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martes, 24 de noviembre de 2015

La imaginación viajera.

La fundación de la Telefónica, llamada Espacio, tiene una interesante exposición sobre las obras más conocidas de Julio Verne. Comisariada con mucho acierto y abundancia de medios por María Santoyo y Miguel Ángel Delgado trae un gran acopio de piezas del mundo verniano, grabados, libros (sobre todo preciosos ejemplares de las ediciones de los Viajes extraordinarios de Pierre-Jules Hetzel), fotografías, objetos, maquetas, carteles, películas, dcumentos, todo lo que un visitante puede exigir para que lo devuelvan, como si de un  relato del novelista francés se tratara, a la infancia y la adolescencia. Me llevé a mis hijos y aproveché la ocasión para seguir haciéndoles apreciar los fantásticos mundos que la imaginación de los genios del pasado ha ido creando. Sin detrimento, claro está, de los juegos de las tablets.

De todos los escritores de aventuras de mis años mozos, Salgari, Verne, Cooper, Scott, Reid, Stevenson, May, etc., los dos primeros ocupan un lugar preferente porque disponía de una abundante provisión de libros de comienzos de siglo procedentes de la biblioteca de mi abuelo y de los que me fascinaban, por supuesto, los contenidos y luego los grabados. Nunca he podido acostumbrarme del todo a que los libros dejaran de venir ilustrados y eso a pesar de que muchas veces sentía la frustración de que el ilustrador tuviera una visión distinta de la mía o ilustrara episodios irrelevantes, pasando por alto los que me parecían decisivos.

Julio Verne fue un típico hijo de su tiempo, un fervoroso creyente en el progreso, los avances de la ciencia, la ruptura de límites, la búsqueda, la exploración incesantes. Fue un positivista, educado en la filosofía, casi religión, de Saint Simon y Comte, alguien convencido de que el hombre conquistaría la naturaleza y el universo entero. Sus obras son conocidas en todo el mundo, están traducidas a todas las lenguas y muchos de sus personajes son familiares en los más alejados puntos del globo, Miguel Strogoff, Phileas Fogg, el capitán Nemo, Robur el conquistador (este no es tan famoso pero es uno de mis preferidos), Matías Sandorf, Godfrey Morgan (otro de mis favoritos, un robinsón), el capitán Hatteras, Claudio Bombarnac, Héctor Servadac etc. Suele decirse que es el padre de la ciencia-ficción, pero otros sostienen que esto es inexacto, por mucho que Isaac Asimov lo sostenga. Y también por mucho que lo emparenten con su contemporáneo H. G. Wells, muy apreciable sin duda y escritor muy avanzado, pero de otro talante. Soy de esa opinión. Julio Verne es un prodigioso literato (sobre la calidad de su obra ya se discutió en su tiempo y seguirá discutiéndose mientras haya a quien emocionen las aventuras, la intrepidez de las gentes, la audacia, la curiosidad) y un autor de libros de viajes maravillosos, todos ellos inventados pero muy realistas. Por eso, el exitazo de sus obras, que lo hicieron rico, viene encarrilado por el hallazgo de estar escritas como una gran serie, una saga de Viajes extraordinarios. 

Y no se crea que merecen ese nombre los relatos de viajes, de periplos, de trayectos en sentido estricto por inverosímiles y extravagantes que parezcan y que son los más famosos (a la luna, al centro de la tierra, al fondo del mar, alrededor del mundo, al sistema solar, el centro de Asia) sino que, en realidad, lo son casi todas sus demás obras. Miguel Strogoff es un viaje por Rusia y Siberia; Robur el conquistador, una historia de una máquina voladora por todo el mundo; Los millones de la Begun, a los Estados Unidos; Las tribulaciones de un chino en China, obvio; Cinco semanas en globo, por el África central, etc. Casi todas las obras de Julio Verne son viajes, traslaciones de historias, trayectos, desplazamientos y están vinculados de mil maneras a la historia de la literatura casi desde sus orígenes hasta hoy mismo, cuando casi nadie lo lee. Y es una pena.

Señalan los comisarios con gran acierto que Julio Verne llevó a sus lectores desde el polo norte a la Tierra de Fuego, del centro del planeta a la luna, pero él no se movió de su gabinete de trabajo. Sus narraciones, decíamos, son muy realistas y están perfectamente documentadas porque, como buen positivista, estaba al tanto de los avances de las más diversas ciencias. En verdad quizá sea este su punto literario más débil: sus prolijas explicaciones sobre todo tipo de experimentos y descubrimientos científicos son a veces indigestas. Él viajaba más que nada con la imaginación, como ha pasado con otros autores que nunca han puesto pie en los lugares que describían o lo hiceron después, por ejemplo Karl May. Así, Verne, recluido en su gabinete de trabajo viene a ser como la versión real del prodigio de imaginación que fue el librillo de Xavier de Maistre, el hermano de Joseph, Viaje alrededor de mi cuarto, publicado en 1794.

La exposición documenta algunas de las secuelas de los viajes vernianos. El Viaje al centro de la tierra inspiró al aragonés Segundo de Chomón, del que pueden verse trozos de películas bien interesantes. Innecesario decir que el Nautilus tomó forma real en el submarino de Isaac Peral. En la literatura de nuevo el propio Verne escribió su La esfinge de los hielos en homenaje a Edgard A. Poe, como continuación a su relato sobre Las aventuras de Arturo Gordon Pym. Enorme el impacto de La vuelta al mundo en ochenta días, que no solamente animó a la intrépida periodista Nellie Bly (de la que hay mucha referencia en la exposición) a completarla, aunque acortando el plazo a 72 días; también impulsó al prolífico Vicente Blasco Ibáñez a escribir una Vuelta al mundo de un novelista, un magnífico relato. Y no se hable del calembour cortazariano de La vuelta al día en ochenta mundos.

No sigo por no hacer el post interminable, así que me remito a las dos novelas de Verne de un viaje a la luna (De la tierra a la luna y Alrededor de la luna) porque también son etapas de un largo sueño de la humanidad, llegar a la luna, que siempre me ha fascinado. Según mis noticias, el primer viaje a la luna es de Luciano de Samosata, allá por el siglo II a. d. C., con un barco arrabatado por un tifón que lo deposita en el satélite. Hay quien dice que ese viaje es el que impulsó a Johannes Kepler a escribir su famoso Somnium (1623) en el que un aventurero llega a la luna para hacer mediciones sobre la tierra y, de paso, como quien no quiere la cosa, defiende la doctrina de Copérnico que todavía por entonces no era cosa muy recomendable. Por esas fechas (hacia 1628), un  clérigo inglés, Francis Godwin, publica un curioso escrito, El hombre en la luna en el que un español Domingo Gonsales, llega a nuestro satélite tirado por unos poderosos gansos. Era una época en que los españoles eran notados viajeros. Probablemente Cyrano de Bergerac leyó el libro de Godwin cuando él mismo se fue a los Estados e imperios de la Luna y el Sol hacia 1657, en una obra que tradujo Palinuro en su día por no ser menos que quienes ya lo habían hecho con anterioridad sin que ninguno hayamos conseguido hasta la fecha convencer a la gente de que además de un narizotas de ficción, Cyrano fue un gran escritor, fabuloso espadachín, más que mediano dramaturgo y poeta, librepensador, filósofo e intrépido viajero... al estilo de Verne. 

Verne, el que enseñó a Méliès la forma de llegar a la luna y, con él, a centenares de miles de lectores y espectadores en todo el planeta.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Ulises nunca llegó a Ítaca.

Aprovecho que inicio septiembre con una imagen que me ha cedido el gran Juan Kalvellido (¡gracias, Juan!) para salirme por la tangente que, a veces, es la forma más segura de llegar a alguna parte sobre todo porque esa parte no está fija en parte alguna. En la imagen, las gentes corremos hacia la utopía, que está en la izquierda, aunque no se sabe si por el interés de encontrarla o por el de huir del baño de sangre que está en la derecha (este Juan...) La utopía, lo que está en ninguna parte. Por eso hay que tomar la tangente.

El mejor símbolo de la utopía es Ítaca adonde hay que llegar, sí, pero lo más tarde que se pueda, según Cavafis ("Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca/debes rogar que el viaje sea largo,/lleno de peripecias, lleno de experiencias.") O sea, que lo mejor es no llegar, morir en el camino o en el intento y soñar, quizá, que se ha llegado. Porque llegar y tener que ponerse a matar pretendientes que casi son de la casa porque llevan veinte años haciendo el ganso, es desagradable. Así que sospecho que es lo que le sucedió a Ulises, el de las mil estratagemas, que pasó de largo y se perdió en el jardín de las Hespérides, en donde sigue acumulando sabiduría y experiencia con las que algún día retornará, como Arturo de Avalon, y salvará a la humanidad. ¿Por qué no? Si puede hacerlo un nazareno, también podrá un príncipe griego o un rey anglo.

Eso de los pretendientes es llamativo. En La hija de Homero Graves lo ve como un añadido de mano femenina en la Odisea; ese y la historia de Nausicaa. Tomó la idea de Samuel Butler quien, allá por 1892 dió en la de atribuir la Odisea a una mujer. Se lo sugirió la lectura del episodio de Circe que, según él, no podía haberlo escrito un hombre mayor sino una mujer joven y creía saber que fuera una princesa siciliana porque, de estar en algún sitio, Ítaca estaría en Sicilia. (Saco estos datos de una biografía de Butler escrita por Peter Raby y publicada en 1991 por The Hogarth Press).

La idea de que la historia de Ulises la cuenta una mujer es brillantísima. Las mujeres son determinantes en la Odisea. No sólo está Penélope, símbolo de la leal, casta y sumisa esposa, sino también Calipso, a la que Ulises no puede resistirse y lo tiene secuestrado siete años, liberándolo luego por intercesión de terceros; y Nausicaa, a la que Ulises cuenta su historia, su auditorio; y Circe, la bruja contra cuyos hechizos tiene Ulises un antídoto que le diera Hermes; la madre del héroe y las sirenas. El destino de Ulises, protegido de Palas, mujer, depende de las mujeres.

¡Ah, pero en la Odisea hay muchas más cosas! El viaje a Ítaca es el viaje de la memoria. Al contárselo en pasado a Nausicaa, Ulises recuerda y, dentro del recuerdo, aparecen otros recuerdos, como los de Troya, el caballo, sus relaciones con Aquiles. Esos recuerdos traen información sobre lo acaecido a otros, como cuando Tiresias en el infierno le cuenta el destino de Agammenon o Menelao. Y el reencuentro final se funde con la memoria del tiempo que fue, su mujer, su hijo, su casa. ¡Ítaca, la felicidad, la dicha! "Dichoso el que, como Ulises, hizo un bello viaje, y después regresó lleno de experiencia y sabiduría a vivir entre los suyos el resto de su edad!" decía Du Bellay, él mismo desterrado.

Dichoso o desgraciado, que regresa al desprecio, al sufrimiento. En El desprecio (1954), Alberto Moravia contrapone tres versiones de la Odisea sobre el trasfondo europeo de aquellos años: la de un complicado director de cine alemán, Rheingold; la de un productor italiano, Battista, que está allí por la pasta y la mujer del protagonista; y el intelectual, Ricardo, que es el guionista de una película sobre la Odisea que están rodando en algún lugar de la costa italiana. En 1963, Goddard pasó la novela al cine ¡y qué cine! Sustituyó al productor italiano por uno gringo (más apropiado) y le dio el papel a Jack Palance; para intelectual, puso a Michel Piccoli y de Rheingold, al mismísimo Fritz Lang; la chica, el objeto del deseo (Emilia/Camille), era Brigitte Bardot. Lo que no cambia son las tres interpretaciones del viaje a Ítaca. La del millonetis estadounidense es de aventuras. Quiere acción, mucha acción, peligro, emoción, persecuciones. Lo de Polifemo le encanta. Es la visión de la peli de Mario Camerini (1954), Ulises, con Kirk Douglas derrochando ingenio, audacia, desafiante de los dioses. El hombre que se hace a sí mismo.

El alemán tiene una visión retorcida, freudiana, del viaje. Ulises no quiere llegar a Ítaca y se entretiene por el camino porque sabe que Penélope lo desprecia por haberla dejado a merced de los pretendientes, por haberse entretenido olvidando sus obligaciones de esposo y padre. Es un viaje de culpa, sufrimiento y expiación; calvinista. No hay olvido posible del deber, salvo que se haya perdido la memoria en el país de los lotófagos, y no es el caso.

El intelectual franco-italiano (Ricardo/Paul) ve en la Odisea el canto al luminoso Mediterráneo, al sol en un cielo de inabarcable azul, la vida a borbotones; y se emborracha de su propia visión y pierde la de su miserable existencia; se ha olvidado de su presente, ha emprendido el viaje a Ítaca sin saber que lo que va buscando es lo que ha abandonado y que lo mejor será que no lo encuentre.

¿Hay algo más audaz y contrario a la idea general que embutir el largo, largo periplo de Cavafis en un día en la vida de Leopold Bloom, Stephen Dedalus y Molly Bloom en el Dublín de Joyce? Los episodios del viaje a Ítaca, tan refinadamente alegóricos en la narración original, estallan aquí en el chorro de la conciencia que va paralelo al chorro de la vida, sin parar, sin detenerse un segundo, mezclados ambos y separados en tiempo y lugar. De lo más insignificante crecen episodios complejos, fantasmagóricos y rutinarios que se suceden sin interrupción, hasta la llegada a Ítaca, en donde desaparecen hasta las interrupciones de puntuación. La vida es el viaje de regreso al punto de partida.

Ítaca la llevamos dentro. También lo llaman utopía. Ilumina nuestro camino, cosa necesaria porque a veces los nubarrones ocultan el cielo, los clamores en torno no nos permiten escucharnos, los vientos nos trastornan. Para entonces hay que recordar que nuestro norte es Ítaca, la que habita nuestro interior y que no podemos vender porque perderíamos la brújula, algo imprescindible para saber a dónde queremos llegar y a dónde no queremos llegar.

No sé si esto tiene mucho que ver con post de actualidad; temo que no. Aunque todo es cosa de ponerse a buscar. Me extraña que ningún comentarista haya dicho que el gobierno socialista se encuentra entre Escila y Caribdis.

(La primera imagen es un cuadro de Waterhouse titulado Circe envidiosa, de 1892. La segunda un vaso griego del siglo V a. C. que representa a Circe convirtiendo en animales a los compañeros de Ulises. La tercera, un cuadro de Böcklin titulado Ulises y Calipso (1882). La cuarta un cuadro de Turner titulado Ulises burla a Polifemo, de 1829).

martes, 14 de junio de 2011

Fascionario de la Academia o de cómo se marea la perdiz.

Por la retirada del Diccionario franquista de la Academia


El ministro de Educación y Ciencia se reunió ayer con el director de la Real Academia de la Historia, Gonzalo Anes, principal responsable del golpe de mano de los fascistas residuales en el Diccionario Biográfico Nacional y que ya debiera haber dimitido si tuviera un ápice de honrilla y dignidad intelectual. El motivo de la reunión era trasladar al franquista la exigencia del Gobierno de que se revise el fascionario de la RAH. Nada más. Nada de retirar la edición ni de plantear la dimisión de Anes. Eso fue todo. No está ni siquiera claro que Anes se haya comprometido a hacer algo concreto y, conociendo el país, apuesto a que el diccionario no se toca, los franquistas se quedan en sus madrigueras tan contentos y el gobierno se olvida del asunto.

El ministro es de una credulidad sin límites. Piensa que la RAH atenderá el mandato del Gobierno. Bienaventurados los pobres de espíritu. Los franquistas de la RAH no tienen intención de hacer nada. Dejarán que amaine la tormenta y seguirán a lo suyo: los panegíricos de Franco que pasan por ser historia en España. Y se habrá perdido otra ocasión de oro para informar a la juventud española y contribuir al renacer de la patria. Las excusas del ministro acerca de que la Real Academia de la Historia sólo tiene una relación administrativa con su departamento suenan a canguelo. ¿Qué tienen los franquistas que inspiran tanto temor en los demócratas? ¿No ve el ministro que, ante lo excepcional del caso, lo único que cabe hacer es echar a puntapiés a los nostálgicos de la dictadura de la Academia? ¿Cree el ministro que en Alemania o Italia alguien hubiera puesto estos lamentables pretextos a la hora de tratar con apologetas de la dictadura? ¿Cuál es la extraña enfermedad de la izquierda española? ¿Es miedo?

(La imagen es una foto de UNED, bajo licencia de Creative Commons).

jueves, 4 de diciembre de 2008

A paso de elefante.

A paso de elefante, seguro, tranquilo, firme es como se ha desarrollado la obra de la larga y fructífera vida de José Saramago hasta estos espléndidos ochenta y seis años de creatividad y maestría. Porque hace falta mucho de ambas para acometer un divertimento como el de este relato (El viaje del elefante, Alfaguara, Madrid, 2008, 270 págs) con la gracia, elegancia y fluidez de prosa de que da muestra el escrito, a la par que el despliegue de una posición filosófica escéptica de raíz pero de fortísima simpatía por los seres humanos, los del montón, los anónimos, los que no son nada, los que quizá luzcan un segundo por casualidad en el turbulento escenario de la vida para sumirse de nuevo en un silencio, oscuridad y olvido impenetrables. Una actitud ésta del escritor portugués que siempre me ha recordado mucho a la de Bertolt Brecht probablemente, supongo, porque ambos comparten una convicción comunista de fuerte raíz artística, creativa y humanista que revela el mejor rostro del comunismo, el de los humillados y ofendidos, ajeno al gesto lívido y rígido del sectario, el dogmático, el burócrata que acabaron prevaleciendo en la doctrina por la muy pedestre razón de que la mierda siempre flota. Y junto a esto, y por si fuera poco, Saramago aporta una vasta, polifacética cultura, popular y académica al tiempo que, como el agua remansada, acaba impregnando los poros de los diques de contención y manando por los intersticios, para solaz de los lectores que la descubren por el reflejo repentino del rayo de sol que devuelve como al desgaire.

Se deducirá de esta primera andanada lo mucho que me ha gustado este último libro del premio Nobel. Y se verá, también, porque poco más es lo que hay que decir sobre él ya que es lo dicho, un divertimento, una anécdota, una historia ligera (aunque cargada de enseñanzas sobre el alma humana y las relaciones sociales, así como sus matices lingüísticos, que Saramago jamás da puntada sin hilo) que narra la de un viaje de un elefante que en el siglo XVI regala el Rey de Portugal, Juan III, al archiduque de Austria y futuro Emperador Maximiliano II, yerno del César Carlos y residente en aquel momento en la ciudad de Valladolid. El elefante, de nombre Salomón por entonces en Lisboa, ha de viajar, guiado por su cornaca Subhro. Ambos dos, elefante y cornaca, habrán de cambiar de nombre por arbitraria, caprichosa decisión imperial en un episodio seguramente inventado, ya que el autor mezcla libremente lo histórico con lo imaginario, que sirve a Saramago para subrayar en un par de párrafos la abismal distancia que la sociedad europea del XVI establecía entre un Emperador y un cornaca, entre un Rey y un siervo. Por lo demás como la que, aunque reducida, también hay entre un cornaca y un capitan del ejército real portugués que está al mando de la tropa que custodia al paquidermo. Y sin embargo ambas distancias acaban puenteadas por la gran sabiduría, las dotes de observación y la habilidad de Subhro en el trato humano, todas ellas aguzadas, como suele pasar también en las obras de Brecht, por la imperiosa necesidad de sobrevivir en un entorno hostil.

Los únicos personajes por los que el autor, viejo anticlerical revenido, no siente simpatía alguna y a los que retrata en su inhumana doblez y su miseria moral son los curas, tanto el párroco aldeano que pretende simular un exorcismo sobre el proboscidio, como el de Padua, que se inventa un milagro para comunicar al concilio de Trento, ya que el relato sucede en el momento de reacción de la Iglesia católica frente al desafío luterano. Pero, ¿qué vamos a hacer? Yo también creo que los curas no tienen arreglo pues llevan el veneno del odio a la especie humana en el alma. Y asimismo creo que si alguna vez está el anticlericalismo "trasnochado", como dicen los meapilas, será porque el clericalismo esté, como el Estado según Engels, en un museo de antigüedades, junto a la rueca y el uso, cosa que, de momento, no se avizora.

El elefante habrá de llegar hasta Valladolid, por entonces sede de la corte imperial, debidamente escoltado por tropas portuguesas y de allí, custodiado a su vez por austríacos, hasta Viena. Es, pues, un relato de viaje; pero un relato de viaje contado por Saramago es mucho más que un relato de viaje; es también un oráculo manual de religión comparada (jamás olvidaré la burlona analogía entre la Trimurti hindú y la Santísima Trinidad cristiana), un estudio de psicología humana y animal (si a los animales, con permiso de Saramago, como diría el mismo Saramago, se les puede permitir tener psicología), de sociología de la época y de paisajística. Aunque el autor dedica un par de páginas a burlarse de sí mismo y poner de relieve su incapacidad para describir la magnificencia de los Alpes en invierno, en especial de los pasos del Isarco y de Brenner, lo que acaba consiguiendo es una maravillosa descripción perfectamente metaliteraria del paso de la comitiva imperial con el elefante por los Alpes, con un irónico recuerdo al cruce de Aníbal cuyo punto culminante es este diálogo entre el cornaca Subhro (que por entonces ya se ha visto obligado a llamarse Fritz como el elefante ha pasado de Salomón a Solimán) y el campesino en cuya casa pernocta en Bolzano: "Nací en la india y soy cornaca, Cornaca, Sí, señor, cornaca es el nombre que se les da a quienes conducen los elefantes, En ese caso, el general cartaginés también traería cornacas en su ejército, No llevaría elefantes a ninguna parte si no hubiese quien los guiase, Los llevó a la guerra, A la guerra de los hombres, Pensándolo bien, no hay otras, El hombre era filósofo." (p. 227)

No es, desde luego, lo menos llamativo del libro, la rara perfección a que ha llevado Saramago su peculiar sintaxis y que conserva toda su fuerza en la magnífica traducción de su esposa, Pilar del Río, a quien está dedicado el libro. A lo mejor es preciso llegar a este grado de compenetración conyugal para ser tan competente traductora. Y con la sintaxis, el conjunto de su estilo, que ha ido evolucionando a lo largo de los años de obra tan rica y variada, convirtiéndose en algo personalísimo y único, el signo claro del genio creador y que ha tocado desde temas de calado filosófico, como el Ensayo sobre la ceguera o hermenéutico, como El Evangelio según Jesucristo, pasando por asuntos de recia estirpe literaria como El hombre duplicado, hasta llegar a esta obra última en la que la maestría y la profundidad del pensamiento de este octogenario joven fluyen con la mesura de un clásico, la alegría incontenible de un rabelaisiano, la elegancia de un conceptista y el toque de genialidad del propio autor cuya lectura es un deleite tan genuino como el que sentimos al ver y escuchar ese hipotético "arroyo cristalino" del que Saramago se ríe con una risa antigua y sabia.

martes, 25 de noviembre de 2008

Caminar sin rumbo (XVII).

El crimen perfecto.

(Viene de la entrada anterior del domingo, titulada Paso a dos.)

Me encaré con el "Por dónde se empieza" y me encontré un texto bastante denso con consideraciones previas a las previas consideraciones acerca de cómo se empieza un relato, cómo se da comienzo a una narración y no a cualquier narración sino una en la que se busca la verdad, verdaderamente se busca la verdad; hay que ser muy cuidadosos, sobre todo cuando se va a decir la verdad no así, de cualquier modo, a la buena de Dios, por los polvos de los caminos, al alcance de todo el mundo sino una verdad específica a un oyente concreto al que se había elegido precisamente para ese momento de decirle esa verdad. Las consideraciones, reparos, contraposiciones, excepciones, salvedades se enroscaban y desenroscaban a lo largo de varias páginas de denso discurrir que ahorro al lector que lo es de blog, género liviano. Pero no me privo de poner un ejemplo de la prosa de mi amigo: había renunciado a explicar por qué era imposible encontrar respuesta a la infinita pregunta del ser humano; pero se propuso, ya que no explicar, sí mostrar esa imposibilidad. Una pregunta infinita es una que no se acaba nunca, de la que conocemos dos formas: la lineal que consiste en preguntar por la raíz de la respuesta que se haya dado a la pregunta anterior lo que nos lleva al origen de los tiempos; y la llana consistente en plantear el porqué de todas y cada una de las cosas que hay en la existencia utilizando si queremos cualquier clasificación semántica del Ser, por ejemplo la muy normalita de don Julio Casares. Encontraremos Universo/Dios - Mundo orgánico -Reino animal - Los irracionales - Zoología - Insectos, larvas y ahí ya nos atascamos como la rueda del carro en el lodo porque insectos hay incontables y aparecen y desaparecen que es un primor. Así que las aporías de Zenón son reales como la vida misma. Lo que sucede es que luego nos adaptamos a todo de forma que igual que acabamos entendiéndonos mal que bien con un vocabulario de un par de miles de palabras (si llega), trotamos por la existencia con sólo algunas de las respuestas a las preguntas y esas aun a título provisional y de prueba. Pero naturalmente yo no estoy hablando de un conocimiento de dos mil palabras, de un conocimiento completo, del acceso a la verdad para lo cual, según lo entiendo, he de empezar por decir yo mismo la verdad. Carece de sentido ir en busca de la verdad de mentira o con la mentira. Pero decir la verdad sobre uno mismo es lo más difícil que hay. Tengo para mí que llamamos locos a aquellos que en algún momento se dijeron la verdad sobre sí mismos. Por eso los demás, los llamados cuerdos, no podemos decir la verdad sobre nosotros mismos, puesto que la ignoramos y la ignoramos a caso hecho, a ciencia cierta, si cabe la expresión.

- Un momento- dije sin darme cuenta de que estaba hablando en voz alta- ¿Quién está hablando aquí?- Por supuesto yo mismo que acababa de hacerlo pero me refería a quién estaba hablando en el relato que tenía en la pantalla. Fui con el ratón al comienzo del relato: "Por dónde se empieza", pero sin mención de autor. Habría de suponer que era Vlam. El texto seguía en el tenor mostrado durante algunas páginas más hasta enredarse en una madeja de consideraciones acerca de "por dónde se empieza una fortuna", un denso laberinto lleno de valores, activos, pasivos, liquidez, rates, préstamos, intereses, concursos, retranqueamientos, apalancamientos, futuros, swaps, nominal, acciones, obligaciones, balances, deudores, inversiones, capital fijo, variable, pérdidas, garantías, provisionamientos, deficit, superavit, cláusulas, subrogaciones, hipotecas, ejecuciones, avales, cotizaciones que en poco tiempo se me asemejaban a un pozo en donde se movían cientos de siniestros reptiles de relucientes visos cárdenos, violáceos, glaucos de toda condición, una exageración que casi me lleva al vértigo y que se interrumpió repentinamente, para dar paso a una pregunta en tamaño de letra superior al normal. "¿Qué se te ocurre a ti?"

En ese momento sonó el skype, se encendió el monitor de la webcam en el ordenador y en la pantalla apareció Vlam, diciendo:

- Ya has llegado a la pregunta, ¿no?

- Sí, bueno pero déjame seguir con el capítulo, que no lo he terminado.

- ¡Qué capítulo ni leches! El capítulo sigue aquí. ¿No te has enterado de que existe internet?

- Pregunta idiota. Pero tendré que leerme el capítulo si quieres mi opinión.

- El capítulo es lo que has leído hasta ahora y lo que digas a partir de ahora.

Me resigné y me dispuse a escuchar. Me preguntó si recordaba una conversación que habíamos tenido muchos años atrás, cuando él estaba empezando su carrera en los negocios en la que me planteó el caso de un amigo suyo, también negociante, que tenía un apuro moral porque había empezando los suyos en grande a base de chantajear a un tipo más poderoso aun, a quien sacó el dinero necesario para emprender él su propio vuelo. Claro que me acordaba. Aquel amigo no existía; era él mismo, cosa que ya sabía yo desde que tuvo lugar la conversación. El caso es que yo le había preguntado si su "amigo" había hecho el dinero suficiente para devolver lo suyo al chantajeado sin menoscabo de su fortuna y, como fuera así, le aconsejé que lo hiciese y sellase las paces con el otro. Ahora veía claro por qué había puesto aquel título al capítulo, "Por dónde se empieza". Por dónde se empieza a hacer una fortuna, por dónde la riqueza, el poderío.

- Mira- le dije, ampliando la imagen a plena pantalla- me acuerdo perfectamente y sé lo que dije y que no volvimos a hablar sobre el asunto, de donde deduje que tu "amigo" habría hecho lo que sugerí, que bastante dudoso moralmente hablando es. Si lo chantajeaste es porque habría hecho algo malo, delictivo, deshonroso, que no querría que se supiera, desde luego, pero eso no legitima ni hace moral tu chantaje ; sólo lo hace posible porque si el otro no hubiera cometido la pifia, tú no hubieras podido chantajearlo. Pero en todo caso puedes suponer que la pregunta de por dónde se empieza a hacer una fortuna es, por ejemplo, chantajeando. Uno puede mirar eso de muchos modos, desde una actitud moralista o desde la impasibilidad de las estrellas que ven cómo los seres humanos hacen siempre su fortuna a base de asesinar, violentar, secuestrar, torturar, humillar, explotar a sus semejantes, a todos sus semejantes, desde los más lejanos a los más próximos. Estos con mayor delectación y comodidad. El ser humano es un predador de los seres humanos. Cuando el origen de la fortuna estaba en degollar semejantes de distinto territorio (para robarles, claro), raza, cultura, religión (siempre para robar), civilización o continente, los que así lo hacían alcanzaban condiciones nobiliarias, la aristocracia surge del cieno y la sangre. Pero eso se olvida después recitando madrigales al compás de una vihuela, leyendo las très riches heures de madame la comtesse o yendo a la caza del unicornio.

- Claro- dijo Vlam muy convencido- Y eso es la aristocracia. La democracia, además de cieno y sangre se hunde en la mierda. Algún día te explicaré mi teoría sobre la mierda, último sistema filosófico vivo, cuyo Dios es Alfred Jarry y Vlam su único profeta. Pero ahora no es necesario enredarse en estas disquisiciones. La pregunta acerca de "Por dónde se empieza" no se refería a cómo fueron las cosas en realidad, que eso es como es, sino a cómo se empieza a contarlo. Cómo se convierte algo en un relato y se atiene uno a la verdad.

- Pues no sé; se me ocurre que como lo estás haciendo, por internet. ¿Lo estás grabando?

- Hombre, claro. Pero no es tan fácil.

- ¿Por qué? Ya lo has hecho.

- No es tan fácil, te digo. No me limité a chantajearlo. Después de escuchar tu sabio consejo de devolverle su dinero lo que hice fue obligarle a firmar un documento en el que ambos nos declarábamos herederos universales del otro, y luego lo maté. Tenía que coronar mi obra, perfeccionar lo que había empezado. Como comprendes no se levanta un imperio administrando una fonda de tres al cuarto. Hay que disponer de medios. Él los tenía y a mí me hacían falta. Fue un crimen perfecto y eso que dicen que no los hay.

No daba crédito a mis oídos.

- ¿Cómo murió tu desgraciado socio?- Me pareció que debía dar alguna muestra de mínima conmiseración.

- Se estrelló con un coche que se salió de la carretera y cayó por un barranco.

- ¿Y no te investigaron dado que eras el principal beneficiario?

- No; yo iba con él en el coche. Fue un lamentable accidente.

- Valiente figura: pudiste haberte matado también.

- Pude, pero no pasó y el que no arriesga, no gana. La vida es una mierda de la que nos libramos jugando a la ruleta rusa. Gracias por ayudarme a contar la verdad. No sabía cómo hacerlo.

- Espera un momento; esto no tiene sentido. Tú estás escribiendo una historia, no puedes meter esta conversación...

- ¿Por qué no? Si tú mismo me lo decías hace un instante. ¿Ves como no eres perseverante? Por so nunca levantarás cabeza. Tenía un problema: por dónde empezar a contar la verdad acerca de un asunto que todo el mundo iba a juzgar moralmente, sin perder mucho tiempo y sin tener que fingir sentimientos que no profeso.

- Pero si dices que lo que cuentas es verdad y efectivamente sucedió como lo dices, estás confesando el delito.

- No, hombre, estoy escribiendo un relato que es mi vida, en la que cuento sólo la verdad; pero como todo el mundo sabe eso es imposible y por tanto esto es una ficción y todo parecido con la realidad es casual. Ni tú mismo existes.

-¿Cómo que no?

- Como que no. Mírate bien, ¿qué eres? Un miserable bloguero que va rellenando cuartillas o el equivalente en pulgadas de pantalla sobre las cosas que se le pasan por la cabeza, las reales, las inventadas, las mitad y mitad, que dice que está haciendo un viaje a ninguna parte, el muy cursi y ni siquiera sabe en dónde se ha metido. Lo dicho: gracias.

- Y cortó bruscamente.

Ya era de día. Una claridad difusa atravesaba los visillos de las ventanas mientras oía un lejano zureo de palomas. Me tumbé en la cama y esta vez sí empecé a quedarme dormido pensando en que, al despertarme, me despidiría de Vlam, cuya imagen había cambiado mucho en mi ánimo. Luego dicen que en los viajes no se aprende. Mi idea de Vlam y su fortuna encajaba con el hecho de que la hubiera amasado por medios inmorales y delictivos, como el chantaje. Tal posibilidad hasta halagaba mi espíritu combativamente anticapitalista, que veía en este sistema económico el paradigma del mal. Y eso no me hacía a Vlam especialmente detestable. Bastaba con mirar en torno suyo y ver que quienes lo rodeaban, magnates y grandes empresarios parecían cortados por el mismo patrón. Pero es que Vlam había llegado al asesinato, lo que, en principio, planteaba una situación distinta. Ser un crápula, un ladrón, un estafador, pase; pero un asesino es ya muy otra cosa. Claro que tampoco era tan extraño después de todo en lo que lo conocía. Lo suyo era llegar arriba, estar en la cima, ser el que más, el perfecto, el súmmum. Con todo lo que había aprendido ahora tenía cuando menos para un par de días de cavilaciones. Coronar su carrera con la consabida obra de arte del asesinato. Me quedé sorprendido a la vez que sosegado con el descubrimiento. Ya tenía corregida casi del todo mi imagen de Vlam, así que, al despertarme me despediría de él en la recepción y continuaría mi camino. Aunque sospechaba que a lo mejor no me dejaba. Me faltaba un punto, ¿quién me decía que, siendo un perfeccionista, Vlam se contentaría con un único asesinato? ¿Y si fuera un asesino en serie? Creía verlo dibujarse en el marco de la ventana, con una capa negra... y ahí me quedé dormido. Estaba muy cansado.

(La imagen es el grabado nº 3 ("Anhelos") de la Historia de un guante (1894), de Julius Klinger).

domingo, 23 de noviembre de 2008

Caminar sin rumbo (XVI).

El paso a dos.


(Viene de la entrada anterior, titulada Vlam).

Vlam me acompañó a la habitación que solía yo ocupar en donde había instalado un ordenador al que enchufó el pen drive y me dejó, deseándome buenas noches y diciéndome que lo que quería que leyera para darle mi opinión lo encontraría como una carpeta titulada "El paso a dos". El estaría más o menos por allí y cuando quisiera, podríamos hablar. Del escrito o de cualquier otra cosa. Parecía risueño, tenía la mirada cálida y acogedora. Le pregunté que si había acceso a la red y me dijo que sí, que jamás se le ocurriría dejarme desconectado porque eso es hoy día lo peor que puede hacerse con alguien. Bueno, de siempre ha sido lo peor. De siempre me parecieron terribles aquellas historias de los tiempos medievales en las que algún pobre infeliz desaparecía en las mazmorras del señor feudal, secular o eclesiástico, y nunca más volvía a saberse de él. Me ponía en su lugar y pensaba cómo se sentiría uno encerrado en una lóbrega mazmorra, sin luz, sin contacto alguno con el exterior. Y eso forzosamente, claro, pues de ser voluntario tiene otro cariz, ya se sabe.

No, no, los fozosos, los desaparecidos de las edades oscuras. Porque siempre ha habido desaparecidos, gentes que ayer estaban ahí y hoy ya no están. La principal causante de las desapariciones repentinas es la muerte, la otra cara de la vida, tan inevitable como ésta e igual de incomprensible si bien la una por el comienzo y la otra por el final. La segunda causa de los desaparecidos son los desaparecedores que nunca escasean en la aventura de la civilización. La diferencia entre los desaparecidos de la Edad Media y el absolutismo y los de hoy es que los de hoy son mucho más numerosos: ya casi no se usan las mazmorras por su escasa rentabilidad. La nuestra es la época postindustrial pero ya desde la industrial podían desaparecer campos enteros de fútbol rebosantes de personas. Desaparecidos y desaparecientes en masa. En mitad de la selva en el Congo. Que esto de la desaparición es a lo que dio respuesta en el siglo XVII el importantísimo derecho, fundamento de todo lo demás que ha venido después, de habeas corpus, esto es, que existes, que estás ahí, que ocupas un espacio, que por lo menos eres un semoviente, que no puedes desvanecerte en el aire como si fueras humo por mucho que sepas que en realidad el aire es el elemento esencial y que puedes irte en él. Pero no que te lleven. No que te aíslen de modo radical, te sellen todo acceso al exterior y en tiempos de internet que son revolucionarios en esto de la comunicación. Le agradecí la atención de dejarme acceso a la red y me dijo que si quería que me subieran algo de comer. Pero eran más de las cinco de la madrugada y no estaría bien molestar a alguien.

En realidad quería dormir así que, apenas se fue Vlam, apagué la luz, me dejé caer sobre la cama y cerré los ojos. Pero no pude conciliar el sueño. ¿Cómo iba a hacerlo con la absurda conversación que acababa de tener con mi amigo el supermillonario? Que además tampoco era tan absurda. Al fin y al cabo en la vida apenas se hace otra cosa que preguntarse por su sentido o fabularlo. La idea que parece se nos viene a todos a la cabeza es la de que somos (al menos uno mismo; que lo sean los demás ya es otra cantinela) producto de otra cabeza, una superior, que nos imagina, nos crea y, luego, nos da órdenes porque vive pendiente de nosotros. Al menos es lo que dice creer muchísima gente que acata dioses aunque sean distintos e impartan órdenes contradictorias. Luego estamos los que no creemos en dioses, pensamos que no hay más vida que ésta y que no tiene sentido alguno salvo el que cada cual quiera darle a su leal saber y entender. Pero hasta nosotros, aun no creyendo en dioses, podemos admitir lo del gran cerebro que me concibe a mí, cuyo personaje soy. Ese gran cerebro puede concebir más "yoes" y es lo que hace. Todos los "yoes" podemos reconocernos genéticamente similares y eso es probablemete cuanto tenemos en común: el hecho de ser producto de otro cerebro que a su vez....

Bueno, eso y la posibilidad de comunicarnos que es lo que hace este mundo algo más vivible. Podemos comunicarnos porque podemos "vernos", cuando menos saber que "estamos ahí", que no desaparecemos, que tenemos cuerpo. Y para que esto se cumpla, tenemos que estar siempre a la vista, como en el panopticon de Bentham, que tanto partido le dio a Foucault. Una prueba más de la ambigüedad de todo lo humano ya que esa "panavisión" que es muestra de represión absoluta para unos, es garantía de seguridad y libertad para otros. Para que la libertad foucaultiana pueda darse a base de escapar al control del poder, de "no ser vistos" debe darse antes la seguridad de que, si queremos, seremos vistos, porque estamos, no hemos desaparecido. Y para estar todos a la vista ha de haber un gran ojo que todo lo vea. Los judíos creen que Dios todo lo ve; y si lo creen los judíos, también los otros dos pueblos del libro. Dios todo lo ve. Que se lo pregunten a David y Betsabé. Para los que no creemos en dioses y por tanto tampoco en Dios, la cosa se traslada al tiempo: el tiempo todo lo revela aunque a veces, cuando lo hace, ya nada importa. Y quienes no creemos ni en el tiempo podemos ir a la imaginación literaria y su archiconocida figura de Gran Hermano. Si será conocida que hasta tiene un programa de televisión que está entre los más vistos, si es que no es el rey del visionado. El Gran Hermano, es el Gran Ojo, que todo lo ve.

Y de pronto abrí los míos porque supe que la lucecita azul del stand by del ordenador que Vlam me dejó sobre la mesa estaba mirándome. Lo hacía fijamente, sin titilar y parecía estar enviándome una orden muy clara. Me senté a la mesa, encendí el trasto y me puse a navegar. Anduve por algún periódico, fui a ver cómo iban las acciones en bolsa, aunque no tengo un solo euro invertido en ese mágico pandemonium de codicia e inteligencia, miré un trailer de una peli, despaché correo electrónico que llevaba atrasado, fui a ver qué interpretaban en radio clásica y, como era algo sinfónico, me puse los auriculares y me quedé enganchado a la música mientras seguía dando tumbos por la red, prolongando el momento en que pinchara en el archivo "El paso a dos" en el pen drive. Hasta me di una vuelta por el blog Palinuro, que es el mío y es donde salen estas crónicas del viaje a ninguna parte, a ver cómo iba ésta. Y no iba mal. Los grabados de Klinger son curiosísimos. Tocaría ahora soltar una teórica sobre "el" o "la" internet, que el ámbito hispanohablante, dando una prueba más de su unidad esencial, no se ha puesto de acuerdo sobre el género de la cosa. Que internet es el nuevo mundo, la nueva dimensión que hay que ir colonizando poco a poco, la nueva tierra de la libertad, el ágora universal de la especie. El gran ojo, la gran plaza pública. Allí donde todos estamos ante todos en pelota picada, como nuestras madres nos parieron. El gran ojo nos ve a todos y no sólo en sentido interior sino en el puro exterior. Traten Vds. de esconderse al ojo de Google. Así, aquella revolución del siglo XVII, empeñada en darnos carta de existencia corporal como individuos que no pueden desaparecer se vio superada con nuestra útima revolución no del "sacerdocio universal de los creyentes" sino como la "corporeidad universal de los creyentes". Lo hemos perfeccionado mucho. Por eso ahora ya casi no hay delitos de secuestro de individuos. Ahora desaparecen colectivos, masas, muchedumbres. Lo cual nos pone nerviosos a todos porque uno nunca sabe de fijo si no lo incluirán en algún grupo en contra de su voluntad y lo tratarán consiguientemente.

Pero por más que dejara vagar mi imaginación y anduviera entretenido en los vericuetos de internet, sabía que aquel archivo estaba esperando por mí y que no podría eludirlo. Que no quería eludirlo. Al fin y al cabo me había desplazado a X*** en busca de algo que no sabía qué era pero que me había impulsado a montar en el tren. Pinché en "mis documentos". El pen drive se llamaba "Confesión" y abría varias carpetas, una de las cuales se titulaba "El paso a dos" que, a su vez, abría una serie de archivos con el título general de Capítulo y luego la numeración. Obviamente los capítulos del libro o la novela o lo que Vlam estuviera escribiendo. Del Capítulo I al XXIV y todos con el mismo color excepto el número V que venía en rojo. Enseguida averigüé porqué: todos los demás ficheros estaban encriptados y pedían contraseña. Sólo el V se abría libremente. Estaba claro que Vlam quería que leyera el capítulo V de su libro, pero ningún otro. El capítulo V se titulaba "Por dónde se empieza". Y me dispuse a leerlo.

(Continuará)

(La imagen es el segundo grabado (Acción de la serie Historia de un guante (1894), Julius Klinger.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Caminar sin rumbo (XV)

Vlam

(Viene de una entrada anterior titulada Reencuentro).

Vlam se hizo a un lado y me dejó pasar al vestíbulo del hotel que yo conocía tan bien de años antes; conocimiento que me resultaba útil por cuanto el local apenas había cambiado. Un salón esmirriado con un mostrador de algún material plástico, de esos que parecen sobados enseguida, una lámpara de mesa con tulipa ya muy pasada y un pasillo de moqueta con calvas a la izquierda que llevaba a un ascensor renqueante que parecía un gabinete modernista pero incómodo. Había estado muchas veces allí. Luego supe que Vlam ya no lo ocupaba. Desde que se casó con la mujer que yo conocí y empezó a tener hijos, la familia se había trasladado a algún barrio superlujoso de mansiones de envidia amarillenta pero nunca supe en dónde ni llegué a conocer la casa porque fue por entonces cuando nuestras relaciones sufrieron un brusco corte que, como todos los cortes e interrupciones en el convivir de las gentes, podía entenderse como responsabilidad del uno, del otro, de los dos o de ninguno o incluso, según se mire, de las cuatro instancias a la vez pues el ser humano es un ser milagroso. Es el único milagro que hay sobre la tierra que está empeñado en demostrar que los milagros no existen; o sea, empeñado en demostrar su propia inexistencia. Claro, no todos. Quienes profesan algún tipo de religión creen en milagros, en muchos, pocos, uno solo, pero milagro, o sea algo incomprensible a la razón humana que además barrunta (aunque no lo confiese) que es incapaz de comprenderse racionalmente a sí misma. El caso es que, aunque no conociera la mansión en la que Vlam y su familia habitaban, él, Vlam, se encontraba allí, en el viejo hotel llamado Luz de Oriente y había quedado claro que estaba esperándome o eso me dio a entender, diciendo que era su personaje. El reencuentro después de tantos años prometía y que se produjera en aquel lugar, el vestíbulo un poco raído, parecía lo lógico, lo natural, lo que debía ser entre nosotros pues ¿qué sabía ni quería saber yo de su familia? Mucho mejor en tierra de nadie que era tierra suya. Dejé la mochila en el sofá de la derecha como lo hacía siempre cuando llegaba para una breve estancia y pensé que me preguntaría qué hacía allí, por qué me había presentado de repente, qué quería. Lo daba por hecho y sólo me intrigaba en qué tono lo haría. Podía estar irritado, gratamente sorprendido, perplejo, indeciso, receloso, y eso era lo que trataría de averiguar al escucharlo.

Pero no abrió la boca. Seguía mirándome con un brillo tenue en el fondo de una pupila hosca y oscura. No daba la impresión de estar sorprendido en absoluto lo que, en cambio, me sorprendía a mí. Hasta que me di cuenta de que el que tenía que explicar qué hacía allí, por qué estaba seguro de que lo encontraría sabiendo que vivía en otra parte era yo. Entonces lo miré desconcertado, él me devolvió la mirada con un gesto de complicidad, dando a entender que entendía que hubiera entendido y me recordó que al recibirme me dijo que era (más exactamente, "que eres") mi personaje. ¿Su personaje? ¡Qué cosas ha de oír uno a veces de los demás! Sobre todo de los que son personajes de uno, porque nadie estará creyendo aún que este viaje a ninguna parte vaya teniendo lugar en un territorio distinto del de la más salvaje fantasía. Así que le digo que siempre ha sido un bromista, pero las cosas de la realidad y la existencia hay que tomárselas en serio.

- No voy a ponerte en un aprieto-, me dice Vlam- preguntándote por qué hay que tomarse en serio las cosas de esas dos venerables damas, doña realidad y doña existencia.

Tampoco iba yo a contestar. Hay preguntas necias. ¿Por qué? Me parecía obvio: porque si no te las tomas en serio te aniquilan. Claro que ya veía de inmediato la pregunta siguiente con ecos taoístas: ¿y qué tienes en contra de la aniquilación? Excusado decir que aquí hablaba de aniquilación por aplastamiento y destrucción más que por inmersión en lo sublime nirvanático o cualquier otra ilusión. En lugar de ello soy yo quien le dice a Vlam que él es mi personaje. Y nada lo demuestra mejor que el hecho de que, como yo quiera, lo silencio, le quito el uso de la palabra, hasta lo expulso del relato, como le sucedió a Luzbel por un empeño parecido. No hace falta decir que yo mismo me contesto diciendo que esa es exactamente la situación en que Unamuno pone a su personaje Augusto Pérez en Niebla que se le sube a las barbas al modo pirandelliano. Y hace bien. Y si lo hace don Miguel, yo, lo mismo. Es fascinante este asunto de la creación y la invención, que se puede hablar a muchos niveles. Aunque don Miguel lo mata. Yo no necesito llegar a tanto. Mientras pienso lo anterior miro a Vlam del que sé de muy cierto que no va a pronunciar palabra aunque con la mirada muestre que entiende perfectamente la situación, tanto que me veo obligado a dejarlo hablar porque tengo curiosidad de qué pueda decirse ante una amenaza de silencio, de retirar el uso de la palabra que, como cualquiera comprende en una civilización basada en el logos es como retirar la condición humana. ¿No es la excomunión que la Iglesia aplica en casos especiales, como relapsos, pecadores contra la fe, etc, no es, digo, ex-comunicación, fuera de la comunicación, del habla, vaya?

Toma Vlam la palabra (con mi permiso, no se olvide) para decir que él como personaje, puede salirse del relato...

-Eso será si yo quiero...

-Y aunque no quieras. Es una amenaza que puede cumplirse igual que la de callar al personaje.

- Pero bueno; eso será si yo lo decido.

- Claro, hombre, los dos somos el mismo. Cada uno de nosotros es producto del otro. Sólo que en el caso de que el personaje se vaya del relato el asunto es peor.

- ¿Por qué?

- Evidente, porque se lleva el relato con él. Y te quedas agarrado al lapiz como narrador y pensando cómo pueda ser posible algo así de un modo bastante torpe porque en la literatura todo es posible. Si no, no sería literatura. Por eso, yo acepto ser tu personaje pero tal cosa para mí no es relevante; tu verás lo que haces. Lo relevante es que tú también eres personaje mío y aquí la cosa se pone interesante.

No hace falta decir que encontré el discurso de Vlam bastante incomprensible. Más o menos como es él. Toda su vida tan seguro, tan firme, definiendo a los demás. Hay gente que marca el camino y gente que lo sigue y al revés no funciona; hay quien dice lo que hay que hacer y quien espera que le digan qué debe hacer; hay gente que habla y gente que escucha; gente que tiene ideas y gente que es ideada, hablada, definida, clasificada, etiquetada, despachada y consumida. Francamente, creo que era una vía muy prometedora, una bonita cadena de imágenes, pero no me dejó seguir pensando. Estaba claro que quería aprovechar la ventaja de mi desconcierto.

- Y no te molestes en hablar en primera persona, que no se la das a nadie. ¿No fui yo quien te franqueó la entrada saludándote como personaje mío? Siendo tú, soy yo. Pero esto pertenece al oscuro campo de la razón. ¿No te he puesto a viajar por ninguna parte? ¿No soy yo quien se lee los relatos que periódicamente vas haciendo, de acuerdo con mi instrucción de que enviaras informes de lo que ves, sientes, padeces, piensas, vivas o mueras y quien decide lo que sale, lo que no y cómo?

Un poco absurdo, no; muy absurdo sonaba aquello en el vestíbulo del Luz de oriente pero tenía que admitir que no tanto si se mira con los ojos de la literatura. No estoy seguro. O sí. No sé. Al fin y al cabo, los informes o apuntes o notas del viaje a ninguna parte ahí estaban y era él quien las leía y él quien... Bueno, él; vamos a ver: yo. Yo.

- Pero alma de cántaro- me dijo Vlam, dándome una palmada en la espalda mientras tomaba mi mochila y hacia ademán de acompañarme a mi cuarto- ¿Es que no llevo dos días esperándote? ¿Cuándo decidiste tú venir a verme? Cuando yo lo decidí. En verdad, lo tengo aquí todo escrito- y me mostraba un pen drive-; míralo cuando quieras. Tengo copias. Tú no decidiste nada. De pronto te encontraste metido en un tren en dirección a la ciudad de X*** sin saber por qué; a ver el mar: ja. Luego supiste que venías a verme. Y aquí estamos. ¿Quieres saber algo más?

Me encogí de hombros mientras caminaba hacia el ascensor. De lo que estaba seguro era de que Yo estaba allí, lo que sucedía era que empezaba a pensar en él, o sea en el Yo, como algo de lo que se habla en tercera persona, al estilo de Rimbaud. Y eso, según como se mire, puede no ser tranquilizante.

- Bueno, hombre, te quería por aquí para resolver un problema que se me ha planteado con esa novela que ya sabes que llevo años escribiendo, la novela de mi vida, la gran narración de las tierras del sin fin. Llevo meses dándole vueltas y me he dicho que lo mejor sería preguntarte directamente qué harías tú en la situación en que te he puesto.

Pues no sonaba mal del todo. En el fondo, qué voy a decir: a los autores lo que nos gusta es ser personajes. Por eso los creamos, porque, como nadie nos crea a su vez lo hacemos nosotros sólo por el placer de vernos en ellos. Todos los personajes de todas las novelas están relacionados con el autor. Entiendo que crear un personaje que crea un personaje y que el personaje segundamente creado sea el que crea al primero, eso sí que es el ciclo del eterno retorno. Estaba intrigado por saber en qué situación me había puesto Vlam en su novela, aunque al mirarme en el espejo del camerín del armatoste me sorprendí preguntándome si de verdad creía que Vlam estuviera escribiendo novela alguna.

(Continuará)

(La imagen es un grabado de Julius Klinger, Lugar, primero de la serie Historia de un guante).

martes, 18 de noviembre de 2008

Caminar sin rumbo (XIV).

Reencuentro.

La verdad es que, además de pasar unos días al borde del Mediterráneo, corriendo el riesgo que comporta este mar de sugerir a los escribas vehementes tonos lírico-mitológicos, llegué a la ciudad de X*** con la intención de visitar a un viejo amigo a quien había tratado mucho en los años de la Universidad. Era por entonces un joven alto, bien plantado, guapo, con un éxito arrollador entre las chicas, extrovertido, amante de los deportes por las mañanas y las francachelas por las noches, dedicado al estudio en los tiempos que estas actividades le dejaban libre, así como Churchill cuenta que pasó unos años en Oxford estudiando en el poco tiempo que le quedaba libre entre regata y regata. Vlam, que así llamaremos a mi amigo, había ingresado en la Academia militar pero la dejó para seguir carrera civil. Tenía un carácter autoritario y valoraba mucho la disciplina, razón por la cual, quizá, se hizo rojo de inmediato y participó en las luchas estudiantiles de finales de los sesenta y primeros setenta. Tuvo sus más y sus menos con la policía y el famoso Tribunal de Orden Público y finalmente, en el postrer año de la carrera, por influencia de la última de una larga serie de novias, se apartó de la mística del combate, se dejó crecer el pelo, se agarró al Lobo estepario (¡qué traducción, Santo Dios!), se metió en el cuerpo todo tipo de substancias alucinógenas y se pasó a la mística de la contemplación.

Me acuerdo de que, por aquel tiempo, en unas vacaciones que pasamos en Katmandú, lugar de peregrinación obligada de los hippies de antaño, como La Meca lo es de los muslimes o Moscú lo era de los buenos comunistas, contemplando ambos las estrellas en una noche diáfana, hablamos largamente sobre los méritos y deméritos de la opción entre vida activa y vida contemplativa, como correspondía. Los dos éramos de canon. La acción, razonábamos, es ciega y la contempación, insulsa. ¿Qué nos quedaba? La "no-acción" y la "no-contemplación", decía él, que estaba muy empapado de budismo, especialmente zen, la nada, la sumisión en y a la nada. El Tao, añadía, mezclando cosmovisiones con alegría de neófito. Quería yo sacarlo de lo que me parecía un marasmo y le argumentaba que, en realidad, toda acción es contemplación y toda contemplación implica acción, cambio, mutación, como explica el principio de indeterminación de Heisenberg. Pero llegados a ese momento ya no obtenía respuesta de mi amigo que se sumía en un silencio y quietud que tal pareciera iba camino del Nirvana. Lejos estaba yo de suponer que, en uno de sus inexplicables giros, al terminar los estudios, Vlam se haría cargo del pequeño negocio hotelero de su padre en la costa, con la intención de convertirlo en un gran complejo turístico y hacerse multimillonario.

- Todo es mierda -me dijo al comenzar su nueva andadura- porque somos mierda y a la mierda volveremos. Y como el símbolo supremo de la mierda es el dinero, me voy a meter en él hasta las cejas.

Y así fue. En los años siguientes continuamos viéndonos con regularidad. Pasaba por casa en sus viajes a la capital, o bien iba yo a la suya en X***, cosa que me era fácil porque, aunque había prosperado más allá de todo lo imaginable, seguía viviendo en el pequeño hotelito que había heredado de su padre y que se llamaba Luz de Oriente, y allí me dejaba una habitación. Cuando él venía podía traer un Jaguar de fabricación exclusiva o cualquier otra extravagancia; ello si no llegaba en su jet privado. Me invitaba a comer en locales exclusivos y carísimos y hablaba sin parar de sus negocios, sus planes de expansión por el mundo entero, sus relaciones con los magnates de las finanzas, los políticos, las hermosas mujeres que adornaban las mesas y las camas de los triunfadores planetarios y se reía -bueno, nos reíamos- cuando le recordaba los años en que andaba descalzo poco menos que cantando el Hare Krishna.

Un día, ya bien en la cuarentena, se casó y sus visitas a la capital se espaciaron. Cuando venía hablaba mucho de su mujer, de la que estaba enamoradísimo y a la que se empeñó en presentarme pues decía, y tenía razón, que era una belleza. Fue en una noche en la que arrendó un local de lujo para nosotros solos y se la pasaron los dos bailando y follando como locos hasta el amanecer, cuando yo ya me había quedado sopa vencido por el champagne y el cansancio. Me despertó para decirme que no tenía arreglo, que era un frustrado y un fracasado y todo porque me había negado a que me acompañara una amiga de su mujer, hermosísima también por cierto, porque por entonces llevaba yo bastantes años casado y era fiel a la mía, con la que tenía dos hijos.

Al poco tiempo empezaron a llegar los suyos, las visitas mutuas se distanciaron más. Ya sólo hablaba de sus cuatro retoños pequeños (aquella beldad había resultado muy fértil), largas parrafadas que yo escuchaba con resignación cuenta habida de que los míos estaban a punto de entrar en la Universidad. Él lo tenía todo pensado. Se había mudado a vivir a una mansión en un barrio de lujo. La montaña de dinero que había hecho serviría de base para que sus cuatro hijos llegaran aun más lejos, más alto, más rápido. Tendrían que comprender que el mundo era suyo porque él lo había puesto a sus pies y ellos habrían de tratarlo a patadas, como Dios manda. Los ricos eran pura mierda, las clases medias mierda de quiero y no puedo y los pobres daban asco. La sociedad, la civilización no eran más que rotundos fracasos y como nadie podía ya retirarse a contemplar la vida debajo de un árbol porque no te dejan en paz, había que seguir y seguir a ritmo y tempo crecientes hasta que toda la mierda estallara de una vez y que, cuando ello sucediera, nos pillara en la cumbre. Recuerdo que le dije entonces que eso sonaba a nuestra conversación en Katmandú sobre la vida activa y la contemplativa treinta años antes. Me miró como si no me viera, como si fuera transparente y, al levantarse para salir, mientras el maitre le hacía zalemas, se giró hacia mí, sujetando su abrigo, y me dijo que había empezado a escribir sus memorias pero que se había dado cuenta de que eran tan disparatadas que había cambiado de género y las memorias se estaban transformando en una novela en la que, sonríó con malicia, "tú sales mucho".

Fue la última vez que lo vi. Pasaron quince años con el contacto interrumpido. Se entenderá por qué de pronto, en mi viaje a ninguna parte, se me había ocurrido ir a hacer a Vlam una visita como las de antaño. Siempre nos habíamos llevado bien, aun siendo tan distintos; yo guardaba muy buen recuerdo de él y estaba muerto de curiosidad por saber qué se hizo de aquella novela. Sigo las novedades literarias y no había visto nada suyo en aquellos quince años. Ni en los anteriores. Se comprenderá mi interés.

Eran las cuatro de madrugada cuando llegué a la puerta del hotel Luz de Oriente que estaba cerrado y con las luces apagadas. Pero no lo dudé un momento, sino que llamé al timbre y esperé; volví a llamar y esperé; tenía que estar allí, sabía que estaba allí; volví a llamar y volví a esperar. Por fin se abrió la modesta puerta de cristal que ocultaba el interior con una cortinita fruncida estampada de flores, y en el umbral, imponente, hosco e impaciente, estaba Vlam.

- ¿Qué desea? Está completo -e hizo ademán de cerrar de nuevo.

- Vlam -le dije-. Soy yo. ¿No me reconoces?

- No.-Y la puerta se cerró de golpe, dejándome perplejo, sin saber qué hacer, si aporrear el cristal hasta romperlo, volver a llamar, dar gritos, resignarme y regresar por donde había venido, sentarme en la acera, tumbarme a dormir allí mismo o llamar a un guardia. Estaba confuso, indignado, azorado, furioso, triste. ¿Cómo que no me reconocía? Era evidente que sí, que me había reconocido. ¿Qué signicaba aquello? En ese momento la puerta volvió a abrirse, Vlam se hizo a un lado, invitándome a pasar mientras decía:

- Claro que te reconozco, capullo. Eres mi personaje.

(Continuará)

(La imagen es un grabado al aguafuerte y aguatinta de Julius Klinger, El filósofo).

domingo, 16 de noviembre de 2008

Caminar sin rumbo (XIII).

La gente del montón.

Había dormido bien, de un tirón, sin sueños molestos. "Sueños molestos" suena a redundancia. Nada diré de los sueños que aseguran haber tenido personajes célebres de la historia como san José, el Faraón del otro José, Buda, Quevedo, Macbeth, Fausto (aunque lo de éste parece haber sido pura vigilia), etc. Me refiero a los de la gente del montón, como yo. Todos son molestos porque hasta cuando son gratos, al saberse sueños, se vuelven molestos. Así que había dormido y amanecido tranquilo y pletórico. Me aseé silbando y bajé a tomar un café con leche y sus correpondientes churros al bar de la esquina. Recorrí con la vista los titulares de un periódico que alguien había dejado sobre el mostrador y decidí entenderlos no en lo que decían sino en lo que presuponían. Alguien rechazaba de plano las acusaciones de alguien. La vida pública es una batalla permanente, una lucha sin cuartel de unos por desplazar a otros (apartarlos, suprimirlos, matarlos, ocultarlos o devorarlos) y ponerse en su lugar, bajo los focos, para que los vean, los escuchen y, si se tercia, los palpen. La gente del montón somos muy buenos auditorios, somos sumisos espectadores a quienes se les dice que son los amos, los dueños, los que deciden el espectáculo que van a ver. Pero no es cierto; es la representación la que decide su público. "Quién es el público y dónde se le encuentra" se preguntaba Larra. Pues en todas partes. Coja usted sus bártulos, su cartel y su puntero, preséntese en la plaza pública, despliegue el primero y dé unas voces anunciando el horrendo crimen del bígamo de Hinojosa del Valle y la triste vida de doña Marciana. Verá cómo se arremolina el personal. Y ¿qué cuenta usted? Pues lo de siempre: la historia de uno que quita a otro del medio para ponerse él.

Por eso es tan acertado ser uno del montón. No te ven, no te buscan, no te requieren, no se enfrentan contigo, no sienten la necesidad de echarte porque no estás en parte alguna y por eso viajas a ninguna parte. Oculto a tu propia mirada tanto que a veces tienes que hacer un esfuerzo para verte cuando estás ante el espejo y hasta las hay que no lo consigues, que el espejo no te devuelve imagen alguna, como si fueras un vampiro y que quizá sean las mejores porque entonces ves otras cosas más gratas que el careto al que ya has acabado por acostumbrarte. Y si no te ves ni tú, excusado es decir los demás. Por eso está bien andar al aire propio sin el ojo de Dios sobre uno o el mandato de la autoridad o la necesidad de representación.

Reconfortado por el desayuno y habiendo olvidado qué se me había ocurrido viendo los titulares del periódico, me acerqué a la estación de tren y saqué un billete para una ciudad del levante. Tardaría una hora en salir, que empleé en recoger mis cuatro cosas del hostal en que me había alojado, pagar la cuenta y comprar un libro para el trayecto, uno cualquiera, una novela recientemente premiada que hablaba de los normandos, pueblo indómito, fiero y audaz, sin temor a nadie, que había aterrorizado las costas de Europa hasta Italia y en una de cuyas expediciones habíase producido una apasionante historia de odio, venganza, amor, celos; pasión a naos llenas en una corte cruel y corrompida en la que la vida de un hombre valía menos que la de un cervatillo. Prometía ser interesante.

En el vagón compartía asiento con una pareja que parecía unida por el móvil a juzgar por cómo se lo pasaban el uno al otro, toqueteando febrilmente las minúsculas teclas. Me confundí con la ventanilla, a ver discurrir el lento paisaje manchego que se estira y se estira como si le molestara cambiarse en algo y recordé los trenes de antaño. Pero fue fugazmente. No tiene gran interés recordar los trenes antiguos que ya se sabe lo que tenían y dejaban de tener. Lo interesante es imaginarse los trenes del futuro, ¿O en el futuro no habrá trenes? En América, por ejemplo, siempre vista como el continente del futuro, los trenes tienen poco porvenir. Ceden la palma a las carreteras y los automóviles. Y eso que en todas partes los ferrocarriles simbolizan progreso, civilización, mercados, apertura, cosas supuestamente buenas todas ellas. En los Estados Unidos significan asimismo el cierre del país que se identifica como úno solo, único, e pluribus unum en el momento en que la línea férrea del Este conectó con la del Oeste en Promontory, Utah. Es la fundación simbólica del país también en el aspecto de la acumulación primitiva de capital que lo lanzó y que en buena medida hicieron los famosos robber barons, muchos de ellos ligados a los ferrocarriles, quiero decir, al latrocinio de los ferrocarriles.

Pero sí, ¿cómo no van a tener futuro los trenes? El más inmediato que se me ocurre puesto que ahora lo suyo es aumentar más y más la velocidad es que vuelen. Y no, no tienen por qué ser aviones; pueden ser trenes voladores, un vagón detrás de otro, que es lo que hace un tren de un tren y no tanto las vías férreas, ese contacto de hierro con hierro que ya los franceses suprimieron hace muchos años en el metro de París con unos vagones dotados de ruedas con neumáticos en la línea Charles de Gaulle-Étoile que hacían un ruido como si se deslizaran para pasmo de los que los oíamos por primera vez en lugar del traqueteo de siempre.

A lo mejor los trenes del futuro vienen equipados con una especie como de burbujas, especie de huevos primordiales opacos o transparentes (a gusto de la clientela, que hay gente reservada y exhibicionistas) en los que cada viajero podrá introducirse para aislarse por completo del medio circundante. Por supuesto, también habrá salas, departamentos en los que quienes lo prefieran podrán ir disfrutando unos de la conversación o la falta de conversación de otros. Pero me hizo ilusión pensar en el tren del futuro dotado de cápsulas aisladoras, como mónadas ferroviarias en las que uno podría hacerse la ilusión de aquello que, según dicen unos entendidos en tan oscura materia, todos anhelamos desde lo más profundo de nuestro ser incluso sin saberlo, que es retornar al claustro materno. Porque nada impediría hacer las cápsulas mullidas por dentro. Y como se desearan.

Pues es el deseo el que mueve al mundo. Llegué a mi destino no muy averiado; dejé la novela de normandos olvidada en el asiento y me negué a recogerla cuando la pareja del móvil me advirtió de que la olvidaba y hasta sostuve que no era mía, que me la habían dado con el billete. Tomé un taxi a la salida de la estación y le dije que me llevara al puerto. Quería ver el mar. Todos quienes vivimos tierra adentro empezamos a decir estupideces en cuanto vemos el mar. Casi compulsivamente, lo cual nos obnubila el juicio y no nos permite darnos cabal cuenta del cambio tan extraordinario que significa existir al lado de una superficie abierta que sólo termina en la línea del horizonte, lo que quiere decir que no termina. Es como vivir al borde del abismo. Y sin como. Es vivir al borde del abismo. Lo que le produce a uno la inmediata conciencia de la importancia vital que tiene que uno pueda decidir en dónde quiere vivir y no le suceda lo que nos sucede a todos los del montón: que vivimos donde otros han decidido que lo hagamos. Crean sus ciudades y absorben al gentío. Y cuando han vaciado las tierras limítrofes, el hinterland que decían los geopolíticos, absorben la periferia y cuando la periferia ha quedado desierta, atraen a los de otros continentes y todos se amontonan en donde la mano invisible dispone y a casi ninguno le es dado tomar el portante y cambiar de vida, salvo que haya alguna catástrofe o alguna crisis o un sobresalto de incierta andadura. Así que tampoco es tan grato ser del montón. No te expulsan. No tienes que defender tu predio. Nadie lo codicia. Pero tampoco puedes moverte, apagar la luz, echar el cierre, decir adiós, ahí os pudráis.

Frente al mar me quedé, con mi mochila y mi bloc de notas, pensando en cómo me gustaría embarcarme. Embarcarme en mi propio navío para lo cual habría de aprender a navegar. Tendría que ponerme al habla con un ahijado mío que si no es patrón de barco le falta poco, a que me dé unas clasecitas. Incluso hasta podría hacer prácticas para soltarme y, quién sabe, con un poco de suerte igual me cogían como tripulación de algún velero si hubiera aprendido a hacer algo útil en la mar. Imagino que podría tener conexión permanente a la red a través de satélite porque, por mucho que viaje, a eso, a internet, no estoy dispuesto a renunciar en ningún caso. Sería como perder el norte.

(La imagen es un cuadro de J. M. W. Turner, Lluvia, vapor y electricidad (1844) que se encuentra en la National Gallery, Londres).

sábado, 15 de noviembre de 2008

Caminar sin rumbo (XII).

¿Cuándo se piensa?

No ya cómo sino cuándo. Cuándo pensamos qué vamos a hacer, cuándo se nos ocurre una idea, un plan, un proyecto. Luego se verá por qué planteo esta aparentemente abstrusa cuestión. Marx decía algo así como que lo que distingue al peor arquitecto de la mejor abeja es que el arquitecto tiene ya en la cabeza una idea de lo que piensa hacer. Lo que implica que la abeja no, claro. Supongo que lo que quiere aclarar el autor del Manifiesto comunista es la diferencia entre la inteligencia o el pensar y el instinto. Supongo aunque no estoy seguro porque no me acuerdo del contexto de la afirmación de Marx. O sea que a lo mejor desbarro. De todas formas la pregunta inmediata es ¿quién la puso ahí? Quiero decir la idea en la cabeza del arquitecto. Eso nos lleva de inmediato a la célebre distinción entre Platón y Aristóteles, que es como la distinción por antonomasia entre el idealismo y el materialismo (o, cuando menos, el empiricismo), en la medida en que cada uno de ellos, además de un ser humano, era un principio. Así que Aristóteles dice en una de sus éticas (creo que en la Nicomaquea) que no puede haber nada en la cabeza del hombre que antes no haya estado en sus sentidos. Lo cual quiere decir que Marx era platónico o bien que está admitiendo que hubo una casa antes que un arquitecto y planteando dos problemas anejos: el del aprendizaje y el de la innovación. Que no está mal. Pues la conciencia sólo puede ser conciencia de algo, como dicen los fenomenólogos. Así que, como se ve, la pregunta es pertinente. ¿Cuándo se nos ocurren las cosas? ¿Cuándo concebimos un proyecto?

Hay autores (por ejemplo Javier Marías) que dicen que cuando se sientan a escribir muchas veces no saben sobre qué lo harán. Si es así supongo que podemos concluir que tampoco saben qué dirán. Al menos eso creo haber leído en una entrevista con el novelista. Espero no haberme equivocado. Si estoy en lo cierto hemos de concluir que lo que escribe Marías no lo tiene antes en la cabeza, como exige Aristóteles, sino que va saliendo según el autor escribe. Por lo demás como las ideas van saliendo según uno camina, pero de eso hablaremos luego. Le va saliendo al autor lo que escribe por eso que llamamos "inspiración", término que tiene connotaciones casi divinas. Por eso las musas son diosas. Lo que escribe Marías (quizá lo que escribe todo quisque que escriba ficción) no pudo estar antes en los sentidos porque se lo ha inventado pero inventado no en el sentido etimológico del término (aquello que nos sale al paso), sino en el sentido de imaginado, fabulado, extraído de la imaginación y la fantasía, una facultad que muy poca gente posee a pesar de ser, según parece, exclusiva de los seres humanos; y de la poca gente que la posee probablemente en el noventa y nueve por ciento de los casos tampoco tienen vuelo porque las fantasías que se le ocurren son chatas y carentes de interés.

Por eso viajar es algo tan interesante. Siempre he admirado el amargo realismo de Horacio cuando dice que "los que viajan allende los mares cambian de cielo, pero no de espíritu". Lo he admirado como la forma más profunda de poner en palabras un sentimiento que comparte mucha gente. Mucha pero no toda. A mí me parece al contrario que viajar cambia el espíritu, y la discrepancia no reside en un problema de exactitud de la traducción de Horacio ya que él usa el término anima, que también podríamos entender como "ánimo" o "alma". Lo que importa es el fondo de la cuestión: de si viajar aporta o no aporta algo substancial a la conciencia del viajero. Y esto me parece palmario no ya solo en el caso de aquellos viajeros (o escritores) que, como Marías, se ponen en camino sin una idea preconcebida de lo que van a escribir o de a dónde vayan a llegar (que es, claro, el caso de los viajeros a ninguna parte) sino también en el de que quienes pergeñan un plan, trazan un proyecto, conciben una idea previa, saben lo que quieren. ¿Por qué? Porque empiezan a contarlo, empiezan a ponerse en camino y de inmediato surge algo que obliga a desviar el curso de la narración o del mero desplegarse de las ideas y a seguir a éstas por otros derroteros, cosa nada extraña y que se da muchas veces. Basta con pensar en las novelas dentro de los novelas (como en el caso de Don Quijote o en Sobre héroes y tumbas, de Sábato, sólo por citar otra, porque hay muchas), en las historias dentro de la historia que vienen a ser como las Matrioschkas rusas. Y no tiene por qué ser tan artificioso; al contrario, es un deslizarse muy frecuente de las ideas: abordo un hormiguero con intención de contar algo sobre la vida social de estos insectos, cosa que suele explotarse mucho en discursos morales, pero de pronto me centro en las aventuras de un tipo especial de hormigas, como guerreros u obreras y aun más, puedo enfocarme en los destinos particulares de una sola hormiga. Eso era lo que hacía Mark Twain en un famoso cuento sobre las hormigas suizas con el que yo me partía de risa cuando era chaval. Claro que uno puede (no sé si siempre; creo que no) administrar el curso de las propias ideas, negarse a dejarlas ir por donde quieran e imponerles la disciplina del proyecto originario.

Porque es el caso que yo tenía uno en esta clara y luminosa jornada fría de otoño: pensaba contar una historia de amor. La había imaginado. Era lo que me placía narrar. Por eso me pregunté de inmediato cuándo se nos ocurren las ideas, lo que me condujo a territorios interesantes, sin duda, pero ajenos a mi propósito primero. Para llevarlo adelante había pensado que me saliera al encuentro en una grata vereda que bordeaba un tranquilo lago a la izquierda y un tupido bosque de diversas coníferas a la derecha, un paisaje como los que visito cuando estoy en Guadalajara, que me saliera al encuentro, digo, un enano.

((- ¿Cómo un enano? Ya no hay enanos. Bueno, sí los hay, pero ya no salen en los relatos de ficción.

- Sí, claro, pero si los hay pueden salir.

- No, porque no es verosímil.

- Y ¿desde cuándo tiene que ser verosímil la ficción?)).

Agarrándome por la manga de la camisa el enano me hizo adentrarme en el bosque. Yo sabía lo que quería porque iba leyéndole el pensamiento probablemente por orden de él mismo. E iba diciéndome: "Oh, tu, feliz mortal, que vas a entrar en posesión de la belleza misma, que has sido destinado al goce del más hermoso amor que quepa concebir, aprésurate y ríndete al hechizo de la más sublime presencia. Dios, te digo, Dios al que los justos contemplan, dicen, en su infinita hermosura y gloria eterna es un sapo miserable a su lado."

En uno de los claros del bosque pude por fin contemplar la más hermosa figura de mujer que quepa concebir; se erguía imponente bajo un rayo de sol que la nimbaba y cada vez que se movía cambiaban sus formas, sus colores, su armonía toda, sin dejar de mirarme con unos ojos en cuyo fondo sin fondo perdí toda esperanza de recuperarme y envolviéndome con un halo de fragancia que henchía mis pulmones y me dejaba colgado de auroras boreales. Su cabello azabache con visos azules iba tejiendo una red que me llevaba hacia ella, hacia su cuerpo desnudo de senos poderosos como tallados en la roca y al tiempo trémulos, firmes, avanzados, redondos, expectantes, hasta pegarme a su vientre plano y extenso como un mar erizado de deseos. Qué más podía yo que dejarme hacer, dejarme dominar por aquella fuerza irresistible, que no mostraba violencia alguna, que era transparente, luminosa, arrebatadora, enloquecedora; qué sino levantar la vista hacia aquel rostro de belleza sin igual que se aprestaba a entregarse en toda su pureza y a recibirme como la selva virgen a la tormenta largo tiempo esperada. Y allí pude ver el rasgo ominoso que rompió mi impulso y me dio la fuerza desesperada para apartarme del embrujo.

¡El artero enano me había engañado!La beldad sin igual que vieron los siglos era en verdad una gigantesca mantis religiosa que se aprestaba a satisfacer conmigo sus dos necesidades más perentorias, y no quería dejarme escapar. Viendo que no podía zafarme de la presión de las enormes patas como gigantescas tenazas del monstruoso insecto cuyas horribles mandíbulas estaban ya muy cerca de mis ojos, recurrí al único procedimiento en el que todavía me quedaba alguna esperanza.

Viaje dentro del viaje o excursión al reino de la patafísica: me quedaba alguna esperanza porque sabía que aquello no podía ser cierto. Las mantis no devoran seres humanos. Era un producto de mi fantasía. Bastaría pues con el sonido de una palabra para que todo se deshiciera. Es verdad que resultaba absurdo que para salvarme de mis propias fantasías (que en principio sólo pueden estar en mi cabeza) hubiera de recurrir a la palabra hablada, a alterar el orden externo, aristotélicamente material que me rodeaba. Pero era claro que debía hacerlo porque si me limitaba a hablar dentro de mi propia fantasía, estaría siguiendo sus reglas y no conseguiría deshacerla que era de lo que se trataba. No tenía más remedio que decir algo, algo sólido y contundente. Fin del viaje dentro del viaje.

- Un momento- dije- tú no puedes hacer esto.

- ¿Por qué?- me dijo la mantis mirándome con sus endemoniados ojos compuestos.

- Porque no existes. Tú no existes. Eres un producto de mi imaginación, un ser horrible y monstruoso que pretende acabar conmigo...

- Tienes razón, soy todo eso. Pero soy. Estoy dentro de ti, te poseo, no puedes librarte de mí ni aunque llames a un exorcista. Sólo lo conseguirás si yo quiero.

- ¿Y qué he de hacer para que quieras?

En ese momento, tumbándose sobre el verde en el calvero, el ser recuperó su hermosura primera, hasta se hizo más excelsa y atractiva: las manos de finos dedos ondulantes, los brazos de suave piel alargados, los labios carmesí sonriendo rosas, los ojos del sin fin abiertos al piélago de un deseo ilimitado, los senos de vigorosos pezones alzados en armas de amor, el cuerpo firme, extenso vibrando al relente del atardecer, el sexo abierto como una granada roja entre las paredes alzadas de unos muslos alborotados.

- Tómame-, dijo- eres más fuerte que yo.

Como Sigfrido con la Valkiria, pensé, pero no, no, no, yo he de seguir mi camino.

- ¡Pero qué camino, hombre!- dijo entonces el enano, que yo juzgaba desaparecido y al que me había prometido dar una mano de hostias si volvía a encontrarlo- ¿En qué puede desviarte de tu camino complacer a mi señora que lleva esperando por ti desde que el mundo es mundo, desgraciado?

Traté de pensar un instante, pero había poco en que pensar. La carne es fuerte y el espíritu es débil y quien pueda disfrutar de la belleza perderá mucho en la vida si no lo hace. De toda la belleza porque está toda mezclada: la poesía, la nieve de las montañas, la música, el amor, el centro de la tierra, el recuerdo, el color, la vista misma, el discurrir de los siglos, el polvo de las estrellas, la nada, el todo y sus nombres en todas las lenguas, el error, el sufrimiento, la locura, el vacío, el ser de la flor, el comienzo de los tiempos, la existencia, la caricia de las palabras, la tensión del sexo urgido, el perdón, el flamear del candil, el desengaño, el vuelo de la gaviota, el anhelo, la serenidad del crepúsculo, la inocencia, la lucha por la existencia, la risa, el eco de los valles, la caridad, la agonía del amor no correspondido, la impaciencia, la vela en el horizonte, el sentido, el sueño y su prima hermana la muerte, todo, todo lo que podamos enunciar está en ese momento en que el hombre entra en la mujer que adora buscando estallar en cosmos centelleantes.

¿De qué sirve preguntarse cuándo se piensa lo que acabo de contar si ni siquiera sabemos si se piensa? Hay jornadas en un viaje a ninguna parte que se asoman a espacios insondables. El amor, el erotismo tiene la fuerza necesaria para crear el mundo, ¿cómo no va a trastornar a un infeliz viajero?

¿No era una historia de amor lo que quería contar hoy para aligerar la jornada?

(Las imágenes son la primera un fragmento de La escuela de Atenas (1511), de Rafael, que encuentra en la Estancia de la Signatura en el Vaticano y la segunda, El origen del mundo (1866), de Gustave Courbet que se encuentra en la Ciudad de la pintura).

martes, 11 de noviembre de 2008

Caminar sin rumbo (XI).

Volver. Una diatriba al estilo unamuniano.

- Pero, ¿cómo?, ¿apenas ha comenzado Vd. su viaje y ya está pensando en volver?

- Bueno..., sí. Pensando solo, ¿eh? No haciéndolo. Además, casi todos los que emprenden un viaje tienen en la cabeza cómo y cuándo volverán.

- Vd. lo ha dicho, joven: "casi todos". Pero Vd. no quiere ser "casi todos", si no me engaño. Tiene Vd. un concepto muy alto de sí mismo; quiere ser único. Y por eso emprende un viaje a ninguna parte. Y si es a ninguna parte, no tiene vuelta.

- No veo por qué no. Precisamente porque es a ninguna parte y está claro que "ninguna parte" no se halla en lugar alguno, en el momento menos pensado, uno decide volver, volver a donde inició el viaje.

- ¿Y quien le dice a Vd. que el lugar donde inició el viaje existe o que lo vaya a encontrar? A lo mejor resulta que Vd. partió de ninguna parte y, claro, ahora no la va a encontrar, con lo cual...

- Con lo cual está claro que no puede hablarse de "volver" en sentido estricto.

- Exacto.

- Bueno, o sí. Digamos que hay voluntad de volver. Luego se vuelve o no, eso ya depende de otros factores. Fíjese maestro en las leyendas del retorno de Agamemnon por un lado y Ulises u Odiseo por el otro. El primero no tardó nada en regresar a casa y a aciago destino; el segundo tarda diez años, aunque a un final feliz. Y, en cierto modo, todavía puede estar de camino. Todavía veinte siglos más tarde alguien actualiza su viaje en el Dublín del siglo XX.

-Un Homero contemporáneo, sin duda. Pero vayamos a lo nuestro: de un viaje a ninguna parte no se puede volver.

- No, en sentido estricto, no.

- Es que hace falta no estar en los cabales de uno para emprender un viaje a ninguna parte, perdóneme que le diga, joven.

- Perdonado, maestro. Por eso estaba Vd. como una regadera.

- ¿Qué dice Vd., botarate?

- Como una regadera, maestro, perdóneme Vd. a mí. Esa búsqueda insaciable de Dios no le admite ni la sombra de una sospecha y sospechas tenía Vd. muchas, que corroían su fe. Así que Vd. sabía muy bien que estaba en un viaje y en un viaje, sospechaba Vd., a ninguna parte.

- Sabe Vd. mejor que yo la procesión que iba por dentro.

- Ni mejor ni peor: lo sé igual que Vd.

- Lo que Vd. quiera, joven, pero no hay vuelta.

- Bueno, maestro, tampoco vamos a pegarnos por eso.

- Naturalmente que no, joven. Aviados estaríamos si empleáramos el trecho del camino que hagamos juntos en pelearnos por contar los pelos del rabo de esfinge, expresión que me salió redonda, estará Vd. de acuerdo.

- Claro que sí, maestro, son nimiedades. Cuando uno contempla la vastedad del horizonte que tiene en torno suyo y comprende que jamás podrá abarcarlo todo, verlo todo, conocerlo todo viene uno y se concentra en lo más inmediato, encuentra uno la belleza y la fascinación de lo que puede ver en cada momento.

- Con lo cual empezamos a hablar de las cosas sencillas, a lo mejor, de las flores...

- Que, por cierto, no son nada sencillas. También podemos hablar de las ciudades, según nos acerquemos a ellas.-

- Ya lo creo. Ahora son muy distintas a las que yo conocí.

- Ciertamente. Ahora todas se parecen mucho; son estilo estadounidense: anchas autopistas y verdaderas ciudades comerciales, donde para ir de un comercio a otro hay que hacerlo en coche y los anuncios en caracteres enormes, a ser posibles luminosos y en postes muy elevados para que puedan verse en muchos kilómetros en ambas direcciones.

- Sí. No hace falta que diga que este culto estadounidense al dinero y a lo material no es nada atractivo. Se ha perdido el sentido quijotesco de la existencia, el vivir por ideales. Ahora sólo se vive por el confort, por las facilidades y comodidades materiales. Ya no hay vida del espíritu.

- ¡Ay maestro! Que está Vd. anticuado. Claro que hay vida del espíritu, más que nunca antes y expandida por todo el planeta

Aquí se me planteó cómo podríamos explicarle internet a don Miguel de Unamuno, que no vio la televisión. Tampoco me pareció tan difícil. Seguro que entendía el funcionamiento de la red y se adaptaba a él de inmediato. Había sido agradable aquel trecho con don Miguel. Su conversación fue estimulante y el diálogo muy feliz. Hasta se me había olvidado cómo se originó.

Se había originado en respuesta a la repentina idea que tuve de poner fin al viaje, de retornar, de volver al punto de partida. Pero ya está claro que no hay vuelta. ¿Pues no se dice que no hay "vuelta de hoja"? Por cierto no sé de dónde viene; tengo que mirar en el Iribarren. Así en lo que hay en la vida es algo que se hace en ciertas etapas, cuando se está comenzando la andadura es cómodo disponer de la casa de los padres, del hogar familiar a los que poder volver si las cosas se ponen feas. Eso es muy importante. Hay siempre un volver: al refugio. El retorno al domicilio familiar es lo que tienen planeado simpre casi todos los millones de personas que en el verano se ponen en marcha de un país a otro, incluso de un continente a otro. Ida cuanto más lejos mejor y vuelta segurita. Siendo niño las vueltas de las vacaciones se me hacían muy patentes. Cuando regresaba del pueblo de mis abuelos, de haber estado en la era, recogiendo fresas, yendo a bañarnos al río o ya en septiembre cogiendo moras pero siempre al aire libre me parecía inmensa y apabullante la puerta de mi casa que tenía una mirilla de hierro forjado y dorado del tamaño de un plato, que se corría y descorría con unas como palas de hélice.

Pero esa vuelta se queda muy atrás en la vida a partir de cierto momento, los padres fallecen y ya sí que no hay vuelta posible a hogar alguno.

No hay vuelta posible entre otras cosas porque todo lo que hubiéramos procurado con ella lo tendremos por igual siguiendo adelante en nuestro camino. Al fin y al cabo todo es un ir y venir nuestro, en nuestro tiempo, que es nuestro espacio vital; por eso dice Heidegger que el hombre es un ser en el tiempo. Y por tal no hay que entender a un ser en el tiempo al modo en que una galleta se baña en chocolate, sino en un ser que se está haciendo en este momento, que está siendo, que es la forma que toma el tiempo al ir cambiando. Y el viaje a ninguna parte por eso mismo no puede ser de ida ni de vuelta.

Salvo que esa vuelta sea algo menos trascendental y se refiera al hecho de "estar de vuelta". Hay gente que está "de vuelta" de muchas cosas, ideales que ha abrazado, causas por las que ha luchado y que lo han ido decepcionando. Da la impresión de que se trata de una circunstancia muy generalizada. Aunque siempre habrá quien continúe estando de ida sin parar y absorbido ¿quién sabe? por una fe ciega o cualquier cosa así y no esté de vuelta nunca. La mayoría de la gente, a pocos años que tengamos, estamos de vuelta de tantas cosas que parecemos los restos de un ejército en derrota, como el VI alemán en Estalingrado. Pero las muchas vueltas de que estemos en la vida como las muchas vueltas que la vida dé no son suficientes para forzar una vuelta en esa misma vida.

Por supuesto, el único que da la vuelta de verdad y retorna allí de dónde vino de modo radical y absoluto es el suicida. Esa es la única vuelta que no admite vuelta, no tiene vuelta de hoja, no da más vueltas ni nos permite siquiera estar de vuelta. Es la volteidad misma. Pero tiene un inconveniente aparte, naturalmente, del valor que hay que tener para ello, que es el de que luego no se puede contar. Los suicidios siempre los cuentan otros. Lo suficientemente disuasorio para que uno se pronuncie por decisiones más livianas del volver.

Que, claro, resulta que no existen porque si todo lo sólido se desvanece en el aire, excusado decir lo que no es sólido.

(La imagen es un óleo de Monet, Llegada de un tren (1877), Fogg Art Museum, Harvard University Art Museums. Cambridge. Massachusetts).