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lunes, 11 de mayo de 2015

El 15M de las buenas conciencias.

Nueva oleada de salvadores de la patria. El 15M evidenció la enorme distancia entre el sentir de la calle y la cómoda vida de la oligarquía gobernante y sus mindundis parlamentarios y partidistas. Desde hace un tiempo, esa distancia se ha hecho sideral con dos nuevas camadas de gentiles depositarios de soluciones infalibles para tal situacion, Podemos y Ciudadanos. Ahora llega el turno de los sectores acomodados de mostrar cuán consternados están con esa alienación entre el espíritu del sano pueblo y sus representantes.

No son, dicen, el embrión de un nuevo partido. No hace falta jurarlo. En realidad, ninguna de las nuevas propuestas quiere ser vista como partido. Huyen de la palabra misma. Buscan términos alejados: Podemos, Ciudadanos. Lo que sea, menos partido. Podemos se define como partido-movimiento, un combinado cuyo segundo término huele a chamusquina a qualquiera que tenga algo de experiencia. No les queda más remedio que registrarse como partidos porque la falta de imaginación del legislador no deja otra opción. Pero si pudieran presentarse a las elecciones como una asociación de coros y danzas, seguro que lo hacían: ¡partidos! Eso huele a vieja política, hombre...

Algo similar pasa con este puñado de ciudadanos  muy preocupado con la "distancia entre la política y la calle". Para acortarla vienen unas gentes autoconstituidas en sociedad civil a poner remedio a tan lamentable distanciamiento.

Confieso que cada vez que oigo hablar de la sociedad civil, busco la puerta de salida. Desde la  Ilustración escocesa, que puso el término en circulación, la sociedad civil ha gozado de una inmejorable imagen como el conjunto de la ciudadania civilizada, ocupada de sus asuntos, de prosperar libremente, celosa de sus derechos y libertades, capaz de poner en su sitio a un Estado aquejado de furor intervencionista y legiferante. Tan fuerte, impoluta y graciosa era la sociedad civil que hasta el estatólatra Hegel le reservó un sitio prominente al lado del glorioso Estado prusiano. Pero lo decía en alemán, bürgerliche Gesellschaft. Su discípulo Marx se sirvió de la misma expresión pero ya para designar la "sociedad burguesa". Y la legión de marxistas, marxianos, marxólogos y marxófagos que pueblan el mundo desde entonces al nombre se han atenido: la sociedad civil es la sociedad burguesa, esto es, la sociedad de la explotación burguesa.

No es exactamente así y los teóricos contemporáneos hacen bien en rescatar el significado originario de la sociedad civil de la ilustración. El Estado es imprescindible, desde luego, sobre todo en aquellos países  en los que, habiendo pasado por la Reforma y la revolución burguesa, está administrado por una burocracia ética hegeliana y racional weberiana y no por una pandilla de ladrones asaltacaminos que solo piensa en robar a la colectividad, como en España.

Ninguna sociedad civilizada puede prosperar sin un Estado que la proteja con leyes sabias y justas y solamente los descerebrados estilo Esperanza Aguirre lo atacan con tanta saña como costumbre tienen de vivir de él y enchufar en él a sus parientes y correligionarios. Y, ciertamente, tan necesaria como el Estado es una densa y sólida sociedad civil en donde un  público compuesto de ciudadanos particulares teje un ámbito de crítica y libertad que es tan imprescindible para la vida social como el respirar.

Esta nueva asociación de gentes, todas ellas muy respetables, hace su presentación pública con un llamamiento para que la sociedad civil española se ponga a debatir y para orientar esos debates en direcciones fructíferas porque insiste en su independencia, al margen de todos los partidos. Porque es "apartidista", como el 15M, pero no "apolítica", como el 15M. Y, al igual que los del 15M, tiene una particular querencia por el Parlamento, en donde se han presentado como si fuera su casa. Al contrario que a los del 15M, de quien nadie se fía cuande se acercan al Parlamento porque se les suponen aviesas intenciones. Estos otros, no. Estos otros son gentes de orden. Se presentan en el Parlamento, sí, pero no se agotan en él, ya que nacen llamando a la sociedad civil.

¿Qué sociedad civil? En España eso no existe. Existe un conglomerado de políticos de ínfima catadura y trincones, casi todos ellos de la derecha, muchos, funcionarios del Estado, al servicio de una oligarquía de sinvergüenzas, compuesta por financieros, banqueros, terratenientes y empresarios corruptos que viven de patrimonializar el Estado, capturar sus rentas y esquilmar lo público. Llegan al poder mintiendo y amañando las elecciones, como el Sobresueldos de La Moncloa. Antes, compraban el voto. Hoy, además de comprar el voto, compran televisiones y periodistas. Es más eficaz. A su servicio tiene el ejército, las fuerzas de seguridad, a las que garantiza impunidad por vía legal, y una Iglesia compuesta por curas de misa y olla que viven parasitando a una población a la que por supuesto, predican resignación frente a los designios de la Providencia, tan inexcrutable que pone al frente del gobierno del país para su salvación a un absoluto incompetente cuya única preocupación ha sido aparentemente cobrar sobresueldos y que los cobre  la asociación de mangantes que preside a título de partido político. Junto a los curas, lanza sus trinos una caterva de intelectuales, encargada de narrar patrañas orientadas a la derecha, al centro o a la izquierda. Lo que los diferencia es la paga: alta y en metálico en la derecha, en metálico en el centro y en especie en la izquierda, en donde se mueve poca liquidez pero mucho enchufe.

¿Sociedad civil? No me hagan reír. ¿Sociedad implicada en el debate? ¿Qué debate? ¿El de cómo trincar más y más impunemente?

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Los de toda la vida.


Esa displicencia en el gesto, esa altanería, esa altivez, arrogancia, suficiencia, esa soberbia de porte, ese torvo mirar.

Esa fatuidad, esa petulancia y pedantería, ese necio y hueco engreimiento.

Esa chulería, ese desprecio de trato, esa grosería en la respuesta, ese tonillo insultón permanente.

¿De dónde vienen?

De una conciencia de clase vicaria. Son burgueses, hijos de menestrales, de familias de clase media con ínfulas de poderío. Doctrinos de ideologías inculcadas. Fascistas en su mocedad, reprimidos en su adultez. Palurdos imitando los lujos del capital. Nuevos ricos.

¡Y qué ideología! Funcionarios del Estado que ridiculizan y atacan el Estado y todo lo público. Gays vergonzantes represores de gays. Corruptos moralizantes. Chupacirios y monagos de los curas. Señoritos demagogos e ignorantes. Cursis, gazmoños y amantes de las corridas, las sobremesas de chistes verdes y el regüeldo patriótico.

Su convicción más profunda: ser de madera distinta al común de los mortales. La igualdad es una manía de envidiosos porque lo lógico es la desigualdad de la estirpe. Funcionarios oscuros que envidian el esplendor de la clase y la élite y desprecian, humillan y explotan a las clases subalternas en beneficio de sus amos, esperando ser considerados de ellos. 

Ninguno ha hecho nada en la vida por sus semejantes; no han descollado en ningún campo; carecen de cualquier mérito adquirido por el propio esfuerzo. Son parásitos que no han trabajado nunca ni siquiera en lo que dicen que son sus profesiones, pero se piensan con derecho intrínseco al mando e imponen sus convicciones como verdades apodícticas. Unas convicciones brutales y necias ajustadas a espíritus mediocres, vacíos, ruines.

No paran de hablar y diluvian verdaderas estupideces, lugares comunes, topicazos y perogrulladas sin tasa, meras tonterías, falsedades desvergonzadas y mentiras a granel. Los discursos están para afirmarse, no para explicar nada y menos a una chusma de desgraciados cuya única función es votar cada cuatro años según Dios manda y constituirse luego en mayoría silenciosa para que el presidente, la vicepresidenta y sus colegas sigan hablando de lo que no entienden.

Su devoción religiosa, hecha de aparato y lucimiento, de mantillas, peinetas, golpes de pecho, procesiones y costaleros es exactamente esa que el fundador de su religión condenó repetidamente. Puro boato ligado al poder político. No aman a su prójimo, salvo que sea de su cuerda; a los demás se les aplica la legislación vigente tras haberla endurecido al dictado de sus intereses. 

Están dedicados al expolio de los caudales públicos y las rentas de los ciudadanos, por la vía legal y la ilegal; les da lo mismo. Quieren castigar la corrupción ajena, pero no la propia en la que chapotean hace lustros. Su convicción fundamental es que el fin, su fin de negación de los derechos ciudadanos y de saqueo de sus ingresos, justifica todos los medios, incluso los corruptos.

Su tendencia autoritaria, impositiva, censora y su desprecio por las formas democráticas apuntan a una concepción dictatorial de la convivencia. La de toda la vida.

¿A que sabemos de quién hablamos?

(La imagen es un grabado de Felicien Rops (1833-1898) titulada Hipocresía hacia 1879-1880, propiedad de la familia Babut des Màres, Namur.)

domingo, 30 de diciembre de 2012

La España oficial y la España real.

El presidente afirmaba solemne en su lamentable comparecencia del día de los Inocentes: Creo en España y en su futuro. Estaría bueno. Cabe imaginar cómo sonaría otro tipo de enunciado, por ejemplo: No creo en España ni en su futuro. Ningún presidente del gobierno puede decir algo así. Y, como tampoco es cosa de andarse con pamplinas del tipo de mediocreo en España y en su mediofuturo, la expresión primera resulta obligada y es una vaciedad. Porque si Rajoy no creyera en España y en su futuro, ¿por qué empeñarse en ser presidente del Gobierno? Para los neoliberales, tan admiradores de lo empresarial, sería como si un fabricante de quesos, por ejemplo, dijera no creo en mis quesos ni en su futuro

Son las perogrulladas de Rajoy. Adornadas, además, por el hecho de no saberse nunca qué diantres quiera decir. Porque, en efecto, ¿qué significa exactamente creer en España? Por supuesto, nada. No significa nada. Es una consigna de la España oficial, perfectamente encarnada en esa esfinge sin secreto del presidente Rajoy, especialista en la retórica vacua de creer en España, como si España fuera el misterio de la trinidad. Son expresiones genéricas, vagarosas, sin substancia concreta: saldremos de esta todos juntos, trabajando con tesón, con confianza, con comprensión. Somos un país serio, capaz de afrontar los sacrificios necesarios para salir adelante. Somos una gran nación. Pero ni una referencia específica a medidas prácticas, propuestas para resolver los problemas.

El PSOE es también parte de la España oficial pero, al estar en la oposición, no tiene por qué compartir la retórica del gobierno y puede aportar soluciones. Al parecer trae hoy una de manifiesto calado, consistente en reformar la Constitución para implantar un Estado federal. La reforma necesitará el consenso del PP y, como es harto improbable que lo consiga, ello nos evita dedicar espacio a la propuesta federal en sí misma, al menos hasta que se formule con detalle. Es bueno, sin duda, que la España oficial se digne reconocer uno de los dos grandes problemas que la atosigan, el de su planta territorial, aunque la propuesta federal esté lejos de ser la panacea como algunos se figuran. El otro, el de la crisis económica y social aguarda aún soluciones, después de cinco años de un proceso de deterioro sin precedentes.

Así pues, la España oficial conjuga el viejo españolismo huero con una propuesta de reforma de la organización territorial del Estado.

¿Y la España real? Es esta especie de democracia autoritaria en la que, a cuenta de una crisis todavía inexplicada, se desmantela aceleradamente el Estado del bienestar y se despoja de sus derechos a sectores enteros de la población, empezando por los trabajadores. La manipulación de los medios oficiales y la concepción represiva del orden público dibujan un panorama desolador con el que nadie, ni siquiera quienes lo están imponiendo, puede estar de acuerdo. Esta España real es fácil de encontrar pues se pasa el día en la calle, en manifestaciones, huelgas y actos de protesta en contra del gobierno del PP. Es una masa gente de todos las profesiones, oficios y andaduras de la vida en estado de permanente movilización, la acción de multitudes que tan pronto se manifiestan como revientan en acciones concretas todos los actos públicos de las autoridades. Esta acción colectiva, sin embargo, a duras penas se cuela en las informaciones de los medios y nunca consigue de los gobernantes un mínimo de consideración, una reflexión, una flexibilización o modificación de sus medidas más agresivas. 

Esa España real se organiza cada vez más de modo espontáneo a través de las redes. Se da, pues, la paradoja de que la España real es virtual. Pero es y tiene cada vez mayor presencia. Es una sociedad civil en marcha contra un gobierno empeñado en imponer una concepción ideológica doctrinaria radical, un modelo de capitalismo expotador y primitivo, rechazado por la mayoría de la gente (pues no debe confundirse la mayoría electoral con la social) y contrario a las convicciones jurídicas y morales contemporáneas.

Ese movimiento de multitudes, al enfrentarse al gobierno, cuestiona el conjunto del sistema político y sus fundamentos: el procedimiento electoral, la representación parlamentaria, la Constitución misma y, en la medida en que postula un proceso constituyente, rechaza las instituciones incluidos los partidos. Sin embargo, hay entre estos algunos parlamentarios, singularmente IU, y otros extraparlamentarios de la llamada izquierda anticapitalista interesados en tender puentes con el movimiento social y encontrar vías de integración y/o acción conjunta.

Son formas nuevas de acción y están por explorar. No es desdeñable que parte de la España oficial busque unidad con la España real, pero no contará con amplias expectativas en tanto el PSOE, como la fuerza mayoritaria de la izquierda en la España oficial no dé el paso de hacer una propuesta de integración de las reivindicaciones de este movimiento similar por su definición a la que hace acerca de la organización territorial del Estado.La formulación de una alternativa económica y social al neoliberalismo salvaje importado y autóctono que el país está padeciendo no es algo tan sencillo como una propuesta federal. Si no se hace, sin embargo, el abismo entre la España oficial y la real puede llegar a ser infranqueable y tomar formas inesperadas.

(La imagen es una foto de La Moncloa en el dominio público).

lunes, 27 de octubre de 2008

Los cuerpos intermedios y el barullo social.

En tiempos de las guerras de religión, hacia el siglo XVI, se volvió a plantear un problema que ya había ocupado a los escolásticos y nunca había tenido una solución clara: ¿cabe resistir al tirano? ¿puede dársele muerte, cometer tiranicidio? Algunos sectores de los dos bandos enfrentados, los hugonotes monarcómacos en Francia (François Hotman, Philippe de Mornay) y los jesuitas en España (Juan de Mariana) acabarían justificándolo, con ciertas diferencias, como el deber de dar muerte al príncipe que atenta contra la ley de Dios. Obviamente en los dos casos todo dependía de quién se arrogaba el derecho a calificar de "tirano" al príncipe. Para los monarcómanos ese derecho, como leemos en la Vindiciae contra tyrannos estaba reservado a los "magistrados intermedios", los órganos intermedios entre el poder político y los súbditos. Nacía así un concepto por el cual suele considerarse a los monarcómanos como "protoliberales" y que tendría una larga y fructífera vida en la historia de la filosofía política. Recogido después por Montesquieu en su feliz formulación de los "cuerpos intermedios", reaparecería en la admirada glosa que Tocqueville hace de la democracia en América, viéndola como producto del denso entramado de asociaciones voluntarias que funcionan como un colchón entre el Gobierno y el individuo. El concepto está lejos de ser una reliquia puesto que se ha mantenido vivo hasta el día de hoy. Reemergió en las formulaciones neomedievales del socialismo inglés del siglo XIX, el llamado "socialismo gremialista", que reivindicaba la importancia de los gremios para el orden social, en las fascistas de los "fascios y las corporaciones" con similar pretensión, revivió hace poco en las concepciones de la democracia "neocorporativa" y está presente en el resurgir de la teoría de la sociedad civil a partir de los años setenta del siglo pasado, como puede apreciarse en la espléndida obra de Cohen y Arato sobre la sociedad civil y la teoría política en la que se traza la genealogía del concepto.

De estos asuntos trata el interesante libro de Félix Requena Santos, Redes sociales y sociedad civil, Madrid, CIS, 2008, 183 págs. que estudia la cuestión de las redes sociales desde una perspectiva actual, considerando su impacto sobre todo en tres órdenes distintos de la realidad social contemporánea: la democracia, el Estado del bienestar y la globalización. Requena lleva casi veinte años dedicado al estudio de las redes sociales (es autor de Redes sociales y mercado de trabajo, de 1991 y Amigos y redes sociales, de 1994), lo que le da un dominio casi sin rival sobre el asunto en España.

El objeto de estudio "redes sociales" no es sencillo y el libro se ve obligado a moverse de continuo en el terreno resbaladizo de los conceptos de límites confusos, que es la característica propia de la batería de términos que aquí se maneja: redes sociales, sociedad civil, tercer sector, capital social, etc. Así si por un lado parece darse por buena la idea muy generalizada de que la sociedad civil es un conjunto de redes sociales que se encuentra entre el individuo y el Estado (p. 5), lo que casi es una reformulación de los famosos "cuerpos intermedios", también parece avalarse la no menos extendida idea de que, en realidad, en nuestras sociedades opera no un binomio sino un trinomio, compuesto por sociedad civil, Estado y mercado (p. 8). Para complicar las cosas Requena cita y parece aceptar la idea de Víctor Pérez Díaz de que en la sociedad civil (bien que considerada como "tipo ideal") intervienen cuatro elementos componentes: 1) un gobierno entendido como Estado o autoridad pública; 2) el imperio de la ley; 3) la economía de mercado; y 4) un tejido asociativo plural (pp. 12/13) de forma que, según de quién y de qué hablemos, al mencionar la sociedad civil, podemos estar incluyendo al Estado o no. El propio Requena, sin embargo, se decanta por la concepción tradicional: "Ante todo, la sociedad civil hay que verla como un gigantesco entramado de organizaciones intermedias que permiten el flujo de información entre los ciudadanos y las instituciones estatales" (p. 20). El elemento esencial de la sociedad civil es la familia y lo que une a las familias e individuos dentro de la sociedad civil son las redes sociales (pp. 18/19).

Requena aborda otro concepto igualmente confuso pero muy relacionado con las redes sociales, el de capital social ya que éstas aparecen como generadoras de él (p. 44). Compara las definiciones no coincidentes de Fukuyama, Putnam y la OCDE (p. 23) y reconoce la dificultad de medirlo (p. 37) cosa imprescindible si se quiere que, además de expresivo, sea útil. Precisa el autor que el capital social es una categoría relacional (p. 23) ; eso mismo decía Marx del capital sin más pero éste tiene una consistencia material de la que el otro carece.

Las redes sociales pueden conectar el mercado con la sociedad civil y el Estado (p. 47) y surgen así las redes políticas, por ejemplo las redes dedicadas a las políticas públicas que suponen intercambios entre los individuos y las instituciones. Aparece aquí uno de los conceptos más felices de Manuel Castells, el "Estado-red" (p. 56) que tanto juego está dando hoy. Y no sólo el Estado; por vía metafórica aparece la misma Nación cuando, hablando de las ventajas de las telecomunicaciones y de internet cita el autor un artículo de Rubio Núñez en la Revista de Estudios Políticos en que se considera que la política se convierte en un plebiscito cotidiano (p. 57) que es el modo en que Renan definía a la Nación.

Las redes son esenciales como vectores de la solidaridad a través de las familias, la comunidad (p. 61), la cooperación y la reciprocidad (p. 62) y las actividades de los nuevos movimientos sociales cuyo auge, me parece entender, vincula Requena a lo que considera que es la desorientación de los partidos políticos y la desaparición de las ideologías (p. 64) . Para mí que éste es un discurso poco contrastado y poco afín a la realidad contemporánea donde tanto partidos como ideologías protagonizan, en verdad monopolizan, la actividad política mientras que los movimientos sociales, nuevos o viejos, en el mejor de los casos, llevan una existencia subalterna.

En el tratamiento de favor que merece la familia se mencionan las redes familiares como básicas para atender a los problemas del desempleo (p. 73) los de la atención a los jóvenes, los cuidados de los ancianos, de los enfermos y la atención a las mujeres maltratadas (pp. 72-82). Igualmente se consideran las redes eclesiásticas en un capítulo en que se hace un repaso no muy necesario a la función de la Iglesia católica española durante la transición para concentrarse después en el hecho de que, aunque la cantidad de católicos no practicantes sigue creciendo, en España la Iglesia tiene una enorme influencia como consecuencia del tupido asociacionismo religioso en el país (p. 99).

Las redes de mercado son imprescindibles para el desarrollo económico (p. 100). Se nota que Requena se siente confortable al tratar las cuestiones de las redes sociales y la economía, especialmente el empleo porque es lo que más ha trabajado y en donde más sugerencias tiene por aportar. Pero no puedo dejar de pensar que sus acertadísimas consideraciones acerca de cómo las redes sociales y las relaciones personales facilitan la búsqueda y hallazgo de empleo (p. 109) dibujan, en realidad, un país, el nuestro, en el que como siempre, rige el enchufismo y el amiguismo a la hora de adoptar decisiones. Está bien que se haga con elegancia teórica pero el hecho desnudo es que la actividad de las redes sirve para cortocircuitar el valor social del mérito. Sostiene Requena, no obstante, que estas redes son menos operativas en la función pública gracias al sistema de las oposiciones (p. 110). Bueno, pero que no lo investigue mucho. Que no pretenda averiguar qué esconden expresiones como "promoción interna" al tratar de las oposiciones a todos los cuerpos de la administración.

Las redes sociales articulan asimismo otra realidad de esas que don Nicolás Ramiro Rico llamaba en celebrada expresión "vertebrados gaseosos", en concreto, el tercer sector, acerca de cuya composición hay escasísimo acuerdo. Parece estar compuesto por el voluntariado (p. 119), los grupos de autoayuda (p. 121), la participación ciudadana (p. 122) y el tejido social, definido como: "el espacio de participación en el que se imbrican, por un lado, las instituciones sociales, económicas y políticas y, por otro, la participación social" (p. 125) que tiene pinta de ser una definición circular. Es interesante saber que la cantidad de asociaciones en España ha aumentado un 238 por ciento entre 1980 y 1990 y un 151 por ciento entre 1990 y 1998 llegando en ese año a 171.484 (p. 126); pero lo sería más disponer de datos comparativos.

Después de un capítulo sobre redes sociales e identidad colectiva (en el que se emplea el ejemplo de internet como red) y redes sociales y lenguaje que no me resulta muy convincente, por tratarse el espinoso asunto del lenguaje de un modo excesivamente alegre, el autor aborda la cuestión de lo que llama "redes perversas", esto es, el mundo globalizado de estructura reticular es muy vulnerable a varios peligros que Requena localiza en los problemas de la riqueza, los de la pobreza y los de las armas de dstrucción masiva (p. 144). No todas las redes sociales son buenas. Uno de los mayores peligros es el que las Naciones Unidas llaman "la delincuencia organizada" cuya manifestación más llamativa es el terrorismo. Sostiene Requena con acierto que los rasgos de las redes terroristas son que son: a) dispersas; b) ubicuas; c) heterogéneas (pp. 148/149). No sé en cambio si su propuesta de "redes civiles" para ir contra el terrorismo en red tiene mucho futuro (p. 151).

A título de conclusión, Requena aboga por una Sociedad Civil Mundial (p. 161) que requerirá una ciudadanía civil también mundial. A la vista de las dificultades conceptuales de la sociedad civil, las redes sociales, etc en el orden nacional no cabe ser muy optimistas respecto al grado de factibilidad que alcanzaría una sociedad civil mundial. En todo es bueno que la reflexión científica sobre redes sociales traspase los límites de los Estados nacionales, como ya ha hecho su objeto de estudio y se incorpore al debate actual sobre cosmopolitismo sí o no, que es donde gentes como Held, Archibugi, Nussbaum, Apiah, Beck, Taylor, Walzer, etc, están haciendo las propuestas más interesantes.