuando les dé la gana, los contratan como les place y cuando les place, los someten a condiciones indignas, no se cuidan de los accidentes laborales y pretenden privarlos del derecho de huelga que es la única arma legal con que los asalariados pueden defender sus exiguos derechos. No les basta con impedir su libre ejercicio, con presionar, amenazar a quienes vayan a la huelga, haciéndolos objeto de todo tipo de coacciones y chantajes. Quieren suprimir el derecho de un plumazo. Cuentan para ello con un gobierno cuya única finalidad es favorecer a la patronal en su propósito de restablecer la esclavitud.

Invocan el país, los intereses generales, los derechos de terceros, los servicios públicos. Cualquier cosa con tal de no decir la verdad: que lo que les fastidia es que paren sus empresas y ellos dejen de lucrarse durante 24 horas. Lo único que moviliza a los patronos: el dinero. La expresión de este menda lo dice todo: "un grupito no puede paralizar el país". Se refiere a los millones de huelguistas el muy cínico, no al verdadero "grupito", el de los empresarios, que es el que tiene parado el país desde hace cuatro años, con cinco millones de parados. Ese es un "grupito" dañino. Porque el paro es la forma del terrorismo que ejercen los empresarios.

sábado, 10 de marzo de 2012

La huelga es un derecho.

Ahorro al lector las habituales jeremiadas sobre el militantismo de la prensa de la derecha, su falta completa de objetividad y no digamos imparcialidad, su carácter amarillo. Los periódicos son empresas que, dentro del respeto a la ley, fabrican el producto que quieren sin estar obligadas a norma ética o deontológica alguna más que por la propia voluntad que suele ser flaca. La derecha es así. Sabe perfectamente que la agresividad periodística tiene una rentabilidad y es lo que practica. Creer que vaya a dejar de hacerlo por una especie de revelación de tipo paulino es creer en quimeras.

Claro que también cabe tomarse este tipo de periodismo un poco a broma. No como periódicos sin más sino como tebeos o como pasquines de propaganda que levantan partido por el gobierno en contra de los movimientos sociales de oposición y de la misma oposición. Este tipo de periodismo de agitación y propaganda tiene una audiencia limitada, pero una presencia muy superior a esa audiencia, debido sobre todo al funcionamiento multimedia de la información. Es posible que la portada de La Razón solo la vean sus lectores, como unos 100.000 pero, en cuanto la reproduzcan en la televisión, la verán millones que es lo que quieren sus patrocinadores. Es el llamado periodismo de portada.

La huelga es un derecho de los trabajadores reconocido en la Constitución. Oponerse a él, negarlo, deslegitimarlo, estigmatizarlo, es injusto. Y más aun lo es considerarlo como alta traición, porque eso es lo que quiere decir el titular de huelga contra España. Esto es, la evasión de capitales, el fraude sistemático a la Hacienda Pública, el recurso a los paraísos fiscales, la tributación en el extranjero, el hablar mal de España en todos los foros internacionales, no son traiciones. Traición es convocar una huelga contra los recortes y, sobre todo, el injusto reparto de sus costes, contra el desmantelamiento del Estado del bienestar, contra la aplicación de políticas neoliberales, contra el gobierno del decreto-ley. Sí el gobierno no tiene oposición digna de tal nombre en el Parlamento es justo que la tenga en la calle. Sobre todo porque la oposición es un elemento esencial de la democracia que sirve para controlar el poder en especial si responde al ejercicio pacífico de un derecho, el de huelga.

Si el mero día de la convocatoria la actitud de la derecha mediática es ya tan beligerante, ¿cómo será en la víspera de la huelga y durante la misma huelga?

domingo, 19 de febrero de 2012

Van por los sindicatos, por el derecho de huelga, por todo.

El programa oculto de la derecha está ya a la vista de todos y más que estará después de las elecciones andaluzas. Es una agresión, un ataque al Estado del bienestar, al derecho del trabajo, a los derechos de los trabajadores, a derechos fundamentales como los de expresión y manifestación. Envalentonada con su mayoría absoluta, la derecha quiere aniquilar todas las conquistas sociales (igualdad, justicia social, derechos de las minorías, etc) de los últimos cien años. Quiere retrotraer las relaciones laborales a las condiciones de sórdida explotación de los tiempos de la acumulación primitiva de capital. Y la sociedad, los trabajadores, la gente en general no puede permitirlo. Hay que luchar para impedir que la presente involución haga tabla rasa incluso con los tímidos avances de a Constitución de 1978. Hay que manifestarse y prepararse para cuatro (quizá ocho) largos años de defensa y de resistencia en pro de una sociedad más decente, más justa, más igualitaria.

Ciertamente. Pero antes corresponde un breve examen crítico de cómo hemos llegado hasta aquí. El triunfo electoral de la derecha se ha debido en gran medida a la desmovilización de la izquierda. Y esta, a su vez, a causas objetivas, externas (como la crisis), contra las que cabía hacer poco y también a otras subjetivas, internas (las explicaciones, los programas, las consignas) que sí se podían haber pensado mejor. La primera de todas, la más dañina, aquel enfoque de que el PSOE y el PP son lo mismo (PSOE-PP la misma mierda es) y que no había que votarlos. Ahora, cuando cualquiera puede ver que era mentira, no me cansaré de repetir que este disparate no es solamente producto de la estupidez sino, en cierta medida, del afán por conseguir el triunfo de la derecha.

Siempre que se decía que el PSOE y el PP eran lo mismo se levantaban protestas indignadas del lado de la socialdemocracia. ¿Alguien vio que también se levantaran del lado de la derecha? ¿Alguna vez la derecha protestó porque se la igualara con su adversario? No, ni una. ¿Por qué? Obviamente porque la confusión le interesaba. ¿Nadie vio que le interesaba? Por supuesto, pero se ocultaba ya que, en definitiva, había un objetivo común: acabar con la socialdemocracia. La derecha no dedicó ni un minuto de su campaña electoral a atacar la "verdadera" izquierda, la izquierda "transformadora". Esta, a su vez, tampoco dedicó mucho tiempo a atacar a la derecha del PP, pues prefería hacerlo a la "derecha" de la socialdemocracia.

Bien. Ahora hay que salir a la calle a defender derechos y conquistas básicas del conjunto de la sociedad y en una situación material muy mala, en condiciones de inferioridad. Se hará, desde luego. Pero que cada cual sepa en dónde está.

La agresión a los sindicatos es un ataque a la forma de organización y defensa de los trabajadores. Igual que la agresión a los derechos de las minorías es un ataque a la libertad de la sociedad. El gobierno es el comité ejecutivo de la patronal y de la iglesia. Su finalidad, despojar a los trabajadores de sus derechos, ponerlos a merced de los patronos e infantilizar al conjunto de la población. Para ello todo vale, desde el infundio hasta la fuerza bruta, según se ve en Valencia. Soraya Sáez exige a los sindicatos transparencia en las retribuciones de sus dirigentes con el argumento de que se benefician de dineros públicos siendo así que nadie nunca ha conseguido saber cuánto ganan los dirigentes del PP que también se beneficia de esos dineros.

El neoliberalismo se prepara para el último asalto al Estado del bienestar, la supresión o privatización de los servicios públicos, la confiscación del poco capital social que queda a la colectividad en provecho de las empresas privadas. Y para ello necesita decapitar el movimiento sindical, amilanar a la gente, hacerle ver que no tiene derechos ni garantías y que, si lucha por ellos, todavía lo pasará peor. Esta es la situación real.

viernes, 14 de octubre de 2011

Formas de saquear.

Esas gentes que se han asignado pagas extras por arruinar una entidad semipública que está siendo rescatada con dineros de los contribuyentes, debieran encontrarse ya a buen recaudo. Porque aquí no hay que investigar gran cosa en busca de pruebas. Están todas por escrito en las actas, los documentos, las decisiones, las órdenes para que se apresten y se libren las cantidades. Es un comportamiento tan indigno que produce vergüenza hablar de él. Uno se pregunta qué tipo de personas son las que toman estas decisiones, especialmente en estos momentos.

Pero no son las personas lo que aquí interesa. Allá se lo guisen ellas en sus conciencias. Lo que aquí interesa es saber hasta qué punto están generalizadas estas prácticas en el sector bancario español y mundial, por cierto. Las cantidades de los sueldos, pensiones, primas, bonos, de los banqueros son estratosféricas y quizá provengan de decisiones como la de la CAM. La mala fortuna de ésta es que la han pillado. Las personas son como todas y hacen lo que todas. La cuestión es el sistema que posibilita esto.

Es posible que el capitalismo sea compatible con la ética y la equidad; incluso que sea un sistema ético y equitativo. Hay gente que lo sostiene de buena fe. Y la vieja visión calvinista y puritana del capitalismo primitivo fue una realidad y puede volver a serlo. Pero, mientras lo es, el capitalismo da abundantes pruebas de ser un sistema inmoral y muy injusto, según la tradición del pensamiento occidental que siempre ha considerado que la polarización entre unos pocos muy ricos y unos muchos muy pobres es inmoral e injusta.

A la inmoralidad y la injusticia del capitalismo puede añadir o quitar el poder político, el Estado (al que Hegel consideraba manifestación de la eticidad), según las medidas que tome. Si María Dolores de Cospedal restringe o retira subvenciones a los sindicatos pero no a la patronal está aplicando un criterio político que sólo puede justificarse demostrado fehacientemente que los sindicatos disfrutan de unas subvenciones indebidas, y eso será difícil por cuanto la capacidad de los sindicatos de autofinanciar su organización es mucho menor que la de la patronal. Suele decirse que los sindicatos tienen muy baja afiliación y que no son representativos. Pero eso mismo puede decirse de los partidos políticos que, al no poder financiarse por su cuenta, precisan de fondos públicos. ¿Por qué los partidos sí y los sindicatos no?

También suele contestarse que los partidos, además de los militantes, tienen los votantes, porque se presentan a las elecciones. Pero lo mismo podrían hacer los sindicatos dado que la Constitución dice que los partidos son instrumento fundamental para la participación política. Pero no único. A lo mejor cabe plantearse una reforma del sistema representativo que dé entrada a intereses transversales a los partidos. Mientras los sindicatos (que también están constitucionalizados) no puedan defenderse de medidas políticas como la citada de suprimir subvenciones, las medidas serán tan injustas como las de la CAM. Otra forma de saquear.

Una propuesta así huele a corporativista. Pero se reconocerá que el sistema actual es ya corporativista desde el momento en que los grupos de presión se valen de los partidos y así encuentran eco parlamentario la Iglesia, los empresarios, los banqueros, los militares. ¿Por qué cargar contra los sindicatos?

martes, 28 de septiembre de 2010

Hay que parar.

Hay que parar por nosotros mismos, para recuperar algo de la estima perdida en estos ya largos años de retrocesos y concesiones ante el ataque del capital.

Por nuestros hijos, para que no hereden un mundo en el que sus padres dilapidaron lo que sus abuelos consiguieron.

Por nuestros padres, que no sientan que sus luchas y sacrificios resultaron baldíos al no tener continuidad en nosotros.

Por nuestra más acrisolada tradición de defensa del trabajo, de la que no debemos ser los enterradores.

Por aquellos que, queriendo parar, no pueden al estar sometidos al chantaje de la patronal que los amenaza con la pérdida del empleo, diga la ley lo que diga. Pues es muy bonito decir que se va a la huelga cuando sólo se arriesga un día de paga.

Por aquellos que, no teniendo para llegar a fin de mes tampoco pueden permitirse perder un día de paga, aunque no pierdan el puesto de trabajo.

Por quienes también quisieran parar pero no pueden por estar ya sometidos a esa forma de terrorismo empresarial que es el paro.

Por los sindicatos que, con todo lo reformistas y acomodaticios que son, constituyen la única barrera que se interpone entre los trabajadores y la insaciable codicia y sed de explotación del capital.

Por el conjunto de la sociedad, para que no esté acogotada por las imposiciones del capital y el griterío de sus publicistas en nómina.

Por el mismo gobierno para que, a la hora de enfrentarse a la patronal saque fuerzas, ya que no de sus principios y convicciones, cuando menos del temor a las acciones de los trabajadores.

Por Europa, pues no hay que olvidar que se trata de una jornada europea de movilizaciones y hay que estar a la altura de las circunstancias.


viernes, 24 de septiembre de 2010

De la huelga

Asegura el Publiscopio, la encuesta ocasional que hace Público, que el 54 por ciento de los ciudadanos dice que hay razones para una huelga general. Pero sólo un 20 por ciento afirma que irá a ella, en lo esencial porque no servirá para nada. De donde los expertos concluyen que los ciudadanos no son un prodigio de coherencia. Pero también puede haber motivaciones que dejen a salvo la coherencia porque el mundo no es en blanco y negro sino muy colorido.

Los sindicatos están en una posición desventurada. Han hecho todo lo posible por no ir a la huelga y, al final, han tenido que hacerla a regañadientes y tarde y más que han tardado convocándola con tres meses de antelación. Así resulta que Francia lleva ya cinco huelgas generales de ventaja. Además de ir a regañadientes, los sindicatos desconfían de que salga ni medio bien y temen que eso revele las vergüenzas de su falta de apoyo. Y si los que la convocan no creen que salga, ¿cómo animan a los convocados a ir a ella? La proclama huelguista se dirige sobre todo a los trabajadores de tipo tradicional, los llamados de "cuello azul", o sea, de mono, en una sociedad en la que estos son una minoría menguante, aproximadamente la mitad de los trabajadores del sector servicios, que son de "cuello blanco" y que no se sienten convocados. Los sindicatos debieran interpelar a toda la sociedad porque, en principio, es ella la agredida en su inmensa mayoría por unas políticas de ajuste neoliberal que no respetan ningún tipo de rentas, salvo las de la banca y algunas, pocas, grandes empresas.

La derecha está que echa las muelas en contra de los huelguistas, los sindicatos, los liberados y, ya de paso, la normativa laboral en su conjunto. Insulta, denuncia y agrede. Quiere poner fuera de la ley a los sindicatos. Es curioso porque, con motivo de la primera huelga general en 1988, también contra un gobierno socialista, la derecha vio la ocasión de atacarlo y animó a los huelguistas hasta el punto de sostener que los sindicatos podían llegar a ser el verdadero partido de la oposición al odioso felipismo. En esta ocasión parece que el instinto de clase ha prevalecido sobre la conveniencia política. ¿A dónde vamos a llegar así? Los obreros, al tajo y a callar.

A su vez el Gobierno, muy dolido de que il fratello sindicale le juegue esta mala pasada, parece tener una de sus habituales crisis de ansiedad que se manifiestan en que su presidente dice una cosa y la contraria con el mismo aplomo aunque ante gentes distintas, de momento. En la ONU alza la bandera de la Tasa Tobin, que es la reivindicación de Attac, es decir, razona como un altermundista. Al día siguiente se reúne con los tiburones de Wall Street y les jura que su gobierno dejará el déficit en el 3 por ciento del PIB en 2012, todo el mundo intuye cómo, a lo neoliberal, para entendernos. Y un día después, recién llegado al suelo patrio, se siente socialdemócrata y anuncia que hay margen para ampliar un poquito el gasto público y, con mayor contundencia redistributiva, pone en marcha un aumento de la carga fiscal de las rentas superiores a 120.000 euros, exactamente la medida de la que una semana antes había dicho (él mismo o algún ministro) que ni se consideraba. El Gobierno quiere probar a los sindicatos que huelgan contra los suyos, contra la izquierda. Y que, por lo menos, se les quede mala conciencia.

La patronal no pierde paso de oca y, tras haber empujado a los sindicatos a la huelga, ahora quiere que fracase para tenerlos a su merced. Es más, cree necesitarlo porque teme o dice temer que, si la huelga triunfa, el Gobierno, para congraciarse con los soviets, podría ponerse a nacionalizar empresas o hasta la banca. ¿De dónde, si no, saldría el dinero para realizar esa reclamación permanente de una banca pública? De expoliar a la privada. Por eso han lanzado a la muchachada mediática a linchar a los sindicalistas.

La Iglesia ha hecho mutis salvo en algún caso en que lo que ha hecho ha sido un ridículo celestial con ese obispo del Sur que salió defendiendo la huelga y acto seguido hubo de desdecirse. La huelga es un invento demoníaco que saca al honrado trabajador de sus casillas y le hace creerse igual al patrono.

Vistas las cosas mi opinión personal es que la huelga es justa. El Gobierno sólo cede ante las presiones (y, ante las presiones, cede) y el único modo de presionar que tienen los trabajadores es la huelga, como en general todos los ciudadanos ordinarios. La otra forma son las elecciones, pero sólo funciona cada cuatro años y no es posible matizar como cuando se hace una huelga a un gobierno al que, sin embargo, se vota. Los otros, los clanes, las jerarquías, los consorcios, los monopolios u oligopolios, las grandes fortunas, los estamentos poderosos pueden presionar de mil maneras. Sin descartar la huelga (generalmente llamada “cierre patronal”) como se muestra en la famosa novela de Ayn Rand, La rebelión de Atlas en la que hacen huelga, entre otros, los capitalistas, los banqueros, los grandes filósofos y otros personajes de similar alcurnia.

Debieran hacer huelga todos los ciudadanos, incluidos muchos políticos. Carece de sentido que la señora Aguirre o el señor Camps, quienes habitualmente desobedecen o tergiversan las leyes de las Cortes, no aprovechen la ocasión para ponerse en huelga contra el Gobierno central.

Es lo que pasa, que en esta huelga o frente a ella, hay mucho instinto de clase. ¿Cómo se atreven los trabajadores a plantarse cuando hay casi cinco millones de parados a los que también gustaría hacer lo mismo? ¡Servicios mínimos máximos!

jueves, 23 de julio de 2009

La patronal quiere la guerra.

¡Qué diálogo social ni diálogo social! ¿Cuál es la necesidad de contemporizar? En situación de crisis, con cuatro millones de parados y más que pueden venir, con un porcentaje apreciable de trabajadores en régimen precario, temblando por sus puestos de trabajo, los empresarios piensan que tienen la sartén por el mango y que pueden imponer sus condiciones. Por ello tensan la cuerda en las conversaciones para un acuerdo en el diálogo social. En las condiciones actuales no les interesa que haya acuerdo. Tampoco le interesa al PP, que prefiere enfrentarse a un gobierno acosado, descabalgado y con problemas para cuadrar sus presupuestos. Y lo que está fuera de dudas es la sintonía perfecta entre los políticos de la derecha, por ejemplo, la señora Aguirre y los empresarios, por ejemplo, el señor Díaz Ferrán que piensa que la señora Aguirre es "cojonuda". Bastará una indicación, un leve guiño de la "cojonuda" para que Díaz Ferrán plantee lo que haya de plantear en interés del PP.

En el tira y afloja laboral, en el fondo, en la tradicional lucha de clases, cada parte adapta su posición a sus posibilidades en la correlación de fuerzas en cada momento. En épocas de pleno empleo, crecimiento sostenido y políticas socialdemócratas, la patronal pactaba siempre porque no estaba en posición dominante. Apenas atisba que pueda llegar a estarlo cuando maximiza sus exigencias y sólo admite como resultado de la negociación el triunfo incuestionado de sus peticiones. En definitiva, lo que busca esta actitud no es salir bien parado de una negociación especialmente difícil sino la aniquilación del adversario. Los empresarios no quieren acomodarse con la clase obrera sino fraccionar a ésta en sus partes individuales componentes para tenerlas a su disposición y eliminar todas las formas de organización de voluntades y de defensa colectiva e institucional de los intereses.

Los patronos está eufóricos parque creen llegado el momento de conseguir su programa máximo: rebajas de las cotizaciones a la seguridad social y despido gratis. Y esto lo plantea el mismo empresario, Díaz Ferrán, representante de patronos que hace unos meses pedía la intervención del Estado en la economía, como si fuera Lenin redivivo, para sacar las castañas del fuego a las empresas. Unas empresas que han contado siempre con el Estado para que éste, con el dinero de los contribuyentes, acuda en su auxilio, abarate su funcionamiento o facilite líneas de crédito y otros incentivos para las PYMES y empresas en general. Una prieba más de que no es buena política contemporizar con los depredadores, los que quieren socializar las pérdidas (cosa que ya han hecho) mientras privatizan los beneficios, los que quieren mantener alta su tasa de beneficio a base de aumentar la de explotación de los trabajadores.

Es el estilo de la casa: una vez exprimidos los recursos públicos, se boicotea el diálogo social tratando de imponer sus posiciones maximalistas que dejarían al Estado a la luna de Valencia. De seguir las cosas así, el diálogo social se convertirá en confrontación social. Y tendrá que ser entre las centrales sindicales y la patronal pues el Gobierno, que ya ha demostrado ser débil con una patronal dialogante aun lo será más con una beligerante.

domingo, 21 de diciembre de 2008

¿Cambio en Comisiones Obreras?

Suele hablarse de la evolución conservadora o "derechización" de los partidos de izquierda. El PSOE, se dice, debe prescindir de la "O" de obrero y la "S" de socialista, pues ha mucho que no hace justicia a lo que en un tiempo significaron. Teniendo en cuenta que otros, generalmente nacionalistas españoles, también piden que deje caer la "E" de español ya que lo tienen por un partido vendepatrias, sólo le quedaría la "P" de Partido, lo que resulta determinación escasa. Algo parecido viene diciéndose de Izquierda Unida (IU), especialmente durante el mandato del señor Llamazares. Análoga evolución se detectaba en los dos sindicatos mayoritarios que, muy vinculados a los dos grandes partidos de la izquierda (PSOE y PCE) en los comienzos de la transición, hace ya mucho que rompieron con la imagen de ser "correas de transmisión" de aquellos, se independizaron y consolidaron una posición de autonomía de proyectos que los llevó en primer lugar a una confrontación con los partidos, especialmente visible en la UGT en relación con el PSOE, y de entendimiento y diálogo con la patronal, mediada por los gobiernos de distinto signo.

Esa situación propició una larga etapa de paz social sólo rota en una ocasión, a raíz del llamado "decretazo" del Gobierno del Aznar en 2002. Una política de colaboración alentada probablemente por los años de crecimiento sostenido y prosperidad que se vivieron desde mediados de los noventa hasta muy recientemente, cuando la irrupción de la crisis económica galopante parece estar preparando el terreno para planteamientos más reivindicativos y radicales. Hace unos días IU renovó sus órganos personales y colectivos de mando con Cayo Lara a la cabeza, quien ha anunciado una política de la coalición de mayor distanciamiento con el PSOE. Ahora, la sustitución del señor Fidalgo por el señor Ignacio Fernández Toxo en la Secretaría General de CCOO parece preanunciar movimientos en una dirección similar de mayor combatividad.

La verdad es que el caso del señor Fidalgo que tenía una sorprendente buena sintonía con la derecha y presumía de una intensa amistad con el señor Aznar era bastante extraño habida cuenta, sobre todo, de que este último no cedió un ápice (excepción hecha de la retirada del mencionado "decretazo") en su política neoliberal de ataque sistemático a los derechos económicos, sociales y laborales de los trabajadores. Por supuesto, que haya buenas relaciones personales entre los dirigentes sindicales, políticos y sociales en general es muestra encomiable de que las tradiciones de respeto y entendimiento democráticos han calado en España. Pero lo cierto es que esa civilizada práctica se hizo a costa de los intereses de los trabajadores que vieron disminuir en términos relativamente significativos su participación en la riqueza nacional pues la capacidad adquisitiva de los salarios se estancó durante los años de crecimiento o creció muy por debajo del monto de los beneficios empresariales.

Las dos elecciones de los señores Cayo Lara en IU y Fernández Toxo en CCOO parecen apuntar a un replanteamiento de la táctica política y sindical en un sentido de mayor combatividad. La cuestión es si resulta viable dado que se juntan tres circunstancias que, en principio obstaculizan este propósito.

En primer lugar, la propia personalidad moderada de los electos. Sin duda el señor Fernández Toxo no es tan proclive a la derecha como el señor Fidalgo, pero no deja de haber sido el secretario de acción sindical del último y hombre de talante pausado. Entiendo que la moderación de ambas candidaturas se debe a la fragmentada (en el caso de IU, atomizada) composición interna de ambas organizaciones, a su pluralismo, en definitiva, que obliga a presentar candidaturas de amplio consenso.

En segundo lugar debe tenerse en cuenta que el cambio de táctica ha de hacerse valer frente a un Gobierno de izquierda; socialdemócrata, desde luego y más radical en el terreno social que en el económico, pero de izquierda al fin y al cabo, que se resiste a adoptar medidas de solución de la crisis económica que vayan en detrimento de los intereses de los trabajadores.

En tercer y último lugar, la existencia de esa misma crisis, caracterizada por un aumento vertiginoso del paro. Los altos índices de desempleo han sido siempre desmovilizadores de la acción sindical cuya capacidad de presión es mucho más débil que cuando se dan supuestos de pleno empleo o próximos a él. Y si cuando estos se daban en los años de crecimiento los sindicatos no supieron, pudieron o quisieron articular políticas más exigentes de índole redistributiva, resulta algo iluso pensar que puedan hacerlo en plena crisis cuando la correlación de fuerzas les es muy desfavorable.

(La imagen es una foto de Público, bajo licencia de Creative Commons).