martes, 5 de septiembre de 2017

Qué manera tan absurda de suicidarse

El PSOE ya ha aclarado que no presentará una moción de censura (MC). La aritmética parlamentaria, sostiene, no lo permite ya que sería preciso sumar los votos indepes, algo inaceptable para los socialistas. Se insiste, en cambio, en pedir la dimisión de Rajoy. Pero eso es como querer que el círculo tenga la gentileza de cuadrarse. Algo imposible. Este hombre solo dimitirá cuando un tribunal de justicia lo condene. Mientras tanto muestra su fortaleza retando a quienes le piden la dimisión a que presenten una nueva MC, justo lo que estos no pueden hacer porque no quiere el PSOE. 

El presidente de los sobresueldos y la corrupción galopante se siente seguro, no por su propia fuerza, sino por la debilidad de su contrario. Sabe que el PSOE no se aliará con los indepes porque, a su juicio, y al de la mayoría del partido (incluido seguramente su SG) y de los analistas esa alianza sería fatal para las expectativas electorales socialistas y dejaría  expedito paso al discurso patriótico del PP. Con la bandera de la unidad nacional, la derecha taparía su desastrosa gestión económica, su corrupción y su fabulosa incompetencia y arrasaría en las elecciones. 

Lo anterior es un supuesto. No puede saberse si correcto a no porque no se ha probado en la práctica. ¿Y si no fuera así? ¿Y si el electorado apoyara una política nueva de entendimiento con los catalanes mediante la convocatoria de un referéndum pactado? Todo cambiaría. El problema es que eso también sería inaceptable para el PSOE y no solo por el asunto de Cataluña sino por el más recóndito de la República, algo en lo que la ambigüedad de los socialistas es patente.

Precisamente para que nada cambie, el PSOE pasó de "no" al "sí". Y en el "sí" se ha mantenido incurriendo en la contradicción de apoyar como defensor del Estado (es de suponer que mediante la legalidad) a aquel a quien se quiere hacer dimitir por la corrupción. Resolver esta contradicción llevará los años que resten de legislatura. Es decir, al final, por las vacilaciones y la falta de audacia y flexibilidad de la izquierda, Rajoy completará su segundo mandato y el país habrá soportado ocho años de desgobierno, abuso, mendacidad y corrupción a ritmo lento de bolero

No era, pues, tan urgente echar a la derecha del gobierno. Lo es mucho más prohibir el referéndum, frenar la independencia, pues impedirla ya no parece posible, y esquivar el iceberg de la República. Por todo ello, el PSOE propone una comisión parlamentaria, pomposmente llamada de "modernización" del Estado autonómico que, como sabe todo el mundo, es la vía más segura de empantanar un problema y de conseguir de paso que un caballo tenga la forma de un camello. Pero justamente esto ya no es viable por cuanto los independentistas continúan con su hoja de ruta hacia el 1/10 y el margen de actuación del nacionalismo español de derecha y de izquierda se ha reducido a menos de un mes. 

La prudencia no parece haber dictado la decisión de Sánchez de ponerse de nuevo prácticamente a las órdenes de Rajoy sabedor de que este, a quien España importa más bien poco, lo dejará tirado si cree tener ventaja electoral. Y más imprudencia ha sido precipitarse a hacerlo antes de la próxima Diada. Todas las miradas están puestas en esa fecha. Todos los actores adaptarán sus decisiones al resultado de la manifestación del once de septiembre. Hubiera sido más sensato esperar y actuar en consecuencia. Si, como muchos suponemos, la participación supera todo lo anterior con la ocupación democrática y pacífica de una ciudad mediante un pueblo en marcha, respaldar un gobierno autoritario de maestro Ciruelo que mantiene la política tradicional del garrote revestida de una legalidad bajo mínimos es un disparate todavía mayor. Si la derecha recurre a la política represiva "con todas sus consecuencias", el PSOE aparecerá uncido a ella y quedará reducido a la irrelevancia por cuanto esa política está condenada al fracaso en función de dos factores: a) el grado de movilización de la sociedad catalana en defensa de sus instituciones, sus dirigentes y las decisiones que estos tomen. Y, de ser esta muy alta, b) el grado de implicación de la comunidad internacional y específicamente europea en el conflicto.

Hay materia más que suficiente para corregir el rumbo y pactar un referéndum como se ha hecho en otros países civilizados. La alternativa es perder la centralidad política y vegetar en una situación subalterna hasta la desaparición..