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viernes, 16 de noviembre de 2012

No son suicidios; son asesinatos.

¿En dónde empieza y en dónde acaba la responsabilidad de los gestores políticos? Quienes pusieron en marcha la burbuja inmobiliaria de los noventa, el PP, y quienes luego, pudiendo, no la desinflaron, el PSOE, son responsables de esta tragedia nacional que, por ahora, se condensa en tres puntos: 400.000 desahucios ejecutados en cuatro años; tres muertes por suicidio; 100.000 desahucios más pendientes.¿Cuántos suicidios más?
Es cierto que casi todos los desahuciados firmaron hipotecas a las que luego no podrían hacer frente y que, en estricta aplicación de la ley (por lo demás dickensianamente injusta) son los únicos responsables de lo que les sucede. Verdad es asimismo que, en los años dulces de bajos intereses y cuasi pleno empleo, los bancos sedujeron a todo el mundo, incluso personas ya entonces insolventes, para que se entramparan y que esa seducción es normalmente muy difícil de resistir. Y también lo es que los bancos nos metieron a todos en esta crisis bestial por su infinita codicia. Pero es verdad, al final, el único responsable de lo que te sucede con un crédito eres tú por haberlo tomado. Tiene razón, por tanto María Antonia Trujillo, exministra del PSOE al decir que las deudas hay que pagarlas y "no haberse endeudado". Tiene razón, pero no tiene sensibilidad ni entrañas. ¿Y esta mujer fue ministra del PSOE? Claro, así está el PSOE.
Porque hay más asuntos en el tintero: las prácticas impropias, sucias, ilegales, estafadoras de los bancos provocaron la crisis actual. Esta crisis se llevó por delante millones de empleos, trajo la ruina general y el endeudamiento que nos ahoga y cercenó las posibilidades de que cientos de miles de hipotecados pudieran hacer frente a los pagos mensuales al quedarse sin trabajo. Así que la responsabilidad no es enteramente suya, pues no controlaban los mecanismos de política económica.
La responsabilidad primera fue de los bancos por sus prácticas fraudulentas; esos mismos bancos que ahora chupan dineros públicos sin tasa que podían aliviar la situación de los más desfavorecidos y a los que, sin embargo, desahucian solo para agravar los problemas de todos, empezando por los de ellos mismos.
Pero, sobre todo, la responsabilidad es de los políticos que, pudiendo legislar para que nada de esto sucediera, no lo hicieron y siguen sin hacerlo porque no gobiernan para la gente sino para los bancos. Todos. Los del PSOE también, como se ha visto hasta la fecha. Son sus deudores, les deben mucho dinero, reciben trato de favor, tienen privilegios, corruptelas, participación directa o indirecta en las estafas bancarias (solo el ejemplo de Bankia dará para un curso monográfico) y la gente, que se busque la vida como le recomienda esa exministra socialista, Trujillo a quien Palinuro desea que jamás se encuentre en una situación como la que con tanta carencia de piedad y de sentimiento socialista juzga.
Así las cosas, ¿cuánto tardará en estallar la indignación popular y en llevarse todo por delante de forma que sean los ricos los que salten por las ventanas o los hagan saltar como ellos hacen hoy con los pobres?

sábado, 10 de noviembre de 2012

Fracaso colectivo.

No se trata de repartir alegremente responsabilidades entre toda la cofradía, de diluirlas en una acción colectiva acéfala, de la que nadie se responsabiliza. Ni hablar.
La mujer de Barakaldo que ayer cometió suicidio por el desahucio ha conmovido la conciencia nacional, ha provocado una oleada de indignación, ha echado a la calle a miles de ciudadanos en esa ciudad. El hecho se conoce el mismo día en que se hacen públicos los datos del último barómetro que reflejan la pobrísima opinión que los ciudadanos tienen de los políticos. Solo para comprender que, aun siendo baja, es demasiado alta, como se comprueba con el asunto de los desahucios. No, no es cosa de repartir alegremente las responsabilidades. Un@s son más responsables que otr@s.
Los primeros de todos, desde luego, los mismos bancos. Los principales responsables de este espantoso drama de los desahucios son los bancos, los que los mueven. 500 ejecuciones diarias; quince mil al mes. 400.000 en los últimos años. En ese aluvión de injusticia, de iniquidad, muchas voces han señalado la crueldad de que los bancos rescatados con dineros públicos sigan ejecutando los desahucios de aquellos de cuyos dineros se benefician. Muchos lanzamientos no son solamente injusticias; son verdaderos crímenes.
El segundo orden de responsabilidad lo comparten los cómplices, esto es, quienes por acción u omisión permiten que se cometan estas tropelías y hasta las amparan. Los políticos. Es sabido que el PP y el PSOE votaron en 2011 en contra de la dación en pago. Todavía en marzo de este año, el PP convalidó en el Congreso un decreto de dación en pago tremendamente restrictivo y el PSOE se abstuvo en la votación. Es verdadera complicidad que probablemente se explique por razones inconfesables que apunten a las condonaciones de créditos de los bancos/cajas a los partidos. En una palabra: estos no quieren incomodar a los acreedores. Y las consecuencias las pagan las gentes corrientes y molientes a las que antes se ha dejado sin trabajo, sin ingresos, sin prestaciones, ni ayudas, ni subvenciones, ni servicios. Nada. Y, después de nada, a la calle.
Traten de conciliar esta actuación o falta de actuación con los bonitos discursos sobre el humanismo por el que se desviven los dos principales partidos, el cristiano del PP y el racional, kantiano, del PSOE. El hecho es que no casan.
El tercer orden de responsabilidad recae sobre tod@s nosotr@s, el conjunto de l@s ciudadan@s a quienes nos es perfectamente aplicable el conocidísimo poema de Martin Niemöller, cambiando algunos conceptos: primero fueron por los trabajadores, luego por los dependientes, después por los jubilados, más tarde por los desahuciados. Somos el conjunto de los ciudadanos que, por no confiar en nuestras fuerzas o por no molestarnos, hemos permitido que las cosas lleguen a estos dramáticos extremos de suicidios y huelgas de hambre que son suicidios a término. Solo quedan excluidos, para honra propia y bochorno de los demás, los que han dedicado su tiempo y su trabajo a las plataformas contra los desahucios, quienes se han implicado personalmente y han conseguido, no solamente parar muchas ejecuciones sino, en último término, obligar a los políticos a que fuercen a los bancos a frenar los desahucios. Estos ciudadanos de las PAHs merecen el aplauso y el apoyo de tod@s.
Dos colectividades más merecen mención en este asunto: los jueces y la iglesia. Los jueces han tardado en tomar partido y lo han hecho hace poco por boca de sus principales asociaciones, pero lo han hecho. Han dicho de forma muy gráfica que los han convertido en agencias de cobros, en los hombres del frac de los bancos y que urge cambiar la ley no solo para librarlos de tan impropia posición sino para remediar una injusticia sangrante.
De cambiar la ley hablan también los obispos, pero no para poner coto a los atropellos con la vivienda sino para terminar con el matrimonio gay que debe de parecerles más peligroso que dejar a las familias sin techo. Lo importante no es que las familias se queden en la calle sino que estén compuestas por un hombre y una mujer, como dicen los curas que manda Dios. En cuanto a los desahucios, los obispos recomiendan rezar.
Los desahucios son un fracaso colectivo con distintos niveles de responsabilidad. Y hay que ponerle remedio porque las familias son más importantes que los bancos. Estén compuestas como estén compuestas.

martes, 13 de octubre de 2009

Mapa del jardín que se bifurca.

Curiosa, entretenida, magnífica peli la de Isabel Coixet. Un juego sinestésico delicioso. Un torrente de imágenes más o menos espectaculares pero todas muy bien escogidas y de alta calidad, ajustadas a una gama y variedad sorprendente de sonidos para que durante todo el rodaje no se pierda conciencia del título. Una película que tiene una especie de héroe colectivo, amorfo, imponente: la ciudad de Tokio, descaradamente captada por una cineasta de gran sensibilidad en sus momentos reveladores: restaurantes, calles concurridas, lonja del pescado, líneas de metro atronador, silencio de los cementerios, intimidades de viviendas privadas, consejos de administración de poderosas empresas, tiendas a pie de calle, meublés à la dernière. No hay descanso y la ciudad va contando su leyenda, un poco al estilo de aquella épica urbana que trazó a principios de siglo John Dos Passos y referida a otra gran urbe que nada tiene que envidiar a Tokio: Nueva York, Manhattan Transfer.

Hasta aquí la parte puramente cinematográfica, la belleza y la plasticidad de unas imágenes que son eso, una lírica visual de la gran ciudad palpitante. Además, la peli tiene una historia de cuyo guión es también autora Coixet. Incluso está editado como libro que es muy coveniente leer (Isabel Coixet, Mapa de los sonidos de Tokio, Barcelona, Tusquets, 2009, 116 págs.) antes o después de ver la peli porque ilustra mucho y perfila bastantes detalles. El argumento es asimismo un hallazgo: la historia de una trabajadora de la lonja del pescado en una sección de despiece de lo que parecen atunes, que lleva una doble vida: trabajadora del pescado por la noche y asesina a sueldo por los días. Tueuse aux gages que se dice en Francia, cuya cultura está muy presente en la peli, especialmente a través de muy célebres canciones. El punto de partida es un artificio literario que sirve para situar al narrador en cierto modo fuera de la trama o con un metalenguaje: la chica, Ryu, (Rinko Kikuchi), atractiva y misteriosa, traba amistad con un viejo ingeniero de sonido que acaba siendo (aunque sólo lo descubrirá después) su único amigo. Este ingeniero, enamorado de ella, un pagafantas, es el narrador de la historia que aparece contada en pasado a través de su recuerdo en la reconstrucción de los sonidos de la vida de Ryu ya que, según se colige, ésta lleva un micrófono (imagino que inadvertidamente) con el que el ingeniero capta todos los momentos de su vida cuando no está con él, pues vive con la obsesión de comprender el misterio de Ryu. Y gracias a eso, a que ha grabado incluso las conversaciones telefónicas de ella, es capaz luego de reconstruir la historia y dotarla de sentido, aunque ya será tarde. Esa voz en off del pagafantas tiene mucha más importancia en la peli que en el libro ya que en éste son más fáciles de justificar las escenas en que no interviene la propia Ryu y de las que es imposible que el ingeniero tenga conocimiento. Se trata de la única inconsecuencia narrativa de la historia.

El guión, la historia en concreto, da un giro decisivo en el momento en que Ryu recibe el encargo de matar a un pequeño tendero de nombre David, un catalán afincado en Tokio, que rige una tienda de vinos y a quien el desesperado padre que acaba de perder una hija suicidada hace responsable de la desgracia. Recibido el encargo, Ryu pone en marcha lo que para ella es una rutina mil veces practicada. Sin embargo, en este caso, el asunto se tuerce porque aparece el amor, que todo lo desbarata y la historia tiene un final inesperado.

¿O quizá no tan inesperado? Es el caso que, al introducir la variante citada, Coixet ha elegido deliberadamente contar una historia en lugar de otra. La que pudo haber contado era la de que la rutina se cumplía, Ryu asesinaba a David lo que obligaría a hacer otra invención que sería lo natural y lo que, confieso, más me hubiera gustado. La historia que ha relatado, sin embargo, es una de amor que, al final es la que se apodera de su película; una historia que camina sobre dos pies: las andanzas del extranjero español en Tokyo, el choque cultural, la adaptación, las idiosincrasias etc y el enamoramiento de Ryu de alguien que sólo busca sustituir a la novia que perdió, con abundantes, prolijas y no muy interesantes escenas de sexo.

Tengo la impresión de que, al escoger la segunda opción, la convencional de la historia de amor, Coixet ha fastidiado la película y que la sorpresa de su final, cuando llega, ya no es ni sorpresa. Una vez enamorada, Ryu deja de ser un misterio salvo para el pagafantas que escucha sus conversaciones con David y cómo folla con éste. Pero ese misterio ya sólo es el de porqué la mujer a la que quieres no te quiere pero quiere a otro.

Pero no hay que hilar demasiado fino y si uno no pretende que le cuenten la historia que uno querría encontrar sino la que realmente hay, la película y el libro, dicho sea de paso, ilustrado con buenas fotos del film, están muy bien. Como dice el ingeniero, la historia de uno que ama y otra que no sabe que es amada o, como se dice, siempre en el ámbito cultural francés "l'un qui s'enmerde et l'autre qui souffre".

A todo esto hay una dimensión intercultural que no sé hasta qué punto es buscada por la directora cuya gran categoría invita a pensar que lo es: David (Sergi López) es el único que no se entera de nada: su primera novia muere porque él no supo impedirlo y ni huele el sentido de su relación con Ryu. No estoy seguro de si esta espesura sentimental e intelectual se deriva del hecho de que David sea extranjero o de que sea un hombre. Me inclino por las dos.