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miércoles, 3 de febrero de 2016

Para luego es tarde

España es un sistema parlamentario. En este sistema, el Parlamento es la más alta instancia de poder del Estado. Depositario de la soberanía popular. Con monopolio legislativo supremo. Conviene recordarlo porque el sainete que ha montado el de los sobresueldos con su no-candidatura a la presidencia del gobierno, además de ser propia de Alicia en el país de las maravillas, es un anacronismo.

El Rey aquí no pinta nada (en opinión de Palinuro, tampoco lo hace en ningún otro punto del planeta... como Rey) y la investidura del presidente del gobierno debiera hacerse sin contar con él. Que el Rey proponga un candidato es una reliquia de los tiempos de liberalismo doctrinario, cuando los gobiernos tenían que tener la doble confianza, del Rey y del Parlamento porque ambos compartían la soberanía. Pero eso se acabó. La soberanía reside solo en el Parlamento y debiera ser este quien, a través de su presidente, que ya está ejerciendo, propusiera un candidato a la presidencia del gobierno. Así se visualizaría el carácter "civil" de la investidura y el Rey podría dedicarse a dar de comer a los patos de la Casa de Campo.

Si no pasa así es porque la clase política española es un manojo de pusilánimes que no se atreve a poner la dignidad del legislativo por encima de los demás poderes del Estado, como le corresponde.

Sin embargo, con esta medida que el Congreso anuncia de iniciar la derogación de las leyes más arbitrarias, injustas, antipopulares y estúpidas de Rajoy, en especial, la Ley Mordaza, la LOMCE, la reforma laboral, aunténticos atropellos basados en el abuso de poder de los últimos cuatro años, puede estar recuperando algo de la autoridad y el prestigio perdidos. Y eso no es más que el comienzo. Conviene, sin embargo, que la labor derogatoria sea rauda pues, si se retrasa, se corre el peligro de que en las próximas elecciones gane lo más retrógrado y nacionalcatólico que enseguida pondrá de nuevo en vigor estas barbaridades.

Por cierto, aprovecho la situación para apoyar una reivindicación gremial que considero justa. Según la normativa vigente (sin duda impuesta por la banda de presuntos malhechores que ha desgobernado este país) los escritores, los intelectuales, los artistas jubilados no pueden compatibilizar sus magras pensiones con sus ingresos por derechos de autor. Dos consideraciones al respecto y una petición urgente al Congreso:

1ª consideración: Hacienda persigue, como siempre, a los trabajadores y gente menuda, pero tolera y ampara la corrupción general, con políticos con pensiones increíbles, que compatibilizan con todo.

2ª consideración: los carcundas del PP no solo han desmochado la investigación científica en España, descapitalizándola, sino que también impiden la labor creativa. Que la gente no pueda disfrutar de una novela o una composición musical o una pieza de teatro porque, al estar realizadas por jubilados, lo prohiben los inspectores de Hacienda.

Petición urgente al Congreso: incluyan en la obligada derogación las normas que contribuyen a esta barbaridad autoritaria, muy propia del páramo intelectual del presidente de los sobresueldos, lector del Marca
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martes, 2 de junio de 2015

Últimas noticias del imperio.

Perry Anderson (2015) Imperium et Consilium. La política exterior norteamericana y sus teóricos. Madrid: Akal. (250 págs.)
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Perry Anderson es un historiador y politólogo británico de orientación marxista. Perteneciente a esa brillante escuela de historiadores materialistas que incluye figuras señeras como E. P. Thompson y Eric Hobsbawn, tan prolífico y activo en la política práctica como ellos. Hace años que leí sus dos primeras obras, publicadas en los setentas, Transiciones de la antigüedad al feudalismo y El Estado absolutista y que muchos consideran lo mejor de su producción. Desde luego, a mí me impresionaron por la vastedad de su horizonte, su fuerza explicativa, su capacidad sintética y su perspectiva teórica, aunque, para algunos, esa parece ser su debilidad, pues lo acusan no de escribir historia, sino de teorizarla. Por mi parte, he vuelto sobre estas dos obras en varias ocasiones y siempre las he encontrado muy interesantes y llenas de sugerencias.

Anderson, hermano del politólogo Benedict Anderson, que ha dejado huella en los estudios sobre el nacionalismo por su concepción de las imagined communities, fue durante muchos años el editor, el alma de la New Left Review, siempre en primera línea de los debates doctrinales del marxismo occidental, a veces algo abstrusos. Escribió mucho y participó en todas las polémicas sobre marxismo continental/marxismo inglés, el estructuralismo, el postestructuralismo y el posmodernismo. Mantuvo una célebre controversia con E. P. Thompson y no me considero capacitado para pronunciarme por ninguna de las dos posiciones porque ambas me convencen en parte. Desde entonces he venido leyendo aquí y allá artículos de Anderson y, a veces, algún ensayo iniciado en la NLR. De hecho, las dos mitades de este libro son sendos ensayos publicados en 2013 en un número monográfico de la revista. Está retirado en los Estados Unidos desde los años 80 y da clases en la Universidad de California. Allí ha ampliado su vasto campo de intereses y ha escrito sobre la India y, ahora, sobre la política exterior de los Estados Unidos.

La tesis central de la obra es sencilla: desde el siglo XIX, especialmente a partir de la guerra contra España, los Estados Unidos han pretendido siempre ampliar y consolidar su hegemonía imperial en el mundo. La tendencia se hizo patente a partir de la primera guerra mundial y dominante a partir de la segunda hasta nuestro días. Mientras las armas norteamericanas llevan el poder brusco (p. 178) a los últimos rincones de la tierra (Imperium), una pléyade de ideólogos las justifican con distintas elaboraciones teóricas (Consilium). El autor considera que los intelectuales norteamericanos son, en realidad, "consejeros de príncipes" (p. 165). Y sus consejos tienen generalmente un tinte moralmente sombrío. En general, es un libro sombrío porque levanta constancia de que, por encima de todas las ilusiones e ideologías cosmopolitas, racionales, kantianas, prevalece la vieja razón de Estado. De hecho y de palabra. Sin duda la doctrina de la guerra preventiva, no es una invención de Bush. Es anterior. Y mucho. Es doctrina romana. Pero son los intelectuales los que la han resucitado y opera al día de hoy en los Estados Unidos de Obama que la ha manejado en relación con el Irán (p. 146)

La marcha imperial estadounidense está ya implícita en la doctrina del manifest destiny y todos los presidentes, de Wilson en adelante, la han perseguido. La obra tiene bastante valor desmitificador porque presenta a Wilson y al segundo Roosevelt no como los idealistas, abanderados de la causa de los pueblos y la libertad, sino como dos políticos sin escrúpulos que solo pretendían el triunfo estadounidense. Para Anderson, Roosevelt no llevó a su país a la guerra movido por su antifascismo. Sentía aversión por Hitler, pero admiraba a Mussolini, "aupó" a Franco al poder y se llevaba bien con Pétain (p. 29). Roosevelt no quería un New Deal para el mundo. Lo suyo era política de poder, no el bienestar (p. 33).

Esta visión desmitificadora procede de la llamada "escuela revisionista", que replantea desde una perspectiva crítica la política exterior estadounidense desde la segunda guerra mundial. Hace suyos los puntos de vista de Gabriel Kolko, Gar Alperovitz o William Appleman Williams, todos ellos muy críticos con la política primero de contención y luego de rechazo ("roll back") de Dulles en 1947 (p. 75), en la guerra fría. Kennan no sale bienparado e indirectamente se da la razón a Lippmann quien lo acusaba de fomentar la guera (p. 41).

En la guerra fría, los Estados Unidos vivieron obsesionados con la seguridad. Mediante la ley de Seguridad Nacional de marzo de 1947 se crearon el Departamento de Defensa (antes llamado "de Guerra"), el Estado mayor conjunto, el Consejo de Seguridad Nacional y la Agencia Central de Inteligencia, la célebre CIA (p. 45).

La primera prioridad de la política de contención fue reconstruir Europa occidental y el Japón siguiendo el modelo capitalista a través del Plan Marshall (p. 65). En los decenios siguientes, la expansión alcanzaba el lejano oriente (p. 82) y el Oriente Medio (p. 88). Del Próximo Oriente no hacia falta hablar. América Latina, alejada de Europa,  era un feudo de los Estados Unidos (p. 93).

La descolonización fue un proceso con auxilio estadounidense (p. 107). Los norteamericanos intervinieron decisivamente en el África, como también lo hicieron los cubanos (p. 109). En los  años 70, la conferencia de Helsinki y el tratado de 1975, en realidad señalaban el triunfo fde Occidente. Unos años después, Reagan, con sus gestos de actor (Tear down this wall, Mr. Gorbachev!) y la famosa invención, el bluff de la Iniciativa de Defensa Estratégica rindió a los soviéticos (p.117). Según el autor la guerra fría no fue nunca una Niederwerfungskrieg (guerra de aniquilación) sino una Ermattungskrieg (guerra de desgaste) (p. 118).

Con el fin de la guerra fría, el famoso dividendo de la paz pasó a ser dividendo de la guerra en interés de los Estados Unidos. Con el GATT convertido en OMC, el  Consenso de Washington (p. 125) y la creación de la ALCA o asociación de libre cambio de América, los Estados Unidos han emergido como potencia dominante en un mundo unipolar, con la OTAN  ampliada hasta la spuertas de Rusia (p. 126). Los hechos dan alimento suficiente para el nuevo revisionismo, crítico con la política exterior hegemónica, que se basa en todo tipo de retóricas: bombardeos aéreos como intervención humanitaria, la doctrina de Blair y Clinton  de que la causa de los derechos humanos invalida el principio de soberanía nacional (p. 129) , la lucha contra el terrorismo (p.130).

La actual presidencia, menudo chasco para los liberales que creyeron que la llegada de un negro a la presidencia de los Estados Unidos cambiaría algo la arrogancia del Imperio. Obama es un presidente tan expansionista y obsesionado con la seguridad como los anteriores. Desde la segunda guerra mundial, la criminalidad presidencial ha sido la norma y no la excepción y Obama, sostiene Anderson,  no ha sabido romper con ella (p. 144).  Para él, el asesinato es preferible a la tortura (p. 143). Supongo que a John Yoo, el catedrático de Berkeley que asesoraba a Bush acerca de cómo la tortura podía ser constitucional en tiempo de guerra, esta actitud le parecerá poco refinada. Asesinar es siempre peor que recurrir a técnicas reforzadas de interrogatorio, que es el nombre de lo que algo más al sur se conoce como la bañera. En otro orden de cosas, aunque tampoco muy alejado, la expansión se consigue forzando a los demás, velis nolis, a firmar acuerdos leoninos de libre comercio.  El Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica, trata de vincular al Japón con el imperio estadounidense (p. 154). Y lo mismo pretende hacer el TTIP que, al parecer, los socialistas europeos quieren aprobar si no lo han hecho ya. "La guerra fría había terminado, pero la policía nunca descansa. Tuvieron lugar más expediciones armadas que antes, se crearon más armas avanzadas que nunca; más bases se añadieron a la cadena; se desarrollaron más doctrinas de amplio alcance sobre la intervención. No había vuelta atrás". (pp. 159-160).

Últimas noticias: el Imperio está más fuerte que nunca. Domina los mares, tiene ocupada militarmente una serie de países. Controla los cielos de otros. De casi todos, en realidad. Posee bases militares en docenas de países que se dicen soberanos, entre ellos España. En el libro no se habla de ello, pero el Imperio pretende igualmente el control de internet y el ciberespacio.

La segunda parte del libro es una especie de reseña bibliográfica de la producción norteamericana más reciente, tanto académica como de ensayo divulgativo en sus autores más relevantes, una especie de review article. Partiendo de las tradiciones autóctonas de una interpretación de la hegemonía benigna de Norteamérica en la línea del idealizado Wilson, repasa las obras más significativas en la interpretación de la política exterior estadounidense en la que prevalece la vieja obsesión por la seguridad y la perspectiva realista, si bien con distintas versiones, unas más convincentes que otras. La tesis de Brzezinski de que el fin de la guerra fría, lejos de aportar más seguridad a los Estados Unidos les ha aportado menos es claramente instrumental en el sentido de proseguir la carrera de armamentos y la mayor potencia destructiva del planeta, aunque el efecto intimidatorio de esta es  curiosamente menor que el que tuvieron las dos primitivas bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. No obstante sigue siendo dogma realista que la proliferación de armas atómicas favorece la paz (Kenneth Waltz).

Especial interés tiene la obra de dos internacionalistas, Thomas M. O. Barnett para quien la clave de los Estados Unidos, su secreto. su revolución propia es el capitalismo y este ha triunfado (p. 230). Hay que superar la brecha entre desarrollo y subdesarrollo, pero estamos en camino (p. 231). Aunque quizá no haya que tomarse esto muy en serio viniendo de un realista. Richard Rosencrance, ya en el segundo mandato de Obama, está preocupado por la decadencia relativa de los EEUU en relación con la China y la India (p. 236).
 
Termina Anderson con tres observaciones amargas de distinto orden: 1) los especialistas en relaciones internacionales no se ocupan de la economía y no entienden la crisis. 2) la Zollverein que va de Moldavia a Oregon requiere una articulación política que nadie sabe cómo se hará. 3) La consolidación de la hegemonía del "siglo americano" se lleva a cabo con ampliación y represión: terrorismo, secuestros, asesinatos selectivos desde el aire, etc.

Hace suyas las desengañadas palabras de Christopher Layne, "las hegemonías benignas son como los unicornios: animales imaginarios" (pp. 243/244). Este crítico así lo cree también.

martes, 23 de diciembre de 2014

La ambigüedad sigue.


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Después del mitin de Vall d'Hebron, Pablo Iglesias acudió a una entrevista en TV3, en donde pudo matizar, explicar mejor sus propuestas, extenderse en ellas, ahondar en su significado, darles otra faz, con más razones y menos pasiones. Gran entrevista, por cierto. Gran entrevistadora, que pregunta con tino, no se deja regatear, pero permite hablar al entrevistado. Y gran entrevistado, contundente, claro, preciso y valiente. Sin duda un discurso con el que Palinuro se siente mucho más a gusto que con las arengas tribunicias al aire libre en las que se enardece a los seguidores.
 
Respondiendo a las críticas, Iglesias repitió varias veces que en sus propuestas no había "ni gota" de ambigüedad. Lo dijo, insistió y remachó con gesto claro y mirada diáfana pues su control del lenguaje no verbal es tan prodigioso como su oratoria.
 
Pero el sabor y olor a ambigüedad, como el de las legumbres socarradas, impregna toda la entrevista y cuanto más se niega, más se crece entre palabras medidas al milímetro y juicios aderezados según una nueva idea de la corrección política.
 
No hay duda, en los grandes temas, la composición suena de maravilla: ¿Es Cataluña una nación? Pregunta la periodista. Sí, es la respuesta, remachada con un lo dije ayer. España es país de países o país de naciones. ¿Es Cataluña un sujeto jurídico soberano? pregunta de nuevo la periodista. Eso tendrán que decidirlo los ciudadanos catalanes. En su momento, claro. Obviamente, no ahora. La ambigüedad comienza a enseñar su patita. ¿Por qué no ahora? Porque la ley no lo permite. Iglesias asegura que él no ha hecho la ley y no le gusta, pero es la ley.  En teoría de juegos esto se llama ventaja por opciones restringidas: "yo quisiera concederos lo que pedís", dice el patrón a quienes protestan, "pero la ley no me deja. Cambiemos la ley". Mientras tanto... ¿qué? 
 
Suspendamos el hilo un instante y vayamos a las distancias cortas, cuando el asunto se aclara aun más. ¿Pueden/deben los catalanes decidir su futuro por su cuenta, incluida su "relación jurídica" (linda fórmula) con el Estado?" Sin duda, declara rotundo el líder de Podemos, sin duda. Pero... con un proceso constituyente en el que podrá hablarse de todo; de todo. De la soberanía, cómo no. Pero recordando que la soberanía no es concepto que se agote en lo territorial pues afecta a todas las relaciones sociales: los hospitales, las escuelas, los ancianos, los dependientes, Andorra, Suiza. La soberanía, la Patria no son cuentas en paraísos fiscales a favor de traidores. La soberanía es un concepto grávido con el Todo hegeliano y el proceso constituyente la tabula rasa sobre la que se erigirá el futuro. Pero después, cuando llegue su hora, luego de las elecciones de 2015 que Podemos sale a ganar a todo el mundo. La ambigüedad es aquí ya apabullante.
 
¿Y mientras tanto? No en noviembre, diciembre del año que viene, enero, etc de 2016 sino aquí y ahora. De eso no se habla. No se habla del 9N; no se habla de las elecciones autonómicas anticipadas, de su carácter plebiscitario o no o del derecho de autodeterminación en este momento, derecho dimanante de la condición nacional de Cataluña que previamente se ha aceptado.
 
"No toca", que diría Pujol, uno de los personajes más denostados en el escenario catalán de Podemos. La ley no deja. Cuando cambie la ley, todo; antes, nada. Y, entre tanto, a sacudir a Pujol, a Rajoy, a Mas, a Sánchez, en una amalgama que suena bien en multitud de oídos, sobre todo españoles. No tanto en los catalanes. No nos dejemos engañar por "la casta"; no se trata de un eje de fractura nacional, sino social. Ahí está el núcleo duro de la ambigüedad y patente. El que justifica a ojos de Iglesias poner a la par a Rajoy y Mas, poner a la par un tipo desprestigiado, presunto corrupto, autoritario, embustero, cobarde y con un índice de popularidad el más bajo de la historia con otro con gran apoyo y prestigio, al que solo cabe achacar corrupción a base de endosarle la ajena ladinamente, un demócrata, que no ha mentido, lleva su valor al extremo de afrontar la represión judicial española y goza de la estima y el apoyo de muchísimos conciudadanos. Esa comparación no solo indica la falta de comprensión del proceso nacional (¡no hay eje nacional en Cataluña!) catalán, sino que comete la villanía de denostar a alguien por algo que no le hace merecedor de ello sino lo contrario.
 
Y todo porque no se puede aceptar que, aunque la doctrina diga que el eje es social, la realidad muestra el nacional. Por eso se oculta, se niega, se substituye por otro y se juega a la ambigüedad.
 
Si los catalanes hacen elecciones anticipadas (están en su derecho) y el gobierno resultante proclama un referéndum de autodeterminación, por ejemplo, para junio de 2015, ¿qué hará Podemos? Está claro; no hay ambigüedad alguna: unos militantes harán campaña por la independencia, otros en contra y otros se quedarán en casa. ¿Y la organización como tal? Esa dirá que no toca y que hay que esperar al proceso constituyente cuando toque.
 
Incidentalmente y por si acaso: Palinuro no solo lleva tiempo defendiendo el proceso constituyente sino, siendo más específico, singularizando la cuestión territorial en una Convención aparte del proceso constituyente para que todas las naciones en España puedan decidir en condiciones de igualdad y no dentro de otra amalgama del totum revolutum en la que, como se discutirá de todo, quizá no se discuta de nada y menos aun de soberanía que, según se nos dice no es cosa de banderas y balcones. No claro. Pero sin banderas y balcones y claras competencias y jurisdicciones territoriales, lo siento, pero la cosa suena un poquito a truco.
 
Si se quiere eliminar ese sabor a ambigüedad que sigue destilando la entrevista, casi rascando ya la garganta, aclárese otra cuestión: si la ley no nos deja actuar ahora y nos obliga a esperar -muy a nuestro pesar, claro- hasta el año que viene; si, entre tanto los soberanistas (ese extraño e incompresible maridaje entre gentes buenas y gentes perversas según el ficticio eje nacional) celebran elecciones anticipadas, ¿por qué no se piden también elecciones anticipadas en España? ¿Porque se sabe que el presunto sobresueldos no cederá?
 
Bueno, pero pedirlas sería un gesto no solo de claridad y contra la ambigüedad que ahora es ya casi como la noche oscura del alma, sino también de perspicacia e inteligencia. Los catalanes llevan la inciativa hace años. Han comprendido algo elemental para cualquier demócrata (condición que Iglesias parece reservar para él y los suyos), esto es, que lo que da legitimidad para hablar y hacer son las elecciones. Quien las hace gana, aunque en términos numéricos pierda; quien las impide, pierde, aunque en los mismos términos gane.
 
Pero, ciertamente, el líder de Podemos dice que Mas no le marca su calendario u hoja de ruta. Mucho menos el infeliz de Palinuro.