miércoles, 10 de enero de 2018

Avalon

Tanto dar pasos a un lado, Artur Mas acabará camino de Avalon, a esperar la inmortalidad de mano de su hermana Morgana. La inmortalidad puede esperar pero los dos pasos al costado de Mas le han ganado una dimensión de estadista que él ha resumido de modo contundente diciendo que primero está el país, Catalunya; después, el partido; y luego, la persona. Este hombre tiene temple. Está bien la metáfora del rey Artur de eldiario.es y su desmitificación en el artículo. Los héroes son héroes porque son humanos.

Ayer el relato iba de Ulises retornando a Ítaca. Hoy va de los caballeros de la mesa redonda en busca del Santo Grial que algunos, por cierto, sitúan en Montserrat.

Con el rey Artur en Avalon, a la pelea acude Lanzarote del Lago, esforzado caballero desfacedor de entuertos, desde Bruselas. El paralelo es fácil. Ando buscando otro para Junqueras. Vendría bien Galahad, por su carácter, pero su condición de hijo del promiscuo Lanzarote lo hace inadecuado. Dudo entre otros dos, Bors y Perceval, que tienen la ventaja de acompañar a Galahad cuando este contempla por fin el Santo Grial. Pero eso deja fuera a Lanzarote, más guerrero que monje. Pero no haya dudas, estamos entre caballeros, rige la ley de la caballería andante: lealtad, valor, desinterés. 

Perdónese a Palinuro la excursión por las nieblas de Avalon, en donde nadie combate contra un adversario que no puede responder porque rige el código caballeresco. Se le vienen a uno a la mente estas semejanzas leyendo las interpretaciones que los medios dan de las cosas catalanas, caracterizadas por una mundanidad tan malévola como boba. El País titula con un Kalashnikov que la intransigencia de Puigdemont abre un abismo entre ERC y el PDeCat. Supongo que quiere decir JxC, pero nunca se sabe. Los términos del otrora moderado diario de la ilustración, hoy dictados por la furia nacional, son fuertes, bélicos: "crisis", "separatismo", "primeras bajas". Parece mentira que sea preciso apaciguar a los defensores del orden. 

Hay que repetirlo: el independentismo no es un asunto de orden público, no es una conjura de cuatro iluminados, ni una cortina de humo de unos corruptos, ni un asunto de lucha de partidos, ni de relaciones con las organizaciones sociales. Es un movimiento sostenido por un hecho insólito, un primero de octubre cuya imagen, tristemente presente en todas las retinas, aumenta en importancia y significado con el paso del tiempo. En esas cargas, España enterró la mucha o poca razón que pudiera tener. En la resistencia pacífica que encontraron nació un mandato explicito, que se ha mantenido en el tiempo, de llevar a término la hoja de ruta que se comprometió en su día.

Los buscadores de este Santo Grial tienen claro su proceder, según los términos de Mas: primero, el país; después el partido; y luego las personas. Obvio.