miércoles, 25 de octubre de 2017

Izquierda a la catalana

La idea empieza a estar manida: el independentismo catalán ha triturado la izquierda española. No solo en Cataluña, sino en toda España. Ahí está Podemos con una de sus habituales purgas, esta vez por lo nacional. Por Cataluña, en concreto. La angélica fórmula que los morados propusieron, esto es "Ni 155 ni DUI: RP (Referéndum Pactado)" no goza de universal aprobación en las filas españolas por tal variedad de razones que es imposible citarlas. El argumento de Bescansa es que la fórmula, en el fondo, es la de los indepes sin confesarlo. Cosa evidente. Seguro que también lo sabe la dirección. Así que la salida de Bescansa no es por lo que piensa sino por decirlo.

Podemos se dará cuenta alguna vez de que sus dificultades de articulacion en una España que ellos mismos definen como plurinacional radican en que la definen pero no la viven como tal. No acaban de ver que, en el caso del Estado/Cataluña, actúan, en realidad, en dos países distintos pero, al representar en el fondo una idea única de nación, pierden apoyos en los dos por razones antagónicas. Esto sucede asimismo con otras voces cualificadas de esta izquierda que no son ambiguas, sino contrarias a la independencia, Llamazares entre los más críticos, aunque no de los más originales y Garzón que, proclamándose comunista, afirma que ser comunista catalán e independentista es algo incoherente. Vuelve la ideología de la mano de la doctrina. No considera la posibilidad de que un comunista catalán pueda hacer el mismo juicio sobre él. Y no la considera porque Garzón, como muchos nacionalistas españoles de izquierda, sostiene no ser nacionalista y lo es, digamos, sin ánimo de pelea, por "inmersión monolingüística", que da la nación por descontada. Nacionalistas siempre son los otros. 

Si se descuida uno le enjaretan unas cuantas teóricas sobre cómo la izquierda no puede ser nacionalista porque es internacionalista. Por dogma y definición. Sin pruebas que lo demuestren. Al revés, abundancia de pruebas en contrario. La izquierda es tan nacionalista como la derecha, aunque lo disimule, que no siempre lo hace. Es inolvidable aquella foto de Sánchez en un escenario de esilo gringo con el fondo de una rojigualda tan grande como la aznarina de la madrileña Plaza de Colón.

También gusta mucho en la izquierda el argumento del nacionalismo insolidario, resultado de unas comunidades ricas y egoístas que no quieren compartir con las menos aventajadas. Al margen de que el asunto es de juicio moral más que de viabilidad, la dicotomía ricos/pobres simplifica de tal modo siglos de historia, de desarrollos distintos, que no merece mayor atención.

En la otra izquierda, la del PSOE, el impacto del independentismo catalán ha sido también destructivo. En lugar de hacer oposición al gobierno del PP en dos frentes distintos, la corrupción y el independentismo, ha decidido alinearse sin reservas con el partido más corrupto de la historia contemporánea y respaldar las medidas represivas que este tome en Cataluña. Es una posición perdedora por partida doble: de un lado cargará con la co-responsabilidad de la gestión de la crisis catalana y su previsible fracaso y de otro aparecerá como cómplice en la tarea del gobierno de ocultar la Gürtel tras la cortina de humo de Cataluña.

La integración del PSOE en la estrategia de la derecha es tan completa que se vale de sus mismos métodos. La operación por la que un editorial sin duda encargado de Le Monde, periódico del que PRISA tiene el 15% de las acciones, aterrizó el mismo día en la mesa de El Intermedio, leído a pantalla batiente por José Borrell es un ejemplo práctico. El mismo Borrell que unos domingos antes había dirigido unas ardientes y patrióticas palabras a una multitud llegada de toda España y sembrada de nazis. De esos que están en todas partes en España pero cuyo nombre se usa solo para insultar a los indepes catalanes.

Realmente, la situación es endiablada. Imagínese que una izquierda esclarecida llevara lo de la plurinacionalidad a sus últimas consecuencias y aceptara que, siendo Cataluña otro país, no le corresponde montar en él una sucursal suya, sino mantener fraternales relaciones (si acaso) de igual a igual con los autóctonos de su misma denominación. Un poco la relación CDU/CSU en Alemania pero más en serio y a la izquierda. El discurso en Cataluña estaría claro, pero no en España. Nada claro. Una propuesta así probablemente no tendría mayoría de sus bases. Causa de una crisis recurrente que ha puesto al PSOE al servicio del PP y a Podemos y aliados en un palco de espectadores y mal avenidos.