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martes, 10 de enero de 2017

Derrota en la victoria

Los preparativos para el congreso de Vistalegre II son muy movidos, más por las discrepancias doctrinales que por las meras dificultades logísticas. El enfrentamiento larvado hace tiempo, ocultado, negado, criticado, rechazado, lamentado, aflora inevitablemente. La advertencia de que las discrepancias se resuelvan discretamente y los trapos sucios se laven en casa resulta sencillamente absurda al tratarse de personas que se pasan el día en los medios, a donde van porque tienen cosas que contar e interesan a la audiencia y son precisamente esos "trapos sucios" y no los ditirambos a la sabiduría de la dirección.

Aunque esos mismos medios, por mor del oficio, tienden a personificar las teorías, las doctrinas, los conceptos abstractos y por eso hablan de "errejonistas" y "pablistas", nadie cree que se trate de un conflicto personal. Aunque un inevitable deje de personalismo y narcisismo siempre queda. Es llamativo, por ejemplo, que la tercera corriente articulada e identificada en Podemos, los anticapitalistas, no tengan personificación reconocible. Nadie habla de los "urbanistas" o los "rodriguistas", a pesar de que estos anticapis parecen tener las ideas más claras que sus socios y son muy conscientes de sus semejanzas y desemejanzas.

Si se lee un magnífico artículo publicado por Iolanda Mármol en El Periódico, titulado Iglesias y Errejón, las diez diferencias se verán estas claramente expuestas. Parecen ser solamente tácticas pero son también estratégicas. Quien las lea verá reproducirse la vieja confrontación de la izquierda europea desde el primer tercio del siglo XX. Dos monólogos (solo en un par de ocasiones diálogos) adversos. Uno radical, otro moderado; uno revolucionario, otro reformista; uno de tradición comunista, otro socialista o socialdemócrata. En el siglo XX y lo que llevamos del XXI, la versión radical no ha triunfado prácticamente nunca en Europa y los triunfos de la segunda se han visto frecuentemente desnaturalizados por su proclividad a la derecha.

El debate es ese: estar más en la tradición radical o en la reformista. La tendencia a ir a buscar luz en experiencias pasadas, por ejemplo, la constitución del partido bolchevique, cuyo imaginario ronda muchas cabezas de Podemos, no sirve de nada, salvo para cerrar filas en un espíritu elitista vergonzante. Hoy las circunstancias son radicalmente nuevas. España es una realidad de una extremada complejidad. El discurso de clase tiene un auditorio muy reducido. La vindicación obrerista cala con dificultad hasta entre los obreros. La idea -de raíz leninista- de que la política parlamentaria es una pérdida de tiempo obtiene su fuerza de que se exponga precisamente en el Parlamento. Los lemas de la calle solo se escuchan en el legislativo si alguien los lleva allí.

Y no solamente el discurso social precisa una urgente recomposición en términos más realistas y mejor articulados, también la necesita el discurso nacional. En los últimos años se ha abierto una crisis en la izquierda en torno al nacionalismo y la nación. La "nación" y la "patria" de los primeros momentos, inspirados en lo "nacional popular" gramsciano con toques populistas latinoamericanos, no funcionan. La propuesta sustitutoria del Estado "plurinacional", abre más interrogantes. Por ejemplo, ¿hasta dónde llegan los derechos de estas naciones? A declararse Estados independientes?

Añádase la referencia al sistema político imperante, que ha cosechado todo tipo de apelativos, "casta", "régimen", etc. En realidad, para ser desapasionados y realistas, es la tercera restauración borbónica que pretendió copiar los usos de la canovista, con la alternancia de dos partidos dinásticos formando el también muy criticado "bipartidismo" actual. Este sistema presenta un predominio de una derecha neofranquista que controla casi todas las instancias del Estado. A su vera, su contraparte, el PSOE parece estar hundiéndose en una crisis de muy mala pinta producto de sus errores pasados en tiempos de Zapatero, agravados con la etapa de colaboración vergonzante de Rubalcaba y de sus luchas intestinas por volver a configurarlo como un partido de gobierno.

En el caso de que los partidarios de la "unidad" en Podemos, esto es, los radicales con el discurso de clase y la confrontación ganasen el congreso, es posible que obtuvieran una proporción del voto algo superior a la que tienen, pero también pueden perderlo. Sin duda la debilidad del PSOE carga de razón a quienes desde Podemos piensan que ahora sí se conseguirá el sorpasso que no se dio el 26J. Puede ser, depende de muchos imponderables. No solo de la ferocidad de los ataques. También puede ser que siga sin haber sorpasso y la izquierda continúe en una situación de subalternidad. La cuestión es que esa sería la situación aunque hubiera sorpasso porque no daría para formar gobierno.

Por supuesto, son especulaciones. También los debates internos de Podemos lo son. Se repetirá que el debate es sobre cuestiones de enjundia y de doctrina. No es verdad. No lo es, sobre todo, por parte del sector radical en el que la teoría, siempre imprescindible para saber a dónde se va, ha sido sustituida por enunciados sentimentales y frases revolucionarias. Pero, aun admitiendo que estos exabruptos sean propuestas conceptuales, en los medios, que es en donde se expresa Podemos (hasta el punto de que tiene los suyos propios) se pedirán las aclaraciones pertinentes y ahí conviene tener un discurso convincente porque, innecesario decirlo, la política es comunicación y el que gana la comunicación, gana la partida.

Si el congreso lo ganan los reformistas (y ya sé que el término no hace justicia a la radicalidad de sus convicciones, pero habrá que emplearlo mientras no se proponga otro) quiere decir que habrá perdido la opción de la "unidad". Desde el punto de vista de la comunicación, eso tiene mucha importancia, sobre todo si a esa derrota de la "unidad" doctrinal sigue una fractura real de la organización.

Si el sector radical impone la "unidad", y todas las corrientes y organizaciones se fusionan ¿a quién afectará? No tengo claro cómo responderán los anticapitalistas. En cuanto a IU (hoy socia de Podemos en Unidos Podemos) y al PCE (dentro de IU y, por tanto, dentro de Podemos), ¿se fusionan o no? Tanto si lo hacen como si no lo hacen, habrá tumulto. Y en ese tumulto será interesante ver cómo responde Podemos a la acusación que le harán sus rivales en las elecciones de que, en el fondo, se trata de los comunistas de siempre con nuevas hopalandas.

O sea, para entendernos, seguirá gobernando la derecha. Esta derecha. A pesar de la corrupción, de la incompetencia, del autoritarismo, de la gestión antipopular de la crisis y la falta de diálogo con Cataluña. Con razón no se presenta en el próximo congreso del PP moción alguna para limitar temporalmente los cargos. Rajoy intentará estar doce años. O más. 

Lo único que puede hacer saltar lo previsto por los aires es Cataluña.

domingo, 20 de noviembre de 2016

El socialismo revenido

Javier Paniagua Fuentes (2016) El socialismo. De la socialdemocracia al PSOE y viceversa. Madrid: Cátedra, 370 págs.
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En estos momentos de zozobra del socialismo europeo en general y español en particular, este libro será de gran ayuda para todos los interesados en la materia. Para los militantes, los dirigentes y también para los analistas, los dedicados a las cuestiones teóricas de la izquierda y los meros espectadores. Es un ensayo de amena lectura en el que el autor entrevera con pericia tres tipos de relato. Uno es una narración histórica del socialismo español desde la victoria electoral de 1982. Otro son reflexiones doctrinales sobre la socialdemocracia en general que arranca de la polémica del revisionismo a primeros del siglo XX. El tercero son vivencias personales, un fondo autobiográfico pues el autor es historiador, profesor universitario y miembro del PSOE, habiendo ocupado cargos de Dirección General en la CA valenciana y sido diputado por Valencia durante cuatro legislaturas. De todo ello doy fe porque lo conozco desde hace muchos años. No se crea que la amistad haya de condicionar mis observaciones sobre el libro, por aquello de "soy amigo de Platón, pero soy más amigo de la verdad". Un enunciado que carece de sentido en la época posmoderna cuando, según los filósofos, la verdad no existe. Y, si lo dicen ellos, que llevan más de dos mil quinientos años buscándola, algo de eso habrá. 

El comienzo, la reflexión teórica sobre la socialdemocracia en Europa, vincula esta al Estado del bienestar y llega luego hasta la crisis ante el asalto neoliberal de los años 1980. Justo cuando los demás están de retroceso, los socialistas españoles emprenden su primera experiencia jamás de gobierno en solitario. El empeño del PSOE era establecer en España un régimen "homologable" al de las democracias europeas. Ahí hay un punto de discusión sobre si realmente lo logró o no. En opinión de este crítico, no y España sigue siendo el enfermo de Europa, el que no acaba de encajar. Muy significativa la referencia de Paniagua a la idea de Sergio Gálvez de que el PSOE hizo en el siglo XX la revolución burguesa del XIX (p. 137). Es una manera de darle perspectiva a la antigua obsesión hispana. Pero resulta insólita, como una perspectiva de Escher. El complejo original de la falta de revolución burguesa no se resuelve con una traslación siglo y medio más tarde. La burguesía española nunca tuvo aliento para enfrentarse a la hegemonía ideológica y material de la oligarquía nacionalcatólica y el PSOE tampoco. Además, no es cosa de un partido.

El capítulo dedicado a los casi catorce años de gobierno socialista -que hoy parecen del tiempo del califato- tiene abundancia de referencias personales. En general estas pululan por la obra, referidas al ámbito académico y al político, y suelen ser con un fuerte punto crítico adobado con cierta ironía. La que probablemente da encontrarse en la distancia anímica de la jubilación. En algunas de las andanzas que Paniagua narra anduvo este crítico por medio. En los encuentros de Xàbia, que entonces se llamaba Jávea, y en los primeros tiempos del Programa 2000. Y también doy fe de lo que el autor narra con desenfado. Añado que se queda corto. El programa 2000 nació muerto. Por lo demás, el retrato que hace de Alfonso Guerra, presentado como el personaje detrás del personaje, es bastante atinado por lo que se sabe. En cuanto al llamado "felipismo", un supuestso estilo de gobierno personal y arbitrario que otros, peor intencionados, llamaban el felipato, Paniagua mantiene un tono escrupulosamente académico y reconoce la parte de fabulación y campaña de acoso que tuvo toda la historia.

En la España de hoy y de siempre era inevitable una referencia a la cuestión nacional que permite al autor repasar las polémicas en el socialismo desde los tiempos del austromarxismo. Después se aborda la más específica cuestión del catalanismo y el PSOE. En el momento actual, en que parece haber un enfrentamiento entre el PSOE y el PSC, el recordatorio de Paniagua de que el  PSC había sido decisivo para que el PSOE pudiera tener las mayorías absolutas de 1982, 1986 y 1989 (p. 213), suena a toque de difuntos. La intratabilidad de la cuestión nacional en la izquierda española ya se mostró con el caso del PCE/PSUC, pero esa experiencia no parece haber servido de nada y los socialistas se aprestan a mostrar que así ha sido. Sin embargo, o el PSOE se acomoda a la plurinacionalidad o será difícil que vuelva a gobernar y eso si la presión de la otra izquierda se lo permite.

El capítulo más extenso de la obra (más de cien páginas) se lo llevan los gobiernos de Zapatero y los años posteriores. Paniagua es muy crítico con la peana "republicana" que le proporcionaban las teorías de Philip Pettit. Pero reconoce que el campo estaba yermo y que las otras dos opciones hasta entonces en boga, la "tercera vía" de Giddens/Blair y el "Nuevo Centro" de Schröder ya se habían apagado. El civismo republicano apuntaba al interés de Zapatero por lo que pueden llamarse políticas "ideológicas" o "superestructurales", siempre más brillantes: la legislación en materia de igualdad efectiva de género, los derechos de las minorías, por no hablar de la incursión en territorios vedados a España desde hacía siglos, como la propuesta de la "alianza de las civilizaciones", una especie de frágil, precipitada y trivial quimera. Se añadían criterios de generosa justicia social, al ocuparse del bienestar de los más débiles, los dependientes y hasta se procedía con cierta prodigalidad, en una especie de "borrachera del excedente", con los 2.500 € por cada recién nacido y la exención fiscal universal de los 400 euros, dádivas que duraron lo que el consabido pastel a la puerta del colegio y que -y es opinión de este crítico, nada más- tienen tanto que ver con el socialismo como la foca monje.

 Era la socialdemocracia de la abundancia, que brillaba como un faro en Europa pero que, igual que los otros, se apagó en la legislatura siguiente. En esta irrumpieron los sempiternos problemas de España, la cuestión de la memoria histórica y el debate sobre la estructura territorial del Estado. Como siempre. La primera quiebra, precedente de la que llegaría años después con el proceso independentista catalán, fue el "Plan Ibarretxe". Rechazo casi unánime en el Congreso. PP y PSOE votaban lo mismo, como siguen haciendo en este asunto concreto al día de hoy. El argumento que la derecha esgrimió era el de que en el Congreso no estaban representados los territorios, sino el conjunto de los españoles. Y se lo decía a una cámara en la que había representantes territoriales de Galicia, el Paíss Vasco, Cataluña y Canarias. 

Las otras pecularidades del lugar también se mencionan, pero no se subraya su relieve: una es el hecho de que la quiebra terrorista del 11M se viera luego proseguida durante años en forma de una alucinante teoría conspirativa a la que daba crédito la oposición. La otra es la omnipresencia de la corrupción, estructural en el sistema político español, que es un sistema de oligarquías y caciques. Podía ocupar más espacio en el libro teniendo en cuenta que el autor, aunque ceutí de nacimiento, es valenciano por enraizamiento y la Comunidad Valenciana ha sido el Chicago años 30 de la corrupción. La verdad es que, viendo lo que vino después, se entiende que Zapatero tardara seis meses en pronunciar la palabra "crisis". Debía de estar avisado.

La actualidad del PSOE la ve el autor ahora en gran medida a la luz (o la sombra, más bien la sombra) de Podemos. A lo mejor sus hijos, como los de Borrell, son votantes de los morados. Pero de nuevo aquí muestra Paniagua el ojo crítico e interpreta el auge de Podemos en clave de pinza a la antigua usanza de los comunistas y el PP, en lo cual cita a Palinuro (p. 332), que es personaje bienquisto en esta casa. Efectivamente, desde el momento en que Podemos se echó en brazos de IU (a la que no había conseguido fagocitar por entero, cual era su intención) sellaba su destino por abandonar el curso medio que llevaba entre el comuismo anquilosado de IU y la socialdemocracia neoliberal del PSOE, Escila y Caribdis, ya se sabe.

En fin, un gran ensayo sobre la actualidad con perspectiva, empaque y escrito con distanciamiento simpatético y gran agilidad. No creo que ningún lector ecuánime encuentre muchas razones para discrepar.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Mañana, Palinuro con los jóvenes socialistas en Castellón

Un verdadero honor que agradezco de corazón a las juventudes socialistas de Castellón. Un encuentro sobre el muy candente tema de El futuro del socialismo en el contexto europeo y en una fecha especialmente crítica. Tendrá lugar a las 12:00 en el Centro Cultural "La bohemia", en la calle Císcar, 14. 

Innecesario decir que voy muy motivado y muy dispuesto a hablar de la situación europea y española y el necesario papel de la socialdemocracia. Debe esta retornar a su posición central en el devenir de nuestras sociedades porque es la única que garantiza democracia y justicia social, una sociedad abierta y progresista, la única que de verdad compatibiliza libertad e igualdad. Por eso hay tanto interés en que ese discurso socialdemócrata radical no se escuche porque es el único que ha conseguido cambios decisivos en nuestras sociedades, cambios que el neoliberalismo trata de revertir. Se vale para ello del inmenso ruido mediático y la propaganda e ideología difundidas por unos intelectuales orgánicos de distintas escuderías. Por eso, los debates deben ser a fondo, sin tabúes, con sinceridad y valor, rasgos propios del espíritu de la izquierda.

Pero todavía voy más dispuesto a escuchar y a aprender. 

En Castellón nos vemos.

jueves, 11 de agosto de 2016

Diez consideraciones sobre el anticomunismo

I. Muchos comunistas emplean el término "anticomunismo", al que suelen añadir el refuerzo de "visceral", como una descalificación no necesitada de más precisiones. El anticomunista se condena solo. Es un irracional, movido por oscuros intereses, probablemente un frenético reaccionario, en último término un enfermo mental. Por eso, en la Unión Soviética no era raro que recluyeran a los anticomunistas en psiquiátricos. Sin embargo, el anticomunismo puede ser, y es, una actitud muy racional, equilibrada, democrática y legítima. Como el antifascismo o el antibelicismo o el anticlericalismo. Puede ser -y es- tan normal y aceptable como el comunismo, el feminismo o el animalismo. Cierto que hay anticomunistas viscerales. Como hay comunistas viscerales. Que los anticomunistas tengan vísceras no quiere decir que todos piensen con ellas. Igual que los comunistas.

II. El anticomunismo suele ser contrario al marxismo-leninismo, al que muchos comunistas (unos más claramente que otros) consideran la esencia de su doctrina y también del marxismo. Pero esa visión no tiene por qué ser cierta. Otros pueden considerar que el marxismo-leninismo es una deformación, una interpretación errónea y hasta una caricatura del marxismo. Y eso no los convierte en reaccionarios ni en agentes de la CIA. Para los dogmáticos, todo lo que no es el dogma es error o traición. Para otros, el error puede estar en el dogma. La Iglesia católica, muy parecida al comunismo en estos predicamentos, es un buen ejemplo.

III. El marxismo-leninismo, el bolchevismo, el comunismo surge en oposición al socialismo democrático de la II Internacional, acusado de traición; en oposición a la socialdemocracia. Esa fue la gran división del movimiento obrero en el siglo XX con una socialdemocracia poderosa (hoy muy alicaída) y un comunismo enclenque. En la mayoría de los países occidentales, excepto España, Portugal y algún otro, el comunismo ha desaparecido o se ha disfrazado de otra cosa. Pero en él vive el enfrentamiento originario y un notable revanchismo que suele llevarlo a romper la unidad de la izquierda y facilitar el gobierno de la derecha.

IV. Resulta sorprendente que una doctrina fracasada (ha hecho incluso algo peor que fracasar) en todas las partes en donde se ha practicado, siga teniendo tan relativa buena prensa. Rara vez se recuerdan las monstruosidades de los países del comunismo realmente existente. Apenas se reconoce el hundimiento del comunismo como un efecto de lo erróneo de su doctrina. Se rechaza por falsa (y anticomunista visceral) toda asimilación del totalitarismo comunista con el nazi, siendo así que dicha asimilación tiene muchos visos de verosimiltud, aunque no todos. Al contrario, si no se hacen muchas indagaciones, el comunismo pasa por una doctrina viable, democrática y cargada de razones históricas. Sorprendente a la vista de lo que abrumadoramente muestra la experiencia.

V. La explicación de la paradoja puede estar en el prolongado efecto que ha tenido el uso magistral de la propaganda por los comunistas. En este capítulo, estos no tienen nada que envidiar a los nazis y a la Iglesia católica, la creadora del término. Los comunistas, tanto los realmente existentes como los realmente militantes han vivido y viven en dos mundos contrapuestos: el de la realidad y el de la propaganda que, en rigor, es la fantasía. Esto es muy frecuente. "No solo de pan vive el hombre", dice Cristo, "sino también de la palabra del Señor". Y la palabra del Señor puede tener muchas formas, infinitas; si no, no sería el Señor. Por ejemplo, puede vivir de la fantasía de una sociedad comunista, sin clases, propiedad privada ni Estado. Y, con tan nobles fines, ¿quién reparará en la futesa de preguntar por los medios? Para eso está la propaganda.

VI. Y los intelectuales, que lo de la propaganda lo bordan porque lo subliman. Es asombrosa la cantidad de intelectuales y artistas que ocuparon buena parte del siglo XX en defender el comunismo como tierra de promisión y que luego se enredaron en controversias doctrinales de un marxismo escolástico. Los intelectuales han tenido siempre más peso en el continente que en el ámbito anglosajón; y se nota. En el continente, han tenido más peso en los países latinos que en los septentrionales. Aquí, los intelectuales conservan vínculos con el sacerdocio, por eso el carácter casi sacral de su propaganda con sus ritos, sus tradiciones, sus leyendas y su culto a los antepasados.

VII. Cuando la propaganda no da para más y hay que responder al reto de explicar por qué se hundió el tinglado, suele acudirse al peregrino argumento de que la Unión Soviética y sus excrecencias no eran comunistas de verdad. Es decir, el comunismo realmente existente pasaba a ser el realmente inexistente. Palinuro ha leído, incluso, que Stalin era anticomunista. Esto pueden decirlo los trostkystas, pero es solo porque consideran que ellos son los verdaderos comunistas, siendo Stalin un burócrata. Lo cual parece invitarnos a los observadores escépticos a ponernos del lado del trotskysmo, cosa imposible para quien no cree en el comunismo leninista, que es el único verdadero. Por cierto, de explicaciones racionales del hundimiento del comunismo, ni una. Lo que no está mal para una doctrina que, además de pensarse como una "guía para la acción", se considera método y método científico.

VIII. Explicaciones completas no hay, pero sí retazos, ramalazos. El más socorrido es el del desajuste entre la teoría y la práctica. El marxismo, incluso el marxismo-leninismo, es correcto pero la práctica, su aplicación a la realidad, ha fallado. Es el tema del ensayo de Kant "sobre la propuesta de 'eso está muy bien en la teoría pero luego no funciona'". Un enfoque pragmático en el más elevado sentido, induce a pensar que si una teoría no funciona en la práctica es falsa. Pero el pragmatismo no es creencia de obligada profesión. También cabe echar la culpa del fracaso a la realidad. Y tampoco es tan absurdo, dado que la realidad es muy cambiante.

IX. Agotados los argumentos de carácter general, los comunistas arremeten contra los anticomunistas por el lado de lo personal, en los ataques ad hominem prejuzgando sus motivaciones y prejuzgándolas malévolamente. Hay una prueba que confirma la licitud de estos recursos más bien inferiores: atacar al comunismo en un mundo de capitalismo bestial, inhumano, desbocado, muestra complicidad con quienes se benefician de esta fiesta. Ser anticomunista no es ser procapitalista. Este maniqueísmo es lamentable. Muchos anarquistas son anticomunistas y muchos izquierdistas, también. Es más, muchos marxistas son anticomunistas. Parece mentira que sea preciso recordar esto a unas gentes que dicen haber descubierto el pluralismo, pero todavía deben de creer que es un estilo de natación.

X. El anticomunismo opuesto a la doctrina comunista no es por eso mismo procapitalismo porque, entre otras cosas, el capitalismo no es una doctrina. Es una de las formas que, de modo espontáneo, han tomado las relaciones de intercambio en un largo sucederse unas a otras a lo largo de la historia. Por descontado que tiene sus teorías, fórmulas, claves y hasta lenguaje. Pero no es una doctrina que alguien se haya sacado de la cabeza y plasmado en un cuerpo sistemático. El capitalismo es también una forma de vida, aquella en la que nos encontramos hoy y no tenemos por qué juzgarla más aceptable que las fórmulas sustitutorias de propaganda.Conozco capitalistas que dicen ser comunistas y comunistas que se comportan como capitalistas. La sociedad es compleja. Un verdadero barullo. Las motivaciones de cada cual, vaya el diablo cojuelo a averiguarlas, levantando los tejados de las casas y las caretas de los líderes. Por eso parece prudente reconocer a los anticomunistas su derecho a postular su posición de modo razonado y argumentado y no negarles toda capacidad de raciocinio o considerarlos agentes del maligno.

viernes, 6 de febrero de 2015

La mona y la seda.

Según parecer generalizado, el gran éxito de Podemos se ha debido a su magistral empleo de los medios y las redes y a la novedad de su discurso. Lo primero es importante, pero lo segundo lo es más. Podemos habla un lenguaje nuevo, de ruptura, regeneracionista. Trae un espíritu orteganiano de lucha contra la "vieja política". El "régimen del 78" está en descomposición por numerosas razones. Se necesita gente nueva, discursos nuevos, ideas nuevas.

Podemos los aportaba y por eso se ganó la confianza de mucha gente. La de todos los que no se sentían representados en las instituciones y querían encontrar un espacio en la vieja política, sobre todo uno entre las dos opciones tradicionales de la izquierda. Por eso Podemos armó un partido casi de la nada, obtuvo un resultado brillantísimo en las elecciones y se dispuso a asaltar los cielos impulsado por el fervor popular.

Pero, de tanto mirar al cielo, comenzó a dar tropezones en la tierra. En el mitin de Vista Alegre, en el de Barcelona, en el de Sevilla y por distintas razones, hubo gestos, expresiones, ademanes del pasado, de la vieja política. Palinuro los puso en evidencia, en especial el insulto a la izquierda, llamándola "trilera". Lo hacía de buena fe, pero ello no le evitó las habituales acusaciones de criticar por fastidiar o por razones inconfesables. Paciencia.

Esta bronca de IU en Madrid y su impacto en Podemos ya no es solo un tropezón. Es un caerse por el barranco y con todo el equipo. Lo de menos es si IU da el enésimo espectáculo de confusión, enfrentamiento, faccionalismo y cainismo. Business as usual. Lo de más es que afecte directamente a Podemos y revele en este proyecto un trasfondo hasta ahora oculto.

La señora Sánchez que, en definitiva, es una tránsfuga, por las razones que sean, ha decidido renunciar a su acta, abandonar su partido, si es que solo pertenece a IU y no también al Partido Comunista, y fundar uno propio con un proyecto de convergencia asambleario y de democracia de base con Ganemos y quien sabe si también Podemos. Se trata de alguien que puede calificarse como política profesional pues lleva toda su vida laboral en cargos públicos y/o de partido. Su carácter se refleja en esa rotunda afirmación de No, punto. No vamos a entrar en Podemos. No por la verosimilitud del contenido, que es escasa, sino por la atribución de sujeto. ¿Quiénes son esos nosotros que no vamos a entrar en Podemos? Obviamente, quienes la siguen. Pero entre estos hay quienes han roto con IU, como ella y quien, como Garzón, quiere la convergencia pero no ha roto con IU. En este lío, ¿no sería conveniente preguntar cuando se quiere converger con gente asamblearia? Y sobre todo porque entre quienes la acompañan, según leo, está el Partido Comunista de Madrid, que anhela la convergencia (aunque manteniendo cada cual sus siglas) por lo que ha roto con IU. Una IU que, al decir de un lacrimógeno Cayo Lara. se siente huérfana y abandonada por Tania a quien siempre ha respaldado.

¿Cómo, cómo? ¿Que el PCM ha roto con IU? Ha roto, entonces, con su criatura, con su disfraz. ¿Y de qué se disfrazará ahora? Está claro, de Podemos.

Es el efecto sifón. Un exitazo. Si más del 40% del electorado de IU vota a Podemos, nada tiene de extraño que los elegibles también se hagan Podemos incluido el Partido Comunista. Pero esto es precisamente lo que menos interesa a los novísimos. El cuadro que se quería para España reproducía el de Grecia: Syriza se presentaba a las elecciones como una fuerza de izquierda auténtica, pero no comunista. La prueba, que también se presentaba el KKE, el Partido Comunista griego, cuya misión era perder las elecciones. En España, lo mismo: por un lado Podemos, una izquierda nueva, sin compromisos ni ataduras, nada que ver con los partidos del régimen, incluido el comunista e IU. La misión de estos es seguir presentándose como una opción distinta, aunque se hayan quedado sin electores. ¡Pero no converger, por favor, porque entonces no hay modo de distinguirse!

La convergencia, a la que Pablo Iglesias dice tener tendida la mano, significa que desembarca en Podemos un contingente de vieja política de comunistas y militantes de IU (siempre tan difíciles de distinguir), de esos de zancadillas, conflictos, escisiones y práctica profesionalización de la política de cargo público en cargo público como el resto de los beneficiarios del "régimen". Políticos, a la vista está, de un insufrible personalismo. A consecuencia de ello, el crédito de Podemos en su discurso de innovación, regeneracionismo y ruptura con la llamada casta se vendrá abajo. Al final podría ser que hubiera intentado vestirse con la seda del nuevo espíritu de pueblo empoderado jamás será engañado, apareciendo luego el feo rostro de la mona bolchevique.

Ponderando lo que llevaba escrito más arriba, Palinuro cayó en el timeline de FB de su amigo Joaquim Pisa, en donde leyó que, al parecer el periodista Ricardo Martín había explicado en 24h de TVE que todo el asunto de la convergencia era una maniobra del PCE para hacerse con el control de Podemos y añadía que detrás de esta maniobra se encuentra una vez más un personaje incombustible y conspirador nato, el hombre que maneja a Alberto Garzón como a una marioneta y por el cual Pablo Iglesias dice sentir devoción: Julio Anguita.

De ser así el asunto, la decepción de la gente es para imaginarla, sobre todo contando con que, con estas joyas "convergentes", hasta es posible que el partido no llegue ni a mayo. Y, desde luego, se trata de una típica operación de entrismo que no sé cómo sentará a los de Izquierda Anticapitalista, quienes se han disuelto en Podemos.

Según esto, con Podemos, Anguita conseguiría lo que nunca consiguió con IU, la niña de sus ojos, el ansiado sorpasso, su victoria sobre la traidora soialdemocracia, su venganza. De ser Anguita, en efecto, uno de los muñidores de estos planes, lo que llama la atención de Palinuro es el hecho de que quienes han llenado campos y plazas predicando el relevo generacional tengan como referente a quien podría ser su abuelo. Salvo que no se dé el caso porque en realidad sean coetáneos.

domingo, 1 de febrero de 2015

Los socialistas enseñan los dientes.

El PSOE celebra este finde en Valencia una convención política de baronías. Reúne a sus candidatos a las elecciones autonómicas. Y parece dispuesto a recuperar iniciativa, recomponer fuerzas, redefinir espacios, formular un discurso y redactar un programa para las elecciones.
 
El primer paso ha sido desenfundar la vieja bandera de la socialdemocracia. Vieja, pero no antigua y que conserva un gran prestigio. Por eso se la apropian los de Podemos. Socialdemocracia y su equivalente, socialismo democrático, siguen siendo vacas sagradas. La prueba es que la crítica a los socialdemócratas, generalmente radical, no es por serlo sino por haber dejado de serlo, por haberla traicionado.
 
Ahora solo falta llenar de contenido ese venerable atavío. Es fácil en un primer envite pues basta con reclamar la reparación, consolidación y expansión del Estado del bienestar en su doble acepción de economía social de mercado y protección de los derechos, especialmente los económicos y sociales y para todos. Conviene hacerlo en el doble frente práctico y teórico, esto es, arbitrando las políticas necesarias y generando teoría, doctrina, capaz de oponerse a la abrumadora hegemonía de la doctrina neoliberal, tanto más asfixiante cuanto que es un cadáver. Una ocupación esta teórica que los socialistas abandonaron hace mucho tiempo, víctimas de un practicismo ciego.
 
Y ojo al practicismo, que vuelve. Lo hace bajo fórmulas aparentemente realistas que el PSOE comparte con la derecha y son puras vaguedades del tipo de "ocuparse de los problemas reales de los ciudadanos", estableciendo un orden de prioridades sin consultar a esos mismos ciudadanos. La Convención puede decidir y seguramente lo hará en el anunciado programa, reducirse a las políticas prácticas y olvidarse de los asuntos de principios, siempre incómodos, como los fastidiosos temas de Estado.
 
Pero es un error porque deja a los ciudadanos una opción entre extremos: el inmovilismo en todos los terrenos de la derecha, incluso una posterior involución, y el proceso constituyente de Podemos en el que se podrá discutir de todo porque todo está abierto y en cuestión. Entre ambos hay un espacio amplio ocupado por gente que quiere cambios sustanciales pero acotados. Acotados ¿a qué? Pues a la cuestión de la Iglesia y el Estado, la de la Monarquía y República y la del carácter plurinacional de España. No se trata de que se saquen una fórmula del caletre, aunque con la federal ya lo han hecho, pero sí de que no se nieguen en redondo a abordar la cuestión llegado el caso.
 
En definitiva, el problema mayor de los socialistas es el crédito. Lo tienen bajo mínimos. Recuperarlo no va a serles fácil. Y menos si siguen colaborando con un gobierno que se niega a dar cuenta de sus actos en el Parlamento y no asume responsabilidad política alguna por prácticamente nada. Y muchísimo menos si son incapaces de cumplir con su deber de oposición y presentar una moción de censura ya.
 
Por eso, mucho dependerá del discurso de hoy de Sánchez en la Convención. Si anuncia la moción de censura, reconstruye la opción socialdemócrata, tanto en el plano práctico, factible, como en el teórico o de principios y anuncia políticas de socialismo democrático estará en la senda de la recuperación y además se hará un favor a sí mismo, consolidando su posición con el apoyo de los barones que han hecho una exhibición de unidad.
 
La unidad es mandato de supervivencia. Unidad interna. Es suicida que haya gente conspirando por los rincones y malmetiendo. Al PSOE le interesa terminar con eso sin perjuicio, naturalmente, de la libertad de los militantes para ir por ahí haciendo su vida. Combinar ambas cosas es muestra de sabiduría. Unidad con libertad. Es hermoso ver la libertad en compañía de la lealtad; pero no es imprescindible. Si la libertad no permitiera la deslealtad no sería libertad.
 
Pero esa unidad debe ser incluyente, aglutinante. Está bien que en el PSOE haya una corriente organizada, Izquierda Socialista. Pero estaría mejor que tuviera mayor relevancia y peso. Ahora, además, hay muchos socialistas pasándose a Podemos y otros están ocupados montando puentes y pasarelas que apuntan a posteriores trasvases. No haría mal el PSOE ofreciendo acomodo en su seno a esos grupos de protestones de la izquierda. A lo mejor podía invitarlos a la redacción del programa. Sería un gesto.
 
Los socialdemócratas españoles podían recordar el caso del laborista británico Ken Livingstone, llamado Ken el Rojo, un trotskista que fue dos veces alcalde de Londres entre 2000 y 2008, creo, bien es cierto que la primera como independiente porque los laboristas lo expulsaron. Lo readmitieron para la segunda porque los trotskistas han sido siempre una fuerza en el Partido Laborista. Eso aquí es impensable. ¿Por qué?

martes, 20 de enero de 2015

Último vuelo de Sevilla.


Palinuro dejó pasar un día desde el mitin de Podemos en Sevilla para reflexionar, considerar las reacciones y reflexionar sobre las reacciones. La acusación directa a Susana Díaz de ordenar a la televisión andaluza la censura al coletas parece ser falsa. La misma televisión ha probado documentalmente que lleva meses solicitando una entrevista. Cierto, ello no demuestra que no haya habido una llamada desde San Telmo ordenando la censura. Pero eso debiera probarlo quien formula la acusación y, si no puede, retractarse. No sé por qué nadie espera nada. Palinuro espera que la acusación se pruebe o la retractación se produzca.

Los socialistas andaluces andan por las redes comentando que Iglesias fue a Andalucía a insultar a los de allí y "mirarlos por encima del hombro". Suena un poco a manía persecutoria, pero ya es casualidad que en las comunidades recientemente visitadas por el secretario general de Podemos haya una reacción más o menos generalizada de gente que se siente insultada, menospreciada. En fin, uno de los recursos partidistas es invocar agravios imaginarios para dañar el prestigio del adversario/enemigo.

El insulto a las izquierdas llamándolas trileras sentó a Palinuro ante el teclado para subir un post titulado El casuismo de los trileros que, en el momento de escribir esto había tenido 4.165 visitas únicas, tanta gente como fue a escuchar a Sevilla a Pablo Iglesias. En él se postula la idea de que la explicación del aparentemente errático comportamiento de Podemos está en su casuismo jesuítico. Esto equivale a reconocer que en un primer momento Palinuro se tragó el anzuelo de "aquí hay una izquierda nueva"´y que además aplaudió ingenuamente la aparición de otro discurso, innovador, crítico, libre, independiente, espontáneo, democrático, horizontal. Era un aplauso con alguna reserva sobre factores como la espontaneidad o la horizontalidad, muchas veces simuladas o inducidas más que reales. Pero era aplauso, conjuntamente con el de muchos otros ciudadanos hastiados de una institucionalidad política acartonada, hueca y cobijo de corrupción y granujería.

La crítica consistía en señalar que esa innovación era un disfraz, puro trabajo de comunicación y el mecanismo era el permanente recurso a la casuística. Esto es, las cosas no son como son o como yo creo que deben de ser sino como me interesa que sean. Así se vicia de raíz todo discurso de la izquierda. Por eso dicen en Podemos no ser de izquierda ni de derecha sino ambicionar la centralidad del tablero, una expresión rimbombante y cursi para no decir centro porque les da vergüenza. Quieren ser el centro pero también la izquierda inequívocamente y esto solo pueden conseguirlo con el casuismo.
La parte más dura y virulenta del discurso de Iglesias en Sevilla le tocó al PSOE, a Susana Díaz y a Pedro Sánchez a quien vilipendió, tachándolo prácticamente de pelele. Es un aria favorita de su público que está convencido de que el PP y el PSOE son lo mismo, como dos bueyes que tiran del único carro del capitalismo. Desde un punto de vista de izquierda este juicio es injusto. Durante los años 80 y primeros 90, el PSOE fue decisivo en la modernización de España, su integración en Europa y su desarrollo como una sociedad más abierta, libre e igualitaria, con sanidad, educación, seguridad social universales. Muchos de quienes hoy reniegan de la socialdemocracia estudiaron gracias a las medidas socialdemocrátas. Reducir las legislaturas socialistas a los GAL, la corrupción (por lo demás nimia en comparación con lo que hay hoy y estaba entonces fraguándose en la derecha) y otras pifias del PSOE, ignorando los demás factores solo puede hacerse de mala fe. Como mala fe indica enjuiciar las legislaturas de Zapatero por su desastrosa gestión de la crisis, la reforma del 135 y sus políticas neoliberales ocultando que fuimos una de las sociedades más avanzadas en igualdad en Europa y más libres y en donde se respetaban derechos que en otros lugares no se reconocían. Mala fe. Casuismo.

Pero, además, caramba, el PSOE no gobierna sino que está en la oposición, como Podemos. Y ¿a quién se opone Podemos? A la oposición. No al gobierno, sino a la oposición. Para zanjar sin miramientos esta cuestión Iglesias aseguró enfáticamente que ellos sí que no pactarán en ningún caso con el PP. Énfasis el que se quiera, pero hay que creerle bajo palabra en un país en el que sus primos hermanos de IU tienen una alianza con el PP en Extremadura que permite el gobierno de la derecha.

O sea, sin monsergas: el enemigo es el PSOE. Suena, ¿verdad? ¿A qué? Al viejo contencioso comunistas-socialdemócratas de toda la vida, a la visceralidad, al anticomunismo visceral y el odio visceral a la socialdemocracia; suena a la quimera anguitiana del sorpasso de los socialistas que se interpretó en su día como la pinza. Aquí hay mucho anguitismo y mucho anhelo de sorpasso, animado por la buena acogida popular que ha tenido la innovación del discurso político a base de recoger las reivindicaciones del 15M.

Pero todo esto era pura fachada. La organización complementa el casuismo jesuítico con férreo estilo bolchevique que lucha por imponerse a los sectores más asamblearios, más de de tendencia de grass roots politics, como puede verse en los conflictos orgánicos que afrontan en Cataluña, esos que Carolina Bescansa llama con notable estro poético el "Podemos para protestar".

Pero no puede olvidarse: el Podemos fetén es el Podemos para ganar. Ganar es la palabra mágica, el criterio último moral. Lo que sirve para ganar vale; lo que no, no. Estamos hartos del martirologio de la izquierda europea, siempre de perdedora. No queremos ser losers como el pobre Sánchez. Queremos ser winners. ¿Para qué? Para gobernar. Para gobernar ¿cómo? Eso ya se verá. Lo importante antes de nada es ganar y si, para conseguirlo hay que decir que no somos de izquierdas porque el rollo de izquierdas derechas es cosa de trileros, se dice, que ya Dios después distinguirá a los suyos.

Claro que nosotros, la cúpula, el mando, la vanguardia, los que después seremos la Nomenklatura, somos de izquierdas, sin duda. Pero necesitamos el voto de mucha más gente y ahí, en la gente, hay de todo y una determinación de izquierda es negativa porque resta votos. Así que no somos de izquierda ni de derecha, no somos autodeterministas ni centralistas, laicos o confesionales, republicanos o monárquicos. Somos lo que nos interese ser en cada momento. Y desde luego no comunistas; tampoco anticomunistas. Como con todo, no somos nada.

Lo del comunismo trae un punto de sarcasmo. De sarcasmo mefistofélico, prueba evidente de que en Podemos tienen el relato tan estudiado y medido como el hilo las Parcas. ¿Por qué motivo no se ha producido una convergencia entre Podemos e IU a pesar de las súplicas insistentes de esta que ha llegado a prescindir de su venerable líder para poner a un sosias de Iglesias en la esperanza de que se entendieran? Exactamente, ¿por qué no se han fundido dado que su programa, en el que tienen una fe anguitista, es idéntico? Sobre todo teniendo en cuenta que ninguno de ellos propugna un cambio radical del modo de producción sino que se limitan a administrar de otra forma, más justa, proclaman, el capitalismo. Vamos, que están dispuestos a sustituir al buey socialdemócrata por un buey de verdadera izquierda para tirar del carro capitalista. ¿Por qué no ha habido fusión ni la habrá?

Porque a Podemos no le interesa aparecer contaminada por el comunismo de los losers, porque si se alía con él, retrocederá a sus habituales porcentajes de intención de voto, perdiendo sus halagüeñas perspectivas. Así que a los herederos de la tradición comunista de IU les queda interpretar el papel del payaso que recibe las bofetadas para que sus ingratos descendientes puedan alcanzar su sueño: gobernar al precio que sea, jibarizando a IU y hundiendo en la miseria al PSOE. Si tal cosa llegara a suceder, merecido se lo tendría este porque ha sido incapaz hasta ahora de elaborar un relato claro y creíble, explicando y valorando lo que ha hecho bien, señalando y criticando lo que ha hecho mal y presentando propuestas para profundizar en los aciertos, enmendar los yerros y abrir puertas nuevas.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Consejas al PSOE.

Como Palinuro carece de ciencia infusa, no está en posesión de verdad absoluta alguna y carece de títulos para ir por ahí repartiendo credenciales de nada, considera que el PSOE es un partido de izquierda. Quizá no sea tan de izquierda como otros, pues en esto de la ideología, como en todo, hay gradaciones. Pero de izquierda. Se basa para ello en el hecho de que los propios socialistas afirman serlo y parece razonable iniciarse en lo debates otorgando algún crédito a lo que dicen las partes interesadas. Si duda, cuando afirman ser de izquierda, los socialistas pueden estar mintiendo. La mentira es uno de los atributos que definen a los seres humanos como racionales. Pero también pueden estar mintiendo quienes les niegan tan codiciada condición izquierdista y se la reservan para sí. Aunque se tipifique como un mal, la mentira es una forma de bien público en el sentido de los economistas, esto es, algo que pertenece a todos y de lo que nadie puede ser excluido.

En los últimos años se ha producido un cambio en la actitud general del PSOE que ha inducido una creciente opinión popular de que el partido ha dejado de ser de izquierda. Cuántos años en concreto en cosa sujeta a las exigencias de cada cual. Hay quien dice que tres, otros diez, otros, cuarenta. Va en pareceres. En todo caso los suficientes para que haya crecido llamativamente la intención de voto de una izquierda más a la izquierda y se equipare con frecuencia al PP con el PSOE.
 
Ahora el PSOE muestra clara voluntad de enderezar entuertos, disipar dudas, recuperar su discurso genuino, mostrar su rostro de izquierda. Es más o menos creíble pero Palinuro aplica aquí el mismo criterio de conceder un voto de confianza a lo que se dice. No siendo, además, sectario, sostiene que lo importante es que haya un voto mayoritario de izquierda. No es de recibo que gobierne la derecha porque aquella es incapaz de ponerse de acuerdo.
 
Con ese espíritu constructivo, Palinuro aconseja al PSOE recuperar el crédito perdido mostrando que se toma en serio la tarea. Para ello debe marcar distancias nítidas con el PP en todos los terrenos, incluido el de la organización territorial del Estado; o sea, Cataluña. El PSOE no puede decir que en esto está detrás del PP  sin fisuras. La gente no es tonta y puede entender que entre la independencia y la represión sin más hay posiciones intermedias de negociación que posibiliten acuerdos en los que no se menoscaben los justos derechos de nadie. Los justos. No lo injustos.
 
Ese distanciamiento debe ser total. No cabe seguir actuando como comparsa en un esperpento en el que se hace pasar como política la actividad de un gobierno apoyado por un partido que los jueces consideran una posible organización de malhechores y presidido por alguien bajo acusación de haberse lucrado con la corrupción.
 
Y también tiene que marcar las distancias por el otro lado con Podemos, que representa un reto de absorción de votos socialistas tradicionales mucho más fuerte de lo que nunca fue IU. El hecho de que los novísimos se apropien de la bandera de la socialdemocracia debiera suscitar una respuesta rápida del PSOE. Al fin y al cabo, están arrebatándole la marca de fábrica, normalmente un activo muy importante en toda empresa colectiva. ¿Qué debería hacer? Es obvio: elaborar un relato sucinto y claro de lo que la socialdemocracia ha hecho en España de bueno, reconocer lo que haya hecho de malo y proponer enmiendas creíbles. Y atenerse a él. Y difundirlo. Está en su derecho. Como lo está Podemos en dudar de su sinceridad. Y vuelven a estarlo los socialistas cuando dicen que, pues lo mejor resulta ser la socialdemocracia, socialdemocracia por socialdemocracia, más vale apostar por la auténtica que por la prometida.
 
Dos últimas cuestiones. La izquierda socialdemócrata no tiene por qué ser antimonárquica. Los partidos socialdemócratas nórdicos y de otros países europeos conviven con la monarquía. Pero tampoco tiene por qué ser solo monárquica y menos en España. También puede ser republicana. En gran medida lo es y, por tanto, el PSOE debe matizar su reciente monarquismo para reconocer la legitimidad de la república y el derecho de la gente a decidir entre una y otra.
 
La segunda cuestión, la Iglesia. No hay ninguna razón para que el PSOE no se comprometa ya a denunciar los Acuerdos con la Santa Sede y separar de una vez eficazmente la Iglesia del Estado para que aquella deje de ser un Estado dentro del Estado y admita su condición de asociación privada.


(La imagen es una foto del PSPV-PSOE, con licencia Creative Commons).

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Mundos aparte.


Ahora mismo España es un rompecabezas. O un puzzle, como dicen quienes celebran Halloween porque son unos cracks. Hay piezas nuevas imposibles de encajar en el dibujo. Incluso hay dos dibujos distintos. Muy distintos. El de tema catalán y el de tema español. Son como dos realidades diferentes, cada vez más separadas, mundos aparte.

Cataluña muestra un sistema político de hegemonía soberanista con una dinámica propia, decididamente orientada a la construcción de un Estado independiente y en conflicto, relativamente controlado de momento, con el Estado. El proceso prescinde de la dinámica del sistema político español desde el momento en que se postula por igual frente al inmovilismo del PP o el cauto reformismo más o menos federalizante del PSOE, dándoles a ambos por superados en Cataluña. La hegemonía es patente. El bloque soberanista debate sobre las formas electorales, pero no sobre la decisión de convocar elecciones anticipadas. Sin duda estas no son inevitables, dado que CiU todavía puede mantenerse en el gobierno en alianza con un PSC que estaría encantado con ello. La cuestión es si al nacionalismo burgués le merece la pena retrasar un año las elecciones a cambio de una pérdida de imagen soberanista fuerte. La opción conservadora, la lista única, quiere acentuar el carácter nacional al estilo bismarckiano, garibaldino; la nación por encima de sus facciones. La opción de izquierda, las listas separadas, quiere subrayar más el carácter social. Es republicana, pues lo lleva en el nombre, y decididamente radical. El gobierno de concentración, se entiende nacional, es una figura conocida aplicada en situaciones de emergencia. Y ¿qué emergencia hay mayor que la del nacimiento de un Estado? Por otro lado, es difícil imaginar qué gobierno podría constituirse a partir de una lista única trufada de nombres personales sin traducción partidista.

Lo que está claro es que ese debate es puramente catalán. En Cataluña hay también otras fuerzas políticas. Es la comunidad autónoma con mayor índice de pluripartidismo. Hay siete partidos en el Parlament, frente a cinco en el País Vasco y menos aun en las demás comunidades autónomas. La hegemonía es catalanista. Las fuerzas puramente españolas, el PP y Ciutadans, son minoritarias, marginales. Las dos intermedias, PSC y ICV-EUiA, eso, intermedias; más inclinada al soberanismo la segunda que la primera. Nada que pueda oponerse con eficacia a la mayoría absoluta soberanista en la cámara. Esta tiene fuerza de atracción pues sus resoluciones suelen ir firmadas también por alguna de las fuerzas intermedias y hasta por las dos. Mientras que lo contrario no se da. Cataluña no se mueve en clave española. Pero España sí se mueve en parte en clave catalana.

La posibilidad de una gran coalición, lanzada ayer como una pedrada en el estanque por mi señora Aldonza Lorenzo de La Mancha para garantizar, dice, la gobernabilidad ha puesto a croar a todas las ranas. Nada de gran coalición rechazan indignados los socialistas, cuyo secretario general acaba de afirmar que podía llegar a acuerdos puntuales con el PP y con un sentido de la diplomacia que los dioses le conserven. En todo caso, de grosse Koalition, ni hablar. Se entiende el escándalo en un partido al que se presenta en la izquierda como la otra pata del banco de la restauración, la transición y el fementido "régimen", como PPPSOE. Sin embargo, Alemania se gobierna con una grosse Koalition y no parece haber un descontento masivo marcado. Aquí, se argumenta, eso es imposible porque las diferencias entre PP y PSOE son antagónicas. Véase por si había dudas el artículo 135. No, no y no a la gran coalición. ¿Se mantendrá ese criterio si, complicándose los asuntos catalanes, el PP hace a su vez una llamada al patriotismo del PSOE y propone otro gobierno de concentración como el catalán? Dos gobiernos de concentración en España y enfrentados entre sí. El SPD alemán, además, no tiene un Podemos pisándole los talones. Pero Cataluña es decisiva.

De Cataluña no hay discurso claro en Podemos. A falta de ver qué resultado obtendría en unas elecciones y qué actitud adoptaría en la política específicamente catalana, a día de hoy, según sus declaraciones, Podemos se situaría en el campo intermedio, obstaculizando o apoyando la opción hegemónica, pero sin capacidad de configurar una propia.

Podemos es una fuerza decididamente española e inserta en la dinámica del sistema político español. Una vez fagocitado el apoyo electoral de IU y mantenido esta como opción perdedora con la sola función de evidenciar que Podemos no es una fuerza comunista o poscomunista, toca ahora absorber la base electoral del PSOE hasta pasokizarlo. La declaración de Pablo Iglesias de que su programa económico y supongo que todo él es socialdemócrata revela astucia. La utilización de un término denostado hasta la fecha a base de precisar que se trata de la verdadera socialdemocrcaia, la que el PSOE ha abandonado vergonzosamente por un plato de lentejas de las migajas capitalistas. Podemos recoge bravamente una bandera abandonada en el fango y la enarbola, al tiempo que empuja a la derecha a su abanderado tradicional, el socialismo democrático, el PSOE. Esa es la gran apuesta, la misma que había hecho Carrillo en lo años setenta del siglo XX, cuando se sacó del magín el eurocomunismo, que era el viejo progama comunista dulcificado y aplicado mediante elecciones democráticas.

La cuestión es si la socialdemocratización de Podemos tiene mayor éxito que el eurocomunismo del PCE.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Crítica al programa económico de Podemos.

Si es cierto lo que hoy dice "El Plural" de que Alberto Garzón es el ideólogo ‘tapado’ del programa económico de Podemos, entonces no es verdad lo que dice "El Plural". No es un juego de palabras. "El Plural" sostiene que el llamado Un programa económico para la gente es un calco de las 115 propuestas para salir de la crisis que Vicenç Navarro, Juan Torres López y Alberto Garzón publicaron a fines de 2011 en forma de libro titulado Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España, editado en Madrid por Sequitur. Básicamente, es cierto, y el periódico lo documenta fehacientemente sobre la base del texto del programa citado que hoy trae El País. Pero Alberto Garzón no es "el ideólogo tapado del programa económico de Podemos", sino, en todo caso, de un tercio de él. Los dos tercios restantes corresponden a Vicenç Navarro y Juan Torres López que, por lo que se ve, han reproducido sus ideas de 2011 en una forma de autoplagio benevolente. No tengo nada que objetar a esta práctica "re-publicadora", sobre todo si la re-publicación está escrupulosamente actualizada en los datos, como es el caso, salvo la melancolía que produce comprobar que la economía es una ciencia más lenta de lo que gusta reconocer porque si, al paso que van las cosas, las recetas de 2011 valen para 2014 y más allá, el recetario es parsimonioso.

En todo caso y como sea que el programa en cuestión (de unas 66 páginas, mientras que el libro tiene 226) está ya a disposición del ávido público en la edición de hoy de "El País", Palinuro aporta aquí la crítica que publicó en enero de 2012 sobre el mentado libro de los tres economistas de izquierda, titulada Las aporías de la izquierda. Ya ven ustedes de qué sirve esta labor callada, cotidiana del piloto de Eneas. Justamente para salir el primero a calibrar el programa económico de Podemos con cierto conocimiento de causa y no a base de escribir de oídas, como da la impresión de hacer hoy José Carlos Díez en un artículo publicado también en "El País", periódico otrora serio. Este artículo se me antoja una vergüenza y un ataque injustificado a los autores del programa que el autor obviamente no ha leído, como tampoco parece haber leído el libro del que arranca. Puede que Palinuro sea mal pensado o un verdadero manazas pero o es incapaz de encontrarlo o, simplemente, lo han borrado de la web del periódico; pero, hélas, no del caché de Google, así que este es el artículo evanescente y este su altanero título,  Podemos en el país de 'Nunca jamás'. Demasiado.

martes, 25 de noviembre de 2014

La palinodia del PSOE.


Tarde, mal y a rastras. Sin duda tiene sus bemoles que el PSOE anuncie la voluntad de reformar la reforma del 135, o sea, de dejarlo como estaba antes de la lamentable decisión de Zapatero en 2011, de volver a la situación anterior, de revocarse a sí mismo. Sánchez sostiene que fue un error. Es caritativo en el término porque él apoyó ese "error" en 2011 cuando otros compañeros suyos, ciertamente pocos, se opusieron. Fue más que un "error"; fue una felonía. Si Zapatero no tenía fuerza o convicción suficiente para oponerse en su momento a las presiones alemanas, debió dimitir o someter a referéndum la reforma. Quizá hubiera bastado con explicar a los alemanes que reformar la Constitución no es lo mismo en España que en Alemania en donde, se ha reformado casi sesenta veces en 65 años. Pero para ello haría falta caer en la cuenta.

Era más fácil doblegarse y presentarlo como un asunto de Estado de los intereses-generales-por-encima-de-los-de-mi-partido, bla, bla. Ahí es donde está la felonía. El interés de tu partido y tus votantes es preservar el Estado del bienestar; no destruirlo. Exactamente lo que ha pasado al amparo de la reforma del 135, el primer y único acuerdo con el gobierno socialista a que llegó a la velocidad del rayo un PP entonces en una oposición sin cuartel. En una noche de verano ambos partidos dinásticos decidieron la única reforma de la Constitución no de mero trámite que se ha despachado. Con nocturnidad y alevosía. No, no fue un error.

Aun así, ¿por qué se anuncia por fin que se revocará la reforma? Por instinto de supervivencia. Los últimos sondeos, en Cataluña, en Madrid, en Navarra meten el diablo en el cuerpo socialista. El partido baja a tercera posición, pasa a convertirse en “partido bisagra”, reducido a tan lamentable condición por otro que ha fagocitado a IU y absorbe como un sifón un amplio abanico de izquierda socialdemócrata, de profesionales, cuadros medios y hasta obreros. Ya ni las encuestas propias los tranquilizan.

De ahí viene la palinodia. No, es de temer, de una revisión más profunda. De la necesidad de sobrevivir en un ambiente electoral muy negativo, incluso hostil. El PSOE se dejó atrapar en exceso en su condición de partido dinástico y fuertemente atacado del virus de la corrupción allí donde, como en Andalucia, llevaba lustros gobernando. Cuando la crisis y el gobierno depredador de la derecha suscitaron respuestas contrarias más y más generalizadas, mareas, movimientos ciudadanos, 15ms y, por último, Podemos, el PSOE quedó aislado, encadenado en la defensa de instituciones como la Monarquía también cuestionadas. Ha tardado, pero parece haberse dado cuenta a fuerza de sondeos de que tiene que reaccionar como sea por la izquierda. De ahí la contrarreforma del 135.

Pero ¿basta ya con eso? Desde la felonía de 2011, el PSOE tiene nulo crédito. Carece de respuesta a la pregunta de que, si tan federal es el fondo de su espíritu, ¿por qué no lo ha mostrado jamás en casi veinte años de gobierno? Solo la saca cuando la situación en Cataluña ha dado ya un giro casi más copernicano aun que el de Podemos en el panorama español.
Quizá no sea suficiente. El PSOE propone una reforma de la Constitución. Ese es el punto fuerte de una posición que quiere articularse como un centro entre el inmovilismo de la derecha y el aventurerismo de la izquierda. Precisamente Garzón, Monedero e Iceta acaban de pedir un proceso constituyente. El asunto vendría de perlas al PSOE en su intento de cristalizar como centro, de no ser porque Iceta es precisamente el hombre del PSOE en Cataluña, lo cual da pie a la cómica situación en que un partido tiene dos voluntades: una, la mayoritaria, quiere una reforma constitucional y otra, la minoritaria, un proceso constituyente. Pero esa minoritaria es esencial en las posibilidades de la mayoritaria de ser alguien en la política del Estado. 
Propugnar una reforma constitucional en contra del partido con el que realizó la última y de los que se han sentido dañados por ella y a ella se opusieron y se oponen, es una apuesta que, queriendo ser moderada y centrista, es en el fondo tan rígida, radical y de todo o nada como aquells. Solo puede ponerse en práctica mediante mayoría absoluta. Igual que las otras.
La cuestión es si la palinodia actual se convierte en un peán de victoria o un gorigori de difuntos. Es el quid de la política: blanco o negro. Los grises vienen después de la batalla.

lunes, 27 de octubre de 2014

Cien días.


Se cumplen los cien días de cortesía de Pedro Sánchez como nuevo secretario general del PSOE. Es una convención que raramente se respeta porque, en realidad, es imposible. Quienes acceden a cargos políticos representativos desean darse a conocer cuanto antes, a la par que sus propósitos; tratan de explicar las medidas para alcanzarlos. Quieren hacerse ver de inmediato y en nuestra sociedad se habla sin parar de todo lo que se ve y de lo que no se ve. Así pues ya hay mucho escrito sobre Pedro Sánchez en este periodo de carencia. Hasta Palinuro, tan conservador de tradiciones, le ha dedicado algún post.

Pero ahora cumple el plazo y es momento de volver sobre lo andado. En estos cien días Sánchez ha irrumpido en la esfera pública con ímpetu y el claro deseo de revitalizar la imagen de un PSOE abatido, desmoralizado, desconcertado. Su propia imagen, cuidadosamente construida, muestra un joven líder emergente, con carisma y audacia pero prudente, a gusto en el aparato y en la calle, hombre de partido con un  oído para la gente del común. Su consigna esencial era ocupar todo el espacio mediático que pudiera. Ahí tropezó con el hecho de que ya estaba ocupado por otro líder, el de Podemos, de características muy similares a las suyas, con una discurso que engancha a la gente y que rápidamente marcó terreno en sentido etológico retando al socialista a un debate. Sánchez no aceptó y probablemente hiciera bien, aunque no fuera muy gallardo. Un encuentro entre ambos al que seguramente acudirían con atuendos muy similares podría resultar cómico, pues cada uno parece la caricatura del otro si bien en sentidos opuestos.

El reciente secretario general ha peregrinado por innumerables platós televisivos, estudios de radios, agrupaciones del partido y actos públicos diversos. Es lógico que en esa vida frenética se le escapen a veces juicios no muy afortunados que, como ha sucedido, han obligado a los órganos pertinentes de su partido a interpretarlos en línea con su programa. Son cosas de poca monta. De mayor enjundia son algunas medidas adoptadas que dan buena espina como el volcado de todas las cuentas del PSOE en la red hasta el último ochavo. Con independencia de que ya lo hayan hecho otros o no, es un buen punto de arranque y merece aplauso. Las cuentas, claras.

Lo importante está en las cuestiones institucionales, de calado. Hay tres esenciales: la monarquía, las relaciones de la Iglesia y el Estado y el derecho de autodeterminación de los catalanes. Sobre las tres ha tomado el PSOE de hecho una actitud de partido dinástico que Palinuro no puede compartir. Con independencia de si esta actitud será electoralmente rentable o no al socialismo, lo cierto es que, aclaradas las respectivas posiciones, pueden arrinconarse por ahora las de principios para hacer frente a la urgencia del momento.

Desde el punto de vista de la izquierda, de cualquier izquierda, no hay mayor urgencia ahora que desplazar a la derecha del gobierno antes de que termine de destruir el Estado social y democrático de derecho y el Estado de derecho a secas. Es imperativo liberar el país de unos gobernantes incompetentes y corruptos que lo han esquilmado y lo llevan a la catástrofe y, lo que es más sarcástico, al tratarse de la derecha nacionalcatólica, a la desintegración. Insisto, un punto de toda la izquierda. Si por ajustar cuentas entre sí; por tú más o tú menos; por tú sí y tú no; por yo verdadero, tú traidor, la derecha gobierna otros cuatro años siendo mayoría las izquierdas, estas deberían replantearse su razón de ser en el diván del psiquiatra.

Como están las cosas es poco probable que el PSOE desplace por sí solo al PP, sobre todo porque es de temer que el resultado socialista en Cataluña ya no le garantice el gobierno en Madrid. Seguramente habrá que pensar en alianzas y fórmulas de coalición. Si, cual es hoy verosímil, Podemos desplaza a IU como tercera fuerza o, incluso, al PSOE como segunda, el panorama será de coaliciones de diverso tipo entre PP, PSOE, Podemos, IU y UPyD. Dejamos de lado los nacionalistas, entregados por ahora a otros quehaceres. Siempre que se atisban gobiernos multipartidistas o apoyados por coaliciones de partidos, se desatan pasiones. Nunca con este; jamás con aquel; de ningún modo con aquel otro. Al final los números mandarán y será lo que ellos impongan.

Preparado como ha de estar el PSOE para la mayor cantidad de coaliciones, le interesa presentar esa imagen de centro un poco magmático que quiere acuñar Sánchez, quien ha recogido de los demócratas yanquis la referencia a las socorridas clases medias, un recurso apelativo de éxito. Está bien pensado; no es muy original pero inspira seguridad; el punto medio, el centro, al tiempo que se reafirma también la vieja querencia izquierdista. El centro-izquierda, en definitiva, el mayor banco de votos según creencia general.

En todo caso, la deliberada indeterminación del público receptor del mensaje no obsta para que este sea claro conceptualmente. Es esencial que la gente sepa con exactitud cuáles son las medidas y los medios concretos que el PSOE propone para volver a encarrilar el Estado social y democrático de derecho, el Estado del bienestar y sacar al país de la crisis. Debe estar claro que derogará ipso facto todas las normas del PP que han recortado derechos de la ciudadanía en cualquier orden, laboral, educativo, asistencial sanitario, fiscal, judicial, etc. Igualmente que se abordarán medidas contundentes en contra de la corrupción con carácter de urgencia, para lo cual no es necesario aprobar otro ramillete de leyes, como quiere hacer el PP, sino aplicar con eficacia las ya existentes. Lo demás vendrá dado por añadidura.

La gente debe tener claro que se tratará de mitigar el paro mediante políticas activas de empleo y una política fiscal que las sostenga, que se reorientará el gasto público para hacerlo más redistributivo sin mermar la productividad, que se propugnará una reforma constitucional en la que se blindarán los derechos de la gente y, añadiría yo, se reconozca el derecho de autodeterminación, pero ya sé que eso produce urticaria en el nacionalismo español socialista.

En todo caso, lo más necesario es que el PSOE no aparezca de compadreo con el PP. Resulta absurdo que, por un sentido del Estado mal entenido, heredado del nefasto Rubalcaba, los socialistas legitimen las arbitrariedades de un gobierno que debiera haber dimitido hace mucho y cuya única finalidad es sobrevivir hasta las elecciones. Resulta no solo absurdo sino directamente cómplice que la oposición, en lugar de ejercer de tal, acuda en su auxilio firmando acuerdos con él que rozan lo onírico, como ese según el cual ambos partidos proponen tipificar como delito la financión ilegal que ha sido la forma ordinaria de financiación del PP. Pactar lo que sea con un partido que más parece una banda de malhechores, que lleva veinte años saqueando las arcas públicas y, a día de hoy, aborda la cuestión como si fuera algo ajeno, es una tomadura de pelo a los propios votantes.
 
El PSOE tiene que ejercer de oposición real, no de juego sucio, pero sí muy contundente. Tiene que valerse del Parlamento para controlar el gobierno y, si la mayoría absoluta de este, funcionando como una apisonadora, no lo permite, debe acudir al expediente democrático de presentar una moción de censura. Ciertamente, se perderá, pero servirá para dar a conocer la alternativa socialista. Recuérdese que la consecuencia de la apisonadora no es solamente que se imponga la voluntad del gobierno sin debate sino que la oposición no pueda exponer sus propuestas y estas se oculten a la información pública. Pasada la moción de censura y de seguir la situación igual ya se vería lo que se haría. Palinuro es partidario de una retirada al Aventino pero, por no alborotar el gallinero, de momento se conformaría con una moción de censura a un gobierno que contradice todos los usos democráticos.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Podemos: el parto del partido.


Ayer topé con una noticia en eldiario.es que me llamó la atención, según la cual Pablo Iglesias abandonará el liderazgo de Podemos si no prospera su idea de partido. De inmediato me vino a la cabeza que algo parecido había dicho y hecho Felipe González en similar situación allá por 1979. Se me ocurrió tuitearlo y me salieron unos cuantos interlocutores más o menos cercanos a Podemos con tipos distintos de críticas a la comparación. A diferencia de los tuiteros de otros partidos los de Podemos son gente afable, moderada en la expresión, aguda y no está siempre presuponiendo que toda observación sea un ataque a las esencias doctrinales. Es un placer discutir con ellos. Y, al mismo tiempo, me di cuenta del calado del asunto, que el periodista sintetiza de un trallazo en ese su idea de partido. Pues sí, como le pasó a González en 1979, su idea de partido.

Pero reducir esta cuestión al ejemplo citado es muy pobre, de gracianesca austeridad tuitera, y no hace justicia al alcance de la cuestión ni a los asuntos que aquí se ventilan. Podemos está en proceso constituyente, llamado "asamblea fundacional", en la que ha de definirse en qué tipo de ente se constituye, que forma de partido adopta, incluso si quiere ser un partido. Según entiendo, hay tres propuestas sometidas a debate. Una, la propugnada por Pablo Iglesias se inscribe en una tradición de partido con ecos leninistas, esto es, un partido de liderazgo que a su vez ejerce el liderazgo sobre un movimiento más amplio. Todo muy democrático, desde luego a base de empoderar a la gente, un arcaísmo que trata de resucitar reconvertido en barbarismo del inglés empowering. El partido como medio o instrumento para conseguir un fin, no un fin en sí mismo y aprovechando el hecho de que ya está constituido como partido en el pertinente registro del ministerio del Interior.
 
Otra propuesta, apadrinada por Pablo Echenique, trae cuenta de una tradición más espontaneísta, quiere dar más peso, sino todo él, a las asambleas, aquí llamadas círculos. Otro vago eco de todo el poder a los soviets. La democracia radical, revolucionaria, es consejista. O sea, de los círculos. En España repudiamos el término consejo porque, de un tiempo a esta parte, lo asociamos con una cueva de ladrones, truhanes y sinvergüenzas, pero tenemos en aprecio las decisiones colectivas, sobre todo las surgidas de la base, la calle, el barrio.
 
Hay una tercera propuesta, según mis noticias, pero no me ha dado tiempo a documentarme sobre ella. Ahora me concentro en las dos primeras, que llamaremos la leninista y la consejista porque, en buena medida, recuerdan la polémica entre los bolcheviques y los espontaneístas y consejistas, al estilo de Rosa Luxemburg o Anton Pannekoek. Estos, particularmente la primera, venían de pegarse veinte años antes con los revisionistas de Bernstein en defensa del principio de que el fin (la revolución) lo es todo y el movimiento (o sea, las reformas), nada. Y ahora se encontraban con que los soviéticos los llamaban ilusos y cosas peores porque se habían olvidado de que el fin era el poder en sí mismo. Por aquel entonces los bolcheviques habían ganado todas las batallas mediante su pragmatismo y concepción instrumental: desactivaron el potencial revolucionario de los soviets a base de absorberlos y hacerlos coincidentes con los órganos jerárquicos del partido. El resultado se llamó Unión Soviética, pero no tenía nada de soviética. Y, a la larga, ese aparente triunfo, setenta y cinco años de simulacro, fue una tremenda derrota, pues no solamente acabó con la Unión Soviética sino que desprestigió y deslegitimó el ideal comunista.

En diversas ocasiones ha dicho Pablo Iglesias que proviene de una cultura de la izquierda que no ha vivido más que la derrota; que, incluso, ha acabado resignándose a ella, en el espíritu apocado del beautiful looser. Con esta determinación se adhiere a una tradición de la izquierda e ignora otra, la socialdemócrata, que dice haber vivido tiempos de triunfo casi hasta nuestros días. Desde el punto de vista de la izquierda comunista, leninista, bolchevique, no ha habido triunfo alguno, sino traición. La socialdemocracia administró y administra, cuando le dejan, las migajas de la explotación capitalista a la que, en el fondo se ha sumado con lo que no tiene nada que ver con la verdadera izquierda; o sea, la derrotada. Esa es la tradición de derrota que Iglesias cuestiona, la que no le parece aceptable porque piensa que, dados los ideales de la izquierda, de su idea de la izquierda, esta merece ganar, triunfar, llegar al poder, implantarlos. Implantarlos ¿cómo? Sin duda alguna, de la misma forma en que se plantea hoy llegar al poder: ganando elecciones. O sea, el primer paso para ganar es ganar elecciones. Y hacerlo limpiamente. Todos los días pasan a los de Podemos por el más exigente cedazo de legalidad democrática tipos que, a su vez, tienen de demócratas lo que Palinuro de tiburón financiero.

Solo se ganan elecciones consiguiendo el favor de mayorías, lo cual plantea las condiciones de un discurso capaz de conseguirlo en una sociedad abierta en competencia con muchos otros y en la cual la única regla es que no hay reglas porque la política es la continuación de la guerra por otros medios. Y en la guerra no hay más reglas que las aplicadas por los vencedores. Incluso es peor que la guerra porque en esta suele engañarse al enemigo, pero no a las propias fuerzas, mientras que en política puede engañarse al adversario y también a los seguidores de uno, a los electores. El triunfo electoral del PP en noviembre de 2011 es un ejemplo paradigmático. Ganó las elecciones engañando a todo el mundo, incluidos sus votantes.

¿Puede la izquierda recurrir al engaño, a la falsedad, al embuste? La pregunta es incómoda porque la respuesta obvia es negativa pero va acompañada del temor de que, si no se miente algo en una sociedad tan compleja y conflictiva como la nuestra, no se ganan elecciones y, si no se ganan elecciones, no se llega al poder. De ahí la reiterada insistencia de los de Podemos en que no son los tristes continuadores de IU, sino pura voluntad de ganar. Qué discurso haya de articularse para este fin es lo que se debate ahora. 

El momento, desde luego, es óptimo. Táctica y estratégicamente. La crisis del capitalismo y la manifiesta extenuación de la socialdemocracia ofrecen una buena ocasión para el retorno del viejo programa emancipador de la izquierda. ¿En qué términos? En unos que deliberadamente evitan toda reminiscencia de la frase revolucionaria. Aquí no se habla de revolución, sino de cambio; no de clases, sino de casta; no de socialismo, sino de democracia; no de nacionalizaciones, socializaciones o confiscaciones sino de control democrático; ni siquiera se habla de izquierda y derecha, sino de arriba y abajo. Es un lenguaje medido, que trata de ocupar el frame ideológico básico de la democracia burguesa para desviarlo hacia otros fines, para "resignificarlo", como dicen algunos, y llevarlo después a justificar una realidad prevista pero no enteramente explicitada. Alguien podría sentirse defraudado y sostener que esto entra ya en el campo del engaño político, el populismo y hasta la demagogia. Es verdad que el discurso bordea la ficción, pero no incurre en ella por cuanto las cuestiones comprometidas se remiten siempre a lo que decidan unos órganos colectivos que a veces están por constituir. Nadie se extrañe. Si diez días conmovieron el mundo, más lo harán diez meses.

Ahora bien, lo cierto es que semejante discurso requiere una táctica y estrategia meditada, prevista, consecuentemente aplicada y para ello, el sentido común suele preferir una unidad de mando y jerárquico, aunque sea con todos los contrafuertes y parapetos democráticos que se quiera. Un solo centro de imputación de responsabilidad continuado en el tiempo. Un partido y jerárquico, aunque a la jerarquía la llamen archipámpanos. El partido de nuevo tipo, con el espíritu asambleario anidado en su corazón, pero partido, medio para llegar al poder que el propio poder, astutamente, se ha encargado de convertir en único instrumento válido para su conquista y ejercicio. Para eso se redactó el sorprendente artículo 6 de la Constitución. Frente a esta libertad que es necesidad, las asambleas, los círculos, los consejos o concejos, los soviets, etc., incorporan un ideal de democracia grass roots con tanto prestigio como irrelevancia. Cabría pensar que en la época de internet, la de la ciberpolítica, las nuevas tecnologías, debieran resolverse estos problemas de eficacia del asambleísmo que, en lo esencial, según se dice, son puramente logísticos. Estoy seguro de que todos nos alegraremos si lo consiguen. Pero, de momento, no es así.

Sin duda este es el debate. Los asambleístas señalan los riesgos del líder carismático y concomitantes de oligarquía, burocratización, aburguesamiento. Y los leninistas, la función del liderazgo de siempre de la vanguardia que se hace visible en el rostro de ese lider carismático. Es verdad que hay un peligro de narcisismo y culto a la personalidad. Pero, ¿en qué propuesta de acción colectiva en el mundo no hay algún riesgo? En el fondo, esta polémica recuerda a su vez también una del marxismo de primera generación, bien expuesta en la obra de Plejanov, primero maestro y luego archienemigo de Lenin, sobre el papel del individuo en la historia. Un tema perpetuo.  La izquierda, toda, presume de crítica, pero acepta el liderazgo como cada hijo de vecino. ¿Quién puede discutir de buena fe a Pablo Iglesias el mérito de haber llegado a donde ha llegado y haber hecho lo que ha hecho? Ya, ya, había condiciones, un movimiento. Pero alguien se ha puesto a la cabeza, con cabeza y con valor, que diría Napoleón. ¿Con qué razones se pretenderá que no puede ir más allá en su idea de partido?¿Con qué otras que deberá poner en práctica una idea?

Más o menos, entiende Palinuro, es lo que está discutiéndose aquí. Y no es cosa de poca monta.

(La imagen es un montaje con dos fotos de Wikimedia Commons, con licencia Creative Commons).

domingo, 21 de septiembre de 2014

El reto de Podemos.


Twitter es parte decisiva del ágora pública digital. Una corrala tecnetrónica en donde las noticias se dan simultáneas a los hechos de que informan. Anoche saltó una: Pablo Iglesias retaba en directo en la 6ª a un debate cara a cara a Pedro Sánchez. Un terremoto. Los tuiteros se enzarzaron. Los socialistas estaban enconados; unos criticando que Podemos fuera la oposición de la oposición, lo cual favorece al gobierno; otros señalando que era el PSOE quien ya había retado a Podemos infructuosamente. Ignoro si Sánchez ha recogido el guante. Supongo que sí.

Iglesias es ante todo un animal mediático. Su capacidad para hacer política a través de los medios tiene al respetable maravillado. Si Guy Debord hubiera alcanzado a ver el auge de Podemos, se sentiría vindicado en su veredicto de la sociedad del espectáculo; y Baudrillard hubiera detectado de inmediato el simulacro. La política se hace valiéndose de los medios de comunicación. En ellos está la llave del poder. No el poder mismo. Con los medios se ganan las elecciones. En ese terreno es donde Pedro Sánchez ha salido también a la reconquista del electorado perdido. El nuevo secretario general del PSOE sigue de cerca a Iglesias, lo imita, al tiempo que lo distingue con sus críticas al populismo y, siguiendo su ejemplo, se multiplica en lo medios.

Casi suena a una historia para etólogos, con dos machos marcando territorio y luchando por la jefatura de la manada. O para politólogos, con dos líderes delimitando campos y compitiendo por la hegemonía sobre el electorado. El reto de Iglesias es el desafío a combate singular de los dos jefes por ver cuál señorea el campo mediático. Eso es lo que más irrita a los socialistas, el hecho de que, como buen táctico, el de Podemos escoja el momento y el lugar de la confrontación. De nada sirve recordarle que los socialistas lo había retado antes o que el deber de la oposición es oponerse al gobierno y no a la oposición. Son consideraciones irrelevantes para el cálculo pragmático que late en el reto.

No estando en el Parlamento, Iglesias tiene escasa base para invitar a un debate televisado a Rajoy que, por otro lado solo se pone delante de una cámara cuando no hay nadie más en kilómetros a la redonda. Ese reto corresponde a Sánchez a quien, aun siendo parlamentario, no se le había ocurrido. O no lo tiene por necesario pues, en principio, ya se mide con Rajoy los miércoles en el Congreso. Aunque esto no sea en nada comparable a un debate de televisión.

El reto llega el mismo día en que, entre noticias contradictorias, parece fijo que Podemos concurrirá solo a las elecciones municipales, dejando las alianzas para después de la votación. En realidad, la organización/movimiento ha fagocitado a IU, pero no le interesa la fusión porque, procediendo de la misma cultura comunista en sentido genérico, no quiere que se la confunda con ella. Esta actitud pretende reproducir el ejemplo de la Syriza griega que, viniendo de la izquierda marxista, no es el partido comunista. Al plantear el reto al PSOE, Podemos ya da por amortizada IU, se sitúa a la par con el PSOE y le riñe el territorio. Convierte de esta forma en acción política los resultados de los últimos sondeos que dan a Podemos como segunda fuerza política en Madrid.

Así se muestra la  iniciativa política pero también se abre cierta paradoja. Iglesias aparece ahora como  el defensor de la plaza mediática frente al forastero que quiere entrar en ella. Justo lo que era él hace un par de años. Los dos están bastante nivelados en edad, formación, actividad política. Pero uno defiende las murallas y el otro las asalta. Son Eteocles y Polinices en la lucha por Tebas y por la herencia maldita de Edipo: el poder. Hay mucho de personal en este enfrentamiento. Pero discurrirá por los cauces dialécticos. Iglesias querrá dejar probado que el aparato del PSOE es pura casta, si bien no así su militancia, mientras que Sánchez probará el peligroso populismo de su adversario quien, por ganarse el favor de las mayorías, arruinará el país. 

Ese reto apunta a un debate con un significado que va mucho más allá de la circunstancia actual. Es un debate en el territorio de la ya casi ancestral división de la izquierda entre, para entendernos, socialistas y comunistas; un debate histórico, interno a la izquierda. Una pelea que los comunistas han perdido siempre cuando la competición era a través de elecciones democráticas. La tradición comunista, queriéndose pura y considerando traidora a la socialista, es la eterna derrotada. De ahí que Podemos, procedente de esa tradición pero con voluntad de triunfo y de representar algo nuevo, evite toda asociación con el comunismo; pero su objetivo principal sigue siendo la socialdemocracia. Pues la miel de la victoria solo se degusta cuando el adversario prueba la hiel de la derrota.

La diferencia entre este enésimo enfrentamiento y los anteriores es que los retadores tienen una voluntad deliberada de dar la batalla en el discurso. En lugar de enfrentarse a la socialdemocracia -a la que previamente relegan al campo de la derecha- mediante el radicalismo de la palabra, ahora se hace mediante un discurso templado, neutro, moderado, relativista para no asustar a nadie, pero con promesa de reformas de calado. Una versión actualizada del reformismo radical a que se apuntó la izquierda alemana posterior a los años sesenta. Si al poder solo se llega por vía electoral, hay que ganar el apoyo de la mayoría, cosa que se hace diciendo a esta lo que esta quiere oír; y oír a través de la televisión. Por eso es imprescindible cuidar el lenguaje, convertirlo en un telelenguaje, que no asuste, ni crispe, que invite a confiar. Un ejemplo llamativo: los marxistas de Podemos no hablan nunca de revolución, sino de cambio. El término con el que ganó las elecciones el PSOE en 1982 y el PP en 2011. La moderación y buenas formas del lenguaje tienen réditos electorales, aunque preanuncien un apocamiento de las intenciones.

Esa división de la izquierda beneficia a la derecha. Pero es inevitable. Y, además de inevitable, de consecuencias muy variadas. El reto a Sánchez se inscribe en la estrategia de lucha por la hegemonía de esta jurisdicción ideológica y trata de provocar una situación en que el enfrentamiento sea entre la derecha y Podemos, para lo cual este encaja al PSOE en el PP con el torniquete de la casta. A su vez, el PSOE puede revestirse de la autoridad que parece dar la moderación frente a los extremismos fáciles de esgrimir: el populismo de los neocomunistas, el neoliberalismo e inmovilismo de los nacionalcatólicos. La amenaza de polarización puede venir bien al PSOE, beneficiario del voto asustado por los radicalismos, para resucitar el centro de la UCD. 

De esas incertidumbres está hecha la política.

(La imagen de Pablo Iglesias es una foto de Wikimedia Commons, con licencia Creative Commons, con expresa atribución de autoría. La de Pedro Sánchez es una foto de Wikimedia Commons, con licencia Creative Commons).