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martes, 8 de octubre de 2013

Rosa Díez defiende España.


En un artículo publicado ayer en El País se preguntaba Rosa Díez  ¿Quién defiende a España? y se respondía que ella y, con ella, el partido Unión, Progreso y Democracia, del que es portavoz  porque, asegura, es la defensa de la mayoría. Díez y UPyD están en su derecho de defender lo que quieran, por más que lo defendido no parezca tener otra entidad -según lo expuesto por la autora- que la suma de los ciudadanos españoles. Esta suma, la ciudadanía española bajo el techo de la Constitución de 1978, parece a Rosa Díez un bien en sí mismo por el que merece la pena luchar frente a otros ciudadanos, también españoles de momento, que han dado en la flor de no querer serlo y de buscarse la habichuelas por su cuenta. Las razones de estos ciudadanos -únicos a los que Díez llama "nacionalistas", adjetivo que no se aplica a sí misma y del que parece abominar según la cita de Camus en cabeza del artículo- le resultan detestables, étnicas y hasta tribales.

Para ella, Díez prefiere el término patriota, lo cual nos pone sobre la pista del trasfondo no explícito del artículo: una aplicación a España de la doctrina del patriotismo constitucional, elaborada por cierta iuspublicística alemana en los años cincuenta del siglo pasado y paradójica conversión del espíritu alemán de la sangre y el suelo al nacionalismo liberal de raigambre francesa. Al haber fracasado el intento de los liberales españoles (los de verdad; no este remedo de la carcunda nacionalcatólica hoy gobernante) de conseguir lo mismo en España, vino bien hace unos años recurrir al hallazgo germánico. Y hacerlo ignorando que el problema de este préstamo hispano era el mismo en ambos casos, pues ni Francia ni Alemania hubieron de lidiar con naciones y nacionalismos contendientes de alguna magnitud que cuestionaran esa asimilación de la nación al ideal ilustrado liberal y a su objetivación constitucional.

Se escandaliza Díez de que la nación española carezca de defensores (llega a decir que los dos partidos dinásticos han renunciado a defenderla), siendo así que hoy se basa en la existencia de una Constitución que garantiza la igualdad de todos, con independencia de su etnia y del territorio en el que habiten. Una ciudadanía sumatorio de todos los españoles en aquello que tienen en común, por encima de los particularismos, el ser sujetos de derechos como individuos, no como razas, territorios o tribus. A ese propósito orienta Díez la acción política de UPyD.

El patriotismo es constitucional porque es la Constitución la que otorga los derechos a la totalidad del pueblo español, conjunto de ciudadanos que son tales por ser individuos sujetos de esos derechos. Esto es un razonamiento circular o falta un elemento sobreentendido. En efecto, se trata de la nación española, la que aparece en el famoso artículo 2 y que fundamenta la Constitución. Y ¿que existencia tiene esa nación? La que da la atormentada historia de España y ese artículo 2. La Constitución no otorga derechos sino que reconoce unos pre-existentes, pudiendo, por tanto, reconocer unos y no otros, a tenor de la decisión de esa previa nación española. La Constitución no puede otorgar el derecho de los españoles a tener una constitución, por ejemplo.

El razonamiento de Díez resulta desfasado pues retrotrae la controversia al punto de origen sobre los sujetos de los derechos cuando hasta un ex-presidente del Consejo de Estado y ex-magistrado del Tribunal Constitucional, Francisco Rubio Llorente, ve posible y conveniente realizar la consulta del dret a decidir de los catalanes. Tampoco es tan estrambótico. Se trata de una opinión dada con autoridad, en el sendero de otras también de mucho peso como la famosa recomendación del Tribunal Supremo canadiense en relación con Quebec y la actitud civilizada y pragmática de Gran Bretaña en el caso de Escocia. Habría que reformar la Constitución, dice Rubio Llorente. Bueno, otros piden modificarla con distintos motivos cercanos o alejados de este. La Constitución es una norma reformable. Es la nación la que decide. Y ¿por qué habría la nación de negar a una comunidad parte de ella el derecho a ser asimismo una nación con todos sus atributos si así lo desea una mayoría cualificada democrática en ambos casos (como nación española y nación catalana)? ¿Por qué no pueden los catalanes constituirse en una nación animada por el mismo patriotismo constitucional? Las expresiones peyorativas de "tribu", "etnia", "territorio", ¿no son asimismo predicables de los españoles?

Y aquí es donde la exposición de Diez alcanza su interés. En realidad,  no merecería la pena reflexionar sobre esta pieza de pobre retórica electoral en busca de los votos de una mayoría que, en realidad, es la del nacionalismo español, de no ser porque, en la exposición, se escapan a la autora dos gazapos muy reveladores respecto al contenido de este enfrentamiento entre nacionalismos en España. Uno de ellos es la referencia a la transición modélica que, mira tú, se ha descuajaringado. El otro el lamento por la ruptura de los vínculos con los que se estaba constituyendo nuestra incipiente ciudadanía española.

Dejo a los transitólogos críticos la carnaza de ese modélica que los pondrá a cien. Lo interesante aquí es el alfa y el omega del drama que pone en pie de guerra a Díez y la UPyD: la transición (o sea, la Constitución de 1978) y la ruptura de los vínculos etc. Hay varias interpretaciones de este lapso. Me voy a la más benévola.

¿Cuál es la nación española pre-existente que fundamenta la Constitución? Obviamente la media nación (para entendernos) del franquismo que se puso de acuerdo con parte de la otra media (la otra parte estaba bajo las cunetas y ahí sigue) para dotarse de una Constitución y hacerse respetable. Para lo cual empezó por aprobar una Ley de punto final (pues eso es la Ley de Amnistía de 1977) anterior a la Constitución. Tan modélica, obviamente, no fue. Habló la media nación franquista, nacional-católica. Los demás acataron y negociaron un lugar al sol con la promesa de un régimen democrático. De ahí viene la incipiente ciudadanía española. Estaba haciéndose. La Constitución fue un contrato. Una parte pagó en el acto y la otra difirió su cumplimiento. Y no cumplió.

Así se entendió en la época y eso es lo que los españoles votaron mayoritariamente (con las habituales pejigueras vascas) en 1978. Fue un gesto de magnanimidad ingenua. Pero funcionó mientras el reto a la unidad española provino de la violencia etarra, del terrorismo, incluso en los momentos más difíciles cuando este estuvo a punto de destruir el menguado Estado de derecho, convirtiéndolo a su vez en terrorista con los GAL. La democracia resistió y las gentes siguieron esperando el avance de España hacia una forma de democracia desarrollada a partir del compromiso de mínimos de 1978.

Pero había de suceder al revés. Silenciadas las armas, creció en potencia el nacionalismo pacífico catalán y, en paralelo, creció el nacionalismo de la derecha española, el nacionalcatolicismo de siempre. A lo mejor Zapatero pecó de ingenuo -la ingenuidad de la transición- al hablar del Estatuto catalán. Pero quien lo tumbó fue la derecha.

La derecha sin complejos, intacta en sus tradiciones gracias a la modélica transición que lleva ahora dos años arremetiendo contra el nacionalismo catalán, negándose a todo tipo de conversación o negociación,  acicateando su deriva independentista.  Hay quien dice que lo hace por pura brutalidad y desconocimiento. Hay quien lo atribuye a intenciones más bastardas como su uso a título de cortina de humo del caso Bárcenas o como medio perverso de destripar el PSOE.

Sea como sea algo está claro: el nacionalismo español enfrentado al nacionalismo catalán es el nacionalcatolicismo de siempre revivido en este gobierno de la derecha radical que, además, está desacreditado por su presunta corrupción. Lo cual, dicho sea de paso, es un elemento decisivo en la legitimación del independentismo por más que las elites conservadoras catalanas sean tan corruptas como las españolas. El nacionalcatolicismo que, cual sarpullido veraniego, se ha extendido por diversos puntos de España brazo en alto y que proyecta montar un espectáculo en Barcelona el próximo 12 de octubre.

Bueno, pues tal es la razón por la cual España no tiene quién la defienda, al decir de Díez. Ciertamente, cabe un nacionalismo español que no descanse sobre los bates de baseball, pero será preciso encontrar las razones que no aparecen por lado alguno en el discurso de Díez. Este consiste en propugnar una moral republicana (en hopalanda monárquica), cívico, laico, basado en la igualdad de derechos pero que niega de raíz el derecho de algunas minorías territorialmente localizadas a decidir por su cuenta. Tampoco hace falta afinar mucho. El discurso nacionalista español tendrá siempre amplio respaldo electoral. El franquismo tuvo mucho apoyo social. A la vista está. Ahí hay votos, pero ¿para qué?

De seguir la dinámica como va, la negación del derecho de autodeterminación lleva en último término al empleo de la violencia institucional. Es de suponer que casi nadie abogue por soluciones militares (excepto algunos militares) pero, ¿acaso serán más viables y más sostenibles en el contexto europeo las soluciones civiles de la suspensión o la declaración del estado de excepción?


(La imagen es una foto de www_ukberri_net, bajo licencia Creative Commons).

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Entre la reacción y la demagogia, pasando por el populismo.

Palinuro, que es poco indeciso, anunciaba su voto favorable al PSOE a mediados de septiembre pasado en un post titulado Porqué Palinuro votará PSOE. Ayer desgranaba el significado último del voto a la derecha en otro post titulado ¿Votar a Rajoy? en el entendimiento de que el voto al PP es un voto en favor del involucionismo en materia de derechos y políticas sociales y de la reacción en una política económica pensada para desmantelar el Estado del bienestar (empezando por la educación y la sanidad públicas) y retrotraer los derechos de los trabajadores a la época anterior a la contratación colectiva. Ciertamente los conservadores lo llaman de otro modo: al involucionismo, restauración de los acrisolados valores de una sociedad católica; al desmantelamiento del estado del bienestar, desregulación, racionalización, eficiencia y servicios públicos de calidad "sostenibles"; al retroceso en los derechos de los trabajadores, estímulos a la creación y sostenimiento de empresas.

La cuestión no es el nombre sino la cosa en sí y ésta, disfrácese de lo que se quiera, es involución y reacción. Como lo es también el recurso a la abstención a la que, al parecer, es más proclive la izquierda que la derecha. Porque, como están las circunstancias, abstenerse de votar equivale a propiciar la victoria del PP.

Corresponde ahora considerar el significado del voto a las terceras opciones de ámbito nacional, singularmente IU y UPyD. Por supuesto no se trata aquí ni por asomo de negar la legitimidad de estas propuestas. IU tiene perfecto derecho a presentarse como una opción de izquierda transformadora, cual suele calificarse a sí misma. Se trata de ponderar las consecuencias objetivas de esa pretensión y éstas se reducen a una, la más evidente e importante: en buena medida (no en toda) ese voto debilita al PSOE y reduce sus posibilidades, contribuyendo de hecho a la victoria conservadora.

IU ha realizado una campaña muy agresiva hacia el PSOE. Es una campaña que tiene bastante de demagógica porque presenta las medidas coyunturales tomadas por el gobierno como un abandono radical de sus políticas socialdemócratas a las que contrapone un programa keynesiano de intervencionismo público sabiendo que no será necesario comprobarlo en la práctica porque las posibilidades de que IU constituya gobierno son remotísimas. Casi todo el discurso de IU ha ido contra el PSOE, al que presenta como idéntico al PP, olvidando que éste gobierna en Extremadura gracias a sus votos. Por supuesto el PP ni el PSOE han hablado de IU en la campaña, lo que hace tanto más llamativa la agresividad de la última.

Dado que los sondeos vaticinan unánimes una sonora derrota del PSOE, IU cree verse en la situación de recuperar el voto que considera "prestado" a los socialistas y, también, por qué no, el de los genuinos socialistas desencantados. Sueña con un reultado que reproduzca el desmoronamiento que conoció la UCD en las elecciones de 1982. Es poco probable que tal cosa se produzca; pero no imposible y, sin embargo, aunque se produjera, hay pocas dudas de que el hundimiento del PSOE aumentaría una mayoría absoluta de la derecha. Parece ser una apuesta oportunista del "ahora o nunca" y de aprovechar las horas bajas del que, en el fondo, es visto como el verdadero adversario de IU. Por eso, yendo al órdago, Cayo Lara pide el voto a los electores socialistas.

Y por eso también, obnubilada por la perspectiva de arrinconar al PSOE, IU no repara en medios, ni en la posibilidad de que estos no sean del todo aceptables. Así, esa consigna del cartel de Cayo Lara de ¡Rebélate! copia la de Ciutadans de Albert Rivera en las elecciones autonómicas de 2010. La coincidencia no es casual ni inocente. Además de pedir el voto dentro del sistema partidista a los electores de otro partido (lo que, de producirse el ansiado sorpasso, supondría una reproducción del bipartidismo actual que tanto se critica), IU quiere presentarse también como la voz de la protesta cívica, muy enfrentada a los partidos tradicionales que es la que se atribuye la organización Ciudadanos. Más en la línea, la exclamación ¡Rebélate! tiene obvias connotaciones del movimiento 15-M, es como una especie de señuelo por el que se da a entender que IU será igualmente la voz de esa explosición de indignación que se ha manifestado en España y fuera de España en los últimos tiempos. El momento es tan prometedor y la oportunidad tan evidente que se juega con todas las barajas.

La cuestión para la federación de IU se planteará el 21-N si, como es probable, sus expectativas no se cumplen; incluso si no le da para constituir grupo parlamentario propio, porque el voto minoritario está muy fragmentado.

En todo caso, las elecciones se juegan entre la reacción y la demagogia. ¿Y el populismo del título? Eso reza con UPyD. Este reciente partido, tan personalista en su imagen, tiene una considerable carga populista con ecos del fascismo de la vieja escuela. Ese frecuente discurso de Rosa Díez de que no es de derechas ni de izquierdas tiene un indudable tufo joseantoniano. No son imaginaciones de Palinuro sino del dirigente ultra Ricardo Sáenz de Ynestrillas quien, en su blog La batalla de las ideas, propugna la abstención pero, si ésta no procede, pide el voto para UPyD como también hace Vargas Llosa por cierto. Ynestrillas dice que UPyD es lo que más se parece a la Falange Auténtica. Sé que éste no es el argumento de Vargas Llosa (aunque no sepa cuál es su argumento en verdad), pero sí es expresamente el de Sáenz de Ynestrillas. Y de Falange, Sáenz de Ynestrillas sabe mucho.

(La imagen es una foto de PP Madrid, bajo licencia de Creative Commons); la segunda, un cartel electoral de IU con Cayo Lara; la tercera, otro de Ciutadans para las elecciones autonómicas de 2010.

domingo, 13 de marzo de 2011

¿Un euro por escuchar a Rosa Díez?

España es una democracia parlamentaria y, como tal, sería multipartidista de no ser porque la ley electoral, proporcional de nombre y mayoritaria de hecho, lo impide. Habría que reformarla pero eso es imposible en tanto se opongan los dos grandes partidos, principales beneficiarios de la desproporcionalidad del sistema. A pesar de ello habría que reformarla y debería ser el PSOE como fuerza democrática de izquierda el que abanderara la reforma en pro de una mayor proporcionalidad de la representación.

La reforma debiera hacerse ya solo por razones de equidad y fair play que tendrían que ser las determinantes en el quehacer político. Pero también las hay de carácter técnico; en lo esencial porque la ley ha sido un fracaso. Su carácter mayoritario de hecho trata de garantizar mayorías parlamentarias claras, mayorías absolutas. Sin embargo, en las diez legislaturas habidas (incluida la de 1977-1979) se han dado cuatro parlamentos con mayoría absoluta y seis con mayoría relativa. Está claro que la ley no cumple su objetivo.

O quizá sí, pero de una forma perversa. Esas mayorías relativas, especialmente a partir de los años 90, se dibujan como un bipartidismo imperfecto (con el PP y el PSOE copando casi el 90 % de los escaños), en el que los gobiernos dependen de apoyos exteriores procedentes siempre de los nacionalistas llamados periféricos (catalanes, vascos, gallegos y canarios). Los otros partidos de ámbito estatal, IU y UPyD, son irrelevantes y esa es la injusticia que debe repararse. Entre otras cosas porque si la representación fuera de verdad proporcional, seguramente descenderían los porcentajes de voto del PP y el PSOE y subirían los de los otros grupos, con lo que quizá fueran posibles gobiernos de coalición que son los gobiernos típicamente europeos excepción hecha de Inglaterra, Francia y algún otro caso menor.

Los gobiernos de coalición son el vade retro de los fanáticos pero una bendición para la gente del común que suele ser posibilista. Esos gobiernos obligan a negociar, a pactar, a comprometerse, que son los verbos típicos de la política. Lo otro, lo del programa y el mando únicos se parece más a la guerra y tiene un innegable tufo autoritario. Un gobierno de coalición representa a la mayoría de la población mucho más que uno monopartidista mayoritario por razón no de los votos sino del sistema electoral. Esa superior representatividad, comprada al precio de la moderación programática, le concede también más legitimidad.

Se dirá que, de todas formas, es lo que está pasando en la actualidad en que los gobiernos son de coalición por cuanto el partido de turno depende del apoyo exterior de unos u otros nacionalistas. Pero eso no es cierto. El apoyo exterior no es coalición. Ésta obliga a un compromiso previo sobre la base de un acuerdo para toda la legislatura mientras que el apoyo exterior es contingente y puede retirarse a libre albedrío, lo que da a los susodichos apoyos la fuerza de un chantaje, dado que el gobierno depende de ellos, que siempre acaban poniéndole un precio.

Todo lo anterior viene a cuento de probar que Palinuro no tiene nada en contra de Unión, Progreso y Democracia (UPyD), como no lo tiene en contra de ningún partido que respete la legalidad democrática. Al contrario, se felicita de que los haya nuevos y de que consigan arraigar. Partidos como UPyD que, además, tiene detrás a personas como Savater, son muy convenientes. La crítica de Palinuro no es al partido sino a su dirigente máxima y cabeza visible, Rosa Díez.

Pide Rosa Díez que se pague la cantidad simbólica de un euro como entrada al mitin que va a dar en la plaza de toros de Vista Alegre, cuenta habida de que el PSOE se ha arrugado. Un euro no es una cantidad simbólica; puede ser reducida, mínima, pero no simbólica; eso lo sería si se pudiera pagar con un tapón de Coca-Cola, por ejemplo, o un billete usado de metro. Un euro es una cantidad, algo de valor determinado que, aun presentándose como contribución a las débiles arcas de UPyD suena demasiado a copago sanitario y a cepillo de misa dominical y, por lo tanto, a burla dado que el partido, como la sanidad pública y la Iglesia, se financian con cargo a los dineros de todos, con lo que obviamente se trata de cobrar dos veces por la misma cosa. Por un euro puede uno comprar una chuche o tomar un café en un local no muy allá. Estoy seguro de que Palinuro lo haría.

El defecto de Díez, según Palinuro, es que carece de principios o propuestas concretas sobre una infinidad de asuntos (lo que quizá sea inteligente) excepto el muy sólido de la unidad nacional española, lo que quizá también lo sea. Esta falta de principios cristaliza en una carrera política bastante oportunista. No se trata de discutir el derecho de Rosa Díez a postularse como candidata en su día a la Secretaría General del PSOE frente a Zapatero, Bono y Matilde Fernández. Se trata de cuestionar su comportamiento desde que perdió aquellas primarias hasta que finalmente fundó UPyD.

En aquel tiempo, cuando Díez era eurodiputada del PSOE, adoptó una actitud crecientemente crítica con su partido, como hizo también por entonces Gotzone Mora, cuyo destino político posterior parece más ligado al PP. Dicha crítica tenía tonos tan virulentamente negativos que era frecuente ver a Díez en un programa de TeleMadrid dirigido por Sáez de Buruaga. TeleMadrid manipula groseramente (no hay más que ver a Curry Valenzuela) pero Sáez de Buruaga le daba un refinamiento florentino porque llevaba a Díez como representante del PSOE con la única misión de poner al PSOE a bajar de un burro. Eso no debió suceder nunca porque es una inmoralidad, una impostura que descalifica a Díez al menos a ojos de Palinuro que cree ciegamente en la moral caballeresca según la cual lo peor es ser desleal.

La propia Díez se encarga de probar esta falta de espinazo al reproducir con frecuencia el discurso del PP. Esa petición expresa de elecciones anticipadas, coincidentes incluso con las autonómicas y municipales, es pura narrativa PP. Un partido democrático no puede pedir elecciones anticipadas cuando el gobierno cuenta con mayoría en el parlamento, salvo que crea, como cree Rajoy y, al parecer, Díez, que su derecho a probar fortuna por si le cae un buen resultado prevalece sobre las decisiones y los intereses de la mayoría.

A lo mejor resulta que, al pedir un euro, aumenta la asistencia al mitin de Vista Alegre. Díez tiene cierto gancho y UPyD hace bien en explotar esa imagen que tiene ribetes de Belén Esteban pero el partido debe jugar en un terreno programático, de propuestas e ideas y no someterse a un hiperliderazgo personalista y errático.

(La imagen es una foto de Macalla, bajo licencia de Creative Commons).

lunes, 23 de noviembre de 2009

Ni de derecha ni de izquierda.

Forma parte de la llamada "americanización de la política", consistente en convertir los actos públicos de los partidos en espectáculos de colores y sonidos. Supongo que eso es lo que aconseja el marketing político, dicen las asesorías y recomiendan los medidores de audiencia si se quiere que la gente conecte, vea, mire (no digo ya escuche) algo de lo que dicen los políticos. Probablemente hasta sea mejor que aquella hispánica costumbre de reunirse en alguna plaza de toros, a sol y sombra, para insultarse con recio españolismo. Pero resulta un poco kitsch. O un mucho, según se mire. Este finde los sociatas han montado uno de estos espectáculos para anunciar una ley que cambiará nada menos que el "modelo productivo" que no sé muy bien qué alcance pueda tener; sospecho que no es tanto como el "modo de producción" de los marxistas pero tampoco tan poco como una mera "reconversión industrial", sobre todo porque ya queda poca industria que reconvertir. En todo caso, aunque de alcance impreciso, el asunto parece de enjundia y no sé yo si es como para convertirlo en un pageant con alfombra roja, estilo Oscars con toque de Bienvenido Mr. Marshall. Da la impresión de que el correspondiente gabinete de comunicación confunde la elegancia con un salón VIP. En fin, todo sea por la modernidad, el desenfado y la giovinezza, giovineza, primavera di belleza que cantaban quienes yo me sé.

Claro que en eso de montar espectáculo los de UPyD lo bordan., casi a la altura de la Fantasia de Walt Disney. Esa estrategia monocroma rosa que es como vivir, dormir y despertar en una tarta con sirope debería ya descalificarlos como evidente prueba de que, a fuerza de ser "ellos mismos", han pasado la tenue frontera entre el kitsch y lo rabiosamente cursi. No me extraña que los gays, que tienen un rico y matizado sentido de los colores no los quieran en sus desfiles. Por favor. Dan ganas de preguntar que para cuándo la parejita.

El monocromo es el colorete de un estilo de culto a la personalidad pasmoso sobre todo porque se practica al grito de viva la democracia. En todo caso por lo que se va viendo y escuchando la señora Díez dice cosas de verdadero interés. Veo que en repetidas ocasiones se la he pedido que hable sobre cuestiones de derecha e izquierda y dice que ella ni su partido son de lo uno ni de lo otro. Creo que lo dice con orgullo y como con orgullo me parece habérselo oído decir al señor Savater. Éste, además (la inteligencia lleva un grado) ha presentado la amalgama izquierda/derecha con una luz mediática muy astuta al hablar de que han "derribado un muro" entre la izquierda y la derecha en momentos en que retumba el eco de los bloques del muro de Berlín cayendo a la calzada. En definitiva, nada de derecha/izquierda; eso se ha acabado. Historia pasada.

Llevo lustros, decenios, oyendo lo del fin de la oposición entre derecha e izquierda. Casi tanto como llevo oyendo hablar de la revitalización de la izquierda. Si no me equivico, la New Left Review va a cumplir medio siglo. Se ha podido oír como resignado dictamen de estudiosos sociales a partir de los años cincuenta del siglo XX: el fin de las ideologías y el ocaso de la izquierda y la derecha. Y también se ha oído como una decisión, un discurso, un deseo: hay que acabar con la distinción entre izquierda y derecha. El deber ser es aquí más antiguo que el ser. En los fogosos años treinta José Antonio lo consideraba imprescindible. Igual que el Kaiser Guillermo II al enviar a las tropas al matadero de la Primera Guerra Mundial ya no reconocía "izquierdas ni derechas" sino sólo alemanes, Jose Antonio decía que esa inútil división impedía servir a España, que es también el ente al que la señora Díez asegura que está dispuesta a servir con todas sus fuerzas.

El dictamen es de Alain como a primeros del siglo XX y dice: "siempre que oigo que ya no hay derecha ni izquierda pienso que el que lo dice es de derecha". Y así es, cosa que se comprueba por el método más simple que hay en la ciencia: pegando la oreja a ver qué dicen unos y otros. Y no falla, como en tiempos de Alain: la derecha dice que ya no hay (o no debe haber o no debe de haber) diferencia entre la izquierda y la derecha. Por si tienen alguna duda, la última persona a la que se lo he oído decir (antes que a la señora Díez y, si acaso, al señor Savater) es a la señora Ana Botella. En cambio, la izquierda, además de no dudar de que esa diferencia exista, está pegada entre sí para averiguar quién sea la "verdadera" izquierda. Pregúntese a los de Izquierda Unida que se aprestan a velar armas ideológicas. Algo que casa mal con el melting pot de que no hay ideologías.

Es posible que en estos descreídos tiempos posmodernos queden pocas divisorias bipolares porque parece haber como una desgana de convicciones. Es posible, aunque me parece que cada vez hay más y lo entiendo como una ventaja y una suerte porque, aunque no siempre, la abolición de variedad es mala. Pero la raya, divisoria, hiato, separación, oposición, confrontación, lucha, conflicto que existe por doquier, y no sólo en todos los países sino en todos los partidos, reuniones, asociaciones, federaciones, etc es la oposicion izquierda/derecha. Es universal y permanente. Por haberla, la hay hasta en la condición del individuo. Así que, si los señores de UPyD dicen no ser de derecha ni de izquierda y lo dicen de modo genuino y sincero y no porque lo hayan decidido tácticamente a base de componer un programa con piezas de los otros partidos según un criterio que se considere electoralmente ganador, serán un factor único, excepcional y milagroso en un grisáceo panorama de obediencias ovejunas a la izquierda y a la derecha. Pero como el sistema es bipolar y de partidos dominantes que imponen el orden del día, UPyD no conseguirá nunca demostrar en qué consista ese no ser de izquierda ni de derecha porque lo será (de izquierda y de derecha) alternativamente en las votaciones que casi siempre, por no decir siempre, configuran alternativas de derecha e izquierda. Y ahí se verá.

(La imagen es una foto de Chesi - Fotos CC, bajo licencia de Creative Commons).

sábado, 21 de noviembre de 2009

Que nos unen...

Mientras algunos jóvenes de antaño andan homenajeando al Caudillo en Cuelgamuros, el partido de doña Rosa Díez ha iniciado su congreso, del que quiere salir fortalecido y, claro, más unido que nunca. No sé qué venturas electorales aguardan a UPyD porque está empezando su camino y quedan casi dos años hasta las elecciones. En el partido hay muchas caras conocidas de gente que se ha hecho un nombre en otros ámbitos y ahora quiere emplearlo en hablar en este cónclave. Son los señores Savater, Pombo, Sosa Wagner o Vargas Llosa. Dan empaque y tronío al partido; pero está por ver que le lleven votos .

Esa es tarea de la política profesional de la formación, la ex-eurodiputada y actual dirigente del partido Rosa Díez. Esta señora, que pasó treinta años de su vida en el PSOE, en el Partido Socialista de Euskadi; que, como socialista, fue consejera en gobiernos de coalición del PSE y el PNV, no suscita especiales simpatías entre sus antiguos compañeros de militancia que ahora la acusan de oportunista y resentida. Antes de abandonar el PSOE, la señora Díez intentó ser elegida secretaria general del PSE y secretaria general del PSOE, perdiendo frente al señor Zapatero por un puñado abrumador de votos. Visto lo cual, decidió marcharse del PSOE y fundar un partido nuevo que es el que ahora está de congreso en un gesto que ya se dirá cómo ha de entenderse si no es del modo siguiente: me quedo si soy la que manda; si no lo soy, me marcho a fundar otra morada, como santa Teresa. Hay gente que prefiere ser cabeza de ratón a cola de león; cualquier cosa siempre que no esté en su cuerpo.

Tampoco a mí me resulta simpática la figura de la señora Díez pero no por el asunto de su militancia sino por el de su significado simbólico. Durante meses, si no años, la señora Díez estuvo yendo de televisión en televisión en programas como el de Sáez de Buruaga en Telemadrid, una tele de combate, en los que, so capa de ocupar un espacio acotado al PSOE por razones de equilibrio, lo utilizaba para hablar mal de su propio partido. Luego, las crónicas hablaban acerca de la "verdadera" socialista Rosa Díez. Es algo que la derecha hace de maravilla: seducir al militante de la izquierda halagando su vanidad o su bolsillo y lanzar luego sus declaraciones o afirmaciones negativas como si fueran la revelación. Todavía me acuerdo de los artículos de Marcelino Camacho en el ABC de Anson los sábados o domingos de los años noventa, con un anuncio previo en las páginas de huecograbado en el que se avisaba de que en la página tal y tal el lector encontraría un artículo del señor Camacho, representante de la "verdadera" izquierda (frente al corrupto felipismo) poco más o menos como la señora Díez lo era del "verdadero" PSOE (frente al corrupto zapaterismo) en los programas del señor Sáez de Buruaga en los que invariablemente ponía al PSOE de chupa de dómine.

Pero no es solamente por estas pequeñas miserias humanas por las que las voces de UPyD no me suenan bien, especialmente la de su máxima dirigente, sino por lo que dicen. La primera jornada del congreso ha ido destinada a dar estopa al nacionalismo; al nacionalismo no español, se entiende. El español ni se menciona. Al contrario, si se pregunta a los intervinientes todos dicen no ser nacionalistas pues lo del nacionalismo es una antigualla, una enfermedad, incluso.

Caramba, eso mismo, esto es, que no son nacionalistas, es lo que dicen en el PSOE y en el PP. Si me apuran Vds. meteré en el saco de los "no nacionalistas" a las gentes de Izquierda Unida que estos días andan de ejercicios espirituales que comentaremos mañana. Aquí no hay más nacionalistas que los de la txapela, la gaita y la barretina. Y si todos cantan la misma canción, que no son nacionalistas, ¿en qué se diferencian? Está claro: en el modo de tratar a los nacionalistas y, de paso, a los hipotéticos votantes del sacrosanto territorio "no nacionalista" que se llama España: mientras que IU, PSOE y hasta, por increíble que parezca, PP, están rendidos al chantaje de los nacionalistas, el partido de doña Rosa Díez propone bajarles los humos, sentarles la mano, meterlos en vereda, si necesario es reformando la Constitución.

Supongo que no hace falta decir que sólo siendo muy nacionalista (español) puede uno ponerse así con los otros nacionalismos, pretendiendo retrotraerlos al estadio de lo que el señor Fraga en mejores tiempos para el nacionalismo español que no sólo no se ocultaba sino que brillaba más que el sol, llamaba el sano regionalismo. No tengo gran cosa en contra de esta pretensión, como no la tengo en contra de la de ningún otro nacionalismo excepción hecha de la criminal tendencia de alguno de ellos a contemporizar, auxiliar, bendecir, amparar y exonerar a repugnantes asesinos. Pero me molesta que quieran engañarme con el toco mocho del no-nacionalismo.

Insisto en que no sé qué tirón electoral tendrá el partido UPyD porque es pronto para calibrar cómo cala entre los electores ese discurso esencialmente insidioso. Pero las consecuencias pueden ser muy significativas: que venga doña Rosa Díez y nos una en la España una.

(La imagen es una foto de Multimaniaco, bajo licencia de Creative Commons).

domingo, 25 de enero de 2009

Para comprender UPD.

Leo que la señora Rosa Díez reparte mandobles en todas direcciones y considera una desgracia que coincidan a la vez el peor Gobierno y la peor oposición. Es un misterio por qué lo considera "una desgracia"; debiera felicitarse por ello puesto que así, llegado el momento, la gente acudirá en masa a votarla a ella y a su formación política que son los únicos que, al parecer, saben qué es lo que hay que hacer.

Yendo ya hacia el año de la legislatura, es razonable reflexionar sobre qué significa la presencia de UPD y de la muy activa señora Díez. Y no es difícil: es la presencia del populismo. Un populismo que empieza por el nombre de la formación, UPD, que rehúye el término "partido". Los partidos son la bicha de los populistas, empeñados siempre en que ellos hablan en nombre del pueblo y no de una miserable facción. Así empezó también el señor Fraga, fundando algo que se llamó "Alianza Popular". Alianza, Unión... la idea es siempre la misma: que no los asimilen a un partido. Aquella Alianza mutó luego en una Coalición Democrática y sólo al final, habiendo aceptado las convenciones democráticas y aferrados al éxito del Partido Popular Europeo, los conservadores admitieron el odiado término. UPD, no. Ellos no son un partido; son la Unión, el Pueblo, el Todo. En fin...

O la Nación. UPD nace como un issue party o partido monotemático: la defensa de la nación española frente a los nacionalismos disgregadores. Es un tema que, en efecto, cuenta con amplio respaldo electoral en España, donde hay cierto hastío ante lo que se ve como quejas, agravios, reclamaciones y atropellos permanentes de aquellos nacionalismo periféricos. Se configura así como un partido nacionalista en defensa del supuestamente agredido pueblo español. Su segunda raíz populista.

Pero ese carácter monotemático no es suficiente para diferenciar a UPD de un mero grupo de presión. Si, como sucede de hecho, funciona como partido, la gente quiere conocer qué piensan UPD y la señora Díez, que es la única que habla, de los demás asuntos que pueblan la vida política. Y aquí es donde de nuevo sale la, tercera, veta populista: el partido se define a contrario de los otros dos nacionales con una negación dual: no vale la derecha ni tampoco la izquierda. UPD no es de derecha ni de izquierda. Como casi todos los populismos y dejo ahí la comparación por no encontrarme con i soliti ignoti. ¿Y cómo se puede no ser de derecha ni de izquierda? Lo primero que uno piensa es: siendo de centro. Pero UPD rechaza expresamente el discurso centrista que es siempre moderado y circunspecto en tanto que ella, la Unión, tiene puntos de vista muy radicales en el monotema como reformar la Constitución y los estatutos de autonomía que sea necesario para retrotraer el Estado de las Autonomías a una fórmula menos centrífuga. El populismo no suele ser de centro sino que se considera por encima de la divisoria izquierda/derecha. Así es UPD: está por encima, al margen de la división tradicional y los partidos tradicionales no la entienden.

Y es que hay poco que entender porque en los demás asuntos programáticos que no son la Nación Española reina la más alegre de las indeterminaciones, como en los buenos populismos. Por ejemplo, sostiene la señora Díez que el PSOE está llevando una política económica fracasada. ¡Cáspita! Teniendo en cuenta que la política económica del PSOE es en lo esencial la misma que la de los demás países avanzados, incluidos los Estados Unidos, resulta que según la señora Díez todo el mundo se equivoca... menos ella, es de suponer. Sería bueno que, a su vez, expusiera las líneas maestras de una política económica que no fracase. Pero no haya cuidado porque nunca sucederá; los populistas no suelen tener propuestas positivas concretas en nada.

A su vez, la crítica de la señora Díez al PP no es más afortunada sino que es una mera e inadmisible argumentación ad hominem (aunque se trate de un partido), diciendo que está "cargado de complejos y de hipotecas y que no es alternativa de nada". Es como si alguien dijera de la señora Díez que está cargada de ambición personal, de narcisismo y de resentimiento contra su viejo partido cuando no sólo no consiguió que la eligieran para la Secretaría General sino que obtuvo una cantidad ridículamente baja de votos.

(La imagen es una foto de Chesi - Fotos CC, con licencia de Creative Commons).

miércoles, 17 de diciembre de 2008

La falta de unidad de los demócratas.

Hice bien ayer en dejar mi entrada escrita con anterioridad a que el señor Rajoy mostrara su acuerdo con el Gobierno en materia antiterrorista. La unidad de los demócras duró menos de veinticuatro hras.

La principal responsable de que la Cámara legislativa escenificara su división fue la señora Rosa Díez que presentó una moción a sabiendas de que el PSOE no la votaría. El PP se limitó a negociar con la señora Díez la aceptación a alguna enmienda de su propuesta y votó a favor. Las enmiendas, por lo demás, servían para endurecer la propuesta originaria. Por ejemplo, ésta pedía disolver los ayuntamientos gobernados por Acción Nacionalista Vasca (ANV) en un plazo no superior a tres meses y los del PP querían suprimir esos tres meses y hacer firme la expulsión inmediata.

Por supuesto, los dos partidos sabían que perderían la moción y a los dos les interesó presentarla. UPyD la presentó porque, siendo un partido pequeño y poco conocido, anda a la caza de todo lo que le dé visibilidad. El PP porque es la forma más evidente de delatar una divisoria, un enfrentamiento, una separación que no debiera de existir y que existe gracias en buena medida al propio PP. En realidad, los dos partidos unieron sus votos en la iniciativa perdedora porque, en su opinión, ganaban así votos. Los dos también están interesados en que la opinión pública que invocan para aplicar la Ley de Bases de Régimen Local de 1985 ignore que dicha ley impone condiciones que hacen inviable su aplicación de una sola vez y para todos los casos de ayuntamientos del País Vasco gobernados por ANV. Lo que apoyan, pues, es una moción que triunfa en la medida en que fracase porque, si se aprueba, los tribunales tendrían que bloquear la acción del Gobierno por ilegal.

Hubiera sido más viable, aunque con una viabilidad altamente dudosa desde el punto de vista moral la propuesta de modificar la ley en cuestión. Digo altamente dudosa porque encuentro inmoral cambiar la ley cuando no nos satisface. Pero tampoco hubo lugar porque UPyD, que había aceptado las enmiendas del PP a su propuesta, rechazó las del PSOE. De este modo se llegó a ese desastre de 143 a favor y 188 votos en contra en una materia en que el Parlamento habría de estar unido como una piña. La facilitadora de esa desunión y quien da alas a la corriente política que dice querer eliminar es la señora Díez, en un acto de oportunismo sin límites.

Porque para UPyD todo este episodio ha sido beneficioso en el único asunto en que se conoce de la existencia del partido como unidad de voluntad. Nadie, en cambio, sabe qué opina OPyD como partido ante los demás asuntos de la agenda legislativa. Su carácter de partido monotemático hace que normalmente no se sepa nada de su existencia, excepto el día en que suena la flauta con una melodía que interpreta él como partido. En el caso del PP el móvil para hacer partidismo con la política antiterrorista es similar pero revela mayor irresponsabilidad ya que se trata de un partido que aspira en serio a serlo de gobierno y lo hace mostrando que es incapaz de anteponer los intereses generales a los de sí mismo como partido.

Además de la indignación que puedan producir comportamientos tan desleales con la democracia, la cosa adquiere todo su cómico patetismo si lo ponemos en términos cuantitativos: ayer pudimos ver cómo el Parlamento decía que no al intento de una minoría de obligar al Gobierno de la mayoría a actuar de acuerdo con sus criterios y, a su vez, dicha minoría estaba compuesta por otras dos, una relativamente numerosa y otra de una sola persona que era quien había presentado la propuesta luego votada. Es decir ayer pudimos ver cómo el Parlamento decía que no al intento de una diputada de obligar al Gobierno del país a actuar según sus criterios.

(La imagen es una foto de jmlage, bajo licencia de Creative Commons).

viernes, 14 de marzo de 2008

¿Sangre nueva?

Uno de los resultados más llamativos y menos comentados de las elecciones ha sido la entrada de un partido nuevo, Unión, Progreso y Democracia (UPyD) en la Carrera de San Jerónimo. Trátase de un partido "reactivo", organizado por quienes, insatisfechos con lo que juzgan escaso nacionalismo español del PSOE y el carácter reaccionario de las políticas del PP, han acometido la nada fácil tarea de poner en marcha un partido nuevo.

UPyD ha enviado al Congreso a la que junto al señor Savater, que no se ha presentado, es su cara más conocida, doña Rosa Díez. Ésta ha culminado su sueño de llegar al Congreso en una trayectoria inversa a la que siguen muchos otros políticos que empiezan en el Parlamento nacional y pasan luego amortizados a descansar a Bruselas. Da prueba así de enorme tesón y gran fuerza de voluntad. Otra cosa es que su peso real en la cámara (1/350) sirva para algo distinto que para mantenerla en un discreto ámbito público durante los próximos cuatro años en los que, en algunas ocasiones (investidura, debates sobre el Estado de la Nación, plenarios con explicaciones de voto) tendrá la oportunidad de hacer llegar su mensaje a la ciudadanía. La cuestión es ahora si ese mensaje tiene la consistencia precisa para que los ciudadanos acaben visualizándolo como algo distinto al "partido de doña Rosa Díez".

A los efectos me ha parecido interesante una aportación de don Euclides Perdomo acerca de las concomitancias del ideario de UPyD con las formaciones fascista y nazi de los años veinte y treinta del siglo pasado. Es una tesis provocativa y bien argumentada. Juzguen Vds. mismos si es convincente leyendo el texto de La Caudilla. "Euclides Perdomo" es un seudónimo. Sé muy bien a quién corresponde y no soy yo, que escribo mucho peor, ni lo revelaré por nada del mundo, salvo que él me pida que lo haga.

(La foto es de jmlage bajo licencia de Creative Commons).

jueves, 20 de diciembre de 2007

La partidocracia.

¡Qué difícil es poner en marcha un partido en una democracia! Tanto como poner en marcha un periódico. En situaciones de normalidad todos los espacios políticos y mediáticos están copados y asentar una opción nueva es casi imposible como no sea desplazando a una de las existentes. Y éstas suelen no dejarse. No son muchos los casos como el del Partido Laborista que desplazó límpiamente al Partido Liberal en las elecciones de 1924 y lo condenó a ser el tertium non datur del sistema político británico (conservadores/laboristas) de forma tal que los liberales no han vuelto al Gobierno desde aquellas nefastas elecciones . Salvo que aparezca un espacio nuevo frente al que los partidos tradicionales no sepan dar respuesta, lo más probable es que estos tengan cualquier reto ganado por el hecho de existir hace años. Los electores de los partidos, como los lectores de los periódicos son básicamente fieles y los partidos y los periódicos son lo que los economistas llaman bienes inelásticos. No se sustituyen por otros con facilidad. Los votantes del PSOE no se pasan sin más al PP o viceversa. Algunos lo hacen, desde luego, pero no la inmensa mayoría. Igual que los lectores de El Mundo no se pasan a El País y viceversa. La batalla es siempre por los nuevos y ahí es donde un partido nuevo (precisamente) se enfrenta a una competencia muy reñida de los establecidos.

Nuestras democracias son partidocracias o partitocracias, que de ambos modos lo he visto escrito y ambos son admisibles en principio, pues la RAE aún no se ha pronuncidado. Es el llamado "Estado de partido de masas", que decía Forsthoff que, para mayor inverecundia, ya no son de masas, sino de electores. Y gracias. Los partidos están establecidos y, al financiarse en muchos sitios (en España entre otros lugares) con fondos públicos, ya no necesitan ganar afiliados porque no dependen de las cuotas; por eso son partidos-máquinas electorales y no "partidos de masas". El sistema político en su conjunto está así establecido: los partidos son los entes a los que la gente considera más corruptos en nuestras sociedades (según Transparency International) y, al tiempo, son los elementos sobre los que pivota la democracia. Puede haber partidos sin democracia; pero nadie conoce democracia sin partidos: los partidos, los medios, los grupos de presión, las instituciones, la sociedad civil, son los elementos de los sistemas políticos.

La señora Díez, del nuevo partido UDP, se queja de que no sale nunca en los medios, salvo cuando son malas noticias para su partido. Esto no es estrictamente cierto pues sale con frecuencia en esa cosa que escenifica el señor Sáez de Buruaga una vez por semana en TeleMadrid. No conozco ningún otro dirigente de partido que salga tanto en programas que no sean telediarios. Y en los telediarios, aunque le gustaría mucho, la señora Díez no tiene por qué salir salvo que genere noticia.

¿Qué sólo son noticias las malas noticias? Claro, es el abc del periodismo; nadie persigue a la señora Díez. Suele pasar que a veces sólo somos noticia para nuestra desgracia. Y además, qué caramba, es difícil montar un partido como hemos visto que están las cosas. Hay que hacerse con gente. Al menos la necesaria para cubrir los puestos de libre designación. Eso es relativamente fácil porque es hablar a los intereses de gente concreta con carreras concretas. Pero tambien hacen falta votantes y para eso ya no es suficiente con un cálculo de costes beneficios sino que hay que tener un discurso. Lo que sucede es que el discurso de UPD es confuso, triturado entre el PP y el PSOE no alcanza a tener perfil propio. Si lo que quiere es afianzar el antinacionalismo periférico, para eso ya está el PSOE y, en muchísima mayor medida, el PP. Si lo que quiere es establecer un sistema democrático-liberal con Estado del bienestar y protección a los derechos del individuo, para eso ya está el PP y en muchísima mayor medida, el PSOE. Votar a UPD no es votar una opción nueva, aunque el partido sostenga que sí.

Hay en este terreno una paradoja muy frecuente que, sin embargo, no suelen señalar los analistas: de vez en cuando se monta una bronca con eso de que los partidos están todos corruptos y alguien sugiere acabar con este asqueroso sistema partitocrático... normalmente desde otro partido que no tarda mucho en revelarse como todos los demás.

Así que las perspectivas electorales de UPD son sombrías. Y como donde no hay harina todo es mohína ya están a trompicones en el interior con esas trifulcas de tú te postulas y rompes los estatutos y tú eres un tramposo y un fullero. Intuyen que obtendrán pocos puestos en las elecciones y se pelean por los primeros puestos. En los partidos tradicionales se pelean por los primeros, los segundos, los terceros, e così via; encajan mejor las peleas porque tienen más que repartir.

Incidentalmente algo de ello pasa también con Izquierda Unida y el PCE: puestos, listas, cargos. Pero de estos hablaremos otro día.

En el caso de UPD esa bronca interna afecta al más alto nivel del partido. ¿O no fracasó hace unas fechas un proyecto de alianza electoral entre Ciutadans y UPD? Por supuesto. ¿Por qué? ¿Vds. qué creen? No sería por discrepancias en sus discursos que son básicamente el mismo: no al nacionalismo (ajeno).

Que haya partidos nuevos en las democracias es muy de felicitarse, aunque sean empresas difíciles, porque ello aumenta la posibilidad de los ciudadanos de elegir, que es la base misma de la libertad. Lo que sucede es que en UPD la novedad es el señor Savater que, precisamente, no se presenta a las elecciones. La señora Díez, con todo mis respetos, no es novedad; es una política profesional, lo cual tiene sus virtudes y sus defectos. No es de caballeros mencionar los defectos pero es que las virtudes son aun más perjudicales porque la esencial es que la señor Díez se presenta como una auténtica lider nacional de una nueva opción. Pero cuando intentó ganar esa posición entre los suyos, primero en el Partido Socialista de Euskadi y luego en el PSOE, fue ampliamente derrotada.

¿De dónde saca la señora Díez que los españoles votarán a una persona que ya ha perdido dos elecciones?

martes, 25 de septiembre de 2007

UPD. Comienza el baile.

Continúan las especulaciones, quinielas y augurios acerca de a cuál de los los dos partidos nacionales perjudicará más la nueva formación de los señores Díez, Savater et al. Unos dicen que al PP por cuanto coincide con él en el enunciado reciamente español pero tiene una imagen más joven, dinámica, laica, moderna. Algunos publicistas de poca monta de la derecha ya están en contra. Pero los pesos pesados mantienen prudente silencio, hasta ver cómo pinta la aventura, si bien ya han comenzado a lanzar invectivas contra el señor Savater a cuenta de lo mucho que el filósofo arrima su miembro viril a la Patria sacrosanta.

La señora Díez, en cambio, parece tener las ideas firmes y claras. En una entrevista concedida a Libertad Digital disipa las dudas con habilidad y notable sentido de la adulación: tiene razón doña Esperanza Aguirre, UPD proviene del socialismo y es el PSOE el que está más preocupado con la presencia del nuevo partido que, como se dice en la entrevista expresamente, se concibe como un partido bisagra, esto es, uno que aporte los diez o veinte escaños que en su día necesite un partido nacional para gobernar sin entregarse a las aves de rapiña nacionalista. Ciertamente, la experiencia comparada demuestra que, cuando estos partidos bisagra atinan (caso del FDP alemán y el PSD italiano de la primera república), consiguen colocar algunos ministros en todos los gobiernos, cosa excelente para los políticos que los pusieron en marcha.

No obstante, esta perspectiva en el caso de España no es del todo concluyente ya que de los dos partidos nacionales sólo el PP está falto de aliados por así decirlo "naturales", mientras que al PSOE le sobran. Por tal motivo insiste la señora Díez en señalar la distancia entre éste y UPD. Nadie, dice, la ha llamado de la SER o El País o RTVE, presuponiendo ladinamente que RTVE sea una tele del PSOE. Dado que los medios de la derecha, Telemadrid, Libertad Digital, ABC, El Mundo, etc no paran de cortejarla, habrá que entender que, al menos por lo que a todos ellos respecta, los medios citados y la señora Díez, la intención de UPD es causar descalabro en el PSOE.

Todo está en ciernes. Faltan casi seis meses para las elecciones. Pueden pasar muchas cosas y conviene estar preparados para cualquier eventualidad. El nuevo partido tendrá que elaborar sus propuestas básicas de forma atractiva. Ya han comenzado los asesores externos a impartir orientaciones y sabias consejas. Ayer mismo el señor Elorza, en un artículo de El País titulado Un partido republicano, con la autoridad de los años y la experiencia, le explicaba cómo debe orientarse y definirse si quiere tener éxito.

No está claro todavía si UPD obtendrá respaldo electoral suficiente por encima del tres por ciento. Sí lo está, me parece, que, en el caso de que este nuevo partido de la izquierda desencantada, aliado "natural" de la derecha no cuaje, la señora Díez tendrá un hueco en el PP. Al fin y al cabo hizo lo que pudo.