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viernes, 1 de julio de 2016

El pesimismo del mundo

André Glucksmann (2016) Voltaire contraataca. Barcelona: Galaxia Gutenberg.
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Es el último libro de Glucksmann, que murió a fines del año pasado; una obra muy representativa del estilo y las preocupaciones, incluso obsesiones, del autor. Pero no una obra "final" o de esas de las que suele decirse que "recapitulan" una vida. Al contrario, es un trabajo más de combate de este combativo filósofo que todavía contaba sin duda con librar otras batallas.

Glucksmann tuvo una existencia muy agitada, condicionada por los grandes problemas y conflictos de su tiempo... y algo más. En los comienzos de su carrera, aparece como un militante maoísta, de extrema izquierda y como tal vive el mayo del 68. Posteriormente daría un giro de 180º para integrarse en el grupo de los "nuevos filósofos", todos ellos prounciadamente de derechas. Glucksmann, que ya había abandonado el Partido Comunista francés, se convierte en una especie de "sesentayochero" arrepentido o "reintegrado", como les sucedería  a otros. Sin embargo, su circunstancias biográficas lo muestran como un caso muy especial. Era el tercero de los hijos de un matrimonio judío que fue primero sionista y se hizo luego comunista. El padre trabajó para el servicio secreto militar de la URSS y murió prematuramente en un naufragio. La madre siguió siendo fiel a los principios del comunismo hasta su muerte en los años setenta. De este modo, la rotunda ruptura de Glucksmann con el marxismo, al que equipara con el totalitarismo, no implicaba tan solo un dato histórico sino una actitud vital que, a su vez, lo enfrentaría con los usos de la nueva familia que se estableció cuando la madre casó en segundas nupcias con un comunista austríaco.

La obra de Glucksmann no es sistemática, sino más bien fragmentaria y muy vinculada a los acontecimientos sociales y políticos de su tiempo, desde la primera, El discurso de la guerra (1967), en la que reflexionaba sobre el fenómeno bélico en el contexto de la guerra fría hasta la época actual, con especial detenimiento en la obra de Mao Tse-tung, pasando por una variada serie de ensayos que han tenido siempre bastante repercusión. Con especial agrado se recuerdan Los maestros pensadores en el que ajusta cuentas con Fichte, Hegel, Marx y Nietzsche, La cocinera y el devorador de hombres en el que rompe abruptamente con el marxismo, equiparándolo al totalitarismo o La estupidez, obra que tendría mucha difusión y en la que critica en especial el papel de los intelectuales, de la gente como él, a los que atribuye un complejo "napoleónico".

Voltaire contraataca es una reflexión sobre las circunstancias del mundo contemporáneo hecha a base de aplicarle la lente de la célebre novela del filósofo ilustrado, Cándido o el optimismo, una obra que comienza con una especie de recomendación ("Lee Cándido y conócete a ti mismo") que, en cierto modo, es paralela a aquella otra con la que termina la novela volteriana, "cultivemos nuestro huerto".

 Cándido nace de la experiencia del terremoto de Lisboa y Glucksmann le contrapone otra novela de Voltaire, Zadig o el destino. Zadig tiene dos ventajas: una revelación (del ángel Jesrad) y un destino que luego irá reproduciéndose en la historia del pensamiento, en la idea leibniziana del mejor de los mundos; en la del fin de la historia, de Hegel; en la de la sociedad sin clases de Marx; o en la "revelación"  heideggeriana. A diferencia de él, Cándido no ha tenido esas iluminaciones. Viene a un mundo que, como el de hoy con la globalización, conoce la libre circulación de personas, bienes e ideas. Un mundo confuso y atropellado.

Tenemos mucho que aprender de Voltaire. En nuestro tiempo todo está lleno de refugiados, de los déracinés de Barrés: El ejemplo más típico, los gitanos, los zíngaros, romaníes, capaces de desencadenar una histeria general en Francia, a pesar de que en este país hay muchos menos que en otros de centroeuropa. Y ¿cómo no vamos a dejarnos atrapar por esa histeria frente al peligro imaginario del "otro" que nos invade si somos el resultado de una cultura que ha glorificado la muerte y el asesinato desde los orígenes (Edipo asesina a su padre; Orestes a su madre y al amante de esta; Rodrigo Díaz de Vivar al padre de Jimena) hasta los tiempos modernos, los de la guerra de los 7 años, de los 30 años; tiempos pródigos en carnicerías, quemas de judíos, anabaptistas, cátaros, protestantes, que  anuncian las hecatombes que llegarán más tarde. Hoy, las estadísticas muestran que las víctimas civiles en las guerras son siempre más numerosas que las militares.

En su tragedia, Mahoma, el profeta, Voltaire ataca el integrismo en nombre de la tolerancia. La justicia humana solo puede basarse en el derecho natural de “no perjudicar”. No puede tener mayor proyección. Cándido no ambiciona colgar el último rey con las tripas del último cura, como quería el abate Meslier, pero Voltaire se hace eco de la incredulidad absoluta del abate, en un momento que Glucksmann bautiza con expresión feliz como "el filósofo contra la filosofía". Voltaire es el filósofo de la finitud actual. A Cándido le da igual la existencia o no existencia de Dios. Lo que el relato de sus peripecias muestra es su no intervención permanente. Hay que tener un espíritu templado para oponerse al integrismo desde la tolerancia y el escepticismo. Tal es la finalidad de que, en su Diccionario filosófico, Voltaire reproduzca íntegro el célebre texto de Lactancio en que Epicuro considera las cuatro posibilidades en relación con la existencia del mal en el mundo, algo más complicado que el ingenuo optimismo que predica el doctor Pangloss.

La continuidad del espíritu de tolerancia ilustrada de Voltaire lleva a Glucksmann a hacer una defensa que él llama "anacrónica" de los derechos del hombre pero con un fuerte sesgo pesimista. Así, deja constancia de que hoy llamamos “lucidez” a la reticencia a resistir. “No puede hacerse nada”, decimos y, así, no se denuncia del Gulag, ni el caso del boat people vietnamita (por cuya causa es sabido que Glücksmann movilizó a Sartre y Bernard-Henry Levy). Tampoco se apoya el movimiento polaco de Solidaridad, ni la lucha de los argelinos contra el integrismo o la de los caucasianos por su emancipación y hasta admitimos el genocidio de los tutsis en Ruanda. Es impresionante el momento en que el autor contrapone esta indiferencia, este abandono contemporáneo a la implicación personal de Voltaire por la tolerancia en los tres conocidos casos de Calas, Sirven y el caballero de la Barre. 

Sin duda, con la caída del muro de Berlín, epílogo de la guerra fría, el optimismo panglossiano invadió todo, desde los palacios a las chozas y, en el colmo de la ingenuidad, llegó a especularse con el fin de la historia.

Glucksmann cree que la construcción europea es la alternativa que ofrece el siglo XXI al renacimiento del patriotismo y el nacionalismo. Seguramente tendría algo que decir con la brexit. En esta Europa, dirigida por Alemania, el "ángel" de Angela Merkel, resulta ser el país más popular del mundo. Se siente uno inclinado a gastar la broma de si, al final, Merkel no será la personificación de la Cunegunda que Cándido busca tan desesperadamente.  Porque, al fin y al cabo, el  sueño europeo aparece ensombrecido por esos fenómenos que ya se denunciaban al comienzo: los desplazados, exiliados, expulsados; por las matanzas, los troceamientos de gente.  Glucksmann se hace eco del dictamen de Khodorkovsky, el millonario ruso que ha pasado diez años en Siberia recientemente como en los viejos y sempiternos tiempos: la locura, la violencia y la corrupción, son males peores que la bomba atómica. 

En definitiva, Glucksmann viene a decir que, en paralelo con Goethe (Fausto), Marx (el Manifiesto) Voltaire explora el acceso de la modernidad a ella misma. Ya no hay imperios, todos han caído y los EEUU no quieren o no pueden serlo.  La misma noción romana de Imperio está obsoleta, cosa que no sé cómo sonará a los oídos de Hardt y Negri. En su lugar observa una reaparición y difusión del espíritu de la “renardie” esto es, un compuesto de picardía, extralimitación, demasía, indiferencia, etc frente a lo cual suena la recomendación del partidario de "aplastar la infame", esto es, cultivar nuestro huerto.

Un libro que contiene una mirada escéptica, tolerante, pero también indignada sobre el mundo contemporáneo, desgarrado entre el conformismo y la indiferencia. Si alguna objeción se le puede poner se encuentra en el hecho de que el examen no menciona ni una vez el fenómeno del terrorismo actual, que proyecta una sombra inquietante sobre las posibilidades de encontrar respuestas moralmente válidas a la cuestión de los refugiados.

sábado, 28 de febrero de 2015

Mosul y el B.O.E.


De acuerdo con una interpretación estricta del libro santo, ese que las tres religiones más sanguinarias dicen seguir, la Biblia, los seres humanos no podemos representar en imágenes nuestras propias creencias. Es absurdo prohibir que sea físicamente visible lo que se empeñan en hacer mentalmente dominante: puedes creer un dios, imaginártelo en tu interior, pero no representarlo. Puedes rezar a tu dios y hablar con él en tu fuero íntimo, pero no pronunciar su nombre. De lo contrario, vienen los "verdaderos creyentes" con mazas y te abren la cabeza a ti y a tus criaturas. O te degüellan. O te queman vivo. Las tres religiones del Libro, mosaica, cristiana y musulmana, repletas de "verdaderos creyentes" son iconoclastas. La mosaica y la musulmana o ojos cerrados. Bien cerrados. La cristiana, más contagiada del mundo pecaminoso y las hechuras del diablo, oscila. Ha habido momentos iconoclastas y momentos iconográficos. Las distintas denominaciones protestantes tienden más a la iconoclastia, son más puritanas y austeras. No llegan ni de lejos al frenesí destructor de los bárbaros islámicos actuales, pero tampoco son el carrusel de estampitas de colores en que se ha convertido el catolicismo.

El mundo entero asiste pasmado a la exhibición de barbarie de los combatientes del ISIS cuando destruyen tesoros artísticos y bibliográficos incalculables que son patrimonio de todos, de la humanidad. Se ve cómo utilizan mazas y martillos eléctricos para facilitarse la tarea. Ni se les pasa por la cabeza que, si pueden utilizar estos medios es, precisamente, gracias al espíritu que llevó a conservar las estatuas. Para ser lógicos con sus creencias estos fanáticos debieran destruir el mármol con los dientes. Pero pedir lógica a tan feroces brutos es como pedírsela a las brutos nobles que, sin embargo, tienen mucha más.  

Quienes se duelen de estos espectáculos, ponen el grito en el cielo por tanta barbarie y piden que se detenga en nombre del arte, la tolerancia, la cultura y la civilización lo hacen mojando un croissant en el café mientras leen en la prensa que el Boletín Oficial del Estado de su país del 24 de febrero de este año contiene la Resolución de 11 de febrero de 2015, de la Dirección General de Evaluación y Cooperación Territorial, por la que se publica el currículo de la enseñanza de Religión Católica de la Educación Primaria y de la Educación Secundaria Obligatoria. Una resolución en la que, entre otras estupideces, se lee que:

No obstante, el ser humano pretende apropiarse del don de Dios prescindiendo de Él. En esto consiste el pecado. Este rechazo de Dios tiene como consecuencia en el ser humano la imposibilidad de ser feliz. Dado que su naturaleza está hecha para el bien, su experiencia de mal y de límite le hace añorar la plenitud que él no puede darse por sí mismo y busca de algún modo restablecer la relación con Dios. Esta necesidad del bien, el deseo de Infinito que caracteriza al ser humano se expresa en las religiones como búsqueda del Misterio.

Interpretación sin necesidad de grandes conocimientos de hermenéutica: que no está el horno para los deliciosos bollos de Mosul y que, por obra del sempiterno maligno, hoy no es posible imponer la religión católica a base de torturas y martillazos, no se puede quemar vivos a los herejes y no es posible prohibir que la gente piense, hable, escriba, pinte con un grado de libertad que, sin ser completo, resulta insoportable para los curas y sus monaguillos en el gobierno.

Pero no tenga nadie duda de que, si pudieran, estos nacionalcatólicos de rezo público, sucia conciencia y vicio privado, quemarían un buen puñado de libros y, de echarles mano, también a su autores.
 
De momento ya tienen publicado en el Boletín Oficial del Estado (sí, ese Estado secularizado, no confesional, de derecho, "desmitificado", burocrático, racional, blablabla), su programa de mano para imbuir en el tierno cerebro de los niños sus desvaríos de secta alucinada. Esa es una conquista que nadie ya podrá reñir al señor Wert, una pica en Flandes para contar a las generaciones venideras. Aquí empieza la recristianización de España, que pide a gritos el cura Rouco Varela desde su franciscana celda en un ático de 370 metros cuadrados en Bailén. De momento viene como asignatura no obligatoria pero evaluable. Parece poca cosa. Jesús nació en un pesebre y, ya se ve en dónde está ahora. La fe renació en un peñasco en Covadonga, pero reconquistó España. La verdadera religión de los auténticos españoles saldrá de esta norma esclarecida del BOE, aportación típicamente hispana a la tradición occidental de las luces y la Ilustración. Trento resucitado. Y a todo esto irá unido por los siglos de los siglos el nombre de esa lumbrera, antiguo tertuliano "progre" de la SER, Wert.
 
Nada me extrañaría que, antes del fin de la legislatura, su compañero de mesa, el pío Fernández Díaz, propusiera su beatificación y una medalla pensionada de la Virgen del Perpetuo Mohín.
 
 

martes, 15 de octubre de 2013

El Estado dentro del Estado.


Aproximadamente cada cien años el Estado español firma un concordato con la Santa Sede, en 1753 con Fernando VI, en 1851 con Isabel II y en 1953 con el caudillo Francisco Franco que casi por ello consigue que lo hagan cardenal. Hubiera estado bien, ¿eh? Una dictadura regida con mano de hierro en lo secular y lo espiritual por el sublime ideal español del monje guerrero. El caso es que este año es el sexagésimo del Concordato de 1953, por el cual el Vaticano contribuyó, junto con los gringos a sacar a España del aislamiento internacional en que estaba por ser un Estado fascista según la ONU. A cambio, el Vaticano se quedó con el alma (y el dinero) de los españoles y los estadounidenses con pedazos de territorio en Torrejón, Rota, Morón, para sus bases. La cuestión es averiguar si ese Concordato de 1953 sigue o no en vigor, pues su artículo 1º reproduce, dulcificada, la vieja fórmula de la Constitución de 1812: "La Religión Católica, Apostólica, Romana sigue siendo la única de la Nación española y gozará de los derechos y de las prerrogativas que le corresponden en conformidad con la Ley Divina y el Derecho Canónico". Aparentemente eso no está en vigor. Pero, si se leen los acuerdos de 1979 y el de 1976, la cosa no es tan clara.


Para aclararlo celebramos la mesa redonda del anuncio en la Facultad de Políticas y Sociología de la Complutense, el próximo jueves, 17, a las 12:00. Participan François Coll, Juan José Tamayo, Beatriz Jimeno, Palmira Chavero, Jaime Ferri y un servidor. Entrada libre.

viernes, 3 de mayo de 2013

Tolerancia cero con la tolerancia.


En España arrastramos un problema de intolerancia de siglos. Tuvimos Inquisición, expulsamos judíos y moriscos y nos lucimos con el Tribunal de la Sangre del Duque de Alba. Es cierto que otros tuvieron cosas similares y peores, pero eso no es un consuelo para las nuestras. Tuvimos Contrerreforma a palo seco mientras que los demás tuvieron Reforma o una mezcla de ambas. No llegamos a tener Ilustración, propiamente dicha, sino un triste remedo de la francesa, fragmentaria y perseguida por el tradicionalismo católico. La guerra contra el francés, en la que muchos sitúan el nacimiento de la Nación española, se hizo sobre todo en nombre de la esencia monárquica, absolutista, católica. Parece que el término liberalismo es de cuño español. El término. La realidad es muy otra cosa. El liberalismo español pone su pedigrí en la Constitución de Cádiz, de 1812. No me cansaré de recordar que esta Constitución, que se promulga En nombre de Dios Todo-poderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Autor y Supremo Legislador de la Sociedad, tiene un artículo 12 que reza: La Religión de la Nación Española es y será siempre la Católica, apostólica y romana, única verdadera. La Nación la protege por leyes sabias y justas y prohíbe el ejercicio de cualquier otra. Es decir la Constitución de Cádiz de 1812 proclama la intolerancia religiosa. No sé si hace falta ser español para entender cómo se puede conciliar la intolerancia y el liberalismo.

En todo caso, ese artículo 12 pasa casi íntegro al artículo 1º del Concordato de Franco con la Santa Sede de 1953, que dice: La Religión Católica, Apostólica, Romana sigue siendo la única de la Nación española y gozará de los derechos y de las prerrogativas que le corresponden en conformidad con la Ley Divina y el Derecho Canónico. Ya no se habla de prohibir las demás religiones pero está claro que la vida de estas no iba a ser grata dado que la católica era proclamada "única". Y así están las cosas hoy día en que los Acuerdos con la Santa Sede de 1979 (posteriores, pues, a la Constitución) declaran vigente el Concordato de Franco.

La tradición de intolerancia tan viva como siempre.

Telemadrid ha emitido un reportaje en el que se tacha a los nacionalistas vascos y catalanes de nazis y estalinistas. Quizá para algunos la amalgama no tenga sentido, pero su justificación no es difícil de entender. Se trata de encontrar una posición de neutralidad, de centro equidistante entre nazismo y estalinismo que permita criticarlos por igual. Pero no sé yo si el autor o autora del reportaje está muy puesto/a en su contenido. De entrada, la invocación del nazismo cae en la jurisdicción de la celebérrima Ley de Godwin. Que se le añada el estalinismo solo quiere decir que quizá convenga formular una Ley de Godwin II.

La justificación, sin embargo, está en la búsqueda del punto medio. El reportaje utiliza una perspectiva orwelliana. Lo que tienen el nazismo y el estalinismo en común es la perversión del lenguaje. No hay inconveniente en admitirlo si se precisa qué se entiende por perversión del lenguaje. Parece que por tal, según el reportaje, se entiende la práctica de los nacionalistas catalanes de utilizar eufemismos, perífrasis, circunloquios. Si esto es así, se queda uno perplejo, preguntándose si los de Telemadrid han escuchado alguna vez un discurso de Mariano Rajoy, que se niega a pronunciar el nombre de Bárcenas; de Ana Mato, que llama "copago" al "repago"; de Gallardón, quien cobra tasas para garantizar la gratuidad de la Justicia, etc.

¿Y no será que todos los políticos tienden a manipular el lenguaje? No es lo mismo, dicen los de TeleMadrid porque los nazis catalanistas lo imponen a la fuerza, como hacían lo nazis y los estalinistas. No me parece que esto sea cierto. No veo violencia del lado catalanista. Sí veo, en cambio, que la aceptación acrítica de la neolengua del gobierno y sus medios de propaganda públicos y privados es peor que si fuera impuesta a la fuerza porque es comprada, aceptada voluntariamente, como la convicción de los esclavos felices.

lunes, 22 de abril de 2013

Manolo, ¿qué has hecho?


Manolo Saco anuncia que deja de escribir su blog en eldiario.es ante la avalancha de críticas que ha suscitado su última entrada sobre la sucesión de Chávez.

No tienes arreglo, Manolo. Está bien que lleves un blog titulado Ni Dios ni Patria ni Rey; pero, hombre, no que te lo creas y no estés dispuesto a hacer las excepciones que manda la buena conciencia bolivariana y el último tren de una izquierda que ya no sabe ni a dónde va. Esa que, cuando se acuerda, canta algo parecido: "Ni en dioses, reyes ni tribunos está el supremo redentor", solo para echarse después en manos de todos ellos siempre que vayan de rojo o levanten el puño.

¿Dioses? ¡Ni uno, Manolo, a no ser que se trate del que protege a Chávez y hace que este se aparezca a Maduro y le lleve sobre sus hombros, como San Cristobalón al niño Jesús! ¿Patria? ¡Vade retro a no ser que se trate de la bolivariana, que esa no es como las demás, sino una verdadera Matria de la que solo los podridos lacayos del imperio pueden burlarse! ¿Reyes? Mejor será no menearlo. Al fin y al cabo, carajo, Maduro es solo un ungido de Chávez, no su hijo biológico. Para eso hay que irse a Asia en donde ya van por el tercer Kim de Corea en el camino de la emancipación de la raza.

No conozco nada más inquisitorial, intransigente, intolerante y falaz que la izquierda, especialmente la "transformadora" de origen más o menos comunista, a la hora de encajar la crítica. Y si esta va con sentido del humor, date por perdido, amigo: serás un siervo de la derecha, del imperialismo yanqui, del grupo Prisa, de la policía, el Mossad, la CIA o la Hermandad de Alféreces Provisionales. Pero ¿qué te habías creído, hombre?  Poner en solfa el culto a la personalidad del comandante invicto, el boato y la pompa ceremoniales y hueros del relevo revolucionario o las supersticiosas creencias y milagrerías de un pueblo infantilmente entregado a la fábula del hombre providencial. ¿Creías que saldrías inerme de no regalar los oídos con las bobadas de rigor a la recua de quienes, como decía Unamuno, se dedican a "contar los pelos al rabo de la esfinge"?

Añade algo especialmente repugnante para que tu salida sea más airosa. En bastantes de los comentarios en que te condenan al averno por criticar el pintoresquismo chavista se hace oír la áspera voz del capital amenazando a sus asalariados. Sí, sí, la voz histérica de los que, por desembolsar 60€ anuales y ser "socios" del periódico se ven como Rotschilds y Rockefellers y creen que deben exigir sumisión canina a quienes escriben en él pues están a su servicio. Como en la llamada "prensa burguesa". Ya sabes, si quieres escribir metiéndote con Chávez o los chavistas, vete al ABC. Aquí solo se aceptan panegíricos. 

Eso sí, muy críticos, muy de izquierdas, muy valientes.

De todas formas, si me permites, te haré una observación. Por muy abundantes, ásperos e insultantes que sean los comentarios, ten la seguridad de que serán una mínima fracción y que son muchos más quienes te leen con agrado. Pero no suelen manifestarse. Si el periódico como tal no objeta a tu colaboración, piénsate eso de interrumpirla. Es justo lo que la caterva de alguacilillos quiere.

jueves, 10 de febrero de 2011

Carla Antonelli vs. Silvio Berlusconi

La libertad, el ideal más hermoso de la especie humana, es autodeterminación. Cada cual puede decidir por sí mismo, que es la idea básica de Hegel, aunque luego la complique mucho. Para decidir es preciso que haya opciones distintas. La libertad es libertad de elección. Y tiene sus contrarios: en la teología, la predestinación; en filosofía, la necesidad. Soy libre de vivir o morir: hay elección. Pero no soy libre de morir o no morir: no hay elección. Siempre en el mismo espíritu hegeliano, suele identificarse la naturaleza con el reino de la necesidad y ahí entronca ese concepto difícil y escurridizo del derecho natural.

El problema está en la naturaleza de la naturaleza. Quien postula que la naturaleza aquí y ahora es un límite absoluto, siendo así que es condición humana romper límites naturales porque en eso consiste la ciencia y la mejora de la especie, está haciendo trampa. Está mezclando necesidad y contingencia. Un bonito ejemplo: decía DeLolme al hablar del régimen británico que el Parlamento podía "hacerlo todo excepto convertir un hombre en una mujer". El cambio de sexo era visto como una imposibilidad natural y de ahí procedían, vía "derecho natural", todas esas tonterías que siguen esgrimiéndose sobre las funciones de los sexos, la esencia del matrimonio, el "eterno femenino", etc; y eso hoy en que, no ya el Parlamento, sino cualquier médico con cierta competencia puede hacer de un hombre una mujer.

Esa obtusa negativa a admitir la ampliación del reino de la libertad a costa del de la necesidad que suele tomar forma de principios ultrajados cuando no de memeces dichas desde la pantalla o el púlpito es tan antigua como la humanidad y hay que sobrellevarla con resignación, pero sin ceder a ella. Los aristotélicos creían que unos hombres eran libres y otros esclavos por naturaleza. Convencerlos de lo contrario costaría siglos. Todavía los padres de la patria en los EEUU, que firmaron aquello tan glorioso de que son verdades evidentes por sí mismas que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad eran propietarios de esclavos a los que obviamente no consideraban hombres.

Igual con la mujeres: también eran inferiores a los hombres por naturaleza; todavía hoy los sabios teólogos católicos no les reconocen igualdad pues les niegan el sacerdocio. ¿Y qué decir de los homosexuales? Franco les aplicaba la Ley de Vagos y Maleantes de la República, la conocida luego como gandula, que los ponía fuera de la ley y los encerraba en prisión indefinida. Y en Irán los ejecutan en el entendimiento de que la homosexualidad es una transgresión de la ley natural, la divina, etc, etc.

De forma que si venimos de ese pasado, nada tiene de extraño encontrar cretinos que creen no serlo cuando se mofan del reconocimiento de la libertad de los transexuales, quienes constituyen la última frontera en esa lucha del ser humano en contra de la necesidad porque son el momento en que estos conceptos abstractos de libertad se hacen concretos en la vida personal de las gentes.

Tal es la causa que tan justamente simboliza Carla Antonelli; la causa de la libertad, de la pluralidad, la ampliación de los derechos a las minorías perseguidas, la humanización del ser humano, la vida vivida noblemente, sin engaños ni dobleces y sin necesidad de fingir que se es lo que no se es.

Su polo opuesto es el simbolizado por Silvio Berlusconi, firme defensor de la idea de los límites naturales (el también podría haber dicho que la mujer debe ser mujer, mujer en un momento especialmente lerdo) y de las instituciones enraizadas en la tradición como la familia patriarcal, bendecida por la Iglesia católica, así como de las pautas del machismo latino más insoportable. Un hombre de orden, defensor de la civilización occidental y de los valores cristianos, un hipócrita que se sirve de la política para evadir la acción de la justicia y que, para no responder ante los tribunales de las acusaciones de proxenetismo, concusión, cohecho y tratos sexuales con menores por dinero, entre otros presuntos delitos, parece dispuesto a convertir Italia en una pocilga moral, atacando los principios del Estado del derecho y el respeto a la dignidad de las personas. Porque tal es la quintaesencia de esta actitud moral respetable, conservadora, patriótica, de la gente bien de toda la vida, la que va del brazo de los curas: no importa cuán canalla seas y de cuántas personas abuses con tal de que no lo parezca.

Antonelli o Berlusconi, esa es la apuesta hoy. Y somos libres de elegir.

La imagen es la portada de la revista Zero de marzo del 2007 después de la aprobación de la ley de identidad de género (15 de marzo de 2007).

lunes, 18 de agosto de 2008

¿Tolerancia de la intolerancia?

Interesante este ensayo de Yves-Charles Zarka (Difícil tolerancia, traducción de Alejandro García mayo, Madrid, Escolar y mayo, 2008. Ed. original francesa, Difficile tolérance, PUF, París, 2004, 158 págs.) que aborda una de las cuestiones cruciales en las democracias contemporáneas, la de la tolerancia. El primer escrito en favor de este principio es la Carta sobre la tolerancia, de John Locke. El movimiento de Les politiques activo durante las guerras de religión en Francia no abogaba estrictamente por la tolerancia sino por un criterio pragmático de la conveniencia de no seguir con los enfrentamientos armados lo cual acabaría desembocando en la tolerancia. Pero el escrito más famoso y que más hizo por extender la idea y la práctica de la tolerancia fue el de Voltaire a propósito del Affaire Calas. Desde entonces la implantación de la tolerancia fue abriéndose camino en Europa apoyándose entre otras cosas en los decretos de emancipación de los judíos en el siglo XIX y la separación de la Iglesia y el Estado en los tiempos de la política radical. En el siglo XX en Europa ningún sistema democrático cuestionó el principio de tolerancia heredado de tiempos anteriores, hasta que el fenómeno de la inmigración y el multiculturalismo obligó a reflexionar de nuevo sobre él al descubrirse que su imperio no estaba garantizado. Y a este efecto se ha escrito este libro, para probar que la tolerancia hacia las minorías musulmanas en los países occidentales (singularmente Francia) es muy difícil porque éstas a su vez son intolerantes y tratan de establecer una tiranía de la minoría. .

Zarka sostiene que la tolerancia descansa sobre dos pilares, la separación entre lo político y lo religioso y el reconocimiento de la alteridad. Además su rasgo característico es la reciprocidad, la tolerancia de A hacia B requiere la de B hacia A. Y tiene un límite que Zarka expone con claridad: "...puede decirse que el límite absoluto de la tolerancia se encuentra en los principios fundamentales que definen una democracia constitucional" (p.80).

Para arbitrar y defender esa idea de tolerancia nuestro autor sostiene que hay que poner en pie un artilugio jurídico-político que está muy interesado en diferenciar de un mandato moral, al estilo en que lo hacía Kant cuando decía que podría haber un Estado republicano incluso en un pueblo de demonios. También ha de ser posible encontrar formas coexistencia incluso en una sociedad de demonios (p. 31); ese artilugio jurídico-político es lo que Zarka llama la "estructura-tolerancia".

La estrutura-tolerancia tiene que imponerse en un mundo desgarrado no ya por conflictos políticos, económicos y sociales, sino por los étnicos, de grupos, pueblos o naciones en el que ya han fracasado los dos intentos uniformadores anteriores, el del comunismo y el del "occidentalismo" por así decirlo, o sea la idea de que los valores occidentales sean sin más universales (p. 35). La imposición de la estructura-tolerancia se da en la medida en que se implante un reconocimiento sin reconciliación. En el debate sobre reconocimiento se identifican las dos posiciones dominantes actuales en la filosofía política: la liberal de la igual dignidad de las personas y la comunitarista de la diferencia (p. 40). Lo difícil de la situación es que si la primera no acierta a garantizar la tolerancia como institución práctica, la segunda acaba negando su necesidad.

El dispositivo fundamental de la estructura-tolerancia es la neutralidad del Estado y la laicidad (46) y descansa sobre cuatro principios, a saber: 1º) distinción entre las esferas de la autoridad política y la autoridad religiosa; 2º) laicidad del espacio público; 3º) igual dignidad de las religiones; 4º) protección de las libertades individuales. (p. 60)

En la aplicación de la estructura-tolerancia aparecen dos escollos, las tiranías de la mayoría y de la(s) minoría(s). La de la mayoría es muy conocida (y tratada) en la teoría política; no así la(s) de la(s) minoría(s), que empiezan a sentirse en nuestro tiempo siendo la más típica y conocida la de la minoría islámica. (p. 80). Para contrarrestar esta posibilidad, Zarka añade dos principios a los cuatro anteriors: a) el de imparcialidad y b) el de legitimidad de las diferencias culturales.

Defiende el autor su concepto de tolerancia frente al liberal de Rawls, al que no considera suficientemente kantiano porque si lo es en lo normativo no así en lo antropológico e histórico. Para liberar a la tolerancia de la perspectiva religiosa y la fundamentación teológica hay que hacerla derivar de la concepción kantiana de la ley moral como ley de la razón y de la libertad como autonomía de la voluntad (p. 90), nociones perfectamente ajenas al Islam.

La última parte de la obra de Zarka formula una crítica al concepto de ciudadanía multicultural y centra su atención en el problema de la existencia o no de los derechos colectivos. Para ello entra en polémica con el defensor de estos derechos, Will Kymlicka, para llegar a una solución: la de "fundar los derechos culturales o derechos a la diferencia en los del individuo con carácter indirectamente colectivo." (p. 110) Es decir, el asunto no es tan grave como parece ya que, frente a la dicotomía frontal entre derechos individuales y derechos colectivos que parecería no tolerar mediación alguna, se alza este tercer género de "derechos individuales indirectamente colectivos", muy apropiado para quien no admitiendo más que la teoría de los derechos subjetivos se ve en la obligación de explicar la existencia de minorías que reclaman derechos colectivos, como es el caso de las minorías islámicas. No hace falta decir que éste es el punto débil del libro, así como de casi todo el pensamiento de la tolerancia democrática: no sabe predicar la tolerancia del intolerante, pero tampoco es posible encontrar una teoría satisfactoriamente democrática para suprimirlo.

La otra parte del libro, escrita por Cynthia Fleury, llamada La crisis contemporánea de la tolerancia: Islam y Occidente es menos abstracta que la primera parte y muestra bien a la claras cuál su objetivo: afirmar que el Islam desconoce la idea de tolerancia. La vieja Dhimma no puede considerarse tal ya que no es más que el conjunto de los no creyentes vencidos y sometidos y carentes de derechos, lo cual tampoco es tan extraño ya que, según Fleury, el Islam no admite que los seres humanos sean titulares de derechos (p. 125) pues ese orden está reservado sólo a Dios. La Dhimma, en el mejor de los casos, es una garantía de derechos limitados y obliga a los dhimmi a diferenciarse por su atuendo exterior para que no se confundan con los musulmanes. Ahí es donde se encuentra el origen de la famosa estrella amarilla para los judíos (p. 135).

La separación del mundo entre creyentes y no creyentes es total y no se rompe porque hoy se extienda el Dar ash-shahada que, al parecer, se traduce como "espacio del testimonio" y se refiere a los musulmanes viviendo en tierras de infieles, esto es, la colectividades islámicas en nuestras sociedades. Para Fleury no es nada parecido a una mundialización del Islam sino, al contrario, una especie de caballo de Troya musulmán en nuestras sociedades que trata de cambiar el carácter de éstas y de conseguir una estrategia de islamización (pp. 142/143).

El concepto de tolerancia implica el tránsito del "sujeto colectivo" al "sujeto individual" pero éste carece de status en el Islam que es un régimen totalitario: "No existe una sola faceta de la vida de un ser humano que no esté connotada, afectada o interpelada por el Islam. El Islam tiene respuesta para todo. Si fuese un sistema político, encajaría con el fascismo; si fuese una doctrina, sería totalitaria". (p. 146) Caso cerrado: el islamismo no puede ser tolerante.

Quizá resulte excesivamente radical el pensamiento de ambos autores pero, en lo básico, están en lo cierto: la convivencia con los intolerantes es muy difícil, si es que es posible.

viernes, 1 de agosto de 2008

Monseñor Rouco visita al Anticristo.

Para hoy, último día laborable del señor Rodríguez Zapatero, tiene anunciada visita a La Moncloa el presidente de la Conferencia Episcopal Española, Monseñor Rouco Varela a petición propia. Después del bestial enfrentamiento con el Gobierno que protagonizó su Iglesia, como parte del tándem derecha civil/derecha clerical, en la legislatura pasada, este encuentro permite auspiciar según algunos un renovado deseo de la Jerarquía por normalizar relaciones con el poder político. Hasta hay quien dice que lo propició el Papa Benedicto XVI favorablemente dispuesto a la idea gracias a la incansable labor diplomática de nuestro embajador en la Santa Sede, señor Francisco Vázquez.

Será bueno que Dios y el César traten de ponerse de acuerdo en lo posible en los asuntos que los dividen, que no son pocos y numeraré luego. En lo posible. Pero mi experiencia dice que cuando la Iglesia hace un movimiento de esta naturaleza lo primero que busca es dinero. En este caso para organizar la siguiente Jornada Internacional de la Juventud que, por gracia expresa de SS a intercesión del Cardenal Rouco, tendrá lugar en Madrid en 2011. Estos happenings multitudinarios de la Iglesia, como las Olimpiadas o las ferias internacionales son acontecimientos que mueven miles de millones de los que se benefician sobre todo las compañías aéreas, las agencias de viajes, los hoteles, paradores, hostales, pensiones, albergues, figones, tiendas de souvenirs y demás comercios y servicios (especialmente los religiosos) de las ciudades en que se celebran; y también cuestan decenas, quizá cientos de millones en organización que alguien tiene que desembolsar. Así que yo no llevaría el alcance de la visita de Monseñor Rouco mucho más allá de un pase de cepillo, a ver qué se le saca al Estado para el evento previsto.

Por supuesto, dada la exquisita habilidad de la Iglesia, la imagen que se dará del encuentro con el presidente del Gobierno (a quien algunos participantes en las manifas movidas al alimón por el PP, la Iglesia y la Asociación de Víctimas del Terrorismo llamaban "el Anticristo") será la de un encuentro para buscar puentes en los asuntos que los separan. Del dinero aquí ni se habla.

Esos asuntos son muy variados. En primer lugar, la cerrada oposición eclesiástica a la asignatura de Educación para la Ciudadanía (EpC), apoyada por algunas Comunidades Autónomas con presidentes especialmente carcundas, como la señora Aguirre o el señor Camps. Por cierto que, a propósito de EpC el Plural de ayer trae un buen artículo sobre este asunto de Jesús Pichel en el que se prueba que El punto de partida de Educación para la Ciudadanía es en Estrasburgo (1997), ¡con Aguirre de ministra de Educación! Pero como si nada. La actitud de la Iglesia en este asunto es de oposición total porque lo que pretende es mantener la enseñanza de la religión católica como asignatura evaluable, igual que en los tiempos del invicto Caudillo de cuya dictadura fue uno de los pilares más firmes.

En cuanto a los demás contenciosos abiertos con el Estado español (ley de plazos en el aborto, debate sobre la autanasia, reforma de la Ley de Libertad Religiosa) la iglesia es también beligerante en contra, si bien no con el mismo ahínco como con EpC ya que en estos no hay tanto dinero en juego.

Hasta la fecha, la actitud del Gobierno socialista frente a la Iglesia ha oscilado entre la sumisión y la contemporización, tratando siempre de evitar los choques que ésta busca afanosamente. Parece que haya llegado el momento en que el Gobierno deba hablar con la voz fuerte de quien, a pesar de los enfrentamientos de la legislatura pasada, tiene el respaldo mayoritario de los electores que apoyan una actitud de firmeza y no de apaciguamiento (que diría el señor Aznar) con el radicalizado clero católico. Las perspectivas sin embargo no son buenas. El Gobierno ya ha dicho que no piensa tocar los acuerdos con la Santa Sede de 1979, como debiera para acabar de una vez con una situación de privilegio de una confesión religiosa sobre las demás y de instrumentalización del poder civil por el religioso. Monseñor Rouco no se comporta como un cardenal de una confesión que deba convivir con otras en una sociedad gobernada por un Estado laico, sino como el gran sacerdote ante quien debe doblegarse la voluntad del Emperador.

Cuando menos es de esperar y de exigir que ya que se supone seguiremos pagando el estatus de privilegio del catolicismo español, que el Presidente haga comprender al Cardenal algo que éste está harto de decir: que el que paga manda.

(La imagen es una foto de Haddy Bello, bajo licencia de Creative Commons).