jueves, 19 de abril de 2012

Anticlímax.

Dicen los sentenciosos que la sabiduría consiste en aprender de los errores, de los fracasos, de las derrotas, para acumular experiencias y corregir el rumbo. ¿Y de las victorias, no hay nada que aprender? ¿No hay que corregir el rumbo después de los triunfos? Aparentemente, no. Si hemos triunfado, se dice, no es preciso corregir rumbo alguno; al contrario, hay que perseverar en él puesto que es el rumbo del éxito.Pero no es así. Estoy convencido de que actuar de este modo es el primer paso para convertir un triunfo en una derrota. Es la evidencia de que, si difícil es saber perder, más lo es saber ganar. Todo resultado de la acción humana, sea acertada o errónea, requiere consideración, estudio, análisis porque en él se encuentra siempre la clave para la acción posterior.

Las disculpas públicas del Rey son un triunfo. Pero un triunfo ¿de quién? Parece claro: de quienes las han pedido, las han exigido y, por último, las han impuesto; es decir, en primer lugar, la opinión pública, ente hasta ahora gaseoso pero que toma consistencia en las redes sociales, internet, el ágora, la plaza pública, que mostró su indignación con un comportamiento detestable por varios conceptos. En segundo lugar, bastantes (no muchos, por cierto) hacedores de opinión, analistas, articulistas y columnistas que igualmente censuraron -y en términos muy duros- la conducta del monarca. Paradigmático el artículo de Zarzalejos en El Confidencial Historia de cómo la Corona ha entrado en barrena; el más notable, pero acompañado de otros, entre los cuales no dejaré de citar los de Palinuro, que tiene enchufe en esta casa. En tercer lugar, los partidos de la izquierda, de IU hacia la zocata en compañía de algún partido nacionalista conservador, como el PNV, que adoptaron una actitud de claro repudio y exigieron las explicaciones y responsabilidade debidas. En cuarto lugar, el eco en el exterior, en los medios de otros países que también ha contribuido al éxito si bien no con los mismos efectos.

Es el frente de la victoria, el ganador. Porque en todo resultado colectivo hay unos que ganan y otros que pierden. Los primeros, ya lo hemos dicho, deben analizar su triunfo; los segundos, también dicho, su derrota. ¡Ah!, dirán los espíritus puros, los sublimes, esos que siempre aparecen au dessus de la melée, ¿es que hay perdedores aquí? De ningún modo: el rey, en su noble, generoso, magnánimo proceder, una vez más, simboliza la unidad de la patria, incluso en las horas bajas. La comunidad se ha purificado, las instituciones se han fortalecido, la democracia se ha afianzado, la monarquía se ha recreado. Es una victoria de todos. No hay ganadores ni perdedores.

Naranjas de la China. Siempre hay perdedores y ganadores. En el caso que nos ocupa, forzar las disculpas públicas de un rey, los vencedores, mencionados quedan. ¿Y los perdedores? En primer lugar toda la constelación de la derecha; sus políticos con sus contundentes declaraciones blindando la monarquía frente al más leve asomo de crítica, como intangible que la consideran haga lo que haga; y, por supuesto, su frente mediático con portadas flamígeras pidiendo la guerra contra la Argentina para que no se hablara de la mayestática pifia o defendiendo esta frente a la conjura judeomasónica. Nada que tenga interés pues se trata del comportamiento esperable en una mentalidad servil.

Más interés presentan los otros perdedores, esto es, la izquierda socialdemócrata y su también frente mediático. El equivalente al artículo de Zarzalejos en el bando de los perdedores fue el editorial de El País de 15 de abril, titulado Percance real, en el que se sostenía la peregrina tesis de que la metedura de gamba del Rey pertenecía al ámbito de su vida privada y los demás a callar; un criterio próximo al de los serviles, si bien es cierto que muchos de los columnistas del diario reaccionaron con la dignidad cívica que era de esperar, sin recurrir a ficciones malas (puesto que hay ficciones buenas) y rabulerías. Algo parecido sucedió con los socialistas, sin ignorar notables excepciones, como la de Tomás Gómez o Patxi López, quienes dijeron lo que había que decir, arrostrando la condena de la dirección bajo el no muy original ni audaz criterio de que el partido socialista "no comenta los asuntos de la corona", algo tan inteligente como lo de la esfera privada del monarca. Rubalcaba, reinventando el porte de un Disraeli, decía que estos eran asuntos que él despachaba privadamente con el monarca. Es decir, de nuevo, todo el mundo a callar que el segundo partido dinástico cierra filas con el primero, el de los serviles, para acorazar el derecho de la Corona a hacer lo que le plazca sin obligación de dar cuentas a nadie salvo a los electos en petit comité; clarividente actitud, acorde con el espíritu del tiempo de la transparencia, la rendición de cuentas y el ágora universal del ciberespacio.

Estos son los perdedores. Quizá harían bien en reflexionar sobre su derrota pues los ha dejado ciertamente en ridículo al haber sido el mismo rey a quien ellos pensaban proteger con el silencio el que lo ha roto para hacer lo que sus defensores no querían, pedir disculpas, mostrarse arrepentido. En el caso de los serviles la reflexión no servirá de nada pues por la monarquía están dispuestos a sacrificarlo todo, incluso la autoestima y el sentido del ridículo. Tampoco parece servirá en el caso de la prensa afín a la socialdemocracia. El editorial de hoy de El País, titulado Gesto sin precedentes demuestra que, según él, no hay nada que reflexionar. Un gesto sin precedentes y a callar. Incluso añade una dosis de amenaza al decir que solo el populismo o el amarillismo periodístico permiten confundir la crítica que merece el comportamiento de un familiar del Rey, o del propio Rey en un caso concreto, con un debate sobre el futuro de la Monarquía. Los populistas y/o amarillistas allá se las apañen, pero ¿no quedábamos, según el editorial primero, en que el comportamiento del Rey no era criticable porque pertenecia a su ámbito privado? No merece la pena seguir: tan dinástico como los partidos y como los demás periódicos comerciales, es El País

Queda por decir algo sobre el PSOE, si bien no sé si será de utilidad. Es obvio que, como dicen los castizos, se ha pasado de frenada. La cuestión es si lo reconoce y la impresión es que no. El PSOE parece atrapado en el vicio de respetar las instituciones porque sí y no porque se lo merezcan, es decir, aparece comprometido con la conservación e intangibilidad de un sistema que, como todos los sistemas, es susceptible de reforma y mejora y en el que, desde un punto de vista crítico, avanzado, progresista, no puede haber nada intocable, nada indiscutible.

Por último, el Rey. Los cortesanos le regalan los oídos hablándole de su triunfo. Pero basta con mirarle el careto para darse cuenta de que él lo ha experimentado como una amarga derrota. Lo que es. Y lo ha conseguido la sociedad en su conjunto en la ausencia, incluso la oposición de quienes se ven sus representantes. Pero, en definitiva, ¿es victoria o derrota del Rey? Aún no lo sabemos. El episodio de Botsuana ha resultado ser la punta del iceberg. Quizá de ahí venga la petición de disculpas, del intento del Rey de poner un cortafuegos para que la indignación pública no se extienda a los asuntos de alcoba, los del ecologismo y, por supuesto, los del orden penal a cuenta de su yerno y de los apaños que el suegro se traía con él. Es decir, al final de la función lo veremos.